viernes, 13 de junio de 2014

OBITER DICTUM







“La sinceridad, expresión de la inadaptabilidad a las ambigüedades esenciales de la vida, deriva de una vitalidad vacilante. Quien la practica no se expone al peligro como se cree comúnmente, sino que ya está en peligro, al igual que todo hombre que separa la verdad de la mentira.
 La inclinación a la sinceridad es un síntoma enfermizo por excelencia, una crítica de la vida. Quien no ha matado en sí mismo al ángel está destinado a la desaparición. Sin yerros no se puede respirar ni tan siquiera un instante.”

E. M. Cioran.

martes, 10 de junio de 2014

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






CANCIONES



“--La ruta comercial es el Trazo de Canción—afirmó Flynn. –Porque el principal medio de intercambio son las canciones, no los objetos. Comerciar con “objetos” es la consecuencia secundaria del intercambio de canciones.
Antes de que llegaran los blancos, añadió, en Australia nadie carecía de tierra, porque todos y todas heredaban, como propiedad privada, un tramo de la Canción del Antepasado  y el tramo de terreno sobre el cual discurría la canción. Los versos de cada individuo eran sus títulos de propiedad sobre el territorio. Podía prestárselos a otro. Podía tomar prestados otros versos en canje. Lo único que no podía hacer era venderlos o deshacerse de ellos.
¿Y si los Ancianos del clan de la Serpiente Pitón resolvían que era hora de cantar su ciclo de canciones desde el comienzo hasta el fin? Se despachaban mensajes, camino arriba y camino abajo, convocando a los dueños de canciones para que se congregaran en el Lugar Grande. Entonces, cada “propietario” cantaba, cuando le llegaba el turno, su tramo de las huellas del Antepasado. ¡Siempre en el orden correcto!
--Cantar un verso fuera de lugar—manifestó Flynn con talante ceñudo, --era un crimen. Generalmente se castigaba con la pena de muerte.
--Lo entiendo—asentí. – Sería el equivalente musical de un terremoto.
--Peor—sentencio con cara torva. –Implicaría “descrear” la Creación.
Allí donde había un Lugar Grande, continuó, existía la posibilidad de que convergieran los otros Ensueños. De modo que en uno de los corroborees podían participar cuatro clanes totémicos distintos, de cualquier cantidad de tribus diferentes, todos los cuales intercambiarían cantos, danzas, hijos e hijas, y se concederían mutuamente “derechos de paso”.
Cuando pase más tiempo aquí—comentó, volviéndose hacia mí, --oirá la expresión “adquirir conocimiento ritual”.
Todo ello significaba que el individuo estaba ampliando su mapa de canciones. Estaba expandiendo sus opciones, explorando el mundo a través de la canción.
--Imagine a dos hermanos negros que se encuentran por primera vez en una taberna de Alice—dijo. –Uno ensayará un Ensueño. El segundo ensayará otro. Entonces es seguro que algo encajará…
--Y ése—intervino Arkadi, --será el comienzo de una hermosa amistad en torno de la botella.
Todos rieron al oírlo, menos Flynn, que continuó hablando.
La clave siguiente, manifestó, consistía en entender que todo ciclo de canciones saltaba a través de las barreras idiomáticas, independientemente de tribus o fronteras. La huella de un Ensueño podía nacer en el Noroeste, cerca de Broome; desovillar su trayecto a través de veinte o más lenguas; y desembocar en el mar cerca de Adelaida.
--Y sin embargo—dije, --es la misma canción.
-- Los nuestros—dictaminó Flynn, --afirman que reconocen una canción por su “sabor” o su “olor”… y a lo que se refieren, por supuesto, es a la “cadencia”. La cadencia sigue siendo siempre la misma, desde los primeros acordes hasta el final.
         --La letra puede cambiar—volvió a interrumpirlo Arkadi, --pero la melodía perdura-
         --¿Eso significa que un joven andariego podría cantar su camino de un extremo a otro de Australia con la única condición de que pudiera tararear la melodía correcta?—inquirí.
         --Teóricamente, sí—asintió Flynn.
         Alrededor de 1900, un habitante de Arnhemland atravesó el continente a pie en busca de esposa. Se casó en la costa sur y volvió caminando con su esposa y su flamante cuñado. Luego el cuñado se casó con una chica de Arnhemland y la llevó andando hasta el sur.
         --Pobres mujeres—comenté.
         --Es la aplicación práctica del tabú del incesto—explico Arkadi. – Si quieres sangre fresca, tienes que caminar para conseguirla.”


