lunes, 7 de abril de 2014
sábado, 5 de abril de 2014
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
DURBAR I
“A eso de las dos comienza la
marcha: según las reglas de la etiqueta, el más elevado en rango debe llegar el
último, y por consiguiente avanzan en primer término los feudatarios del rajá
británico, siguiendo los príncipes soberanos en razón inversa a su importancia.
Desde el pórtico veo perfectamente el desfile, que es la parte más notable de
la ceremonia; cada sowari penetra a su vez en la gran avenida; las tropas
inglesas presentan las armas; resuena el estampido de los cañones; el elefante
real se arrodilla a la puerta del Chamiana, y el maestro de ceremonias da la
mano al rajá para conducirle a su trono.
Los
cortejos se suceden sin interrupción con una magnificencia ascendente, desde el
del principillo Bundela de Alipoura hasta el del alto y poderosos señor de
Gwalior. Por último se sientan todos, los reyes indos a la derecha del trono,
con sus nobles y ministros detrás; y a la izquierda los gobernadores generales
y oficiales ingleses, cuyos brillantes uniformes parecen pobres y ridículos
frente al lujo asiático.
Pasados
algunos momentos, los tchoubdars, vestidos de rojo, y empuñando sus largos
bastones dorados, anuncian la llegada del virrey; se levanta la asamblea; sir
John Lawrence, de gran uniforme y descubierta la cabeza, atraviesa lentamente
la sala y franquea las gradas del trono, mientras resuenan las salvas de
artillería, mezclándose con los dulces acordes del himno real: «Dios salve a la
Reina.»
A
una señal vuelven a sentarse todos, y el secretario del Estado proclama la
apertura del Durbar, comenzando acto continuo la larga ceremonia del Nuzzur. Cada
rajá, seguido de su dewan y del primer thakur de sus Estados, avanza hacia el
trono, e inclinándose ligeramente ante el virrey, le presenta una moneda de
oro, que éste no hace más que tocar; la moneda representa una cantidad bastante
considerable, que varía según el rango del rajá, y que debe ser entregada a las
autoridades inglesas después del Durbar.
Mientras
se efectúa esta ceremonia, que no dura menos de una hora, pasamos rápidamente
revista a los príncipes que asisten al Durbar.
El
primero, a la derecha del trono, es Scindia, Maha-Rajá de Gwalior, representa
en el Durbar a esos terribles maharatas que durante un siglo recorrieron la
India a sangre y fuego y derribaron el imperio mogol, preparando con sus actos
vandálicos la conquista británica: su único rival en poderío y altivez es el
rey maharata de Baroda, que ya conocen mis lectores: Scindia viste con cierta
sencillez; lleva un ropaje de brocado, sin más adorno que algunos diamantes en
el pecho, y cubre su cabeza un turbante de alas levantadas, que le comunica
cierta remota semejanza con el aspecto de Enrique VIII; la expresión de
semblante es feroz, y siempre tiene las cejas fruncidas.
A
la izquierda del virrey no hay más que un rajá, que es nuestro amigo Ram Sing,
Maha-Rajá de Jeypore; cubre su cabeza un turbante de pedrerías, y viste el
manto de la Estrella de la India. Así él, como el Maha-Rajá de Judpore,
sentados junto a Scindia, son los representantes de la raza solar,
descendientes del dios Rana; no son inferiores en nobleza sino al Rana de
Udeypur. Estos dos rajputs se consideran como iguales en rango, y para zanjar
la grave cuestión de precedencia, está Jeypore a la izquierda, y Judpore a la
derecha.
Después
de los personajes que acabamos de citar, se presenta la reina Begaum de Bhopal,
la soberana mahometana más importante del Rajastán; es una mujer de unos
cincuenta años, de tipo enérgico y varonil, como lo es también su traje; lleva
pantalón ceñido de paño de oro, y una chaquetilla de seda, engalanada con
varias condecoraciones. Entre los nobles que están sentados detrás de ella, se
observa a la reina viuda Quodsia Begaum, y a una anciana señora con traje
indio, a quien el maestro de ceremonias llama Isabel de Borbón…
Cerca
de ellas se ve al Maha-Rao Rajá de Kotah, y al rajá de Kishengurh, ambos
rajputs, que visten el antiguo ropaje de muselina estampada.
