lunes, 11 de mayo de 2015
domingo, 10 de mayo de 2015
Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA
MOSCA
Ángel fui, de belleza
henchido,
de hombres y
mujeres celebrado,
hoy mi rostro
recuerda al pecado
y miro con el ojo
de la mosca.
Efebo fui, rey del
blanco esperma,
mi culo fue entre
otros celebrado:
hoy miro con el ojo
de la mosca.
Amé la primavera,
temí la muerte:
hoy la noche del
alcohol es todo lo que queda
y la mosca vuela en
torno del retrete.
Rey de la palabra,
mis poemas
fueron de todos
ensalzados:
hoy sólo es el
insistente zumbido de la mosca
volando y volando
en torno del retrete.
Negra es mi alma,
negro es mi olor,
peor aún: sin color
ni forma,
sólo el insistente
zumbido de la mosca
que susurra en la
noche por todos mis amores perdidos
y caídos en la
sombrea del retrete.
Luché contra Babel,
y la llené de sangre
buscando en ella la
belleza, el orden, la
justicia: no
preveía
este final al borde
del retrete,
donde mis días son
atrozmente el mismo
día, mirado por el
ojo de la mosca:
volando, volando en
torno del retrete.
Tú, que fuiste
rubia, y que me amaste,
di algo, una palabra
solamente
a esta mosca que no
es digna aún ni nunca
de entrar en tu
casa, donde otras moscas
vuelan y vuelan en
torno del retrete.
La elegía, la oda,
la aliteración, la metáfora,
el verso acentual y
el verso latino
nada decían de esta
mosca final
esperando aquí para
siempre, absurdamente
vigilando la tapa
del retrete.
Y moriré algún día
como la mosca
española, que dura
un poco más
en el invierno
cayendo seca al suelo
para que otra mosca
también,
nacida héroe o
poeta,
¡vuele, vuele otra
vez sobre la tapa del retrete!
Leopoldo María Panero
viernes, 8 de mayo de 2015
miércoles, 6 de mayo de 2015
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
Libro VI, 20
“Me escribes que, conmovido por la carta que, a petición tuya, te
escribí sobre la muerte de mi tío, deseas conocer no solo qué temores, sino
también qué avatares soporté cuando fui dejado en Miseno (pues me había
interrumpido en el comienzo de mi relato). «Aunque mi mente se horroriza de
estos recuerdos, empezaré». Cuando mi tío se marchó, pasé el tiempo restante
estudiando (pues para eso me había quedado); luego el baño, la cena y el sueño
corto y desasosegado. Había habido primero durante muchos días un temblor de
tierra, que no causó un especial temor pues es frecuente en Campania; pero
ciertamente aquella noche fue tan violento que se creería no que todo temblaba,
sino que se daba la vuelta. Mi madre se precipitó en mi dormitorio, yo a mi vez
ya me estaba levantando con la intención de despertarla, si estaba durmiendo.
Nos sentamos en el patio de la casa, reducido espacio que separaba el mar de
los edificios de la finca. Tengo dudas de si debo calificar mi comportamiento
de firmeza de ánimo o de estupidez (iba a cumplir dieciocho años): pido un
libro de Tito Livio, y me pongo a leerlo, como si no tuviese otra cosa mejor
que hacer, e incluso continúo haciendo extractos, tal como había empezado. He
aquí que llega a casa un amigo de mi tío materno que había venido hacía poco de
Hispania para verle, y cuando nos ve a mi madre y a mí sentados, y a mí además
leyendo un libro, nos reprende a ambos, a mí por mi indolencia y a ella por
permitirla. No por ello sigo menos absorto en mi lectura. Ya había amanecido,
pero la luz era todavía incierta y tenue. Ya los edificios de los alrededores
amenazaban ruina y, aunque nos encontrábamos en un espacio abierto, pero
estrecho, el miedo de derrumbamiento era cierto y grande. Solo entonces nos
pareció oportuno abandonar la ciudad; nos sigue una muchedumbre atemorizada,
que, prefiriendo seguir el consejo ajeno que el propio (comportamiento que en
el temor se asemeja a la prudencia), con su densa columna nos presiona y empuja
en nuestra marcha. Una vez que dejamos atrás nuestras casas, nos detuvimos.
