jueves, 26 de marzo de 2015

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA




NÄKTERGALEN I BADELUNDA


I den gröna midnatten vid näktergalens nordgräns. Tunga löv hänger i trance, de döva bilarna rusar mot neonlinjen. Näktergalens röst stiger inte åt sidan, den är lika genomträngande som en tupps galande, men skön och utan fåfänga. Jag var i fängelse och den besökte mig.  Jag var sjuk och den besökte mig. Jag märkte den inte då, men nu. Tiden strömmar ned från solen och månen och in i alla tick tack tick tacksamma klockor. Men just här finns ingen tid. Bara näktergalens röst, de råa klingande tonerna som slipar natthimlens ljusa lie.


Tomas Tranströmer

miércoles, 25 de marzo de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




LEALTAD Y PODER

LIBRO I
XV. Al día siguiente alzan los reales de aquel puesto. Hace lo propio César; enviando delante la caballería compuesta de cuatro mil hombres que había juntado en toda la provincia, en los eduos, y los confederados de éstos, para que observasen hacia dónde marchaban los enemigos. Más como diesen tras ellos con demasiado ardimiento, vienen a trabarse en un mal paso con la caballería de los helvecios, y mueren algunos de los nuestros. Engreídos ellos con esta ventaja, pues con quinientos caballos habían hecho retroceder a cuatro mil, empezaron a esperar a los nuestros con mayor osadía, y a provocarlos a combate vuelta de frente la retaguardia. César reprimía el ardor de los suyos, contentándose por entonces con estorbar al enemigo los robos, forrajes y talas. De este modo anduvieron cerca de quince días, no distando su retaguardia de la vanguardia nuestra más de cinco a seis millas.

XVI. Mientras tanto instaba César todos los días a los eduos por el trigo que por acuerdo de la República le tenían ofrecido; y es que, a causa de los fríos de aquel clima, que, como antes se dijo, es muy septentrional, no sólo no estaba sazonado, pero ni aun alcanzaba el forraje; y no podía tampoco servirse del trigo conducido en barcas por el Arar, porque los helvecios se habían desviado de este río, y él no quería perderlos de vista. Dábanle largas los eduos con decir que lo estaban acopiando, que ya venía en camino, que luego llegaba. Advirtiendo él que era entretenerlo no más, y que apuraba el plazo en que debía repartir las raciones de pan a los soldados, habiendo convocado a los principales de la nación, muchos de los cuales militaban en su campo, y también a Diviciaco y Lisco, que tenían el supremo magistrado (que los eduos llaman Vergobreto, y es anual con derecho sobre la vida y muerte de sus nacionales) quéjase de ellos agriamente, porque no pudiendo haber trigo por compra ni cosecha, en tiempo de tanta necesidad, y con los enemigos a la vista, no cuidaban de remediarle; que habiendo él emprendido aquella guerra obligado en parte de sus ruegos, todavía sentía más el verse así abandonado.

XVII. En fin, Lisco, movido del discurso de César, descubre lo que hasta entonces había callado; y era «la mucha mano que algunos de su nación tenían con la gente menuda, los cuales, con ser unos meros particulares, mandaban más que los mismos magistrados; ésos eran los que, vertiendo especies sediciosas y malignas, disuadían al pueblo que no aprontase el trigo, diciendo que, pues no pueden hacerse señores de la Galia, les vale más ser vasallos de los galos que de los romanos; siendo cosa sin duda, que si una vez vencen los romanos a los helvecios, han de quitar la libertad a los eduos no menos que al resto de la Galia; que los mismos descubrían a los enemigos nuestras trazas, y cuanto acaecía en los reales; y él no podía irles a la mano; antes estaba previendo el gran riesgo que corría su persona por habérselo manifestado a más no poder, y por eso, mientras pudo, había disimulado».