El Maha-Rao de Kerowly, el
joven rajá jata de Bhurtpore, y el Maha-Rao de Ulwur, constituyen un grupo
resplandeciente de joyas. Sheodan Sing viste una larga túnica de terciopelo
negro, sobre la cual resalta un río de diamantes; junto a él está sentado el
antiguo bandolero pindari, el Nawab de Tonk, que sólo lleva una hopalanda de
seda, sin el menor adorno; más lejos se halla el rajá de Dholepore, venerable
anciano de largas patillas teñidas de rojo, que ha venido al Durbar como a una
batalla, todo cubierto de hierro; y sigue después una larga línea de príncipes,
bundelas y rajputs, luciendo todos los trajes de lo más pintorescos. Después de
estos príncipes, que son todos soberanos, se hallan los seis Mirzas, individuos
de la ex familia imperial de Delhi; estos descendientes da Akber, vestidos con
la mayor riqueza, y adornados con la toca de los príncipes de sangre, llenan
humildemente a doblar la rodilla ante el virrey inglés, de quien son los
súbditos. Los últimos que se presentan son feudatarios directos de la corona
inglesa, zeminndars, rajás y yaghirdars, algunos de los cuales, así como el
rajá de Burdwan, poseen provincias enteras y rentas enormes.”
Louis Rousselet. Viaje a la India de los Rajas. Anjana Ediciones.
viernes, 4 de abril de 2014
jueves, 3 de abril de 2014
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
AL ENTRAR EN RÍO DE JANEIRO
“Muy de madrugada, todos los pasajeros, llevando prismáticos y
máquinas fotográficas, aguardan con impaciencia, agolpados a la borda; ninguno
de ellos quiere dejar de ver la célebre entrada a Río de Janeiro, por más veces
que la haya admirado. Pero todavía no se ve sino el brillo del mar, azul y
metálico, como desde hace muchos días: monotonía sedante y que cansa. Y, sin
embargo, sentimos que nos aproximamos a la costa; respiramos la tierra cercana
antes de verla, pues el aire se torna de repente húmedo y suave, acariciándonos
la boca y las manos, y un perfume misterioso llega hasta nosotros
imperceptiblemente; perfume preparado en el fondo de la inmensa selva con el
hálito de las plantas y la humedad de los cálices, esas indescriptibles
exhalaciones de las regiones tropicales, cálidas, bochornosas y en
fermentación, que nos embriagan y nos cansan de un modo delicioso.
Ahora, por fin, una silueta a lo lejos: en lontananza una cadena de
montañas perfilase vagamente, como unas nubes, sobre el cielo límpido y, en la
medida que el vapor se va aproximando, los contornos resaltan más nítidos: es
la serie de montañas que con los brazos abiertos protege la bahía de Guanabara,
una de las más grandes del mundo. Esta bahía, con sus muchos recodos y
promontorios, es tan ancha y tan ensenada que todas las embarcaciones de todas
las naciones cabrían en ella, una junto a otra, y en el interior de esta
gigantesca concha abierta, hállanse diseminadas, cual perlas, numerosísimas islas,
cada una de las cuales es de forma y de color distintos. Unas emergen grises y
uniformes del mar de color amatista; vistas de lejos, semejan unas ballenas por
la desnudez y la tersura de sus lomos. Otras son de forma oblonga, pedregosas y
cubiertas de tubérculos como la piel de cocodrilo; otras: están pobladas, otras
convertidas en fortalezas; y otras parecidas a unos jardines flotantes con
palmeras y vergeles; y mientras admiramos con curiosidad, a través de unos
prismáticos, la insospechada multiplicidad de sus formas, cobran plasticidad
las montañas del fondo, cada una de ellas, también, de figura particular. Allí
están los montes: uno, sin árboles; otro, cubierto de una envoltura de verdes
palmeras; otro, peñascoso; y otro, ceñido con un resplandeciente cinturón de
casas y jardines, como si la naturaleza, escultora atrevida, hubiera tratado de
colocar, una al lado de otra, todas las formas existentes en este mundo, y por
eso la fantasía popular dio nombres de este mundo a las figuras pétreas y montañosas
--la Viuda, el Corcovado, el Perro, los Dedos de Dios--, llamando Pan de Azúcar
a la más sobresaliente de ellas, la que se eleva frente a la ciudad con
repentino empinamiento, cual la estatua de la Libertad a la entrada de Nueva
York, como símbolo antiquísimo e inamovible de la ciudad. Mas a todos esos
monolitos y montes les domina el Corcovado, el jefe de la tribu de gigantes,
que alza sobre Río de Janeiro una cruz gigantesca (que de noche se ilumina con
luz eléctrica) para la bendición, como un sacerdote alza la Custodia sobre un
grupo de gente arrodillada.
