miércoles, 20 de mayo de 2015

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA




A CRIANÇA QUE PENSA EM FADAS


A criança que pensa em fadas e acredita nas fadas
Age como um deus doente, mas como um deus.
Porque embora afirme que existe o que não existe
Sabe como é que as cousas existem, que é existindo,
Sabe que existir existe e não se explica,
Sabe que não há razão nenhuma para nada existir,
Sabe que ser é estar em algum ponto
Só não sabe que o pensamento não é um ponto qualquer.


Alberto Caeiro.

lunes, 18 de mayo de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






EL CIELO DE CEILÁN


        “Llegada a Ceilán, el cinco de noviembre a las doce y media del mediodía. A partir de las once se ven surgir en el este nubes azuladas, pico de brumas, masas más espesas que los vapores que se prolongan encima del horizonte. Este cielo del océano índico, bajo el monzón del nordeste, tiene un infinito número de planos. Al oeste, unas nubes espesas son verdaderamente azules, del azul índigo que debería tener el cielo puro de Extremo Oriente. Todo el contorno del mar es una franja sombría, y, por encima de ella, dividas como vedijas de lana diversificadas, penetradas de aire azul en sus intervalos, unas nubes violetas, púrpura, lechosas, rosas de aurora, recortadas, consteladas, deshojadas. Por encima de un mar gris, amarillo, verdusco, sombrío y terriblemente plomizo bajo el calor húmedo que pesa cada vez más. Después del almuerzo me encontré de nuevo con la misma aparición que en la isla de Minikoï: una línea de espuma contra una barrera amarilla de oro y, encima, el abanico enjuto y verde que se despliega sobre la cabeza de los cocoteros; más allá, unas masas verdes oscuras, como bañadas de vapor cálido, una verdura fuerte, húmeda y templada, hacia la cual avanza el Ville de la Ciotat.”


Marcel Schwob. Viaje a Samoa. Ediciones Folio.

sábado, 16 de mayo de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





NOCHE DE VERANO


«Se oyó un portazo y tuvimos la impresión de estar en una fosa común. Hubo mujeres que comenzaron a sufrir ataques de nervios y que, histéricas, gesticulaban su terror a gritos. Cinco o seis veces volvió a temblar el sótano, sacudido por una amenaza irresistible. Toda la gente, aterrorizada, y yo con ella, se apretaba entre sí, pese a la desagradable sensación de ahogo debida a la insuficiencia de ventilación. Una hora después de haber entrado en él, calmada la galerna explosiva, salí del afortunado refugio para descubrir, al resplandor de decenas de incendios, un paisaje dantesco e irreal. El canal reflejaba en sus aguas súbitamente iluminadas la imagen de una ciudad en llamas que se consumía inevitablemente al lado de sus orillas. Grotescos escombros sembraban, entre dos gigantescas grietas, los restos de una calle limpia, de aceras con bordillo pintado de blanco. Una humareda acre, golosa y asesina elevaba una constelación de pavesas familiares que se perdían en el cielo de una noche de verano infernal. Por todas partes había gente que corría y, como en Magdeburgo, fui requisado inmediatamente para los trabajos de desescombro.»


Guy Sajer.

El soldado olvidado.

Books4pocket.


jueves, 14 de mayo de 2015

OBITER DICTUM






«La escuela me había ido ganando lentamente. Ahora no la hubiera cambiado por la mejor diversión. Ni faltaba nunca a clase. Uno de los maestros nos puso expeditos en sumas, restas, multiplicaciones, consumadas en grupo en voz alta, gritando el resultado el primero que lo obtenía. En la misma forma nos ejercitaba en el deletreo o spelling, que constituye disciplina aparte en la lengua inglesa. Periódicamente se celebraban concursos. Gané uno de nombres geográficos, pero con cierto dolo. Mis colegas norteamericanos fallaban a la hora de deletrear Tenochtitlán y Popocatépetl. Y como protestaran, expuse:

—¿Creen que Washington no me cuesta a mí trabajo?»

José Vasconcelos.

martes, 12 de mayo de 2015

OBITER DICTUM





Está claro, pues, que nos es imprescindible tener noticias sobre los autores que escribieron cosas oscuras o imperceptibles al entendimiento si queremos interpretar sus escritos. Por la misma razón, para que podamos elegir entre las diversas lecturas de historias oscuras, es necesario saber de quiénes eran los ejemplares en los que fueron halladas las diversas lecturas y saber si acaso no se encontraron otras muchas en copias de otros hombres de más autoridad.


