jueves, 13 de diciembre de 2012

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE


EL MAHARAJAH



«Me habían hecho una detallada descripción del Maharajah, pero no me habían preparado para la curiosa figura que ahora entraba cojeando al cuarto. Su rostro de nariz sin puente, labios hundidos, mentón prominente y protuberantes ojos castaños, sobre el que se había formado una película azulada, tenía un vigoroso parecido con el de un perro pekinés; por la mitad del puente derrumbado de su nariz, desde el centro de la frente, le chorreaban unas manchas de pintura amarilla; un diamante brillaba en el lóbulo de cada oreja, y del borde de su sombrerito redondo, que estaba hecho de terciopelo verde y brocado dorado, asomaba un rizo de cabello gris oscuro. Era pequeño y muy liviano, y su cuerpo de articulaciones rígidas estaba prolijamente enfundado en una levita de faldones largos de tweed violeta y gris con un alto cuello militar de terciopelo gris y puños de la misma tela; los pantalones eran de algodón blanco, arrugadamente ajustados en la mitad inferior de la pierna, pero amplios de la rodilla para arriba. Las medias eran de un violeta brillante, y llevaba los pies, largos y delgados, en escarpines de baile de charol. Aprecié lentamente estos detalles.»



JOSEPH RANDOLPH ACKERLEY.

VACACIÓN HINDÚ.

EDITORIAL ANAGRAMA.


miércoles, 12 de diciembre de 2012

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





             EL RETORNO


Vieja alameda triste en que el árbol medita,
en que la nube azul contagia su quebranto
y en que el rosal se inclina al viento que dormita:
te traigo mi dolor y te ofrezco mi llanto.

He vuelto. Soy el mismo. La misma sed que me aqueja
y embelesa mi oído idéntica canción,
y soy aquel que ama el minuto que deja
un poco más de llanto dentro del corazón.

He vuelto. A tu silencio otoñal, he buscado
vanamente mis huellas entre todas las huellas,
y mi ilusión es una hoja muerta de aquellas
que estremecía el viento y que el sol ha dorado.

Y mientras quiero acaso recomenzar la senda
y un mal irremediable consume los destellos
del sol, vieja alameda, y te guardo mi ofrenda,
tú contemplas mis ojos y miras mis cabellos


