miércoles, 15 de octubre de 2014

OBITER DICTUM





                         “Pero a estas alturas tenemos el derecho a preguntarnos si la importancia de los arquetipos para la conciencia del hombre arcaico y la incapacidad de la memoria popular para retener lo que no sean arquetipos no nos revelan algo más que la resistencia de la espiritualidad tradicional frente a la historia; si no nos revela la caducidad, o en todo caso el carácter secundario, de la individualidad humana en cuanto tal, individualidad cuya espontaneidad creadora constituye, en último análisis, la autenticidad y la irreversibilidad de la historia. En todo caso es notable que, por un lado, la memoria popular se niegue a conservar los elementos personales, «históricos»”, de la biografía de un héroe, mientras que, por el otro, las experiencias místicas superiores implican una elevación del Dios personal al Dios transpersonal.”

Mircea Eliade.



lunes, 13 de octubre de 2014

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE



CICERÓN


LIBRO V

XLV. Cuanto más se agravaba cada día la fiereza del asedio, principalmente por ser muy pocos los defensores, estando gran parte de los soldados postrados de las heridas tanto más se repetían correos a César, de los cuales algunos eran cogidos y muertos a fuerza de tormentos a vista de los nuestros. Había en nuestro cuartel un hidalgo llamado Verticón, que había desertado al primer encuentro, y dado a Cicerón pruebas de su lealtad. Éste tal persuade a un su esclavo, prometiéndole la libertad y grandes galardones, que lleve una carta a César. Él la acomoda en su lanza, y como galo, atravesando por entre los galos sin la menor sospecha, la pone al fin en manos de César, por donde vino a saber el peligro de Cicerón y de su legión.
        XLVI. Recibida esta carta a las once del día, despacha luego aviso al cuestor Marco Craso que tenía sus cuarteles en los belovacos, a distancia de veinticinco millas, mandándole que se ponga en camino a medianoche con su legión y venga a toda priesa. Pártese Craso al aviso. Envía otro al legado cayo Fabio, que conduzca la suya a la frontera de Artois, por donde pensaba él hacer su marcha. Escribe a Labieno, que, si puede buenamente, se acerque con su legión a los nervios. No le pareció aguardar lo restante del ejército, por hallarse más distante. Saca de los cuarteles inmediatos hasta cuatrocientos caballos.
        XLVII. A las tres de la mañana supo de los batidores la venida de Craso. Este día caminó veinte millas. Da el gobierno de Samarobriva con una legión a Craso, porque allí quedaba todo el bagaje, los rehenes, las escrituras públicas, y todo el trigo acopiado para el invierno. Fabio, conforme a la orden recibida, sin detenerse mucho, sale al encuentro en el camino. Labieno, entendida la muerte de Sabino y el destrozo de sus cohortes, viéndose rodeado de todas las tropas trevirenses, temeroso de que si salía como huyendo de los cuarteles, no podía sostener la carga del enemigo, especialmente sabiendo que se mostraba orgulloso con la recién ganada victoria, responde a César, representando el gran riesgo que correrá la legión si se movía. Escríbele por menor lo acaecido en los eburones, y añade que a tres millas de su cuartel estaban acampados los trevirenses con toda la infantería y caballería.
        XLVIII. César, pareciéndole bien esta resolución, dado que de tres legiones con que contaba se veía reducido a dos, sin embargo, en la presteza ponía todo el buen éxito. Entra, pues, a marchas forzadas por tierras de los nervios. Aquí le informan los prisioneros del estado de Cicerón y del aprieto en que se halla. Sin perder tiempo, con grandes promesas persuade a uno de la caballería galicana que lleve a Cicerón una carta. Iba ésta escrita en griego, con el fin de que, si la interceptaban los enemigos, no pudiesen entender nuestros designios; previénele, que si no puede dársela en su mano, la tire dentro del campo atada con la coleta de un dardo. El contenido era: «que presto le vería con sus legiones», animándole a perseverar en su primera constancia. El galo, temiendo ser descubierto, tira el dardo según la instrucción. Éste, por desgracia, quedó clavado en un cubo, sin advertirlo los nuestros por dos días. Al tercero reparó en él un soldado, que lo alcanzó, y tajo a Cicerón, quien después de leída, la publicó a todos, llenándolos de grandísimo consuelo. En eso se divisaban ya las humaredas a los lejos, con que se aseguraron totalmente de la cercanía de las legiones.


