domingo, 10 de junio de 2012

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





BAJO UNA SOLA LÁMPARA


Casi todas la noches
reconstruyo una ciudad
desde ruinas de mentiras.
En silencio, bajo una sola lámpara,
invento calles desnudas
por las que el viento arremolina
las sonrisas cansadas
y las pega en las paredes
como antiguas estampas.
Pausadamente,
les quito los sonidos.
Queda, tal vez, la campana de una iglesia
y una canción de niños leve y cruel,
interrumpiendo el sueño helado
de los parques.
Hasta que salga el sol
y cambie mis cristales.
Hasta que amanezca el desdén
en los ojos de los otros
y arrincone mi poema, aterido y solo,
en un desván de espera hacia la noche.
Pausadamente, bajo una sola lámpara.
Hambrienta de absoluto.


Paulina Vinderman

jueves, 7 de junio de 2012

Y ELÓBOLO BAJO LA LENGUA






               VOLVER A VERTE


...Se fue de mí hace mucho tiempo
ya tanto
que su rostro casi ya no me sirve para reconocerle
Pero hoy le he vuelto a ver.
Donde tantos lo miran tan solo yo lo he visto.
Él no lo sabe
tal vez pero ha crecido
Le separan de mí su pecho y su cabeza
y recorrer esa distancia
-desde mis ojos hasta sus ojos altos
tan altos que parecen ventanas sin paisaje-
me fatiga
...Late
mi sangre como perro abandonado      
en el fondo de un pozo seco Pero
hay en sus párpados ese temblor de lluvia
sin agua de los álamos
y su lengua es arena en la que nada brota.


Josefina Pla

miércoles, 6 de junio de 2012

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





EL TEATRO EN NUEVA YORK


“En Nueva-York hay tres teatros, que son el Park, el de Bowery y el de la Opera. Generalmente hablando, los americanos del Norte son poco afectos á esa clase de diversiones que suponen un grado de civilización urbana que no se puede decir es la parte mas prominente entre aquellos habitantes. En las ciudades en que el gusto por la sociedad y las diversiones ha tomado incremento, tales como Boston, Filadelfia, Nueva-York y otras pocas, se advierte siempre que el pueblo no toma mucho empeño en la asistencia á ellas. ¡Qué diferencia de la ansiedad con que corren á las puertas de los teatros, á los bailes, á los conciertos en las ciudades de Europa, especialmente en Francia! Quince teatros que hay en la sola ciudad de Paris, se llenan todas las noches, y se sostienen los empresarios haciendo buenas ganancias. En Nueva-York no puede mantenerse un teatro de ópera italiana en concurrencia de los otros dos, en que se representan piezas sueltas de canto ó dramáticas. Yo he advertido mucha mayor inclinación al teatro en el pueblo de la república mexicana, que en el de los Estados del Norte. La razon de esta diferencia debe buscarse en las diversas circunstancias en que se han formado ámbos pueblos. El de los norte-americanos se compone en su mayoría de emigrados agricultores que, obligados en su principio á trabajar en el campo, no tenian ni el tiempo ni los estímulos para dedicar las horas del descanso á ningún pasatiempo bullicioso. Por otra parte, el espíritu de secta, que tendía en su orígen á un ascetismo rigoroso entre los presbiterianos emigrados á aquellas comarcas, dejó tras sí una aversión insuperable á los espectáculos, como prohibidos por la religión.
         En las colonias españolas se hizo una separacion absoluta de conquistadores y conquistados. Los primeros tenian las riquezas, los privilegios y los goces que ámbos procuran, así como las inclinaciones y gustos que engendran. Los descendientes de los conquistadores heredaban de sus padres los españoles el gusto por la música y las diversiones que se conciliaban con el culto católico, cuya cabeza en Roma daba el impulso á todo género de espectáculos. En vez, pues, de dedicarse al trabajo de la tierra, ó á otras ocupaciones penosas, se entregaban á las bulliciosas fiestas á que por otra parte convidan sus climas cálidos ó templados. No habia ademas esa imperiosa necesidad de acumular para el invierno provisiones, leña y ropas. El primer móvil para el trabajo, es la necesidad: luego entran los placeres. Así, pues, se ve un mexicano hacer el gasto de un peso que ha adquirido con mucha dificultad, en el teatro, en los toros, ó en el baile; mientras que un norte-americano temeria sacar uno entre cien pesos, para una inversion semejante.”

