sábado, 17 de octubre de 2015

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





AMOR CONSTANTE MÁS ALLÁ DE LA MUERTE

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;

mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nada sabe mi llama el agua fría,
y perder el respeto a ley severa.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
medulas que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dejarán, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.

Francisco de Quevedo.

miércoles, 14 de octubre de 2015

OBITER DICTUM




GROUCHO: ¿Ha llegado el correo esta mañana?
MIS DIMPLE: Sí, hay una carta de la empresa de máquinas de escribir. Dicen que no ha pagado todavía la máquina de escribir.
GROUCHO: ¿Y por qué iba yo a pagar la máquina de escribir? Usted es quien la usa.
MIS DIMPLE: Pero Mr. Flywheel, yo…
GROUCHO: No importa. Mande una carta a esos miserables oportunistas. Veamos… Caballeros… Yo nunca pedí esa máquina de escribir. (Pausa.) Si lo hice, ustedes no la mandaron… Si la mandaron, yo no la recibí… Si la recibí, la pagué… Y si no le hice, no lo haré. Con mis mejores deseos…
MIS DIMPLE: ¿Algo más, Mr. Flywheel?
GROUCHO: Sí… Amor y besos. Pero no se los mande. Son para usted… Y, ahora… una carta a la Peerless Building Supply Company. (Pomposamente.) Caballeros, no aceptaré ni un centavo menos de cincuenta dólares por la instalación eléctrica de mi oficina. En caso de no tener noticias suyas, daré por hecho que no desean pagar más de doce dólares… Por tanto, y a fin de no perder más el tiempo, aceptaré los doce dólares.
MIS DIMPLE: ¡Pero Mr. Flywheel! ¡No puede puede usted vender la instalación de eléctrica! ¡Es propiedad del casero!
GROUCHO: Bueno, debería estar contento. Vendo su instalación eléctrica para poder pagarle su alquiler… Oiga, dígale a Ravelli que empaquete la araña del techo.
MIS DIMPLE:¿A Mr. Ravelli? No ha llegado todavía.
GROUCHO: Bueno, pues cuando venga, será mejor que le diga que se haga otro seguro de incendio. Le voy a bajar los humos


Groucho Marx.

martes, 13 de octubre de 2015

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






J'ai eu le courage de regarder en arrière
Les cadavres de mes jours
Marquent ma route et je les pleure
Les uns pourrissent dans les églises italiennes
Ou bien dans de petits bois de citronniers
Qui fleurissent et fructifient
En même temps et en toute saison
D'autres jours ont pleuré avant de mourir dans des tavernes
Où d'ardents bouquets rouaient
Aux yeux d'une mulâtresse qui inventait la poésie
Et les roses de l'électricité s'ouvrent encore
Dans le jardin de ma mémoire

Guillaume Apollinaire.

