miércoles, 16 de abril de 2014

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




EN SIRIA


“Siria no es un país unificado ya sea en razas, religiones o costumbres, y sus habitantes, muchos de ellos enfrentados entre sí, sólo tienen un punto de cohesión que son las manifestaciones.
         La agitación popular proporciona un entretenimiento que no puede compararse con nada de lo que conllevan los días festivos. Implica un tumulto temporal al abrigo del cual se pueden realizar muchas cosas. Los universitarios, olfateando la bronca, toman partido indiscriminadamente. Después de todo, tienen que divertirse mientras aún son jóvenes. Las mujeres, escudándose en su sexo, disfrutan con la conmoción. Hay muchas cosas atractivas para la mente femenina que se pueden llevar a cabo cuando la atención de sus hombres está desviada. En cuanto a los hombres, cualquier ocasión es buena para distraerlos de sus labores diarias y les viene bien ejercitar sus órganos vocales.
         --¡Abajo el mandato! –gritan los estudiantes, y la policía desaparece discretamente. Ansiosamente, observan a los manifestantes desde una cierta distancia. Después de todo, resultaría entretenido unirse a la diversión, pero deben tener cuidado. La multitud mantenía un cierto orden y unos cuantos gritos honrados no hacían daño a nadie. Además, sería embarazoso tener que arrestar a un primo o a un cuñado. Es molesto porque en casa las mujeres no acaban de entender el funcionamiento del gobierno y los vecinos tienden aponerse despectivos.
         Cuando entré en Damasco me encontré con una escena similar. Más gente se unía a los manifestantes. Rápidamente se cerraron las tiendas y los tenderos se apresuraron a unirse a la manifestación. La multitud frente a las oficinas gubernamentales era considerable.
--¿Por qué se manifiestan? –le pregunté a un hombre que aullaba como un chacal.
Me miró inexpresivamente, se encogió de hombros y siguió chillando más fuerte. Me volví a otro manifestante, intentando enterarme.
--Oh –dijo en respuesta a mi pregunta--, han arrestado a un nabi y es una cuestión religiosa.
--No era un nabi –interrumpió el chacal, haciendo una pausa en sus aullidos--. Se dice que el Alto Comisionado ha rechazado injustamente una petición de los sacerdotes alauitas.
--Nada de eso –protestó su vecino con vehemencia--, esta manifestación es para demostrar a las autoridades nuestro desagrado por la nueva escala de impuestos.
--Abajo los tiranos! –chillaban los estudiantes, y su demostración se cargaba con más veneno cuando pensaban en sus profesores dispuestos a atormentar a los jóvenes de la nación con innecesarias ecuaciones de variadas incógnitas.
Todo ello bajo una temperatura de 40 grados a la sombra. Al cabo de un rato, se produjo una conmoción entre los que se hallaban más cerca del edificio y pronto corrió la voz de que la manifestación carecía de sentido. Todo había sido un error. No habían arrestado a un nabi, los sacerdotes no se habían ofendido y todo lo que ocurría es que habían detenido a un ladrón muy buscado en las montañas.
Con tristeza, la multitud comenzó a dispersarse. Los estudiantes abatidos pensaron en los problemas que les quedaban por resolver; los hombres regresaron lenta y desconsoladamente a sus trabajos; las tiendas abrieron de nuevo y las mujeres bajaron decorosamente sus párpados.
En las dependencias del gobierno, las máquinas de escribir volvieron a teclear y Damasco retornó a su soñolienta y pacífica canción de cuna oriental.”


Sirdar Ikbal Ali Shah. Solo en las noches de Arabia. Editorial Sufi.

viernes, 11 de abril de 2014

OBITER DICTUM






           “Se dice que los animales sienten como nosotros, se empieza a  decir que hablan.  Todavía no se ha dicho que se suiciden.  Rectifico.  Se lo he oído decir a Valle-Inclán, el cual no podía satisfacer la pasión que sentía como D´annunzio, por los galgos, no tuvo más que uno, un galgo cordobés que le regale yo y se quemó el rabo en la estufa junto a la que Valle-Inclán pasaba el invierno. Como galgo sin rabo no se concibe, desapareció. Valle-Inclán me dijo muy serio que, desesperado por sentirse rabón, había subido al tejado de la casa y se había tirado de cabeza. La humanidad que siendo rabona ¿hará lo mismo que el perro de Valle-Inclán?”


