miércoles, 4 de enero de 2017

Y ÉL OBOLO BAJO LA LENGUA





         DILECTION


J'adore l'indécis, les sons, les couleurs frêles,
Tout ce qui tremble, ondule, et frissonne, et chatoie
Les cheveux et les yeux, l'eau, les feuilles, la soie,
Et la spiritualité des formes grêles ;

Les rimes se frôlant comme des tourterelles,
La fumée où le songe en spirales tournoie,
La chambre au crépuscule, où Son profil se noie,
Et la caresse de Ses mains surnaturelles ;

L'heure de ciel au long des lèvres câlinée,
L'âme comme d'un poids de délice inclinée,
L'âme qui meurt ainsi qu'une rose fanée,

Et tel cœur d'ombre chaste, embaumé de mystère,
Où veille, comme le rubis d'un lampadaire,
Nuit et jour, un amour mystique et solitaire.


                                                         

Albert de Samain

domingo, 1 de enero de 2017

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




UN GALLEGO EN RIO GALLEGOS

“El cabecilla de la revuelta se llamaba Antonio Soto.
Los habitantes del Sur aún recuerdan al gallego enjuto, pelirrojo, que apenas había terminado de perder la pelusa de las mejillas, con esos ojos azules miopes que se asocian con la ambigüedad y el fanatismo celtas. En aquella época usaba pantalones de montar y polainas, y llevaba la gorra insolentemente ladeada. Y se erguía en la calle cenagosa, mientras el viento hacía flamear sus banderas rojas, y vociferaba frases tomadas de Proudhon y Bakunin, clamando que la propiedad era un robo, y la destrucción, una pasión creadora.
Unos pocos inmigrantes españoles recuerdan incluso su encarnación anterior como tramoyista de unos actores itinerantes que habían llegado del norte y que representaban a Calderón y Lope de Vega en el escenario desnudo del Círculo Español. Y a veces interpretaba un papel secundario y se colocaba, decorativamente, contra las paredes encaladas de una aldea de Extremadura, paredes estas que se descascaraban de su telón de fondo confeccionado con lona.
Otros recuerdan que volvió a Río Gallegos doce años después de que pasaran los pelotones de fusilamiento. Aún interpretaba el papel del orador anarquista y usaba la camisa desabrochada hasta el ombligo. Pero esta vez podía exhibir un auténtico cuerpo de trabajador, marcado por las cicatrices de quemaduras que había recibido en una mina de salitre, en Chile. Se alojó en el Hotel Miramar y arengó a las familias de hombres que durante esos doce años habían yacido bajo cruces de madera blanqueada. Aquélla fue su última visita y declamó ante salas vacías. Sólo lo escucharon unos pocos españoles que asentían con movimientos de cabeza, y el gobernador lo echó a patadas al otro lado de la frontera.
Pero la mayoría de quienes conocieron a Antonio Soto recuerdan un corpachón de músculos fláccidos y una expresión que oscilaba entre la truculencia y la desesperación taciturna. En aquella época vivía en Punta Arenas y regentaba un pequeño restaurante. Y cuando los comensales se quejaban de la atención, respondía: «Este es un restaurante anarquista. Sírvase usted mismo». O se sentaba con otros exiliados españoles y rememoraban el terruño a través del delgado chorro que brotaba del porrón, recordando a quiénes debían venerar y a quiénes debían odiar en España, en tanto reservaban una maldición especial para el chico que Antonio había visto una vez en las calles de su puerto natal, El Ferrol, el muchacho acicalado cuya carrera había sido diametralmente opuesta a la suya y cuyo nombre era Francisco Franco Bahamonde.
Soto era hijo póstumo de un marinero español que se había ahogado durante la guerra de Cuba. A los diez años riñó con su padrastro y se fue a vivir con unas tías solteras en El Ferrol. Era devoto y puritano y enarbolaba estandartes en las procesiones religiosas. A los diecisiete años leyó las diatribas de Tolstoi contra el servicio militar y huyó a Buenos Aires para evadir el suyo. Gravitó hacia el teatro y hacia los grupos marginales del movimiento anarquista. Había muchos anarquistas en Buenos Aires, y Buenos Aires es un gran teatro.
Se incorporó a la Compañía de Teatro Español Serrano-Mendazo y en 1919 navegó en gira por los puertos de la Patagonia. Su llegada a Río Gallegos coincidió con la caída del precio de la lana, reducciones de salarios, nuevos impuestos y nuevas tensiones entre los criadores anglosajones y su personal. Los británicos asistían a la revolución roja que se desarrollaba en el otro extremo del mundo y se identificaban con los aristócratas rusos aislados en la estepa. Una semana su periódico, el Magellan Times, publicó una ilustración que mostraba la sala de una casa solariega cuyo propietario se humillaba ante un matón que tenía el torso desnudo cruzado por las cananas. El epígrafe rezaba: «Orgía nocturna de los maximalistas en la hacienda de Kislodovsk. ¡Cinco mil rublos o la vida!».
El mentor de Soto en Río Gallegos era un abogado y petimetre español, José María Borrero, de unos cuarenta años, con el rostro abotagado por el alcohol y una hilera de estilográficas en el bolsillo superior. Borrero había hecho sus primeras armas con un doctorado en teología de la Universidad de Santiago de Compostela. Y había terminado en el Lejano Sur, dirigiendo un periódico bisemanal, La Verdad, que hostigaba a la plutocracia británica. Su lenguaje entusiasmó a sus compatriotas, que empezaron a imitarlo: «En esta sociedad de Judas y Polichinelas, sólo Borrero preserva la singular integridad del Hombre... entre estos paquidermos de sonrisa falsa que hacen chasquear los dientes y tienen la conciencia castrada».
Borrero abrumó a Soto con su educación superior, su cháchara sediciosa y su afecto. El y un militante del Partido Radical, el juez Viñas (un hombre al que sólo movían venganzas personales), le revelaron los infortunios de los inmigrantes chilenos y la iniquidad de los latifundistas extranjeros. Se ensañaron sobre todo con dos personas: el gobernador en ejercicio, E. Correa Falcón, de tendencia anglófila; y su malhablado jefe de policía escocés, un tal Ritchie. Soto pasó fácilmente del teatro a la política. Consiguió trabajo como estibador y, al cabo de pocas semanas, lo eligieron secretario general de la Unión Obrera.”