viernes, 9 de octubre de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






SOBRE EVARISTO PEÑALVA

“Ahora no recuerdo cuándo lo conocí, yo no debía de tener ni seis años, aunque creo que estaba a punto de cumplirlos cuando vi su casa por primera vez. En el capítulo dedicado a “Algunas aventuras con pájaros” describí mi primer largo paseo por la llanura, cuando mis hermanos me llevaron a ver un río que pasaba a cierta distancia de casa y me maravilló la visión de esa espléndida ave acuática, el flamenco. Cuando estábamos junto al borde de la corriente, que, debido al desbordamiento del río, debía de tener en aquel punto una anchura de unos doscientos metros, uno de mis hermanos mayores me señaló una casa larga y baja, con techumbre de juncos, que estaba en la otra orilla, a un kilómetro y medio de distancia, y me informó de que se trataba de la estancia de don Evaristo Peñalva, uno de los principales propietarios de la zona.
Es una de la imágenes de aquel día preñado de aventuras que no se ha borrado de mi memoria, la casa de adobe, baja y alargada, en medio de la llanura vacía y despejada; no muy lejos de ella, crecían tres acacias viejas y retorcidas que daban la impresión de estar medio muertas y, más allá, había un coral o terreno vallado para el ganado y pequeño redil. Era una casa pobre y austera, de aspecto deprimente, sin sombra ni jardín, y me atrevería a decir que incluso un niño inglés de sólo seis años como era yo debió de sonreír con incredulidad al escuchar la afirmación de que era la residencia de uno de los principales terratenientes de la región.
         Luego, como hemos visto, llegué a tener mi propio caballo; gracias a ello me libré del temor que me inspiraban las vacas malintencionadas de cuernos largos y puntiagudos, y empecé a pasar mucho tiempo en la llanura. Allí conocí a otros niños a caballo que me llevaron a sus casas y me presentaron a sus familias. De ese modo, llegue a visitar a aquella estancia de aspecto solitario, al otro lado del río  y a conocer a las interesantes personas que la habitaban, incluyendo al propio don Evaristo, su amo y señor. En aquellas fechas, era un hombre de edad mediana, estatura normal, muy pálido de piel, pelo largo y negro, barba, nariz recta, frente despejada y grandes ojos oscuros. Sus movimientos eran lentos y deliberados, llenos de dignidad y de gravedad, hablaba y se comportaba de modo ceremonioso y, a pesar de su aire altivo, tenía fama de tener un carácter amable y encantador y de comportarse de forma amistosa con todo el mundo, incluso con los críos pequeños, que suelen ser traviesos y un incordio para los mayores. Así, a pesar de mi timidez y de ser un extraño en su casa, descubrí que no había nada que temer de don Evaristo.
         Espero que el lector no olvide lo que sabe acerca de la vida doméstica de los patriarcas de los tiempos antiguos y que no empiece a disgustarle don Evaristo cuando diga que tenía seis esposas que vivían con él en la misma casa. La primera mujer, la única con la había podido casarse por la iglesia, era de su misma edad, tal vez un poco mayor, muy morena, y empezaba a tener algunas arrugas; era madre de varios hijos ya crecidos y de algunas hijas casadas. Las otras tenían distintas edades, las dos más jóvenes debían de rondarla treintena, eran gemelas y ambas se llamaban Ascensión, porque habían nacido el día de la Ascensión. Aquellas Ascensiones se parecían tanto entre sí que, en cierta ocasión, cuando fui algo mayor, entré en la casa, me encontré con una de las hermanas y empecé a contarle alguna cosa pero la llamaron y salió de la habitación. Al cabo de poco, regresó, o eso creí yo. De modo que seguí contándole mi historia y, hasta que no vi  su aire intrigado y su gesto de sorpresa, no me di cuenta de que le estaba hablando a la otra hermana.
         ¿Qué opinión les merecía a sus vecinos el hombre de las seis esposas. Lo querían y apreciaban más que a ningún otro de su posición. Cuando a alguien le preocupaba alguna cosa o tenía problemas, o una herida o enfermedad embarazosa, siempre acudía en busca del consejo, la ayuda y los remedios de don Evaristo, y si padecía alguna enfermedad mortal mandaba llamar a don Evaristo para que le redactara su testamento. Don Evaristo sabía leer y escribir y entre los gauchos tenía fama de hombre cultivado. Lo apreciaban más que a cualquier médico. Recuerdo que su cura para el herpes, una peligrosa dolencia frecuente en la región, era considerada infalible. La enfermedad se manifestaba en forma de una erupción, similar a la de la erisipela, que aparecía en medio de la espalda y se extendía por la cintura hasta formar un círculo perfecto. “Si el círculo no se ha cerrado aún, puedo curar la enfermedad”, decía don Evaristo. Mandaba a alguien al río a buscar un sapo de buen tamaño, hacía que el paciente se desnudara y tomaba la pluma y el tintero para escribir con letras mayúsculas sobre la piel de la zona que quedaba entre los extremos de la región inflamada las palabras: En el nombre del padre…, etcétera. Después cogía el sapo con la mano y lo frotaba suavemente sobre la parte afectada; el sapo, irritado al verse tratado de aquel modo, se hinchaba y exudaba por su verrugosa piel una secreción venenosa de color lechoso. Eso era todo, ¡pero el enfermo se curaba!”




