miércoles, 28 de marzo de 2012
lunes, 26 de marzo de 2012
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
Del palacio maravilloso que hay en Cambalú y de la asombrosa hermosura de aquel lugar.
“Durante tres meses, a saber, diciembre, enero y febrero, el rey
Cublay reside sin interrupción en la ciudad regia, en la cual se alza el
palacio real, que es de esta traza. En primer lugar su circunferencia abarca
cuatro millas, de suerte que cada uno de sus cuatro lados mide una milla. La
muralla del palacio es de gran grosor, y de diez pasos de altura; su fachada
exterior está pintada por todas partes de blanco y rojo. En cada esquina de la
muralla se levanta un palacio grande y hermoso; igualmente hay otro palacio en
el centro de cada fachada de las murallas principales, de manera que hay en
todo el contorno ocho palacios. En éstos se guarda el aparato y las armas de
guerra, a saber, arcos, flechas, aljabas, espuelas, sillas, frenos, cuerdas de
arco y demás pertrechos pertinentes al combate; en cada palacio se conservan
sólo armas de una clase. La fachada del palacio que mira al mediodía tiene
cinco puertas, de las cuales la central es mayor que las demás y no se abre
jamás, salvo para la entrada o la salida del soberano, pues nadie puede cruzar
por ella excepto el rey; pero tiene dos puertas menores laterales por las que
pasan los que acompañan al monarca. Las tres restantes fachadas están provistas
de una única puerta en su centro, por la que puede entrar libremente
quienquiera. Detrás de los palacios susodichos situados en la fachada, corre a
la distancia oportuna otro muro a la manera del anterior que contiene
igualmente ocho palacios, en los que se guardan otros aprestos y enseres
preciosos y joyas del gran rey. En el centro del espacio interior se encuentra
el palacio real; carece de terraza, pero su pavimento sobresale diez palmos del
suelo del exterior. Su techo es muy alto y está primorosamente pintado. Las
paredes de las salas y de las habitaciones están todas recubiertas de oro y de
plata y en ellas se encuentran hermosas pinturas y cuadros con historias de
batallas. Gracias a estos adornos y pinturas el palacio resplandece sobremanera.
En la sala mayor se sientan a la mesa al mismo tiempo alrededor de seis mil
hombres. Detrás de las murallas susodichas y entre los mencionados palacios se
extienden amenos jardines, cubiertos de praderas y arbustos silvestres de
sabrosísimos frutos. Pueblan los vergeles muchos animales salvajes, a saber,
ciervos blancos, los bichos en los que se encuentra el almizcle, de los cuales
se ha hablado en el libro primero, cabras, gamos, veros y otros muchos animales
a maravilla. En la parte de la sala que da al aquilón se extiende junto al
palacio un estanque en el que se crían muchos y exquisitos peces, que se llevan
allí de otras partes; de éstos puede elegir el rey según le plazca. Al estanque
lo atraviesa un rió, a cuya entrada y salida están puestas rejas de hierro,
para que los peces no puedan escapar. Fuera del palacio y a una legua se eleva
un montecillo de cien pasos de altura y de una milla de circunferencia,
sembrado de árboles cuya hoja siempre verdea. Dondequiera que sepa el rey que
hay un árbol hermoso, hace que se le traslade allí con sus raíces a lomo de
elefantes, incluso desde regiones remotas, y ordena que se plante en el jardín;
por tanto, crecen en él árboles hermosos sobremanera. Todo el monte es ameno y
cubierto de hierba verde; y como todas las cosas son allí verdes, por eso se
llama Monte Verde. Remata su cumbre un palacio pintado de verde. En ese
montecillo se recrea a menudo el Gran Kan en sus ratos de holganza. Junto al
palacio susodicho construyó el rey Cublay otro palacio semejante a él en todo,
en el que habita Themur, el que ha de reinar a su muerte, que dispone de una
corte regia muy magnífica; y tiene bulas imperiales y sello imperial, pero no
con tanta plenitud de poderes como el Gran Kan.”
