lunes, 18 de noviembre de 2013

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






      EDAD DE ORO


Un dia u otro
todos seremos felices.
Yo estaré libre
de mi sombra y mi nombre.
El que tuvo temor
escuchará junto a los suyos
los pasos de su madre,
el rostro de la amada será siempre joven
al reflejo de la luz antigua en la ventana,
y el padre hallará en la despensa la linterna
para buscar en el patio
la navaja extraviada.

No sabremos
si la caja de música
suena durante horas o un minuto;
tú hallarás –sin sorpresa–
el atlas sobre el cual soñaste con extraños países,
tendrás en tus manos
un pez venido del río de tu pueblo,
y Ella alzará sus párpados
y será de nuevo pura y grave
como las piedras lavadas por la lluvia.

Todos nos reuniremos
bajo la solemne y aburrida mirada
de personas que nunca han existido,
y nos saludaremos sonriendo apenas
pues todavía creeremos estar vivos.


Jorge Terllier

jueves, 14 de noviembre de 2013

OBITER DICTUM






William Faulkner estuvo en su juventud en Nueva Orleans, puerto fluvial y marítimo del Mississippi situado directamente al sur de Oxford. Ahí conoció a uno de los maestros literarios de esos años, Sherwood Anderson. Sherwood Anderson escribía toda la mañana y se dedicaba en las tardes a recorrer la región y a beber whisky de maíz, bourbon, en compañía del joven Faulkner. Una tarde Faulkner se atrevió a decirle que había escrito una novela y amenazó con leérsela. Respuesta inmediata de Sherwood Anderson: “Me comprometo a recomendar tu novela a mis editores, pero con una sola condición”. “¿Cuál?” pregunto Faulkner, inquieto. “No tener que leerla nunca en mi vida”, dijo Anderson.


Jorge Edwards





martes, 12 de noviembre de 2013

OBITER DICTUM






«Se suprime por la violencia, que no se detiene hasta la ejecución, toda crítica de la política del Partido Comunista, toda discusión a sus métodos, toda crítica a sus disposiciones. La política comunista es soberana; no se sabe lo que piensa, lo que quiere o lo que anhela el pueblo; sólo se sabe lo que anhelan, quieren o piensan los bolcheviques. El pueblo es como una esfinge amordazada y sumisa, a la que se azota.»


Angel Pestaña.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





YA SIN MEMORIA NUESTRA



En general pusimos
excesivo cuidado, no tanto en el hacer,
que es toda la razón del arte,
como en hacer visible allí lo nuestro.

Para aquellas palabras buscamos argumento
que nos significase un poco ante los otros.

Sólo más tarde descubrimos,
cuando una costra tenue comenzó a recubrir
la tierna adolescencia prolongada,
otro oficio más cierto.

Del mismo amor era posible
hacer simples objetos,
más reales que nuestro propio amor.

Objetos para dar y para olvidar,
para perder y recobrar,
para desnacer,
para vivir,
para estar.

Y en la fidelidad de la materia, usado,
prohijado, devuelto,
ya sin memoria nuestra, nuestro ser.