Salvador Novo

lunes, 10 de diciembre de 2012

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






CORFÚ


“Al cabo de diez días de estancia en Atenas, sentí nostalgia de volver a Corfú. La guerra había comenzado, pero como los italianos habían anunciado su intención de permanecer neutrales, no veía razón para no volver a la isla y aprovechar hasta el máximo los días que quedaban de verano. Al llegar encontré a los griegos movilizados en la frontera albanesa. Cada vez que salía o entraba en la ciudad tenía que obtener un salvoconducto de la Policía. Karamenaios continuaba vigilando la playa desde su pequeña choza de cañas situada junto a la orilla. Nicola volvería pronto al pueblo de montaña para abrir la escuela. Se abría un maravilloso período de soledad. No tenía nada que hacer sino dejar pasar el tiempo. Spiro me envió a su hijo Lillis para que me diera lecciones de griego. Luego Lillis volvió a la ciudad, y me quedé solo. Era la primera vez en mi vida que estaba verdaderamente solo. Fue una experiencia que me produjo una enorme satisfacción. Al atardecer me paraba ante la casa de Nicola para charlar con él unos minutos y escuchar lo que decía sobre la guerra. Después de cenar, Karamenaios se dejaba caer por mi casa. Para nuestros intercambios lingüísticos disponíamos de un fondo de unas cincuenta palabras. Como pronto descubrí, no necesitábamos ni ésas siquiera. Hay mil maneras de hablar, y las palabras de nada sirven si el espíritu está ausente. Karamenaios y yo estábamos deseosos de hablar. Me daba igual que habláramos de la guerra o de cuchillos y tenedores. A veces nos dábamos cuenta de que una palabra o una frase que habíamos estado empleando durante días, él en inglés y yo en griego, tenía un significado completamente distinto al que creíamos. No importaba. Nos entendíamos igual aunque usáramos mal las palabras. Podía aprender cinco palabras nuevas una tarde y olvidar seis u ocho durante mi sueño. Lo importante era el afectuoso apretón de manos, el brillo de la mirada, las uvas que devorábamos juntos, el vaso que levantábamos en signo de amistad. De vez en cuando me excitaba y, usando una mezcla de inglés, griego, alemán, francés, choctaw, swahili o cualquier otro idioma que creía serviría para mi propósito, valiéndome de la silla, la mesa, la cuchara, la lámpara o el cuchillo del pan, le representaba una escena de mi vida en Nueva York, París, Londres, Chula Vista, Canarsie, Hackensack o en otro lugar en que jamás había estado, o donde había ido en sueños o cuando estaba dormido en la mesa de operaciones. Me sentía en tan buena forma, tan versátil y acrobático, que me subía a la mesa y me ponía a cantar en un idioma desconocido, o saltaba de la mesa a la cómoda y de la cómoda a la escalera, o me balanceaba en las vigas del techo, o hacía cualquier otra cosa para entretenerle, para divertirle y conseguir que se desternillase de risa. En el pueblo me tenían por viejo debido a mi calvicie y a mis canas. Nadie ha visto a un viejo hacer lo que hacía. «El viejo se va a bañar», decían, «El viejo sale en barca». Siempre «el viejo». Si estallaba una tormenta y sabían que me encontraba en medio del agua, enviaban a alguno a vigilar para que «el viejo» regresara sin daño. Si decidía dar una caminata por las colinas, Karamenaios se ofrecía a acompañarme para que no me sucediera nada malo. Si encallaba en cualquier parte, bastaba con decir que era americano para que doce manos se aprestaran a ayudarme. Salía por la mañana en busca de nuevas calas y entradas en donde bañarme. Nunca encontraba alma viviente. Era como Robinson Crusoe en su isla de Tobago. Durante largas horas permanecía tumbado al sol, sin hacer nada, sin pensar en nada. Mantener la mente vacía es una proeza, una proeza muy saludable. Estar en silencio todo el día, no ver ningún periódico, no oír ninguna radio, no escuchar ningún chisme, abandonarse absoluta y completamente a la pereza, estar absoluta y completamente indiferente al destino del mundo, es la más hermosa medicina que uno puede tomar. Poco a poco se suelta la cultura libresca; los problemas se funden y se disuelven; los ligámenes se rompen; el pensamiento, cuando uno se digna entregarse a él, se hace muy primitivo; el cuerpo se transforma en un nuevo y maravilloso instrumento; se mira a las plantas, a las piedras y a los peces con ojos diferentes; se pregunta uno a qué conducen las luchas frenéticas en que están envueltos los hombres; se sabe que hay guerra, pero no se tiene la menor idea de cuál es la causa o el porqué la gente disfruta matándose los unos a los otros; se mira a un lugar como Albania —lo tenía constantemente bajo mis ojos— y uno se dice: ayer era griega, hoy es italiana, mañana puede ser alemana o japonesa, y uno la deja ser lo que le plazca. Cuando se está de acuerdo consigo mismo, importa poco la bandera que flota sobre nuestra cabeza, o a quien pertenezca esa u otra cosa, o que se hable inglés o monongahela. No hay dicha más singular ni más grande que la ausencia de periódicos, la ausencia de noticias sobre lo que los hombres hacen en diferentes partes del mundo para que la vida sea pasadera o difícil. Estoy seguro de que si pudiéramos suprimir los periódicos tan sólo, daríamos un gran paso adelante. Los periódicos engendran mentiras, odio, codicia, envidia, sospecha, temor, malicia. No necesitamos la verdad tal como nos la sirve la prensa diaria. Lo que necesitamos es paz, soledad y ocio. Si pudiéramos ir todos a la huelga y sinceramente repudiar todo interés por lo que hace nuestro vecino, tal vez lograríamos un nuevo nivel de vida. Aprenderíamos a pasar sin teléfonos, radios y periódicos, sin máquinas de toda clase, sin fábricas, sin factorías, sin minas, sin explosivos, sin acorazados, sin políticos, sin abogados, sin latas de conserva, sin esto y lo otro, incluso sin hojas de afeitar, cigarrillos o dinero. Ya sé que esto es sueño, humo y nada más. La gente sólo va a la huelga para obtener oportunidades mejores para convertirse en otra cosa de lo que es.”


Henry Miller. El coloso de Marusi. Editorial Seix Barral.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





              REGRESO



Un instante la silla ha regresado
a su lejano árbol
con sus verdes tatuajes ya secos.