Marco Polo. El libro
de… Alianza Editorial.
viernes, 23 de marzo de 2012
miércoles, 21 de marzo de 2012
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
EL EGO GRIS
"Tengo una pésima opinión de mí mismo. No me
gusto nada. Me considero capaz de hacer, en cualquier momento, el más abyecto
desatino, la más indignante tontería. Tengo grandes dudas sobre mi moralidad
intrínseca. Mis defensas –sobre todo las defensas que provienen de la vanidad,
del amor propio—son paupérrimas. Soy un hombre ligero –pero no soy un
presumido--. Ligero, muchísimo. No pasa día que no formule las correspondientes
mentiras, que no articule las correspondientes frases gratuitas –cheques sin
provisión--, que no hable con la mayor frivolidad y por el gusto de mero
capricho. Hay gente que sabe justificar sus propias mentiras. Todo lo que
hacen, lo consideran absolutamente necesario. ¡Felices ellos! Yo digo una
falsedad pero no lo hago a conciencia. Se me nota en seguida en la cara. No sé
disimular, no tengo confianza en mí mismo. Y es precisamente porque no tengo
confianza en mí mismo por lo que los otros tampoco me la prestan. No llego a
inspirar confianza –éste es el hecho--. Cuando algunos de mis amigos han
aplicado su agudeza a la observación de mi manera de ser, han dado un
diagnóstico inquietante. Márius Aguilar ha escrito que yo soy una especie de
ruso del Mediterráneo. ¡Para un espíritu tan latino, tan cyranesco como el de él,
es una nota bastante triste! Josep María de Sagarra dice –me lo ha dicho a mí
mismo—que soy un hombre falso. No sé en qué estima me tiene el doctor
Borralleras. Me mira, me vuelve a mirar, me remira y, sospecho que no da en el
busilis. Ahora bien: yo no quiero tener contra todo el mundo. No tengo ninguna
condición para el heroísmo. Pero una cosa me parece muy cierta: es
absolutamente urgente que me presente de otra manera –por lo menos con otro
traje."
Josep Pla. El cuaderno gris.
Ediciones Destino. 1994.
lunes, 19 de marzo de 2012
sábado, 17 de marzo de 2012
Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA
AS PALAVRAS INTERDITAS
Os
navios existem, e existe o teu rosto
encostado
ao rosto dos navios.
Sem
nenhum destino flutuam nas cidades,
partem
no vento, regressam nos rios.
Na areia
branca, onde o tempo começa,
uma
criança passa de costas para o mar.
Anoitece.
Não há dúvida, anoitece.
É
preciso partir, é preciso ficar.
Os
hospitais cobrem-se de cinza.
Ondas de
sombra quebram nas esquinas.
Amo-te...
E entram pela janela
as
primeiras luzes das colinas.
As
palavras que te envio são interditas
até, meu
amor, pelo halo das searas;
se
alguma regressasse, nem já reconhecia
o teu
nome nas suas curvas claras.
Dói-me
esta água, este ar que se respira,
dói-me
esta solidão de pedra escura,
estas
mãos nocturnas onde aperto
os meus
dias quebrados na cintura.
E a
noite cresce apaixonadamente.
Nas suas
margens nuas, desoladas,
cada
homem tem apenas para dar
um
horizonte de cidades bombardeadas.
Eugenio de Andrade
viernes, 16 de marzo de 2012
jueves, 15 de marzo de 2012
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
EL
SABOR DE UN PAISAJE
«Esta idea, que estimo básica para percibir la mutación que se
iba a operar en la perspectiva de la guerra, tal vez la reciban con ira o con
desprecio, o con odio, o con desdén, quienes manejan aquellos intereses e
ideologías, a pesar de lo cual no he dejado de escribirla porque soy español y
porque sé de las nobles reacciones de mi pueblo al que creo conocer: pude
estudiarlo y comprenderlo a lo largo de una vida vulgar, pero fecunda: en los
colegios donde comencé mi educación, en los cuartos de banderas, en las minas,
en las fábricas, en los clubes aristocráticos y en las mansiones señoriales, en
los cenáculos literarios, en las sacristías, en las logias, en las iglesias y
en los mercados, donde viven, bullendo o dormitando, las clases sociales,
hombres, mujeres, niños, viejos, artistas, pensadores y labriegos. En todos
esos lugares he estado, he hablado con mis compatriotas de tú a tú, los he
escuchado y he convivido con ellos y, lo que es lo mismo, he podido saborear y
captar el ambiente y el panorama sin conformarme con observarlo como se pueden
contemplar una película o un paisaje; y todo eso he podido hacerlo libre y
dignamente, sin ser amo ni siervo, clérigo ni masón, marxista ni falangista, es
decir, sin ser otra cosa que lo que somos muchos españoles, celosos defensores
de la independencia nacional, gentes de fe y patriotas sin alharacas. Porque
así he conocido a mi pueblo, he podido admirarlo y tener fe en él y en sus
obras. »
Vicente
Rojo.