Bruce Chatwin. En la Patogonia. Muchnik Editores.

viernes, 30 de diciembre de 2016

OBITER DICTUM





Empero, una obra relativa a la poesía nueva de Francia en la cual no se habla ni de Alberto Samain, ni del conde Montesquiou-Fezensac, ni de François de Curel, debe de parecer ridícula a mis excelentes amigos del El Cojo Ilustrado y de Cosmópolis, por lo cual me decido hoy a escribir algunas notas sobre los tres artistas jóvenes que más llaman actualmente la atención del París intelectual.


Enrique Gómez Carrillo

jueves, 29 de diciembre de 2016

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




EL MODUS


       “Habréis notado que al redactar estos apuntes he tenido que referirme a menudo al tema de la muerte pero siempre con una especie de prisa que tiene mucho de conjuro de lo que se puede deducir que para mí se trata de una tecla sensible por no decir dolorosa es inútil buscar compromisos racionales ésa es precisamente la principal incógnita la gran pupa uno podría incluso conseguir resignarse a su fatalidad lo que asusta de veras es el modus la manera en que se producirá el hecho aunque después las alternativas sean menos numerosas de lo que se imagina por más vueltas que le demos se trata de elegir entre el cáncer y el infarto con sus respectivos matices e desempate concluyente lo representa la tercer solución que es el accidente traumático instintivamente tendemos a excluirlo si bien en resumidas cuentas podría resultar incluso la salida más deseable por lo que a mí respecta en ciertos momentos pienso que en determinadas circunstancias extremas podría consentir que me matara dulcemente alguna persona de confianza es más siendo el planificador meticuloso que soy os confieso que he preparado una lista de escenarios plausibles para un encargo de este tipo y he recibido no diré que compromisos explícitos sino algún signo de adhesión virtual entre mis potenciales homicidas considero que son numerosos sin embargo Carmen que por su naturaleza tal vez utilizaría medios expeditivos estoy casi seguro de que acabaría por estrangularme como la gobernanta del El Padre de Strindberg otro nombre papable es Vanna Polverosi quién sabe puede que incluso Paola si la pilas en un momento de gran afecto y lucidez o mi sobrina Giovanna que como es médico dispondría de los instrumentos más adecuados y ofrecería las mejores garantías desde el punto de vista de la anestesia.”