José Ángel Valente

viernes, 8 de noviembre de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




EN CAMORRA


            “Reuní a mis coroneles, les mostré las órdenes recibidas, examinamos la situación y les pedí parecer. Todos expresaron su contrariedad y unánimemente convinieron en no cumplimentar las órdenes del general Palacios.
         Transcurrió la noche, tranquila para mis tropas, pero no para mí; dudaba en tomar una decisión, porque la junta de coroneles solo tenía para mí carácter informativo o de asesoramiento; jamás pasó por mi mente la idea de descargar o diluir en mis subordinados la responsabilidad del mando, que por entero debía asumir yo como jefe.
         Al amanecer, subí a la torre de la iglesia y con el anteojo pude divisar al enemigo que reanudaba su interrumpida marcha a Bañeras. Aquel espectáculo fue para mí la viva evocación de la famosa expedición de Gómez en la primera Guerra carlista. Recordando las funestas consecuencias que tuvo para la causa liberal y temiendo que se repitieran, me planteé el ineludible deber de impedirlo a toda costa. Para ello era imprescindible demorar la marcha a Játiva, entrar probablemente en la provincia de Alicante –de cuyos límites tan próximos estábamos—y empeñar combate contra fuerzas muy superiores en número, lo que implicaba el riesgo de una derrota. Proceder, como dicen nuestras ordenanzas, siguiendo los dictados del “propio espíritu y honor”, me ponía en el trance de desobedecer las órdenes. Mi vacilación debía ser brevísima, los minutos eran preciosos. Bajé de la torre y ordené a mi cornetín que tocara generala y redoblado: la suerte estaba echada.
         Apresuradamente salí al frente de las fuerzas, dejando en Bocairente el batallón de Cuenca y la impedimenta, con la orden de incorporarse una vez cargados los bagajes. Tanto los jefes como yo, salimos a pie para evitar la espera que supondría ensillar nuestros caballos. Como el camino describía una curva, cortamos directamente campo a través para caer sobre el flanco enemigo. Mi línea estaba formada del siguiente modo: Albuera en la derecha, Soria con la artillería en el centro, y en la izquierda, tres compañías de Aragón y dos de voluntarios. Constituían la reserva cinco compañías de Aragón y el escuadrón de Villaviciosa.
         Al percatarse Santés de mi intento, estableció su defensa en las alturas de Camorra. Iniciado el combate, fui progresando con la derecha avanzada, desalojando al enemigo de sus posiciones, hasta que, inquieto Santés y prevalido de su superioridad numérica, contraatacó con cuatro batallones, cargando impetuosamente sobre Albuera que le obligó a retroceder, dispersando parte de sus fuerzas. Desbordado el centro en la lucha cuerpo a cuerpo, consiguieron los carlistas arrebatarme las piezas de artillería. Inmovilizada nuestra izquierda, que harto hacía con sostenerse ante la enorme presión del enemigo, creyó éste poder darnos el golpe de gracia cargando sobre nosotros con su caballería; pero según supe después, demoraron esta intervención porque había sido muerto el coronel carlista del regimiento del Cid. Este hecho me proporcionó el tiempo necesario para que el escuadrón de Villaviciosa coadyuvara al ataque de frente –que ejecuté con mis reservas--, combinado con otro de flanco que realizó Cuenca, oportunamente llegado al lugar de la acción.
         Nuestra victoria fue completa. Recuperamos las piezas sin más pérdidas que la de un escobillón y perseguimos al enemigo. El botín que abandonaron los carlistas en el campo esta integrado por más de doscientas armas, prisioneros, banderines y material sanitario. Dejaron también 149 muertos y más de 200 heridos, que recogimos. A nosotros nos costó la jornada 30 muertos y 132 heridos.
         Debo confesar que, en el momento más crítico de aquella acción, pensé quitarme la vida. Fueron tantas y tan encontradas las emociones que embargaron mi espíritu en aquel día, que cuando a las cuatro de la tarde pude desayunar con un poco de pan y chorizo, no lograba deglutirlo. Aquella noche, dormí en Bocairente más tranquilo y satisfecho que la noche anterior, y a la mañana siguiente, en cumplimiento de la última orden recibida, partimos en dirección a Játiva.”


Valeriano Weyler. Memorias de un general. Ediciones Destino.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






«La vita va avanti! La fita fa afanti»
gridavan di naso novanta elefanti
o meglio sessanta, di cui trenta affranti,
tra anziani ed infanti non erano venti
un sol pachiderma barriva tra i denti,
nessuno fiatava: da sempre era immerso
nel pieno silenzio l´immenso deserto.


