lunes, 7 de enero de 2013
domingo, 6 de enero de 2013
Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA
YA NO ME BESAS
Un viento inesperado hizo vibrar las puertas
y nuestros labios eran de cristal en la noche
empapados en sangre dejada por los besos
de las bocas perdidas en medio de los bosques.
y nuestros labios eran de cristal en la noche
empapados en sangre dejada por los besos
de las bocas perdidas en medio de los bosques.
El fuego calcinaba nuestros labios de piedra
y su ceniza roja cegaba nuestros ojos
llenos de indiferencia entre cuatro murallas
amasadas con cráneos y arena de los trópicos.
y su ceniza roja cegaba nuestros ojos
llenos de indiferencia entre cuatro murallas
amasadas con cráneos y arena de los trópicos.
Aquella fue la última vez que nos encontramos,
llevabas la cabeza de pájaros florida
y de flores de almendro las sienes recubiertas
entre lenguas de fuego y voces doloridas.
llevabas la cabeza de pájaros florida
y de flores de almendro las sienes recubiertas
entre lenguas de fuego y voces doloridas.
El rumbo de los barcos era desconocido
y el de las caravanas que van por el desierto
dejando sólo un rastro sobre el agua y la arena
de mástiles heridos y de huesos sangrientos.
y el de las caravanas que van por el desierto
dejando sólo un rastro sobre el agua y la arena
de mástiles heridos y de huesos sangrientos.
Aquella fue la última noche que nuestros labios
de cristal y de sangre unieron nuestro aliento,
mientras la libertad desplegaba sus alas
de nuestra nuca herida por el último beso.
de cristal y de sangre unieron nuestro aliento,
mientras la libertad desplegaba sus alas
de nuestra nuca herida por el último beso.
Jose María Hinojosa.
sábado, 5 de enero de 2013
viernes, 4 de enero de 2013
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
LA MIRADA DE HIPSICRACIA
En el día duodécimo, vi que el hambre y la
ración de las rubetas tenían proporción entre sí, y ordené que se la hiciesen
llegar a los escitas en cuévanos de mimbre, más algunas vasijas de barro, esta
vez con agua limpia.
Feroces, se arrojaron sobre los cuévanos
tomando con ambas manos la comida infecciosa a la que dieron fin en corto
tiempo. Después, empezaron a disputar por las vasijas y muy pocos lograron el
agua, dado que se quebraban en las violencias.
Esto era en la hora del amanecer. Los más
vomitaban ya cuando el sol empezó a tener alguna fuerza. Al mediodía, sus
cuerpos estaban hinchados y crujían en contracciones duras de los nervios.
Otros arañaban la tierra y aullaban más alto y feroz que las bestias antes de
agonizar por herida, y todos dejaban caer excrementos líquidos y sangrientos.
Con el sol aún en alto, empezaron a herirse entre ellos, arrancándose los
cabellos y los ojos, como si la ración de rubetas levantase furias y fuerzas
sobre la destrucción de las entrañas. Vi las pupilas giratorias y las lenguas
negras.
Cumplido el deseo de Hipsicracia, ya que los
hombres habrían de morir con la oscuridad, al apartarme vi, en el extremo del
foso, a uno de ellos que, separado de los enloquecidos, había al parecer
despreciado las rubetas. Se mantenía erguido en la serenidad. Consideré la
aparición de un hombre aún noble y hermoso después de la tortura. Le vi sonreír
mientras se abría las venas con los restos de una vasija y ordené que no se lo
molestase.
Antonio Gamoneda.
Libro de los venenos.
Ediciones Siruela.
jueves, 3 de enero de 2013
miércoles, 2 de enero de 2013
ALLÁ EN LAS INDIAS
EL INCA VIRACOCHA
«A Sacsahuana
envió mensajeros el Inca Viracocha a los enemigos, con requerimientos de paz y
amistad y perdón de lo pasado. Mas los Oiancas, habiendo sabido que el Inca
Yáhuar Huácac se había retirado y desamparado la ciudad, aunque supieron que el
príncipe su hijo estaba determinado a defenderla y que aquel mensaje era suyo,
no lo quisieron escuchar, por parecerles (conforme a la soberbia que traían)
que, habiendo huido el padre, no había por qué temer al hijo, y que la victoria
era de ellos. Con estas esperanzas despidieron los mensajeros, sin les oír.