Vittorio Gassman. Un gran futuro a mis espaldas. Acantilado.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






TORMENTA SOBRE TEMPELHOF


«Vi, pues, muy claramente los racimos silbantes descender desde siete u ocho mil metros sobre Tempelhof y sobre las nuevas pistas del campo. Vi temblar la llanura bajo aquel machaqueo titánico. Vi abrirse la tierra, volatilizarse las casas, las reservas de carburante del campo de aviación extender sus llamas que abrasaron la tierra en centenares de metros. Vi una barriada de ciento cincuenta mil habitantes desaparecer en una cortina impenetrable de humo. Vi, con los ojos involuntariamente abiertos sobre el seísmo, árboles en grupos de diez elevarse del suelo como plumas tras una explosión espantosa. Oí los aviones en perdición aullar con toda la potencia de sus motores antes de ser destruidos. Vi sus cabriolas, sus explosiones, sus caídas. Vi, entre otros, un Focke Wulf soltar su depósito auxiliar, que cayó a cinco o seis metros de nuestro refugio, rociándonos de gasolina antes de estrellarse en la autopista. Sentí en el rostro el soplo ardiente de las explosiones. Vi también el terror en los ojos de Paula, que se había arrimado a mí. Restos incandescentes surcaban el aire como pájaros de muerte y nos obligaron a hacernos diminutos en el fondo de nuestro agujero.»


Guy Sajer.

El soldado olvidado.

Books4pocket.


lunes, 26 de diciembre de 2016

OBITER DICTUM






«Paso a considerar algunos destinos de un solo texto homérico. Interrogo los hechos comunicados por Ulises al espectro de Aquiles, en la ciudad de los cimerios, en la noche incesante (Odisea XI). Se trata de Neoptolemo, el hijo de Aquiles. La versión literal de Buckley es así: Pero cuando hubimos saqueado la alta ciudad de Príamo, teniendo su porción y premio excelente, incólume se embarcó en una nave, ni maltrecho por el bronce filoso ni herido al combatir cuerpo a cuerpo, como es tan común en la guerra; porque Marte confusamente delira. La de los también literales pero arcaizantes Butcher y Lang: Pero la escarpada ciudad de Príamo una vez saqueada, se embarcó ileso con su parte del despojo y con un noble premio; no fue destruido por las lanzas agudas ni tuvo heridas en el apretado combate: y muchos tales riesgos hay en la guerra, porque Ares se enloquece confusamente. La de Cowper, de 1791: Al fin, luego que saqueamos la levantada villa de Príamo, cargado de abundantes despojos seguro se embarcó, ni de lanza o venablo en nada ofendido, ni en la refriega por el filo de los alfanjes, como en la guerra suele acontecer, donde son repartidas las heridas promiscuamente, según la voluntad del fogoso Marte. La que en 1725 dirigió Pope: Cuando los dioses coronaron de conquista las armas, cuando los soberbios muros de Troya humearon por tierra, Grecia, para recompensar las gallardas fatigas de su soldado, colmó su armada de incontables despojos. Así, grande de gloria, volvió seguro del estruendo marcial, sin una cicatriz hostil, y aunque las lanzas arreciaron en torno en tormentas de hierro, su vano juego fue inocente de heridas. La de George Chapman, de 1614: Despoblada Troya la alta, ascendió a su hermoso navío, con grande acopio de presa y de tesoro, seguro y sin llevar ni un rastro de lanza que se arroja de lejos o de apretada espada, cuyas heridas son favores que concede la guerra, que él (aunque solicitado) no halló. En las apretadas batallas, Marte no suele contender: se enloquece. La de Butler, que es de 1900: Una vez ocupada la ciudad, él pudo cobrar y embarcar su parte de los beneficios habidos, que era una fuerte suma. Salió sin un rasguño de toda esa peligrosa campaña. Ya se sabe: todo está en tener suerte.»