Ahora, finalmente, luego de haber atravesado el laberinto de islas,
divisamos la ciudad. Pero no la divisamos de una vez. Este panorama de
edificios no se puede abrazar de una ojeada como los de Nápoles, de Argel o de
Marsella, que se ofrecen en forma de anfiteatro abierto con gradas de piedra:
Río de Janeiro se abre como un abanico, una imagen después de otra, un sector
después de otro, una perspectiva después de otra, y esto es lo que da su carácter
dramático a la entrada, tan abundante en sorpresas. Cada una de las ensenadas
pobladas, cuya suma forma la playa, se halla aislada por cadenas de montañas,
que son como las varillas del abanico que separan las imágenes a la par que las
reúnen. Surge, por fin, la playa, de hermosa curvatura. ¡ Qué aspecto más
encantador! Un paseo costanero, ancho, siempre cubierto de espuma de olas, con
casas y chalets y jardines, y ahora ya se distinguen bien el hotel de gran lujo
y los chalets, rodeados de parques y trepando por las colinas. Pero nos hemos
equivocado; aquello no es más que la playa de Copacabana, una de las más
hermosas del mundo, y Copacabana es un arrabal nuevo de Río de Janeiro, y no la
ciudad propiamente dicha. Aun hay que doblar el Pan de Azúcar, que quita la
vista: sólo entonces vemos la ciudad dentro de la bahía, esa ciudad blanca y
compacta, mirando al mar y fundiéndose indistintamente en las alturas vestidas
de verde. Vemos los jardines, recién plantados junto al mar, y el aeródromo,
que se acaban de ganar al océano: no tardaremos en desembarcar y satisfacer
nuestra impaciencia. ¡ Otra vez estamos equivocados! Ésta es la bahía de
Botafogo y de Flamengo; tenemos que seguir adelante, abriendo otro pliegue de
este abanico divino, reluciente con todos los colores imaginables, al pasar por
delante de la isla de la Marina y aquella otra, pequeña, con el palacio de
estilo ojival, donde el emperador Pedro ofreció, sin sospechar nada, su último
sarao, dos días antes de su destronamiento. Sólo ahora nos saludan los
rascacielos, que forman una compacta mole vertical; sólo ahora se echan de ver
los diques, y el vapor puede atracar al desembarcadero, y estamos en la América
del Sur, en el Brasil, en la ciudad más hermosa del mundo.”
Stefan Zweig. Brasil, país de futuro. Espasa Calpe.
miércoles, 2 de abril de 2014
martes, 1 de abril de 2014
ALLÁ EN LAS INDIAS
AMAUTAS Y HARÁUECES
«No les faltó habilidad a los
amautas, que eran los filósofos, para componer comedias y tragedias, que en
días y fiestas solemnes representaban delante de sus Reyes y de los señores que
asistían en la corte. Los representantes no eran viles, sino Incas y gente
noble, hijos de curacas y los mismos curacas y capitanes, hasta maeses de
campo, porque los autos de las tragedias se representaban al propio, cuyos
argumentos siempre eran de hechos militares, de triunfos y victorias, de las
hazañas y grandezas de los Reyes pasados y de otros heroicos varones. Los
argumentos de las comedias eran de agricultura, de hacienda, de cosas caseras y familiares. Los
representantes, luego que se acababa la comedia, se sentaban en sus lugares
conforme a su calidad y oficios. No hacían entremeses deshonestos, viles y
bajos: todo era de cosas graves y honestas, con sentencias y donaires
permitidos en tal lugar. A los que se aventajaban en la gracia del representar les daban joyas y favores de
mucha estima.