Sus pájaros están dispersos, muertos,
y la manada del rugoso cuero
yace plegada bajo las tachuelas.

Ya no hay más que silencio nivelado
bajo la sombra de un follaje extinto
donde se curte todo su misterio.

Fiel a sus tablas, sólo da reposo,
cuando en tardes la hemos recostado
a la pared, ahogando una memoria
de días que crecieron como un árbol
y la vida tronchó por cosa muerta,
claveteada con viejos pensamientos.

Eugenio Montejo.

viernes, 7 de diciembre de 2012

OBITER DICTUM






Viajar por vocación se considera aquí indicio de extravagancia; algo que se acerca a manía. Y es porque, en concepto del español, todo viaje representa una suma de padecimientos y de gastos muy superior a los goces que puede reportar.
Hablando en general, yo creo que no van descaminados los que tal presuponen. Para disfrutar viajando se necesita poseer una fuerte educación, o colectiva, como la del pueblo inglés, o individual: una cultura que comprenda nociones completas de historia, de arqueología, de crítica artística; otra cultura, que dicte la urbanidad más exquisita, unida a la reserva más grave en el trato con las gentes a quienes forzosamente se encuentra y habla el viajero; la firmeza mayor para hacer valer su derecho, y la rectitud más desinteresada para respetar el ajeno; la precaución más cauta en los ajustes, y la oportuna generosidad en las gratificaciones; el valor para arrostrar los peligros, y la prudencia para sortearlos, y, por último (no me cansaré de recordar esto a mis compatriotas), la locuacidad para averiguar lo que conviene saber y el mutismo ante todo lo que sea murmuración, impertinente curiosidad, conato de investigar lo que a nadie importa.
El español tiene la graciosa costumbre de intimar con los compañeros de viaje; de abrirles el corazón; de hablar en las mesas de las fondas como si estuviesen en su casa, y disputar rabiosamente con gentes a quienes no conoce ni ha visto nunca, y cuya opinión, por lo tanto, debiera importarle tres cominos.
En cierta mesa redonda ocurrió, no ha mucho, un curioso incidente.
Sentábase en ella una dama a quien, mientras estuvo presente, colmaron de exageradas atenciones dos o tres caballeros (uno de ellos ocupaba puesto oficial). Despidiose la dama a los postres y se retiró a su habitación, y los… ¿caballeros? Quedaron de sobremesa y entre chupada y chupada de cigarro, poniendo a la antes obsequiada señora como digan dueñas.
Hallábase presente un inglés que, aunque trataba a la señora lo mismo que la trataban sus despellejadores, se había contentado con dirigirle una rígida inclinación de cabeza al verla entrar. No obstante, al oír a los maldicientes, dio el inglés señales de impaciencia, y acabó por advertirles que aquella conversación le parecía muy inconveniente.
Como el más calumniador de todos (el del puesto oficial) replicase con desabrimiento, el inglés se levantó; de un revés de su ancha manaza arrojó al individuo contra la pared y, sin descomponerse ni apresurarse, salió del comedor a largas zancajadas… ¿Ustedes creerán que por eso se corrigieron ni aquél ni los demás indiscretos que en viaje hablan como en el gabinete de su propia casa, y aún peor, si a mano viene? ¡Quiá! Manos había de tener el inglés que los abofetease a todos.”


Emilia Pardo Bazán.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






NOCHE


Sobre la nieve se oye resbalar la noche

La canción caía de los árboles

Y tras la niebla daban voces

De una mirada encendí mi cigarro

Cada vez que abro los labios

Inundo de nubes el vacío

En el puerto

Los mástiles están llenos de nidos

Y el viento

gime entre las alas de los pájaros

Las Olas Mecen El Navío Muerto

Yo en la orilla silbando

Miro la estrella que humea entre mis dedos


                                Vicente Huidobro




sábado, 1 de diciembre de 2012

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





[…]

No fui dueño de fundo, ni marino, ni atorrante,
      ni contrabandista o arriero cordillerano,
mi voluntad no tuvo caballos ni mujeres en la edad
madura
y a mi amor lo arrasó la muerte azotándolo con su
aldabón trasnochado, despedazado e inútil y su huracán oliendo a manzana asesinada.
[…]


