viernes, 24 de abril de 2015

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA







                       DE PROFUNDIS


Si vais por la carretera del arrabal, apartaos, no os
inficione mi pestilencia.
El dedo de mi Dios me ha señalado: odre de putrefacción
quiso que fuera este mi cuerpo,
y una ramera de solicitaciones mi alma,
no una ramera fastuosa de las que hacen languidecer
de amor al príncipe,
sobre el cabezo del valle, en el palacete de verano,
sino una loba del arrabal, acoceada por los trajinantes,
que ya ha olvidado las palabras de amor,
y sólo puede pedir unas monedas de cobre en la
cantonada.
Yo soy la piltrafa que el tablajero arroja al perro
del mendigo,
y el perro del mendigo arroja al muladar.
Pero desde la mina de las maldades, desde el pozo
de la miseria,
mi corazón se ha levantado hasta mi Dios,
y le ha dicho: Oh Señor, tú que has hecho también
           la podredumbre,
mírame,
yo soy el orujo exprimido en el año de la mala
           cosecha,
yo soy el excremento del can sarnoso,
el zapato sin suela en el carnero del camposanto,
yo soy el montoncito de estiércol a medio hacer,
           que nadie compra,
y donde casi ni escarban las gallinas.
Pero te amo,
pero te amo frenéticamente.
¡Déjame, déjame fermentar en tu amor,
deja que me pudra hasta la entraña,
que se me aniquilen hasta las últimas briznas de
           mi ser,
para que un día sea mantillo de tus huertos!

Dámaso Alonso.

lunes, 20 de abril de 2015

OBITER DICTUM






“Los predicados que el pensar de la Metafísica atribuye desde antiguo al ser, según su última y suprema y por ello acabada figura, Schelling los encuentra en el querer. Sin embargo, la voluntad de este querer no está aquí pensada como capacidad del alma humana. La palabra «querer» es aquí el nombre del ser del ente en su totalidad. Éste es voluntad. Esto nos suena extraño y además lo será mientras sigan siéndonos extraños los pensamientos fundamentales de la Metafísica occidental. Seguirán siéndolo mientras no pensemos estos pensamientos sino que lo único que hagamos sea hablar de ellos. Se puede, por ejemplo, dar cuenta de un modo históricamente exacto, de los enunciados de Leibniz sobre el ser del ente sin que pensemos lo más mínimo de lo que él pensó cuando, a partir de la monada, determinaba el ser del ente como unidad de perceptio y appetitus, como unidad de representar y aspirar, es decir, como voluntad. Lo que piensa Leibniz llega, a través de Kant y Fichte, al habla como voluntad racional, una voluntad sobre la que Hegel y Schelling, cada uno a su manera, reflexionan. Lo mismo quiere decir Schopenhauer cuando da a su obra fundamental el título «El mundo (no el hombre) como voluntad y representación». Lo mismo piensa Nietzsche cuando reconoce al ser originario del ente como voluntad de poder.”


Martin Heidegger.

domingo, 19 de abril de 2015

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






MIS MUERTOS

Si me preguntas por mi padre
(mi padre se llamaba Eduardo)
si me preguntas por mi padre
te diré que está acostado

Si me preguntas por mi abuelo
(mi abuelo se llamó Nicolás)
si me preguntas por mi abuelo
te diré que dormido está

Y si se muere mi madre
y si se muere mi abuela
no me preguntes qué hacen
porque te diré que sueñan

Carlos Edmundo de Ory.