Baruch de Spinoza.

domingo, 10 de mayo de 2015

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






        MOSCA


Ángel fui, de belleza henchido,
de hombres y mujeres celebrado,
hoy mi rostro recuerda al pecado
y miro con el ojo de la mosca.

Efebo fui, rey del blanco esperma,
mi culo fue entre otros celebrado:
hoy miro con el ojo de la mosca.

Amé la primavera, temí la muerte:
hoy la noche del alcohol es todo lo que queda
y la mosca vuela en torno del retrete.

Rey de la palabra, mis poemas
fueron de todos ensalzados:
hoy sólo es el insistente zumbido de la mosca
volando y volando en torno del retrete.
Negra es mi alma, negro es mi olor,
peor aún: sin color ni forma,
sólo el insistente zumbido de la mosca
que susurra en la noche por todos mis amores perdidos
y caídos en la sombrea del retrete.

Luché contra Babel, y la llené de sangre
buscando en ella la belleza, el orden, la
justicia: no preveía
este final al borde del retrete,
donde mis días son atrozmente el mismo
día, mirado por el ojo de la mosca:
volando, volando en torno del retrete.

Tú, que fuiste rubia, y que me amaste,
di algo, una palabra solamente
a esta mosca que no es digna aún ni nunca
de entrar en tu casa, donde otras moscas
vuelan y vuelan en torno del retrete.

La elegía, la oda, la aliteración, la metáfora,
el verso acentual y el verso latino
nada decían de esta mosca final
esperando aquí para siempre, absurdamente
vigilando la tapa del retrete.

Y moriré algún día como la mosca
española, que dura un poco más
en el invierno cayendo seca al suelo
para que otra mosca también,
nacida héroe o poeta,
¡vuele, vuele otra vez sobre la tapa del retrete!