Bruce Chatwin. Los trazos de la canción. Muchnik Editores.

viernes, 6 de junio de 2014

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





EN TANGANIKA


“Nos embarcamos el 10 de abril para la isla desierta de Bangüé, que está situada en frente de Kehuili. Nuestra navegación, pues, comenzó verdaderamente el 12. Mi canoa, llevando por primera vez sobre estas aguas la bandera que desde hace mil años desafía tempestades  y combates, salió de la concha de Bangüé, seguida por la del capitán Speke, dobló la punta de la bahía y se dirigió hacia la región desconocida que constituye la parte septentrional del Tanganica.
Nuestra tripulación no remaba con regularidad ni en silencio. Estos hijos de la Onda, como ellos se llaman, acompañan el juego de sus pagayas o remos con un griterío prolongado y melancólico, emitido por solistas, a quienes responde gimiendo la voz del coro. De vez en cuando se elevan los gritos de alegría de los adolescentes, que producen en los adultos una violenta excitación, y el ruido de los cuernos y del tam-tam, que dos marinos hacen retumbar en la proa de cada canoa.
Cuando dos piraguas marchan unidas, se establece entre ellas una verdadera lucha para ver quién marcha a la cabeza. Esto produce choques en ocasiones, y la dificultad para utilizar las pagayas, que chocan unas contra otras, resulta un pretexto para descansar, gritarse e insultarse, actividades sin las cuales en este país dejaría de haber conversación.
A diferentes intervalos, se detienen para comer, beber y fumar, llenando a todas horas su pipa de cáñamo, para ponerse después a remar en medio de los gritos y la tos que produce el consumo de este narcótico. Pero si las paradas son numerosas cuando se trata de las costumbres o caprichos de los remeros, es imposible lograr la más breve pausa cuando somos nosotros quienes hemos de aprovecharla.
En consecuencia, me fue imposible asegurarme de la profundidad del lago, que según los indígenas no puede ser medido sino en las orillas. La tripulación hubiera preferido verme en el fondo del lago antes que detenerse un solo instante para tal operación. Y sin embargo, a veces, en los instantes más preciosos, perdía una hora para apoderarse de un pez muerto que flotaba en el agua. Nunca pasamos por delante de una aldea sin que hubiera una disputa: unos querían asaltarla, y los demás se oponían simplemente por llevar la contraria. La querella seguía su curso, y cuando la canoa llegaba a la orilla, lo que sucedía  a menudo, los remeros saltaban a tierra sin consultar más que a sus propios deseos.
De esta forma, los altos no se hacen a horas fijadas ni con un objeto determinado. Después del desembarco, cada cual se marcha por su lado, unos en busca de víveres y leña, y otros para echarse a dormir bajo abrigos improvisados.
Cuando los indígenas se alejan de sus casas, multiplican las paradas, mueven los remos con gran lentitud, y en consecuencia se avanza bastante poco. Cuando regresan, contrariamente, viajan con tan furiosa actividad, que llegan a poner en peligro la vida del viajero.
A pesar de lo insalubre del clima, que pasa continuamente de un frío húmedo a un calor sofocante, las tripulaciones numerosas y bien armadas se detienen en Vuafaña para tomar un alimento copioso cuando se dirigen hacia el norte y para embarcar provisiones cuando vuelven a sus casas. Por lo demás, a estas brisas perpetuas que se alternan con rayos ardientes debe este distrito su fertilidad.
El carácter poco hospitalario de los indígenas no permite que se comercie con ellos ni que se viaje atravesando el Rundí. Nuestra tripulación se dispuso, por este motivo, a alejarse de su litoral y a atravesar el Tanganica, dividido en esta latitud por la isla de Bueri.
Esta isla, la única que se encuentra en el centro del lago, es una roca de cuarenta kilómetros de longitud por ocho de anchura media, que tan pronto se inclina hacia la superficie del lago como se levanta en abruptos promontorios desgarrados ocasionalmente por gargantas  más o menos estrechas. Verde desde la cima a la base, Bueri está cubierta de una vegetación tal vez más rica y abundante que la de las márgenes del lago. Hacia la derecha el suelo aparece cuidadosamente cultivado; pero el viajero no puede llegar más que a los emplazamientos principales, porque las selvas de sus colinas abrigan una población formidable y feroz, y cada matorral, o al menos eso es lo que se cree, oculta a un cazador ávido de carne humana.
El18 de abril amaneció sombrío y amenazador. Espesas nubes violetas ocultaban el horizonte septentrional del cielo. A pesar de todo, nos embarcamos para dirigirnos a la isla. Apenas los remeros habían tomado posesión de sus barcas, volvieron a la orilla para coger algunas cargas de mandioca, mientras el capitán y yo permanecíamos en las piraguas.
De repente oí un griterío inusitado: vi a nuestros remeros acercarse a toda prisa, y a Khudabach, perseguido por una legión de negros lanza en ristre, trepar por las rocas mientras un salvaje completamente desnudo saltaba tras él a cierta distancia, blandiendo con una mano el sable del beluchistano, cuya vaina llevaba en la otra. Cannena presidía el tumulto con su presencia, y las risas de la multitud demostraron que no había en ella mala intención.”