Así
fue la defensa de Madrid.
Ediciones
Era.
miércoles, 14 de marzo de 2012
OBITER DICTUM
Cuando la señorita Polaire llegó a Nueva York, contratada por un
empresario norteamericano, su indignación fue algo espantosa al verse anunciada
como la mujer más fea del mundo.
— ¡Qué quiere usted!
—le dijo el empresario—. Si fuese usted más bonita que fea, la hubiésemos
anunciado como la mujer más bonita del mundo; pero siendo usted más fea que
bonita, hemos tenido que anunciarla como lo hemos hecho. Además, aquí hay todas
las temporadas 10 o 12 mujeres, cada una de las cuales es la más bonita del
mundo. Las mujeres más bonitas del mundo dan cada vez menos resultado. Ahora
vamos a ensayar las más feas…
Julio
Camba
martes, 13 de marzo de 2012
domingo, 11 de marzo de 2012
OBITER DICTUM
“En
una de estas visitas oficiales sobrevino un incidente que caracteriza muy bien
el rigor de la etiqueta inda y merece ser notado. Se hallaba el virrey en casa
del Maharajá de Jutpore, y como faltaba tema de conversación, preguntó aquél al
príncipe si tenía varios hijos; pero el anciano rajput, considerando aquella
pregunta tan sencilla como una inconveniencia, no contestó. La costumbre inda
exige, en efecto, que no se hable de la familia en los actos oficiales. Para
salir del apuro, el ministro indio se aventuró a decir que el rey tenía
veintidós hijos; pero al oírlo el rajá, exclamó con acento de cólera: «¡Más de
ciento!» El ministro debió explicar entonces, que por respeto no había hecho
mención sino de los hijos legítimos, y que el número total pasaba efectivamente
de ciento. Este detalle basta para que se comprenda hasta qué punto se deben
conocer las costumbres para ser buen diplomático en la India.”
Louis Rousselet
sábado, 10 de marzo de 2012
viernes, 9 de marzo de 2012
miércoles, 7 de marzo de 2012
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
BADAJOZ EN PARÍS
“Jamás fue nombrada en Paris y en toda la Francia, ciudad alguna
del mundo, desde 1909 a 1914, hasta el día precisamente de la declaración de la
guerra, como lo fue la ciudad española de Badajoz, capital de la región
extremeña.
¡Badayoz!¡Badayoz! se oía en todas las bocas: imposible era dar un
paso por todo el territorio francés durante dicho tiempo sin escuchar Badayoz a
cada instante.
Y sin embargo, Badajoz no era célebre en el suelo francés por su
industria, su comercio, sus artes, ni por sus productos. Lo era por el nombre que dio a uno de sus caballos el
banquero español don Ivo Bosch , recientemente muerto en Barcelona, como daba
nombres de capitales de provincias españolas a todos los caballos de su cuadra
de carreras. Algunos salieron notables, pero ninguno como Badajoz; otros
medianos y otros malos. Por desgracia yo llegué a París cuando solo corrían
Córdoba, Huelva, León y algunos otros, todos de última clase, a los efectos de
que se trata, por lo que buen dinero me costó mi amor patrio jugando a caballos
con nombres españoles y montados por jockeys vistiendo los colores nacionales
españoles. Badajoz era un caballo endeblucho, de escasas siete cuartas, corto y
de mala estampa, que apenas dio muestras de lo que luego fue en sus primeras
carreras, por lo que su dueño, dudando de su valer, lo sacó a correr en un
premio a reclamer, que es una carrera de venta, en la que pueden ser reclamados
por cualquiera los caballos que en ella corran , pagando el precio que su dueño
le fija y el importe del premio, que economiza la Sociedad del hipódromo en que
se verifica la carrera, y fue reclamado, creyendo su dueño haber hecho un
magnífico negocio, habiendo ganado con Badajoz cinco o seis mil francos.