                                  Toti Scialoja

domingo, 3 de noviembre de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





SATCHMO


“El estadio estaba fuera de la ciudad, lejos, pequeño, plano, con una capacidad para cinco mil personas a lo sumo. Y, sin embargo, sólo la mitad de los asientos estaba ocupada. En medio del césped había una tarima, bastante mal iluminada, pero como nos sentábamos cerca de ella, veíamos bien a Armstrong y su pequeña orquesta. Hacía una tarde bochornosa y asfixiante, y cuando Armstrong subió al estrado ya estaba empapado de sudor porque, además, llevaba puesta una americana y, en el cuello, una pajarita. Saludó a todos levantando un brazo en el que exhibía su dorada trompeta y dirigiéndose a un micrófono malejo y chasqueante, dijo que se alegraba de poder tocar en Jartum, que no sólo se alegraba sino que se sentía feliz, tras lo cual soltó una de sus carcajadas, sonora, desenfadada y contagiosa. Era una risa que invitaba a otras risas, pero el estadio guardaba un circunspecto silencio, no muy seguro de cómo debía comportarse. Sonaron la percusión y el contrabajo y Armstrong empezó por una canción muy adecuada al lugar y el momento: Sleepy Time Down South. En realidad resulta difícil decir cuándo oyó uno por primera la voz de Armstrong, pero hay en ella algo que hace pensar que se la conoce desde siempre, y cuando empieza a cantar todo el mundo dice, sinceramente convencido de su condición de experto: ¡Sí, señor, es él, Satchmo!
         Sí, señor, era él, Satchmo. Cantó Hello Dolly, This is Louis, cantó What a Wonderful World y Moon River, cantó I touch your lips and all at once the sparks go flying, those devil lips..., pero el público siguió guardando silencio, no hubo aplausos. ¿No habrían entendido las letras? ¿Demasiado erotismo expresado sin subterfugios para el gusto musulmán?
         Después de cada canción, e incluso durante la interpretación de las piezas, Armstrong se secaba la cara con un gran pañuelo blanco. Aquellos pañuelos se los pasaba un hombre que parecía viajar con él por África tan sólo con este propósito. Más tarde vi que tenía una bolsa llena de ellos, casi un centenar.
         Una vez acabado el concierto, la gente enseguida se dispersó, desapareciendo en la oscuridad de la noche. Yo estaba pasmado. Había oído que los conciertos de Armstrong causaban sensación, furor, éxtasis. Ninguno de esos arrebatos se produjo en el estadio de Jartum, a pesar de que Armstrong había interpretado muchas canciones de los esclavos africanos del sur estadounidense, de Alabama y Louisiana, de la que provenía él mismo. Sin embargo, aquella África americana del pasado y la africana del presente pertenecían ya a mundos diferentes que no tenían una lengua en común, que no podían comprenderse ni crear una comunidad emocional.
         Los sudaneses me llevaron al hotel. Nos sentamos en la terraza para tomar una limonada. Al cabo de un rato un coche trajo a Armstrong. Se sentó con visible alivio en una silla, en realidad se desplomó sobre ella. Era un hombre fornido, de hombros anchos, algo caídos. Un camarero le sirvió un zumo de naranja. Él se lo bebió de un trago, y después otro vaso y uno más. Sentado en silencio y con la cabeza agachada, se le veía cansado. Tenía por aquel entonces sesenta años y estaba enfermo –cosa que yo ignoraba—del corazón. El Armstrong del concierto y el de después eran dos hombres completamente diferentes: el primero alegre, animado, vital, tenía una voz poderosísima y sacaba de su trompeta una escala de sonidos increíble; el segundo, lento y torpe, agotado y sin fuerzas, exhibía un rostro apagado y surcado por profundas arrugas.”

Ryszard Kapuscinski. Viajes con Herodoto. Editorial Anagrama.