Julio Cesar. La guerra de las Galias. Ediciones Orbis.

jueves, 9 de octubre de 2014

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






    LA REVOLUCIÓN QUE LLEGA


«El Pravda del día 17 de diciembre, sin información completa aún, se expresaba en estos términos: “Los pequeños detalles que tenemos sobre los acontecimientos españoles permiten deducir, no obstante, que éstos tienen el carácter de un movimiento revolucionario de alcance mundial y son de una importancia capital para la suerte del movimiento obrero español. Los acontecimientos que se han producido en el seno del Ejército español no son comparables a los antiguos motines de oficiales. Se han desarrollado bajo la contraseña de “Abajo la Monarquía”; y por otra parte, y es la más importante, se han producido simultáneamente con huelgas cuya importancia era hasta el presente desconocida en la España fascista en cuanto a su amplitud y alcance. Las señales precursoras nos hacen creer que el proletariado revolucionario español, recobrando ya sus fuerzas después de un régimen de terror de seis años, bajo la dictadura fascista, y aprobando cada vez más el programa del partido comunista español, ha comprendido que éste es el que debe jugar un papel preponderante en el desarrollo de la revolución que llega”.»

Emilio Mola.Obras completas.Librería Santarén.


miércoles, 8 de octubre de 2014

OBITER DICTUM





“Un sábado por la noche, en verano, durante uno de esos crepúsculos de julio, es cuando hay que ver a los negros, de cabeza pequeña, reluciente y ensortijada como una mora, tomando el fresco a la puerta de sus casas, en Lennox Avenue, discutiendo, disputando, jugando a los dados, su juego favorito; coqueteando con frases complicadas y ojos sencillos…”


Paul Morand.

lunes, 6 de octubre de 2014

ALLÁ EN LAS INDIAS




 PATAGONES


Transcurrieron dos meses antes de que avistásemos a ninguno de los habitantes del país. Un día en que menos lo esperábamos se nos presentó un hombre de estatura gigantesca. Estaba en la playa casi desnudo, cantando y danzando al mismo tiempo y echándose arena sobre la cabeza. El comandante envió a tierra a uno de los marineros con orden de que hiciese las mismas demostraciones en señal de amistad y de paz: lo que fue tan bien comprendido que el gigante se dejó tranquilamente conducir a una pequeña isla a que había abordado el comandante. Yo  también con varios otros me hallaba allí. Al vernos, manifestó mucha admiración, y levantando un dedo hacia lo alto, quería sin duda significarnos que pensaba que habíamos descendido del cielo.
Este hombre era tan alto que con la cabeza apenas le llegábamos a la cintura. Era  bien formado, con el rostro ancho y teñido de rojo, con los ojos circulados de amarillo, y con dos manchas en forma de corazón en las mejillas. Sus cabellos, que eran escasos, parecían blanqueados con algún polvo. Su vestido, o mejor, su capa, era de pieles cosidas entre sí, de un animal que abunda en el país, según tuvimos ocasión de verlo después. Este animal tiene la cabeza y las orejas de mula, el cuerpo de camello, las piernas de ciervo y la cola de caballo, cuyo relincho imita. Este hombre tenía también una especie de calzado hecho de la misma piel. Llevaba en la mano izquierda un arco corto y macizo, cuya cuerda, un poco más gruesa que la de un laúd, había sido fabricada de una tripa del mismo animal; y en la otra mano, flechas de caña, cortas, en uno de cuyos extremos tenían plumas, como las que nosotros usamos, y  en el otro, en lugar de hierro, la punta de una piedra de chispa, matizada de blanco y negro. De la misma especie de pedernal fabrican utensilios cortantes para trabajar la madera.
El comandante en jefe mandó darle de comer y de beber, y entre otras chucherías, le hizo traer un gran espejo de acero. El gigante, que no tenía la menor idea de este mueble y que sin duda por vez primera veía su figura, retrocedió tan espantado que echó por tierra a cuatro de los nuestros que se hallaban detrás de él. Le dimos cascabeles, un espejo pequeño, un peine y algunos granos de cuentas; en seguida se le condujo a tierra, haciéndole acompañar de cuatro hombres bien armados.
Su compañero, que no había querido subir a bordo, viéndolo de regreso en tierra, corrió a advertir y llamar a los otros, que, notando que nuestra gente armada se acercaba hacia ellos, se ordenaron en fila, estando sin armas y casi desnudos, dando principio inmediatamente a su baile y canto, durante el cual levantaban al cielo el dedo índice, para damos a entender que nos consideraban como seres descendidos de lo alto, señalándonos al mismo tiempo un polvo blanco que tenían en marmitas de greda, que nos lo ofrecieron, pues no tenían otra cosa que damos de comer. Los nuestros les invitaron por señales a que viniesen a las naves, indicándoles que les ayudarían a llevar lo que quisiesen tomar consigo. Y en efecto vinieron; pero los hombres, que sólo conservaban el arco y las flechas, hacían llevar todo por sus mujeres, como si hubieran sido bestias de carga.”


