jueves, 17 de noviembre de 2011

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






                      DESPRENDIMIENTO


Dulzura de sentirse cada vez más lejano.
Más lejano y más vago...
Sin saber si es porque las cosas se van yendo
o es uno el que se va.
Dulzura del olvido como un rocío leve cayendo en la tiniebla...
Dulzura de sentirse limpio de toda cosa.
Dulzura de elevarse y ser como la estrella inaccesible y alta,
alumbrando en silencio...
En silencio,
¡Dios mío!...


                                    Dulce María Loynaz

miércoles, 16 de noviembre de 2011

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




EN PARIS


“El pobre recién venido, habituado a la quietud de las calles de sus ciudades americanas, anda aquí los primeros días con el Jesús en la boca, corriendo a cada paso riesgo de ser aplastado por uno de los mil carruajes que pasan como exhalaciones, por delante, por detrás, por los costados. Oye un ruido en pos de sí, y echa a correr, seguro de echarse sobre un ómnibus que le sale al encuentro; escapa de éste y se estrellará contra un fiacre si el cochero no lograra apenas detener sus apestados caballos por temor de pagar dos mil francos que vale cada individuo reventado en París. El parisiense marcha impasible en medio de este hervidero de carruajes que hacen el ruido de una cascada; mide las distancias con el oído, y tan certero es su tino, que se para instantáneamente a una pulgada del vuelo de la rueda que va a pasar, y continúa su marcha sin mirar nunca de costado, sin perder un segundo de tiempo.
Por primera vez en mi vida he gozado de aquella dicha inefable, de que sólo se ven muestras en la radiante y franca fisonomía de los niños. Je flâne,  yo ando como un espíritu, como un elemento, como un cuerpo sin alma en esta soledad de París. Ando lelo; paréceme que no camino, que no voy sino que me dejo ir, que floto sobre el asfalto de las aceras de los bulevares. Sólo aquí puede un hombre ingenuo pararse y abrir un palmo de boca contemplando la Casa Dorada, los Baños Chinescos, o el Café Cardinal. Sólo aquí puedo a mis anchas extasiarme ante las litografías, grabados, libros y monadas expuestas a la calle en un almacén; recorrerlas una a una, conocerlas desde lejos, irme, volver al otro día para saludar la otra estampita que acaba de aparecer. Conozco ya todos los talleres de artistas de bulevar; la casa de Aubert en la plaza de la Bolsa, donde hay exhibición permanente de caricaturas; todos los pasajes donde se venden esos petits riens que hacen la gloria de las artes parisienses. Y luego las estatuitas de Susse y bronces por doquier, y los almacenes de nouveautés, entre ellos uno que acaba de abrirse en la calle Vivienne, con doscientos  dependientes para el despacho, y dos mil picos de gas para la iluminación.
Por otra parte, es cosa tan santa y respetable  en París  el flâner; es ésta una función tan privilegiada, que nadie osa interrumpir a otro. El flâneur tiene derecho  de meter sus narices por todas partes. El propietario lo conoce en su mirar medio estúpido, en su sonrisa en la que se burla de él, y disculpa su propia temeridad al mismo tiempo. Si Ud. se para delante de una grieta de la muralla y la mira con atención no falta un aficionado  que se detiene a ver qué está usted mirando; sobreviene un tercero, y si hay ocho reunidos, todos los pasantes se detienen, hay obstrucción en la calle, atropamiento. ¿Este es, en efecto, el pueblo que ha hecho las revoluciones de 1789 y 1830? ¡Imposible! Y, sin embargo, ello es real: hago todas las tardes sucesivamente dos, tres grupos para asegurarme de que esto es constante, invariable, característico, maquinal en el parisiense.”

Domingo F. Sarmiento. Viaje a Francia. Ediciones Ayacucho 

sábado, 12 de noviembre de 2011

OBITER DICTUM






No logro recordar quién fue el primero que me habló del hundimiento del Titanic. Sin embargo nuestra institutriz lloró durante el desayuno, jamás la había visto llorar antes, y Edith, la criada, vino al cuarto de los niños, donde no la veíamos nunca, y lloró con ella. Me enteré de lo del iceberg, de lo espantoso de que se ahogaran tantas personas, pero lo que más me impresionó fue el que la orquesta siguiera tocando hasta que el barco se hundió. Quise saber qué habían tocado y me contestaron con una impertinencia. Entendí que había preguntado algo impropio, y me puse a llorar con ellas. Llorábamos los tres a la vez cuando mi madre llamó a Edith desde abajo; probablemente se acababa de enterar en aquel momento. Entonces bajamos la institutriz y yo y encontramos a mi madre y a Edith llorando juntas.