Lorenzo de Zavala. 
Viaje a los Estados-Unidos del Norte de America *.
Imprenta de Castillo y Compañía (1846).



* Respetada la ortografía original del libro.

lunes, 4 de junio de 2012

OBITER DICTUM





“Me siento cada vez menos inclinado a traducir El coloso de Marusi. El libro está bien escrito, pero Henry Miller es un personaje que me pone nervioso. Resulta cómico el trabajo que se toma para decirnos que no ha leído a Homero, o para hacernos creer que él cree que The Phoenix and the Turtle es un soneto; y me irritan extraordinariamente sus estrepitosas declaraciones de pobreza –una pobreza que sospecho bastante confortable—y la elocuente cursilería de parrafitos como éste: «At Eleusis one realices, if never before, that there is no salvation in becoming adapted to a world which is crazy; at Eleusis one becomes adapted to the Cosmos.»
Me impacientan los escritores que parecen llevar perpetuamente un cirio en la procesión de la literatura, pero no tanto como los que se disfrazan de buen salvaje.”


Jaime Gil de Biedma.

sábado, 2 de junio de 2012

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




GLACIAR DE BEARDMORE



“Ya he dicho que hay quien afirma que Scott debería haber recurrido a los esquís y los perros. Si el lector lee el relato del descubrimiento del glaciar Beardmore y el viaje que realizó por él Shackleton, dejará de inclinarse a favor de tal solución. A decir verdad, aunque nosotros encontramos un camino mucho mejor que el de Shackleton para llegar a la cima del glaciar, no creo que sea posible subir y bajar por él con perros ni pasar por las irregularidades que presenta el hielo en la confluencia con la planicie, salvo que se disponga de tiempo de sobra para buscar otra ruta. “Sin duda los perros hubieran podido llegar hasta aquí”, le oí decir a Scott cerca del Formanubes, aproximadamente en la mitad del glaciar. Sin embargo, lo mejor que hubiéramos podido hacer con los perros en las crestas de presión por las que pasamos durante el viaje de regreso habría sido arrojarlos a la sima más cercana. Si uno puede evitar pasar por zonas tan peligrosas, mejor que mejor; en caso contrario, no debe recurrir a los perros. La gente que dice estas cosas no sabe de lo que está hablando.
Si la intención de Scott era subir por el Beardmore, probablemente acertó al no llevar perros. En realidad, lo que hizo fue confiar en los ponis hasta el pie del glaciar y en sus propias fuerzas a partir de dicho punto. Como dependía de los ponis, no pudo ponerse en marcha hasta noviembre, pues la experiencia del viaje del depósito demostraba que los ponis no podían soportar las condiciones meteorológicas de la Barrera antes de esas fechas. Pero podría haber salido antes si hubiera llevado perros en lugar de ponis hasta el pie del glaciar. Así habría ganado unos cuantos días en su carrera contra el tiempo otoñal, que era el que iba a tener durante el viaje de vuelta.
Tales tragedias suscitan inevitablemente una pregunta: ¿merecía la pena? Pero ¿qué es lo que merece la pena? ¿Arriesgar la vida por una hazaña o por el país de uno? A Scott no le atraía mucho la idea de plantearse algo por el hecho de que constituyera una hazaña y nada más que una hazaña. Era preciso que, además, tuviera otro fin: el conocimiento. A Wilson las hazañas le atraían aún menos, y en los fragmentos de su diario que se reproducen en este libro llama poderosísimamente la atención el hecho de que no hiciera ningún comentario al enterarse de que los noruegos habían sido los primeros en llegar al polo. Es como si pensara que en el fondo carecía de importancia. Y probablemente así fuera.
Sería muy oportuno que alguien abordara estas cuestiones y otras semejantes relacionadas con la vida polar. El polo ofrece abundante material para la psicología, pues presenta unos elementos únicos, sobre todo el aislamiento completo y los cuatro meses de oscuridad que hay todos los años. Incluso en Mesopotamia, una nación que llevaba largo tiempo sufriendo, insistió al final en que se hiciera todo lo necesario para cuidar y evacuar a enfermos y heridos. Pero en las regiones polares un hombre ha de hacerse a la idea de que puede acabar pudriéndose a causa del escorbuto (como le ocurrió a Evans) o verse obligado a mantenerse durante diez meses con medias raciones de foca y raciones completas de alimentos contaminados por tomaína (como les ocurrió a Campbell y sus hombres) sin que nadie del mundo exterior pueda acudir a socorrerle durante un año o más. Allí no existen las “heridas de nada”: si uno se rompe la pierna en el glaciar Beardmore, ha de pensar en la forma más conveniente de suicidarse, tanto por su propio bien como por el de sus compañeros.
El explorador polar ha de hacerse a la idea de que se verá obligado a pasar privaciones tanto sexual como socialmente. ¿En qué medida pueden constituir un sucedáneo el trabajo duro y lo que cabría en llamar la “imaginación dramática”? Compare el lector los pensamientos que nos venían a la cabeza cuando viajábamos, la forma en que soñábamos con comida por la noche, y ese instinto tan primario en virtud del cual perder una miga de galleta le causaba a uno un resquemor duradero. Noche tras noche compraba yo grandes bollos de chocolate en un puesto del andén de entrevías de la estación Hatfield, pero siempre me despertaba antes de darle un bocado. Algunos de mis compañeros tenían la suerte de no ser tan nerviosos y acababan comiéndose aquellos alimentos imaginarios.