viernes, 1 de noviembre de 2013

ALLÁ EN LAS INDIAS







ALIADOS EN EL ASALTO


        “Los españoles y sus amigos cegaban de día las acequias para pasar a donde estaban los enemigos, y todo lo que cegaban de día, los enemigos mexicanos lo tornaban de noche a abrir: en esto entendieron algunos días, y por esto se dilató la victoria mucho. Los españoles y los tlaxcaltecas combatían por tierra, unos por la parte que se dice Lacalco, y otros por la parte que se dice Atezcapan: y de la parte del agua peleaban los de Xuchimilco y todos los chinampanecas, y los tlatilulcanos del barrio de Atliceuhian: y los del barrio de Ayácac resistían por el agua, y no descansaban en la pelea: eran tan espesas las saetas y los dardos que todo el aire parecía amarillo, y los capitanes de los mexicanos que eran del barrio de Yacacolco todos defendían las entradas porque no entrasen donde estaba recogida la gente, mujeres y niños, y peleando con gran perseverancia hicieron retraer a los dichos capitanes de la parte de la otra acequia que se llama Amáxac. Otra vez acometieron los españoles, y llegaron a un lugar que se llamaba Ayácac donde estaba una casa grande que se llamaba Telpuchcalli, pusieron fuego a la casa, y un bergantín de los españoles iba por el barrio que se llama Atliceuhian, con muchas canoas que les siguieron de los amigos, y un capitán que se llamaba Coiovevetzin, mexicano que traía las armas vestidas, la mitad de ellas era una águila y la otra mitad de un tigre, vino en una canoa de hacia la parte que se llama Tolmayecan, y seguíanle muchas canoas con gente armada. Luego comenzó a dar voces a los suyos, que comenzasen a pelear, y luego comenzaron la pelea, y los españoles se retrujeron, y este capitán con los suyos los seguían, y retrujéronse hacia un lugar que se llama Atliceuya; también los bergantines se retrujeron hacia la laguna. De este alcance murieron muchos xochimilcanos. Otra vez tornaron los españoles a encerrarse en un cu que se llama Mumuztli, y otra vez volvieron tras ellos hasta donde estaba el telpuchcalli que llaman Atliceuhian: volvieron otra vez los españoles tras los indios con Coiovevetzin en la acequia; revolvió un capitán mexicano que se llamaba Itzpapalotzin, otomí, y hizo retraer a los españoles a los bergantines: entonces cesó la batalla y los del pueblo de Cuitláoac pensando que su señor que se llamaba Maieoaztzin quedaba muerto con los demás enojáronse mucho con los mexicanos...


Bernardino de Sahagún. El México antiguo.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA


 



ANDRÉ BRETÓN EN TRANCE



un chorro de vitriolo entre los ojos

y a esta hora

uno de abril quizás siete de octubre

dadas las coordenadas geográficas

andré bretón arrodillado o en cuclillas

o más bien sentado como moro

oirá que dan los cuartos

y las medias

y las horas culata-de-faisán

en su oscuro recinto de parís

un chorro de vitriolo entre los ojos

y el maestro vería

tal pájaro adivino dormido en la ventana

las mejillas hundidas de gurdjieff

el teatro vacío donde seguramente dan fausto o berenice

y la loca alegría del grisú

como un murciélago por los altos plafones

entre los senos bien cumplidos de las matronas griegas y romanas

los sombreros de copa

y toda la adorable antigüedad


Antonio Martínez Sarrión.