viernes, 17 de abril de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE

  UN HUEVO DE PINGÜINO


“Y a oscuras, acompañado casi de continuo por ventiscas huracanadas que a uno le impiden verse la mano incluso a la altura de los ojos. La vida en tales circunstancias resulta pobre tanto mental como físicamente. Hacer ejercicio al aire libre es difícil, y cuando sopla ventisca resulta totalmente imposible, y uno es consciente de todo lo que está perdiéndose al no poder ver el mundo que le rodea cuando sale al exterior. Me han contado que si uno se encuentra con un loco o con alguien trastornado por un gran dolor o conmoción, lo que hay que hacer es sacarle al exterior y dar una vuelta con él: la naturaleza se encargará del resto. A nosotros, que éramos personas normales y estábamos viviendo en unas condiciones anormales, la naturaleza podía ayudarnos mucho a apartar los pensamientos de la rutina diaria; pero la naturaleza también pierde buena parte de poder curativo cuando uno no la puede ver, sino sólo sentir, y cuando la sensación que produce es profundamente desagradable.
De alguna manera, a la hora de juzgar la vida en los polos uno debe dejar de lado el preceptivo aguante y averiguar qué responsabilidades puede eludir un hombre, sin olvidar en ningún momento que arrastrar un trineo constituye la prueba más difícil de todas. Si resulta difícil formarse una idea de lo que puede llegar a hacer un hombre normal y corriente es porque resulta mucho más fácil eludir responsabilidades en el mundo civilizado. En el fondo no importa si el hombre que trabaja dentro o fuera de la cabaña elude responsabilidades, como  tampoco importa mucho en el mundo civilizado: no constituye más que una oportunidad desaprovechada. Pero si uno está arrastrando un trineo por la Barrera, no cabe eludir responsabilidad alguna: a la mayoría se nos nota al cabo de una semana.
Son muchas las cuestiones que habría que analizar: el efecto que produce en el hombre el paso del calor al frío (como en el caso de Bowers, que se incorporó a nuestra expedición recién llegado del golfo Pérsico, o en el de Simpson, que se marchó de la Antártida a la India, es decir, el caso contrario);las diferencias entre el frío seco y el húmedo; ¿qué temperaturas son agradables en la Antártida, y cuales lo son en comparación con las de Inglaterra?; ¿cómo afectarían estas temperaturas a las mujeres? El hombre con nervios de acero es el que más lejos llega. ¿Cuál es la razón entre la presencia de ánimo y la fuerza física? ¿Qué es la vitalidad? ¿Por qué ciertas cosas le aterran a uno en un determinado momento y no en otros? ¿A qué se debe que muestre este coraje a primera hora de la mañana? ¿Cuál es influencia de la imaginación? ¿En qué medida puede un hombre exigirse a sí mismo? ¿De dónde salía la enorme cantidad de calor que generaba Bowers? ¿Y las canas de mi barba, de dónde salieron? Y los ojos azules de X, que zarpó de Inglaterra con ojos pardos y al regresar se encontró con que su madre se negaba a reconocerle como hijo suyo? ¿Varían el crecimiento y el color del pelo y de los ojos?
Son muchos los motivos que impulsan al hombre a ir a los polos, y el acicate intelectual está presente en todos ellos; pero en el fondo lo que cuenta es el deseo de saber, a secas, y en este momento no hay ningún lugar para obtener conocimientos que pueda compararse con la Antártida.
La exploración es la expresión física de la pasión intelectual.
Y diré una cosa: si tiene usted el deseo de saber y el poder para hacerlo realidad, vaya y explore. Si es usted un hombre valiente, no hará nada; si es un hombre miedoso, es posible que haga mucho, pues sólo los cobardes tienen necesidad de demostrar su valor. Hay quien le dirá que está chiflado, y casi todo el mundo le preguntará: “¿Para qué?” y es que somos una nación de tenderos, y ningún tendero esta dispuesto a parar mientes en una investigación que no le prometa un rendimiento económico antes de un año. Así que viajará usted prácticamente solo con su trineo, pero quienes le acompañen no serán tenderos, y eso tiene un gran valor. Si hace ueste su correspondiente viaje de invierno, obtendrá su recompensa, siempre y cuando lo único que desee sea un huevo de pingüino.”

Apsley Cherry-Garrard. El peor viaje del mundo. Ediciones B.