De la poesía alcanzaron otra poca,
porque supieron hacer versos cortos y largos, con medida de sílabas: en ellos ponían
sus cantares amorosos con tonadas diferentes, como se ha dicho. También componían
en verso las hazañas de sus Reyes y de otros famosos Incas y curacas principales,
y los enseñaban a sus descendientes por tradición, para que se acordasen de los
buenos hechos de sus pasados y los imitasen. Los versos eran pocos, porque la
memoria los guardase; empero muy compendiosos, como cifras. No usaron de
consonante en los versos; todos eran
sueltos. Por la mayor parte semejaban a la natural compostura española
que llaman redondillas. Una canción amorosa compuesta en cuatro versos me
ofrece la memoria; por ellos se verá el artificio de la compostura y la
significación abreviada, compendiosa, de lo que en su rusticidad querían decir.
Los versos amorosos hacían cortos,
porque fuesen más fáciles de tañer en la
flauta. Holgara poner también la tonada en puntos de canto de órgano, para que
se viera lo uno y lo otro, mas la impertinencia me excusa del trabajo.
La canción es la que se sigue y su
traducción en castellano:
Caylla llapi Al cántico
Puñunqui quiere decir Dormirás
Chaupituta Media noche
Samúsac Yo
vendré
Y más propiamente dijera: veniré, sin
el pronombre yo, haciendo tres silabas del verbo, como las hace el indio, que
no nombra la persona, sino que la incluye en el verbo, por la medida del verso.
Otras muchas maneras de versos alcanzaron los Incas poetas, a los cuales
llamaban haráuec, que en propia significación quiere decir inventador.»
Inca Garcilaso de la Vega.
Comentarios Reales.
lunes, 31 de marzo de 2014
viernes, 28 de marzo de 2014
jueves, 27 de marzo de 2014
ALLÁ EN LAS INDIAS
LO QUE HAY QUE LLEVAR
“Yo confieso que
algunos de los capitanes y soldados de las Indias no ignoran cosas necesarias
para sus jornadas, pero para probar mi intento, es necesario poner aquí y
desmenuzarlas, para que mejor se advierta la necesidad de todas ellas. Y así
cuanto a lo primero, digo, que los arcabuceros llevarán dobladas sus llaves y
tornillos, que es de gran curiosidad y provecho, la una de rastrillo y la otra
de cuerda, si pudiere ser, y a falta ambas de cuerda, porque son más ciertas y
mejores. Llevarán sus limas y moldes, sacapelotas, sacatrapos, rascadores y
lavadores. Llevarán cuerda y contracuerda; llevarán sus chupas o bolsas y unas
mochilas que llaman los indíos, en que llevar la munición, con sus tiracuellos
o tahalíes, porque no púeden usar de las faltriqueras, respeto de los sayos, en
los cuales algunos usan unos bolsicos, cosidos por de fuera, para la munición;
pero mejores son estas mochilas. Ya saben que han de llevar sus cargas hechas
en canutos, porque el frasco no es consideración. Los rodeleros y arcabuceros
llevarán sus sayos de armas y morriones sin orejeras cuando entren en la
guazavara, porque estorban al oír la voz y orden del caudillo, por llevar las
orejas tapadas, demás que afligen al que las lleva, salvo donde hubiere hondas,
que allí son necesarias.
Es buena curiosidad que el soldado sepa hacer sus municiones y
andar bien apercibido de ellas, que es de buenos soldados, y que sean diestros
en el tirar; llevarán sus almaradas y agujas para hacer alpargatas sus cuchillos
carniceros, hachas, machetes para hacer sus ranchos a las dormidas y hacer
puentes en ríos y ciénegas para pasar los caballos y el bagaje. El caudillo
llevará plomo bastante, el cual repartirá a su tiempo con buena cuenta; llevará
sus cucharas para que los soldados derritan el plomo para hacer su munición;
llevará la mejor pólvora que pudiere en botijuelas forradas en pellejos de
carnero, la lana de fuera y las bocas tapadas con pellas de cepo y atadas
encima con sus paños. En estas botijuelas se conserva la pólvora mucho, por muy
húmeda que sea la tierra y va segura de agua y fuego. Llevará algodón en
ovillos para hacer cuerda cuando faltare al soldado. Llevará en cantidad
alpargatas para socorrer su campo en las necesidades, advirtiendo que todo el
hilo que se hallare en la tierra se lo manifiesten para hacer cuerda y
alpargatas a la necesidad, y cuando faltare advierta que del maguey o cabuya se
puede aprovechar para la cuerda machacándola bien y cociéndola con ceniza y si
esto faltare de amahagua no puede faltar, que haciendo el mismo beneficio es
buena, y de mantas de algodón se puede hacer en una prisa. Llevará mantas, lienzo,
sombreros, anzuelos en cantidad para socorrer su gente. Llevará rescates para
los indios, que es la principal conquista, como son hachuelas, cuchillos,
machetes, agujas, anzuelos, peines, espejos, trompas turquí, cascabeles,
bonetes colorados, sombreros. Llevará el caudillo antiparas hechas de algodón y
alpargatas fuertes, si fuere tierra de púas, para arrojar delante antipareros.