Pablo de Rokha.

viernes, 30 de noviembre de 2012

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




EL AIRE DE ROMA


“Lo que no mencionan las guías es la sensación de peligro que experimenta el turista en Roma. Al volver a la ciudad después de un fin de semana largo, ves la larga fila de coches fúnebres ante las puertas del Campo Verano. Casi todos los coches y carrozas fúnebres de Roma están ahí, y mientras observas, otros dos se suman a la cola. Debe de haber unos veinticinco. Preguntas a uno de los conductores qué sucede y responde que se debe a la epidemia. Hace tres días que transporta cadáveres sin un momento para comer o descansar. Se persigna y avanza lentamente hacia la entrada. En la ciudad, en la Piazza Venezia, es una noche de invierno, con la lúgubre humedad característica de esa parte del mundo. Los reflectores que apuntan al monumento, las nubes amarillas de una niebla de gran ciudad. Estacionas el coche, giras la llave de contacto, inmovilizas el volante y cierras bien todas las puertas, porque los robos son habituales en este barrio. Entras a un bar a comprar cigarrillos y son tales la humedad y el frío que la pobre chica que te atiende está temblando a pesar de sus tres jerséis de lana y las botas forradas de piel. Compras el periódico vespertino. En el bar y en las calles, todo el mundo tose. Le preguntas al portero de nuestra casa qué sabe sobre la epidemia y responde que hay peste, pero que por la gracia infinita de Dios, su casa y su familia están bien. Su hermana se ha llevado a los niños a Capranica para huir del aire envenenado de la ciudad, pero él no tiene adónde enviar a sus hijos. Sólo le queda rezar. Arriba, en tu casa, te sirves un buen whisky medicinal y sales al balcón a contemplar la peligrosa y extraña ciudad. Llamas a otro amigo y una voz desconocida te dice que se ha ido a Suiza. Llamas a otro amigo, que ha salido hacia Mallorca. Llamas al médico. Está de mal humor, porque tu llamada ha interrumpido su cena. Le preguntas si la ciudad es peligrosa. “Sí, claro que la ciudad es peligrosa –responde a gritos--. Roma siempre ha sido peligrosa. La vida es peligrosa. ¿Cree que vivirá siempre? Cuelga con violencia. Hojeas el diario en busca de noticias sobre la peste. Las habituales crisis ministeriales, un nuevo yacimiento de petróleo descubierto en Sicilia, un asesinato en la Via Cassia, pero la única noticia sobre la epidemia es que van a celebrar una misa cantada en seis iglesias por la salud de la ciudad de Roma. Podrías huir a Suiza o a Mallorca como tus amigos, pero ¿cómo vas a huir sin saber de qué huyes?”


John Cheever. Diarios. Emecé Editores.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





The Phoenix and the Turtle


Let the bird of loudest lay,
On the sole Arabian tree,
Herald sad and trumpet be,
To whose sound chaste wings obey.

But thou, shrieking harbinger,
Foul pre-currer of the fiend,
Augur of the fever's end,
To this troop come thou not near.

From this session interdict
Every fowl of tyrant wing,
Save the eagle, feather'd king:
Keep the obsequy so strict.

Let the priest in surplice white,
That defunctive music can,
Be the death-divining swan,
Lest the requiem lack his right.

And thou, treble-dated crow,
That thy sable gender mak'st
With the breath thou giv'st and tak'st,
'Mongst our mourners shalt thou go.

Here the anthem doth commence:
Love and constancy is dead;
Phoenix and the turtle fled
In a mutual flame from hence.

So they lov'd, as love in twain
Had the essence but in one;
Two distincts, division none:
Number there in love was slain.

Hearts remote, yet not asunder;
Distance, and no space was seen
'Twixt the turtle and his queen;
But in them it were a wonder.
So between them love did shine,
That the turtle saw his right
Flaming in the phoenix' sight:
Either was the other's mine.

Property was thus appall'd,
That the self was not the same;
Single nature's double name
Neither two nor one was call'd.

Reason, in itself confounded,
Saw division grow together;
To themselves yet either-neither,
Simple were so well compounded

That it cried how true a twain
Seemeth this concordant one!
Love hath reason, reason none
If what parts can so remain.

Whereupon it made this threne
To the phoenix and the dove,
Co-supreme and stars of love;
As chorus to their tragic scene.