Leopoldo María Panero

miércoles, 6 de mayo de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




Libro VI, 20


“Me escribes que, conmovido por la carta que, a petición tuya, te escribí sobre la muerte de mi tío, deseas conocer no solo qué temores, sino también qué avatares soporté cuando fui dejado en Miseno (pues me había interrumpido en el comienzo de mi relato). «Aunque mi mente se horroriza de estos recuerdos, empezaré». Cuando mi tío se marchó, pasé el tiempo restante estudiando (pues para eso me había quedado); luego el baño, la cena y el sueño corto y desasosegado. Había habido primero durante muchos días un temblor de tierra, que no causó un especial temor pues es frecuente en Campania; pero ciertamente aquella noche fue tan violento que se creería no que todo temblaba, sino que se daba la vuelta. Mi madre se precipitó en mi dormitorio, yo a mi vez ya me estaba levantando con la intención de despertarla, si estaba durmiendo. Nos sentamos en el patio de la casa, reducido espacio que separaba el mar de los edificios de la finca. Tengo dudas de si debo calificar mi comportamiento de firmeza de ánimo o de estupidez (iba a cumplir dieciocho años): pido un libro de Tito Livio, y me pongo a leerlo, como si no tuviese otra cosa mejor que hacer, e incluso continúo haciendo extractos, tal como había empezado. He aquí que llega a casa un amigo de mi tío materno que había venido hacía poco de Hispania para verle, y cuando nos ve a mi madre y a mí sentados, y a mí además leyendo un libro, nos reprende a ambos, a mí por mi indolencia y a ella por permitirla. No por ello sigo menos absorto en mi lectura. Ya había amanecido, pero la luz era todavía incierta y tenue. Ya los edificios de los alrededores amenazaban ruina y, aunque nos encontrábamos en un espacio abierto, pero estrecho, el miedo de derrumbamiento era cierto y grande. Solo entonces nos pareció oportuno abandonar la ciudad; nos sigue una muchedumbre atemorizada, que, prefiriendo seguir el consejo ajeno que el propio (comportamiento que en el temor se asemeja a la prudencia), con su densa columna nos presiona y empuja en nuestra marcha. Una vez que dejamos atrás nuestras casas, nos detuvimos. Entonces vivimos muchas experiencias extraordinarias, muchos temores. Pues los vehículos que habíamos mandar con nosotros, aunque el campo era completamente llano, empezaron a moverse en direcciones opuestas, y ni siquiera calzados con piedras permanecían quietos sobre el mismo sitio. Además, veíamos que el mar se retiraba sobre sí mismo y se replegaba como empujado por los temblores de la tierra. Desde luego, la costa había avanzado y gran cantidad de animales marinos se encontraban varados sobre las arenas secas. Por el lado opuesto una nube negra y espantosa, desgarrada por ardientes vapores que se retorcían centelleantes, se abría en largas lenguas de fuego, semejantes a los relámpagos, pero de mayor tamaño. Entonces aquel amigo de mi tío que había venido de Hispania, según te he comentado, nos dijo ya con más viveza y energía «Si tu hermano, si tu tío, está todavía vivo, quiere que os pongáis a salvo; si ha muerto, ha querido que le sobrevivieseis. Por ello, ¿por qué os demoráis en buscar la huida?». Le respondimos que no estábamos dispuestos a preocuparnos de nuestra salvación, mientras no tuviésemos noticia de la suya. Él sin detenerse más tiempo, sale corriendo y se aleja del peligro a toda velocidad. Poco después, aquella nube empezó a descender sobre la tierra y a cubrir el mar; había ya rodeado y ocultado la isla de Cápreas, y había borrado de nuestra vista el promontorio de Miseno. Entonces mi madre empezó a rogarme, a suplicarme, a ordenarme que huyese del modo que fuese; diciéndome que un hombre joven podía hacerlo, pero que ella, entorpecida por la edad y su exceso de peso, no podía, y que moriría en paz, si no había sido la causa de mi muerte. Yo le respondí que no me pondría a salvo, a no ser con ella; después, asiéndola de la mano, la obligo a acelerar el paso. Me obedece con dificultad; y se reprocha ser la causa de mi demora. Ya caía ceniza, pero todavía escasa. Volví la vista atrás: una densa nube negra se cernía sobre nosotros por la espalda, y nos seguía a la manera de un torrente que se esparcía sobre la tierra. «Salgamos del camino», le dije, «mientras podamos ver, para no ser derribados al suelo y pisoteados en la oscuridad por la muchedumbre que nos sigue». Apenas nos habíamos sentado un poco para descansar, cuando se hizo de noche, pero no como una noche nublada y sin luna, sino como la de una habitación cerrada en la que se hubiese apagado la lámpara. Podías oír los lamentos de las mujeres, los llantos de los niños, los gritos de los hombres; unos llamaban a gritos a sus padres, otros a sus hijos, otros a sus mujeres, intentando reconocerlos por sus voces; estos se lamentaban de su destino, aquellos del de sus parientes; había incluso algunos que por temor a la muerte pedían la muerte; muchos rogaban la ayuda de los dioses, otros más numerosos creían que ya no había dioses en ninguna parte y que esta noche sería eterna y la última del universo. Y no faltaban quienes, con sus temores irreales y falsos, exageraban los peligros reales. Venían a decir que en Miseno se había desplomado una parte, que otra estaba ardiendo; todas estas noticias eran falsas, pero encontraban quienes las creyesen. De pronto se produjo una tenue claridad, que nos pareció no el anuncio de la llegada del día, sino de la aproximación del fuego. Pero las llamas se habían detenido algo más lejos; luego las tinieblas vinieron de nuevo, las cenizas cayeron de nuevo, esta vez abundantes y densas. Poniéndonos de pie repetidamente la sacudíamos de nuestra ropa; de otro modo hubiésemos quedado enterrados e incluso aplastados por el peso. Podría vanagloriarme de no haber dejado escapar ni un gemido, ni una sola voz más alta que otra en medio de peligros tan grandes, si no hubiese creído que moriría con todo el mundo, y todo el mundo conmigo, consuelo mísero, pero grande, de mi condición de mortal. Finalmente, aquella oscuridad se desvaneció y se dispersó a la manera de humo o de una nube; después se vio la luz del día, un día verdadero; el sol también brilló, amarillento, sin embargo, como suele brillar en los eclipses. Recorríamos con ojos todavía aterrorizados todos los objetos cambiados y sepultados en una profunda capa de ceniza como si se tratase de nieve. Regresamos a Miseno y luego de haber recuperado nuestras fuerzas lo mejor que pudimos, pasamos la noche en tensión, suspensos entre el temor y la esperanza. Se imponía el temor pues los temblores de tierra continuaban, y muchos, que habían perdido la razón, con sus tétricos vaticinios convertían en objeto de burla las desgracias ajenas y las suyas propias. Nosotros, sin embargo, ni siquiera entonces, aunque hubiésemos sufrido los peligros y todavía esperásemos otros, teníamos la intención de partir, hasta que no tuviésemos noticias de mi tío. Tú leerás estos detalles, sin duda indignos de figurar en un relato histórico, sin tener el propósito de transcribirlos en tu obra, y si ni siquiera te parecen merecedoras de una carta, en verdad te culparás a ti mismo por haber sido quien los pidió. Adiós.”


