miércoles, 19 de junio de 2013
martes, 18 de junio de 2013
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
RECUERDO
“Nací en Bucarest, pero el mismo año de mi
nacimiento trasladaron a mi padre de guarnición y marchamos a Ramnic. Allí es
donde se sitúan mis primeros recuerdos. Vivíamos en una casa con numerosas habitaciones.
Recuerdo que había acacias bajo las ventanas. Detrás de la casa estaba el patio
y un huerto, que me parecía inmenso por los albaricoqueros, los ciruelos, los
membrilleros. Mi recuerdo más antiguo es de la época en que apenas tenía tres
años. Me veo revolcándome con mi hermano por la hierba en compañía de un gran
perro blanco llamado “Picú”. A nuestro lado, sentada en un taburete, mi madre
charlando con la vecina. A este primer recuerdo le sigue otro. Era por la
tarde. Estábamos en el andén de la estación esperando a una tía que llegaba de
Bucarest. Había mucha gente. Me habían dado un croissant, que sostenía en la
mano y que no me atrevía a comer de los enorme y prodigioso que me parecía. Lo
contemplaba orgulloso, lo exhibía como un trofeo. Al entrar el tren en la
estación, nuestro pequeño grupo se agitó y quedé solo un instante. Apareció
entonces delante de mí, surgido de no sé dónde, un niño de cinco o seis años.
Me arrancó el croissant, me miró un instante sonriendo, le dio un mordisco y
desapareció entre la gente. Mi sorpresa fue tal que permanecí parado en el
sitio, con la boca abierta, horrorizado por esa astucia y esa audacia cuyo pode
acababa de revelárseme.
Otro
recuerdo de mis primeros años son los paseos a caballo por los bosques y
viñedos de los alrededores de Ramnic. Cuando el coche se paraba al borde de un
camino, a la sombra de árboles cargados de frutos, subía al asiento para coger
ciruelas. Andando un día a cuatro patas por la hierba del bosque, vi un lagarto
azul verdoso brillante, y pasamos el lagarto y yo largo rato inmóviles ambos,
mirándonos. No sentía ningún miedo, y sin embargo mi corazón latía a toda
velocidad, tal era mi alegría al haber descubierto un animal tan extraño y
desconocido, de belleza tan misteriosa.”
Mircea Eliade.
Memoria.
Taurus Ediciones.
Memoria.
Taurus Ediciones.
lunes, 17 de junio de 2013
sábado, 15 de junio de 2013
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
EL INGLÉS DE NÁPOLES
Nápoles, 22 de mayo de 1787
Hoy me
ha ocurrido una agradable aventura que me dio bastante que pensar y que merece
ser contada.
Una dama que ya durante mi anterior estancia se mostró
muy atenta conmigo, me rogó presentarme por la tarde a las cinco en punto en su
casa, porque un inglés deseaba hablar conmigo acerca de mi Werther.
Hace
medio año, aunque le hubiese tenido el doble de aprecio, mi respuesta habría
sido negativa; pero el hecho de aceptar me permitió comprobar que el viaje a
Sicilia había tenido un efecto provechoso en mí.
Por
desgracia es tan grande la ciudad y son tantas las cosas por ver que subí las
escaleras de su casa con un retraso de un cuarto de hora; me hallaba pisando la
esterilla de caña delante de su puerta cuando ésta se abrió antes de que tocara
la campanilla, y salió un hombre bien parecido, de mediana edad, en el que
reconocí de inmediato al inglés.
--¡Usted
es el autor del Werther! --dijo apenas
me vio.
Lo afirmé y pedí disculpas por no haber llegado
antes.
--No podía esperar ni un momento más –respondió--.
Lo que tengo que decirle es muy breve y lo haré aquí mismo. No quiero repetir
lo que miles de personas le han dicho, además, la obra no me ha impresionado
tanto como a otros. Pero siempre que me detengo a pensar lo que se necesita
para escribirla, me maravillo de nuevo.