Entonces vivimos muchas experiencias extraordinarias, muchos temores. Pues los
vehículos que habíamos mandar con nosotros, aunque el campo era completamente
llano, empezaron a moverse en direcciones opuestas, y ni siquiera calzados con
piedras permanecían quietos sobre el mismo sitio. Además, veíamos que el mar se
retiraba sobre sí mismo y se replegaba como empujado por los temblores de la
tierra. Desde luego, la costa había avanzado y gran cantidad de animales
marinos se encontraban varados sobre las arenas secas. Por el lado opuesto una
nube negra y espantosa, desgarrada por ardientes vapores que se retorcían
centelleantes, se abría en largas lenguas de fuego, semejantes a los
relámpagos, pero de mayor tamaño. Entonces aquel amigo de mi tío que había
venido de Hispania, según te he comentado, nos dijo ya con más viveza y energía
«Si tu hermano, si tu tío, está todavía vivo, quiere que os pongáis a salvo; si
ha muerto, ha querido que le sobrevivieseis. Por ello, ¿por qué os demoráis en
buscar la huida?». Le respondimos que no estábamos dispuestos a preocuparnos de
nuestra salvación, mientras no tuviésemos noticia de la suya. Él sin detenerse
más tiempo, sale corriendo y se aleja del peligro a toda velocidad. Poco
después, aquella nube empezó a descender sobre la tierra y a cubrir el mar;
había ya rodeado y ocultado la isla de Cápreas, y había borrado de nuestra
vista el promontorio de Miseno. Entonces mi madre empezó a rogarme, a
suplicarme, a ordenarme que huyese del modo que fuese; diciéndome que un hombre
joven podía hacerlo, pero que ella, entorpecida por la edad y su exceso de
peso, no podía, y que moriría en paz, si no había sido la causa de mi muerte.
Yo le respondí que no me pondría a salvo, a no ser con ella; después, asiéndola
de la mano, la obligo a acelerar el paso. Me obedece con dificultad; y se
reprocha ser la causa de mi demora. Ya caía ceniza, pero todavía escasa. Volví
la vista atrás: una densa nube negra se cernía sobre nosotros por la espalda, y
nos seguía a la manera de un torrente que se esparcía sobre la tierra.
«Salgamos del camino», le dije, «mientras podamos ver, para no ser derribados
al suelo y pisoteados en la oscuridad por la muchedumbre que nos sigue». Apenas
nos habíamos sentado un poco para descansar, cuando se hizo de noche, pero no
como una noche nublada y sin luna, sino como la de una habitación cerrada en la
que se hubiese apagado la lámpara. Podías oír los lamentos de las mujeres, los
llantos de los niños, los gritos de los hombres; unos llamaban a gritos a sus
padres, otros a sus hijos, otros a sus mujeres, intentando reconocerlos por sus
voces; estos se lamentaban de su destino, aquellos del de sus parientes; había
incluso algunos que por temor a la muerte pedían la muerte; muchos rogaban la
ayuda de los dioses, otros más numerosos creían que ya no había dioses en
ninguna parte y que esta noche sería eterna y la última del universo. Y no
faltaban quienes, con sus temores irreales y falsos, exageraban los peligros
reales. Venían a decir que en Miseno se había desplomado una parte, que otra
estaba ardiendo; todas estas noticias eran falsas, pero encontraban quienes las
creyesen. De pronto se produjo una tenue claridad, que nos pareció no el
anuncio de la llegada del día, sino de la aproximación del fuego. Pero las
llamas se habían detenido algo más lejos; luego las tinieblas vinieron de
nuevo, las cenizas cayeron de nuevo, esta vez abundantes y densas. Poniéndonos
de pie repetidamente la sacudíamos de nuestra ropa; de otro modo hubiésemos
quedado enterrados e incluso aplastados por el peso. Podría vanagloriarme de no
haber dejado escapar ni un gemido, ni una sola voz más alta que otra en medio
de peligros tan grandes, si no hubiese creído que moriría con todo el mundo, y
todo el mundo conmigo, consuelo mísero, pero grande, de mi condición de mortal.
Finalmente, aquella oscuridad se desvaneció y se dispersó a la manera de humo o
de una nube; después se vio la luz del día, un día verdadero; el sol también
brilló, amarillento, sin embargo, como suele brillar en los eclipses.
