martes, 18 de junio de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






RECUERDO


“Nací en Bucarest, pero el mismo año de mi nacimiento trasladaron a mi padre de guarnición y marchamos a Ramnic. Allí es donde se sitúan mis primeros recuerdos. Vivíamos en una casa con numerosas habitaciones. Recuerdo que había acacias bajo las ventanas. Detrás de la casa estaba el patio y un huerto, que me parecía inmenso por los albaricoqueros, los ciruelos, los membrilleros. Mi recuerdo más antiguo es de la época en que apenas tenía tres años. Me veo revolcándome con mi hermano por la hierba en compañía de un gran perro blanco llamado “Picú”. A nuestro lado, sentada en un taburete, mi madre charlando con la vecina. A este primer recuerdo le sigue otro. Era por la tarde. Estábamos en el andén de la estación esperando a una tía que llegaba de Bucarest. Había mucha gente. Me habían dado un croissant, que sostenía en la mano y que no me atrevía a comer de los enorme y prodigioso que me parecía. Lo contemplaba orgulloso, lo exhibía como un trofeo. Al entrar el tren en la estación, nuestro pequeño grupo se agitó y quedé solo un instante. Apareció entonces delante de mí, surgido de no sé dónde, un niño de cinco o seis años. Me arrancó el croissant, me miró un instante sonriendo, le dio un mordisco y desapareció entre la gente. Mi sorpresa fue tal que permanecí parado en el sitio, con la boca abierta, horrorizado por esa astucia y esa audacia cuyo pode acababa de revelárseme.
         Otro recuerdo de mis primeros años son los paseos a caballo por los bosques y viñedos de los alrededores de Ramnic. Cuando el coche se paraba al borde de un camino, a la sombra de árboles cargados de frutos, subía al asiento para coger ciruelas. Andando un día a cuatro patas por la hierba del bosque, vi un lagarto azul verdoso brillante, y pasamos el lagarto y yo largo rato inmóviles ambos, mirándonos. No sentía ningún miedo, y sin embargo mi corazón latía a toda velocidad, tal era mi alegría al haber descubierto un animal tan extraño y desconocido, de belleza tan misteriosa.”

Mircea Eliade. 
Memoria
Taurus Ediciones.

sábado, 15 de junio de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




EL INGLÉS DE NÁPOLES



Nápoles, 22 de mayo de 1787

         Hoy me ha ocurrido una agradable aventura que me dio bastante que pensar y que merece ser contada.
Una dama que ya durante mi anterior estancia se mostró muy atenta conmigo, me rogó presentarme por la tarde a las cinco en punto en su casa, porque un inglés deseaba hablar conmigo acerca de mi Werther.
         Hace medio año, aunque le hubiese tenido el doble de aprecio, mi respuesta habría sido negativa; pero el hecho de aceptar me permitió comprobar que el viaje a Sicilia había tenido un efecto provechoso en mí.
         Por desgracia es tan grande la ciudad y son tantas las cosas por ver que subí las escaleras de su casa con un retraso de un cuarto de hora; me hallaba pisando la esterilla de caña delante de su puerta cuando ésta se abrió antes de que tocara la campanilla, y salió un hombre bien parecido, de mediana edad, en el que reconocí de inmediato al inglés.
         --¡Usted es el autor del Werther!  --dijo apenas me vio.
Lo afirmé y pedí disculpas por no haber llegado antes.
--No podía esperar ni un momento más –respondió--. Lo que tengo que decirle es muy breve y lo haré aquí mismo. No quiero repetir lo que miles de personas le han dicho, además, la obra no me ha impresionado tanto como a otros. Pero siempre que me detengo a pensar lo que se necesita para escribirla, me maravillo de nuevo.
Quise responderle algo para expresar mi gratitud, pero me dejó con la palabra en la boca y exclamó:
--No puedo demorarme ni un instante más, se ha cumplido mi deseo de decirle esto personalmente, ¡que le vaya bien y sea feliz! --Y corrió escaleras abajo.
Durante un rato me quedé reflexionando sobre estos halagos y finalmente toqué la campanilla. La dama se mostró contenta al saber de nuestro encuentro y elogió a aquel hombre raro y singular.


Johann W. Goethe. Viaje a Italia. Ediciones B.

viernes, 14 de junio de 2013

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






SAN MARTINO DEL CARSO


Di queste case
Non è rimasto
Che qualche
Brandello di muro

Di tanti
Che mi corrispondevano
Non è rimasto
Neppure tanto

Ma nel cuore
Nessuna croce manca

E’ il mio cuore
Il paese più straziato.