Richard Burton. Las Montañas de la Luna. Valdemar.

martes, 3 de junio de 2014

ALLÁ EN LAS INDIAS





EL TLAXTECA TLALHUICOLE


       “Otro día siguiente biene un mensajero a Monteçuma como tenían preso y a buen rrecaudo al Tlalhuicoles. E otro día binieron doze prençipales con el Tlalhuicole y luego le subieron al templo de Huitzilopochtli y començólo a rrodear el templo y la gran piedra degolladero y con él otros muchos tlaxcaltecas y todos abaxaron y subieron a la gran casa del rrey Monteçuma. Mandolo trar a donde estaua Monteçuma para beer tanta fortaleza tenía al que espantaua a los de Huexoçingo y, bístolo, dixo el Tlalhuicolee: "Señor, seáis bien hallado con ura rreal corte. Yo soi el otomi llamado Tlahuicolee. Me tengo por dichoso de beer bisto ura rreal prezençia y abeer rreconosçido ymperio tam baleroso y tan generoso emperador como bos sois, que agora lo acabo de beer y creer, que es más de lo que por a se trata". Díxole Monteçuma: "Seáis bien benido, que no baca de misterio, que no es cosa mugeril esto, usança es de guerra, oy por mí, mañana por ti. Descansad y sosegad. No tengáis pena". Mandóle dar de bestir todo tiguereado, como baliente soldado hera, y pañetes muy labrados y una beçolera de esmeralda y orexera de oro e le hizo gran cortesía Monteçuma, e luego le dio una diuisa que llaman quetzaltonameyutl, que es una plumería con un sol llano rrelumbrante como espexo. Y cada día lloraua acordándose de las mugeres tenía, diziendo: "¿Es posible, mugeres mías, que jamás os beré de mis ojos?" Oydolo Monteçuma, rresçibió mucha pesadumbre de ello, dixo: "¿Qué os paresçe de ello a bosotros? ¿Esto no es cobardía y afrenta grande? los canpos de Huexoçingo y Cholula y Tlaxcalam, ¿no murieron allá Yxtlilcueechahuac: y Mactlacuia, Macuil Macuilmalinal y el Çeçepatic y Quitzicuacua? ¿Estos no fueron tan balerosos como él y tan grandes prençipales no fueron? ¿Acordáronse de sus mugeres? Dezilde que es grande afrenta que da a la sangre yllustre. Dezilde que dize Monteçuma, que digo yo, se baya a su tierra, que es mi boluntad esta, que da afrenta su temor de morir a todos los barones prençipales mexicanos de esta corte, baya a beer a las que por ellas llora noche y día". tendídolo el Tlalhuicolee, no lloró más, ni habló, ni chiztó. Fuéronlo a dezir a Monteçuma e mandó a los calpixques que tanpoco le diesen de comer ni nada le dixesen, " se baya cada se quiera yr". Y como esto bido Tlahuicole, andaua de casa en casa pidiendo de comer y bisto el poco caso que dél se hazía e que tanpoco hallaua quien le diese de comer, fue a un cu alto de Tlatelulco y subido allá, despeñóse de allá y murió.”


