jueves, 8 de enero de 2015

OBITER DICTUM





“Casi todas las filosofías, la mayoría de las religiones y buena parte de la ciencia evidencian una preocupación desesperada e incansable por la salvación de la humanidad. Si renunciamos al solipsismo, estaremos menos preocupados por la suerte del animal humano. La salud física y mental no radica en un amor introvertido hacia todo lo humano, sino en recurrir a lo que Robinson Jeffers llama, en su poema “Meditation on Saviors”, la orilla al otro lado de la humanidad.
       El Homo sapiens es sólo una de entre una multitud de especies y no es obvio que valga especialmente la pena preservarla. Tarde o temprano, se extinguirá. Cuando se haya ido, la Tierra se recuperará. Mucho después de que haya desaparecido todo rastro del animal humano, muchas de las especies que éste se ha propuesto destruir seguirán ahí, junto a otras que todavía están por surgir. La Tierra olvidará a la humanidad. El juego de la vida continuará.”

John Gray.


lunes, 5 de enero de 2015

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA




CONSULTORIO SENTIMENTAL


Caballero de buena voluntad.
Apto para trabajos personales
Ofrécese para cuidar señorita de noche
Gratis
sin compromisos de ninguna especie
A condición de que sea realmente de noche.

Seriedad absoluta.
Disposición a contraer matrimonio
Siempre que la señorita sepa mover las caderas.

Nicanor Parra.

