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viernes, 23 de noviembre de 2012

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE



IOGURES




"El oasis de Yarkant es enorme; continúa sin interrupción hasta Yecheng, que se encuentra a cuarenta kilómetros de distancia. El conductor nos dejó en un extremo de la ciudad, nos estrechamos la mano y se marchó comprensiblemente nervioso de que le sorprendieran ayudándonos. Empezamos a andar por los callejones y por entre los parterres de los jardines, intentando evitar las calles principales de la ciudad, pero aun así, atrajimos un séquito considerable. La gente de Yecheng nunca había visto a un europeo y estaba dispuesta a no dejar escapar la oportunidad. Los labradores dejaban caer la azada; los obreros abandonaban el torno. Los niños que volvían del colegio daban media vuelta y se unían a la muchedumbre creciente que nos seguía los pasos. La sensación de ser flautista mágico probablemente fue muy divertida para Hamelin, pero a nosotros no sólo resultaba irritante, sino que además era peligrosa. Posiblemente hubiéramos podido eludir los guardias de Seguridad Pública de habernos encontrado en nuestra propia ciudad, pero costaba imaginar cómo alguien podía dejar de ver a una multitud vociferante de por lo menos sesenta personas. Tampoco era especialmente halagador. Por lo que habíamos visto en Kashgar, los uigures consideran que los europeos son gente extremadamente fea. Los paquistaníes creen que somos la imagen de la perfección (las mujeres paquistaníes elegantes se ponen una crema para el sol destinada no a broncear, sino a dar a la piel un tono más claro, más europeo), pero los iugures no comparten el mismo gusto. En Kashgar, Louisa no había recibido ni una sola de las generosas proposiciones que le habían hecho al otro lado de los Karakorum. Para los uigures nosotros nos parecemos a los ogros de los cuentos de hadas ingleses: somos demasiado altos, tenemos la nariz larga y ancha, los labios fofos, los rasgos deformes o nada atractivos. Los senos de Louisa eran objeto de un examen minucioso e incrédulo por parte de los uigures: ¿cómo podía existir alguien con aquellos melones?"

William Dalrymple. Tras los pasos de Marco Polo. Edhasa.