Plinio el Joven.
Cartas. 
Editorial Gredos.

domingo, 3 de mayo de 2015

ALLÁ EN LAS INDIAS




POR EL COLOR DE UNA CRUZ


      Volvió a porfiar en esto el Capitán francés: desengañole el Adelantado, que si la tierra se juntaba con el cielo, no había de hacer otra cosa más de lo que le tenía dicho; e ansí volvió el Capitán francés a donde estaba su gente e dixo al Adelantado que con lo que acordasen volvería luego, e ansí volvió dentro de media hora e metió en el batel las banderas e hasta 60 arcabuces, e 20 pistoletes, e cantidad de espadas e rodelas e algunas celadas e petos, e vínose a donde el Adelantado estaba, e dixo que todos aquellos franceses se rendían a su misericordia, y entregole las banderas e las armas: entonces mandó el Adelantado entrar 20 soldados en el batel e que truxesen los franceses de diez en diez: el río era estrecho e fácil de pasar; e mandó a Diego Florez de Valdés, Almirante de la armada, recibiese las banderas e armas, e anduviese en el batel hacer pasar los franceses, que no les hiciesen mal tratamiento los soldados, e apartose el Adelantado de la marina, como dos tiros de arcabuz, detrás de un medano de arena, entre unas mantas, donde la gente que en el batel venía, que pasaban los franceses, no lo podían ver: entonces dixo al Capitán francés e a otros 8 franceses que con el estaban:
      --Señores, yo tengo poca gente e no muy conoscida, e vosotros sois muchos, e andando sueltos, fácil cosa os sería satisfaceros de nosotros, por la gente que os degollamos cuando ganamos el fuerte, e ansí es menester que con las manos atrás amarradas, marchéis de aquí a 4 leguas, donde yo tengo mi real.
      Respondieron los franceses que se hiciese ansí; é con los cordones de las mechas de los soldados les amarraba las manos muy bien atrás, y los diez que venían en el batel no veían a estos que les amarraban las manos, hasta dar con ellos, porque convino hacerse ansí, a causa que los franceses que no habían pasado el río no lo entendiesen y se escandalizasen, e ansí ataron 208 franceses, a los cuales preguntó el Adelantado si había entre ellos algunos católicos que se quisiesen confesar: ochos dellos dixeron que lo eran: sacólos de allí y metiólos en el batel para que los llevasen a San Agustín: los otros respondieron que ellos eran de la nueva religión, e se tenían por muy buenos cristianos, y que esta era su ley e no otra.
      El Adelantado mandó marchar con ellos, habiéndoles primero dado de comer e beber, cuando llegaba los diez, antes que los amarrasen, lo cual se hacía antes que los suyos, que se dice... que marchase con ellos en la vanguardia, e que a un tiro de ballesta de allí hallaría una raya que él haría con una gineta que llevaba en la mano, que era en un arenal, por donde habían de caminar al fuerte de San Agustín, que los degollasen a todos, e mando al que iba en la retaguardia hiciese lo mesmo, e ansí se hizo, dexándolos allí todos muertos; e se volvió aquella noche al amanecer al fuerte de San Agustín, porque era ya puesto el sol cuando estos murieron.


Gonzalo Solís. 
Pedro Menéndez de Avilés. 