Otro día, bien de mañana, salieron de Sacsahuana y caminaron hacia el Cuzco, y,
por prisa que se dieron, habiendo de caminar en escuadrón formado, según orden
de guerra, no pudieron llegar antes de la noche a donde el príncipe estaba;
pararon un cuarto de legua en medio. El Inca Viracocha envió nuevos mensajeros,
y al camino se los había enviado muy a menudo con el mismo ofrecimiento de amistad y perdón de la
rebelión. Los Chancas no los habían querido oír; solamente oyeron los
postreros, que era cuando estaban ya alojados, a los cuales, por vía de
desprecio, dijeron: "Mañana se verá quién merece ser Rey y quién puede
perdonar".
Con esta mala respuesta, estuvieron los unos y los otros bien a recaudo
toda la noche, con sus centinelas puestas, y luego, en siendo de día, armaron
sus escuadrones, y con grandísima grita y vocería y sonido de trompetas y
atabales y caracoles, caminaron los unos contra los otros. El Inca Viracocha
quiso ir delante de todos los suyos y fue el primero que tiró a los enemigos el
arma que llevaba; luego se trabó una bravísima pelea. Los Chancas, por salir
con la victoria que se habían prometido, pelearon obstinadamente. Los Incas
hicieron lo mismo, por librar a su príncipe de muerte o de afrenta. En esta pelea
anduvieron todos con grandísimo coraje hasta mediodía, matándose unos a otros
cruelmente, sin reconocerse ventaja de alguna de las partes. A esta hora
asomaron los cinco mil hombres que habían estado emboscados, y, con mucho
denuedo y grande alarido, dieron en los enemigos por el lado derecho de su
escuadrón. Y como llegasen de refresco y arremetiesen con gran ímpetu, hicieron
mucho daño en los Chancas y los retiraron muchos pasos atrás. Mas ellos,
esforzándose unos a otros, volvieron a cobrar lo perdido y pelearon con grandísimo
enojo que de sí mismos tenían, de ver que estuviesen tanto
tiempo sin ganar la
victoria, que tan prometida se tenían.»
Comentarios Reales.
martes, 1 de enero de 2013
OBITER DICTUM
“Si, como
decimos, el hombre se encuentra abierto a desear tantos otros en sí mismo como
nombres tienen sus miembros fuera de él, si ha de reconocer tantos miembros
dislocados de su unidad, perdida sin haber sido nunca, como entes hay que son
la metáfora de esos miembros -se ve también que está resuelta la cuestión de
saber qué valor de conocimiento tienen los símbolos, puesto que son esos
miembros mismos los que le vuelven después de haber errado por el mundo bajo
una forma enajenada. Ese valor, considerable en cuanto a la praxis, es nulo en
cuanto a lo real.”
Jacques Lacan
lunes, 31 de diciembre de 2012
sábado, 29 de diciembre de 2012
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
CARRUSEL DE LA MUERTE
“Las sepulturas reales se encuentran en
la región de Gerro, lugar hasta donde es navegable el Borístenes. Así que muere
un soberano, cavan allí una gran fosa cuadrada. Lista ésta, depositan el
cadáver sobre un carro y lo conducen a tierras de otras tribus
Antes, ha sido embalsamado de la siguiente manera: abierto y vaciado el
vientre, lo rellenan con una mezcla de azafrán, incienso, semillas de apio y de
anís, todo bien machacado, antes de coserlo. Por último, se cubre todo el
cuerpo de una capa de cera.
Cuando el muerto es transportado de una
provincia a otra, quienes lo reciben hacen lo mismo que los escitas reales: se
cortan un trozo de oreja, rapan sus cabellos, se hacen cortes alrededor del
brazo, aráñanse la frente y la nariz y se atraviesan la mano izquierda con una
flecha.