W.H. Hudson. Allá lejos y tiempo atrás. Acantilado.

lunes, 5 de octubre de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




SOBRE LA REVOLUCIÓN


        “De nuevo una llegada tranquila. No había taxis para llevarnos a la ciudad, pero sí viejos coches de caballos. Poca gente por el paseo de Colón. Pero luego, al doblar la esquina de las Ramblas (la arteria principal de Barcelona), nos hemos llevado una sorpresa tremenda: ante nuestros ojos, la revolución. Era sobrecogedor. Como si acabáramos de llegar a un continente distinto de todo lo que había visto hasta ahora.
        La primera impresión: obreros armados con fusiles al hombro pero vestidos de paisano. Quizá un treinta por ciento de los hombres que había en las Ramblas llevaba fusiles, aunque no fueran policías ni militares uniformados. Armas, armas y más armas. Eran, muy pocos los proletarios armados que vestían los nuevos y flamantes uniformes azul marino de las milicias. Se les veía sentados en los bancos o bien paseando por las aceras de las Ramblas, con sus fusiles sobre el hombro derecho y, en muchos casos, con sus novias cogidas del brazo izquierdo. Salían en grupos para patrullar los barrios periféricos; o estaban plantados como guardias a la entrada de los hoteles, edificios de la administración y grandes tiendas; o permanecían agazapados tras las pocas barricadas que quedan en pie, perfectamente construidas con adoquines y sacos terreros (en su mayor parte ya las han eliminado, y han reparado rápidamente el pavimento destruido); o conduciendo a toda velocidad innumerables coches modernos que han expropiado y pintado con letras blancas de las siglas de sus respectivos partidos: CNT-FAI, UGT, PSUC, POUM, o con todas esas siglas a la vez, para manifestar su adhesión al movimiento en general. Algunos de los coches llevaban simplemente las letras UHP (¡Uníos, hermanos proletarios!), el eslogan que se hizo famoso en la rebelión de Asturias de 1934. El hecho de que todos esos hombres armados se pasearan, marcharan o fueran en coche con la ropa de calle hacía aún más impresionante esta exhibición del poder que tienen los obreros de las fábricas. Evidentemente, la cantidad de anarquistas, reconocibles por sus insignias rojas y negras, era abrumadora. ¡Y ni un solo burgués! ¡Ya no había jovencitas bien vestidas ni señoritos modernos por las Ramblas! Tan sólo obreros y obreras; ¡ni siquiera se veían sombreros! La Generalitat ha recomendado por radio a la gente que no los lleve porque podría parecer «burgués» y causar mala impresión. Las Ramblas no son menos pintorescas que antes pues están llenas de infinita variedad de azules, rojos y negros de las insignias de los partidos, las corbatas, los llamativos uniformes de las milicias. ¡Pero qué contraste con el brillante colorido de las muchachas catalanas de clase alta de antaño!
        La cantidad de expropiaciones llevadas a cabo en pocos días desde el 19 de julio es casi increíble. Las organizaciones obreras han requisado, con una o dos excepciones, todos los grandes hoteles (pero no los han quemado, tal como informaban muchos periódicos). Lo mismo ha pasado con la mayoría de las tiendas más importantes. Muchos bancos están cerrados, mientras que otros tienen pintadas que los proclaman bajo el control de la Generalitat. Nos han dicho que casi todos los patronos han huido o han sido asesinados y que los obreros se han hecho cargo de sus fábricas. Por todas partes hay grandes carteles fijados en las fachadas de los edificios más admirables que indican que han sido expropiados y explican que, o bien ahora los gestiona la UGT, o bien una organización en concreto se ha apropiado del edificio para sus tareas organizativas.”