Apsley Cherry-Garrard. El peor viaje del mundo. Ediciones B.

viernes, 1 de junio de 2012

OBITER DICTUM






         “He terminado, por lo tanto, este largo trabajo, empezado en los últimos días de la vejez y concluido al borde del sepulcro. Antes de comenzarlo, y apremiado por la necesidad imperiosa de defender mi crédito militar y político, emprendí algunos otros relacionados con los últimos tiempos de mi vida pública, a fin de vindicar mi conducta en determinados sucesos, aclarando hechos, puntualizando circunstancias y rechazando acusaciones e injusticias que he soportado con resignación, pero sin renunciar a la esperanza de que se desvanezcan en su día, y de que se purifique el silencio que penosamente he guardado por consideraciones más altas que mi propia tranquilidad, relacionadas con los deberes que jamás podían prescribir para mí, ante los intereses de mi país y las conveniencias del ejército, que fue, durante más de sesenta años, el objeto exclusivo de mi ardiente culto. Ese día llegará, cuando el tiempo y otros acontecimientos y ejemplos hayan calmado los ardores de la pasión y desvanecido grandes errores, alimentados por artificiosas o equivocadas opiniones e intereses. Mis hijos esperarán ese momento, escogerán esas circunstancias propicias y entregarán al juicio público el fallo definitivo de la conducta que seguí en otras grandes circunstancias en que me ha tocado influir directamente en la suerte de mi país.
         Entre tanto, tienen el encargo de publicar este libro tan luego como Dios se sirva llamarme a su seno. El día de su publicación debe seguir de cerca al de mi muerte, porque deseo que los muchos y autorizados testigos que aún viven de los hechos que relato, puedan dar testimonio de mis intenciones y sinceridad. Si alguno pensara que he reducido demasiado el círculo de la crítica y de la censura, y que las opiniones que emito acerca de los hombres y de los sucesos de mi tiempo llevan un sello de extremada benevolencia, yo le contestaría que los sucesos y los hombres no pueden juzgarse con acritud cuando se llega al punto donde concluyen todas las pasiones e intereses mundanos; cuando al considerar a distancia los acontecimientos y los individuos, se advierte que los unos no fueron nunca fatales, ni los otros egoístas y corrompidos en su generalidad; cuando se cree que en estas grandes luchas de la vida es fuerza mirar hacia el pasado sin prevenciones ni rencores, a fin de comprender las deficiencias del presente y de mantener viva la esperanza de un porvenir mejor, y cuando no de otro modo, en fin, podría excusarse este libro al que, arrogándose el derecho de juzgar a sus contemporáneos, comparece también en persona ante el juicio de residencia que ha de formarle la opinión, con el bagaje, quizá, de muchas culpas y errores; si bien habrá podido redimirlos, inspirando como cree haber inspirado todos los actos de su vida en los dos más elevados sentimientos que pueden impulsar el alma de un caballero y de un soldado. El respeto al honor de su nombre, y el amor santo de la Patria.
         No los olviden mis hijos.”


