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jueves, 21 de julio de 2011

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




RATAS


“Es evidente que algunos de estos locales albergan muchas, y en los restantes pueden contarse por cientos.
En el de Eslava puede que hoy, mejorado el pavimento de los sótanos donde están los cuartos de los artistas, las hayan extinguido o aminorado; antes de hacer las obras de albañilería se daba el caso que cito al comenzar.
El conserje siempre se proveía de perros ratoneros que andaban listos para darles caza.
Pasajes cómicos hubo innumerables, pues a veces, habiendo visitas en los cuartos, se presentaba una rata panzuda, y desvergonzada, sin miramiento alguno, decidida a aumentar el número de concurrentes, sobresaltando a las señoras, que, dando chillidos se subían sobre los muebles.
¡Un sin número de levitas, pantalones y otras prendas de los cómicos han inutilizado esos roedores!
En mi equipaje conservo patentes muestras de lo que aquí severo.
Entre otras cosas necesarias me royeron unos botitos de charol; las rabilargas se dieron un banquete empezando por los elásticos, de postre consumieron los tirantes, y a falta de entremeses picaron en los chanclos.
También en esos templos de Talia las hay con el articulo los; mas estos causan mayor desesperación, pues  los ratas se  llevan las prendas enteras y … ¡también los relojes!
El año 84, en el coliseo del Pasadizo de San Ginés, el bajo cómico José Escriu tenia a las mamíferas de su cuarto completamente familiarizadas; no le temían; al comer, los días festivos, entre funciones de tardes y noches, lo verificaba rodeado de cuatro ó seis de ellas, con las que compartía su alimento sirviéndoselo con sus manos. ¡Tal era el agasajo con que el actor las mimaba!
--¡Si vieran  ustedes --nos decía-hay una rabícortona, que está monísima comiéndose las miguitas de pan mojadas en  café con  leche!... Otra es rubita; a poder, me la llevaría a casa, ¡es tan dócil! no lo hago pues temo que se me escape.
--¿Y... que tamaño tiene esa hijita de Albión?
--¡Una maravilla! es tan grande como una gata de Angora; ¡claro, la alimento bien!
¡Sin comentarios! no los hacíamos ¿para qué? A Escriu le augurábamos que acabaría sus días en una ratonera.
¡Tanto abundan estos animalitos en los fosos de los escenarios que, repetidas veces se han presentado algunos ejemplares sobre las tablas, a la vista del público.
Recuerdo que, en el teatro Principal de Valencia, al salir los soldados chilenos de: «Los sobrinos», y ya parados en fila, pasó por delante de ella una enorme rata que los de las camisas colgando mataron con los fusiles  a culatazos; el comandante del pelotón con la punta del sable arrastró el cadáver hasta entre bastidores á fin de quitarlo de la vista de los concurrentes.
Al presentarse el general, (el bufo don José Rochel), y en el momento en que se entera que ninguno de aquellos guerreros sabe escribir, les amonestó en vez de con «valientes sinvergüenzas», con: «valientes mata-ratas».
Los de la sala  aplaudieron la ocurrencia.
Uno de los teatros donde se crían más abundantemente es en el Principal de Zaragoza.
Tanto lo ponderaban que, a curiosidad mía, me recomendó el portero del coliseo esperase en la portería cinco minutos luego de terminados los ensayos, y, asomándome al tablado podría convencerme no eran  exageraciones lo que yo había oído referir.
Hice lo que me indicó. Transcurrido el tiempo prescripto me acerqué con sigilo, miré y.... ¡vaya un espectáculo! ¡yo no sé si afirmar que allí podría contárselas por miles! ¡saltaban!  ¡mordíanse recíprocamente! ¡formaban remolinos vertiginosos como si se presentaran en película cinematográfica! ¡qué chillidos daban disputándose los residuos de la comida de los actores que habían almorzado entre cajas!
--¿Por qué no tienen ustedes gatos?-le pregunté al portero.
--¡A pares  se los hemos soltado! y, sabe usted lo que hacen  con ellos? se los meriendan… tocando a poco… pues la mayoría de ellas se quedan sin probar bocado!
Refiriendo yo en el café Inglés, de Madrid, haber visto aquel aquelarre ratonero, me dieron  noticia más sorprendente; no dicha en chunga, no, sino con formalidad y como suceso  ciertísimo.
Los que lo relataron fueron José Cuadrado, apuntador muchos años en el teatro de  Jovellanos, y don Vicente Salazar, representante de empresas en la capital aragonesa.
Actuando en el ya nombrado coliseo de Zaragoza, la compañía de zarzuela del señor Salas, estando de primera tiple Almerinda Soler Di Franco y de consueta Pepe Cuadrado, ocurría que al cantar dicha artista los números del repertorio: una soberbia rata blanca bajaba por el bastidor de la embocadura y se paraba junto a la batería en escucha de la diva
Esto había llamado la atención no solo de los de telón adentro sino también de los de candilejas afuera. Todos respetaban á la rata blanca.
La tiple no se daba cuenta; llena de miedo pedía al apuntador: que la avisase; que le señalara donde se ponía».
Cantando la romanza del tercer acto de: Los diamantes de la corona, Cuadrado le dijo a la Di-Franco: «aquí Almerinda, mire  usted  á su derecha».
La interesada poseída de pavor  y repulsión, sin abandonar las  notas, se hizo atrás y pasó a cantar al lado contrario.
El del agujero al notar que la blanca caminaba hacia él la espantó aventándola con la solfa; el bicho, retrocediendo, se enfiló por donde había bajado; pero al subir a la altura del segundo piso de palcos se mostró  caprichosilla, y, en vez  de desaparecer detrás del bambalinón, se corrió por las molduras del palco proscenio al pasamanos general, y anduvo toda  la herradura de baranda, ocultándose por el lado contrario.
Las damas ocupantes de las localidades por donde pasaba la roedora, no  hacían sino echarse para atrás y con semblantes serios respetar aquella genialidad de la compañera de abono.
¿Saben ustedes por qué?
Por fuerza de preocupación; la blanquita venia haciendo sus apariciones desde bastante tiempo, y había surgido en Zaragoza una leyenda popular, creída por  muchos:
¡Aquella mamífera filarmónica indudablemente tenía dentro de ella el espíritu de alguna famosa tiple!”



Vicente García Valero. Memorias de un comediante. A. San Martín. Editor.