viernes, 22 de septiembre de 2017

OBITER DICTUM







1954


         “En Tarrytown vi un bote hundido por las lluvias de agosto. Cogí el tren de Boston que sale a la una. Me tomé unos whiskies en el comedor con un comerciante campechano. El comedor olía a comida rancia. La mantelería era sórdida; los camareros hoscos. La taza del lavabo estaba rota y al mirar dentro vi pasar las vías. Por la ventanilla, el paisaje otoñal; los arroyos desbordados y el mar, que en la costa parece contar una historia muy triste. He hecho este viaje mil veces y en vista de lo sucedido en el pasado, me parece lógico sentir ansiedad; sufrir regresiones a la infancia; sentir temor, no de las imágenes sino de las sombras, de esa creación que veo con el rabillo del ojo.”


John Cheever





martes, 19 de septiembre de 2017

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





RUGGERO


         “La semana pasada, mientras estaba trabajando aquí, en Portugal, murió mi hermano. No quisiera ponerme triste; no quiero aburrir ni cansar a nadie. Pero fue un duro golpe. No me lo esperaba. Ninguno de nosotros se lo esperaba.
         Y pensar que mi hermano Ruggero se pasó la vida diciendo:
         --Me duele aquí, me duele allá.
         Y yo, y los amigos, le respondíamos:
         --Lo que a ti te pasa es que eres un enfermo imaginario.
         Un día, harto de semejante falta de consideración hacia sus achaques, Ruggero dijo:
         --El día que me muera tenéis que escribir sobre mi tumba: “¡Os había dicho que me encontraba mal, maldita sea!”
         Resulta difícil hablar ahora de esto.
         Mi hermano era ante todo un amigo. Y sé que entre hermanos este lazo de amistad no es muy habitual. Tenía cinco años menos que yo, pero en realidad yo le veía como un hermano mayor. Me gustaba su entereza, al menos aparente, porque en el fondo también tenía sus flaquezas. Siempre estaba preocupado por el futuro.
         Era un hombre muy ingenioso. De pocas palabras. Pero cuando contaba alguna cosa o hacía una crítica y aludía a algo, sobre todo en su oficio de montador, sus frases –es sabido—eran fulminantes: de auténtico y puro sentido del humor.
         Una vez hicimos una película juntos. El director, Gigi Magni lo quiso a toda costa. La película se llamaba Escipión el Africano (Scipione detto anche l´Africano), y él era Escipión el Emiliano, un politicastro ladrón. Por lo demás, aunque hayan pasado dos mil años, seguimos en las mismas.
         Las primeras dos semanas no hicimos otra cosa que reír, hasta el punto de que Gigi Magni se molestó:
         --Aquí todo el día se está de guasa, ¿eh? ¡Pues hay que ser más serios!
         Pero nosotros no conseguíamos ser serios. Hasta que, un buen día, la mujer con la que mantenía relaciones me mandó a paseo; entonces me sumí en la típica murria de los que se sienten abandonados, traicionados, etcétera.
         Teníamos un reparto de excelentes actores, sin duda, pero en aquel período no brillantísimos. Yo estaba aquejado de mal de amores; Gassman acababa de recuperarse de una dolencia hepática y parecía uno de esos gatos que salen de noche para volver al amanecer con las orejas mordisqueadas y el pelo erizado; Silvana Mangano, la pobre, nunca ha sido una mujer locuaz, sino más bien reservada. Por si fuera poco rodábamos en Pompeya, de noche: un paisaje no de los más alegres precisamente.
         Gigi Magni que es muy ingenioso, terminó por adoptar un vocabulario extravagante. Por ejemplo, refiriéndose a la cámara, decía:”¿Está preparada la cámara ardiente?” O bien: ”¿Habéis filmado los fuegos fatuos? Bien. Marcello, tú vas de ese túmulo a aquel otro ¿Les habéis puesto los paramentos sagrados a los actores?” Un verdadero lenguaje de funeral: yo no supe apreciarlo hasta después, cuando se me pasó desconcierto, pero estuvo realmente ingenioso. Por la mañana, al llegar, decía:”Tengo que ir a visitar las tumbas.” Y llamaba a la puerta de mi caravana: “Marcello, ¿qué tal estás?” “Bien, bien”, contestaba yo, sin abrir siquiera la puerta. Luego iba a la de Gassman y a continuación a la de Silvana Mangano. Hacía el vía crucis.
         Cuando se estrenó Escipión el Africano, mi madre fue a verla.
         --Bueno, Marcello, sí, estás bien, como siempre –me dijo--. ¡Pero el pelirrojo (se refería a mi hermano Ruggero, que tenía el pelo rojizo) Está mejor que tú!”