Fernando Fernández de Cordova.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Y EL OBOLO BAJO LA LENGUA





                MAR Y NOCHE


   El mar bituminoso aplasta sombras
contra sí mismo. Oquedades de azules
profundos quedan quietas al arco de las ondas.
Voluta ancha de acero quedaría
de súbito forjada si el instante
siguiente no derribase la alta fábrica.
Tumultos, cataclismos de volúmenes
irrumpen de lo alto a la ancha base,
que se deshace ronca,
tragadora de sí y del tiempo, contra el aire
mural, torpe al empuje.
Bajo cielos altísimos y negros
muge —clamor—la honda
boca, y pide noche.
Boca —mar—toda ella, pide noche;
noche extensa, bien prieta y grande,
para sus fauces hórridas, y enseña
todos sus blancos dientes de espuma.
Una pirámide linguada
de masa torva y fría
se alza, pide,
se hunde luego en la cóncava garganta
y tiembla abajo, presta otra
vez a levantarse, voraz de la alta noche
que rueda por los cielos
  —redonda, pura, oscura, ajena—
dulce en la serenidad del espacio.

   Se debaten las fuerzas inútiles abjao.
Torso y miembros. Las duras
contracciones enseñan
músculos emergidos, redondos bultos,
álgidos despidos.
Parece atado al hondo
abismo el mar, en cruz, mirando
al cielo alto, por desasirse,
violento, rugiente, clavado al lecho negro.

   Mientras la noche rueda
en paz, graciosa, bella,
en ligado desliz, sin rayar nada
el espacio, capaz de órbita y comba
firmes, hasta hundirse en la dulce
claridad ya lechosa,
mullida grama donde
cesar, reluciente de roces secretos,
pulida, brilladora,
maestra en superficie.


Vicente Aleixandre

viernes, 25 de mayo de 2012

OBITER DICTUM





“Si las carreteras, los ferrocarriles, los bancos, las compañías de seguros, las grandes compañías por acciones, las universidades y los establecimientos de beneficencia fueran otras tantas ramas del Estado; si, además, las corporaciones municipales y los consejos locales, con todas sus atribuciones, llegaran a convertirse en otros tantos departamentos de la administración central; si los empleados de todas esas diversas empresas fueran nombrados y pagados por el gobierno y solo de él esperasen las mejoras a que aspiran, ni la más completa libertad de Prensa, ni la más popular composición de la legislatura podrían impedir que Inglaterra o cualquier país libre lo fuesen más que en el nombre. Y cuanto mayor y de manera más eficaz y científica fuese construido el mecanismo administrativo, y cuanto más ingeniosas fuesen las disposiciones para procurarse las manos y las cabezas más capaces de hacerlo marchar…, mayor mal resultaría.”

John Stuart Mill

martes, 22 de mayo de 2012

OBITER DICTUM







«Cuando penetré por primera vez al anfiteatro, un practicante aserraba con calma el cráneo recién rapado de un muerto. La cabeza de otro cadáver al lado, tenía ya cortada la tapa y se veían en los sesos las circunvoluciones. Aquella ocasión, de regreso del hospital, no pude comer. Al día siguiente comí doble. Contra la tenacidad del cuerpo que insiste en vivir y gozar, hay el disolutivo eficaz de la cadaverina. Pero en auxilio de la vida llega el olvido y actúan las apetencias. Con todo, años después, en la voluptuosidad de un amor que declinaba, sentí de pronto algo como el tufo de la cadaverina. Como si el interior de la entraña se adelantase y se diese a la muerte antes que la piel y el rostro, antes de que la muerte se imponga.»