Apenas en poder de su nuevo dueño empezó Badajoz a ganar carrera
sobre carrera, gracias a la mejor preparación que se le diera, llenando de oro
las cajas de aquel. Pasó luego a las cuadras del rico americano Vanderbilt,
quien pagó por él una cantidad fabulosa, y de ella a las del barón Edmond de
Rothschild, quien pagó por Badajoz más de un millón de francos.
Corría en todos los hipódromos una, dos y tres veces por semana,
sin que jamás perdiera una sola carrera; puede calcularse que en los cuatro o
cinco años que duró su vida de carreras, ganaría en premios más de diez millones
de francos.
Se le jugaba en contra en la esperanza de que alguna vez perdiera
para obtener una gran ganancia, por lo cual los que jugaban a su favor nunca
dejaron de obtener utilidades de alguna consideración.
Llegó el día de la guerra; una de las primeras órdenes que se
dictaron fue la de la requisa general de caballos, pero con objeto de conservar
las razas, se hicieron algunas excepciones. Esfuerzos inauditos se hicieron, e influencias poderosas se interpusieron
para que Badajoz estuviese comprendido en una de las excepciones. Todo fue
inútil. Hasta se pretendió, por su nombre, pasarlo por español y como
perteneciente a la Embajada española. Nuestro embajador entonces, marqués de
Villaurrutia, no se prestó a esta superchería, y como Badajoz estaba comprendido en la ley general tuvo que
ir a la guerra; la única gracia que se le hizo, por su gran historia, fue
ponerlo en manos del famoso jockey Allec Carter, que también fue movilizado el
primer día de la guerra, y ambos cayeron gloriosamente muertos en el campo de
la gran batalla de la Marne el 4 de Septiembre de 1914.”
¡Pobre Badajoz!”
Genaro Cavestany. Memorias de un viejo. Imprenta Sempere.
martes, 6 de marzo de 2012
domingo, 4 de marzo de 2012
sábado, 3 de marzo de 2012
Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA
EN LA AURORA NEGRA
Se
aferran al desánimo imaginario o sediento que ocupa
el
atardecer de mi vida
para
devorar todo
lo
que no llegaré
a
poseer jamás.
Y
aunque
tampoco
lo soñé,
los
senderos cabalgados
durante
años, son el espejo
que
soporto y acepto
como
una enfermedad
inevitable
crecida en los uniformes que me arrastran.
Adelina Aller
viernes, 2 de marzo de 2012
jueves, 1 de marzo de 2012
ALLÁ EN LAS INDIAS
POR CAMINO
EMBARRADO
Ansí como salimos de Cholula con gran concierto,
como lo teníamos de costumbre, los corredores de campo a caballo descubriendo
la tierra, e peones muy sueltos juntamente con ellos para si algún mal paso o
embarazo hobiese ayudasen los unos a los otros, e nuestros tiros muy a punto, e
escopeteros e ballesteros e los de a caballo de tres en tres, para que se
ayudasen, y todos los más soldados en gran concierto. No sé yo para qué lo
traigo a la memoria, sino que en las cosas de la guerra por fuerza hemos de
hacer relación dello, para que se vea cuál andábamos, la barba siempre sobre el
hombro, e ansí caminando llegamos aquel día a unos ranchos questán en una como
serrezuela, ques poblazón de Guaxocingo, que me parece que se dicen los ranchos
de Iscalpán, cuatro leguas de Cholula. E allí vinieron luego los caciques y
papas de los pueblos de Guaxocingo, questaba cerca, e eran amigos e
confederados de los tascaltecas, y también vinieron otros poblezuelos questán poblados
a las haldas del volcán que confinan con ellos, e trujeron bastimento y un
presente de joyas de oro de poca valía, y dijeron a Cortés que rescibiese
aquello y no mirase a lo poco que era, sino la voluntad con que se lo daban, y
le aconsejaron que no fuese a Méjico, que era una ciudad muy fuerte y de muchos
guerreros, y que correríamos mucho peligro, e que mirase que, ya que íbamos,
que subido aquel puerto, que había dos caminos muy anchos, y aquel uno iba a un