XVIII. Bien conocía César que las expresiones de Lisco tildaban a Dumnórige, hermano de Diviciaco; mas no queriendo tratar este punto en presencia de tanta gente, despide luego a los de la junta, menos a Lisco; examínale a solas sobre lo dicho; explícase él con mayor libertad y franqueza; por informes secretos tomados de otros halla ser la pura verdad: «que Dumnórige era el tal; hombre por extremo osado, de gran séquito popular por su liberalidad, amigo de novedades; que de muchos años atrás tenía en arriendo bien barato el portazgo y todas las demás alcabalas de los eduos, porque haciendo él postura, nadie se atrevía a pujarla. Con semejantes arbitrios había engrosado su hacienda, y amontonado grandes caudales para desahogo de sus profusiones; sustentaba siempre a su sueldo un gran cuerpo de caballería, y andaba acompañado de él; con sus larguezas dominaba, no sólo en su patria, sino también en las naciones confinantes; que por asegurar este predominio había casado a su madre entre los bituriges con un señor de la primera nobleza y autoridad; su mujer era helvecia; una hermana suya por parte de madre y varias parientas tenían maridos extranjeros; por estas conexiones favorecía y procuraba el bien de los helvecios; por su interés particular aborrecía igualmente a César y a los romanos; porque con su venida le habían cercenado el poder, y restituido al hermano Diviciaco el antiguo crédito y lustre. Que si aconteciese algún azar a los romanos, entraba en grandes esperanzas de alzarse con el reino con ayuda de los helvecios, mientras que durante el imperio romano, no sólo desconfiaba de llegar al trono, sino aun de mantener el séquito adquirido». Averiguó también César en estas pesquisas que Dumnórige y su caballería (mandaba él la que los eduos enviaron de socorro a César) fueron los primeros en huir en aquel encuentro mal sostenido pocos días antes, y que con su fuga se desordenaron los demás escuadrones.


Julio César. La guerra de las Galias. Ediciones Orbis.





domingo, 22 de marzo de 2015

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA




CASA DE UN COMERCIANTE EN ULTRAIECTUM
                                                        (Siglo VII d.C.)

Vivo en un lodazal donde gruñen los cerdos
y el humo ofende la quietud del aire.
Fui una vez a Tréveris, y donde se cargaban
las carretas camino de los hornos de cal
recogí el torso alado de un dios ciego.
Me ayuda a despreciar
a esta mugrienta tribu de pastores:
sueño que llegué al Sur, y estuve en Roma.