Recorríamos con ojos todavía aterrorizados todos los objetos cambiados y
sepultados en una profunda capa de ceniza como si se tratase de nieve.
Regresamos a Miseno y luego de haber recuperado nuestras fuerzas lo mejor que
pudimos, pasamos la noche en tensión, suspensos entre el temor y la esperanza.
Se imponía el temor pues los temblores de tierra continuaban, y muchos, que
habían perdido la razón, con sus tétricos vaticinios convertían en objeto de
burla las desgracias ajenas y las suyas propias. Nosotros, sin embargo, ni
siquiera entonces, aunque hubiésemos sufrido los peligros y todavía esperásemos
otros, teníamos la intención de partir, hasta que no tuviésemos noticias de mi
tío. Tú leerás estos detalles, sin duda indignos de figurar en un relato histórico,
sin tener el propósito de transcribirlos en tu obra, y si ni siquiera te
parecen merecedoras de una carta, en verdad te culparás a ti mismo por haber
sido quien los pidió. Adiós.”
Plinio el
Joven.
Cartas.
Editorial Gredos.
lunes, 4 de mayo de 2015
domingo, 3 de mayo de 2015
ALLÁ EN LAS INDIAS
POR EL COLOR DE UNA CRUZ
“Volvió a porfiar en esto el
Capitán francés: desengañole el Adelantado, que si la tierra se juntaba con el
cielo, no había de hacer otra cosa más de lo que le tenía dicho; e ansí volvió
el Capitán francés a donde estaba su gente e dixo al Adelantado que con lo que
acordasen volvería luego, e ansí volvió dentro de media hora e metió en el
batel las banderas e hasta 60 arcabuces, e 20 pistoletes, e cantidad de espadas
e rodelas e algunas celadas e petos, e vínose a donde el Adelantado estaba, e
dixo que todos aquellos franceses se rendían a su misericordia, y entregole las
banderas e las armas: entonces mandó el Adelantado entrar 20 soldados en el
batel e que truxesen los franceses de diez en diez: el río era estrecho e fácil
de pasar; e mandó a Diego Florez de Valdés, Almirante de la armada, recibiese
las banderas e armas, e anduviese en el batel hacer pasar los franceses, que no
les hiciesen mal tratamiento los soldados, e apartose el Adelantado de la
marina, como dos tiros de arcabuz, detrás de un medano de arena, entre unas
mantas, donde la gente que en el batel venía, que pasaban los franceses, no lo
podían ver: entonces dixo al Capitán francés e a otros 8 franceses que con el
estaban:
--Señores, yo tengo
poca gente e no muy conoscida, e vosotros sois muchos, e andando sueltos, fácil
cosa os sería satisfaceros de nosotros, por la gente que os degollamos cuando
ganamos el fuerte, e ansí es menester que con las manos atrás amarradas,
marchéis de aquí a 4 leguas, donde yo tengo mi real.
Respondieron los
franceses que se hiciese ansí; é con los cordones de las mechas de los soldados
les amarraba las manos muy bien atrás, y los diez que venían en el batel no
veían a estos que les amarraban las manos, hasta dar con ellos, porque convino
hacerse ansí, a causa que los franceses que no habían pasado el río no lo
entendiesen y se escandalizasen, e ansí ataron 208 franceses, a los cuales
preguntó el Adelantado si había entre ellos algunos católicos que se quisiesen
confesar: ochos dellos dixeron que lo eran: sacólos de allí y metiólos en el
batel para que los llevasen a San Agustín: los otros respondieron que ellos
eran de la nueva religión, e se tenían por muy buenos cristianos, y que esta
era su ley e no otra.
El Adelantado mandó
marchar con ellos, habiéndoles primero dado de comer e beber, cuando llegaba
los diez, antes que los amarrasen, lo cual se hacía antes que los suyos, que se
dice... que marchase con ellos en la vanguardia, e que a un tiro de ballesta de
allí hallaría una raya que él haría con una gineta que llevaba en la mano, que
era en un arenal, por donde habían de caminar al fuerte de San Agustín, que los
degollasen a todos, e mando al que iba en la retaguardia hiciese lo mesmo, e
ansí se hizo, dexándolos allí todos muertos; e se volvió aquella noche al
amanecer al fuerte de San Agustín, porque era ya puesto el sol cuando estos
murieron.”
Gonzalo Solís.