jueves, 1 de enero de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




OTRO MUNDO


“Cuando vi Nueva York por primera vez me imaginé caído en otro mundo, en un planeta de gentes que habían logrado vencer las leyes de la gravitación y jugueteaban con ellas. Contemplando los grupos de «rascacielos», edificios tan altos que muchas veces hunden su cumbre en los vapores de la atmósfera, los creí por un momento obras de gigantes, algo extraordinario y quimérico, más allá de las limitadas fuerzas de nuestra especie. Luego, al considerar que eran creación de pobres hombres como nosotros, con iguales debilidades e ilusiones, sentí orgullo de pertenecer al género humano, que, no obstante su debilidad física, puede realizar, gracias a su inteligencia, tales maravillas.
Para mí, Nueva York es una de las ciudades más hermosas de la tierra; hermosa a su modo, con una belleza colosal, soberbia, audazmente despreciadora de muchos cánones estéticos venerados en el viejo mundo con la inmutabilidad de los dogmas religiosos.
No digo que este arte, especialmente americano, deba servir de modelo al resto de la tierra, ni deseo que todas las ciudades sean como Nueva York. La vida es la variedad. Igualmente resulta desesperante encontrar en todas las latitudes falsas catedrales góticas o imitaciones del Partenón. Pero me enorgullece como hombre la existencia de un Nueva York con sus audaces edificios, atropelladores de los obstáculos que esclavizaron durante siglos al  constructor; con sus torres gigantescas que después de hincar las raíces en profundidades no alcanzadas por los árboles archicentenarios se lanzan en busca del cielo.
Hay en el viejo mundo construcciones tan altas como las de Nueva York, pero aisladas y excepcionales. Lo que en Europa representa una altura extraordinaria, que atrae la peregrinación de los admiradores, es aquí el nivel corriente de los edificios principales de un barrio. La Torre Eiffel todavía resulta actualmente más alta que los «rascacielos» norteamericanos. Pero esta torre es un andamiaje metálico, algo que parece provisional, sin la majestad imponente y sólida de los edificios neoyorquinos.
La gran metrópoli del mundo moderno ha creado un arte, leal reflejo de su concepción de la vida. Es algo grandioso, atrevido, rectilíneo, que hace pensar en el empuje sobrehumano de los inventores, los cuales solamente realizan sus descubrimientos atropellando los respetos, disciplinas y convenciones que encadenan a sus contemporáneos.
Los artistas que abominan del ferrocarril por su fealdad, pero llorarían de pena si los obligasen a viajar a pie, como en otros tiempos; los que ensalzan las sobriedades poéticas de la vida primitiva en habitaciones con prosaica luz eléctrica, calefacción central y vulgares aparatos higiénicos, cuando quieren sintetizar lo horrible de la vida moderna, nombran a Nueva York, que los más de ellos sólo conocen por referencias. Y el rebaño panurguesco de los esnobs, para simular delicadezas estéticas, maldice igualmente un arte vigoroso y franco, reflejo característico del pueblo que más estupendos milagros lleva realizados en la época presente por su deseo de mejorar nuestra existencia material.
Esta ciudad que parece construida para otra raza más grande que la humana hace pensar en Babilonia, en Tebas, en todas las aglomeraciones enormes de la historia antigua, tales como nos imaginamos que debieron ser y como indudablemente no fueron nunca.
Hay calles en Nueva York que apreciarían en Europa como de aceptable anchura y parecen aquí modestos callejones, profundas grietas, a cuyo fondo no podrá llegar nunca el sol. Tan enorme es la altura de sus edificaciones laterales, que obliga a elevar los ojos, echando atrás la cabeza con una violencia precursora del vértigo.
La imaginación se resiste en el primer instante a concebir tales construcciones como obra de los humanos. Más bien las cree algo anterior a la presencia de nuestra especie sobre el planeta. Recuerda también a ciertas montañas que horadaron y ahuecaron los trogloditas en los siglos más oscuros de la Historia, convirtiéndolas en templos subterráneos o en ciudades-cuevas.
Cuando llega la noche no hay aglomeración humana, no la ha habido nunca, que ofrezca el aspecto mágico de esta urbe, en cuyo seno fue sujetado y domado el cuerpo impalpable de la electricidad, encadenándolo para siempre a las necesidades del hombre.
Los grandes edificios, con sus millares de ventanas iluminadas, son inmensos tableros de ajedrez, rojos y negros, que se estiran hacia las nubes. Las quimeras soñadas por los cuentistas orientales se realizan en esta metrópoli que muchos creen inaccesible a toda sensación de belleza. Sobre los tejados, el anuncio industrial crea un mundo fantástico que parece lanzar un reto a las exigencias de la realidad y a la tranquila sucesión de las horas. Las hadas nocturnas de Nueva York, volando en alturas sólo frecuentadas en otras partes por las águilas, van colgando del negro terciopelo del espacio figuras y adornos de fuego, pavos reales de plumaje multicolor, tropas de duendes que gesticulan mirando a las estrellas o les guiñan un ojo maliciosamente, mujeres de luz que, sentadas en un columpio, se balancean con la cabellera suelta por encima de los astros; toda una fauna y una flora de Las mil y una noches, nacida regularmente con los primeros latidos de la luz sideral y que se borra con la aurora, haciendo levantar sus cabezas a la muchedumbre circulante por las profundas grietas de las avenidas, orladas de puntos de luz.
Hasta hace poco, Londres era la ciudad más grande del mundo. Ahora la ha sobrepasado Nueva York. El eje de la historia humana, que durante siglos fue trasladándose de una a otra nación, siempre dentro de Europa, ha cruzado el mar, y está actualmente en la ribera occidental atlántica.”


Vicente Blasco Ibáñez. La vuelta al mundo de un novelista. Sempere y Compañía Editores.

martes, 30 de diciembre de 2014

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE


 