 

 

 

miércoles, 15 de abril de 2015

OBITER DICTUM






“Puedo caminar fácilmente quince, veinte, treinta kilómetros, o los que sean, a partir de mi puerta, sin pasar delante de ninguna casa ni cruzar camino alguno salvo los marcados por los zorros y visones; primero junto al río, después al lado del arroyo y por último por la pradera y los confines del bosque. Hay, por los alrededores, hectáreas sin habitantes. Desde muchas colinas logro ver de lejos la civilización y las moradas humanas. Los campesinos y sus labores no son mucho más visibles que las marmotas y sus madrigueras. Me alegra ver que el ser humano y sus asuntos, la Iglesia, el Estado y la escuela, el tráfico y el comercio, la industria y la agricultura, y hasta la política —lo más alarmante de todo— ocupan tan poco espacio en el paisaje. La política es sólo un terreno estrecho, y más estrecho aún ese camino distante que lleva a ella. A veces se lo señalo al viajero. Si queréis ir al mundo de la política, seguid ese camino, seguid al comerciante mientras os echa polvo en los ojos y os llevará directamente; pues ella también tiene sencillamente un sitio, y no ocupa todo el espacio. Paso por allí como quien pasa por un campo de judías para entrar en el bosque, y me olvido de ella. Al cabo de media hora llego a una parte de la superficie terrestre en la que ningún hombre está de un año a otro, y, por consiguiente, la política no existe, ya que no es más que el humo del cigarro de un hombre.”


Henry David Thoreau.

martes, 14 de abril de 2015

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA




                OLVIDO


¡Cómo el olvido ha ido destruyendo
el mundo aquel que edificamos juntos!
¡Las abejas sonoras, los pastos, el estruendo
del río bramador acorralado, los difuntos
ecos del viento que partió gimiendo
con tu enorme cadáver, y ardió los juncos
con llama tan veloz que aún está ardiendo,
con ceniza tan cruel que aún están truncos!

Donde hubo razón de frescos vinos,
de panes floreciendo en la alborada,
de reluciente fruto mantenido

en remotos estrados cristalinos,
hoy sólo queda una sombra desgarrada
y tus restos luchando con mi olvido.

                                  Gastón Baquero

sábado, 11 de abril de 2015

OBITER DICTUM





¿Habéis oído caer el Imperio? No: nada ha turbado la tranquilidad de estos lugares. Sin embargo, el Imperio se ha hundido; la inmensa ruina se ha desplomado sobre mi vida igual que esos restos romanos caídos en el cauce de un arroyo ignorado. Pero a quien no le afectan los acontecimientos, poco le importan: algunos años escapados de las manos del Padre Eterno harán justicia a todos esos ruidos por medio de un silencio sin fin.