Pedro Menéndez de Avilés.
sábado, 2 de mayo de 2015
viernes, 1 de mayo de 2015
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
PRIMERA PARTE
CAPÍTULO IX
“Estando yo un día en el Alcaná de Toledo, llegó un muchacho a
vender unos cartapacios y papeles viejos a un sedero; y, como yo soy aficionado
a leer, aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado desta mi natural
inclinación, tomé un cartapacio de los que el muchacho vendía, y vile con
caracteres que conocí ser arábigos. Y, puesto que, aunque los conocía, no los
sabía leer, anduve mirando si parecía por allí algún morisco aljamiado que los
leyese; y no fue muy dificultoso hallar intérprete semejante, pues, aunque le
buscara de otra mejor y más antigua lengua, le hallara. En fin, la suerte me
deparó uno, que, diciéndole mi deseo y poniéndole el libro en las manos, le
abrió por medio, y, leyendo un poco en él, se comenzó a reír.
Preguntéle yo que de qué se reía, y respondióme que de una cosa que
tenía aquel libro escrita en el margen por anotación. Díjele que me la dijese;
y él, sin dejar la risa, dijo:
--Está, como he dicho, aquí en el margen escrito esto: "Esta
Dulcinea del Toboso, tantas veces en esta historia referida, dicen que tuvo la
mejor mano para salar puercos que otra mujer de toda la Mancha ".
Cuando yo oí decir "Dulcinea del Toboso", quedé atónito y
suspenso, porque luego se me representó que aquellos cartapacios contenían la
historia de don Quijote. Con esta imaginación, le di priesa que leyese el
principio, y, haciéndolo ansí, volviendo de improviso el arábigo en castellano,
dijo que decía: Historia de don Quijote de la Mancha , escrita por Cide Hamete Benengeli,
historiador arábigo. Mucha discreción fue menester para disimular el contento
que recebí cuando llegó a mis oídos el título del libro; y, salteándosele al
sedero, compré al muchacho todos los papeles y cartapacios por medio real; que,
si él tuviera discreción y supiera lo que yo los deseaba, bien se pudiera
prometer y llevar más de seis reales de la compra. Apartéme luego con el morisco
por el claustro de la iglesia mayor, y roguéle me volviese aquellos
cartapacios, todos los que trataban de don Quijote, en lengua castellana, sin
quitarles ni añadirles nada, ofreciéndole la paga que él quisiese. Contentóse
con dos arrobas de pasas y dos fanegas de trigo, y prometió de traducirlos bien
y fielmente y con mucha brevedad. Pero yo, por facilitar más el negocio y por
no dejar de la mano tan buen hallazgo, le truje a mi casa, donde en poco más de
mes y medio la tradujo toda, del mesmo modo que aquí se refiere.
Estaba en el primero cartapacio, pintada muy al natural, la batalla
de don Quijote con el vizcaíno, puestos en la mesma postura que la historia
cuenta, levantadas las espadas, el uno cubierto de su rodela, el otro de la
almohada, y la mula del vizcaíno tan al vivo, que estaba mostrando ser de
alquiler a tiro de ballesta. Tenía a los pies escrito el vizcaíno un título que
decía: Don Sancho de Azpetia, que, sin duda, debía de ser su nombre, y a los
pies de Rocinante estaba otro que decía: Don Quijote. Estaba Rocinante
maravillosamente pintado, tan largo y tendido, tan atenuado y flaco, con tanto
espinazo, tan hético confirmado, que mostraba bien al descubierto con cuánta
advertencia y propriedad se le había puesto el nombre de Rocinante. Junto a él
estaba Sancho Panza, que tenía del cabestro a su asno, a los pies del cual
estaba otro rétulo que decía: Sancho Zancas, y debía de ser que tenía, a lo que
mostraba la pintura, la barriga grande, el talle corto y las zancas largas; y
por esto se le debió de poner nombre de Panza y de Zancas, que con estos dos
sobrenombres le llama algunas veces la historia. Otras algunas menudencias
había que advertir, pero todas son de poca importancia y que no hacen al caso a
la verdadera relación de la historia; que ninguna es mala como sea verdadera.
