lunes, 14 de enero de 2013

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






                       AUTOBIOGRAFÍA


Como el náufrago metódico que contase las olas que le   
      bastan para morir;
y las contase, y las volviese a contar, para evitar errores,
hasta la última,
hasta aquella que tiene la estatura de un niño y le
     cubre la frente,
así he vivido yo con una vaga prudencia de caballo de     
     cartón en el baño,
sabiendo que jamás me he equivocado en nada,
sino en las cosas que yo más quería.


Luis Rosales.

viernes, 11 de enero de 2013

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






     EL CIPRÉS DE SILOS


Enhiesto surtidor de sombra y sueño
que acongojas el cielo con tu lanza.
Chorro que a las estrellas casi alcanza
devanado a sí mismo en loco empeño.

Mástil de soledad, prodigio isleño;
flecha de fe, saeta de esperanza.
Hoy llegó a ti, riberas del Arlanza,
peregrina al azar, mi alma sin dueño.

Cuando te vi, señero, dulce, firme,
qué ansiedades sentí de diluirme
y ascender como tú, vuelto en cristales,

como tú, negra torre de arduos filos,
ejemplo de delirios verticales,
mudo ciprés en el fervor de Silos.


             Gerardo Diego

martes, 8 de enero de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




BURFORD Y BUMFORD



"En la agenda de registro,  por lo menos catorce hombres declararon tener más de cuarenta años, y ellos no eran los únicos. Fred Prosser, pintor en la vida civil, que admitía tener cuarenta y ocho años, tenía en realidad cincuenta y seis. David Davies, minero, que admitía tener cuarenta y dos, y Thomas Clark, otro minero que confesaba tener cuarenta y cinco, eran sólo uno o dos años más jóvenes que Prosser. James Burford, minero y mecánico, era el soldado más viejo de todos. La primera vez que hablé con él en las trincheras me dijo:
         --Excúseme, señor, ¿me podría explicar qué es este aparato que hay al lado de mi rifle?
         --Es el gatillo de seguridad. ¿No siguió usted un curso de artillería en el cuartel?
         --No, señor, me recluté en calidad de antiguo combatiente, y pasé allí sólo unos quince días. Los viejos rifles Lee-Metford no tenían este gatillo de seguridad.
Le pregunté cuándo había manejado por última vez un rifle.
--En Egipto, en 1882—me dijo.
--¿No estuvo usted en la guerra sudafricana?
--No, traté de incorporarme, pero me dijeron que era demasiado viejo, señor. En Egipto ya no era muy joven. En realidad tengo sesenta y tres años.
Pasaba los veranos vagabundeando por el país, y durante los meses de invierno trabajaba como minero, eligiendo una mina distinta en cada estación. Le oí discutir una noche con David Davies sobre los diferentes yacimientos de carbón en Gales, y recorrerlos de condado en condado y de mina en mina con comentarios técnicos.
La otra mitad del pelotón estaba formada por soldados que no habían cumplido aún la edad reglamentaria. Yo tenía a cinco de ellos a mis órdenes: me acuerdo, por ejemplo, de un tal William Bumford, también minero, que pretendía tener dieciocho años entonces y que tenía en realidad quince. Por lo general, se metía en problemas, pues se dormía cada vez que tenía que hacer la guardia nocturna, un delito que se sancionaba con la pena de muerte; a pesar de todos sus esfuerzos, no lograba evitarlo. En una ocasión lo vi dormirse repentinamente de pie, mientras sostenía un saco de arena para que otro individuo lo llenara. Así que durante un tiempo lo adscribimos al servicio de uno de los capellanes; unos cuantos meses después, todos los hombres mayores de cincuenta años y los menores de dieciocho habían sido eliminados. Bumford y Burford fueron enviados al campamento militar, pero eso no logró que evitaran la guerra. Bumford era lo suficientemente adulto en 1917 para devolverlo al batallón, y allí murió aquel verano. Burford murió en el campamento militar durante un bombardeo. O por lo menos eso me dijeron… la suerte que corrieron centenares de camaradas en Francia me llegó sólo de oídas."