Antonio Pigafetta. Primer viaje alrededor del globo. Fundación Civiliter.

domingo, 5 de octubre de 2014

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






         


NAPOLEON

Má dýmka gambier mĕ strašnĕ baví
má z hlavy císaře legrační hlavičku

Dobrý den slavný císaři!

Už se ti vykouřilo z hlavy
být pánem svĕta?

Jaroslav Seifert.

viernes, 3 de octubre de 2014

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






EL FRANCONIA EN HAWAI


Según nos aproximamos, las montañas, que tenían de lejos un color gris de lava, se van haciendo verdes. El Mauna Kea queda a un lado con su brumoso sudario, y vemos al fin la verdadera fisonomía de la isla.
Las vertientes son antiguas cascadas de lava petrificada, pero en las arrugas tortuosas de sus barrancos crece una compacta arboleda. Entre estos cordones de verde oscuro se extienden grandes declives de verde esmeralda: las plantaciones de caña de azúcar. Algunas de ellas, por estar la caña en flor, aparecen moteadas de un blanco sonrosado.
Navega el Franconia cerca de la costa, todo lo que es prudente en un archipiélago volcánico donde surgen de pronto arrecifes y pequeños islotes y vuelven a desaparecer poco después, sin dar tiempo a que los marquen en las cartas de navegar. Unas veces la costa es vertical hasta una altura de centenares de metros; otras avanza en pequeños cabos de lomo redondo o agudo. Las nieves de las montañas del interior descienden hasta la costa al liquidarse, y caen en el océano como cables blancos y espumosos de incesante volteo. Vistos de cerca, estos torrentes deben ser de una energía enorme, que se pierde sin provecho para nadie. Es tan escasa la gente en las islas, que a pesar de que pertenecen ahora a los Estados Unidos -primera potencia industrial del mundo-, nadie piensa en aprovechar tales fuerzas.
Al pie del acantilado, muchos peñascos están perforados por las olas, en forma de cuevas o de pórticos. Apenas puede verse el color negruzco de la piedra, lo mismo orillas del mar que en las cumbres. El trópico cubre la áspera lava con una vegetación eternamente primaveral. De lejos parece sutil pelusa verde, levísimo musgo, y sólo cuando vemos moverse en estas praderas insectos diminutos que son vehículos o caballos, nos damos cuenta de las proporciones del falso césped.
Se abre a ras del mar la barrera montañosa en valles triangulares. Se ven en ellos casas de madera entre grupos de palmeras; pero los edificios, cuando no los miramos con anteojos, parecen guijarros, y los árboles simples matas. Un ferrocarril sigue la costa, salvando las cortaduras de valles y desaguaderos sobre largos viaductos, unos sólidos, otros colgantes. En las playas ruedan incesantemente dos líneas de olas gigantescas. Hay ante ellas unas estacadas de pilotes de piedra; pero no son obra del hombre, sino fragmentos verticales de murallas de coral rotas por el tenaz ariete de las aguas. La doble hilera de rompientes se hincha, avanza, transparentando la luz como un muro de esmeralda, y se desploma entre los retorcimientos de su cabellera de espumas.
Sigue avanzando el Franconia con dirección al invisible puerto de Hilo, capital de la isla. Un gran remolcador ha venido a su encuentro, y le precede después para señalar el rumbo seguro en este mar abundante en peligros y emboscadas, menos frecuentado que el de Honolulu.
Empezamos a ver pueblos en la costa. Son en realidad bosques por las gallardas arboledas que se alzan entre los edificios. Estas casas, vistas de lejos, ofrecen un aspecto japonés, a causa de la forma de sus techos.
La isla expele humo por todas partes. Arriba, los conos de sus volcanes están envueltos en una nube siempre renovada. Al nivel del mar, los acantilados lanzan una respiración blanca. Todos los ángulos entrantes, roídos por las olas, tienen una grieta volcánica de continua exhalación. Es un humo tenue, casi transparente, que parece embellecer el paisaje con un adorno inesperado. Pero esta corona de chorros de humo que se prolonga en torno de la isla entera resulta inquietante y amenazadora. Contrasta con el esplendoroso terciopelo verde, moteado de oro, que invade sus tierras en declive y sólo deja de cubrir las alturas de los cráteres, donde la lava permanece desnuda.
Al atardecer doblamos un cabo y se abre ante nosotros una bahía en cuyo fondo hay poblaciones diseminadas, grupos de techos sombreados por cocoteros y palmeras.
Un vaporcito viene hacia nosotros tripulado por hombres vestidos de blanco. Esta embarcación deja detrás de ella una melodía de voces o instrumentos. Atenuada por las inmensidades del océano y del cielo, tiene la fragilidad sonora, cristalina o inocente de las viejas cajas de música. Es Hawai, el antiguo Hawai de los collares de flores, de los cantos de amor, de las danzas voluptuosas y las poesías improvisadas, que sale a nuestro encuentro.
Echan una escala desde el buque y trepan por ella, ágiles pero con voluntaria lentitud, los músicos de pantalón blanco y collar en el pecho. Tienen la mesurada gravedad de los que van a cumplir una función patriótica. Tras de ellos suben varios periodistas del país, que desean verme.
Forma grupo la orquesta en una de las cubiertas. Se compone de violines, de guitarras, que tocan los hawaianos acostándolas en una rodilla para pellizcarlas a estilo de salterio, y de un guitarrito que puede guardarse en un bolsillo y es el verdadero instrumento nacional. Algunos pasajeros, conocedores del archipiélago por anteriores viajes, esperan con avidez esta música.
Van a tocar el Aloha (pronunciar Aloja), título que quiere decir indistintamente «adiós» y «bienvenido». Los conferencistas del Franconia nos han explicado en noches anteriores que el idioma de Hawai sólo consta de treinta y dos palabras, y una misma palabra significa cosas diversas, según su colocación en la frase. Las letras las pronuncian todas, y esta pronunciación, según los citados conferencistas, se parece a la española más que a ninguna otra lengua. Tal pobreza aparente de palabras no ha impedido a los hawaianos ser poetas en los momentos importantes de su vida. Ahora Aloha significa «bienvenido».
Empieza la música y empieza igualmente el encanto adormecedor, suave, «poético» -no puede emplearse otra palabra más exacta-, que vos va a acompañar todo el tiempo que permaneceremos en el archipiélago, siguiéndonos de una isla a otra.
En este momento, mientras escribo las presentes líneas, siento la influencia, la obsesión de la música hawaiana que empieza a sonar en mi memoria. El que ha oído el Aloha y otra romanza titulada El collar de las islas, las canturrea siempre en los momentos que ensueña despierto, y se considera infeliz cuando no puede recordarlas.
No es música enérgica y violenta, como la de muchos pueblos primitivos; tampoco es el lamento temblón y monótono de las razas orientales. Tiene un sentimentalismo delicado, que pudiéramos llamar literario; es la romanza lánguida y añorante de una gente de musicalidad superior. No entran en ella muchas notas, y sin embargo se repite sin fatiga, deseando llegar a su final por el placer de cantarla de nuevo.
De todos los músicos del mundo civilizado, el único que viene a la memoria al escuchar estos Lieder amorosos del antiguo Hawai es Schubert.”