Por fin, después de llevar el carro
mortuorio de un lado a otro, llegan al lugar conocido por Gerro, el más
apartado de sus dominios, donde aguarda la tumba. Colocan el cadáver en la
fosa, sobre un lecho de paja, a cuyos lados hunden lanzas en el suelo.
Seguidamente apoyan palos en ellas y lo cubren todo con una enramada de mimbre.
En el espacio sobrante de la fosa entierran a una de sus concubinas, al copero,
a un cocinero, un caballerizo, un criado y un mensajero para recados, todos los
cuales son estrangulados antes. Tampoco le han de faltar al rey muerto caballos
ni toda clase de útiles, incluso vasos de oro, pero no se le ponen en la tumba
objetos de plata ni de bronce. La última operación consiste en formar entre
todos los acompañantes un gran túmulo, y cada cual procura colaborar a que sea
lo más alto posible."
Werner Keller. El asombro de Herodoto. Bruguera. 1973.
viernes, 28 de diciembre de 2012
jueves, 27 de diciembre de 2012
Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA
EN
UN PUEBLECITO DE MILAN
Los amigos se habían ido
Y quedé solo
en aquel bar al borde de la carreterra
Solo con todo
el dolor de mi cuerpo con el peso de mi vida
Había una
quietud suprema un silencio extraño y diferente
El silencio
como un duelo con la disconformidad inapelable del mundo
Yo estaba en
un pueblecito de Milán
Pero no se
veía el pueblo
No se
divisaba ningún caserío en mucho alrededor
Acaso alguna
pequeña fábrica aislada como una prisión en la tierra calurosa de junio
Ella cruzó
con el último sol de aquella tarde de verano
Cruzó aquella
muchacha la carretera montada en su bicicleta con dos botellas de leche
colgadas del manillar
¿Quedaría muy
lejos el pueblo?
¿Llegaría
tarde esta muchacha a su destino?
¿A lo largo
de los años se ensangrentaría con la corona de los celos?
Yo seguía
inmóvil frente a mi gran copa de coñac en aquel bar solitario al borde del
camino
Inmóvil e
ignorado por todo el universo
Lenta rueda
la bicicleta de la muchacha segura de sus recados
Y lenta
rodaba la tarde al aire libre de presagios
Mientras el
tiempo se devoraba a si mismo sin consumir nunca la inmensidad de su angustia
Muchacha
cruzaste muy despacio por la carretera
Pero también cruzaste
muy despacio por la tierra de nadie que atraviesa mi alma
Al final de
los siglos recuérdame Señor lo que vivi en ese pueblecito de Milán
Abrázame con
aquel momento de dicha misteriosa y amarga
Abrázame con
aquella muchacha de la bicicleta con aquel cielo resignado a su color
Abrázame con
aquel instante silencioso desierto postrado en lejanías de tristeza insodable
Juan Sierra.
miércoles, 26 de diciembre de 2012
ALLÁ EN LAS INDIAS
PANQUEZALIZTHI
“En aquellos días de los meses que arriba quedan
dichos, en uno de ellos que se llamaba Panquezalizthi, que era el catorceno, el
cual era dedicado a los dioses de México, mayormente a dos de ellos que se
decían ser hermanos y dioses de la guerra, poderosos para matar y destruir,
vencer y sujetar; pues en este día, como pascua o fiesta más principal, se
hacían muchos sacrificios de sangre, así de las orejas como de la lengua, que
esto era muy común; otros se sacrificaban de los brazos y pechos y de otras
partes del cuerpo; pero porque en esto de sacarse un poco de sangre para echar
a los ídolos, como quien esparce agua bendita con los dedos, o echar la sangre
en unos papeles y ofrecerlos de las orejas y lengua a todos y en todas partes
era general; pero de las otras partes del cuerpo en cada provincia había su
costumbre; unos de los brazos, otros de los pechos, que en esto de las señales
se conocían de qué provincia eran. Demás de estos y otros sacrificios y
ceremonias, sacrificaban y mataban a muchos de la manera que aquí diré.