Robert Graves. Adiós a todo eso. Muchnik Editores. 2000.

domingo, 6 de enero de 2013

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA




                YA NO ME BESAS


Un viento inesperado hizo vibrar las puertas
y nuestros labios eran de cristal en la noche
empapados en sangre dejada por los besos
de las bocas perdidas en medio de los bosques.

El fuego calcinaba nuestros labios de piedra
y su ceniza roja cegaba nuestros ojos
llenos de indiferencia entre cuatro murallas
amasadas con cráneos y arena de los trópicos.

Aquella fue la última vez que nos encontramos,
llevabas la cabeza de pájaros florida
y de flores de almendro las sienes recubiertas
entre lenguas de fuego y voces doloridas.

El rumbo de los barcos era desconocido
y el de las caravanas que van por el desierto
dejando sólo un rastro sobre el agua y la arena
de mástiles heridos y de huesos sangrientos.

Aquella fue la última noche que nuestros labios
de cristal y de sangre unieron nuestro aliento,
mientras la libertad desplegaba sus alas
de nuestra nuca herida por el último beso.


                                              Jose María Hinojosa.

viernes, 4 de enero de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE



 

 

LA MIRADA DE HIPSICRACIA


En el día duodécimo, vi que el hambre y la ración de las rubetas tenían proporción entre sí, y ordené que se la hiciesen llegar a los escitas en cuévanos de mimbre, más algunas vasijas de barro, esta vez con agua limpia.
Feroces, se arrojaron sobre los cuévanos tomando con ambas manos la comida infecciosa a la que dieron fin en corto tiempo. Después, empezaron a disputar por las vasijas y muy pocos lograron el agua, dado que se quebraban en las violencias.
Esto era en la hora del amanecer. Los más vomitaban ya cuando el sol empezó a tener alguna fuerza. Al mediodía, sus cuerpos estaban hinchados y crujían en contracciones duras de los nervios. Otros arañaban la tierra y aullaban más alto y feroz que las bestias antes de agonizar por herida, y todos dejaban caer excrementos líquidos y sangrientos. Con el sol aún en alto, empezaron a herirse entre ellos, arrancándose los cabellos y los ojos, como si la ración de rubetas levantase furias y fuerzas sobre la destrucción de las entrañas. Vi las pupilas giratorias y las lenguas negras.
Cumplido el deseo de Hipsicracia, ya que los hombres habrían de morir con la oscuridad, al apartarme vi, en el extremo del foso, a uno de ellos que, separado de los enloquecidos, había al parecer despreciado las rubetas. Se mantenía erguido en la serenidad. Consideré la aparición de un hombre aún noble y hermoso después de la tortura. Le vi sonreír mientras se abría las venas con los restos de una vasija y ordené que no se lo molestase.


Antonio Gamoneda. 

Libro de los venenos

Ediciones Siruela.