Franz Borkenau.
El reñidero español.
Ediciones Peninsula.



sábado, 3 de octubre de 2015

ALLÁ EN LAS INDIAS






LA CAÍDA DE LOS TEPANECAS


       “Oydo esto, Ytzcoatl dixo: "Sea mucho de norabuena. Mandá a mis hermanos los mexicanos que se adereçen y aperçiban para este efecto, pues estamos ya en este término que nos emos de bender los unos y los otros en esta guerra. Hazé llamamiento a todos los prençipales mexicanos". Aperçibidos a guisa de guerreros, llegan al lugar de la guardia en Xoconochnopalyacac, y por caudillo dellos al do Tlacaelel, y trando en medio de los tepanecas, lo más fuerte de ellos, con grande bozería y alboroto, que solos los prençipales mexicanos y Tlacaelel con ellos, solos traron en campo con los enemigos tepanecas, que los demás mexicanos no abían trado con ellos, que estauan mirando lo que paraua. Y biendo que yban de huida a más andar los tepanecas, llegauan ya haldas de los montes, llegaron los otros mexicanos dando ánimo a los mayores y prençipales, diziéndoles: "Ea, balerosos mexicanos, que ya no ay memoria de tepanecas ni serranos, sus aliados, ni ay ya pueblo de Azcapuçalco, que todo es ya uro. Ya abéis terado buestro alto balor y señorío. ¿Qué podemos agora dezir?" Y así, boluieron a baxar los tepanecas y con boz humilde y baxa se ofresçieron a la suxeçión y dominio mexicano y ser basallos y serbilles como a señores, y ellos basallos, y harían todo lo esclauo le fuese mandado, pues en justa guerra quedaron bençidos y suxetos de ellos.


Hernando Alvarado Tezozómoc. 
Crónica Mexicana.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE







ENTRE LIMA Y TEHERÁN


“Hay más profunda diferencia entre la vida social y los aspectos urbanos de París y Londres, que entre Lima y Teherán. Parece increíble que baste una hora y media de navegación, el espacio que un hombre atraviesa a nado, para operar una transformación tan completa. Salir de una calle de París para entrar diez horas después en una de Londres, observar el aspecto, la fisonomía moral del Támesis, después de haber pasado un par de horas estudiando el movimiento del Sena, da la sensación de haberse trasportado en el hipogrifo de Ariosto a la región de los antípodas.
Nunca me ha fatigado la flânerie en las calles de Londres; no hay libro más elocuente e instructivo sobre la organización política y social del pueblo inglés. No intento hacer una descripción de lo que en ellas he visto, sentido, porque las páginas se suceden a medida que los recuerdos se agolpan, y tengo ya prisa por dejar la Europa y hundirme en las regiones lejanas de los trópicos. Pero aún tengo presente aquella rápida recorrida del British Museum, en que empleamos tres o cuatro horas con Emilio Mitre, cuya ilustración excepcional e inteligencia elevada, hacen de él un compañero admirable para excursiones. ¡Qué lucha aquélla, de uno contra otro, pero casi siempre de ambos contra nosotros mismos! Metidos en Nínive y Babilonia, el tiempo corría insensible, mientras el Egipto, a dos pasos, nos miraba gravemente con los grandes ojos de sus esfinges de piedra o no parecía oír piafar los caballos del Partenón en los mármoles de lord Elguin…”

Miguel Cané. En viaje. Biblioteca Ayacucho.

lunes, 28 de septiembre de 2015

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






EL OTOÑO SE ACERCA

El otoño se acerca con muy poco ruido:
apagadas cigarras, unos grillos apenas,
defienden el reducto
de un verano obstinado en perpetuarse,
cuya suntuosa cola aún brilla hacia el oeste.

Se diría que aquí no pasa nada,
pero un silencio súbito ilumina el prodigio:
ha pasado
un ángel
que se llamaba luz, o fuego, o vida.

Y lo perdimos para siempre.