                                               Guillermo Carnero

viernes, 20 de marzo de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




LOS KURDOS MILLI


“Al atravesar el Éufrates desde Jerablús, se llega a una región de onduladas estepas cubiertas de hierba, sin árboles ni agua, que por el Este se extiende hasta el Tigris y por Norte hasta las montañas de Diarbekir y Nusaybin. De trecho en trecho se ven afloramientos rocosos de caliza o basalto y uadis de empinadas orillas, secos durante casi todo el año, que atraviesan la región, pero pocos rasgos destacables rompen la monotonía. Las extensas praderas, sobre las que las lluvias primaverales esparcen una tenue alfombra de hierba y flores de tallo corto, adquieren durante el largo verano un tedioso tono marrón continuo e interminable, y en invierno se llenan de tramos de fango o desaparecen bajo una efímera capa de nieve. Reina una agradable espaciosidad en aquel terreno rocoso: el viento lo recorre libremente, procedente de las montañas del Noroeste o de las lejanas colinas persas, sin encontrar obstáculos y, aunque el sol resulta molesto a mediodía, las noches son suaves y frescas y hay vigor en el aire, hermosura en los amaneceres y en los atardeceres, y una belleza en el distante claro de luna que cubre el valle y las elevaciones que ni siquiera los áridos desiertos de Egipto superan.
Por este extenso territorio vagan los kurdos milli. Se diferencian menos del antiguo pueblo persa que la mayoría de las tribus kurdas y son nuevos en el lugar, hasta el punto de que su migración aún no ha concluido, pues continúan empujando lentamente hacia el oeste a los árabes que ocupan la franja norte de Mesopotamia, y pueblos que hace diez años eran totalmente árabes, se hallan hoy en manos kurdas. Hablan un dialecto del persa, aunque la mayoría son bilingües y hablan también árabe o turco, según sus movimientos los pongan en contacto con uno u otro pueblo en las fronteras. Se trata de una raza nómada, cuya riqueza la constituyen los rebaños de ovejas y cabras y los caballos de los que están muy orgullosos; en primavera cultivan a su manera los fondos de los valles y recogen cereal suficiente para abastecer sus despensas y alimentar el ganado al año siguiente, pero no perseveran en la vida asentada de los agricultores. Unos cuantos jefes se permiten el lujo de tener casas en los valles más ricos, rodeados por las cabañas de sus inmediatos seguidores, cabañas que, debido a la escasez de madera para techumbres, se construyen al estilo de las colmenas o de los gigantescos hormigueros de África, de adobe desde el suelo hasta arriba. Pero incluso los jefes abandonan con gusto el encierro de las paredes de piedra cuando llega el verano y recorren la región, plantando sus tiendas donde les apetece y trasladando el campamento cuando la estancia en un lugar irrita su espíritu errante. Las tiendas son de tejido de pelo de cabra negro, muy bien tranzado para evitar las escasas lluvias y colgado sobre una hilera de postes derechos, con puntales más cortos a los lados para dar altura. La riqueza y rango de un hombre se calcula por el número de postes de su tienda: desde el refugio de uno o dos palos de los miembros de los clanes al impresionante palacio del jefe tribal con sus veinte o treinta palos y un salón con capacidad para medio centenar de personas. Dentro, las tiendas se dividen con cortinas para aislar la zona de las mujeres, la habitación principal en la que duermen los hombres y comen y se reúnen con sus amigos, y casi siempre un espacio semiabierto en un extremo que sirve de establo y cuadra; las de los ricos están decoradas con killims de colores tejidos por las mujeres, cuyos delicados dibujos desmecerecen ante nuestros ojos a causa de la variedad de retazos de telas extravagantes entretejidos en la trama a modo de borlas.
Las mujeres rara vez se cubren la cabeza, y a menos que haya un invitado en la tienda –en cuyo caso permanecen discretamente al margen--, no se muestran tímidas con los desconocidos. En su mayoría corpulentas, con buen color y rasgos marcados pero no desagradables, coronados por masas de cabellos negros recogidos en espesas trenzas, no parecen muy limpias y se visten con poca gracia, aunque con colores alegres; son espontáneas y hospitalarias, pero a veces crean situaciones incómodas empeñándose en enseñar a los ingleses cómo hay que vestirse y desnudarse. Los hombres visten como los árabes, con los que se llevan bien, unidos por su común odio a los turcos; son buenos jinetes, acostumbran a beber mucho y profesan la fe de Mahoma en el fondo, prestando poca atención a la religión y dedicándose a todo tipo de juegos de habilidad y a la caza; como jugadores arriesgan alegremente su última moneda e incluso la libertad de su familia en un lance de dados, cruel y traicionero –por el que llegarán a quebrantar incluso el vínculo de la hospitalidad, sagrado para el honor de los beduinos--: les gusta la música, bailan muy bien, se apoderan del dinero y los gastan en su adorno personal; jactanciosos y suspicaces, ladrones de profesión para los que el robo es tan honrado como en su momento lo fue en las fronteras escocesas, les gustan las bromas como a los colegiales. Se les pueden tachar de mala gente, pero no se puede pedir mejor compañía ni cazadores más avezados.”


Leonard Woolley. Ciudades muertas y…  Ediciones del Viento.

lunes, 16 de marzo de 2015

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





A UN BARRIO CERRADO


Nunca entraban temporales
ni barro originario,
ni oscuridad,
ni ácaros,
                          apenas garzas
ornamentales, señoras
asexuadas, lavanda,
perros dorados.