miércoles, 2 de enero de 2013

ALLÁ EN LAS INDIAS






EL INCA VIRACOCHA

«A Sacsahuana envió mensajeros el Inca Viracocha a los enemigos, con requerimientos de paz y amistad y perdón de lo pasado. Mas los Oiancas, habiendo sabido que el Inca Yáhuar Huácac se había retirado y desamparado la ciudad, aunque supieron que el príncipe su hijo estaba determinado a defenderla y que aquel mensaje era suyo, no lo quisieron escuchar, por parecerles (conforme a la soberbia que traían) que, habiendo huido el padre, no había por qué temer al hijo, y que la victoria era de ellos. Con estas esperanzas despidieron los mensajeros, sin les oír. Otro día, bien de mañana, salieron de Sacsahuana y caminaron hacia el Cuzco, y, por prisa que se dieron, habiendo de caminar en escuadrón formado, según orden de guerra, no pudieron llegar antes de la noche a donde el príncipe estaba; pararon un cuarto de legua en medio. El Inca Viracocha envió nuevos mensajeros, y al camino se los había enviado muy a menudo con el mismo  ofrecimiento de amistad y perdón de la rebelión. Los Chancas no los habían querido oír; solamente oyeron los postreros, que era cuando estaban ya alojados, a los cuales, por vía de desprecio, dijeron: "Mañana se verá quién merece ser Rey y quién puede perdonar".
Con esta mala respuesta, estuvieron los unos y los otros bien a recaudo toda la noche, con sus centinelas puestas, y luego, en siendo de día, armaron sus escuadrones, y con grandísima grita y vocería y sonido de trompetas y atabales y caracoles, caminaron los unos contra los otros. El Inca Viracocha quiso ir delante de todos los suyos y fue el primero que tiró a los enemigos el arma que llevaba; luego se trabó una bravísima pelea. Los Chancas, por salir con la victoria que se habían prometido, pelearon obstinadamente. Los Incas hicieron lo mismo, por librar a su príncipe de muerte o de afrenta. En esta pelea anduvieron todos con grandísimo coraje hasta mediodía, matándose unos a otros cruelmente, sin reconocerse ventaja de alguna de las partes. A esta hora asomaron los cinco mil hombres que habían estado emboscados, y, con mucho denuedo y grande alarido, dieron en los enemigos por el lado derecho de su escuadrón. Y como llegasen de refresco y arremetiesen con gran ímpetu, hicieron mucho daño en los Chancas y los retiraron muchos pasos atrás. Mas ellos, esforzándose unos a otros, volvieron a cobrar lo perdido y pelearon con grandísimo enojo que de sí mismos tenían, de ver que estuviesen  tanto  tiempo  sin ganar  la  victoria,  que  tan prometida se tenían.»


Inca Garcilaso de la Vega. 
Comentarios Reales.

martes, 1 de enero de 2013

OBITER DICTUM






      “Si, como decimos, el hombre se encuentra abierto a desear tantos otros en sí mismo como nombres tienen sus miembros fuera de él, si ha de reconocer tantos miembros dislocados de su unidad, perdida sin haber sido nunca, como entes hay que son la metáfora de esos miembros -se ve también que está resuelta la cuestión de saber qué valor de conocimiento tienen los símbolos, puesto que son esos miembros mismos los que le vuelven después de haber errado por el mundo bajo una forma enajenada. Ese valor, considerable en cuanto a la praxis, es nulo en cuanto a lo real.”


Jacques Lacan

sábado, 29 de diciembre de 2012

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE


CARRUSEL DE LA MUERTE


“Las sepulturas reales se encuentran en la región de Gerro, lugar hasta donde es navegable el Borístenes. Así que muere un soberano, cavan allí una gran fosa cuadrada. Lista ésta, depositan el cadáver sobre un carro y lo conducen a tierras de otras tribus  Antes, ha sido embalsamado de la siguiente manera: abierto y vaciado el vientre, lo rellenan con una mezcla de azafrán, incienso, semillas de apio y de anís, todo bien machacado, antes de coserlo. Por último, se cubre todo el cuerpo de una capa de cera.

Cuando el muerto es transportado de una provincia a otra, quienes lo reciben hacen lo mismo que los escitas reales: se cortan un trozo de oreja, rapan sus cabellos, se hacen cortes alrededor del brazo, aráñanse la frente y la nariz y se atraviesan la mano izquierda con una flecha.

Por fin, después de llevar el carro mortuorio de un lado a otro, llegan al lugar conocido por Gerro, el más apartado de sus dominios, donde aguarda la tumba. Colocan el cadáver en la fosa, sobre un lecho de paja, a cuyos lados hunden lanzas en el suelo. Seguidamente apoyan palos en ellas y lo cubren todo con una enramada de mimbre. En el espacio sobrante de la fosa entierran a una de sus concubinas, al copero, a un cocinero, un caballerizo, un criado y un mensajero para recados, todos los cuales son estrangulados antes. Tampoco le han de faltar al rey muerto caballos ni toda clase de útiles, incluso vasos de oro, pero no se le ponen en la tumba objetos de plata ni de bronce. La última operación consiste en formar entre todos los acompañantes un gran túmulo, y cada cual procura colaborar a que sea lo más alto posible."

