jueves, 19 de enero de 2012

OBITER DICTUM






“Las civilizaciones son las últimas tribus humanas y el choque de civilizaciones es un conflicto tribal a escala planetaria. En el mundo emergente, Estados y grupos de dos civilizaciones diferentes pueden establecer conexiones y coaliciones limitadas, ad hoc, tácticas, para promover sus intereses contra entidades de una tercera civilización o bien por otros fines compartidos. Sin embargo, las relaciones entre grupos de diferentes civilizaciones casi nunca serán estrechas, sino habitualmente frías y, con frecuencia, hostiles. Las conexiones heredadas del pasado entre Estados de diferentes civilizaciones, como las alianzas militares de la guerra fría, es probable que se debiliten o se esfumen. Las esperanzas de lograr «asociaciones» estrechas entre civilizaciones, tal y como una vez las establecieron para Rusia y Estados Unidos sus líderes, no se cumplirán. Las  relaciones que están surgiendo entre civilizaciones variarán normalmente de lo distante a lo violento, situándose la mayoría de las veces entre ambos extremos. En muchos casos, es probable que se aproximen a la «paz fría» que, según advertía Boris Yeltsin, podría ser el futuro de las relaciones entre Rusia y Occidente. Otras relaciones intercivilizatorias podrían aproximarse a una situación de «guerra fría». La expresión la guerra fría fue acuñada por los españoles en el siglo XIII para describir su «incómoda convivencia» con los musulmanes en el Mediterráneo, y en los años noventa del siglo XX muchos vieron surgir de nuevo una «guerra fría civilizatoria» entre el islam y Occidente.1 En un mundo de civilizaciones, no será ésta la única relación que pueda caracterizarse con ese término. Paz fría, guerra fría, guerra comercial, cuasiguerra, paz insegura, relaciones turbulentas, rivalidad intensa, convivencia competitiva, carreras de armamento: estas expresiones son las descripciones más probables de las relaciones entre entidades de diferentes civilizaciones. La confianza y la amistad serán raras.”


Samuel P. Huntington.

miércoles, 18 de enero de 2012

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





A FOOL


(Troilo y Crésida: 11.3)

En un personaje de la cadena reposa pura la pura estupidez del ser.

Agamenón es un imbécil por querer mandar a Aquiles; Aquiles es un imbécil por dejar que lo mande Agamenón; yo, Tersites, soy un imbécil por ocuparme de estos dos imbéciles; Patroclo, en fin, es un imbécil puro.

O la desolación fecal del ser.


José Ángel Valente.

domingo, 15 de enero de 2012

OBITER DICTUM








“El tren que debíamos tomar hacia Varsovia partía a media noche. Cybulski se quedó con nosotros, se ocupó de que todo el grupo tuviera literas en el tren y nos dejo, con la muerte en el alma, prometiéndonos que se reuniría con nosotros cuando hubiera acabado la película.
Cuando el rodaje finalizó, Cybulski decidió tomar el mismo tren que habíamos tomado nosotros, también a media noche. Pero como llego tarde, intentó subir a él en marcha, cayó y murió atropellado por las ruedas de los bagres.
Aún hoy me entristece el recuerdo de la muerte incomprensible de aquel gran hombre y artista. Jamás he visto a un actor capaz de interpretar sin utilizar los ojos, y sé que nunca lo habrá.”


Marlene Dietrich.

viernes, 13 de enero de 2012

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





EXORDIO


1. La mayor parte de los mortales, Paulino, se queja a una voz de la malicia de la naturaleza porque se nos ha engendrado para un período  escaso, porque el espacio de tiempo que se nos da transcurre tan veloz, tan rápidamente que, con excepción de unos pocos, casi todos los demás quedan inhabilitados ya en la propia preparación de la vida. Y ante este mal, que según creen es general, no solloza solamente la masa y el vulgo necio, también este mismo sentimiento ha sacado quejas de personajes esclarecidos.

2. Viene de ahí aquella proclama del más grande de los médicos de que la vida es breve, la ciencia larga. Viene de ahí aquel pleito tan poco propio de un hombre sabio que Aristóteles planteó a la naturaleza, pues sería que ella le ha regalado a los animales una edad tan larga que alcanzan cinco o diez generaciones, mientras que en el hombre, engendrado para tantas y tan grandes empresas, el límite se fijado mucho más acá.