François-René de Chateaubriand

jueves, 9 de abril de 2015

ALLÁ EN LAS INDIAS






EL SUEÑO Y LA RUINA


“Grandes propósitos de buenos tuvieron los Reyes Católicos (como se ha visto) cerca de la conversion y doctrina de los naturales de las Indias que se conquistaban. Y si los gobernadores y otras personas que enviaron para el efecto tuvieran su espíritu, ó se rigieran por él, no hay dubda sino que este negocio tuviera otro suceso mejor del que tuvo. Pero en fin, no dejaron los buenos reyes de dar el órden y medios que para ello les pareció convenir. Y si algun descuido de su parte hobo, no seria otro sino hacer entera confianza de las personas que á las Indias enviaban, y de los consejeros que andaban á su lado; no creyendo que los que ellos tenían probados por hombres de sana intencion, la nueva ocasion del oro y el tratar con gente simple los mudaria. Como sus Altezas se hallaron en Barcelona al tiempo que Cristóbal Colon llegó con las primeras nuevas, y cosas que llevaba de las Indias, queriendo proveer, cuanto á lo primero, ministros eclesiásticos que industriasen aquellas nuevas gentes en las cosas de nuestra santa fe católica y los hiciesen cristianos, eligieron un religioso de la ó den del bienaventurado S. Benito, hombre de letras y buena vida, llamado Fr. Buil, de nacion catalan, el cual procuraron que trujese plenísimo poder de la Silla Apostólica para todo lo que se ofreciese, como prelado y cabeza de la Iglesia en partes tan remotas; y con él enviaron tambien una docena de clérigos doctos y expertos y de vida aprobada, y proveyéronlos de ornamentos, cruces, cálices y i mágenes, y todo lo demas que era necesario para el culto divino y para ornato de las iglesias que se hobiesen de edificar. Dieron asi mismo órden cómo las personas seglares que con ellos hobiesen de pasar á Indias fuesen cristianos viejos, ajenos de toda mala sospecha. Y así vinieron muchos caballeros y hidalgos, y entre ellos algunos criados de la casa real por dar contento á los reyes, que mostraban mucha gana de favorecer esta santa obra de la nueva conversion.  Vinieron todos estos el segundo viaje que hizo Cristóbal Colon con título de Almirante de las Indias. Y llegados á la isla Española, como vieron la muestra que aquella tierra daba de mucho oro, y la gente de ella aparejada para servir, y fácil de poner en subjecion, diéronse mas á esto que á enseñarles la fe de Jesucristo. Subjetados los indios (que habria un millon y medio de ellos en toda la isla), repartiólos todos Colon entre sus soldados y pobladores y otros criados y privados de los reyes, que de España lo granjeaban, para que les tributasen como sus pecheros y vasallos, imponiendo á cada uno de los que vivian en comarca de las minas, que hinchiesen de oro lo hueco de un cascabel, y á los que no comunicaban con las minas, impuso cierta cantidad de algodon, y á otros otras cosas de las que podían dar; y esto no