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miércoles, 10 de agosto de 2016

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





EN EL SMOLNY


            “Avanzada la tarde del jueves, 29 (16) de noviembre, se abrió una reunión extraordinaria del Congreso. El ambiente era de fiesta, la sonrisa estaba en todas las caras… Las últimas cuestiones prácticas que quedaban pendientes en el Congreso fueron resueltas rápidamente y entonces tomó la palabra Natansón, de barba canosa, venerable líder los socialista-revolucionarios de izquierda. Con voz trémula y lágrimas en los ojos dio lectura de la información sobre la “alianza matrimonial” de los Soviets Campesinos con los Soviets de Obreros y Soldados. Cada vez que pronunciaba la palabra “alianza”, la sala estallaba en atronadores aplausos… Cuando Natansón concluyó, Ustínov anunció la llegada de una delegación del Smolny, acompañada de representantes de la Guardia Roja. Los recibieron con una grandiosa ovación. Por la tribuna desfilaron un obrero, un soldado y un marino, que saludaron al Congreso.
Luego habló Borís Reinstein, delegado del Partido Obrero Socialista Norteamericano. “El día del acuerdo entre el Congreso de los Soviets de Diputados Campesino y los Soviets de Diputados Obreros y Soldados es uno de los días más importantes de la revolución. Este día despertará un profundo eco en todo el mundo: en París, en Londres, al otro lado del Océano, en Nueva York. Esta alianza llenará de dicha el corazón de todos los trabajadores.
         La gran idea ha triunfado. El Oeste y América esperaban hace tiempo de Rusia, del proletariado ruso, algo extraordinario e impresionante… El proletariado mundial esperaba hace tiempo la revolución rusa, esperaba hace tiempo las grandes cosas que ha realizado…”
         Sverdlov, presidente del CEC, dirigió un saludo. Después los campesinos salieron a la calle con gritos de “¡Se acabó la guerra civil! ¡Viva la democracia unida!”
         Era ya de noche y en la nieve helada se reflejaban los pálidos destellos de la luna y las estrellas. A lo largo del canal habían formado en correcto orden de marcha los soldados del Regimiento de Pávlovsk. Su banda de música tocaba La Marsellesa. En medio de los estentóreos gritos de saludo de los soldados, los campesinos formaron en columna y desplegaron la enorme bandera roja del Comité Ejecutivo de los Soviets de Diputados Campesinos de toda Rusia que llevaba bordada en oro esta nueva inscripción:”¡Viva la unión de las masas trabajadoras revolucionarias! Detrás seguían otras banderas, las de los Soviets de distrito. En la de la fábrica Putílov estaba escrito: “¡Nos inclinamos ante esta bandera para crear la fraternidad de todos los pueblos!”
         No se sabe de dónde aparecieron antorchas, que alumbraron la noche con luz cárdena. Reflejándose mil veces en las facetas del hielo se alzaban sobre el gentío que avanzaba cantado por el malecón de Fontanka ante las miradas del numeroso público en atónito silencio.
         “¡Viva el Ejército revolucionario! ¡Viva la Guardia Roja! ¡Vivan los campesinos!”
         Esta inmensa procesión desfiló por toda la ciudad. Se le unían continuamente y desplegaban sobre ella nuevas banderas rojas bordadas en oro. Dos viejos campesinos, encorvados por el trabajo, iban del brazo con las caras resplandecientes de alegría.
         “Bueno –dijo uno--, ¡veremos quién nos quita ahora la tierra!...”
         Cerca del Smolny la Guardia Roja había formado a ambos lados de la calle, delirante de júbilo.
         “No me he cansado ni una pizca –dijo a su compañero el otro viejo campesino--. ¡He venido volando como si tuviera alas!...”
         En los peldaños del Smolny se agolpaban unos cien diputados obreros y campesinos con banderas; éstas negreaban sobre el fondo de la viva luz que salía de la casa. Como ola en tempestad bajaron corriendo la escalera, abrazando y besando a los campesinos. Y la procesión se encaminó a la puerta y, con gran bullicio, empezó a subir la escalera…
         En la inmensa sala blanca de sesiones la esperaba el CEC en pleno, todo el Soviet de Petrogrado y miles de espectadores. El ambiente era solemne: todos se percataban de la grandeza del histórico momento.
         Zinóviev dio lectura al acuerdo con el Congreso Campesino. Fue recibido con estruendoso júbilo, que se convirtió en verdadera tempestad cuando sonó la música en el pasillo y entraron en la sala las primeras filas de la manifestación. La presidencia se puso en pie, dio sitio a la presidencia campesina y la recibió con abrazos. Sobre el tablado, en la blanca pared encima del marco vacío del que habían cortado el retrato del zar, había dos banderas…
         Y se inauguró la solemne sesión. Después de unas palabras de saludo, pronunciadas por Sverdlov, subió a la tribuna María Spiridónova, delgada y pálida, con espejuelos, el cabello peinado hacia atrás, parecida a una maestra de Nueva Inglaterra, la mujer más popular e influyente en Rusia.
         “…Ante los obreros de Rusia se abren nuevos horizontes sin precedente en la historia… Hasta ahora todos los movimientos obreros terminaban siempre derrotados. Pero el actual movimiento es internacional y por eso es invencible. ¡No hay fuerza en el mundo capaz de apagar el fuego de la revolución! El mundo viejo sucumbe. Nace un mundo nuevo…”
         Luego habló Trostski, lleno de ardor:”¡Bienvenidos, camaradas campesinos! ¡No venís aquí como huéspedes, sino como dueños de esta casa en la que late el corazón de la revolución rusa! En esta sala está concentrada hoy la voluntad de millones de obreros… De hoy en adelante la tierra rusa no conoce más que un dueño: la unión de obreros, soldados y campesinos…”
         Habló con mordaz sarcasmo de los diplomáticos de los países aliados (Entente), que todavía menospreciaban la propuesta de Rusia de concluir el armisticio, aceptada ya por las potencias centrales.
         “Una nueva humanidad nace de esta guerra… Aquí en esta sala, juramos ante los trabajadores de todos los países permanecer en nuestro puesto revolucionario. Si somos derrotados, moriremos defendiendo nuestra bandera…”

John Reed. Diez días que estremecieron el mundo. Akal Editor.