3. No tenemos un tiempo escaso, sino que perdemos mucho. La vida es lo bastante larga y para realizar las cosas más importantes se nos ha otorgado con generosidad, se se emplea bien toda ella. Pero si se desparrama en la ostentación y la dejadez, donde no se gasta en nada bueno, cuando al fin nos acosa el inevitable trance final, nos damos cuenta de que ha pasado una vida que no supimos que estaba pasando.

4. Es así: no recibimos una vida corta sino que la hacemos corta; no somos menesterosos de ella sino derrochadores. Tal como unas riquezas cuantiosas y principescas, cuando caen en manos de un mal amo, en un instante se disipan, y al revés, cuando pese a ser escasas, se entregan a un buen custodio, crecen al emplearlas, igualmente la existencia se le expande mucho a quien la organiza.


Lucio Anneo Séneca. 
De la brevedad de la vida.

miércoles, 11 de enero de 2012

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






A MAGYAR UGARON


Elvadult tájon gázolok:
Ős, buja földön dudva, muhar.
Ezt a vad mezőt ismerem,
Ez a magyar Ugar.

Lehajlok a szent humuszig:
E szűzi földön valami rág.
Hej, égig-nyúló giz-gazok,
Hát nincsen itt virág?

Vad indák gyűrűznek körül,
Míg a föld alvó lelkét lesem,
Régmúlt virágok illata
Bódít szerelmesen.

Csönd van. A dudva, a muhar,
A gaz lehúz, altat, befed
S egy kacagó szél suhan el
A nagy Ugar felett.

Endre Ady.

lunes, 9 de enero de 2012

OBITER DICTUM






           “El Partido es la vanguardia políticamente consciente de la clase trabajadora. Nosotros estamos ahora en un punto donde los trabajadores, al final de su aguante, rehúsan a seguir más a una vanguardia que los conduce a la batalla y al sacrificio… ¿Debemos nosotros ceder al clamor de los trabajadores que ha llegado al límite de su paciencia pero que no entienden cuáles son sus verdaderos intereses como lo hacemos nosotros? Su estado mental es, al presente, francamente reaccionario. Pero el Partido ha decidido que nosotros no debemos ceder, que nosotros debemos imponer nuestra voluntad hasta la victoria sobre nuestros exhaustos y descorazonados seguidores”


Karl Radek

viernes, 6 de enero de 2012

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





                        TRISTITIA


Mi infancia que fue dulce, serena, triste y sola
se deslizó en la paz de una aldea lejana,
entre el manso rumor con que muere una ola
y el tañer doloroso de una vieja campana.

Dábame el mar la nota de su melancolía,
el cielo la serena quietud de su belleza,
los besos de mi madre una dulce alegría
y la muerte del sol una vaga tristeza.

En la mañana azul, al despertar, sentía
el canto de las olas como una melodía
y luego el soplo denso, perfumado del mar,

y lo que él me dijera aún en mi alma persiste;
mi padre era callado y mi madre era triste
y la alegría nadie me la supo enseñar…


                                     Abraham Valdelomar

martes, 3 de enero de 2012

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





EL VETERANO Y LA SPANDAU


«Apenas podía distinguir nada. La spandau rebotaba sobre sus dos patas y sacudía furiosamente al veterano que rectificaba sin parar su postura. Los aullidos de nuestra arma remataban el enorme estrépito que acababa de desatarse en un instante. A través de las vibraciones y del humo, podíamos presenciar los horribles impactos que hacían nuestros proyectiles entre la tropa aterrorizada de soldados soviéticos en la trinchera, frente a nosotros. Sobre el horizonte lejano, salía el sol lentamente. Lejos, detrás de nosotros, la artillería alemana arrasaba con sus hambrientas bocas de fuego y destrozaba las segundas posiciones enemigas. Sorprendidos, intentaban una defensa desesperada, pero por todas partes los Junge Lowen, como surgidos de la nada, rompían sus oleadas en los atrincheramientos, desintegrando hombres y material. Una lluvia insensata cubría la llanura con una sinfonía de miles de explosiones opacas.»