AYAHUASCA

CAAPI

NISHI COBIN

NIXI PAE

NATEM

SHORI

UNÍ

YAGÉ


«El seminario usa hoy una mezcla que tiene más de un año, muy fermentada, que se supone más potente y es sin duda más desagradable de tomar. No me fío de brebajes rancios, y bebo 80 ml, un quinto menos que anteayer. El ambiente es algo amenazador, ya que por primera vez llovizna, hay bochorno y padecemos una invasión de saltamontes, escarabajos y mosquitos. El suelo y la tela mosquitera que rodea nuestra maloca están literalmente cuajados de estos insectos. Nada de subida rápida. Paso largo tiempo sobre el colchón, recostado cómodamente gracias a dos almohadas. Como advertido por la ceremonia, un creciente lunar ha roto el celaje de nubes, realzando la grandeza del escenario. El círculo de nuestros colchones dibuja una especie de humilde Stonehenge, dispuesto para captar el curso de las horas. Poco a poco la plata de los perfiles va dando paso a una experiencia visceral, con imágenes espaciadas y tenues, leve náusea y movimientos del aparato digestivo. El aire sigue inmóvil, plagado de mosquitos; sudo mucho. Surge una mujer inquietante, de edad indefinida, que comienza con gestos provocativos y pasa en rápida sucesión a ponerse una lavativa, vomitar sangre, hincharse hasta estallar en mil fragmentos y reaparecer como un montón  de huesos, que inspeccionados algo más de cerca son en su mayoría de conejo. El estallido tiñe todo de rojo, color que persiste al abrir los ojos como un barniz. Vuelvo a cerrarlos y la masacre sigue ahí, tranquilamente. Es satisfactorio no volver la cara, observar el osario con la distancia que proporciona estar viajando de huesos, que inspeccionados algo más de cerca son en su mayoría de conejo. El estallido tiñe todo de rojo, color que persiste al abrir los ojos como un barniz. Vuelvo a cerrarlos y la masacre sigue ahí, tranquilamente. Es satisfactorio no volver la cara, observar el osario con la distancia que proporciona estar viajando.»


Antonio Escohotado.

Sesenta semanas en el trópico.

Editorial Anagrama.


lunes, 29 de diciembre de 2014

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA




AMOUR PARCHEMINÉ


Quan les fenêtres comme l’œil du chacal et le désir percent l’aurore, des treuils de soie me hissent sur les passerelles de la banlieue. J’appelle une fille qui rêve dans la maisonnete dorée; elle me rejoint sur les tas de mousse noire et m’offre ses lèvres qui sont des pierres au fond de la rivière rapide. Des pressentiments voilés descendent les marches des édifices. Le mieux est de fuir les grands cylindres de plume quand les chasseurs boitent dans les terres détrempees. Si l’on prend un bain dans la moire des rues, l’enfance revient au pays, levrette grise. L’homme cherche sa proie dans les airs et les fruits sèchent sur des claies de papier rose, à l’ombre des noms démesurés par l’oubli. Les joies et les peines se répandent dans la ville. L’or et l’eucalyptus, de même odeur, attaquent les rêves. Parmi les freins et les edelweiss sombres se reposent des formes souterraines semblables à des bouchons de parfumeurs.

      André Breton.

domingo, 28 de diciembre de 2014

OBITER DICTUM






Por eso hay poca gente que se interese por el espíritu, incluso últimamente, cuando después de un período de explotación salvaje, la burguesía ha adquirido cierta benevolencia tranquila y segura, una capa de grasa compuesta por poetas, filósofos y pintores burgueses.


Vladimir Maiakovski

sábado, 27 de diciembre de 2014

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA



    PECIOS DE SOMBRA


Hablaban con bocas de sombra,
susurraban sucesos mágicos,
historias de herrumbre y de musgo
(no sabían que estaban muertos,
y yo no quería apenarlos).
Fui reconstruyendo sonidos
que en el sueño significaban
para interpretarlos despierto
y atribuirlos a unos labios.

(Quería conocer el nombre
de quienes me hablaban en sueños:
la rosa no olería igual
si su nombre no fuese rosa.)
Rescaté, lúcido y sonámbulo,
los vestigios que la marea
llevó a mi playa de despierto;
con ellos construiría un puente
desde el soñar hasta el velar:
así tendrían consistencia
las palabras impronunciables
que yo escuché cuando dormía,
fantasmal materia de sueño.