Vicente Blasco Ibáñez. La vuelta al mundo de un novelista. Editorial Prometeo.

jueves, 2 de octubre de 2014

OBITER DICTUM





Yo soy de los más exentos de esta pasión y no siento hacia ella ninguna inclinación ni amor, aunque la sociedad haya convenido como justa remuneración honrarla con su favor especial; en el mundo se disfrazan con ella la sabiduría, la virtud, la conciencia; feo y estúpido ornamento. Los italianos, más cuerdos, la han llamado malignidad, porque es una cualidad siempre perjudicial, siempre loca y como tal siempre cobarde y baja: los estoicos prohibían la tristeza a sus discípulos.


Michel de Montaigne

miércoles, 1 de octubre de 2014

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






PEDESTRE


         En el fondo de la calle, un edificio público aspira el mal olor de la ciudad.

         Las sombras se quiebran el espinazo en los umbrales, se acuestan para fornicar en la vereda.

         Con un brazo prendido a la pared, un farol apagado tiene la visión convexa de la gente que pasa en automóvil.

         Las miradas de los transeúntes ensucian las cosas que se exhiben en los escaparates, adelgazan las piernas que cuelgan bajo las capotas de las victorias.

         Junto al cordón de la vereda un kiosco acaba de tragarse una mujer.

         Pasa: una inglesa idéntica a un farol. Un tranvía que es un colegio sobre ruedas. Un perro fracasado, con ojos de prostituta que nos da vergüenza mirarlo y dejarlo pasar. (1)

De repente: el vigilante de la esquina detiene de un golpe de batuta todos los estremecimientos de la ciudad, para que se oiga en un solo susurro, el susurro de todos los senos al rozarse.

BUENOS AIRES, AGOSTO 1920.





(1) Los perros fracasados han perdido a su dueño por levantar la pata como una mandolina, el pellejo les ha quedado demasiado grande, tienen una voz afónica de alcoholista y son capaces de estirarse en un umbral, para que los barran junto con la basura.



            OLIVERIO GIRONDO