Si a ésta se le puede poner alguna objeción cerca de su verdad, no
podrá ser otra sino haber sido su autor arábigo, siendo muy propio de los de
aquella nación ser mentirosos; aunque, por ser tan nuestros enemigos, antes se
puede entender haber quedado falto en ella que demasiado. Y ansí me parece a
mí, pues, cuando pudiera y debiera estender la pluma en las alabanzas de tan
buen caballero, parece que de industria las pasa en silencio: cosa mal hecha y
peor pensada, habiendo y debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y
no nada apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rancor ni la afición,
no les hagan torcer del camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula
del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de
lo presente, advertencia de lo por venir. En ésta sé que se hallará todo lo que
se acertare a desear en la más apacible; y si algo bueno en ella faltare, para
mí tengo que fue por culpa del galgo de su autor, antes que por falta del
sujeto.”
Pierre Menard. Don Quijote. Editorial Borges.
miércoles, 29 de abril de 2015
lunes, 27 de abril de 2015
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
LOS PEDAGOGOS EN ROMA
“El cuidado de los hijos dejaba
de ser prerrogativa de la mujer cuando acababa el período de la infancia.
Cornelia, madre de los Gracos, es la única excepción gloriosa. En los austeros siglos
de la República ,
Catón el Viejo reivindicaba para sí solo la formación de su hijo, a quien decía
con orgullo haber enseñado a leer, escribir, combatir y nadar. Ya en el
Imperio, fue preciso esperar al mandato de Antonino Pío para que los jueces,
una vez presentadas las pruebas de la indignidad de un padre, confiaran a la
madre la custodia de sus hijos, sin por ello despojar al padre de su autoridad.
Pero en la mayoría de los casos, desde el momento en que dejaban de ser niños,
la madre se inhibía de manera natural del proceso de su educación. La mujer
rica los dejaba en manos del notable pedagogo, al que compraba a precio de oro,
no sin antes tomar todas las precauciones posibles al hacer su elección y dar
toda clase de consejos; con ello creía haber satisfecho sus obligaciones. En cuanto
a los pobres, lo más que podían hacer era enviar a sus hijos a una de la numerosas
escuelas primarias que los profesionales de la educación abrían en la ciudad a
finales del siglo II.
Sin embargo, estas
costumbres fueron muy perjudiciales para los romanos. Como decía Plinio el
Joven, la mujer caía en una ociosidad fatal desde todo punto de vista. Las
menos dignas encontraban en su falta de ocupación una incitación o una excusa a
sus extravíos. Las honestas, cuanto más intentaban huir del ocio aferrándose a
esas vanas ocupaciones sin sentido, más se dejaban llevar por el bullicio y el
parloteo de los «clubs» en los que terminaban reuniéndose, cuando no se
resignaban a vegetar en un estado de torpe placidez de gineceo, como la vieja
Ummidia Quadratilla, quien, hasta su muerte a los ochenta años, había gastado
su vida en acudir a los juegos públicos, mover peones sobre un tablero o llenar
la casa de representaciones de pantomima. Como consecuencia de ello, los hijos
se desarrollaban en una situación de grave abandono materno. En realidad eran
gentes de más baja condición social, esclavos o en el mejor de los casos
libertos, quienes se encargaban de educarlos, y esta flagrante paradoja llevó a
desastrosas consecuencias. Cuando el alumno pertenecía a una familia
privilegiada, habitualmente trataba al maestro como correspondía a una persona
de rango inferior, es decir, como a un sirviente, aunque en este caso se
tratara de su preceptor. Ya Plauto, en sus Báquides, creó el personaje de un
precoz adolescente, Pistoclero, que, para obligar a su «pedagogo» Lydus a
acompañarle a casa de su amante, no tiene más que recordarle su condición
servil. «Pues, a fin de cuentas –le decía--, ¿soy yo tu esclavo o tú el mío?»
La cuestión no tenía vuelta de hoja, por lo que más de un magíster de Roma tuvo
que oír, como delicadamente señala Gaston Boissier, la misma frase que
Pistoclero dedica a Lydus. En el caso de que los adolescentes fueran de origen
modesto, tampoco tenían consideración alguna hacia el instructor de baja
condición social que tenían en la escuela y que, retribuido con un irrisorio
salario de ocho ases, estaba obligado a desempeñar otras tareas, como la de
escribano público; los maestros no tenían otra autoridad sobre sus alumnos que
la que les confería la badana o la férula que con tanto rigor aplicaban en los
tiempos de Marcial y Juvenal, como dignos sucesores del Orbilius, que había
hecho temblar a Horacio.