Tenían una piedra larga, de una brazada
de largo, y casi palmo y medio de ancho, y un buen palmo de grueso o de
esquina. La mitad de esta piedra estaba hincada en la tierra, arriba en lo alto
encima de las gradas, delante del altar de los ídolos. En esta piedra tendían a
los desventurados de espaldas para los sacrificar, y el pecho muy tenso, porque
los tenían atados los pies y las manos, y el principal sacerdote de los ídolos
o su lugarteniente, que eran los que más ordinariamente sacrificaban, y si
algunas veces había tantos que sacrificar que éstos se cansasen, entraban otros
que estaban ya diestros en el sacrificio, y de presto con una piedra de
pedernal con que sacan lumbre, de esta piedra hecho un navajón como hierro de
lanza, no mucho agudo, porque como es piedra muy recia y salta, no se puede hacer
muy aguda; esto digo porque muchos piensan que eran de aquellas navajas de
piedra negra, que en esta tierra las hay, y sácanlas con el filo tan delgado
como de una navaja, y tan dulcemente corta como navaja, sino que luego saltan
mellas; con aquel cruel navajón, como el pecho estaba tan tenso, con mucha
fuerza abrían al desventurado y de presto sacábanle el corazón, y el oficial de
esta maldad daba con el corazón encima del umbral del altar de parte de fuera,
y allí dejaba hecha una mancha de sangre; y caído el corazón, estaba un poco
bullendo en la tierra, y luego poníanle en una escudilla delante del altar.
Otras veces tomaban el corazón y levantábanle hacia el sol, y a las veces
untaban los labios de los ídolos con la sangre. Los corazones, a las veces los
comían los ministros viejos; otras los enterraban, y luego tomaban el cuerpo y
echábanle por las gradas abajo a rodar; y allegado abajo, si era de los presos
en guerra, el que lo prendió, con sus amigos y parientes llevábanlo, y
aparejaban aquella carne humana con otras comidas, y otro día hacían fiesta y
le comían; y el mismo que le prendió, si tenía con qué lo poder hacer, daba
aquel día a los convidados, mantas; y si el sacrificado era esclavo no le
echaban a rodar, sino abajábanle a brazos, y hacían la misma fiesta y convite
que con el preso en guerra, aunque no tanto con el esclavo; sin otras fiestas y
días de más de muchas ceremonias con que las solemnizaban, como en estotras
fiestas parecerá. Cuanto a los corazones de los que sacrificaban, digo: que en
sacando el corazón a el sacrificado, aquel sacerdote del demonio tomaba el
corazón en la mano, y levantábale como quien le muestra a el sol, y luego
volvía a hacer otro tanto a el ídolo, y poníasele delante en un vaso de palo
pintado, mayor que una escudilla, y en otro vaso cogía la sangre y daban de
ella como a comer a el principal ídolo, untándole los labios, y después a los
otros ídolos y figuras del demonio. En esta fiesta sacrificaban de los tomados
en guerra o esclavos, porque casi siempre eran de éstos los que sacrificaban,
según el pueblo, en unas veinte, en otros treinta, en otros cuarenta, y hasta
cincuenta y sesenta; en México sacrificaban ciento, y de ahí arriba.”
Toribio
de Motolinía.
Historia de los indios de la Nueva España.
Historia de los indios de la Nueva España.
lunes, 24 de diciembre de 2012
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
“Nos paseamos de un lado para otro en la
habitación; entonces ella se acercó a una de las paredes cuyas ventanas estaban
cerradas para abrir un pórtico, y yo vi lo que sólo se ve una vez en la vida.
No sé si lo hizo a propósito para sorprenderme, pero si ése fue el caso consiguió
su objetivo. Miramos por una ventana del piso más alto y justo frente a
nosotros apareció el Vesubio; como el sol ya se había puesto se veía claramente
el ardiente flujo de lava y su reflejo dorado en el humo que lo acompañaba. Una
inmensa nube de vapor permanecía inmóvil sobre la montaña rugiente, y con cada nueva erupción
sus diversas masas se iluminaban por
separado, como por un relámpago, adquiriendo formas corpóreas. Desde allí hasta
el mar se divisaba toda una franja incandescente de la cual emanaba más vapor.