fuera causa de su destruicion, antes bien, tolerable tributo, si despues no entrara de rota batida la desenfrenada cobdicia, sirviéndose de todos los indios como de esclavos para sacar el oro: y esto no fué imposicion de Cristóbal Colon, sino invencion de algunos sus compañeros que lo comenzaron, y despues lo alentó y canonizó otro inicuo gobernador, como al cabo de este primero libro se verá. Fr. Buil y sus compañeros no dejaron de baptizar algunos indios, pero pocos; y aun aquellos (segun se sospecha) más se baptizaban por lo que les mandaban sus amos, que movidos á devocion por las obras y buena vida que en ellos veian. Antes por presumir y jactarse los españoles del nombre de cristianos, haciendo por otra parte las hazañas que hacian, fueron causa de que los indios abominasen de este nombre, como de cosa pestífera y perniciosa. Y aun hoy en dia por la misma razon lo tienen por sospechoso los que no están muy doctrinados y enseñados de cómo entre los cristianos hay muchos malos que no guardan lo que en el baptismo profesaron, y que por esto no deja de ser santa y perfecta y necesaria á las ánimas la ley de nuestro Señor Jesucristo. Estuvo Fr. Buil dos años en la isla Española, y lo mas de este tiempo se le pasó en pendencias con el Almirante, y no (segun parece) por volver por los indios y procurar su libertad y buen tractamiento, sino porque castigaba con rigor á los soldados españoles por males que hacían á los naturales, y por otras culpas que cometian.  El Colon era culpado de crudo en la opinion de aquel religioso, el cual, como tenia las veces del Papa, íbale á la mano en lo que le parecia exceder, poniendo entredicho y haciendo cesar el oficio divino. El Almirante, que en lo temporal tenia el imperio, mandaba  luego cesar la racion, y que á Fr. Buil y á los de su casa y compañía no se les diese comida. Llegados á estos términos, poníanse buenos de por medio que los hacían amigos, aunque para pocos dias, porque en ofreciéndose otra semejante ocasion, volvían á lo mismo, y como esta rencilla se continuase, hubo de parar en que los reyes los enviaron ambos á llamar. Y aunque hubo quejas contra Colon, prevalescieron sus servicios y trabajos, y volvió á Indias con el mismo cargo. Y para el gobierno eclesiástico fueron proveidos prelados: por obispo de Santo  Domingo, Fr. García de Padilla, de la órden de S. Francisco, que fué el primer  obispo de la pri mera  Iglesia  de Indias; y  D. Pedro Juarez de Deza, por obispo de la Vega. Este pasó á su obispado y lo rigió algunos años. El Fr. García murió en España antes que pasase. Desgracia fué para los indios de aquella isla, y aun para los reyes de Castilla (cuyos vasallos eran), porque con la libertad á que estaba hecho de no tractar oro  ni dinero, pudiera fácilmente acertar como acertaron el obispo santo Zumárraga y los primeros doce frailes franciscos que vinieron á la Nueva  España á la ciudad de México.”