Guy Sajer.

El soldado olvidado.

Books4pocket.


lunes, 2 de enero de 2012

ALLÁ EN LAS INDIAS


SIN CABEZA POR DIEZ ESCUDOS


A otro día tuve noticia que andaba un caballero haciendo mil bellaquerías en campaña y en conventos de monjas, hincando la que más bien le parecía. Yo, como me había resuelto ya de ir a campaña contra el presider, ¡pardiez!, que…me encaminé la vuelta de un lugarejo donde él dormía y le parecía que estaba como el Rey en Madrid, y le di una alborada hallándole en la cama, aunque se arrojó por una ventana a un huerto; pero hubo otros tan buenos saltadores que le pescaron. Atáronle y traje a la ciudad del Águila, que se quedaron espantados de que hubiese quien se atreviera a prenderle. Metilo en el castillo e la causa, y hecha, le di dos días de término en los cuales se trató de hacer un tablado en medio la plaza y hacer los cuchillos para el sacrificio. La gente se burlaba de ver el tablado y de oír que era para cortarle la cabeza, pero más se admiraron cuando le vieron al quinto día, a las tres de la tarde, sin cabeza, que se la cortó un mal verdugo al cual le di un vestido mío y diez escudos. El pobre no era práctico, pero fue como los médicos que se enseñan en los hospitales a costa de inocentes, aunque este caballero no era sino grandísimo bellaco. Llamábase Jacomo Ribera, que cualquier brucés le conocerá aunque sea por el nombre, natural de la ciudad del Águila.

Alonso de Contreras.
Vida de este capitán.

Reino de Redonda.

jueves, 29 de diciembre de 2011

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





EN HAIFA


“Fuimos a toda velocidad por Haifa y, como carecíamos de transporte militar propio, subimos a una ambulancia que se llamaba Bloody Mary y que nos llevó a la frontera. Los franceses se defendían y había habido bajas. Seguimos Fenicia adentro, pero un poco más allá la carretera de la costa estaba cortada por intenso fuego de ametralladoras y tanques. No iba a ser fácil seguir.
De vuelta a las montañas, en el sector central, los australianos, que esperaban ser acogidos amistosamente, se habían acercado a una posición fronteriza francesa con los sombreros de ala ancha puestos, y habían sido diezmados por las ametralladoras enemigas; ahora estaba teniendo lugar una batalla en torno a Merj Ayun, al pie de las laderas del Hermon, aún cubierto de nieve. Más al Este, los Franceses Libres del general Legentilhomme habían penetrado por Deraa sin dificultad apenas, y estaban ya camino de Damasco, pero también ellos eran recibidos con cierta brusquedad. Algo más allá, también al Este, dos columnas británicas se acercaban por el valle del Éufrates procedentes de Irak, pero aún les faltaban millas de desierto para llegar a donde hacían falta.
Nosotros nos preparamos para una larga campaña. Cuando los agentes alemanes e italianos huyeron de Siria y Berlín anunció que el Eje no pensaba intervenir allí, el resultado de la lucha quedó perfectamente claro, pero el general Wilson, que había asumido nuevamente el mando, tuvo que encontrar solución al problema, erizado de dificultades, de dominar a treinta o cuarenta mil irritados súbditos franceses con el menor número posible de bajas por ambas partes. Intentó el recurso de enviar parlamentarios con bandera blanca, pero fueron tiroteados; no había más remedio que entrar luchando hasta Damasco y Beirut.
Yo escogí al principio el sector costero, y nunca vi una guerra tan cómoda para un corresponsal. Vivíamos en un hotel judío en las alturas del monte Carmelo, en Haifa; un sitio delicioso, rodeado de pinos y jardines floridos. Desde allí, el mismo lugar donde Elías vio una nube del tamaño de una mano humana y contempló, a sus pies, donde ahora está Haifa, a los sacerdotes del templo de Baal, se presentaba a nuestros ojos el panorama de toda la costa hasta Siria. Desde el otro lado de las llanuras de Armaggedon, los bombarderos franceses y del Eje llegaban para machacar la flota anclada en el puerto de Haifa, a nuestros pies.
De noche nos asomábamos a los balcones y veíamos los cielos desgarrados por las balas luminosas, como cebollas encendidas, y las ráfagas florecidas del fuego antiaéreo de la flota. A veces, a la luz de la luna, se veía el surco plateado de una bomba que descendía; como sabíamos que no nos estaba destinada, la contemplábamos, esperando, llenos de emoción, una explosión en el mar o a lo largo de la costa, justo a nuestros pies. De vez en cuando, un caza, calculando mal la accidentada superficie de la ladera del Carmelo, pasaba rozando casi las cimas de los pinos, sobre nuestras cabezas, y entonces oíamos el ruido de los preparativos del piloto para lanzarse de nuevo en picado sobre el puerto. Eran casi igual que ser uno mismo atacado por los aparatos enemigos, y el monte Carmelo era sin duda el mejor palco para tal espectáculo.
En esta cadena de colinas, donde había sido fundada la Orden de los Carmelitas y donde David y Jonatán habían tenido su última reyerta, los judíos habían construido grandes hoteles modernos y restaurantes entre los árboles. Aquí, todas las tardes y todas las noches venía la gente de la calurosa ciudad de la llanura a escuchar nostálgicamente los lieder alemanes y los ritmos de América, y a bailar bajo los árboles. El que quería, podía ir a un té danzante en las montañas y descender luego al frente sirio durante una hora o dos. De regreso ya anochecido, había tiempo aún para cenar en una cervecería alemana de la ciudad e ir después a una sala de fiestas, en la montaña. Por las mañanas, desde la habitación de mi cuarto, se veía pasar la flota a lo largo de costa siria, y los cañonazos llenaban de ruido mi alcoba justo cuando me traían el desayuno.”