Elías Canetti.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

ALLÁ EN LAS INDIAS


CARTA DEL PADRE DEL AUTOR


Carta de Don Martín Guaman Mallqui de Ayala, hijo y nieto de los grandes señores y reyes que fueron antiguamente y Capitán General y señor del reino, y capacapo, que es príncipe y señor de la provincia de los Lucanas Andamarcas, y Circamarcas, y Soras, y de la ciudad de Guamanga y de su jurisdicción de Santa Catalina de Chupas, Príncipe de los Chinchaysuyos, y segunda persona del Inga de este reino del Perú a la Real Majestad del rey don Felipe nuestro señor el segundo, dice así:
Sacra Católica Real Majestad. Entre las cosas que esta gran provincia de estos reinos ha procedido útiles y provechosos al servicio de Dios y de Vuestra Majestad, me ha parecido hacer estima del ingenio y curiosidad por la gran habilidad del dicho mi hijo legítimo don Felipe Guaman Poma de Ayala, cápac, que es príncipe, y gobernador mayor de los indios, y demás caciques y principales y señor de ellos y administrador de toda islas dichas / comunidades y sapsi, y teniente general del corregidor de la dicha vuestra provincia de los Lucanas, reino del Perú, el cual habrá como veinte años poco o más o menos que ha escrito unas historias de nuestros antepasados abuelos, y mis padres y señores reyes que fueron antes del Inga, y después que fue desde Uariuiracocharuna, y de los caciques principales Capac Apoconas, Curacacona, Allicaccona, Camachicoccuna, Çinchicona, y todo el gobierno de los Ingas hasta su fin y acabamiento y dicha conquista de éstos vuestros reinos, y después como se alzaron contra vuestra Corona Real y de todas las dichas ciudades y villas, aldeas y provincias, y corregimientos y pueblos, y las dichas vuestras minas, y la vida de vuestros corregidores, y de los dichos padres y curas de las dichas doctrinas, y de vuestros encomenderos de los indios y de españoles y de los dichos tambos y puentes y caminos, y de los dichos mineros, y de los dichos caciques principales y de indios particulares y de sus ritos que usaban antiguamente, y de su cristiandad y policía y otras curiosidades de estos reinos por relaciones y testigos de vista que se tomó de las cuatro partes de estos reinos, de los dichos indios muy viejos, de edad de ciento y cincuenta años / y de cada parte cuatro indios testigos de vista, y que el estilo es fácil, y grave, y sustancial, y provechoso a la Santa Fe Católica, y la dicha historia es muy verdadera como conviene al sujeto y personas de quienes trata y que además del Servicio de Vuestra Majestad que resultará [de] imprimirse la dicha historia comenzándose a celebrar y hacer inmortal la memoria y nombre de los grandes señores antepasados, nuestros abuelos, como lo merecieron sus hazañas, deseando que todo esto se consiga; humildemente suplico a Vuestra Majestad sea servido favorecer y hacer merced al dicho mi hijo don Felipe de Ayala y para todos mis nietos, para que su pretensión vaya adelante que es lo que pretendo, de que a Vuestra Majestad Nuestro Señor guarde y prospere por muchos y muy felices años con acrecentamiento de más reinos y señoríos, como su menor y humilde vasallo deseo. De La Concepción de Guayllapampa de Apcara, provincia de los Lucanas y Soras, jurisdicción de la ciudad de Guamanga, a quince del mes de mayo de mil quinientos ochenta y siete años. Sacra Católica Real Majestad. Beso los reales pies y manos a Vuestra Majestad su humilde vasallo.

Don Martín de Ayala.


Felipe Guaman Poma de Ayala. Nueva Corónica y Buen Gobierno.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





                     XVI

Pedicabo ego uos et irrumabo,
Aureli pathice et cinaede Furi,
qui me ex uersiculis meis putastis,
quod sunt molliculi, parum pudicum.
nam castum esse decet pium poetam 5
ipsum, uersiculos nihil necesse est;
qui tunc denique habent salem ac leporem,
si sunt molliculi ac parum pudici
et quod pruriat incitare possunt,
non dico pueris, sed his pilosis, 10
qui duros nequeunt mouere lumbos.
uos, quod milia multa basiorum
legistis, male me marem putatis?
pedicabo ego uos et irrumabo.