Lo demás, el mar y la tierra, las rocas y la vegetación, bien definidas bajo la
luz crepuscular, reposaban en una calma encantada. Poder abarcar todo esto con
la mirada y ver subirse la luna llena por detrás de la montaña como broche de
oro de este cuadro maravilloso por fuerza tenía que causar asombro.”
Johann W. Goethe. Viaje a Italia. Ediciones B. 2001.
sábado, 22 de diciembre de 2012
Y EL ÒBOLO LA LENGUA
ÚTĚCHA
Slečno, slečno vy se mračite
že po celý den vám pršelo?
Co by měla říkat tamhle ta malá jepice
které pršelo po celý život?
Jaroslav
Seifert.
viernes, 21 de diciembre de 2012
miércoles, 19 de diciembre de 2012
martes, 18 de diciembre de 2012
OBITER DICTUM
.
«Hay, sobre todo, épocas en que la
realidad humana, siempre móvil, se acelera, se embala en velocidades
vertiginosas. Nuestra época es de esta clase porque es de descensos y caídas.
De aquí que los hechos hayan dejado atrás el libro. Mucho de lo que en él se
anuncia fue pronto un presente y es ya un pasado. Además, como este libro ha
circulado mucho durante estos años fuera de Francia, no pocas de sus fórmulas
han llegado ya al lector francés por vías anónimas y son puro lugar común.
Hubiera sido, pues, excelente ocasión para practicar la obra de caridad más
propia de nuestro tiempo: no publicar libros superfluos.»
José Ortega y
Gasset.
lunes, 17 de diciembre de 2012
domingo, 16 de diciembre de 2012
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
AMAR COMO LOS SIDHE
“Uno de
los grandes problemas de la vida es que no podemos tener ninguna emoción pura.
Siempre hay en nuestro enemigo algo que nos gusta, y en nuestro amor algo que
nos desagrada. Es este enredo químico lo que nos hace viejos, y nos arruga la
frente y hace más profundos los surcos de nuestros ojos. Si fuéramos capaces de
amar y odiar con tan buen corazón como los Sidhe, podríamos volvernos tan
longevos como ellos. Pero hasta que llegue ese día sus incansables gozos y
pesares siempre habrán de constituir la mitad de su fascinación. En ellos jamás
se agota el amor, y las orbitas de los astros no pueden rendir a sus pies
danzantes. Los campesinos de Donegal se acuerdan de esto cuando se doblan sobre
la pala, o se sientan junta a la criba, al anochecer, absortos en la pesadez de
los campos, y cuentan historias sobre lo que no se puede olvidar. Hace poco
tiempo, dicen, dos criaturas de pequeño tamaño, la una igual que un joven, la
otra igual que una joven, se introdujeron en la casa de un granjero, y se
pasaron la noche deshollinando el hogar y limpiándolo todo. A la noche
siguiente volvieron, y, mientras el granjero estaba fuera, metieron todos los
muebles en una habitación del piso de arriba, y, tras ponerlos en círculos
pegados a las paredes, al parecer para mayor grandiosidad, se pusieron a
bailar. Bailaron y bailaron, y pasaron días y más días, y todo el paisanaje los
venía a ver, pero sus pies seguían sin sentir cansancio en ningún momento. El
granjero no se atrevía a vivir en la casa mientras tanto; y al cabo de tres
meses decidió poner término a la situación, y fue y les dijo que iba a venir el
cura. Al oír esto, las pequeñas criaturas se volvieron a su país, y en él su
alegría durará mientas las puntas de los juncos sigan siendo marrones, dice la
gente, y esto es hasta que Dios abrase el mundo entero con un beso.”
W. B Yeats. El crepúsculo celta. Ediciones Alfaguara.
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