                      Giuseppe Ungaretti

miércoles, 12 de junio de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




EN LA LLANURA DE LOS DIOSES


         “Entré andando al parque Karl Marx y me dirigí a la anónima plazoleta que antes había llevado el nombre de Lenin. Un busto de Marx, envuelto en un remolino de pelo y barba, con las escarpadas cejas de un señor de la guerra mongol, resplandecía aún en el camino. Alguien había puesto a sus pies un clavel rojo. Más allá, en el camino, se alineaban puestos de skashlik y arroz pilaf que apenas vendía nada y restaurantes vacíos que en Moscú hubieran estado abarrotados.
         Crucé el canal rellenado que había dividido la ciudad zarista de la nativa y entré en el vacío que en otro tiempo constituyera la plaza más grande de la Unión Soviética. Caía una fina llovizna. Más que una plaza parecía una llanura informe salpicada de monumentos, ministerios y jardines empequeñecidos y seccionada por calles. En el extremo más lejano apenas se divisaba una pareja nupcial que rodeaba la tumba al soldado desconocido. Sólo el mismo dios, el Lenin de bronce mayor del mundo, amenazador desde su plataforma de quince metros de altura, tras regimientos de fuentes, intentaba dominar aquella tremenda extensión. Pero sus gestos no tenían sentido. Todo el mundo sabía ya que sus ojos entrecerrados miraban a la nada. El rollo de papel que agarraba contenía un terrible error. La superficie asfaltada que había frente a él había sido marcada para el desfile de los soldados del 1 de mayo, veintitrés días atrás, pero ahora la tribuna que había a sus pies estaba vallada y llevaba el rótulo «Cerrado por obras».
         --Pronto se lo llevarán –había dicho el conductor del taxi--. Pero nadie sabe qué poner en su lugar.
         Un hombre yacía entre los rosales cercanos y la lluvia le caía en la cara. Me pregunté si estaría enfermo, pero cuando me incliné hacia él, sólo murmuró:
         --Camarada… --Y volvió a cerrar los ojos, borracho.
         Me senté en un banco bajo los árboles mientras la lluvia arreciaba alrededor de la inmensa estatua. En la inexpresiva plaza todas las certidumbres se habían desvanecido. Estaba más vacía que nunca. Unas mujeres sorteaban los charcos bajo brillantes paraguas y un policía leía un periódico mojado. Me subí el cuello para protegerme de las inclemencias del tiempo mientras la lluvia empezaba a caer sobre mí desde las copas de los árboles de modo constante e inexorable.
         Un mes después la estatua de Lenin había desaparecido de allí.


Colin Thubron. El corazón perdido de Asia. Ediciones Península.

lunes, 10 de junio de 2013

OBITER DICTUM






“Yo he conocido un viejo famélico y haraposo, que dormía durante la mañana en los bancos del Retiro y pasaba la tarde y las noches en las casas de juego. Comía las sobras de los otros jugadores, asistía con preferencia a los círculos donde le obsequiaban con algún café, como punto fuerte, y cuando perdía, que era la más de las veces, ocultábase por unos instantes en el lugar más nausaeabundo de la casa, y extraía billetes de Banco de sus zapatos rotos, del sudador del grasiento sombrero, de las ropas haraposas, esparciendo sobre el tapete verde una parte de sus pegajosos habitantes.

       --El dinero se ha hecho para jugar—decía sentenciosamente--. Y lo que quede, si queda algo… para comer.”


Blasco Ibañez.

jueves, 6 de junio de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





NADA HA QUEDADO


Todo alimentaba la amargura de mis sinsabores: Lucile era desdichada; mi madre no me consolaba; mi padre me hacía probar las asperezas de la vida. Su taciturnidad iba en aumento con los años; la vejez volvía más rígidos tanto su alma como su cuerpo; me espiaba sin cesar para reprenderme. Cuando yo volvía de mis correrías salvajes y lo veía sentado en la escalinata, antes me hubiera dejado matar que entrar en el castillo. Lo cual no hacía, sin embargo, sino diferir mi suplicio: obligado a aparecer a la hora de la cena, me sentaba cohibido en una esquina de mi silla, con las mejillas húmedas aún de lluvia, el cabello alborotado. Ante las miradas de mi padre, permanecía inmóvil y el sudor cubría mi frente: el último destello de razón me abandonó. Heme aquí llegado a un momento en que necesito algunas fuerzas para confesar mi flaqueza. El hombre que atenta contra su vida muestra menos la fuerza de su alma que el desfallecimiento de su naturaleza. Yo tenía una escopeta de caza cuyo gatillo estaba tan gastado que a menudo se le escapaba el seguro. Cargué esta escopeta con tres balas, y me dirigí a un lugar apartado del gran Mail. Monté la escopeta, introduje el extremo del cañón en mi boca, golpeé la culata contra el suelo; repetí varias veces el intento: el tiro no salió; la aparición de un guarda hizo que suspendiera mi decisión. Fatalista sin quererlo ni saberlo, supuse que mi hora no había llegado, así que dejé para otro día la ejecución de mi plan. De haberme quitado la vida, todo cuanto he sido habría quedado enterrado conmigo; nada se sabría de la historia que me habría llevado a mi catástrofe; habría engrosado la multitud de infortunados anónimos; nadie me habría seguido por las huellas de mis pesares, como un herido por el rastro de su sangre. Quienes se hayan sentido turbados por lo que describo y tentados de imitar estas locuras, quienes guarden memoria de mí por mis quimeras, no deben olvidar que no oyen más que la voz de un muerto. Lector, a quien nunca conoceré, nada ha quedado de ello: no queda de mí más que lo que soy en manos del Dios vivo que me ha juzgado.


