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lunes, 13 de octubre de 2014

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE



CICERÓN


LIBRO V

XLV. Cuanto más se agravaba cada día la fiereza del asedio, principalmente por ser muy pocos los defensores, estando gran parte de los soldados postrados de las heridas tanto más se repetían correos a César, de los cuales algunos eran cogidos y muertos a fuerza de tormentos a vista de los nuestros. Había en nuestro cuartel un hidalgo llamado Verticón, que había desertado al primer encuentro, y dado a Cicerón pruebas de su lealtad. Éste tal persuade a un su esclavo, prometiéndole la libertad y grandes galardones, que lleve una carta a César. Él la acomoda en su lanza, y como galo, atravesando por entre los galos sin la menor sospecha, la pone al fin en manos de César, por donde vino a saber el peligro de Cicerón y de su legión.
        XLVI. Recibida esta carta a las once del día, despacha luego aviso al cuestor Marco Craso que tenía sus cuarteles en los belovacos, a distancia de veinticinco millas, mandándole que se ponga en camino a medianoche con su legión y venga a toda priesa. Pártese Craso al aviso. Envía otro al legado cayo Fabio, que conduzca la suya a la frontera de Artois, por donde pensaba él hacer su marcha. Escribe a Labieno, que, si puede buenamente, se acerque con su legión a los nervios. No le pareció aguardar lo restante del ejército, por hallarse más distante. Saca de los cuarteles inmediatos hasta cuatrocientos caballos.
        XLVII. A las tres de la mañana supo de los batidores la venida de Craso. Este día caminó veinte millas. Da el gobierno de Samarobriva con una legión a Craso, porque allí quedaba todo el bagaje, los rehenes, las escrituras públicas, y todo el trigo acopiado para el invierno. Fabio, conforme a la orden recibida, sin detenerse mucho, sale al encuentro en el camino. Labieno, entendida la muerte de Sabino y el destrozo de sus cohortes, viéndose rodeado de todas las tropas trevirenses, temeroso de que si salía como huyendo de los cuarteles, no podía sostener la carga del enemigo, especialmente sabiendo que se mostraba orgulloso con la recién ganada victoria, responde a César, representando el gran riesgo que correrá la legión si se movía. Escríbele por menor lo acaecido en los eburones, y añade que a tres millas de su cuartel estaban acampados los trevirenses con toda la infantería y caballería.
        XLVIII. César, pareciéndole bien esta resolución, dado que de tres legiones con que contaba se veía reducido a dos, sin embargo, en la presteza ponía todo el buen éxito. Entra, pues, a marchas forzadas por tierras de los nervios. Aquí le informan los prisioneros del estado de Cicerón y del aprieto en que se halla. Sin perder tiempo, con grandes promesas persuade a uno de la caballería galicana que lleve a Cicerón una carta. Iba ésta escrita en griego, con el fin de que, si la interceptaban los enemigos, no pudiesen entender nuestros designios; previénele, que si no puede dársela en su mano, la tire dentro del campo atada con la coleta de un dardo. El contenido era: «que presto le vería con sus legiones», animándole a perseverar en su primera constancia. El galo, temiendo ser descubierto, tira el dardo según la instrucción. Éste, por desgracia, quedó clavado en un cubo, sin advertirlo los nuestros por dos días. Al tercero reparó en él un soldado, que lo alcanzó, y tajo a Cicerón, quien después de leída, la publicó a todos, llenándolos de grandísimo consuelo. En eso se divisaban ya las humaredas a los lejos, con que se aseguraron totalmente de la cercanía de las legiones.


Julio Cesar. La guerra de las Galias. Ediciones Orbis.