Corpus Barga

martes, 8 de abril de 2014

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






                  FEAR


Fear passes from man to man
               Unknowing,
As one leaf passes its shudder
To another.
All at once the whole tree is trembling
and there is no sign of the wind.


Charles Simic

sábado, 5 de abril de 2014

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE



DURBAR I


       “A eso de las dos comienza la marcha: según las reglas de la etiqueta, el más elevado en rango debe llegar el último, y por consiguiente avanzan en primer término los feudatarios del rajá británico, siguiendo los príncipes soberanos en razón inversa a su importancia. Desde el pórtico veo perfectamente el desfile, que es la parte más notable de la ceremonia; cada sowari penetra a su vez en la gran avenida; las tropas inglesas presentan las armas; resuena el estampido de los cañones; el elefante real se arrodilla a la puerta del Chamiana, y el maestro de ceremonias da la mano al rajá para conducirle a su trono.
        Los cortejos se suceden sin interrupción con una magnificencia ascendente, desde el del principillo Bundela de Alipoura hasta el del alto y poderosos señor de Gwalior. Por último se sientan todos, los reyes indos a la derecha del trono, con sus nobles y ministros detrás; y a la izquierda los gobernadores generales y oficiales ingleses, cuyos brillantes uniformes parecen pobres y ridículos frente al lujo asiático.
        Pasados algunos momentos, los tchoubdars, vestidos de rojo, y empuñando sus largos bastones dorados, anuncian la llegada del virrey; se levanta la asamblea; sir John Lawrence, de gran uniforme y descubierta la cabeza, atraviesa lentamente la sala y franquea las gradas del trono, mientras resuenan las salvas de artillería, mezclándose con los dulces acordes del himno real: «Dios salve a la Reina.»
        A una señal vuelven a sentarse todos, y el secretario del Estado proclama la apertura del Durbar, comenzando acto continuo la larga ceremonia del Nuzzur. Cada rajá, seguido de su dewan y del primer thakur de sus Estados, avanza hacia el trono, e inclinándose ligeramente ante el virrey, le presenta una moneda de oro, que éste no hace más que tocar; la moneda representa una cantidad bastante considerable, que varía según el rango del rajá, y que debe ser entregada a las autoridades inglesas después del Durbar.
        Mientras se efectúa esta ceremonia, que no dura menos de una hora, pasamos rápidamente revista a los príncipes que asisten al Durbar.
        El primero, a la derecha del trono, es Scindia, Maha-Rajá de Gwalior, representa en el Durbar a esos terribles maharatas que durante un siglo recorrieron la India a sangre y fuego y derribaron el imperio mogol, preparando con sus actos vandálicos la conquista británica: su único rival en poderío y altivez es el rey maharata de Baroda, que ya conocen mis lectores: Scindia viste con cierta sencillez; lleva un ropaje de brocado, sin más adorno que algunos diamantes en el pecho, y cubre su cabeza un turbante de alas levantadas, que le comunica cierta remota semejanza con el aspecto de Enrique VIII; la expresión de semblante es feroz, y siempre tiene las cejas fruncidas.
        A la izquierda del virrey no hay más que un rajá, que es nuestro amigo Ram Sing, Maha-Rajá de Jeypore; cubre su cabeza un turbante de pedrerías, y viste el manto de la Estrella de la India. Así él, como el Maha-Rajá de Judpore, sentados junto a Scindia, son los representantes de la raza solar, descendientes del dios Rana; no son inferiores en nobleza sino al Rana de Udeypur. Estos dos rajputs se consideran como iguales en rango, y para zanjar la grave cuestión de precedencia, está Jeypore a la izquierda, y Judpore a la derecha.
        Después de los personajes que acabamos de citar, se presenta la reina Begaum de Bhopal, la soberana mahometana más importante del Rajastán; es una mujer de unos cincuenta años, de tipo enérgico y varonil, como lo es también su traje; lleva pantalón ceñido de paño de oro, y una chaquetilla de seda, engalanada con varias condecoraciones. Entre los nobles que están sentados detrás de ella, se observa a la reina viuda Quodsia Begaum, y a una anciana señora con traje indio, a quien el maestro de ceremonias llama Isabel de Borbón…
        Cerca de ellas se ve al Maha-Rao Rajá de Kotah, y al rajá de Kishengurh, ambos rajputs, que visten el antiguo ropaje de muselina estampada.
        El Maha-Rao de Kerowly, el joven rajá jata de Bhurtpore, y el Maha-Rao de Ulwur, constituyen un grupo resplandeciente de joyas. Sheodan Sing viste una larga túnica de terciopelo negro, sobre la cual resalta un río de diamantes; junto a él está sentado el antiguo bandolero pindari, el Nawab de Tonk, que sólo lleva una hopalanda de seda, sin el menor adorno; más lejos se halla el rajá de Dholepore, venerable anciano de largas patillas teñidas de rojo, que ha venido al Durbar como a una batalla, todo cubierto de hierro; y sigue después una larga línea de príncipes, bundelas y rajputs, luciendo todos los trajes de lo más pintorescos. Después de estos príncipes, que son todos soberanos, se hallan los seis Mirzas, individuos de la ex familia imperial de Delhi; estos descendientes da Akber, vestidos con la mayor riqueza, y adornados con la toca de los príncipes de sangre, llenan humildemente a doblar la rodilla ante el virrey inglés, de quien son los súbditos. Los últimos que se presentan son feudatarios directos de la corona inglesa, zeminndars, rajás y yaghirdars, algunos de los cuales, así como el rajá de Burdwan, poseen provincias enteras y rentas enormes.”