Alan Moorehead. Trilogía africana. Inédita Editores.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





VOY A NOMBRAR LAS COSAS...

Voy a nombrar las cosas, los sonoros
altos que ven el festejar del viento,
los portales profundos, las mamparas
cerradas a la sombra y al silencio.

Y el interior sagrado, la penumbra
que surcan los oficios polvorientos,
la madera del hombre, la nocturna
madera de mi cuerpo cuando duermo.

Y la pobreza del lugar, y el polvo
en que testaron las huellas de mi padre,
sitios de piedra decidida y limpia,
despojados de sombra, siempre iguales.

Sin olvidar la compasión del fuego
en la intemperie del solar distante
ni el sacramento gozoso de la lluvia
en el humilde cáliz de mi parque.

Ni el estupendo muro, mediodía,
terso y añil e interminable.

Con la mirada inmóvil del verano
mi cariño sabrá de las veredas
por donde huyen los ávidos domingos
y regresan, ya lunes, cabizbajos.

Y nombraré las cosas, tan despacio
que cuando pierda el Paraíso de mi calle
y mis olvidos me la vuelvan sueño,
pueda llamarla de pronto con el alba.


  Eliseo Diego

viernes, 23 de diciembre de 2011

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




POR ALMUÑÉCAR EN LOS AÑOS TREINTA


“Cuando ya se acercaba diciembre decidí refugiarme a pasar el invierno en Almuñécar, a unos cien kilómetros al este de Málaga. Era un pueblecito en cuesta edificado en una prominencia rocosa en medio de un pedregoso delta, con la cinta de montañas de una sierra atrás y una tira gris de arena delante que algunos tenían la esperanza de que llegase a ser una atracción para los turistas.
         Había dos hoteles, uno de los cuales lo llevaba un suizo, que me ofreció hospitalidad a cambio de algunos pequeños trabajos, que incluían ayudar en la cocina, arreglar puertas y ventanas y tocar el violín de noche en el salón. El hotel era nuevo, pero había sido construido en la playa, de manera que las olas rompían en las ventanas y las finas paredes de hormigón estaban empezando a desmigajarse y el propietario estaba muy preocupado.
         Herr Brandt fue, sin duda, una especie de pionero en la costa, pero había llegado con veinte años de antelación, y yo le encontré al borde de una crisis nerviosa. Convencido de que su inversión se hallaba a merced de los anarquistas. Siempre estaba lavándose las manos, luego lavaba el jabón y cambiaba todas las cerraduras de las puertas. Era persona de recursos, capaz de recurrir casi a las medidas más extremas, en la dirección de su negocio, y mientras el hotel vecino cerraba en invierno él estaba decidido a mantener el suyo abierto, convirtiendo sus retumbantes habitaciones en un centro para la gente bien local, para tés musicales, cenas de buffet y baile.
         Así que fui incorporado al personal y se me animó a adquirir algo de ropa nueva. Se me dio una habitación en el ático con un chico judío de Colonia, “Don Jacobo” le llamaban las sirvientas. Jacobo tenía veintitantos años y era bajo y rechoncho, con un bigote hitleriano y una presunción gomosa. Calvo ya en la coronilla, tenía un mechon de cabello en la frente que se le levantaba y caía con la emoción y que había que fijarlo en su sitio alisándolo con aceite y a veces hasta con grasa de cerdo. Era una gran ayuda para Herr Brandt, pues le hacía de intérprete, de cazaclientes, de secretario del hotel, limpiabotas y gigoló. Tocaba además el acordeón que, junto con mi violín, constituía la banda de música del hotel.