Threnos.

Beauty, truth, and rarity.
Grace in all simplicity,
Here enclos'd in cinders lie.

Death is now the phoenix' nest;
And the turtle's loyal breast
To eternity doth rest,

Leaving no posterity:--
'Twas not their infirmity,
It was married chastity.

Truth may seem, but cannot be:
Beauty brag, but 'tis not she;
Truth and beauty buried be.

To this urn let those repair
That are either true or fair;
For these dead birds sigh a prayer.


William Shakespeare.

viernes, 23 de noviembre de 2012

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE



IOGURES




"El oasis de Yarkant es enorme; continúa sin interrupción hasta Yecheng, que se encuentra a cuarenta kilómetros de distancia. El conductor nos dejó en un extremo de la ciudad, nos estrechamos la mano y se marchó comprensiblemente nervioso de que le sorprendieran ayudándonos. Empezamos a andar por los callejones y por entre los parterres de los jardines, intentando evitar las calles principales de la ciudad, pero aun así, atrajimos un séquito considerable. La gente de Yecheng nunca había visto a un europeo y estaba dispuesta a no dejar escapar la oportunidad. Los labradores dejaban caer la azada; los obreros abandonaban el torno. Los niños que volvían del colegio daban media vuelta y se unían a la muchedumbre creciente que nos seguía los pasos. La sensación de ser flautista mágico probablemente fue muy divertida para Hamelin, pero a nosotros no sólo resultaba irritante, sino que además era peligrosa. Posiblemente hubiéramos podido eludir los guardias de Seguridad Pública de habernos encontrado en nuestra propia ciudad, pero costaba imaginar cómo alguien podía dejar de ver a una multitud vociferante de por lo menos sesenta personas. Tampoco era especialmente halagador. Por lo que habíamos visto en Kashgar, los uigures consideran que los europeos son gente extremadamente fea. Los paquistaníes creen que somos la imagen de la perfección (las mujeres paquistaníes elegantes se ponen una crema para el sol destinada no a broncear, sino a dar a la piel un tono más claro, más europeo), pero los iugures no comparten el mismo gusto. En Kashgar, Louisa no había recibido ni una sola de las generosas proposiciones que le habían hecho al otro lado de los Karakorum. Para los uigures nosotros nos parecemos a los ogros de los cuentos de hadas ingleses: somos demasiado altos, tenemos la nariz larga y ancha, los labios fofos, los rasgos deformes o nada atractivos. Los senos de Louisa eran objeto de un examen minucioso e incrédulo por parte de los uigures: ¿cómo podía existir alguien con aquellos melones?"

William Dalrymple. Tras los pasos de Marco Polo. Edhasa.





lunes, 19 de noviembre de 2012

OBITER DICTUM





“La alta política de los estados europeos es incomprensible para las inteligencias vulgares. Un día cualquiera, cuando creemos que no hay mayores motivos para una conflagración internacional que en la víspera de ese día y que en todos los días del año, resulta que sin saber cómo ni cuándo, ni porqué la situación es gravísima; que el conflicto de los Dardanelos se ha complicado; que la supremacía sobre el mar Báltico ha de dirimirse; que Alemania no ve con buenos ojos --los ojos del káiser-- el flirt de Inglaterra con Rusia y con Francia; que Austria e Italia se despegan de la triple alianza; que en vista de la pequeñez de los mares, hay nación que desea arrendar el Mediterráneo o el Atlántico o el Pacífico, para uso particular de sus barcos, como si se tratara del estanque del Retiro; problemas terribles todos ellos que, no preocupando ni poco ni mucho a nadie en particular, en cuanto ciudadano inglés, alemán, francés, etc., tienen la virtud de preocupar a Inglaterra, Alemania, Francia, etc., en cuanto naciones y estados. Váyase por los muchos problemas que preocupan cada día a los ciudadanos de esos estados, sin que el Estado se preocupe de ellos para nada.
De un lado va la historia grande, la que se escribe a cañonazos. De otro la historia chica, la que no se escribe nunca, pero vive siempre. El divorcio entre una y otra es mayor cada día; de tal modo, que bien puede arriesgarse la siguiente definición. ¿Qué se entiende por grandes cuestiones de política internacional?
--Las que no le importan a nadie en el mundo.”


Jacinto Benavente.