Louis Rousselet. Viaje a la India de los Rajas. Anjana Ediciones.

jueves, 3 de abril de 2014

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




AL ENTRAR EN RÍO DE JANEIRO


“Muy de madrugada, todos los pasajeros, llevando prismáticos y máquinas fotográficas, aguardan con impaciencia, agolpados a la borda; ninguno de ellos quiere dejar de ver la célebre entrada a Río de Janeiro, por más veces que la haya admirado. Pero todavía no se ve sino el brillo del mar, azul y metálico, como desde hace muchos días: monotonía sedante y que cansa. Y, sin embargo, sentimos que nos aproximamos a la costa; respiramos la tierra cercana antes de verla, pues el aire se torna de repente húmedo y suave, acariciándonos la boca y las manos, y un perfume misterioso llega hasta nosotros imperceptiblemente; perfume preparado en el fondo de la inmensa selva con el hálito de las plantas y la humedad de los cálices, esas indescriptibles exhalaciones de las regiones tropicales, cálidas, bochornosas y en fermentación, que nos embriagan y nos cansan de un modo delicioso.
Ahora, por fin, una silueta a lo lejos: en lontananza una cadena de montañas perfilase vagamente, como unas nubes, sobre el cielo límpido y, en la medida que el vapor se va aproximando, los contornos resaltan más nítidos: es la serie de montañas que con los brazos abiertos protege la bahía de Guanabara, una de las más grandes del mundo. Esta bahía, con sus muchos recodos y promontorios, es tan ancha y tan ensenada que todas las embarcaciones de todas las naciones cabrían en ella, una junto a otra, y en el interior de esta gigantesca concha abierta, hállanse diseminadas, cual perlas, numerosísimas islas, cada una de las cuales es de forma y de color distintos. Unas emergen grises y uniformes del mar de color amatista; vistas de lejos, semejan unas ballenas por la desnudez y la tersura de sus lomos. Otras son de forma oblonga, pedregosas y cubiertas de tubérculos como la piel de cocodrilo; otras: están pobladas, otras convertidas en fortalezas; y otras parecidas a unos jardines flotantes con palmeras y vergeles; y mientras admiramos con curiosidad, a través de unos prismáticos, la insospechada multiplicidad de sus formas, cobran plasticidad las montañas del fondo, cada una de ellas, también, de figura particular. Allí están los montes: uno, sin árboles; otro, cubierto de una envoltura de verdes palmeras; otro, peñascoso; y otro, ceñido con un resplandeciente cinturón de casas y jardines, como si la naturaleza, escultora atrevida, hubiera tratado de colocar, una al lado de otra, todas las formas existentes en este mundo, y por eso la fantasía popular dio nombres de este mundo a las figuras pétreas y montañosas --la Viuda, el Corcovado, el Perro, los