José Vasconcelos.

domingo, 20 de mayo de 2012

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





CAMINOS DE HIERRO


                   Nidos de locomotoras
                                               las estaciones
                                                                 libran los tránsitos
                   Arcos
                   puertas de las ciudades
         como el cielo
                           palpitantes a todas horas
           en los centros           bajo las humaredas
         Belleza del esfuerzo
           He aquí la velocidad bien encauzada
                                                                  hija de la voluntad
         Adioses                       Bienvenidas
   Lágrimas                     Alegría
                                               Y también
       la indiferencia muda que rueda y rueda
              en los días
                           sobre los caminos
            Todo va a alguna parte
                                      El tiempo desfila
       vestido de todos los paisajes
     todas las ciudades del mundo

            Es la flecha del tren
                                         que se dirige
                                            fuerte sobre su fin.
              Detrás
                         el último vagón
                                   engrendra de nuevo el espacio


                                                                              Rafael Lasso de la Vega.

miércoles, 16 de mayo de 2012

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE



VENDEDORES DE PERIÓDICOS


“No hace mucho que, en vista de las numerosas ocultaciones que disminuían las rentas públicas, el gobierno nombró investigadores especiales que denunciaran las industrias no afectas al pago de tributos.
No sabemos, ni pretendemos averiguar, si los nuevos funcionarios cumplieron como buenos su cometido, ni si la Hacienda, ese monstruo multifauce nunca satisfecho, alcanzó beneficiosos resultados. Lo cierto, lo indudable es que existen en Madrid numerosas industrias, poco estudiadas, tributarias algunas y exentas otras de toda gabela y que merecen un lijero estudio crítico.
Desde luego reclaman nuestra atención los vendedores de periódicos ó ciegos, según se llaman vulgarmente, por  más de que casi todos estos industriales tengan una vista excelente, pertenezcan á cualquiera de los dos sexos y se hallen comprendidos en cualesquiera de las edades de la vida humana. Estos industriales se estacionan en las esquinas, recorren las aceras ó cruzan el empedrado, aturdiendo á los transeúntes con sus gritos. Su efímera mercancía, constantemente renovada, satisface todos los caprichos, todas las tendencias, todas las opiniones. Desde El Tribunal del Pueblo hasta La Regeneración, desde El imparcial hasta La Iberia, desde El Diario del Pueblo hasta El Cencerro, los vendedores de periódicos confunden en sus manos á los republicanos y los carlistas, radicales y conservadores, alfonsino é incoloros. La idea política toma forma en el cerebro del escritor, se hace pública mediante la tipografía, y se reparte por medio del vendedor. Este lleva siempre una esperanza y un consuelo al parroquiano, cualesquiera que puedan ser sus opiniones. Y sin embargo de prestar semejantes beneficios, solo consigue una pequeña ganancia en el ejercicio de su industria. Tal vez se me dirá que menos gana y trabaja más el redactor de un diario; pero no se debe perder de vista que el escritor público cursa en la prensa la carrera de ministro y que el vendedor de periódicos no suele salir de vendedor.”


Manuel Ossorio. De la Puerta del Sol. Imprenta de los Sres. Rojas.



domingo, 13 de mayo de 2012

OBITER DICTUM





“Yo he dicho que nuestra civilización occidental nació de la idea de una determinada dirección de la historia estrechamente vinculada a la idea de progreso. Pero hay dos maneras de entender esa noción. Una es que no se vuelve nunca atrás, que la ley de la naturaleza, así como la de la cultura, es la transformación, y que incluso cuando nos asomamos a nuestro pasado lo repensamos de tal manera que produce algo nuevo. La otra es que todo lo que viene después es mejor que lo que existía antes. Las dos ideas no son idénticas. Al hacer algo distinto es posible también producir monstruos. El siglo XIX había divinizado la idea del progreso como perfeccionamiento infinito y sin retorno. La idea hegeliana de un progreso acumulativo es, en efecto, quizás, el gran defecto de la civilización moderna. Nuestro siglo ha comprendido que el progreso no es forzosamente continuo y acumulativo. Puede conocer fases ascendentes y reveses. El siglo XIX constituye a la vez el momento de la gran celebración de ese progreso acumulativo y el comienzo de una crisis moral profunda. Produjo un fundamentalismo del progreso del que debemos huir. La ecología contemporánea representa acaso el momento más importante de este cuestionamiento del progreso.”


Umberto Eco