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lunes, 1 de febrero de 2016

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





CHINOS EN EL TREN


“De todas las emociones estúpidas, el resentimiento que sentían los viajeros blancos para con nuestros compañeros del vagón de los chinos, era la más estúpida y la peor. Parecían no haberles mirado ni escuchado nunca, ni haber pensado en ellos, sino que los odiaban a priori. Los mongoles eran sus enemigos en ese cruel campo de batalla del dinero. Podían trabajar mejor y por salarios más bajos en cincuenta industrias, por lo tanto, no había ninguna calumnia contra ellos que fuera demasiado fútil para que los blancos la repitieran, o aun llegaran a creer. Los consideraban insectos dañinos y fingían sentir una especie de ahogo cuando los veían. Ahora bien, en realidad, las chinas jóvenes se parecen tanto a una clase de mujeres europeas, que al levantar la vista y ver a una de ellas desde cierta distancia, me he sentido muchas veces engañado durante un momento por la semejanza. No diré que se trata de la clase más atractiva de nuestras mujeres, pero muchas esposas están menos dotadas de encantos que ellas. Por otra parte, los inmigrantes afirmaban que los chinos eran muy sucios. No diré que fueran limpios, pues ello resultaba imposible durante el viaje; pero en sus esfuerzos por lograr un poco de higiene los demás no podíamos hacer otra cosa sino avergonzarnos de nosotros mismos. Todos vivíamos como cochinos y nos volcábamos en el mismo cieno, diariamente nos humedecíamos las manos y la cara durante un minuto y no sentíamos ninguna vergüenza. Pero los chinos no perdían nunca la oportunidad de efectuar una higiene más completa, y se les podía ver lavándose los pies (algo que ni siquiera soñábamos hacer nosotros) y llegando tan lejos como lo permitía la decencia para lavar todo su cuerpo. De paso podría comentar que cuanto más descuidadas son las personas en su higiene personal, tanto más delicado es su sentido del pudor. Un hombre limpio se desnuda frente a sus compañeros del club de remo; pero el que está sucio se desliza de la cama sin descubrir un solo centímetro de su piel. Finalmente, los sucios y malolientes blancos habían concebido la sorprendente idea de que era el vagón de los chinos solamente el que tenía mal olor. Ya he afirmado que era la excepción y, además, el más fresco de los tres.
Estos juicios son el ejemplo del sentimiento que predomina en toda la América occidental. Se considera que los chinos son estúpidos debido a su poca familiaridad con el idioma inglés. Se les desprecia porque su destreza y frugalidad les permite trabajar por menos paga que los holgazanes y pretenciosos caucásicos. Se dice que son ladrones; estoy seguro de que no tienen el monopolio de ese pecado. Se les llama crueles; los anglosajones y los alegres irlandeses deberían reflexionar un poco antes de pronunciar esa acusación. También se me dice que son una raza de piratas de río y que pertenecen a la clase más despreciada y peligrosa del Celeste Imperio. Mas, si eso es cierto ¡qué piratas más extraordinarios son! ¡Y cuáles serán las virtudes, la industria, la educación y la inteligencia de las clases superiores que permanecieron en su tierra!
Poco antes era a los irlandeses a quienes se combatía ahora son los chinos los que deben alejarse. Tal es el grito del pueblo. Al fin y al cabo, parece que ningún país se somete de buen grado a la inmigración, como tampoco quieren someterse a la invasión; cada una es una guerra a sangre y fuego, y la resistencia a cualquiera de las dos no es otra cosa que legítima defensa. Sin embargo, así las cosas podemos lamentar la tradición libre de la república que gusta representarse a sí misma con los brazos abiertos, dando la bienvenida a todos los infortunados. Y seguramente que, siendo hombre amante de la libertad, se me excusará si demuestro amargura al ver su sagrado nombre pisoteado en la contienda. Hace muy pocos días, oí a un individuo vulgar en el Sand-Lot, la tribuna popular de San Francisco, pidiendo a gritos armas y matanza.
-- Al llamamiento de Abraham Lincoln— decía el orador—se levantaron ustedes en nombre de la libertad para libertar a los negros. ¿No pueden levantarse ahora y libertarse ustedes mismos de unos pocos mongoles sucios?”


Robert L. Stevenson. De praderas y bosques. Ediciones Península.