Llevará azufre en cantidad, porque si se ofreciere hacer pólvora la haga en
tiempo de necesidad.”
Bernardo de Vargas Machuca.
Milicia Indiana.
martes, 25 de marzo de 2014
Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA
Ojos
de puente los míos
por
donde pasan las aguas
que
van a dar al olvido.
Sobre
mi frente de acero
mirando
por las barandas
caminan
mis pensamientos.
Mi
nuca negra es el mar,
donde
se pierden los ríos,
y
mis sueños son las nubes
por
y para las que vivo.
Ojos
de puente los míos
por
donde pasan las aguas
que
van a dar al olvido.
Manuel
Altolaguirre.
lunes, 24 de marzo de 2014
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
WOODY, CHARLIE, HAROLD Y BUSTER
“Ningún cómico ha sido nunca tan venerado en todo el mundo como
Chaplin en aquellos años. Los niños en las calles de ciudades y pueblos de los
cinco continentes imitaban el patoso andar de Charlie, su sonrisa, sus gestos.
Se ponían sombreros hongos como el suyo, se untaban con betún negro debajo de
la nariz como bigote a lo Chaplin. Derrapaban en las esquinas y saludaban con
sus bombines como el pequeño vagabundo e intentaban hacer los trucos que
Charlie hacía con su bastón de bambú. Los cines de todo el mundo convocaban
innumerables concursos de Charlie Chaplin. Sus clientes lo pedían. No es muy
difícil de comprender. En su mejor momento –y Chaplin se mantuvo en su mejor
momento durante mucho tiempo--, era el cómico más grande que jamás haya
existido.
Como todos los demás,
yo me había dado cuenta del talento de Chaplin desde la primera vez que le vi
en el sketch de vodevil «A Night in an Englis Hall». Pero debo confesar que
nunca pensé que un día sería aclamado como el cómico más grande de todos los
tiempos. Creo que una de las razones pora as que subestimé a Charlie fue por la
gran cantidad de cómicos de primera que había en los escenarios aquellos días.
Yo les había visto actuar a todos y había trabajado con todos ellos. En aquella
época, Charlie no parecía más divertido que Will Rogers, Willie Collier, Bert Williams,
Frank Tinner o algunos otros.
Más tarde me asombró
que la gente hablara de las similitudes entre los personajes que Charlie y yo
interpretábamos en las películas. Para mí hubo una diferencia básica desde el
principio: el vagabundo de Charlie era un holgazán con una filosofía de
holgazán. Por adorable que fuese, robaría si tenía ocasión. Mi personajillo era
un trabajador, y honrado.
Por ejemplo, digamos
que los dos quisieran un traje que hubiesen visto en un escaparate. El
vagabundo de Charlie lo admiraría, buscaría en sus bolsillos, sacaría una
moneda de 10 centavos, se encogería de hombros y seguiría andando, esperando
tener suerte al día siguiente y conseguir el dinero para comprarlo. Si no podía
conseguir el dinero de otro modo, lo robaría. De lo contrario, se olvidaría por
completo de traje.
Aunque mi hombrecillo
también se detendría, admiraría el traje y no tendría dinero para comprarlo,
nunca robaría para conseguirlo. En lugar de eso, empezaría a pensar en cómo
ganar dinero extra para comprarlo.
El personaje de Lloyd
era bastante diferente al de Chaplin y el mío. Él interpretaba a un niño de mamá,
que sorprendía continuamente a todos, incluyéndome a mí, triunfando sobre una
situación imposible y demostrando con puños y respingos el coraje de un león. A
menudo, Lloyd parecía más un acróbata que un cómico. Pero fuera lo que fuese en
la pantalla, siempre lo hacía mucho mejor que bien.