Dedos de Dios--, llamando Pan de Azúcar a la más sobresaliente de ellas, la que se eleva frente a la ciudad con repentino empinamiento, cual la estatua de la Libertad a la entrada de Nueva York, como símbolo antiquísimo e inamovible de la ciudad. Mas a todos esos monolitos y montes les domina el Corcovado, el jefe de la tribu de gigantes, que alza sobre Río de Janeiro una cruz gigantesca (que de noche se ilumina con luz eléctrica) para la bendición, como un sacerdote alza la Custodia sobre un grupo de gente arrodillada.
Ahora, finalmente, luego de haber atravesado el laberinto de islas, divisamos la ciudad. Pero no la divisamos de una vez. Este panorama de edificios no se puede abrazar de una ojeada como los de Nápoles, de Argel o de Marsella, que se ofrecen en forma de anfiteatro abierto con gradas de piedra: Río de Janeiro se abre como un abanico, una imagen después de otra, un sector después de otro, una perspectiva después de otra, y esto es lo que da su carácter dramático a la entrada, tan abundante en sorpresas. Cada una de las ensenadas pobladas, cuya suma forma la playa, se halla aislada por cadenas de montañas, que son como las varillas del abanico que separan las imágenes a la par que las reúnen. Surge, por fin, la playa, de hermosa curvatura. ¡ Qué aspecto más encantador! Un paseo costanero, ancho, siempre cubierto de espuma de olas, con casas y chalets y jardines, y ahora ya se distinguen bien el hotel de gran lujo y los chalets, rodeados de parques y trepando por las colinas. Pero nos hemos equivocado; aquello no es más que la playa de Copacabana, una de las más hermosas del mundo, y Copacabana es un arrabal nuevo de Río de Janeiro, y no la ciudad propiamente dicha. Aun hay que doblar el Pan de Azúcar, que quita la vista: sólo entonces vemos la ciudad dentro de la bahía, esa ciudad blanca y compacta, mirando al mar y fundiéndose indistintamente en las alturas vestidas de verde. Vemos los jardines, recién plantados junto al mar, y el aeródromo, que se acaban de ganar al océano: no tardaremos en desembarcar y satisfacer nuestra impaciencia. ¡ Otra vez estamos equivocados! Ésta es la bahía de Botafogo y de Flamengo; tenemos que seguir adelante, abriendo otro pliegue de este abanico divino, reluciente con todos los colores imaginables, al pasar por delante de la isla de la Marina y aquella otra, pequeña, con el palacio de estilo ojival, donde el emperador Pedro ofreció, sin sospechar nada, su último sarao, dos días antes de su destronamiento. Sólo ahora nos saludan los rascacielos, que forman una compacta mole vertical; sólo ahora se echan de ver los diques, y el vapor puede atracar al desembarcadero, y estamos en la América del Sur, en el Brasil, en la ciudad más hermosa del mundo.”