viernes, 1 de mayo de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






PRIMERA PARTE
CAPÍTULO IX


“Estando yo un día en el Alcaná de Toledo, llegó un muchacho a vender unos cartapacios y papeles viejos a un sedero; y, como yo soy aficionado a leer, aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado desta mi natural inclinación, tomé un cartapacio de los que el muchacho vendía, y vile con caracteres que conocí ser arábigos. Y, puesto que, aunque los conocía, no los sabía leer, anduve mirando si parecía por allí algún morisco aljamiado que los leyese; y no fue muy dificultoso hallar intérprete semejante, pues, aunque le buscara de otra mejor y más antigua lengua, le hallara. En fin, la suerte me deparó uno, que, diciéndole mi deseo y poniéndole el libro en las manos, le abrió por medio, y, leyendo un poco en él, se comenzó a reír.
Preguntéle yo que de qué se reía, y respondióme que de una cosa que tenía aquel libro escrita en el margen por anotación. Díjele que me la dijese; y él, sin dejar la risa, dijo:
--Está, como he dicho, aquí en el margen escrito esto: "Esta Dulcinea del Toboso, tantas veces en esta historia referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que otra mujer de toda la Mancha".
Cuando yo oí decir "Dulcinea del Toboso", quedé atónito y suspenso, porque luego se me representó que aquellos cartapacios contenían la historia de don Quijote. Con esta imaginación, le di priesa que leyese el principio, y, haciéndolo ansí, volviendo de improviso el arábigo en castellano, dijo que decía: Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo. Mucha discreción fue menester para disimular el contento que recebí cuando llegó a mis oídos el título del libro; y, salteándosele al sedero, compré al muchacho todos los papeles y cartapacios por medio real; que, si él tuviera discreción y supiera lo que yo los deseaba, bien se pudiera prometer y llevar más de seis reales de la compra. Apartéme luego con el morisco por el claustro de la iglesia mayor, y roguéle me volviese aquellos cartapacios, todos los que trataban de don Quijote, en lengua castellana, sin quitarles ni añadirles nada, ofreciéndole la paga que él quisiese. Contentóse con dos arrobas de pasas y dos fanegas de trigo, y prometió de traducirlos bien y fielmente y con mucha brevedad. Pero yo, por facilitar más el negocio y por no dejar de la mano tan buen hallazgo, le truje a mi casa, donde en poco más de mes y medio la tradujo toda, del mesmo modo que aquí se refiere.
Estaba en el primero cartapacio, pintada muy al natural, la batalla de don Quijote con el vizcaíno, puestos en la mesma postura que la historia cuenta, levantadas las espadas, el uno cubierto de su rodela, el otro de la almohada, y la mula del vizcaíno tan al vivo, que estaba mostrando ser de alquiler a tiro de ballesta. Tenía a los pies escrito el vizcaíno un título que decía: Don Sancho de Azpetia, que, sin duda, debía de ser su nombre, y a los pies de Rocinante estaba otro que decía: Don Quijote. Estaba Rocinante maravillosamente pintado, tan largo y tendido, tan atenuado y flaco, con tanto espinazo, tan hético confirmado, que mostraba bien al descubierto con cuánta advertencia y propriedad se le había puesto el nombre de Rocinante. Junto a él estaba Sancho Panza, que tenía del cabestro a su asno, a los pies del cual estaba otro rétulo que decía: Sancho Zancas, y debía de ser que tenía, a lo que mostraba la pintura, la barriga grande, el talle corto y las zancas largas; y por esto se le debió de poner nombre de Panza y de Zancas, que con estos dos sobrenombres le llama algunas veces la historia. Otras algunas menudencias había que advertir, pero todas son de poca importancia y que no hacen al caso a la verdadera relación de la historia; que ninguna es mala como sea verdadera.
Si a ésta se le puede poner alguna objeción cerca de su verdad, no podrá ser otra sino haber sido su autor arábigo, siendo muy propio de los de aquella nación ser mentirosos; aunque, por ser tan nuestros enemigos, antes se puede entender haber quedado falto en ella que demasiado. Y ansí me parece a mí, pues, cuando pudiera y debiera estender la pluma en las alabanzas de tan buen caballero, parece que de industria las pasa en silencio: cosa mal hecha y peor pensada, habiendo y debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y no nada apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rancor ni la afición, no les hagan torcer del camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir. En ésta sé que se hallará todo lo que se acertare a desear en la más apacible; y si algo bueno en ella faltare, para mí tengo que fue por culpa del galgo de su autor, antes que por falta del sujeto.”


Pierre Menard. Don Quijote. Editorial Borges.