El descrédito de esta
profesión era notorio. Era tal la antipatía que mostraban ante su figura los
analistas del siglo I a.C., que hicieron del magíster de Faleria el primer
maestro de escuela de toda la historia romana, un personaje de teatro que
representaba a un ingrato traidor. En los tiempos del Imperio, los «pedagogos»
no gozaban de mejor reputación; las buenas almas les miraban como se mira a la
escoria de la sociedad. Es fácil, sin embargo, enumerar las razones de su
desprestigio: en primer lugar, la indiferencia del Estado por su función, ya
que no controlaba su actividad ni tomó a su cargo la retribución de su labor
hasta el año 425 de nuestra era, y en Bizancio, hasta quince años después del
saqueo de Roma por Alarico; en segundo lugar, las adversas condiciones en las
que debían realizar su tarea, ya que, en el mismo exiguo e incómodo local se
amontonaban niños y niñas de edades comprendidas entre los siete y trece años
para las niñas y entre los siete y quince años para los niños y, por último, la
brutalidad con la que mantenían la disciplina de unos grupos tan heteróclitos,
lo que siempre provocaba la hipocresía y cobardía de los alumnos y, a veces,
despertaba la hipocresía y cobardía de los alumnos y, a veces, despertaba el
sadismo del maestro. «El dolor y el temor –testimonia con tristeza
Quintiliano—obligan a los niños a hacer cosas que nos parecen impropias de
ellos y que terminan cubriéndoles de vergüenza. Sería mucho más acertado que
antes nos preocupáramos de asegurarnos de las buenas costumbres de sus
vigilantes y sus maestros. No me atrevo a mencionar ni las infamias cometidas
por unos hombres amparados en su derecho al castigo físico, ni los abusos que
unos desgraciados niños pueden cometer contra otros a causa de su miedo: de
sobra se me entiende (nimium est quod intellegitur…).»”
viernes, 24 de abril de 2015
Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA
DE PROFUNDIS
Si vais por la carretera del arrabal, apartaos, no os
inficione mi pestilencia.
El dedo de mi Dios me ha señalado: odre de putrefacción
quiso que fuera este mi cuerpo,
y una ramera de solicitaciones mi alma,
no una ramera fastuosa de las que hacen languidecer
de amor al príncipe,
sobre el cabezo del valle, en el palacete de verano,
sino una loba del arrabal, acoceada por los trajinantes,
que ya ha olvidado las palabras de amor,
y sólo puede pedir unas monedas de cobre en la
cantonada.
Yo soy la piltrafa que el tablajero arroja al perro
del mendigo,
y el perro del mendigo arroja al muladar.
Pero desde la mina de las maldades, desde el pozo
de la miseria,
mi corazón se ha levantado hasta mi Dios,
y le ha dicho: Oh Señor, tú que has hecho también
la podredumbre,
mírame,
yo soy el orujo exprimido en el año de la mala
cosecha,
yo soy el excremento del can sarnoso,
el zapato sin suela en el carnero del camposanto,
yo soy el montoncito de estiércol a medio hacer,
que nadie compra,
y donde casi ni escarban las gallinas.
Pero te amo,
pero te amo frenéticamente.
¡Déjame, déjame fermentar en tu amor,
deja que me pudra hasta la entraña,
que se me aniquilen hasta las
últimas briznas de
mi
ser,
para que un día sea mantillo de tus
huertos!
Dámaso Alonso.
miércoles, 22 de abril de 2015
lunes, 20 de abril de 2015
OBITER DICTUM
“Los predicados que el pensar de la Metafísica atribuye desde
antiguo al ser, según su última y suprema y por ello acabada figura, Schelling
los encuentra en el querer. Sin embargo, la voluntad de este querer no está
aquí pensada como capacidad del alma humana. La palabra «querer» es aquí el
nombre del ser del ente en su totalidad. Éste es voluntad. Esto nos suena
extraño y además lo será mientras sigan siéndonos extraños los pensamientos
fundamentales de la Metafísica occidental. Seguirán siéndolo mientras no
pensemos estos pensamientos sino que lo único que hagamos sea hablar de ellos.