Jorge Luis Borges.


sábado, 24 de diciembre de 2016

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






    AL POEMA CONFÍO


Al poema confío la pena de perderte.
He de lavar mis ojos de los azules tuyos,
faros que prolongaron mi naufragio.

He de coger mi vida deshecha entre tus manos,
leve jirón de niebla
que el viento entre sus alas efímeras dispersa.
Vuelva la noche a mí, muda y eterna,
del diálogo privada de soñarte,
indiferente a un día
que ha de hallarnos ajenos y distantes.


                                                   Salvador Novo

jueves, 22 de diciembre de 2016

OBITER DICTUM






No soy buen naturalista según dicen, y desconozco por qué suerte de mecanismo el miedo obra en nosotros. Es el miedo una pasión extraña y los médicos afirman que ninguna una otra hay más propicia a trastornar nuestro juicio. En, efecto, he visto muchas gentes a quienes el miedo ha llevado a la insensatez, y hasta en los más seguros de cabeza, mientras tal pasión domina, engendra terribles alucinaciones.


Michel de Montaigne

miércoles, 21 de diciembre de 2016

ALLÁ EN LAS INDIAS




UN ZIPIZAPE


       «Que los indios eran muy disolutos en beber y emborracharse, de lo cual les seguían muchos males como matarse unos a otros, violar las camas pensando las pobres mujeres recibir a sus maridos, también con padres y madres como en casa de sus enemigos y pegar fuego a sus casas: y que con todo eso se perdían por emborracharse. Y cuando la borrachera era general y de sacrificios, contribuían todos para ello, porque cuando era particular hacía el gasto el que la hacía con ayuda de sus parientes. Y que hacen el vino de miel y agua y cierta raíz de un árbol que para esto criaban, con lo cual se hacía el vino fuerte y muy hediondo; y que con bailes y regocijos comían sentados de dos en dos o de cuatro en cuatro, y que después de comido, los escanciadores, que no se solían emborrachar, traían unos grandes artesones de beber hasta que se vacía un zipizape; y las mujeres tenían mucha cuenta de volver borrachos a casa sus maridos.
       Que muchas veces gastan en un banquete lo que en muchos días, mercadeando y trampeando, ganaban; que tienen dos maneras de hacer estas fiestas. La primera que es de los señores y gente principal, obliga a cada uno de los convidados a que hagan otro tal convite y que den a cada uno de los convidados una ave asada, pan y bebida de cacao en abundancia y al fin del convite suelen dar a cada uno una manta para cubrirse y un banquillo y el vaso más galano que pueden, y si muere alguno de ellos es obligada la casa o sus parientes a pagar el convite. La otra manera es entre parentelas cuando casan a sus hijos o hacen memoria de las cosas de sus antepasados; y ésta no obliga a restitución, salvo que si cuando han convidado a un indio a una fiesta así, él convida a todos cuando hace fiesta o casa a sus hijos. Y sienten mucho la amistad y la conservan (aunque estén) lejos unos de otros, con estos convites; y que en estas fiestas les daban de beber mujeres hermosas las cuales, después de dado el vaso, volvían las espaldas al que lo tomaba hasta vaciado el vaso.
       Que los indios tienen recreaciones muy donosas y principalmente farsantes que representan con mucho donaire; tanto, que de estos alquilan los españoles para que viendo los chistes de los españoles que pasan con sus mozas, maridos o ellos propios, sobre el buen o mal servir, lo representan después con tanto artificio como curiosidad. Tienen atabales pequeños que tañen con la mano, y otro atabal de palo hueco, de sonido pesado y triste, que tañen con un palo larguillo con leche de un árbol puesta al cabo; y tienen trompetas largas y delgadas, de palos huecos, y al cabo unas largas y tuertas calabazas; y tienen otro instrumento (que hacen) de la tortuga entera con sus conchas, y sacada la carne táñenlo con la palma de la mano y es su sonido lúgubre y triste.»


Diego de Landa. 
Relación de cosas del Yucatán.

martes, 20 de diciembre de 2016

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA




           POÉTICA


Di la verdad.
Di, al menos, tu verdad.
Y después
deja que cualquier cosa ocurra:
que te rompan la página querida,
que te tumben a pedradas la puerta,
que la gente
se amontone delante de tu cuerpo
como si fueras
un prodigio o un muerto.