Hernando Alvarado Tezozómoc. 
Crónica Mexicana.

viernes, 30 de mayo de 2014

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE









EL ÚLTIMO VIAJE DE CLEODEMO I


“Cleodemo, ateniense, que predecía las violencias marítimas y volcánicas por observación natural, entendía también las desdichas y delirios del pensamiento y en él lucía la misericordia de Sócrates reduciendo la maldad a desconocimiento y error. Por lo que da a entender Kratevas, éste confundía a Mitrídates haciéndole sentir de mil discretas maneras el extravío y la burla de correr tras las potencias de un dios miserable, y el mismo sentimiento prendía en quienes usaban claridad de juicio. Cundían las palabras dichas entre dientes, y lo supo el rey, y se levantó en él la ira, y vino a decirle a Cleodemo que, en el término de los días del viaje de Sinope a Cerasonte, hiciera ofrenda sacrificial al Sabacio.
         “Para sacrificar ante el rostro de ese dios no necesito hacer viaje, pero, en Sinope, temo ofender a mi rey en su humanidad.” Ésta fue, según Kratevas, la contestación de Cleodemo a Mitrídates y, bajo la limpia admonición del filósofo, el caudillo póntico debió de sentir algún desconcierto; pero resolvió duro y veloz: permaneciendo en Sinope y pasado el plazo del viaje, al anochecer por tanto del sexto día, Cleodemo, embetunado, ardería luminoso sobre la colina más alta entre las que dominaban la ciudad. Y ya se iba el rey, cuando, tocado quizá por la pureza del ateniense, volvió sobre sus pasos para decirle:”También puedes matarte antes tú mismo”.
         Relata Kratevas que acudió tres días a la pieza de Cleodemo, y el primer día estaba en el jardín y se sentía un mirlo. Hablaron del color dorado de la sal euxina, debido tanto a la declinación boreal de la luz como a las sortijas que sobre la desecación en sus lagos producía el latido del mar en la materia blanca, pero que al fin era arte de la mirada ya que el color no estaba en la substancia. Y dice Kratevas que, en las palabras de Cleodemo se alcanzaba una celebración de la vida, aclamando que la apariencia de la sal no fuese emanación fría de la naturaleza sólida, sino propiedad del órgano cuyos suaves tejidos permiten que el fuego interior pase a su través y, siendo más fino que las aguas oculares, reúna los espíritus del hombre que mira con los de las cosas, obrándose así la existencia de un fluido en el que la belleza participa con sus átomos.
         En el segundo día, Cleodemo (ya el sol buscaba su horizontal y las sombras descendían de los montes) contemplaba desde su terraza las grandes escamas del vecino desierto, y lo hacía a través de un arco de marfil graduado en intervalos según los números perfectos de Anaximandro, componiendo después por octavas el desplazamiento de dos delgadas cuerdas, verticales entre sí tensadas sobre el arco. Cleodemo mantuvo algún tiempo en silencio a Kratevas, mientras adelantaba las cuerdas dos centésimas de grado. Después le ofreció frutas lavadas y mantenidas a la sombra, y, contestando a preguntas del botánico, uso en claro cómo sosteniendo en una misma línea visual las cuerdas de seda y el perfil de las dunas en dos de sus lados, al progresar éstas se iba produciendo una proximidad angular y, cumplido un año selénico (del que apenas había transcurrido la tercera parte), el grado obtenido representaría la suma de los vientos, en su fuerza y orientación, para un ciclo diez veces mayor, resultando que la acumulación sucesiva de estas mediciones predecía, en cifra reducible a estadios, el movimiento del desierto. Prosigue Kratevas diciendo que, el tercer día, admirado de la paz que advertía en Cleodemo, se atrevió a declararle la intención de sus visitas, y ésta era que no llegase al término en que recibiría tortura, ya que estaba en mano tomar la muerte sin aspereza con el tóxico que le ofrecía: una composición en la que el opio había sido encendido y perfumado con miel libada del acónito, perfeccionando la suma con azafrán, que dilata las venas con dulzura de modo que la substancia entra veloz y suavemente al corazón. Y escribe Kratevas:
         “Cleodemo recibió mi ofrecimiento con afectuosa sonrisa, rechazándolo al mismo tiempo con tranquilos movimientos de cabeza, y, apretándole yo con ruegos y razones, me hizo notar, en sosegada manera, que la voluntad de Mitrídates le impedía disponer su muerte más blanda y silenciosa, precisamente porque le había autorizado a matarse y no podía él, Cleodemo, hacer uso de la piedad de un hombre injusto. Y, sin más diálogo a este propósito, llevó las palabras al trabajo y la intención del día, que eran instruirme en el significado y arte de la visión hendida por las cuerdas de seda, adiestrando mis manos de modo que, dóciles al pensamiento aritmético, pudiesen sustituir a las suyas hasta el cabo del año lunar, cuando habría de completarse la profecía científica.”