Se puede, por ejemplo, dar cuenta de un modo históricamente exacto, de los
enunciados de Leibniz sobre el ser del ente sin que pensemos lo más mínimo de
lo que él pensó cuando, a partir de la monada, determinaba el ser del ente como
unidad de perceptio y appetitus, como unidad de representar y aspirar, es
decir, como voluntad. Lo que piensa Leibniz llega, a través de Kant y Fichte,
al habla como voluntad racional, una voluntad sobre la que Hegel y Schelling,
cada uno a su manera, reflexionan. Lo mismo quiere decir Schopenhauer cuando da
a su obra fundamental el título «El mundo (no el hombre) como voluntad y
representación». Lo mismo piensa Nietzsche cuando reconoce al ser originario
del ente como voluntad de poder.”
Martin
Heidegger.
domingo, 19 de abril de 2015
Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA
MIS MUERTOS
Si me
preguntas por mi padre
(mi padre se
llamaba Eduardo)
si me
preguntas por mi padre
te diré que
está acostado
Si me
preguntas por mi abuelo
(mi abuelo se
llamó Nicolás)
si me
preguntas por mi abuelo
te diré que
dormido está
Y si se muere
mi madre
y si se muere
mi abuela
no me
preguntes qué hacen
porque te diré
que sueñan
Carlos Edmundo de Ory.
sábado, 18 de abril de 2015
viernes, 17 de abril de 2015
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
UN HUEVO DE PINGÜINO
“Y a oscuras, acompañado casi de continuo por ventiscas huracanadas
que a uno le impiden verse la mano incluso a la altura de los ojos. La vida en
tales circunstancias resulta pobre tanto mental como físicamente. Hacer
ejercicio al aire libre es difícil, y cuando sopla ventisca resulta totalmente
imposible, y uno es consciente de todo lo que está perdiéndose al no poder ver
el mundo que le rodea cuando sale al exterior. Me han contado que si uno se
encuentra con un loco o con alguien trastornado por un gran dolor o conmoción,
lo que hay que hacer es sacarle al exterior y dar una vuelta con él: la
naturaleza se encargará del resto. A nosotros, que éramos personas normales y
estábamos viviendo en unas condiciones anormales, la naturaleza podía ayudarnos
mucho a apartar los pensamientos de la rutina diaria; pero la naturaleza
también pierde buena parte de poder curativo cuando uno no la puede ver, sino
sólo sentir, y cuando la sensación que produce es profundamente desagradable.
De alguna manera, a la hora de juzgar la vida en los polos uno debe
dejar de lado el preceptivo aguante y averiguar qué responsabilidades puede
eludir un hombre, sin olvidar en ningún momento que arrastrar un trineo
constituye la prueba más difícil de todas. Si resulta difícil formarse una idea
de lo que puede llegar a hacer un hombre normal y corriente es porque resulta
mucho más fácil eludir responsabilidades en el mundo civilizado. En el fondo no
importa si el hombre que trabaja dentro o fuera de la cabaña elude
responsabilidades, como tampoco importa
mucho en el mundo civilizado: no constituye más que una oportunidad
desaprovechada. Pero si uno está arrastrando un trineo por la Barrera , no cabe eludir
responsabilidad alguna: a la mayoría se nos nota al cabo de una semana.
Son muchas las cuestiones que habría que analizar: el efecto que
produce en el hombre el paso del calor al frío (como en el caso de Bowers, que
se incorporó a nuestra expedición recién llegado del golfo Pérsico, o en el de
Simpson, que se marchó de la
Antártida a la
India , es decir, el caso contrario);las diferencias entre el
frío seco y el húmedo; ¿qué temperaturas son agradables en la Antártida , y cuales lo
son en comparación con las de Inglaterra?; ¿cómo afectarían estas temperaturas
a las mujeres? El hombre con nervios de acero es el que más lejos llega. ¿Cuál
es la razón entre la presencia de ánimo y la fuerza física? ¿Qué es la
vitalidad? ¿Por qué ciertas cosas le aterran a uno en un determinado momento y
no en otros? ¿A qué se debe que muestre este coraje a primera hora de la
mañana? ¿Cuál es influencia de la imaginación? ¿En qué medida puede un hombre
exigirse a sí mismo? ¿De dónde salía la enorme cantidad de calor que generaba
Bowers? ¿Y las canas de mi barba, de dónde salieron? Y los ojos azules de X, que
zarpó de Inglaterra con ojos pardos y al regresar se encontró con que su madre
se negaba a reconocerle como hijo suyo? ¿Varían el crecimiento y el color del
pelo y de los ojos?