Gerónimo Mendieta. 
Historia Eclesiástica Indiana. 
Antigua Librería.

martes, 7 de abril de 2015

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA




EM UN RETRATO


De sob o cômoro quadrangular
Da terra fresca que me há de inumar,

E depois de já muito ter chovido,
Quando a erva alastrar com o olvido,

Ainda, amigo, o mesmo meu olhar
Há de ir humilde, atravessando o mar,

Envolver-te de preito enternecido,
Como o de um pobre cão agradecido.


Camilo Pessanha.

viernes, 3 de abril de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






DE PASO EN GEORGETOWN


“No sé cómo se forjó la leyenda de que los hombres que administran territorios lejanos se caracterizan por su “fuerza y parquedad”. Lo contradice el testimonio de la experiencia. Algunos puede que empiecen siendo fuertes e incluso retienen una cierta enjutez en su edad adulta, pero la mayoría de ellos, cuando alcanzan alguna relevancia al servicio del Rey Emperador, son objeto de alguna que otra denuncia. En cuanto a su silencio, parece variar en relación inversamente proporcional a su distancia de la civilización. Para encontrar silencio uno debe ir a los comedores que hay a las afueras de Londres: los hombres que viven en grandes espacios abiertos, según mi experiencia, son asilvestradamente parlanchines; me he dado cuenta de que muchos de ellos adquieren la costumbre de habar con ellos mismos o con los perros y con los nativos, igualmente ajenos a su lengua. Y lo que es más hablan sobre cualquier tema: recuerdos personales, sus sueños, dieta y digestión, ciencia historia moralidad y teología. Aunque principalmente de teología. Parece ser la obsesión que aguarda a todo hombre solitario. Sacas cualquier tema grosero con un borrachín de la calle, aficionado al ron, y en diez minutos te está probando o rebatiendo la doctrina del pecado original.
Mr. Bain, aunque infatigable en su tarea, no era un hombre fuerte; frecuentes ataques de fiebre lo habían dejado consumido y sin sangre en las venas, y además sufría constantes ataques de asma terribles que le mantenían despierto prácticamente toda la noche, salvo una o dos horas. Tampoco era un hombre callado. Durante las quince noches que pasé a su lado habló de forma exhaustiva sobre todos los temas imaginables, con ansiedad, seguridad, entusiasmo, no siempre con exactitud o precisión, a veces apenas con congruencia, inagotablemente; con una imaginación exacerbada, con vertiginosos cambios en su manera de pesar e inquietantes efectos escénicos, con un vocabulario que combinaba de manera extraña la jerga que acostumbraba utilizar entre sus subordinados y las palabras más largas y menos frecuentes que había encontrado impresas en alguna parte. Como digo, hablaba sobre cualquier tema en cualquier momento, pero sobre todo hacía conjeturas metafísicas o contaba anécdotas. Siempre se presentaba a sí mismo en estas últimas de un modo prominente, y era entonces que sus gestos se volvían histriónicos al máximo. El diálogo estaba dispuesto en tu totalidad mediante la oratio recta: nunca ”le ordene que se fuera de una vez” sino “le dije vete, rápido, vete”, y con estas palabras el dedo de Mr. Bain se disparaba acusante, su cuerpo se estiraba y enervaba, y sus ojos se afilaban hasta tal punto que empecé a temer que fuera a sufrir algún tipo de ataque.
Un rasgo incesante –y lamentablemente poco común—de los recuerdos de Mr. Bain, era que a diferencia de la mayoría de la gente, que recuerda todas las injusticias con las que se ha topado, él recordaba y retenía también cada palabra de aprobación, el cariño que recibió de sus padres siendo niño, el premio en geometría que le otorgaron en el colegio, la mención de honor que obtuvo en la escuela de formación profesional por su habilidad para el dibujo, numerosas muestras espontáneas de aprecio por parte de muchos conocidos a lo largo de su vida, la devoción por parte de sus subordinados y la confianza de sus superiores; el deleite con el que el gobernador revisó sus informes oficiales; los testimonios de los convictos que incidían en la imparcialidad, clemencia y sabiduría de sus sentencias judiciales. Todas estás experiencias permanecían vívidas y relucientes en su memoria y todas, o casi todas, tuve el privilegio de escucharlas.
Me parecía que muchas de sus historias ponían a prueba los límites de la credibilidad, como por ejemplo que tenía un caballo que podía bucear o que tenían un consejero que contrató a un loro que le traía información. El pájaro, contaba Mr. Bain, se adelantaba volando y luego volvía para posarse sobre el hombro del indio y susurrarle al oído lo que había visto, quién andaba por la carretera y dónde se podía encontrar agua. No creo que Mr. Bain estuviera engañándome deliberadamente sino que al igual que cualquier persona que disfruta contando anécdotas, llega un momento que no sabía distinguir entre lo que realmente había ocurrido y las historietas inventadas que había contado tantas veces como ciertas. Resulta molesto que a uno le chafen su historia: pronto caí en la mezquina y exasperante manía de desmontar y cuestionar sus historias, lo que normalmente desenterraba las mentiras aceptadas.”