Antonio Gamoneda. Libro de los venenosEdiciones Siruela.

miércoles, 28 de mayo de 2014

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






ROMA



“La mala policía de Roma se ve desde luego en la suciedad de sus plazas y calles, que sirven de basurero a la vecindad, exceptuando algunas, que parece que tienen privilegio exclusivo para estar limpias, a cada paso se hallan, en los parajes más públicos de la ciudad, montones de basura hediondos, que impiden el paso y apestan el aire. Cualquiera que haya paseado las cercanías de la Plaza de España, que es una de las barriadas más frecuentadas de Roma, habrá visto hasta qué punto llega la desidia del Gobierno en esta parte. En Roma no hay más alumbrado público que el de la luna; cuando ésta falta, todo es tinieblas. La salida de los teatros, a media noche, por callejuelas puercas, oscurísimas entre la confusión de los coches, que corren disparados por todas partes, sin haber quién los contenga ni los ordene, es una de las más difíciles y peligrosas operaciones que tiene que hacer la gente de a pie; todo cochero tiene derecho de atropellar y aplastar impunemente a cuantos animales, llamados hombres, encuentre al paso. Los mendigos son otros tantos basureros ambulantes, que se atraviesan por las calles, entran en las tiendas y los cafés casi desnudos, llenos de jirones y arambeles, hinchados, llenos de costras y úlceras, monstruosos, hediondos, acompañando sus gestos y convulsiones con plegarias lamentables. Otros, que tienen puesto fijo en los parajes más concurridos de la ciudad, se tienden por el suelo, se agrupan con dos o tres chiquillos sarnosos y acancerados, o se ponen de rodillas, cubiertos de una sotana negra, con una cruz en la mano, los brazos abiertos, cerrados los ojos, la barba larga, macilento el color, la voz profunda, con un farol de papel puesto en el suelo, que ilumina de noche la figura y el rostro, produciendo un efecto de luces y sombras digno de los pinceles del Caravaggio; éstos, y las mujeres que se cubren con un trapajo negro la cabeza y el pecho, y prenden un cartel, donde se dice que es una señora, viuda de un capitán, mujer de obligaciones, con cuatro criaturas..., son ciertamente los que menos remueven el estómago; pero también son los más impostores, ninguno de ellos vi que no gozase de salud perfecta, los demás ganan el pan a costa de sus miembros, y por muchos cuartos que recojan, no se les pagan las crueles operaciones que sufren para ejercitar la caridad pública.
No hay extravagancia inglesa que ya no se imite en Italia, ya es moda emborracharse con ponche, hartarse de cerveza, estragarse el estómago con té, dejarse crecer las patillas, cortar las colas a los caballos, correr en ellos, y caer y matarse, gracias a la ridícula construcción de sus sillas, componer comedias que hacen llorar, tragedias que hacen reír, admirar a Milton y criticar al Taso. Y entre tantas cosas como se imitan de aquella nación, no se ha imitado hasta ahora la caridad bien entendida, el arreglo admirable de que cada ciudad y cada parroquia mantenga sus pobres, que no se confundan los infelices con los pícaros, que no se vean espectáculos tan repugnantes e indecentes, que la vejez, la enfermedad, las desgracias humanas hallen un alivio seguro en la protección celosa del Gobierno y en la caridad cristiana, que favorece sus ideas; y la impostura, la holgazanería y los vicios que la acompañan, un castigo inevitable en los calabozos y las galeras.
Habiendo hablado ya de la poca limpieza en las calles de Roma, debe inferirse, por consecuencia, que el barrio de los judíos será un muladar asqueroso y pestífero, porque al descuido general del Gobierno se añade la suciedad y sordidez que particularmente caracteriza al pueblo de Dios. Estos infelices, que pasan de cuatro mil entre chicos y grandes (número que no se incluye en la población total de Roma), viven en un barrio que se cierra de noche en malas habitaciones, amontonados unos sobre otros, por la estrechez del sitio. Aquél es el recogedero de los trapajos más sucios, y aquélla la fábrica donde las reliquias fétidas de lo basureros se convierten en lienzos, paños, sedas y vestidos, que al quererlos usar se deshacen en átomos invisibles. Esta es su principal industria, y éste su comercio; su aplicación, su actividad, son admirables; pagan crecidos tributos, viven oprimidos y despreciados; se sustentan en fuerza de lo que mienten y lo que engañan, pero el Gobierno no les permite otros medios de prosperar. Han solicitado que se les venda un terreno dentro de Roma, para edificar en él un barrio más sano y de una extensión proporcionada a su número, y no lo han podido conseguir, el populacho los detesta, los escarnece, y les compra sus pérfidas mercancías; no hay conmoción popular que no amenace su destrucción. Cuando se alborotó la plebe de Roma, cuatro años ha, y cometió con superior impulso el execrable asesinato de Basville, la turba feroz de los trastiberinos iba ya de mano armada a quemar y saquear el barrio de los judíos, como si hubiese alguna conexión entre la superstición judaica y la constitución francesa entre el Tálmud y los Derechos del Hombre, pero esto prueba a qué estado de opresión y envilecimiento están reducidos. Enfrente de una de sus puertas hay una iglesia, en cuya fachada está pintado un Cristo, con dos inscripciones al pie, una en latín y otra en hebreo, para que lo entiendan mejor, sacadas del capítulo 65 de Isaías; la latina dice así: «Expandi manus meas tota die ad populum incredulum qui graditur in via non bona post cogitationes suas. Populus qui ad iracundiam provocat me ante faciem meam semper».”