Quise responderle algo para expresar mi gratitud,
pero me dejó con la palabra en la boca y exclamó:
--No puedo demorarme ni un instante más, se ha
cumplido mi deseo de decirle esto personalmente, ¡que le vaya bien y sea feliz!
--Y corrió escaleras abajo.
Durante un rato me quedé reflexionando sobre estos
halagos y finalmente toqué la campanilla. La dama se mostró contenta al saber
de nuestro encuentro y elogió a aquel hombre raro y singular.
Johann W. Goethe. Viaje a Italia.
Ediciones B.
viernes, 14 de junio de 2013
Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA
SAN MARTINO DEL CARSO
Di queste case
Non è rimasto
Che qualche
Brandello di muro
Di tanti
Che mi corrispondevano
Non è rimasto
Neppure tanto
Ma nel cuore
Nessuna croce manca
E’ il mio cuore
Il paese più straziato.
Giuseppe Ungaretti
miércoles, 12 de junio de 2013
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
EN LA LLANURA DE LOS DIOSES
“Entré andando al parque Karl Marx y me dirigí a la
anónima plazoleta que antes había llevado el nombre de Lenin. Un busto de Marx,
envuelto en un remolino de pelo y barba, con las escarpadas cejas de un señor
de la guerra mongol, resplandecía aún en el camino. Alguien había puesto a sus
pies un clavel rojo. Más allá, en el camino, se alineaban puestos de skashlik y arroz pilaf que apenas vendía
nada y restaurantes vacíos que en Moscú hubieran estado abarrotados.
Crucé el canal rellenado que había dividido la ciudad
zarista de la nativa y entré en el vacío que en otro tiempo constituyera la
plaza más grande de la Unión Soviética. Caía una fina llovizna. Más que una
plaza parecía una llanura informe salpicada de monumentos, ministerios y
jardines empequeñecidos y seccionada por calles. En el extremo más lejano
apenas se divisaba una pareja nupcial que rodeaba la tumba al soldado
desconocido. Sólo el mismo dios, el Lenin de bronce mayor del mundo, amenazador
desde su plataforma de quince metros de altura, tras regimientos de fuentes,
intentaba dominar aquella tremenda extensión. Pero sus gestos no tenían
sentido. Todo el mundo sabía ya que sus ojos entrecerrados miraban a la nada.
El rollo de papel que agarraba contenía un terrible error. La superficie
asfaltada que había frente a él había sido marcada para el desfile de los
soldados del 1 de mayo, veintitrés días atrás, pero ahora la tribuna que había
a sus pies estaba vallada y llevaba el rótulo «Cerrado por obras».
--Pronto se lo llevarán –había dicho el conductor del
taxi--. Pero nadie sabe qué poner en su lugar.
Un hombre yacía entre los rosales cercanos y la lluvia le
caía en la cara. Me pregunté si estaría enfermo, pero cuando me incliné hacia
él, sólo murmuró:
--Camarada… --Y volvió a cerrar los ojos, borracho.
Me senté en un banco bajo los árboles mientras la lluvia
arreciaba alrededor de la inmensa estatua. En la inexpresiva plaza todas las
certidumbres se habían desvanecido. Estaba más vacía que nunca. Unas mujeres
sorteaban los charcos bajo brillantes paraguas y un policía leía un periódico
mojado. Me subí el cuello para protegerme de las inclemencias del tiempo
mientras la lluvia empezaba a caer sobre mí desde las copas de los árboles de
modo constante e inexorable.
Un mes después la estatua de Lenin había desaparecido de
allí.
Colin Thubron. El corazón perdido de Asia. Ediciones Península.
martes, 11 de junio de 2013
lunes, 10 de junio de 2013
OBITER DICTUM
“Yo he conocido un viejo
famélico y haraposo, que dormía durante la mañana en los bancos del Retiro y
pasaba la tarde y las noches en las casas de juego. Comía las sobras de los
otros jugadores, asistía con preferencia a los círculos donde le obsequiaban
con algún café, como punto fuerte, y cuando perdía, que era la más de las
veces, ocultábase por unos instantes en el lugar más nausaeabundo de la casa, y
extraía billetes de Banco de sus zapatos rotos, del sudador del grasiento
sombrero, de las ropas haraposas, esparciendo sobre el tapete verde una parte
de sus pegajosos habitantes.