Werner Keller. El asombro de Herodoto. Bruguera. 1973.

jueves, 27 de diciembre de 2012

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA




                  EN UN PUEBLECITO DE MILAN
        
Los amigos se habían ido
Y quedé solo en aquel bar al borde de la carreterra
Solo con todo el dolor de mi cuerpo con el peso de mi vida
Había una quietud suprema un silencio extraño y diferente
El silencio como un duelo con la disconformidad inapelable del mundo
Yo estaba en un pueblecito de Milán
Pero no se veía el pueblo
No se divisaba ningún caserío en mucho alrededor
Acaso alguna pequeña fábrica aislada como una prisión en la tierra calurosa de junio
Ella cruzó con el último sol de aquella tarde de verano
Cruzó aquella muchacha la carretera montada en su bicicleta con dos botellas de leche
         colgadas del manillar
¿Quedaría muy lejos el pueblo?
¿Llegaría tarde esta muchacha a su destino?
¿A lo largo de los años se ensangrentaría con la corona de los celos?
Yo seguía inmóvil frente a mi gran copa de coñac en aquel bar solitario al borde del camino
Inmóvil e ignorado por todo el universo
Lenta rueda la bicicleta de la muchacha segura de sus recados
Y lenta rodaba la tarde al aire libre de presagios
Mientras el tiempo se devoraba a si mismo sin consumir nunca la inmensidad de su angustia
Muchacha cruzaste muy despacio por la carretera
Pero también cruzaste muy despacio por la tierra de nadie que atraviesa mi alma
Al final de los siglos recuérdame Señor lo que vivi en ese pueblecito de Milán
Abrázame con aquel momento de dicha misteriosa y amarga
Abrázame con aquella muchacha de la bicicleta con aquel cielo resignado a su color
Abrázame con aquel instante silencioso desierto postrado en lejanías de tristeza insodable


                                                                                                                 Juan Sierra.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

ALLÁ EN LAS INDIAS





PANQUEZALIZTHI


        “En aquellos días de los meses que arriba quedan dichos, en uno de ellos que se llamaba Panquezalizthi, que era el catorceno, el cual era dedicado a los dioses de México, mayormente a dos de ellos que se decían ser hermanos y dioses de la guerra, poderosos para matar y destruir, vencer y sujetar; pues en este día, como pascua o fiesta más principal, se hacían muchos sacrificios de sangre, así de las orejas como de la lengua, que esto era muy común; otros se sacrificaban de los brazos y pechos y de otras partes del cuerpo; pero porque en esto de sacarse un poco de sangre para echar a los ídolos, como quien esparce agua bendita con los dedos, o echar la sangre en unos papeles y ofrecerlos de las orejas y lengua a todos y en todas partes era general; pero de las otras partes del cuerpo en cada provincia había su costumbre; unos de los brazos, otros de los pechos, que en esto de las señales se conocían de qué provincia eran. Demás de estos y otros sacrificios y ceremonias, sacrificaban y mataban a muchos de la manera que aquí diré.