Leandro Fernández de Moratín. Viage a Italia. Madrid. M. Rivadeneyra.

lunes, 26 de mayo de 2014

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




LA FLOR DE COLERIDGE



«Hacia 1938, Paul Valéry escribió: “La Historia de la literatura no debería ser la historia de los autores y de los accidentes de su carrera o de la carrera de sus obras sino la Historia del Espíritu como productor o consumidor de literatura. Esa historia podría llevarse a término sin mencionar un solo escritor.” No era la primera vez que el Espíritu formulaba esa observación; en 1844, en el pueblo de Concord, otro de sus amanuenses había anotado: “Diríase que una sola persona ha redactado cuantos libros hay en el mundo; tal unidad central hay en ellos que es innegable que son obra de un solo caballero omnisciente” (Emerson: Essays, 2, VIII). Veinte años antes, Shelley dictaminó que todos los poemas del pasado, del presente y del porvenir, son episodios o fragmentos de un solo poema infinito, erigido por todos los poetas del orbe (A Defence of Poetry, 1821).



Esas consideraciones (implícitas, desde luego, en el panteísmo) permitirían un inacabable debate; yo, ahora, las invoco para ejecutar un modesto propósito: la historia de la evolución de una idea, a través de los textos heterogéneos de tres autores. El primer texto es una nota de Coleridge; ignoro si éste la escribió a fines del siglo XVIII, o a principios del XIX. Dice, literalmente:



Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… entonces, ¿qué?”.



No sé qué opinará mi lector de esa imaginación; yo la juzgo perfecta. Usarla como base de otras invenciones felices, parece previamente imposible; tiene la integridad y la unidad de un terminus ad quem, de una meta. Claro está que lo es; en el orden de la literatura, como en los otros, no hay acto que no sea coronación de una infinita serie de causas y manantial de una infinita serie de efectos. Detrás de la invención de Coleridge está la general y antigua invención de las generaciones de amantes que pidieron como prenda una flor.