Stefan Zweig. Brasil, país de futuro. Espasa Calpe.

martes, 1 de abril de 2014

ALLÁ EN LAS INDIAS






AMAUTAS Y HARÁUECES


«No les faltó habilidad a los amautas, que eran los filósofos, para componer comedias y tragedias, que en días y fiestas solemnes representaban delante de sus Reyes y de los señores que asistían en la corte. Los representantes no eran viles, sino Incas y gente noble, hijos de curacas y los mismos curacas y capitanes, hasta maeses de campo, porque los autos de las tragedias se representaban al propio, cuyos argumentos siempre eran de hechos militares, de triunfos y victorias, de las hazañas y grandezas de los Reyes pasados y de otros heroicos varones. Los argumentos de las comedias eran de agricultura, de hacienda,  de cosas caseras y familiares. Los representantes, luego que se acababa la comedia, se sentaban en sus lugares conforme a su calidad y oficios. No hacían entremeses deshonestos, viles y bajos: todo era de cosas graves y honestas, con sentencias y donaires permitidos en tal lugar. A los que se aventajaban en la gracia  del representar les daban joyas y favores de mucha estima.
De la poesía alcanzaron otra poca, porque supieron hacer versos cortos y largos, con medida de sílabas: en ellos ponían sus cantares amorosos con tonadas diferentes, como se ha dicho. También componían en verso las hazañas de sus Reyes y de otros famosos Incas y curacas principales, y los enseñaban a sus descendientes por tradición, para que se acordasen de los buenos hechos de sus pasados y los imitasen. Los versos eran pocos, porque la memoria los guardase; empero muy compendiosos, como cifras. No usaron de consonante en los versos; todos eran  sueltos. Por la mayor parte semejaban a la natural compostura española que llaman redondillas. Una canción amorosa compuesta en cuatro versos me ofrece la memoria; por ellos se verá el artificio de la compostura y la significación abreviada, compendiosa, de lo que en su rusticidad querían decir. Los  versos amorosos hacían cortos, porque fuesen más fáciles de tañer  en la flauta. Holgara poner también la tonada en puntos de canto de órgano, para que se viera lo uno y lo otro, mas la impertinencia me excusa del trabajo.
La canción es la que se sigue y su traducción en castellano:

Caylla llapi                                              Al cántico
Puñunqui                quiere decir             Dormirás
Chaupituta                                              Media noche
Samúsac                                                Yo vendré

Y más propiamente dijera: veniré, sin el pronombre yo, haciendo tres silabas del verbo, como las hace el indio, que no nombra la persona, sino que la incluye en el verbo, por la medida del verso. Otras muchas maneras de versos alcanzaron los Incas poetas, a los cuales llamaban haráuec, que en propia significación quiere decir inventador.»


Inca Garcilaso de la Vega. 
Comentarios Reales.