pueblo que se dice Chalco, y el otro a Tamanalco, que era otro pueblo, y
entramos subjetos a Méjico; quel un camino estaba muy barrido e limpio para que
vamos por él, e que el otro camino le tenían ciego e cortados muchos árboles
muy gruesos y grandes pinos por que no puedan ir caballos ni pudiésemos pasar
adelante, e que abajado un poco de la sierra, por el camino que tenían limpio,
creyendo que había de ir por él, tenían cortados un pedazo de la sierra, e
había allí mamparos e albarradas, e que han estado en el paso ciertos
escuadrones de mejicanos para nos matar, e que nos aconsejaban que no fuésemos
por el que estaba limpio, sino por donde estaban los árboles atravesados, e que
ellos nos darán mucha gente que lo desembaracen, e pues que iban con nosotros
los tascaltecas, que todos nos quitarían los árboles, e que aquel camino salía
Tamanalco. E Cortés les rescibió el presente con mucho amor, y les dijo que les
agradescía el aviso que le daban, e con el ayuda de Dios que no dejará de
seguir su camino, e que irá por donde le aconsejaban. E luego otro día bien de
mañana comenzamos a caminar, e ya hallamos los caminos ni más ni menos que los
de Guaxocingo dijeron, e allí reparamos un poco y aun nos dio qué pensar en lo
de los escuadrones mejicanos y en la sierra cortada donde estaban las
albarradas de que nos avisaron. E Cortés mandó llamar a los embajadores del
gran Montezuma que iban en nuestra compañía y le preguntó que cómo estaban
aquellos dos caminos de aquella manera: el uno muy limpio e barrido, y el otro
lleno de árboles cortados nuevamente. Y respondieron que porque vamos por el
limpio, que sale a una ciudad que se dice Chalco, donde nos harán buen
rescibimiento, ques de su señor Montezuma, y quel otro camino, que le pusieron
aquellos árboles y lo cegaron por que no fuésemos por él, que hay malos pasos e
se rodea algo para ir a Méjico, que sale a otro pueblo que no es tan grande
como Chalco. Entonces dijo Cortes que quería ir por el que estaba embarrado.
Bernal Díaz del Castillo.
Historia verdadera de la conquista...
Historia verdadera de la conquista...
miércoles, 29 de febrero de 2012
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
ROSAS Y VINO PARA UN POETA
“Flores anónimas y arrancadas, flores mojadas en vino, lapiceros de
colores. Los nietos enredando entre sus pies, José Hierro se ponía a pintar en
mitad de una comida, después de una cena, en un viaje. Él, tan locuaz, se
quedaba hermético, no participaba en la conspiración general y pintaba rápido,
nervioso, inspirado, porque también los aficionados tienen inspiración. A mí me
hizo la portada de mi primer libro, Tamouré, pegando papeles de colores, rectángulos
de luz.
Desde los primeros momentos se veía que ponía más inspiración en la
pintura que en el dibujo. De todo hacía un color. Dijo Eugenio d'Ors que el
dibujo es la honradez de la pintura. Pepe, Pepe Hierro vivía la honradez de
ambas cosas, pero se emocionaba más, le temblaban más las manos inventando
colores, creando colores inéditos con unas migas de pan, con una lágrima de vino,
con todo aquello que él convertía en impresionismo abstracto o figurativo,
manchando mucho la mesa donde trabajaba. Cada vez era más dado a aislarse en su
pintura, que le permitía desbocar una pasión secreta y, de paso, distanciarse
correctamente de la conversación general, cargada de tópicos, de pedantería y de
versos. A sus pies, la bombona del oxígeno que de pronto se colgaba al hombro,
como un ala de salud, para marcharse.
José Hierro fue crítico de arte. Más de una vez recorrí con él las
galerías de Madrid, al caer la tarde. Tomaba unas notas en un cuaderno para
luego, en casa, escribir la crónica de cada exposición. Hierro era un crítico
claro, riguroso, rápido, honrado, con ideas muy concretas sobre la pintura.