Durante los años en
que a nosotros tres nos iba bien, no tuvimos fracaso. Eso es cierto. Ninguno de
nosotros conoció el fracaso durante los dorados años veinte. Sólo exitazos
mundiales. Los largometrajes de Chaplin ingresaban una media de 3.000.000 de
dólares cada uno en contratos de alquiler a cines. Los de Lloyd, 2.000.000 de
dólares; los míos, entre 1.500.000 y 2.000 dólares. Eso ocurría en una época en
la que los cines sólo cobraban una pequeña parte de lo que ahora cobran por sus
atracciones. Como ya he dicho, a menudo nuestras comedias mudas recaudaban más
que los largometrajes realizados por los intérpretes románticos más populares
de Hollywood.
Cuando hacíamos
cortos, los propietarios de los cines los programaban delante de los largometrajes
que proyectaban.
Esa es una de las
razones por las que yo estaban tan ansioso por hacer largometrajes como los que
Roscoe Arbuckle estaba realizando con éxito en la Paramount. Parecía
evidente que los contratos de largometrajes continuarían aumentando. Pero
también creía que Joe Schenck, siendo un hábil hombre de negocios, debía saber
de qué estaba hablando.
Charlie Chaplin y
Harold Lloyd fueron desde el principio negociantes más espabilados que yo. Se
hicieron millonarios al principio de la partida, produciendo sus propias
películas y conservando el control sobre su matearla filmado. Aún son dueños
del material. Esto significa que están en condiciones de ganar frescas fortunas
en cuanto les apetezca, alquilando o vendiendo los derechos de antena de sus
viejas películas mudas. (De hecho, mientras escribía esto estaban reponiendo
con éxito las viejas películas de Chaplin.)”
Buster Keaton.
Slapstick. Memorias…
Plot Ediciones.
domingo, 23 de marzo de 2014
sábado, 22 de marzo de 2014
Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA
NADA SERÁN MIS PALABRAS...
Nada serán mis palabras
si no encuentran otra boca
que las cante y las olvide
y las devuelva a la sombra.
Allí quizás amanezcan,
vagas ciudades ruinosas,
y a otros solos lleve el aire
la nostalgia de su aroma.
Nada será lo que soy
si en los otros no se apoya:
mi presencia en otro hombro,
mi esperanza en su congoja.
¡No me dejes amarrado,
demente, al ánima sola!
¡Mira que voy a mi infierno
si no hay pecho que me acoja!
El que pasa me sostenga,
la voz pueril sea mi roca,
en ellos soy, y con ellos
pediré misericordia.
Cintio
Vitier
jueves, 20 de marzo de 2014
miércoles, 19 de marzo de 2014
OBITER DICTUM
“Los periódicos de hace algunos días anunciaron que la aparición en
Alemania de los Diarios de Thomas Mann había sido recibida con notoria
indiferencia. El autor de La montaña mágica dispuso que estos diarios sólo se
publicaran al cumplirse los veinte años de su muerte. Esta frialdad de los
lectores alemanes, hacia uno de sus más famosos escritores de los últimos
cincuenta años, me ha llevado a reflexionar un poco sobre el fenómeno del
olvido de nombres que fueran ilustres en un determinado momento de la vida
literaria.
Por lo que toca a
Thomas Mann, es preciso reconocer que, si bien fue el autor de La montaña
mágica, de Doctor Faustus y de La muerte en Venecia, también lo fue, por
desdicha, de Las confesiones del estafador Félix Kruhl, de Las cabezas trocadas,
de La engañada y de otras obras aun más débiles y farragosas. Su estilo pomposo
solía caer con frecuencia en un soso y profesoral cubileteo de ideas, a menudo
manidas y, en algunos casos, prestadas artificiosamente a los grandes autores
de la literatura y el pensamiento germanos. Hay en Mann, no siempre por
fortuna, un regodeo y un coqueto énfasis en su propio ingenio, esa debilidad
del actor cabotin que se mira actuar y cae en la obviedad y el mal gusto. Tal
vez los Diarios estén llenos de tales pasajes y de allí la indiferencia de los
paisanos del autor que anota el cable.