Ángel González.

domingo, 27 de septiembre de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE

 



INFORTUNIO Y FELICIDAD



«Has de saber que la razón necesita de la instrucción; que la instrucción nada vale sin la experiencia, y que la misma experiencia no se logra sino tras mucho esfuerzo y afán. El hombre es lo que el ejercicio ha hecho de él y nadie hay que pueda ser feliz sin haberse aprovechado de los consejos ajenos. Ahora bien: en la condición humana entra el dejar las cosas para más adelante y el contentarse con decir «tal vez» o «quizá», y sólo si se ve obligado a tomar una resolución, es cuando el hombre abrirá los ojos y adquirirá enseñanzas; pero aquel que recurra a su alma para ver claro, la encontrará vacía, si previamente no ha puesto su confianza en otros seres humanos. Al contrario, el hombre inteligente debe emplearse en hacer ejercicio y práctica de todo, antes de que las vicisitudes de la fortuna le obliguen a hacerlo. Ocupe, pues, su inteligencia y haga trabajar su atención pensando en las cosas, por miedo de tener que hacerlo un día a la fuerza, ya que el bienestar no es cosa que siempre dure. De este modo, si necesita recurrir a las experiencias de su alma, las encontrará, y si, por su suerte, no necesita recurrir a ellas, estimará en más la excelencia de su estado y sentirá mucho mayor placer, porque quien no conoce el infortunio no apreciará la felicidad como es debido.»



Abd Allãh Nãsir.

«Memorias».




viernes, 25 de septiembre de 2015

OBITER DICTUM






“En cambio, la palabra «perro» es exclusiva del castellano y es de origen incierto. Joan Coromines, cree que es un vocablo de creación expresiva, quizá fundada en el sonido «prrr, prrr», con que los pastores incitan al perro para que conduzca y reúna al ganado. Otros filólogos creen que quizá venga de algún vocablo céltico, desde luego desconocido por Joan Coromines, que lo descarta por razones fonéticas y también porque la palabra apareció tardíamente. Algún testimonio habría si se hubiera usado simultáneamente con canis y después con can en el transcurso de más de doce siglos.
        El primer documento en que aparece esta palabra está datado en 1136 y es el Monte de Perra; es una donación al monasterio de Sahagún, en el lugar de Mansilla. Luego, en el siglo XIII, aparecen ya muchos testimonios de la extensión del vocablo. Como el apodo de Diego Perro, que aparece en un documento mozárabe, toledano de 1211, relativo a un difunto, por lo cual es de presumir que el tal Diego Perro viviría a finales del siglo XII. Debió de ser, en principio, una palabra popular, vulgar y menospreciativa, por cuanto los autores aristocráticos como Alfonso el Sabio o el infante Juan Manuel emplean sólo la palabra «can». Igualmente sucede con los documentos de caza, deporte aristocrático por excelencia.”


Néstor Luján.

jueves, 24 de septiembre de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






LE LLAMABAN ADOLF O FÜHRER

«Por fin, después de que una orquesta de instrumentos de viento hubiera tocado una marcha tras otra apareció Hitler. La gente se levantó de un salto de sus asientos, y gritó como si todos estuvieran fuera de sí: «¡Heil, Heil, Heil!» durante unos minutos. Yo estaba sentada demasiado lejos para poder ver la cara de Hitler. Cuando cesaron las aclamaciones, Hitler habló: «Compañeros alemanes…», empezó diciendo.
En aquel instante tuve una visión casi apocalíptica que jamás pude olvidar. Para mí fue como si la superficie de la tierra se extendiese ante mí en una semiesfera, que de pronto se escindió por la mitad y arrojó un gigantesco chorro de agua, tan enorme que tocó el cielo y sacudió la tierra. Yo estaba paralizada; aunque no entendía gran cosa del discurso, me sentía fascinada. Un ruido de tambor atronaba los tímpanos de los oyentes y noté que estos sucumbían al magnetismo de aquel hombre.