lunes, 27 de abril de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




LOS PEDAGOGOS EN ROMA


            “El cuidado de los hijos dejaba de ser prerrogativa de la mujer cuando acababa el período de la infancia. Cornelia, madre de los Gracos, es la única excepción gloriosa. En los austeros siglos de la República, Catón el Viejo reivindicaba para sí solo la formación de su hijo, a quien decía con orgullo haber enseñado a leer, escribir, combatir y nadar. Ya en el Imperio, fue preciso esperar al mandato de Antonino Pío para que los jueces, una vez presentadas las pruebas de la indignidad de un padre, confiaran a la madre la custodia de sus hijos, sin por ello despojar al padre de su autoridad. Pero en la mayoría de los casos, desde el momento en que dejaban de ser niños, la madre se inhibía de manera natural del proceso de su educación. La mujer rica los dejaba en manos del notable pedagogo, al que compraba a precio de oro, no sin antes tomar todas las precauciones posibles al hacer su elección y dar toda clase de consejos; con ello creía haber satisfecho sus obligaciones. En cuanto a los pobres, lo más que podían hacer era enviar a sus hijos a una de la numerosas escuelas primarias que los profesionales de la educación abrían en la ciudad a finales del siglo II.
         Sin embargo, estas costumbres fueron muy perjudiciales para los romanos. Como decía Plinio el Joven, la mujer caía en una ociosidad fatal desde todo punto de vista. Las menos dignas encontraban en su falta de ocupación una incitación o una excusa a sus extravíos. Las honestas, cuanto más intentaban huir del ocio aferrándose a esas vanas ocupaciones sin sentido, más se dejaban llevar por el bullicio y el parloteo de los «clubs» en los que terminaban reuniéndose, cuando no se resignaban a vegetar en un estado de torpe placidez de gineceo, como la vieja Ummidia Quadratilla, quien, hasta su muerte a los ochenta años, había gastado su vida en acudir a los juegos públicos, mover peones sobre un tablero o llenar la casa de representaciones de pantomima. Como consecuencia de ello, los hijos se desarrollaban en una situación de grave abandono materno. En realidad eran gentes de más baja condición social, esclavos o en el mejor de los casos libertos, quienes se encargaban de educarlos, y esta flagrante paradoja llevó a desastrosas consecuencias. Cuando el alumno pertenecía a una familia privilegiada, habitualmente trataba al maestro como correspondía a una persona de rango inferior, es decir, como a un sirviente, aunque en este caso se tratara de su preceptor. Ya Plauto, en sus Báquides, creó el personaje de un precoz adolescente, Pistoclero, que, para obligar a su «pedagogo» Lydus a acompañarle a casa de su amante, no tiene más que recordarle su condición servil. «Pues, a fin de cuentas –le decía--, ¿soy yo tu esclavo o tú el mío?» La cuestión no tenía vuelta de hoja, por lo que más de un magíster de Roma tuvo que oír, como delicadamente señala Gaston Boissier, la misma frase que Pistoclero dedica a Lydus. En el caso de que los adolescentes fueran de origen modesto, tampoco tenían consideración alguna hacia el instructor de baja condición social que tenían en la escuela y que, retribuido con un irrisorio salario de ocho ases, estaba obligado a desempeñar otras tareas, como la de escribano público; los maestros no tenían otra autoridad sobre sus alumnos que la que les confería la badana o la férula que con tanto rigor aplicaban en los tiempos de Marcial y Juvenal, como dignos sucesores del Orbilius, que había hecho temblar a Horacio.
         El descrédito de esta profesión era notorio. Era tal la antipatía que mostraban ante su figura los analistas del siglo I a.C., que hicieron del magíster de Faleria el primer maestro de escuela de toda la historia romana, un personaje de teatro que representaba a un ingrato traidor. En los tiempos del Imperio, los «pedagogos» no gozaban de mejor reputación; las buenas almas les miraban como se mira a la escoria de la sociedad. Es fácil, sin embargo, enumerar las razones de su desprestigio: en primer lugar, la indiferencia del Estado por su función, ya que no controlaba su actividad ni tomó a su cargo la retribución de su labor hasta el año 425 de nuestra era, y en Bizancio, hasta quince años después del saqueo de Roma por Alarico; en segundo lugar, las adversas condiciones en las que debían realizar su tarea, ya que, en el mismo exiguo e incómodo local se amontonaban niños y niñas de edades comprendidas entre los siete y trece años para las niñas y entre los siete y quince años para los niños y, por último, la brutalidad con la que mantenían la disciplina de unos grupos tan heteróclitos, lo que siempre provocaba la hipocresía y cobardía de los alumnos y, a veces, despertaba la hipocresía y cobardía de los alumnos y, a veces, despertaba el sadismo del maestro. «El dolor y el temor –testimonia con tristeza Quintiliano—obligan a los niños a hacer cosas que nos parecen impropias de ellos y que terminan cubriéndoles de vergüenza. Sería mucho más acertado que antes nos preocupáramos de asegurarnos de las buenas costumbres de sus vigilantes y sus maestros. No me atrevo a mencionar ni las infamias cometidas por unos hombres amparados en su derecho al castigo físico, ni los abusos que unos desgraciados niños pueden cometer contra otros a causa de su miedo: de sobra se me entiende (nimium est quod intellegitur…).»”

Jérôme Carcopino. La vida cotidiana en Roma… Ediciones Temas de Hoy.