         Jacobo hablaba inglés con entusiasmo chapucero, acosando a las palabras como un fox terrier. Cuando le vi por primera vez estaba a cuatro patas, rebuscando frenéticamente entre un montón de ropa sucia.
         --Esta mañana—dijo--, estoy teniendo un disgusto detrás de otro con la lavandera: me ha perdido la camisa nueva. Y esta noche, sabes, iba a tener una chica del pueblo, iba a venir desde la hora de cenar.
         Conocía a todo el mundo en Almuñécar y todo el mundo le estimaba. Podía ser convincente en varias lenguas. Tenía una especie de encanto acaramelado, blando y elástico a la vez, y se le consideraba un dandi, a pesar de su aspecto.
         Recuerdo que poco después de llegar allí me despertó un ruido de noche, tarde, y vi que era él que estaba empolvándose la cabeza frente al espejo. Vestía una bata azul larga, como un chino, y olía profusamente a ungüentos exóticos. Al ver que ya me había despertado, soltó una risilla gorda y se llevo un dedo a los labios.
         --No digas nada, amigo mío. Estoy esperando abajo. Alguien está aguardándome en este hotel.
         Alguien era, al parecer, una viuda de París, que había venido por un día y se había quedado
 tres semanas, durante las cuales pasamos una sucesión de noches interrumpidas con Jacobo de guardia como un médico.
         Ensayábamos los dos juntos todas las mañanas en la azotea, interprentando una selección de exquisiteces musicales. Jacobo era un diestro acordeonista y tocaba el instrumento con una satisfacción pomposa; parecía adaptarse bien a sus pasiones neumáticas. No tardamos en disponer de un repertorio razonable, suficiente para satisfacer las exigencias de Herr Brandt: arias operísticas para los salones de té, serenatas para la noche, pasodobles y tangos para bailar.
         El domingo anterior a Navidad dimos nuestro primer «Gran Concierto», pero lo estropeó una explosión de botellas de vino, una serie de incidentes reverberantes debidos a suministros defectuosos, que sembraron la confusión entre nuestro público. Tuvimos algó más de éxito con los bailes de fin de semana, que se celebraban abajo, en una especie de lavadero de azulejos blancos. Eran asuntos de mucha etiqueta, llenos de sexualidad reprimida, pero controlados por rígidos modales andaluces. Las chicas se sentaban en exposición, cada una con su correspondiente carabina, arrimadas a las paredes, lindas como papel coloreado, temblando con la música con vibraciones mariposiles que no tardaban en arrastrar a los jóvenes y en hacerles entrar en la noche. A las muchachas sólo se las podía abordar a través de una tercera persona encargada de vigilar (madre, hermana o tía), pero los bailes, aunque etiqueteros, ocultaban mucho forcejeo emotivo y estuvimos muy de moda durante una temporada.”
                                                                                

Laurie Lee. Díptico español. Ediciones Península.