José Hierro

viernes, 26 de diciembre de 2014

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




EN RASHTEGAN

“Me dirigí hacia el norte, a Rashtegan, y almorcé allí al calor de la mañana bajo los plátanos y sauces, junto a un seco arroyuelo de verano. Era principios de agosto. Las únicas flores que quedaban eran menta y adelfas, margaritas de otoño y unas pequeñas matas de flores rosas que crecían cerca del agua. Había maíz en numerosas eras terraplenadas en un extremo de la aldea; sus montones amarillos se elevaban sobre el fondo montañoso, bello de un modo árido, donde los pasos septentrionales ascienden por toda la loma. En primer término, al sol, ancianos y chiquillos hacían dar vueltas lentamente en círculo a bueyes negros que arrastraban toscos rodillos con pinchos de madera para desgranar el maíz; mientras, en otro lugar, los jóvenes estaban ocupados aventando; la paja triturada, que levantaban con horcas; se quedaba suspendida en el aire como polvo.
El grupo estaba formado por Ismail, dos mulas y yo. Aziz se había quedado en el valle de Alamut, en su aldea, retenido por la enfermedad de su hijo pequeño, y cuando por fin le llegó mi mensaje, después de haber permanecido una semana impacientándome en Qazvin, se apresuró a enviar sus mulas, que disfrutaban de sus vacaciones anuales de pasto en algún lugar de las colinas a una jornada de viaje, a través de su criado Ismail. Ismail parecía un convicto: tenía la cabeza aplastada por detrás y los brazos y piernas parecían mantenerse juntos por pura casualidad. Sus ropas habían sufrido alguna clase de estropicio: las mangas de la túnica le empezaban a mitad del brazo y terminaban mucho antes de la muñeca; sus anchos pantalones de algodón azules estaban suspendidos mediante algún método inadecuado que exigía que constantemente se los estuviera subiendo; y llevaba unas seis correas y bolsas diferentes en las que se alojaban por separado su amuleto, su dinero, su cuchillo, una aguja de buhonero y otros objetos. Además, lucían una estropeada gorra con visera y mis prismáticos, que llevaba colgados de través con aire desenvuelto, ofrecían un último toque incongruente de turista. Era terriblemente estúpido. Su comida diaria, que consistía en un queso rancio que llevaba envuelto en una piel de cabra y colgado al cuello, hacía que estar cerca de él resultara una dura prueba.
--Quedad en las manos de Dios –dijo el camarero del Grand Hotel cuando nos marchamos de Qazvin; y cuando partía hacia las colinas con la única compañía de Ismail, sentí que semejante deseo piadoso era necesario.
En Rashtegan tuvimos problemas porque la parcela de hierba bajo los árboles donde me senté era la única de la aldea y demasiado preciosa para que las mulas se la comieran. Ismail tuvo que atarlas un poco más lejos, mientras una mujer que había discutido el asunto con voz estridente de pronto se volvió afable y, sentándose en cuclillas con el samovar, se dispuso a ofrecerme té y huevos. Tenía un rostro de expresión viva, los ojos brillantes, y una alegría aparentemente explicada por la inexistencia de un marido.”


Freya Stark. Los Valles de los Asesinos. Ediciones Península.