Evelyn Waugh. 
Noventa y dos días. 
Ediciones del Viento.

jueves, 2 de abril de 2015

OBITER DICTUM






La orden de reemplazar al guionista de una película no generaba en Irving Thalberg o David Selznick más congoja que la sentida por un entrenador de fútbol cuando sustituye a un delantero en el descuento del partido, aunque siempre era un consuelo que te cayera en suerte la redacción final sancionada por el mandamás de turno, pues en ese caso sabías que ninguna otra mano tenía ya potestad para hacer cambios ulteriores. Cuando la generación pionera de los magnates cinematográficos inició su lenta retirada a mediados de los cuarenta, nosotros empezamos a acariciar la nebulosa idea de que, en un medio menos jerárquico y mecanizado como el que vaticinábamos, los escritores tendrían más posibilidades de escoger sus proyectos y de hallar colaboradores o financiación. Nadie podía sospechar entonces que, lista negra aparte, el futuro nos depararía una mengua, no un aumento, en el estatus de los guionistas.


Ring Lardner Jr.

lunes, 30 de marzo de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






POR ZURICH


“Zurich está situada al fin de un hermoso lago, que toma el nombre de esta ciudad, y un pequeño río que desemboca en él, la divide en dos. Muchas cuestas en ella, mal empedrada, casas muy altas, viejas y sin elegancia, calles torcidas, callejones estrechos, tenebrosos, largos. Quien haya visto las tiendecillas y mercancías de algunas de nuestras ciudades, por ejemplo de Alcalá, ve una copia exacta de las de Zurich: aquellas puertas en arco, aquellos mostradores sucios, aquellos escaparatillos con cintas, botones de metal, navajas, dedales y paquetes cagados de moscas, y aquella casaca y aquel peluquín del amo de la tienda. No hay cafés ni vi librería cuyo surtido pasara de treinta tomos, ¿y para qué es menester más? Sus campos están bien cultivados, comen bien y viven contentos, ¿no saben bastante?, ¿naciones ilustradas sabéis otro tanto?
En los pocos edificios modernos de alguna consideración hay mucha pesadez y mal gusto de adornos. Sobre las ventanas bajas de la Casa de la Ciudad hay varios bustos mal ejecutados, a un lado vi los de Temístocles, Epaminondas, Scévola, Cocles, Arístides..., y al otro, los de varios héroes nacionales, recomendables por los servicios que hicieron a su país, todos ellos, así los antiguos como los modernos, tienen un lema latino alusivo a sus virtudes patrióticas.
Vi sobre el río fábricas donde se pintan lienzos, levantando el agua que necesitan por medio de grandes ruedas con arcaduces, movidas por la misma corriente. Muchos talleres de varios oficios, artes útiles, pero rudas. Abundancia de frutas, excelente hortaliza, gran carnicería; mucha gente, ningún lujo; las damas de este país no me parecen las más a propósito para enseñar actitudes elegantes al teatro ni a las bellas artes, se visten para no estar desnudas y andan por no estar paradas.
Buena posada sobre la orilla del lago, deleitosa vista desde mis ventanas, enfrente montes con árboles y al pie de ellos pequeñas laderas con mucho cultivo y un sin número de casas pequeñas de labranza o de recreo, entre la frondosidad de jardines y frutales de que está cubierta toda aquella orilla, a otra parte la ciudad y el río, que la atraviesa, y a la del sur montes altos que me entristecen el ánimo al considerar que he de pasar por ellos. El lago, hermosísimo, sus aguas muy claras, barcos largos y chatos para el transporte de granos y otros frutos. A la parte de oriente una eminencia que domina la ciudad, con muchas casas de campo, algunas construidas con elegancia y comodidad, rodeadas de viñas, huertas y jardinillos. En éstos no reina el mejor gusto, galerías, pedestales, balaústres, pirámides, boliches de bojes y murtas, donde gime la naturaleza bajo, la tijera y el compás para producir formas extravagantes y mezquinas y esto en un país donde ella presenta por todas partes las más hermosas. Zurich es capital del cantón de este nombre, está fortificada, aunque pienso que no completamente, vi pararrayos en muchas casas y montaderos a la antigua en las puertas, muchas fuentes. La gente es sencilla y cortés.
Como muy bien y salgo a las cuatro para Lucerna, distante de aquí unas ocho leguas, el camino es un reventadero para los infelices caballos por las penosas cuestas que hay que subir y bajar, por lo demás es viaje muy divertido. Montes de mucha frondosidad y repartidas por ellos y en las vegas y cañadas que forman, muchas casas de labranza, distantes unas de otras un tiro de piedra, las más son de madera, todo es rústico, pintoresco y pobre. El camino, aunque mucho más angosto que los de Inglaterra, se parece a aquéllos por los continuos vallados de arbustos y árboles que le adornan a un lado y otro. Hay muchos frutales y desde la silla de posta iba cogiendo ciruelas y manzanas. Abundancia de fuentecillas que se componen de un tronco perpendicular por donde sube el agua, un caño de hierro y otro gran tronco de nogal, socavado, que hace de pilón, a modo de una artesa. Hice noche en medio de estos montes en un lugarcillo infeliz, en cuya posada hallé una buena sopa, una excelente tortilla, pichones, pollos, jamón, un guisado de vaca, manteca, queso, barquillos y vino tinto y blanco.”


Leandro Fernández de Moratín. Viage a Italia. Madrid. M. Rivadeneyra.

domingo, 29 de marzo de 2015

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





[…]

A la luz secular de una niña muerta, madre de hombres
                y mujeres, voy andando y agonizando.

El cadáver del sol y mi cadáver
con la materia horriblemente eterna, me azotan la cara
desde todo lo hondo de los siglos, y escucho aquí, llorando, así, la espantosa clarinada migratoria.

[…]


     Pablo de Rokha.