Pero más que por sus críticas veía yo por sus creaciones la tendencia a crear una
vaguedad de caras sonrosadas, de cabellos con perfume de vino, de
improvisaciones que eran hallazgos. Nunca me atreví a pedirle nada. La
plástica, sin duda, era su segunda vocación. Quizá dedicó más versos a la
música o hizo siempre versos musicales que resonaban en su pecho, pero la
pintura era el sello ingenuo que nos dejaba una personalidad tan complicada
como la de Hierro.
Cuando conocí a Lines comprendí aquel amor: aquella cabeza era lo que
él hubiera querido pintar, una luz rubia que venía del hermoso pelo y una
sonrisa pálida siempre y para todos.
Pasaba el
tiempo, le hicieron académico, todos los días le daban algún premio, tenía la prisa
de vivir y de fumar, iba con su ala de oxígeno volando España y posándose en
las más altas almenas de la lírica. Una conferencia suya era una conversación, un
relato, una representación, una sorpresa. Algunas tardes vino a buscarme a casa
para irnos en un coche a Segovia, a Ávila, a Cuenca, para dar nuestras
conferencias. Pepe hablaba de todo y yo hablaba de él. Nada más entrar en mi huerto
se ponía a dar botes con una pelota o una fruta. Cuando trabajó en la radio, lo
primero que hacía, al llegar por la mañana, era quitarse la chaqueta y hacer el
pino durante un rato. Nunca supe qué es lo que escribía en la radio. Lo del pino
tenía bastante desconcertados a los otros redactores.
Partíamos en el coche hacia la provincia inmediata. Había un
chofer, estaba Lines, estaba Pepe, dormido y delirante, y estaba yo. Conocía los
hoteles, conocía las posadas, entraba y pedía vino, se ponía y se quitaba la bombona
de oxígeno, un día le llamaron por teléfono al coche para decir que le habían
dado el Premio Miguel Hernández de poesía. Dio las gracias, colgó y seguimos
hablando de otra cosa. Conocía los ambientes, los campos, conocía España, después
de los primeros vinos se ponía a dibujar en un rincón, hasta la hora de la
cena.
En mitad de una conferencia donde yo estaba leyendo algo sobre él, me
quitó el libro de las manos, lo cerró y lo guardó. No soportaba que se hablase
tanto de José Hierro. Pero era igual, porque yo seguí hablando de él, ya sin
libro, y tuvo que aguantarse. Cenaba bien, pero exquisito, sabio, selectivo,
alternando los manjares rurales con los lujosos pescados de gran hotel y los vinos,
el vino blanco, el vino tinto, el chinchón del pueblo, le gustaba comer pero
estaba delgado, cuando salíamos del hotel, ya la pequeña ciudad cerrada y
dormida, preguntaba a gritos por la casa de prostitución, sólo para alborotar.
Luego volvíamos en el coche a Madrid:
—Me verás bebido, pero nunca borracho.
Cuando le hospitalizaron definitivamente yo iba a verle algunas tardes.
Compartía la habitación con un señor del Seguro. A lo mejor él también
era del Seguro. Dibujaba sentado en la cama, cumplía encargos que le habían
hecho como pintor, sacaba de debajo de la almohada un artículo mío, recortado del
periódico, que le había gustado.
—Qué bueno es esto, por qué no escribes versos, cabrón. Eres un poeta
exquisito pero te gusta ir de hombre terrible.
Esto me lo
dijo muchas veces, pero yo nunca quise decirle que escribía prosa porque la
prosa se cobra y el verso no. Incluso él tenía que ayudarse de la prosa. Había un
cielo muy alto, un clima muy claro, pero yo veía que eran las últimas tardes
del amigo, del poeta. Le dejaba unas flores para que pintase y me iba. Se venía
conmigo, en pijama y descalzo, hasta el ascensor. Recuerdo la última tarde, que
fue como otras, pero yo salí del hospital con la pesadumbre de la muerte
invadiendo un sol excesivo. Luego, en el tanatorio, tuve la cabeza frágil de
Lines en mi pecho.”
Francisco Umbral. Días felices en Argüelles. Editorial Planeta.
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