--El dinero se ha hecho para jugar—decía sentenciosamente--. Y
lo que quede, si queda algo… para comer.”
Blasco
Ibañez.
domingo, 9 de junio de 2013
sábado, 8 de junio de 2013
jueves, 6 de junio de 2013
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
NADA HA QUEDADO
Todo alimentaba la amargura de mis sinsabores: Lucile era
desdichada; mi madre no me consolaba; mi padre me hacía probar las asperezas de
la vida. Su taciturnidad iba en aumento con los años; la vejez volvía más
rígidos tanto su alma como su cuerpo; me espiaba sin cesar para reprenderme.
Cuando yo volvía de mis correrías salvajes y lo veía sentado en la escalinata,
antes me hubiera dejado matar que entrar en el castillo. Lo cual no hacía, sin
embargo, sino diferir mi suplicio: obligado a aparecer a la hora de la cena, me
sentaba cohibido en una esquina de mi silla, con las mejillas húmedas aún de
lluvia, el cabello alborotado. Ante las miradas de mi padre, permanecía inmóvil
y el sudor cubría mi frente: el último destello de razón me abandonó. Heme aquí
llegado a un momento en que necesito algunas fuerzas para confesar mi flaqueza.
El hombre que atenta contra su vida muestra menos la fuerza de su alma que el
desfallecimiento de su naturaleza. Yo tenía una escopeta de caza cuyo gatillo
estaba tan gastado que a menudo se le escapaba el seguro. Cargué esta escopeta
con tres balas, y me dirigí a un lugar apartado del gran Mail. Monté la
escopeta, introduje el extremo del cañón en mi boca, golpeé la culata contra el
suelo; repetí varias veces el intento: el tiro no salió; la aparición de un
guarda hizo que suspendiera mi decisión. Fatalista sin quererlo ni saberlo,
supuse que mi hora no había llegado, así que dejé para otro día la ejecución de
mi plan. De haberme quitado la vida, todo cuanto he sido habría quedado
enterrado conmigo; nada se sabría de la historia que me habría llevado a mi
catástrofe; habría engrosado la multitud de infortunados anónimos; nadie me
habría seguido por las huellas de mis pesares, como un herido por el rastro de
su sangre. Quienes se hayan sentido turbados por lo que describo y tentados de
imitar estas locuras, quienes guarden memoria de mí por mis quimeras, no deben
olvidar que no oyen más que la voz de un muerto. Lector, a quien nunca
conoceré, nada ha quedado de ello: no queda de mí más que lo que soy en manos
del Dios vivo que me ha juzgado.
François-René
de Chateaubriand. Memorias de ultratumba. Acantilado
miércoles, 5 de junio de 2013
martes, 4 de junio de 2013
lunes, 3 de junio de 2013
ALLÁ EN LAS INDIAS
LOS INTESTINOS DE LOS
ISLEÑOS
«Cuando hubimos
corrido setenta leguas en esta dirección, hallándonos por el grado doce de latitud
septentrional y por el ciento cuarenta y seis de longitud, el seis de marzo, que
era miércoles, descubrimos hacia el noroeste una pequeña isla, y en seguida dos
más al sudoeste. La primera era más elevada y más grande que las dos últimas. Quiso
el comandante en jefe detenerse en la más grande para tomar refrescos y
provisiones; pero esto no nos fue posible porque los isleños venían a bordo y
se robaban ya una cosa ya otra, sin que nos fuese posible evitarlo. Pretendían
obligarnos a bajar las velas y a que nos fuésemos a tierra, habiendo tenido aun
la habilidad de llevarse el esquife que estaba amarrado a popa, por lo cual el capitán,
irritado, bajó a tierra con cuarenta hombres armados, quemó cuarenta o
cincuenta casas y muchas de sus embarcaciones y les mató siete hombres. De esta
manera recobró el esquife, pero no juzgó oportuno detenerse en esta isla
después de todos estos actos de hostilidad. Continuamos, pues, nuestra ruta en
la misma dirección. Al tiempo de bajar a tierra para castigar a los isleños,
nuestros enfermos nos pidieron que si alguno de los habitantes era muerto, les
llevásemos los intestinos, porque estaban persuadidos que comiéndoselos habían
de sanar en poco tiempo.