                             Herberto Padilla

domingo, 18 de diciembre de 2016

OBITER DICTUM






“Los olivos son unos árboles asombrosos; casi parecen sauces… “


Johann W. Goethe

sábado, 17 de diciembre de 2016

OBITER DICTUM





Aquella misma noche, bajo el furioso aguacero que encharcaba las calles, fui a casa de Manuel Paso; allí estaban su hermano Antonio, su hermana y su madre, Gracia Álvarez y Dicenta, que batallaba por sobreponerse al dolor y a la idea obsesionante de la muerte escribiendo las primeras escenas de su drama Aurora. Joaquín y yo penetramos en la alcoba del enfermo; un dormitorio cuadrangular donde ya comenzaba a respirarse el aire denso y pestilente de los ataúdes. En un hueco de la almohada yacía inerte la cabeza de Manuel; una cabeza de Greco, enjuta y larga, con la frente bruñida y el mentón afilado por la muerte apoyado sobre el embozo de las mantas.

       —Eso —murmuró Dicenta— ya no es un hombre.


Eduardo Zamacois

miércoles, 14 de diciembre de 2016

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





UN HOMBRE SOLO


“Un hombre solo es un ser solitario, una piedra, un hueso, un palo, un receptáculo para la ginebra Gilbey, una figura encorvada sentada en el borde de la cama de un hotel, lanzando suspiros ruidosos como el viento otoñal. ¿Sería Hammer uno de esos hombres que, habiendo formado una pareja poco feliz, carecería de la vitalidad y la inteligencia para romperla? No tiene más vida afectiva que inventar rubias. Su única vida sexual es meneársela. Viaja con sus rubias en barco y en avión; les muestra las magnificencias de París, Roma y Leningrado; pide comidas de cuatro platos en los restaurantes; observa con detenimiento la carta de vinos; las lleva a pasear; les extiende cheques; les compra joyas; se queda dormido con las caderas rodeadas de montes de Venus. Jamás deja de cepillarse los dientes y afeitarse antes de hacer el amor. La señora Hammer diría:”Eres un felpudo, un felpudo calzonazos, y no me eches a mí la culpa. Eres de los que creen que un buen día se enamorará de ellos una rubia esbelta, culta, hermosa, rica e inteligente. Como si lo viera. Es repugnante. Tiene pelo lacio, piernas largas, veintiocho años, divorciada pero sin hijos. Seguro que es actriz o cantante de cabaré. Hasta ahí llega tu imaginación. ¿Qué haces con ella, amigo, qué haces aparte de llevártela a la piltra? ¿Qué puede hacer un felpudo calzonazos? ¿La llevas al teatro o a cenar? ¿Le compras joyas? ¿Viajáis? Seguro que sí. Es lo que tú llamas ser distinguido. Catorce días en el Cristoforo Colombo, polvos mañana, tarde y noche, y a las siete vais al bar de primera clase vestidos de etiqueta. ¡Qué pareja más soberbia! ¡Qué mierda! Pero no, elegirías el Flandre para alardear de que sabes francés. Y la llevas a pasear por todo París, mostrándole tus viejas guaridas. Siento pena por ella; de verás. Pero escucha bien, amigo, presta atención: si apareciera esa rubia, no tendrías agallas para llevártela a la cama. La mirarías con ojos de carnero degollado, la achucharías detrás de la puerta de la cocina, pero al final no me serías infiel. Si aparece la rubia, cosa que no va a ocurrir. ¿oyes lo que te digo? No va aparecer ninguna rubia. Esa rubia no existe. Estás viejo, tienes cinco dientes postizos, mal aliento, pelos en la panza y serás un solitario el resto de tu vida. Estarás solo durante el resto de tu vida.
         Bueno, a ver, contesta. ¿Qué te pasa, se te ha comido la lengua el gato? ¿No respondes a las ofensas? Ya sé, te haces el santo. La otra mejilla, ¿eh? Bueno, si hay algo que puede empujar a una buena mujer a la bebida y la fornicación es la convivencia con un hijo de puta que se cree un santo. Una copa es lo que voy a tomarme en cuanto llegue a casa.”


John Cheever. Diarios. Emecé Editores.