Marcello Mastroianni. 
Sí, ya me acuerdo… 
Ediciones B.

lunes, 18 de septiembre de 2017

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





         JABBERWOCKY


‘Twas brillig, and the slighty toves
Did gyre and gimble in the wabe:
All mimsy were the borogoves
And the mome raths outgrabe.
“Beware the Jabberwock, my son!
The jaws that bite, the claws that catch!
Beware the Jubjub bird, and shun
The frumious Bandersnatch!”
He took his vorpal sword in hand:
Long time the manxome foe he sought–
So rested he by the Tumtum tree,
And stood awhile in thought.
And, as in uffish thought he stood,
The Jabberwock, with eyes of flame,
Came whiffling through the tulgey wood,
And burbled as it came!
One, two! One, two! And through and through
The vorpal blade went snicker-snack!
He left it dead, and with its head
He went galumphing back.
“And hast thou slain the Jabberwock?
Come to my arms, my beamish boy!
O frabjous day! Callooh! Callay!”
He chortled in his joy.
‘Twas brillig, and the slighty toves
Did gyre and gimble in the wabe:
All mimsy were the borogoves
And the mome raths outgrabe.


                                     Lewis Carroll

domingo, 17 de septiembre de 2017

OBITER DICTUM





“Muchas veces me he preguntado por qué, en general, se escriben sobre literatura cosas tan peregrinas, tan improcedentes y desorientadoras. La respuesta es que la crítica no conoce, en general, el contenido de la creación literaria. Toda literatura que merezca este nombre no posee otro contenido que el alma como vibración del yo en el tiempo. Pero la crítica suele pensar que la literatura se propone o tiene que enseñar, debe ofrecer modelos de vida, estudios de caracteres, exploraciones de una vocación, el medio ambiente, etc., todo lo cual es accesorio y casi siempre azaroso. Para ningún auténtico literato se da una “selección de material”. Pero este punto es siempre objeto de crítica, mientras que nadie pregunta a un tenor por qué no canta de bajo.”

Hermann Hesse

jueves, 14 de septiembre de 2017

ALLÁ EN LAS INDIAS




PIÑAS


         “Hay un fruta que se llaman piñas que nasce en unas plantas como cargos a manera de las zaviras de muchas pencas, pero más delgadas que las de la zavira, y mayores y espinosas; y de en medio de la mata nace un tallo tan alto como medio estado, poco más o menos, y grueso como los dedos, y encima de él un piña gruesa poco menos que la cabeza de un niño algunas; pero por la mayor parte menores, y llena de escamas por encima, más altas unas que otras como olas tienen las de los piñones; pero no se dividen ni abren, sino estánse enteras estas escamas en una corteza del grosor de la del melón; y cuando están amarillas, que es dende a un año que se sembraron, están maduras y para comer, y algunas antes; y en el pezón de ellas algunas veces les nascen a estas piñas uno o dos cogollos, y continuamente uno encima en la cabeza de la dicha piña; el cual cogollo no hace sino ponerle debajo de tierra, y luego prende, y en el espacio de otro año hácese de aquel cogollo otra piña, así como es dicho, y aquel cardo en que la piña nace, después que es cogida, no vale nada ni da fruto; y estas piñas ponen los indios y los cristianos cuando las siembran, a carreras y en orden como cepas de viñas, y huele esta fruta mejor que melocotones, y toda la casa huele por una o dos de ellas , y es tan suave fruta, que creo que es una de las mejores del mundo, y de más lindo y suave sabor y vista, y parescen en el gusto como melocotones, que mucho sabor tengan de duraznos, y es carnosa como el durazno, salvo que tiene briznas como el cargo, pero muy sotiles, más es dañosa cuando se continúa a comer para los dientes, y es muy zumosa, y en algunas partes los indios hacen vino de ellas, y es bueno; y son tan sanas que se dan a los dolientes, y les abre mucho el apetito a los que tienen hastío y perdida de gana de comer.”