lunes, 22 de diciembre de 2014

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




A LA HORA DE COMER


“Pasando de la lengua al paladar, puesto que es poca la distancia, necesité un tanto de buena voluntad para habituarme a ciertas salsas y guisos y bazofias de la cocina española. Pero me habitué. Los franceses, que en punto a comer son quisquillosos como muchachos mal acostumbrados, dicen pestes; Alejandro Dumas afirma que ha padecido hambre en España; y un libro sobre este país, que tengo a la vista, sostiene que los españoles no viven más que de miel, hongos, uvas y legumbres. Son tonterías. Lo mismo podrían decir de nuestra cocina: he conocido a muchos españoles que no podían ver comer macarrones sin que se les moviera el estómago.  Abusan un poco de las pastas y lo graso; condimentan demasiado fuerte; pero… vamos: no tanto como para quitarle el apetito a Dumas. Son maestros, entre otras cosas, en platos dulces. Además, su puchero, el plato nacional, comido todos los días, por todos, en todo el país, digo la verdad, lo devoraba con rosiniana glotonería. El puchero es, respecto al arte culinaria, lo que es respecto a la literatura una antología: hay un poco de todo, y de lo mejor. Una buena tajada de vaca hervida forma como el núcleo del plato; alrededor un ala de pollo, un pedazo de chorizo (el chorizo con prodigalidad), yerbas y pernil; encima, debajo, y en todos los intersticios, garbanzos. Son una especie de ceci; pero más gruesos, más tiernos, más sabroso; ceci, diría un extravagante, caidos de algún mundo donde a una vegetación como la nuestra la fecundase un sol más poderoso. Este es el puchero usual; pero cada familia lo modifica según la bolsa: el pobre se contenta con la carne y los garbanzos; el señor le añade cien bocadillos exquisitos. En realidad es más bien una comida que un plato: por eso muchos no comen otra cosa: un buen puchero y una botella de Valdepeñas pueden bastar a cualquiera. No hablo de las naranjas, de las uvas de Málaga, de los espárragos, de las alcachofas y otras especies de legumbres y frutas, que todos saber ser en España hermosísimas y muy buenas. Esto no obstante, los españoles comen poco; y aunque en su cocina predominen la pimienta, la salsa fuerte y la carne salada; aunque coman chorizos que, como ellos dicen, levantan las piedras, beben poquísimo vino. Después de la fruta, en vez de estarse allí haciéndole centinela a una buena botella, toman por lo común su taza de café con leche: rara vez beben vino de mañana. Jamás he visto a un español apurar su botella en las mesas redondas de los albergues; y a mí, que la vaciaba, mirábanme con aire de estupor, como a un bebedor escandaloso. Es raro en las ciudades de España, aun los días de fiesta, encontrar un borracho: justamente por esto, habida consideración a la sangre fogosa y al libérrimo comercio que se hace de cuchillos y puñales, ocurren menos riñas con heridas y muertes de lo que fuera de España se piensa.
Encontrada la casa y la cocina, no me quedó más pensamiento que el de vagar a la ventura por la ciudad, con la Guia  en el bolsillo y el cigarro de tres cuartos en la boca.”


Edmundo de Amicis. España. Librería de Vicente López.

viernes, 19 de diciembre de 2014

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






Vav


La noche tiene espejos profundos y opacos, en los cuales se refleja la verdad como en un pozo.
Espejos diáfanos, claros y opacos, a la manera de los valles, en los cuales el más pequeño detalle resalta ante los ojos y que tienen la inexorable serenidad de la conciencia.
Espejos claros y tranquilos, semejantes a las lunas que descubren los guijarros del sendero; y ante los cuales el hombre libertino puede contar todas sus arrugas y la mujer impura todas sus manchas.
Espejos lúcidos y diáfanos, en cuyo fondo cárdeno se reflejan frentes pálidas, mejillas descarnadas y ojos verticales como abismos.
Espejos de reproches y de remordimientos, cuyos cristales se empañan de suspiros y que son como lunas veladas, bajo el hálito frío de los infortunados.


Rafael Cansinos Assens.

lunes, 15 de diciembre de 2014

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






ISADORA DUNCAN

“A esta hora están quemando en el Columbarium de París un cuerpo natural. Mientras cuarenta mil unidades de la Legión Americana desfilan del Arco del Triunfo al Hotel de Ville, están a estas horas quemando en el cementerio del Pére Lachaise, las últimas falanges y los postreros carpos del cuerpo, mediano y regular, de Isadora Duncan. Suenan, por el anverso de la vida, del lado de los cowboys, vencedores de Verdun, bombos de primera y tibias bárbaras y resuenan, por el reverso de la vida, del lado de la artista caída, las sinfonías de duelo de Chopin y de Beethoven. La orquesta de Valvé está a esta  hora  acompañando al cuerpo de la mujer más rítmica del mundo a danzar, entre llamas verdaderas, el número más rojo y más cordial de las esferas. Raf Lawton ejecuta luego el Concierto en Re de Bach...
Son los funerales, castos y sonrosados, de Isadora Duncan. La pira griega recibe alegremente un leño antiguo, familiar por la estatura, rico en esencias combustibles. Son los funerales, castos y dionisiacos, de Isadora Duncan. Al resplandor del fuego en que ahora está ardiendo el cuerpo, humano y regular, de Isadora Duncan, vemos con nuestros ojos humanos, regulares, que es la carne y nada más cuanto ha sido la bailarina de los pies desnudos. Ni  figura de los vasos griegos ni estatua de Tanagra. Ni velos ligeros ni arabescos. Tampoco bajorrelieve antiguo ni musa que juega a los huesecillos sobre los arenales de Salamina. La bailarina de los pies desnudos fue sólo carne viva, acto caminante y orgánico del universo.  ¿A qué más  sino a carne puede aspirar el ritmo  universal?  La más dinámica estatua  del friso más  perfecto, no vale en euritmia una  corriente de sangre que riega la segunda  cabeza de un monstruo de carne y hueso. Y en Isadora  Duncan  fue la carne  más carne, el hueso  más hueso, el dolor más dolor, la alegría más alegre, la célula más dramática: todo para  violentar la inquietud del ser  humano y para hacer la vorágine vital más dionisiaca.
Isadora Duncan fue la bailarina más grande de la época y la mujer más trágica de todas las mujeres.