Rodolfo Godino.

domingo, 15 de marzo de 2015

OBITER DICTUM






1971

         “La aterradora insularidad de un hombre y una mujer casados, enfrentados en un ring imaginario, dándose golpes verbales en los ojos y los genitales. El ambiente es biempensante, propio de la cultura en que viven. Su ropa es la adecuada para esta parte del mundo, esta época del año, este nivel de ingresos. Hay flores (de invernadero) en la mesa (heredada). Los niños duermen o velan en los dormitorios del primer piso. Parecen tan arraigados en este medio como si hubieran nacido aquí, como los árboles en el jardín, pero en el momento más violento del combate se diría que están en un cráter de la luna, un árido desierto, el Sahara. Su insularidad es incomprensible. Éste es un lugar abandonado.”


John Cheever

lunes, 9 de marzo de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






EL PARAÍSO EN BALLARAT


“Ya los descubrimientos menores realizados tres meses antes en la colonia de Nueva Gales del Sur habían alentado una primera migración hacia Australia; afluyó entonces un torrente de aventureros, que ahora devino aluvión. En un solo mes se vertieron sobre Melbourne unas cien mil personas, de nacionalidad inglesa y otras, y partieron en apretadas filas hacia las minas. Las tripulaciones de los barcos que los llevaron se integraron en la tropa; siguieron a éstas los funcionarios de los despachos gubernamentales; y también se enrolaron cocineros, criadas, cocheros, mayordomos y demás servidumbre doméstica; y carpinteros, herreros, fontaneros, pintores, periodistas, redactores, abogados con sus clientes, cantineros, sablistas, tahúres, estafadores, ladrones, mujeres de vida airada, colmaderos, carniceros, panaderos, médicos, boticarios, enfermeras; y la policía; e incluso oficiales de cargo elevado y antes codiciado abandonaron sus posiciones y se juntaron a la marcha. El rugiente alud se precipitó desde Melbourne y lo dejó desierto como si fuera domingo, paralizado, en un inerte compás de espera, las naves ancladas en un ocioso balanceo, disipado todo signo de vida, acallado cualquier sonido salvo el crujir de los jirones nubosos que fluctuaban en las calles vacantes.
        El herboso y hojudo paraíso de Ballarat fue hendido, lacerado, escarificado y desentrañado en la frenética búsqueda de sus tesoros ocultos. No hay nada como la minería de superficie para despojar a una tierra paradisíaca de sus atributos, bellezas y bondades hasta hacer de ella una visión odiosa y repulsiva.”


Mark Twain. La travesía del Pacífico. Ediciones Laertes.

sábado, 7 de marzo de 2015

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






UN HUÉSPED


No sos mío
no estás
en mi vida
a mi lado
no comés en mi mesa
ni reís ni cantás
ni vivís para mí.
Somos ajenos
Tú y yo misma
y mi casa.
Sos un extraño
un huésped
que no busca no quiere
más que una cama
a veces.
Qué puedo hacer
cedértela
pero yo vivo sola.


Idea Vilariño

miércoles, 4 de marzo de 2015

OBITER DICTUM






“En otro tiempo yo creía que «entender» quería decir bastante más de lo que a mí me pasaba cuando en verdad estaba entendiendo igual que los demás, y como eso no me bastaba para satisfacer lo que yo pensaba que sería «entender», creía que yo no había entendido y que los que decían que habían entendido habían visto una luz mucho más clara y unas figuras mucho más nítidas que yo. Al cabo de los años empecé a sospechar que cuando los demás dicen que entienden en realidad están viendo ese vago resplandor, esos contornos de humo, esas difuminadas sombras que yo nunca habría osado antaño designar como «entender». Y empecé a sospecharlo porque la otra hipótesis sería que yo soy tonto y, a estas alturas, una infamia semejante tendría que haber llegado a mis oídos o supondría una doble e imperdonable canallada: una canallada por parte del Creador, porque al que no se le concede inteligencia debería proveérsele por lo menos de humildad, para que no se rían de su atrevimiento, y una canallada por parte del prójimo, por no habérmelo hecho saber o tan siquiera dejado delicadamente adivinar a tiempo.”