                                                      Catulo

viernes, 4 de noviembre de 2011

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





CATHOLICUS


            “Nada excita más nuestra repugnancia que el canibalismo; nada destruye con tanta seguridad una sociedad; nada, podríamos argüir, endurece y degrada tanto el espíritu de quienes lo practican. Sin embargo, nosotros mismos causamos parecida impresión en los budistas y los vegetarianos. Consumimos los cuerpos de criaturas que sienten iguales apetitos, iguales pasiones y poseen los mismos órganos que nosotros; comemos bebés que, sencillamente, no son los nuestros, y el matadero se llena cada día de gritos de sufrimiento y terror. Hacemos distingos, es cierto, pero la repugnancia que muchos pueblos experimentan cuando se trata de comer carne de perro, el animal con que mantenemos una relación más estrecha, demuestra sobre qué bases tan precarias descansa nuestro distingo. El cerdo es el elemento principal de la alimentación animal en las islas, y muchas veces, con la mente estimulada por el ambiente caníbal, he observado su carácter y el modo en que muere. Muchos isleños viven con sus puercos como nosotros con nuestros perros; unos y otros se acercan al hogar con la misma libertad; el cerdo de las islas es un ser activo, emprendedor y lleno de buen sentido. Él mismo quita la cáscara a los cocos y, según me han contado, los lanza a rodar bajo el sol para que se abran; es el terror de los pastores. La señora Stevenson atisbó cómo uno se escondía en el bosque con un cordero entre los dientes; yo vi a otro que, al creer erróneamente que nuestra goleta se hundía, atravesó un charco a nado tras dirigirse a la barandilla y escapar. Nos habían enseñado de niños que los cerdos no sabían nadar; vi a uno saltar por la borda, nadar quinientos metros hasta alcanzar la orilla y volver a la casa de su antiguo dueño. Una vez en Tautira, fui propietario de una piara. Al principio, en la porqueriza reinaba una paz completa; una cerdita que padecía de cólico había venido a nosotros en busca de socorro, lanzando lamentos infantiles; también teníamos un hermoso jabalí negro, al que bautizamos con el nombre de Catholicus, por ser un regalo especial que nos hicieron los católicos del pueblo, y que pronto dio pruebas de valor y afabilidad; no toleraba que ninguna otra bestia, perro o cerdo, se acercase a él a la hora de comer, pero demostraba hacia los hombres una gran parte de aquella ternura servil tan común en los animales inferiores, y que quizá le hacía acreedor al nombre que le habíamos dado. Un día, al visitar la pocilga, quedé estupefacto cuando Catholicus retrocedió con gritos de terror al ver que yo me aproximaba, y si mucho me sorprendió el cambio, no me sorprendió menos la causa, cuando de ella me enteré. Por la mañana habían matado a un gorrino; Catholicus había presenciado el sacrificio; había comprendido que vivía en un matadero, y a partir de aquel momento su confianza y su alegría de vivir desaparecieron para siempre. Lo conservamos mucho tiempo, pero ya no soportaba la presencia de ninguna criatura de dos piernas, y nosotros mismo, en tales circunstancias, ya no podíamos sostener su mirada sin sentirnos perplejos. Más tarde asistí, por lo menos con el oído, a ese acto de matanza; creo que, en realidad, hubiera logrado aguantar los gritos de sufrimiento de la victima, pero la ejecución se realizó mal, y su expresión de terror era contagiosa; aquel humilde corazón latía al mismo ritmo que el nuestro. Sobre estos “lamentables cimientos” descansa la vida de los europeos, y, sin embargo, la raza europea es una de las menos crueles. Lo que rodea a esta clase de crímenes, la brutalidades preparatorias de su ejecución permanecen disimuladas; una extrema sensibilidad reina en la superficie, y las damas se sentirían indispuestas si oyesen los chillidos de la décima parte de cuanto exigen diariamente de su carnicero. Sin duda, algunas me maldecirán por la falta de cortesía de este párrafo. Lo mismo ocurre con los caníbales de las islas. No son crueles; excepto por esta costumbre, constituyen una raza de una dulzura extrema; resulta menos cruel cortar la carne de un hombre después de muerto que oprimirle mientras vive; además, trataban a las futuras víctimas de su apetito con bondad y las ejecutaban rápidamente y sin inflingirles sufrimientos. En los medios refinados de las islas, sin duda se consideraba de mal gusto hablar de lo que era feo en la práctica.”