La prodigiosa  aventura  de esta  joven americana –dice André Levinson- misionera  de una estética nueva, no admite  rival en  la historia  de la danza  y  aún  del teatro.  La venida al mundo de Isadora Duncan  fue como la realización de uno de esos sueños que a menudo consuelan  a los hombres,  en  las horas sombrías  de la historia:  el retorno  a la edad  de oro, la promesa  del paraíso recuperado, en fin, aquel 'estado de naturaleza' que Juan Jacobo Rousseau  había imaginado. Ella venía a liberar  al instinto de las trabas que le opone  la civilización y  a hacer  triunfar  la emoción  espontánea  de la convención  razonada.

Y Fernand Divoire, añade, refiriéndose a la vida circunstancial de la artista:

En verdad, Isadora Duncan, para todos los que la conocieron, estaba desde hacía tiempo  muerta. Esta mujer, cuya voluntad y aspiración  no fueron sino un inmenso impulso hacia la Belleza, hacia la Libertad y hacia la Juventud,  había visto quebrarse de un solo golpe todas las fuerzas de su vida, el día en que un automóvil cayó en el Sena, ahogando a sus tiernos hijos. Patrick y Deardree. Desde aquel día, la vida de la Gran  Bailarina no fue más que un suicidio largo, voluntario y tenaz...

Estos dos párrafos de Divoire y Levinson sintetizan lo que ha sido Isadora  Duncan: la creadora de la danza  moderna y la mujer  dramática por excelencia.  Norteamericana de San Francisco, penetró en  el espíritu dionisiaco de la danza  pagana, bailando al pie del mismo Acrópolis. Al presentarse, por la primera vez en  París,  en  1903, predicó toda su estética en estas breves palabras: "Lo que es contrario  a la naturaleza  no es bello". Su aparición en el Teatro Sarah Bernhardt  revolucionó  la plástica  y el  movimiento  académicos. Casó con Mr. Singer, el célebre fabricante  de máquinas de coser. Atacó, en la persona  de las bailarinas de corset, a todo lo que es artificio elaborado. Dirigió a Maeterlinck una carta, invitándole exabrupto  a crear con ella un hijo, que tuviese el genio de sus dos procreadores. Bailó por primera vez lo que antes se creyó que no era bailable: las sinfonías  de Beethoven,  de Brahms  y Chopin  y los lieds de Wagner.  (Yo la vi en su último recital del Teatro  Mogador, en julio de este año, bailar con ya moribundo brillo- la Sinfonía Inconclusa de Schubert y Tannhauser). Luego viajó por Viena, Berlín, Budapest, Moscú, donde  casó con Sergio Essenin, el poeta comunista, que después suicidose en 1925. Todos sus hijos perecieron ahogados en el Sena. Murió ahorcada por un velo, recorriendo en automóvil y a ciento veinte caballos de fuerza, la luminosa Costa Azul, una tarde de estío de 1927. Su cuerpo, envuelto  en una túnica violeta, fue quemado en el Columbarium de París, entre lises, rosas y margaritas  y a los sones de un coro  de canéforas. Biografía, como  se ve, digna de una tragedia de Esquilo.
Isadora  Duncan acaba, de este modo, en un poco de humo ligero y otro  poco de ceniza. Pero la tierra  retiene para siempre el latido de sus pies desnudos, que ritman el latido de su corazón.”


Cesar Vallejo.
Crónicas de poeta.
Biblioteca Ayacucho.