        Tenían una piedra larga, de una brazada de largo, y casi palmo y medio de ancho, y un buen palmo de grueso o de esquina. La mitad de esta piedra estaba hincada en la tierra, arriba en lo alto encima de las gradas, delante del altar de los ídolos. En esta piedra tendían a los desventurados de espaldas para los sacrificar, y el pecho muy tenso, porque los tenían atados los pies y las manos, y el principal sacerdote de los ídolos o su lugarteniente, que eran los que más ordinariamente sacrificaban, y si algunas veces había tantos que sacrificar que éstos se cansasen, entraban otros que estaban ya diestros en el sacrificio, y de presto con una piedra de pedernal con que sacan lumbre, de esta piedra hecho un navajón como hierro de lanza, no mucho agudo, porque como es piedra muy recia y salta, no se puede hacer muy aguda; esto digo porque muchos piensan que eran de aquellas navajas de piedra negra, que en esta tierra las hay, y sácanlas con el filo tan delgado como de una navaja, y tan dulcemente corta como navaja, sino que luego saltan mellas; con aquel cruel navajón, como el pecho estaba tan tenso, con mucha fuerza abrían al desventurado y de presto sacábanle el corazón, y el oficial de esta maldad daba con el corazón encima del umbral del altar de parte de fuera, y allí dejaba hecha una mancha de sangre; y caído el corazón, estaba un poco bullendo en la tierra, y luego poníanle en una escudilla delante del altar. Otras veces tomaban el corazón y levantábanle hacia el sol, y a las veces untaban los labios de los ídolos con la sangre. Los corazones, a las veces los comían los ministros viejos; otras los enterraban, y luego tomaban el cuerpo y echábanle por las gradas abajo a rodar; y allegado abajo, si era de los presos en guerra, el que lo prendió, con sus amigos y parientes llevábanlo, y aparejaban aquella carne humana con otras comidas, y otro día hacían fiesta y le comían; y el mismo que le prendió, si tenía con qué lo poder hacer, daba aquel día a los convidados, mantas; y si el sacrificado era esclavo no le echaban a rodar, sino abajábanle a brazos, y hacían la misma fiesta y convite que con el preso en guerra, aunque no tanto con el esclavo; sin otras fiestas y días de más de muchas ceremonias con que las solemnizaban, como en estotras fiestas parecerá. Cuanto a los corazones de los que sacrificaban, digo: que en sacando el corazón a el sacrificado, aquel sacerdote del demonio tomaba el corazón en la mano, y levantábale como quien le muestra a el sol, y luego volvía a hacer otro tanto a el ídolo, y poníasele delante en un vaso de palo pintado, mayor que una escudilla, y en otro vaso cogía la sangre y daban de ella como a comer a el principal ídolo, untándole los labios, y después a los otros ídolos y figuras del demonio. En esta fiesta sacrificaban de los tomados en guerra o esclavos, porque casi siempre eran de éstos los que sacrificaban, según el pueblo, en unas veinte, en otros treinta, en otros cuarenta, y hasta cincuenta y sesenta; en México sacrificaban ciento, y de ahí arriba.”


Toribio de Motolinía. 
Historia de los indios de la Nueva España.

lunes, 24 de diciembre de 2012

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE



EN UNA NOCHE DE FUEGO



“Nos paseamos de un lado para otro en la habitación; entonces ella se acercó a una de las paredes cuyas ventanas estaban cerradas para abrir un pórtico, y yo vi lo que sólo se ve una vez en la vida. No sé si lo hizo a propósito para sorprenderme, pero si ése fue el caso consiguió su objetivo. Miramos por una ventana del piso más alto y justo frente a nosotros apareció el Vesubio; como el sol ya se había puesto se veía claramente el ardiente flujo de lava y su reflejo dorado en el humo que lo acompañaba. Una inmensa nube de vapor permanecía inmóvil  sobre la montaña rugiente, y con cada nueva erupción sus diversas masas  se iluminaban por separado, como por un relámpago, adquiriendo formas corpóreas. Desde allí hasta el mar se divisaba toda una franja incandescente de la cual emanaba más vapor. Lo demás, el mar y la tierra, las rocas y la vegetación, bien definidas bajo la luz crepuscular, reposaban en una calma encantada. Poder abarcar todo esto con la mirada y ver subirse la luna llena por detrás de la montaña como broche de oro de este cuadro maravilloso por fuerza tenía que causar asombro.”


Johann W. Goethe. Viaje a Italia. Ediciones B. 2001.