Robert L. Stevenson. En los mares del sur. Ediciones B.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

OBITER DICTUM






“Entre las numerosas manifestaciones que he recibido, figura una carta entusiasta hacia España emanada de todas las grandes concentraciones de fuerzas vivas de Shanghai. Esto ha hecho madurar en mí un proyecto ya muy antiguo, muy anterior al conflicto sino-japonés e independiente de las circunstancias hoy tan favorables para su desarrollo, y es el de mandar a China una Misión de gente bien documentada y conocedora de aquel terreno para crear una corriente comercial, tomando como base, en mi opinión indispensable, el establecimiento de un Banco hispanochino, que bien pudiera ser una hijuela del de Comercio Exterior. Si conseguimos crear esta corriente comercial, ello nos permitiría apoyar sobre ella una línea de vapores que reanudase nuestras relaciones con las Filipinas de tan alto interés moral. Ya ve Vd. cómo en estos asuntos siempre va entrelazada la razón moral con la material.”


Salvador de Madariaga.

viernes, 28 de octubre de 2011

OBITER DICTUM




     “Camaradas, no se ha visto jamás en la historia que una clase dominante, en su conjunto, tenga condiciones de existencia inferiores a las de ciertos elementos y estratos de la clase dominada y supeditada. La historia ha reservado esta inaudita contradicción al proletariado; en esta contradicción residen los mayores peligros para la dictadura del proletariado, particularmente en los países donde el capitalismo no ha alcanzado un gran desarrollo y no ha logrado unificar las fuerzas productivas. Y es de esta contradicción, que por otra parte aparece también bajo ciertos aspectos en algunos países capitalistas en los que el proletariado ha alcanzado objetivamente una elevada función social, de donde nacen el reformismo y el sindicalismo, el espíritu corporativo y las estratificaciones de la aristocracia obrera. Y sin embargo, el proletariado no puede convertirse en clase dominante si no supera con el sacrificio de los intereses corporativos esta contradicción, no puede mantener su hegemonía y su dictadura si, pese a haberse transformado en clase dominante, no sacrifica sus intereses inmediatos a los intereses generales y permanentes de la clase.”


Antonio Gramsci

martes, 25 de octubre de 2011

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






ANTIGUO AMOR


Hoy en la calle sola,
cayendo a plomo el sol en las veletas,
comprendí que la vida
a veces abre heridas que no cierra.

Venía de lo suyo.
Yo iba a lo mío por la misma acera.
Pero hacía tantos años,
tantos recuerdos que dejé de verla,
que fue verla y sentirme
como alfileres dentro de las venas,
como una mano que oprimiera el cuello
y me pusiera la saliva seca.

Fue subirme a la boca
una palabra tonta, una cualquiera,
fue hacer un gesto absurdo con la mano
mientras pasaba, amor antiguo, ella.

No fue buscarla. No.
No fue decirla, ni quererla.
Venía de lo suyo
y cruzó por lo mío, viva, muerta.


Antonio Murciano.

domingo, 23 de octubre de 2011

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






CHANSON D'AUTOMNE


Les sanglots  longs
Des violons  De
l'automne Blessent
mon coeur D'une
langueur Monotone.

Tout  suffocant
Et blême, quand
Sonne l'heure,
Je me souviens
Des jours  anciens
Et je pleure;

Et je m'en  vais
Au vent  mauvais
Qui m'emporte
Deçà, delà,
Pareil  à  la
Feuille morte.