Pero este caso de
Mann me ha llevado, decía, a otros nombres y a otros lugares. Qué ha pasado,
por ejemplo, con André Gide. Ese Gide que llenó nuestra adolescencia de
inquieta y febril esperanza en una vida plena, en donde los sentidos iban a
ensanchar sus posibilidades hasta horizontes insospechados. El Gide de Les
nourritures terrestres y de Les faux monnayeurs y, luego, más tarde, el Gide
del Journal, que nos deslumbró con la certeza de un estilo espléndido. ¿Quién
lee hoy a Gide? En Francia casi nadie. Hace mucho que sus obras no se editan,
ni llegan al gran público lector. Pero lo que aún es para mí, más inquietante:
¿Quién recuerda hoy a Jean Giraudoux, al novelista delicioso de Simon le
pathétique, Sigfried et le limousin, y Suzanne et le Pacifique? Esa prosa
tersa, eficaz, rápida de Giraudoux, que a nuestros deslumbrados veinte años nos
daba la impresión de estar leyendo un clásico, un escritor intemporal y
soberbio que nos acompañaría el resto de nuestros días; esa prosa ha sido
ignorada por las nuevas generaciones de lectores de Francia y del mundo. No se
edita ya tampoco a Giraudoux. Pasando al terreno de nuestro idioma, me pregunto
también: ¿Quiénes leen hoy a Gabriel Miró, a Azorín o a Pérez de Ayala? Ellos
que, en su momenco, nos dieron también al leerlos, la impresión de estar
frecuentando y gozando a un clásico de nuestro idioma, a un escritor que había
vencido la fama pasajera y la acción corrosiva del tiempo. ¿Quién los lee hoy
en España y América, con excepción de algún estudiante en trance de tesis? ¿Y
quién lee hoy a Norman Douglas, a Aldous Huxley, a Knut Hamsun, a Panait
Istrati, a Charles Morgan, a John Dos Passos, a tantos otros que deslumbraron
nuestra adolescencia y nuestra juventud?
Ya hemos caído en la
villonesca lamentación que conduce a la autopiedad estéril, a la saudade
innecesaria. Pienso yo que, tras este primer regreso al olvido nivelador y no
siempre justiciero, hay un regreso ‑o varios, según el tiempo y la obra, como
es obvio‑, que es el que nos permite ahora leer, bajo una nueva luz reveladora
de inesperadas y magníficas zonas, antes ocultas, la obra de Valle Inclán, de
Céline, de Musil, de Arnold Bennet, de Gustav Meirink, de Joseph Roth, y de
otros grandes novelistas, que regresan de la penumbra de un relativo olvido,
para inquietar de nuevo y enriquecer una vez más el ámbito literario del que se
hallaban ausentes.
Bello libro, digno de
Thibaudet o de un Edmund Wilson, aquel que analizara los secretos mecanismos
que mueven esta marea de la fama, hasta conseguir desentrañar el secreto de
este fenómeno insusitado y a menudo absurdo que llamamos un clásico.”
Álvaro Mutis.
lunes, 17 de marzo de 2014
sábado, 15 de marzo de 2014
OBITER DICTUM
«Así es como la frase de
Freud a Jung, de cuya boca la conozco, cuando, invitados los dos en la Clark
University, tuvieron a la vista el puerto de Nueva York y la célebre estatua
que alumbra al universo: “No saben que les traemos la peste”, le es enviada de
rebote como sanción de una hybris cuyo turbio resplandor no apagan la
antífrasis y su negrura. La Némesis, para agarrar en la trampa a su autor, sólo
tuvo que tomarle la palabra. Podríamos temer que hubiese añadido un billete de
regreso en primera clase.»
Jacques Lacan
viernes, 14 de marzo de 2014
miércoles, 12 de marzo de 2014
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
UN POBLACHÓN GRANDE: VALLADOLID
“La primera impresión de Valladolid es la de un poblachón grande y
rico; tiene, sin embargo, pocos coches y los tranvías son anticuados y tirados
por mulas. Nosotros dejamos las calles concurridas y de buenos comercios para
internarnos por sus callejuelas y observar su vida trabajadora y pintoresca.
Vamos recorriendo estas modestas y simpáticas tiendas de los quincalleros, las
de paños que manda Segovia y las mantas
de Palencia, colgadas de las puertas; también hay algunas de útiles de
labranza, arados con la cuchilla brillante para abrir la tierra,
tenedores, palas, hoces y otros
utensilios. Al pie de estas tiendas están los aldeanos que vienen de los
pueblos a hacer sus compras, con la manta al hombro y las alforjas, con anchos
sombreros negros en sus cabezas y gruesos chalecos de algodón, que les sirve de
abrigo y hace las veces de chaqueta, y las perneras de cuero y las alpargatas de
piel, atadas a sus piernas por cruzadas correas. También abundan los graneros
donde están almacenadas enormes cantidades de trigo que descargan de los carros
que vienen de la trilla y con el que hacen este pan tan bueno de toda Castilla.