lunes, 28 de octubre de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE



EL ARRESTO


            “Probablemente mi arresto fue del tipo más suave que imaginarse pueda. No me arrancaron de los brazos de los familiares, ni de nuestra vida doméstica, tan entrañable para nosotros. Un lánguido día de febrero europeo me arrancaron de un estrecho cabo que se adentra en el mar Báltico, donde habíamos rodeado a los alemanes o los alemanes a nosotros –no lo sé bien--, lo cual me privó del familiar grupo de artillería y del espectáculo de los últimos tres meses de la guerra.
         El jefe de la brigada me llamó al Puesto de Mando, y, sin saber para qué, me pidió mi pistola; se la entregué, sin sospechar nada malo, y, de pronto, del grupo de oficiales que en una tensa inmovilidad, se hallaban en un rincón, se adelantaron dos oficiales del contraespionaje, en pocos saltos cruzaron la habitación, me arrancaron la estrella de la gorra, los galones, la correa, la bolsa de campaña… y gritaron con dramática voz:
         --¡¡Queda usted detenido!!
         Abrasado y traspasado de los pies a la cabeza, no se me ocurrió frase más genial que:
         --¿Y?¡¿Por qué…?¡
         Es una pregunta sin respuesta, pero yo, asombrosamente la recibí. Debo mencionarlo, pues supuso algo extraño en nuestras costumbres. Cuando los del SMERSH (1) acabaron de cachearme, junto con la bolsa, me quitaron mis reflexiones políticas escritas. Atormentados por el temblor que en los cristales producían las explosiones alemanas, apresuradamente me empujaron hacia la salida. De pronto sonó una voz firme que se dirigía a mí ¡sí! A través de aquel tajo sordo que me separaba de los que quedaban, el tajo que produjo, al caer pesadamente, la palabra “arrestado”, sobre este límite pestífero, que ya no rebasaría ni el sonido, pasaron las palabras inconcebibles, mágicas del jefe de la Brigada.
         --Soljenitsin, vuélvase.
         Con un movimiento brusco me deshice de los del SMERSH y di un paso atrás, hacia el jefe de la Brigada. Yo apenas lo conocía. Él jamás había condescendido a hablar conmigo. Para mí, la expresión de su cara siempre era una orden, una disposición, un reproche. Pero ahora en su rostro brillaba la reflexión, no sé si era la vergüenza por su forzada participación en un asunto sucio, o el afán de sacudirse la deplorable subordinación de toda su vida. Hacía diez días, en una bolsa, había caído uno de sus grupos de Artillería: doce piezas pesadas; logre rescatar mi batería de exploración casi completa. Ahora, ¡tenía que renunciar aquel hombre a mí por un trozo de papel sellado?
         --¿Usted… --preguntó con firmeza—tiene un amigo en el Primer Frente Ucraniano?
         --Eso no está permitido… ¡No tiene derecho! –gritaron al coronel el capitán y el comandante del contraespionaje.
         En la esquina se acurrucó asustado el cortejo de oficiales de la jefatura, como si temieran hacerse cómplices del inusitado desvarío del jefe de la Brigada (los de la Sección política ya se preparaban para proporcionar material contra él). A mí me bastaba: en seguida comprendí que había sido arrestado por cartearme con un amigo de la escuela y comprendí de qué lado debía esperar el peligro.
         Zajar Georgievich Travkin podía no decir más. ¡Pero no! Siguió dignificándose e irguiéndose ante sí mismo, se levantó de la mesa (antes jamás se había levantado para acudir a mi encuentro) y a través del límite pestífero me tendió la mano (cuando yo era libre nunca me la había pedido) y al estrechármela en medio del mudo horror del séquito, con un poco de calor en su cara siempre severa, dijo sin miedo y con claridad:
         --¡Que tenga suerte, capitán!
         Yo no sólo había dejado de ser capitán, sino que ya había pasado a ser enemigo desenmascarado del pueblo (porque aquí todo el que es detenido queda desenmascarado totalmente desde el momento del arresto). ¿Deseaba suerte a un enemigo…?
         Temblaban los cristales. Las explosiones alemanas azotaban la tierra a unos doscientos metros de allí, recordando que eso no había podido ocurrir dentro de nuestro territorio, bajo la campana de una existencia establecida, sino aquí, sitiendo el hálito de la muerte próxima que es con todos igual.”

1. Abreviatura de SMERt’ SHpiónam: Muerte a los espías.


Alesandr Soljenitsin. Archipiélago Gulag. Plaza & Janés.

sábado, 26 de octubre de 2013

OBITER DICTUM





         Me paseaba por los bazares árabes, soñando —casi siempre con comida— en medio del tumulto alegre, colorido y, sin embargo, tranquilo de los camellos cargados de harina de mijo, de los burros paticortos, montados por ancianos bíblicos de largas piernas, y de los harapientos niños árabes, con una vestimenta que parecían camisones hechos trizas. Pasaba ociosamente junto a los puestos al aire libre con sus olores llamativos: las cien especias de los vendedores de especias, el olor fresco a cuero de los talabarteros y zapateros, el olor a carne quemada y carbón de los puestos de kebab, el olor de miel y grasa de oveja de las pastelerías; todo esto, suspendido en el aroma general del polvo y el sol, de la orina de los camellos y de los granos de café tostado. Esta sinfonía de olores hacía que uno sintiera menos hambre, siempre que no se acercara demasiado a los puestos de kebab.


Arthur Koestler.

martes, 22 de octubre de 2013

OBITER DICTUM







“No existe una persona con quien yo pueda mantener relaciones, no tengo siguiera un perro a quien tutear. Por suerte, aun así, mi conciencia está tranquila. De lo contrario, ya habría ido a buscar el descanso que Hamlet temía a causa de los sueños que en él adivinaba. En lo que a mí concierne, no son los sueños los que me retienen, a pesar de la opinión de Hamlet, y considero que es un consuelo, con respecto a la angustiante condición humana, que una medida de pólvora cueste sólo unos centavos. Es espantoso vivir cuando no se quiere vivir, pero mucho más terrible sería ser inmortal cuando se quiere morir. De modo que toda esta agobiante carga está colgada de mí con un hilo que podría cortar con un cortaplumas de un centavo.”

Georg C. Lichtenberg.