                                               Paul Verlaine

miércoles, 19 de octubre de 2011

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





CALCUTA


“Al alba, síntomas de reuma despiertan al pobre europeo arrebujado entre sus chales. Le queda una hora. Antes de las seis de la mañana ya está en el patio, medio desnudo, y se lava vertiéndose agua de una pila de piedra estrecha como un sepulcro. En todo el barrio tiene lugar el baño, cada bomba en las calles es una fuente para las familias pobres. El té, y todavía la agitación de las muchachas, y las plegarias de los fieles y, porque es la Puja, juegos, danzas y risas por todas partes, junto a las ofrendas.
         El templo de Kali, célebre en toda la India, es el más solicitado de los altares dedicados a Durga. Tengo un amigo entre los brahmanes que lo dirigen y viven de sus rentas. Me guía entre los miles de peregrinos, algunos venidos del Orissa –las mujeres son angulosas, oscuras de piel, los ojos vivos--, otros de la frontera con Nepal, otros del Assam. Me zarandean por entre las filas apretadas de fieles y pobres que esperan desde hace días y días poder disfrutar las ofrendas en una hoja de palmera. El altar de Siva y su pozo sagrado (en donde una mirada penetrante puede descubrir el lingam del dios) son tomados al asalto por las mujeres, que vierten allí el agua del Ganges y murmuran mantras, adorando con una increíble devoción al dios que preside su fecundidad. Se me autoriza a observar por encima del altar y veo a mujeres de la aristocracia de Calcuta, cubiertas de sedas, junto a campesinas de Aoudh, viejas piadosas, muchachas descalzas con los cabellos sueltos. Reconozco rostros y me acuerdo de nombres encontrados en tiempos de los festivales artísticos. Desde lo alto de la escalera, con el joven brahmán a mi lado, miro las filas de mujeres cuyas plegarias a Siva han sido atendidas y comprendo el significado del cactus vecino, con los pinchos cargados de anillos de hierro, sus ofrendas.
         En el bullicio de las calles que conducen al templo, un mismo grito, una misma llamada: “Duurga…! ¡Duurga…!”. Las gentes esperan bajo el sol, con sus presentes de flores y ungüentos, y llegan de continuo, y las ofrendas se acumulan aplastadas a los pies de la diosa que los fieles no alcanzan a ver en la oscuridad del templo asediado. Imposible abrirme paso ni tan siquiera hasta el muro. Rodeo la turba y llego ante el pórtico bajo el que sacrifican cabras. Dos mil al día, porque es la Puja. También allí hay gran cantidad de curiosos y fieles. Soy el único blanco, pero me acompaña un brahmán del templo. Cabras y más cabras, el sacrificador se afana con prodigiosa destreza y la sangre salpica todo el entorno. Las cabezas y miembros son recogidos por hábiles servidores. Todavía calientes, las cabras degolladas pasan de unos a otros, y las desuellan, descuartizan, extraen las vísceras y las deshuesan. No veo lo que sigue pero el fuego que asciende me permite entender. No se puede permanecer mucho rato: los animales, hipnotizados por el miedo y el olor de la sangre, se abandonan mansamente entre las manos ejercitadas del inmolador. Los vapores de sangre te excitan, despiertan los instintos inhibidos. El sol arde, la gente te zarandea gritando: “¡Duurga…! ¡Duurga…!”.
         Me dirijo hacia el río, pues para todo hindú el rito termina con las abluciones en el Ganges sagrado –de una suciedad repulsiva, de aguas grasientas y fétidas--. En la calle, cada tenderete también es un altar: Ganesa, Lakshmi, Krishna, Siva. Se venden ídolos e imágenes rojas: Durga. A cada paso, pedigüeños lisiados, leprosos incurables, brahmanes estafadores, yoghis y faquires de feria con la cabellera gris de ceniza de los saddhus. En las márgenes del camino, charlatanes con la cabeza enterrada, mientras sus compadres recogen las monedas de cobre de las mujeres del Aoudh. O bien falsos faquires que parlotean sobre planchas de clavos, o incluso vacas de cinco patas y toda suerte de otras exhibiciones grotescas, odiosas, repugnantes, que los peregrinos admiran y que las mujeres premian con sus limosnas.
         Al comienzo, el espectáculo divierte, sobre todo si se entiende que pertenece a un hinduismo degenerado, el hinduismo que ha ofrecido sacrificios humanos a la misma Durga y la prostitución orgiástica que poca gente conoce y que nadie puede desvelar. Enseguida, abandonado al cansancio, uno siente disgusto, un tipo de cólera desesperada contra esa mezcla de piedad y barbarie. La única consolación: la serenidad de las mujeres de la élite, que cumplen con su deber indiferentes al jaleo, las pasiones, la sangre, los gritos. Me refugio en la avenida que conduce, a lo largo del río, hacia el ghat en donde queman los cadáveres. Una madre espera el haz de leña para su hijo muerto, envuelto en un paño. Una hoguera acaba de devorar el cuerpo de un rico comerciante de Shambazar. Un miembro de la familia rebusca entre los tizones y encuentra huesos medio blancos.  Se trae otra leña pequeña y otra hojarasca. Debe desaparecer todo, hasta la última señal. Cuando se enfría la brasa, un cuervo viene a posarse sobre la ceniza que todavía huele a carne quemada. Picotea desesperado la madera; pero nada, no encuentra nada, ya que el cuerpo está desde ahora en el cielo de Durga.
         Delante del ghat, un jardín, arbustos perfumados, cipreses. Me esperan tantos amigos. Y todos me decían que… Pero ¿para qué repetirlo aquí? En la India lo sublime se mezcla con las atrocidades, el disgusto, las supersticiones. Por eso fascina y no perdona.”


Mircea Eliade. 
El vuelo mágico. 
Ediciones Siruela.