Cuando los nuestros
herían a los isleños con flechas de modo que los pasaban de parte a parte,
estos desgraciados trataban de sacárselas del cuerpo, ya por un extremo ya por
el otro; las miraban en seguida con sorpresa, muriendo a menudo de la herida:
lo que no dejaba de darnos lástima. Sin embargo, cuando nos vieron partir, nos siguieron
con más de cien canoas, y nos mostraban pescado, como si quisieran vendérnoslo;
mas, cuando se hallaban cerca de nosotros, nos lanzaban piedras y en seguida
huían. Pasamos por medio de ellos a velas desplegadas, aunque supieron evitar
con habilidad el choque de las naves. Vimos también en sus canoas mujeres que lloraban
y se arrancaban los cabellos, probablemente porque habíamos muerto a sus maridos.»
Antonio Pigafetta.
Primer viaje alrededor del globo. Fundación Civiliter.
domingo, 2 de junio de 2013
sábado, 1 de junio de 2013
viernes, 31 de mayo de 2013
Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA
No es el muerto quien
provoca el estupor
es la sorpresa de ver
cómo olvidamos
su propia muerte,
nuestro gran dolor.
Queda el muerto,
nosotros nos marchamos.
No es el muerto, no,
quien se retira.
Somos nosotros que
vamos discutiendo,
sobre el cadáver que
mudo nos mira,
la posibilidad de
seguir sobreviviendo.
Cuando en la memoria
al muerto divisamos
(juegos del tiempo,
macabro escandiador)
no es pues al muerto
a quien estamos viendo:
Somos nosotros que
tétricos quedamos
al ver cómo miramos
sin horror
al que en el gran
horror se va pudriendo.
Reinaldo Arenas
jueves, 30 de mayo de 2013
OBITER DICTUM
«Muchas veces me he preguntado por qué me incliné al comunismo. En primer lugar me atrajo su fórmula simplista para resolver el problema social. Al desaparecer los capitalistas y la propiedad privada sobre los medios de producción, las clases sociales perderían su razón de ser y la sociedad entraría en una etapa ininterrumpida de progreso moral y material. Un Estado basado en estos principios, tenía necesariamente que gobernar en beneficio de todo el pueblo. Lo que toda esta utopía resultaba en realidad, lo supe mucho más tarde.»
Manuel Tagüeña.
martes, 28 de mayo de 2013
lunes, 27 de mayo de 2013
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
AUSCHWITZ
“A medida que iba
amaneciendo se hacían visibles los perfiles de un inmenso campo: la larga
extensión de la cerca de varias hileras de alambrada espinosa; las torres de
observación; los focos y las interminables columnas de harapientas figuras
humanas, pardas a la luz grisácea del amanecer, arrastrándose por los desolados
campos hacia un destino desconocido. Se oían voces aisladas y silbatos de
mando, pero no sabíamos lo que querían decir. Mi imaginación me llevaba a ver
horcas con gente colgando de ellas. Me estremecí de horror, pero no andaba muy
desencaminado, ya que paso a paso nos fuimos acostumbrando a un horror inmenso
y terrible. A su debido tiempo entramos en la estación. El silencio inicial fue
interrumpido por voces de mando: a partir de entonces íbamos a escuchar
aquellas voces ásperas y chillonas una y otra vez, en todos los campos. Sonaban
igual que el último grito de una víctima, y sin embargo había cierta
diferencia: eran roncas, cortantes, como si vinieran de la garganta de un
hombre que tuviera que estar gritando así sin parar, un hombre al que
asesinaran una y otra vez…”
Viktor
Frankl
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