Gonzalo Fernández de Oviedo. 
Historia general y natural de las Indias.





lunes, 11 de septiembre de 2017

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE



CAMUS, NIETZSCHE Y EL CRISTIANISMO



         Si ataca al cristianismo en particular lo hace solamente como moral. Deja siempre intactos la persona de Jesús, por una parte, y los aspectos cínicos de la Iglesia, por la otra. Se sabe que admiraba a los jesuitas como conocedor. “En el fondo –escribe—sólo el Dios moral es refutado”. Cristo para Nietzsche como para Tolstoi, no es un rebelde. Lo esencial de su doctrina se resume en el asentimiento total, la no resistencia al mal. No hay que matar, ni siquiera para impedir que se mate, hay que aceptar al mundo tal como es, negarse a aumentar su desdicha, pero consentir en sufrir personalmente el mal que contiene. El reino de los cielos se halla inmediatamente a nuestro alcance. No es sino una disposición interior que nos permite poner nuestros actos en relación con estos principios y que puede darnos la beatitud inmediata. El mensaje de Cristo, según Nietzsche, es: no la fe, sino las obras. Desde entonces, la historia del cristianismo no es sino una larga traición a este mensaje. El Nuevo Testamento está ya corrompido y, desde Pablo hasta los Concilios, el servicio de la fe hace olvidar las obras.
         ¿Cuál es la corrupción profunda que el cristianismo agrega al mensaje de su maestro? La idea del juicio, ajena a la enseñanza de Cristo, y las nociones correlativas de castigo y recompensa. Desde ese instante la naturaleza se convierte en historia, e historia significativa; nace la idea de la totalidad humana. Desde la buena nueva hasta el juicio final de la humanidad no tiene otra tarea que la de ajustarse a los fines expresamente morales de un relato escrito de antemano. La única diferencia consiste en que los personajes en el epílogo, se dividen por sí mismos en buenos y malos. En tanto que el único juicio de Cristo consiste en decir que el pecado natural no tiene importancia, el cristianismo histórico hará de toda la naturaleza la fuente del pecado. “¿Qué es lo que niega Cristo? Todo lo que lleva al presente el nombre de cristiano”. El cristianismo cree luchar contra el nihilismo, porque da una dirección al mundo, pero él mismo es nihilista en la medida en que, imponiendo un sentido imaginario a la vida, impide que se descubra su verdadero sentido: “Toda la Iglesia es la piedra colocada sobre el sepulcro de un hombre-dios; que trata, por la fuerza, de impedir que resucite” La conclusión paradójica, pero significativa, de Nietzsche es que Dios ha muerto a causa del cristianismo, en la medida en que éste ha secularizado lo sagrado. Se refiere aquí al cristianismo histórico y a “su duplicidad profunda y despreciable”.
El mismo razonamiento hace Nietzsche ante el socialismo y todas las formas de humanitarismo. El socialismo no es sino un cristianismo degenerado. Mantiene, en efecto, esa creencia en la finalidad de la historia que traiciona a la vida y a la naturaleza, que substituye a los fines reales con fines ideales y contribuye a enervar las voluntades y las imaginaciones. El socialismo es nihilista, en el sentido en adelante preciso que confiere Nietzsche a esa palabra. El nihilista no es quien no cree en nada, sino quien no cree en lo que es. En ese sentido, todas las formas de socialismo son manifestaciones todavía degradadas de la decadencia cristiana. Para el cristianismo, recompensa y castigo suponían una historia. Pero, en virtud de una lógica inevitable, la historia entera termina por significar recompensa y castigo: ese día nace el mesianismo colectivista. Así, la igualdad de las almas ante Dios lleva, habiendo muerto Dios, a la igualdad simplemente. Nietzsche combate también las doctrinas socialistas como doctrinas morales. El nihilismo, ya se manifieste en la religión o en la predicación socialista, es el resultado lógico de nuestros valores llamados superiores. El espíritu libre destruirá esos valores, denunciando las ilusiones en que se basan, el regateo que suponen y el crimen que cometen al impedir que la inteligencia lúcida cumpla su misión: transformar el nihilismo pasivo en nihilismo activo.