François-René de Chateaubriand. Memorias de ultratumba. Acantilado

lunes, 3 de junio de 2013

ALLÁ EN LAS INDIAS




LOS INTESTINOS DE LOS ISLEÑOS


«Cuando hubimos corrido setenta leguas en esta dirección, hallándonos por el grado doce de latitud septentrional y por el ciento cuarenta y seis de longitud, el seis de marzo, que era miércoles, descubrimos hacia el noroeste una pequeña isla, y en seguida dos más al sudoeste. La primera era más elevada y más grande que las dos últimas. Quiso el comandante en jefe detenerse en la más grande para tomar refrescos y provisiones; pero esto no nos fue posible porque los isleños venían a bordo y se robaban ya una cosa ya otra, sin que nos fuese posible evitarlo. Pretendían obligarnos a bajar las velas y a que nos fuésemos a tierra, habiendo tenido aun la habilidad de llevarse el esquife que estaba amarrado a popa, por lo cual el capitán, irritado, bajó a tierra con cuarenta hombres armados, quemó cuarenta o cincuenta casas y muchas de sus embarcaciones y les mató siete hombres. De esta manera recobró el esquife, pero no juzgó oportuno detenerse en esta isla después de todos estos actos de hostilidad. Continuamos, pues, nuestra ruta en la misma dirección. Al tiempo de bajar a tierra para castigar a los isleños, nuestros enfermos nos pidieron que si alguno de los habitantes era muerto, les llevásemos los intestinos, porque estaban persuadidos que comiéndoselos habían de sanar en poco tiempo.
Cuando los nuestros herían a los isleños con flechas de modo que los pasaban de parte a parte, estos desgraciados trataban de sacárselas del cuerpo, ya por un extremo ya por el otro; las miraban en seguida con sorpresa, muriendo a menudo de la herida: lo que no dejaba de darnos lástima. Sin embargo, cuando nos vieron partir, nos siguieron con más de cien canoas, y nos mostraban pescado, como si quisieran vendérnoslo; mas, cuando se hallaban cerca de nosotros, nos lanzaban piedras y en seguida huían. Pasamos por medio de ellos a velas desplegadas, aunque supieron evitar con habilidad el choque de las naves. Vimos también en sus canoas mujeres que lloraban y se arrancaban los cabellos, probablemente porque habíamos muerto a sus maridos.»


Antonio Pigafetta. Primer viaje alrededor del globo. Fundación Civiliter.

domingo, 2 de junio de 2013

Y EL ÓBOLO BAJO LENGUA





Eu tenho ideias e razões,
Conheço a cor dos argumentos
E nunca chego aos corações.


                               Fernando Pessoa.

viernes, 31 de mayo de 2013

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





No es el muerto quien provoca el estupor
es la sorpresa de ver cómo olvidamos
su propia muerte, nuestro gran dolor.
Queda el muerto, nosotros nos marchamos.

No es el muerto, no, quien se retira.
Somos nosotros que vamos discutiendo,
sobre el cadáver que mudo nos mira,
la posibilidad de seguir sobreviviendo.

Cuando en la memoria al muerto divisamos
(juegos del tiempo, macabro escandiador)
no es pues al muerto a quien estamos viendo:

Somos nosotros que tétricos quedamos
al ver cómo miramos sin horror
al que en el gran horror se va pudriendo.


                                        Reinaldo Arenas

jueves, 30 de mayo de 2013

OBITER DICTUM

 




«Muchas veces me he preguntado por qué me incliné al comunismo. En primer lugar me atrajo su fórmula simplista para resolver el problema social. Al desaparecer los capitalistas y la propiedad privada sobre los medios de producción, las clases sociales perderían su razón de ser y la sociedad entraría en una etapa ininterrumpida de progreso moral y material. Un Estado basado en estos principios, tenía necesariamente que gobernar en beneficio de todo el pueblo. Lo que toda esta utopía resultaba en realidad, lo supe mucho más tarde.»


Manuel Tagüeña.


lunes, 27 de mayo de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE



AUSCHWITZ



“A medida que iba amaneciendo se hacían visibles los perfiles de un inmenso campo: la larga extensión de la cerca de varias hileras de alambrada espinosa; las torres de observación; los focos y las interminables columnas de harapientas figuras humanas, pardas a la luz grisácea del amanecer, arrastrándose por los desolados campos hacia un destino desconocido. Se oían voces aisladas y silbatos de mando, pero no sabíamos lo que querían decir. Mi imaginación me llevaba a ver horcas con gente colgando de ellas. Me estremecí de horror, pero no andaba muy desencaminado, ya que paso a paso nos fuimos acostumbrando a un horror inmenso y terrible. A su debido tiempo entramos en la estación. El silencio inicial fue interrumpido por voces de mando: a partir de entonces íbamos a escuchar aquellas voces ásperas y chillonas una y otra vez, en todos los campos. Sonaban igual que el último grito de una víctima, y sin embargo había cierta diferencia: eran roncas, cortantes, como si vinieran de la garganta de un hombre que tuviera que estar gritando así sin parar, un hombre al que asesinaran una y otra vez…”


Viktor Frankl