Las prenderías tienen como muestra, lo mismo que las de Madrid, una falda
pequeña; dentro se ve el armazón de un
brasero de alambre para que quede ahuecada; cuelga esta faldeta de un
gancho a la puerta y es el distintivo más característico de las prenderías.
Entro en una; hay un patio lleno de hierros, butacas y sofás rotos, libros
tirados por el suelo y cuadros agujereados. La prendera es una mujer con el
pelo blanco y gruesa; la frente la tiene llena de bultos y descalabraduras,
como si la hubiesen dado de garrotazos; dice que aquellas cicatrices fue cuando
estuvo mala, de los dolores tan crueles de cabeza que pasó; cuando va a las
casas a comprar, me dice que lo primero que hace es quitarse la falda de paseo y
se queda con la bajera para poder trabajar más cómoda; me hace subir a la
planta alta de su tienda; todos son
cuartos negros, con montones de ropa que llegan hasta el techo y que ha hecho a
préstamos; abundan mucho las gorras, pantalones y chaquetas militares que ya
han cumplido el servicio; filas de botas viejas, en los estantes de un armario,
y faroles de cementerio para el día de difuntos: cuelgan de las paredes muchas
coronas de muerto negras, con pensamientos morados, y otras blancas, de niña,
que aún conservan, atada a sus alambres, la pequeña llave dorada de sus
ataúdes; zapatos blancos y trajes de primera Comunión, amarillentos y
empolvados; todo el suelo del pasillo está lleno de morteros de bronce y velones.
Se abre una puerta, que es el comedor de la casa, y sale a nuestro encuentro un
viejo muy alto, embozado en su capa y con gorra en la cabeza; tose mucho y dice
que tiene frío. «Este es mi marido, dice la prendera; antes él hacía de criado:
iba a las casas después que yo había cerrado el trato, desclavaba las
alfombras, los relojes y espejos, y se traía todo a las espaldas, pues para
comprar no servía; no entiende más que de ropa vieja y desperdicios; hoy ya no
puede ni con los pantalones y todo lo tiene que hacer una». Me invita a pasar
al comedor, donde hay varios cuadros; en una mesa redonda, tapada con un hule
de esos que tienen un agujero donde está el brasero, está cosiendo una chica,
vestida de negro, muy morena y chata; tiene el cuerpo muy grande y las caderas muy cortas, y parece
un muñeco. «Es mi sobrina, dice el marido de la prendera; de tanto remendar la
ropa al lado del brasero está llena de cabras» (1). Cuando salgo de esta
prendería bajo por una callejuela, donde tocan mucho los organillos tirados por
un burro; estos pianos tienen una música bulliciosa y detonante de cascabeles y
platillos. En un callejón muy estrecho y en cuesta, donde hay muchas tabernas,
está asomada al balcón una mujer, con la toquilla y la falda encarnada, lo
mismo que las zapatillas; luego se asoma otra, con una bata abierta, asomando
los pechos y el vientre desnudo; es paliducha y tiene el pelo amarillo.
Esta calle está llena de mujeres de mala vida; de las puertas de
sus casas cuelgan colchas rojas. Los mozos de este pueblo y las mujeres son más
chulos que en Madrid; llevan gorras de plato y muchos rizos y tufos por debajo
de ellas; las mujeres hablan con un tonillo muy redicho, taconean fuerte y se
mueven con desembarazo por las calles; las gusta mucho la mantilla y las
corridas de toros; los curas tienen también en esta tierra mucho de chulo, con
el sombrero algo terciado y los manteos cogidos con gracia y andan
contoneándose mucho. Aquí, lo mismo que en Madrid, se han cambiado los nombres
de sus calles más pintorescas por el de los caciques y políticos, pues todos
los pueblos de España tienen la estatua de algún ministro hijo de la tierra.”
(1) En los pueblos
llaman cabras a esas manchas tostadas que les salen en los muslos a las
mujeres, de pasarse cosiendo en el invierno las horas muertas con el brasero
debajo de las faldas.”
José Gutierrez Solana. La España negra.
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