El segundo texto que alegaré es una novela que Wells bosquejó en 1887 y reescribió siete años después, en el verano de 1894. La primera versión se tituló The Chronic Argonauts (en este título abolido, chronic tiene el valor etimológico de temporal); la definitiva, The Time Machine. Wells, en esa novela, continúa y reforma una antiquísima tradición literaria: la previsión de hechos futuros. Isaías ve la desolación de Babilonia y la restauración de Israel; Eneas, el destino militar de su posteridad, los romanos; la profetisa de la Edda Saemundi, la vuelta de los dioses que, después de la cíclica batalla en que nuestra tierra perecerá, descubrirán, tiradas en el pasto de una nueva pradera, las piezas de ajedrez con que antes jugaron… El protagonista de Wells, a diferencia de tales espectadores proféticos, viaja físicamente al porvenir. Vuelve rendido, polvoriento y maltrecho; vuelve de una remota humanidad que se ha bifurcado en especies que se odian (los ociosos eloi, que habitan en palacios dilapidados y en ruinosos jardines; los subterráneos y nictálopes morlocks, que se alimentan de los primeros); vuelve con las sienes encanecidas y trae del porvenir una flor marchita. Tal es la segunda versión de la imagen de Coleridge. Más increíble que una flor celestial o que la flor de un sueño es la flor futura, la contradictoria flor cuyos átomos ahora ocupan otros lugares y no se combinaron aún.



La tercera versión que comentaré, la más trabajada, es invención de un escritor harto más complejo que Wells, si bien menos dotado de esas agradables virtudes que es usual llamar clásicas. Me refiero al autor de La humillación de los Northmore, el triste y laberíntico Henry James. Este, al morir, dejó inconclusa una novela de carácter fantástico, The Sense of the Past, que es una variación o elaboración de The Time Machine. El protagonista de Wells viaja al porvenir en un inconcebible vehículo que progresa o retrocede en el tiempo como los otros vehículos en el espacio; el de James regresa al pasado, al siglo XVIII, a fuerza de compenetrarse con esa época. (Los dos procedimientos son imposibles, pero es menos arbitrario el de James.) En The Sense of the Past, el nexo entre lo real y lo imaginativo (entre la actualidad y el pasado) no es una flor, como en las anteriores ficciones; es un retrato que data del siglo XVIII y que misteriosamente representa al protagonista. Este, fascinado por esa tela, consigue trasladarse a la fecha en que la ejecutaron. Entre las personas que encuentra, figura, necesariamente, el pintor; éste lo pinta con temor y con aversión, pues intuye algo desacostumbrado y anómalo en esas facciones futuras… James, crea, así, un incomparable regressus in infinitum, ya que su héroe, Ralph Pendrel, se traslada al siglo XVIII. La causa es posterior al efecto, el motivo del viaje es una de las consecuencias del viaje.



Wells, verosímilmente, desconocía el texto de Coleridge; Henry James conocía y admiraba el texto de Wells. Claro está que si es válida la doctrina de que todos los autores son un autor, tales hechos son insignificantes. En rigor, no es indispensable ir tan lejos; el panteísta que declara que la pluralidad de los autores es ilusoria, encuentra inesperado apoyo en el clasicista, según el cual esa pluralidad importa muy poco. Para las mentes clásicas, la literatura es lo esencial, no los individuos. George Moore y James Joyce han incorporado en sus obras, páginas y sentencias ajenas; Oscar Wilde solía regalar argumentos para que otros los ejecutaran; ambas conductas, aunque superficialmente contrarias, pueden evidenciar un mismo sentido del arte. Un sentido ecuménico, impersonal… Otro testigo de la unidad profunda del Verbo, otro negador de los límites del sujeto, fue el insigne Ben Jonson, que empeñado en la tarea de formular su testamento literario y los dictámenes propicios o adversos que sus contemporáneos le merecían, se redujo a ensamblar fragmentos de Séneca, de Quintiliano, de Justo Lipsio, de Vives, de Erasmo, de Maquiavelo, de Bacon y de los dos Escalígeros.



Una observación última. Quienes minuciosamente copian a un escritor, lo hacen impersonalmente, lo hacen porque confunden a ese escritor con la literatura, o hacen porque sospechan que apartarse de él en un punto es apartarse de la razón y de la ortodoxia. Durante muchos años, yo creí que la casi infinita literatura estaba en un hombre. Ese hombre fue Carlyle, fue Johannes Becher, fue Whitman, fue Rafael Cansinos-Asséns, fue De Quincey.»