Albert Camus. 
El hombre rebelde. 
Editorial Losada.

domingo, 10 de septiembre de 2017

OBITER DICTUM


 




«El pequeño Lindberg, aterrorizado desde el principio de la ofensiva y que no había dejado de llorar de miedo o de reír de esperanza, cogió el subfusil de Kraus, agonizante, y empujó a dos bolcheviques hacia un embudo de obús. Los dos infelices, bastante mayores, suplicaron sin parar compasión al muchacho.

Seguiré oyendo mucho tiempo sus:


Pomoch ! Pomoch !


Pero el niño, empujado por su ira incontrolada e incontrolable, disparó sin parar hasta que los dos ejecutados se callaron para siempre.»


Guy Sajer.


Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






TO A CHILD


Child do not go
Into the dark places of soul
For there the grey wolves whine,
The lean grey wolves.
I have been down
Among the unholy ones who tear
Beauty’s white robe and clothe her
In rags of prayer.
Child there is light somewhere
Under a star,
Sometime it will be for you
A window that looks
Inward to God.


Patrick Kavanagh

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






           Tu lengua, tu sabia lengua que inventa mi piel, 
           tu lengua de fuego que me incendia,
           tu lengua que crea el instante de demencia, el delirio del cuerpo enamorado,
           tu lengua, látigo sagrado, brasa dulce,
           invocación de los incendios que me saca de mí, que me transforma,
           tu lengua de carne sin pudores,
           tu lengua de entrega que me demanda todo, tu muy mía lengua,
           tu bella lengua que electriza mis labios, que vuelve tuyo mi cuerpo por                                               [ti purificado,
           tu lengua que me explora y me descubre,
           tu hermosa lengua que también sabe decir que me ama.

                                                                                   Darío Jaramillo




martes, 5 de septiembre de 2017

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




EL QUE MIRA



“Hará siete u ocho años. El director de un periódico donde yo trabajaba me metió algunos billetes en el bolsillo y me mandó a París. Mis artículos de entonces, como los que más tarde escribí desde otras capitales, tenían la pretensión de estudiar experimentalmente el carácter nacional, pero el único sujeto experimentación que había en ellos era yo mismo. Yo estoy en mis colecciones de crónicas extranjeras como una rana que estuviese en un frasco de alcohol. El lector puede verme girar los ojos y estirar o encoger las patas a cada momento. Lo que parecen críticas o comentarios no son más que reacciones contra el ambiente extraño y hostil. Yo he ido a París, y a Londres, y a Berlín, y a Nueva York con una ingenuidad y una buena fe de verdadero batracio. Y si lo que quería mi director era observar el efecto directo de la civilización europea sobre un español de nuestros días, ahí tiene el resultado: una serie constante de movimientos absurdos de actitudes grotescas.
Ahora el poeta vuelve a su tierra, es decir, la rana torna a la charca. Pero, y sin que haya llegado a criar pelo, ya no es la misma rana de antes. Con un poco de imaginación nos la podríamos representar menos ingenua y algo más instruida—que no en balde se ha pasado tanto tiempo en los laboratorios--, muy tiesa sobre sus zancas y hasta provista de gafas. ¿Qué efecto le producirán las otras ranas a esta rana que está transformada de tal modo? ¿Cómo encontrará su charca la rana viajera, después de una ausencia de tantos años? Mientras he estado en el extranjero, yo he tenido un punto de referencia para juzgar los hombres y las cosas: España. Pero esto era únicamente porque yo soy español y no porque España me parezca la medida ideal de todos los valores. Ahora, y para hablar de España, me falta este punto de referencia. Forzosamente haré comparaciones con otros países.
Y no sólo resultará que España no puede ser un modelo para las otras gentes, sino que no sirve apenas para los mismos españoles. La rana encontrará su charca muy poco confortable.”

Julio Camba. 

La rana viajera. 

Espasa-Calpe

sábado, 2 de septiembre de 2017

OBITER DICTUM






      "Lanka (es el mono de Ting), está encerrado en una jaula de pollos. Responde a su nombre, que es el antiguo nombre de Ceilán, y devora bananas, naranjas y bizcochos. Da la mano muy amablemente a través del enrejado y la aprieta con sus deditos negros. Kassim había fabricado para él una caja verde con barrotes de madera, para el viaje en ferrocarril. Pero nos dio mucha pena que Ting le cortara la cola al pobre Lanka hasta el final de la espalda. «The he shall be just like a man», decía Ting.”