Leni Riefenstahl.
Memorias.
Editorial Lumen. »

lunes, 21 de septiembre de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






EL ULTIMO VIAJE DE CLEODEMO II



            Considera Kratevas la serenidad inapelable de Cleodemo y deja escrito que aún ocuparon otros dos días afinando las astucias y el pulso que convenían a la utilización del arco de marfil, y dice que, con el paso de las horas, eran en cada tiempo más perfectas la quietud y claridad de las enseñanzas del ateniense.
         Pero Kratevas, desengañado, al separarse del filósofo volvía al sentimiento de hurtarlo a la crueldad.  Sabía que, tras la hora de la segunda guardia, solía comer Cleodemo una escudilla de legumbre y sésamo, al que se había aficionado en Asia, y quedarse después dormido, siempre en el mismo lugar, bajo la rama horizontal de una higuera, hasta que la sombra de ésta se apartaba de él y el sol le despertaba posándose en su rostro. Y a esta hora del sexto día volvió, sabiendo que era la última vez a la casa de Cleodemo. Le acompañaba un servidor que cargaba un cesto de palma tranzada, cerrado con un disco de arcilla y bridas de cuero. Kratevas dice en su escritura que se estremeció al pisar en el zaguán sombrío y fresco. Avanzó, sin dar señal, bajo el sol de los patios interiores y halló abiertas las habitaciones que había de atravesar para descender al pequeño jardín excavado a media ladera sobre el mar. Cleodemo dormía bajo la higuera y respiraba pacífico. Con ademanes en silencio, mandó Kratevas al criado que posara su carga y le dejase solo con el durmiente. Dice luego, con pocas palabras, que teniendo Cleodemo suelto el cinturón y descubierta la garganta, puso el cuévano en su regazo, levantando el disco de arcilla en el mismo momento en que aquél abría sus ojos. Se irguió el áspid y Kratevas recuerda la mirada roja entre las escamas amarillas y el asombro azul en la de Cleodemo. Hubo un instante de inmovilidad y, retirándose un paso, Kratevas excitó a la serpiente por medio de una varilla, con lo cual salto repentina e hirió entre las venas yugulares, desapareciendo después bajo las altas yerbas.
         El resto de esta experiencia aparece escrito en el códice de la siguiente manera:
         “Supe que Cleodemo no sufriría ya la tortura por más que no tardaría en llegar a él la policía de Mitrídates y vi pasar por su rostro la sorpresa y la serenidad. Había comprendido. Me saludó con las palabras de siempre y, mientras buscaba acomodo para reposar la cabeza, me hizo ver que aún la luz no estaba inclinada como convenía a la observación de los grados del desierto. Después me dio las gracias. Yo me estuve quieto y silencioso; sabía que de la herida de esta serpiente aún podrían librarle mezclando cuajo y salitre para envolver la garganta y haciéndole masticar la hiel de una comadreja y la ruda que se hallase en su estómago, pero ahora mi trabajo era callar.
         Una sola vez, Cleodemo dijo que tenía frío. Cerraba los párpados y la luz que había dentro de sus ojos parecía distribuirse bajo la entera piel del rostro; pero hacía por despertarse y, con articulación lenta y aún melodiosa, argumentaba sobre el beneficio de librarse del fuego y, por haberme atrevido yo, excusar la cobardía y la vergüenza, despreciar la piedad negra de Mitrídates.
         Yo estaba sentado a sus pies en la yerba y ya el sol se posaba sobre su rostro, lo cual fue causa de suave ironía sobre que pronto no tendría necesidad de despertarse. Después reparando en la proximidad de una nube, me advirtió sobre la conveniencia de elevar dobles los números perfectos en aquellos días en que no fuera posible la visión clara del desierto, pero rescatando en el arco una octava hacia mayor o menor grado, según el sentido de los vientos, en cada uno de los tres días siguientes al de la opacidad. Dicho esto, se quedó en silencio mirándome solo a través de una delgada línea en la que aún se guardaban humedad y sombra azul.
         Oí un ruido de vértebras y vi que su cabeza se erizaba antes de caer con seca dureza sobre el pecho. Quizá la muerte no era todavía perfecta, pero ya se sentían los pasos de la policía de Mitrídates. Por un portillo que yo sabía, dí en el jardín de otro cortesano dormido también bajo la quietud de las ramas.”

Antonio Gamoneda. 

Libro de los venenos

Ediciones Siruela.