Jorge Luis Borges.

Otras inquisiciones.

Emecé Editores.

viernes, 23 de mayo de 2014

ALLA EN LAS INDIAS




POTOSÍ


A la fama de tanta plata, luego se comenzó a despoblar, aunque no del todo, el asiento de Porco y se pasó a Potosí, y poblaron los españoles desta otra parte de un arroyo que pasa al pie del Guayna Potosí; los indios, de la otra parte del arroyo, al pie del cerro; mas como se fue multiplicando la gente, también a la parte de los españoles se poblaron no pocos indios, y entre ellos los Carangas a las espaldas de los nuestros. El asiento, así del pueblo de los españoles como de los indios, no es llano, sino en una media ladera, como se requiere en tierra que llueve; el un asiento y el otro lleno de manantiales de agua que Dios nuestro Señor proveyó allí para el beneficio que agora se hace de los metales; si no, ya se hobiera despoblado la mayor parte por falta della, y los manantiales y fuentes, unos están sobre la faz de la tierra, otros a un estado y a menos; el que a dos es muy fondo. El agua en unas partes es mejor que otra, poca para que se pueda beber; guísase con ella de comer y lávase la ropa; no se halla casi cuadra que no tenga muchos manantiales, ni casas sin pozos, y en las calles en muchas dellas revienta el agua. Cuando los metales acudían a mucho más que agora, no los fundían los españoles, sino los indios se los compraban y beneficiaban, y acudían con el precio al criado del señor de la mina. Desta manera el señor de la mina tenía su mayordomo que della tenía cuidado, de hacer los indios ó yanaconas barreteros labrasen, y sacasen el metal a la boca de la mina, adonde cada sábado llegaba el indio fundidor, mirábalo, concertábase por tantos marcos y a otro sábado infaliblemente la traía la plata concertada; estos indios llevaban el metal a sus casas, y lo beneficiaban, y fundían, no con fuelles, porque el metal deste cerro no las sufre; la causa no se sabe; el metal cernido y lavado echábanlo á boca de noche en unas hornazas que llaman guairas, agujereadas, del tamaño de una vara, redondas, y con el aire, que entonces es más vehemente, fundían su metal; de cuando en cuando lo limpiaban y añadían carbón, como vian era necesario, y el indio fundidor para guarecerse del aire estábase al reparo de una paredilla sobre que asentaba su guaira, sufriendo el frío harto recio; derretido el metal y limpio de la escoria, sacaba su tejo de plata y veníase a su casa muy contento. Había a la sazón en el cerro que dijimos se desmiembra de Potosí, y a la redonda del pueblo, más de cuatro mil guairas, que por la mayor parte cada noche ardían, y verlas de fuera y aun dentro del pueblo no parecía sino que el pueblo se abrasaba.


Reginaldo Lizárraga. Descripción Colonial.

viernes, 16 de mayo de 2014

OBITER DICTUM




“Si los primeros jacobinos habían sido lentos al poner en acción sus teorías educativas, pronto reconocieron la significación del lenguaje como base de la nacionalidad, y trataron de obligar a todos los habitantes de Francia a que utilizaran la lengua francesa. Mantenían que el éxito de un gobierno por “el pueblo”, y de la acción colectiva de la nación, dependían no sólo de cierta uniformidad de hábitos y costumbres, sino también, y más, de la identidad de ideas e ideales, que podía lograrse por medio de discursos, la imprenta, y otros instrumentos de educación, con tal que emplearan uno y el mismo lenguaje. Ante el hecho histórico de que Francia no era una unidad lingüística –de que, por añadidura, a los dialectos muy distintos de las diferentes partes del país, se hablaban lenguas “extranjeras” en el Oeste, por los bretones; en el Sur, por los provenzales, vascos y corsos; en el Norte, por los flamencos, y en el Noroeste, por los alemanes alsacianos—, resolvieron baldonar y suprimir los dialectos y las lenguas extranjeras y forzar a todos los ciudadanos franceses a que aprendiesen y utilizaran la lengua francesa.”


Carleton Hayes.