Marcel Schwob

lunes, 28 de agosto de 2017

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE







EN NOCHES DE FIEBRE


Uno de los síntomas de la enfermedad que me consume es la fiebre, constante y agotadora. Sube mucho por la noche, y entonces se tiene la impresión de que son nuestros huesos los que la irradian. Como si alguien nos colocase en la médula espirales metálicas y las conectase a la corriente eléctrica. Las espirales se calientan hasta volverse blancas y todo nuestro esqueleto, abrasado por un invisible incendio interior, arde en llamas.
         Uno no puede conciliar el sueño. En noches así, permanezco tumbado en mi habitación de Dar es Salam y miro cómo cazan las lagartijas. Las que habitualmente deambulan por el piso son pequeñas, tienen la piel de un color gris claro o de ladrillo y se mueven mucho. Ágiles y vivarachas, corren con facilidad por las paredes y el techo.
Nunca se mueven a un paso normal, tranquilo. Primero permanecen inmóviles, como paralizadas, y de repente se lanzan en una carrera enloquecida persiguiendo un objetivo que sólo ellas conocen y vuelven a quedarse quietas. Sólo por su tronco palpitante vemos que ese sprint, este lanzarse sobre una cinta de meta invisible, las ha agotado tanto que ahora realmente tienen que descansar, recuperar el resuello y las fuerzas antes de la siguiente acometida veloz.
         La caza empieza por la noche, cuando en la habitación arde la luz eléctrica. Su interés se centra en toda clase de insectos: moscas, escarabajos, polillas, mariposas nocturnas, libélulas y, sobre todo, mosquitos. Las lagartijas aparecen de repente, como si alguien las hubiese catapultado, pegándolas a las paredes. Miran a su alrededor sin mover la cabeza: tienen los ojos colocados en unos cojinetes independientes, como telescopios astronómicos, gracias a lo cual ven todo lo que está delante y detrás de ellas.
Y de pronto la lagartija divisa a un mosquito y se lanza en su persecución. El mosquito, dándose cuenta del peligro, empieza a huir. Lo curioso es que nunca huye hacia abajo, hacia el abismo cuyo fondo está forrado arriba, allí, nervioso y furioso, da vueltas y más vueltas hasta que, a fuerza de seguir subiendo, acaba aterrizando en el techo. Todavía no sabe, ni siquiera presiente, que tal decisión tendrá para él consecuencias mortales. Una vez enganchado al techo, con la cabeza hacia abajo, pierde la orientación el sentido de las direcciones y se le confunden los puntos cardinales. Como resultado, en vez de salir pitando del lugar del peligro, que es para él ahora el techo, se comporta de tal manera como si se resignase a haber caído en una trampa sin salida.
         A partir de este momento, la lagartija, que ya tiene al mosquito en el techo, puede mostrarse contenta y relamerse el hociquito: la victoria está cerca. Sin embargo, no se duerme en los laureles: sigue concentrada, alerta y llena de determinación. Se lanza al techo y, sin dejar de correr, empieza a dibujar alrededor del mosquito círculos cada vez más pequeños. Debe de producirse en este momento algún fenómeno mágico, un hechizo o hipnosis, puesto que el mosquito, a pesar de poder salvarse con una huida hacia el espacio donde ningún agresor conseguiría alcanzarlo, permite que la lagartija, que sigue haciendo sus rítmicos movimientos –salto, reposo, salto, reposo--, lo cerque y acose cada vez más. En un momento dado el mosquito se da cuenta con horror de que ya no le queda Ningún espacio para maniobrar, que la lagartija está al lado mismo y esta idea lo aturde y paraliza tanto que, vencido y resignado, se deja engullir sin oponer resistencia alguna.
         Todo intento de hacerse amigo de una lagartija invariablemente termina en fracaso. Se trata de unos seres muy desconfiados y asustadizos que andan (o más bien corren) por sus propios caminos Este fracaso nuestro también tiene un sentido metafórico: confirma que se puede vivir bajo el mismo techo y, sin embargo, no conseguir comprenderse, no lograr encontrar una lengua común.


Ryszard Kapuscinski. 
Ebano
Editorial Anagrama.