Rafael Sánchez Ferlosio.

martes, 3 de marzo de 2015

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






                     DILIGENCIA DE CARMONA



           I
Diligencia de Carmona,
la que por la vega pasas
caminito de Sevilla
con siete mulas castañas,

cruza pronto los palmares,
no hagas alto en las posadas
mira que tus huellas huellan
siete ladrones de fama.

Diligencia de Carmona,
la de las mulas castañas.
          
Fernando Villalón.

domingo, 1 de marzo de 2015

ALLÁ EN LAS INDIAS



LOS DZULES


«En el Trece Ahau Katún llegó por primera vez a Campeche el barco de los Dzules. Mil y quinientos cuarenta y uno es el nombre del año en que esto sucedió. Y con ellos vino el tiempo en que entraron al cristianismo los hombres mayas. Fundaron pueblo en Tan-tun Cuzamil, y estuvieron allí un medio año. Y se fueron por la “puerta del agua” hacia el Poniente. Fue cuando les entró el tributo a los Cheles del Poniente. Cuando esto fue, era el año de 1542.
Fundaron la comarca de Hoó, Ichcaansihó, en el Once Ahau Katún. Su Primer Jefe (halach-uinic) era don Francisco de Montejo, Adelantado. El dio sus pueblos a los Dzules, “hombres de Dios”, dentro del año en que llegaron los padres, cuatro años después de que llegaron los Dzules. Empezó a “entrar agua sobre la cabeza de los hombres”. Se establecieron los Padres y se les repartieron pueblos.
En el año de mil quinientos cuarenta y cuatro se cumplían 855 años de que había sido abandonada la ciudad de Chichén Itzá y dispersos sus moradores. Y 870 años de que había sido destruida la ciudad de Uxmal y abandonadas sus tierras.
En el año de mil quinientos treinta y siete, el día llamado Nueve Cauac, sucedió que se juntaron los nobles en Consejo en la ciudad de Maní, para tomar Señor para su pueblo, porque había sido matado su Soberano.»
He aquí sus nombres: Ah Moó-Chan-Xiú, Na-Haés, Ah Dzun-Chinab, Ná-Poot-Cupul, Ná-Pot-Chá, Ná-Batún-Itzá, Ah-Kin-Euan que vino de Caucel, Nachán-Uc que vino de Dzibical, Ah-Kin-Ucan que vino de Ekob, Nachí-Uc, Ah-Kul-Koh, Nachán Mutul, y Nahaú-Coyí. Estos que eran los grandes hombres de la comarca dijeron que iba a tomarse Señor para su pueblo, porque había sido muerto su Soberano, Ah Napot Xiú, en Otzmal.
El Diez Kan era el “cargador del año”, en que pasaron los “buscadores de pueblos”, de los cuales el nombrado Montejo era el que “escribía los pueblos”. El mismo año era cuando pasaron los extranjeros, señores de las tierras, los extranjeros “comedores de anonas”. Entonces fue el primer repartimiento de pueblos. Y cuando vinieron los Dzules a tomarlos, “recibidores de visita” fueron a Campeche, adonde salió su barco, y fueron los nobles a darles la bienvenida. Trece embajadores fueron a recibir a los Dzules, y con ellos vinieron a Ichcaansihó. Esto sucedió en el Nueve Ahau Katún.


Juan José Hoil. Chilam Balam de Chumayel.

viernes, 27 de febrero de 2015

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






                  THE BOOK


The place was dark and dusty and half-lost
In tangles of old alleys near the quays,
Reeking of strange things brought in from the seas,
And with queer curls of fog that west winds tossed.
Small lozenge panes, obscured by smoke and frost,
Just shewed the books, in piles like twisted trees,
Rotting from floor to roof—congeries
Of crumbling elder lore at little cost.

I entered, charmed, and from a cobwebbed heap
Took up the nearest tome and thumbed it through,
Trembling at curious words that seemed to keep
Some secret, monstrous if one only knew.
Then, looking for some seller old in craft,
I could find nothing but a voice that laughed.


H. P. Lovecraft.