Son muchos los motivos que impulsan al hombre a ir a los polos, y
el acicate intelectual está presente en todos ellos; pero en el fondo lo que
cuenta es el deseo de saber, a secas, y en este momento no hay ningún lugar
para obtener conocimientos que pueda compararse con la Antártida.
La exploración es la expresión física de la pasión intelectual.
Y diré una cosa: si tiene usted el deseo de saber y el poder para
hacerlo realidad, vaya y explore. Si es usted un hombre valiente, no hará nada;
si es un hombre miedoso, es posible que haga mucho, pues sólo los cobardes
tienen necesidad de demostrar su valor. Hay quien le dirá que está chiflado, y casi
todo el mundo le preguntará: “¿Para qué?” y es que somos una nación de
tenderos, y ningún tendero esta dispuesto a parar mientes en una investigación
que no le prometa un rendimiento económico antes de un año. Así que viajará
usted prácticamente solo con su trineo, pero quienes le acompañen no serán
tenderos, y eso tiene un gran valor. Si hace ueste su correspondiente viaje de
invierno, obtendrá su recompensa, siempre y cuando lo único que desee sea un
huevo de pingüino.”
Apsley
Cherry-Garrard. El peor viaje del mundo.
Ediciones B.
miércoles, 15 de abril de 2015
OBITER DICTUM
“Puedo caminar fácilmente quince, veinte, treinta kilómetros, o los
que sean, a partir de mi puerta, sin pasar delante de ninguna casa ni cruzar
camino alguno salvo los marcados por los zorros y visones; primero junto al
río, después al lado del arroyo y por último por la pradera y los confines del
bosque. Hay, por los alrededores, hectáreas sin habitantes. Desde muchas
colinas logro ver de lejos la civilización y las moradas humanas. Los
campesinos y sus labores no son mucho más visibles que las marmotas y sus
madrigueras. Me alegra ver que el ser humano y sus asuntos, la Iglesia, el
Estado y la escuela, el tráfico y el comercio, la industria y la agricultura, y
hasta la política —lo más alarmante de todo— ocupan tan poco espacio en el
paisaje. La política es sólo un terreno estrecho, y más estrecho aún ese camino
distante que lleva a ella. A veces se lo señalo al viajero. Si queréis ir al
mundo de la política, seguid ese camino, seguid al comerciante mientras os echa
polvo en los ojos y os llevará directamente; pues ella también tiene
sencillamente un sitio, y no ocupa todo el espacio. Paso por allí como quien
pasa por un campo de judías para entrar en el bosque, y me olvido de ella. Al
cabo de media hora llego a una parte de la superficie terrestre en la que
ningún hombre está de un año a otro, y, por consiguiente, la política no
existe, ya que no es más que el humo del cigarro de un hombre.”
Henry David Thoreau.
martes, 14 de abril de 2015
Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA
OLVIDO
¡Cómo el olvido ha ido destruyendo
el mundo aquel que edificamos juntos!
¡Las abejas sonoras, los pastos, el estruendo
del río bramador acorralado, los difuntos
ecos del viento que partió gimiendo
con tu enorme cadáver, y ardió los juncos
con llama tan veloz que aún está ardiendo,
con ceniza tan cruel que aún están truncos!
Donde hubo razón de frescos vinos,
de panes floreciendo en la alborada,
de reluciente fruto mantenido
en remotos estrados cristalinos,
hoy sólo queda una sombra desgarrada
y tus restos luchando con mi olvido.
Gastón
Baquero
lunes, 13 de abril de 2015
sábado, 11 de abril de 2015
OBITER DICTUM
¿Habéis oído caer el
Imperio? No: nada ha turbado la tranquilidad de estos lugares. Sin embargo, el
Imperio se ha hundido; la inmensa ruina se ha desplomado sobre mi vida igual
que esos restos romanos caídos en el cauce de un arroyo ignorado. Pero a quien
no le afectan los acontecimientos, poco le importan: algunos años escapados de
las manos del Padre Eterno harán justicia a todos esos ruidos por medio de un
silencio sin fin.
François-René de Chateaubriand
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