jueves, 27 de marzo de 2014

ALLÁ EN LAS INDIAS






LO QUE HAY QUE LLEVAR


“Yo confieso que algunos de los capitanes y soldados de las Indias no ignoran cosas necesarias para sus jornadas, pero para probar mi intento, es necesario poner aquí y desmenuzarlas, para que mejor se advierta la necesidad de todas ellas. Y así cuanto a lo primero, digo, que los arcabuceros llevarán dobladas sus llaves y tornillos, que es de gran curiosidad y provecho, la una de rastrillo y la otra de cuerda, si pudiere ser, y a falta ambas de cuerda, porque son más ciertas y mejores. Llevarán sus limas y moldes, sacapelotas, sacatrapos, rascadores y lavadores. Llevarán cuerda y contracuerda; llevarán sus chupas o bolsas y unas mochilas que llaman los indíos, en que llevar la munición, con sus tiracuellos o tahalíes, porque no púeden usar de las faltriqueras, respeto de los sayos, en los cuales algunos usan unos bolsicos, cosidos por de fuera, para la munición; pero mejores son estas mochilas. Ya saben que han de llevar sus cargas hechas en canutos, porque el frasco no es consideración. Los rodeleros y arcabuceros llevarán sus sayos de armas y morriones sin orejeras cuando entren en la guazavara, porque estorban al oír la voz y orden del caudillo, por llevar las orejas tapadas, demás que afligen al que las lleva, salvo donde hubiere hondas, que allí son necesarias.
Es buena curiosidad que el soldado sepa hacer sus municiones y andar bien apercibido de ellas, que es de buenos soldados, y que sean diestros en el tirar; llevarán sus almaradas y agujas para hacer alpargatas sus cuchillos carniceros, hachas, machetes para hacer sus ranchos a las dormidas y hacer puentes en ríos y ciénegas para pasar los caballos y el bagaje. El caudillo llevará plomo bastante, el cual repartirá a su tiempo con buena cuenta; llevará sus cucharas para que los soldados derritan el plomo para hacer su munición; llevará la mejor pólvora que pudiere en botijuelas forradas en pellejos de carnero, la lana de fuera y las bocas tapadas con pellas de cepo y atadas encima con sus paños. En estas botijuelas se conserva la pólvora mucho, por muy húmeda que sea la tierra y va segura de agua y fuego. Llevará algodón en ovillos para hacer cuerda cuando faltare al soldado. Llevará en cantidad alpargatas para socorrer su campo en las necesidades, advirtiendo que todo el hilo que se hallare en la tierra se lo manifiesten para hacer cuerda y alpargatas a la necesidad, y cuando faltare advierta que del maguey o cabuya se puede aprovechar para la cuerda machacándola bien y cociéndola con ceniza y si esto faltare de amahagua no puede faltar, que haciendo el mismo beneficio es buena, y de mantas de algodón se puede hacer en una prisa. Llevará mantas, lienzo, sombreros, anzuelos en cantidad para socorrer su gente. Llevará rescates para los indios, que es la principal conquista, como son hachuelas, cuchillos, machetes, agujas, anzuelos, peines, espejos, trompas turquí, cascabeles, bonetes colorados, sombreros. Llevará el caudillo antiparas hechas de algodón y alpargatas fuertes, si fuere tierra de púas, para arrojar delante antipareros. Llevará azufre en cantidad, porque si se ofreciere hacer pólvora la haga en tiempo de necesidad.”


Bernardo de Vargas Machuca. 
Milicia Indiana.

martes, 25 de marzo de 2014

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





Ojos de puente los míos
por donde pasan las aguas
que van a dar al olvido.
Sobre mi frente de acero
mirando por las barandas
caminan mis pensamientos.

Mi nuca negra es el mar,
donde se pierden los ríos,
y mis sueños son las nubes
por y para las que vivo.

Ojos de puente los míos
por donde pasan las aguas
que van a dar al olvido.

Manuel Altolaguirre.

lunes, 24 de marzo de 2014

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





WOODY, CHARLIE, HAROLD Y BUSTER


            “Ningún cómico ha sido nunca tan venerado en todo el mundo como Chaplin en aquellos años. Los niños en las calles de ciudades y pueblos de los cinco continentes imitaban el patoso andar de Charlie, su sonrisa, sus gestos. Se ponían sombreros hongos como el suyo, se untaban con betún negro debajo de la nariz como bigote a lo Chaplin. Derrapaban en las esquinas y saludaban con sus bombines como el pequeño vagabundo e intentaban hacer los trucos que Charlie hacía con su bastón de bambú. Los cines de todo el mundo convocaban innumerables concursos de Charlie Chaplin. Sus clientes lo pedían. No es muy difícil de comprender. En su mejor momento –y Chaplin se mantuvo en su mejor momento durante mucho tiempo--, era el cómico más grande que jamás haya existido.
         Como todos los demás, yo me había dado cuenta del talento de Chaplin desde la primera vez que le vi en el sketch de vodevil «A Night in an Englis Hall». Pero debo confesar que nunca pensé que un día sería aclamado como el cómico más grande de todos los tiempos. Creo que una de las razones pora as que subestimé a Charlie fue por la gran cantidad de cómicos de primera que había en los escenarios aquellos días. Yo les había visto actuar a todos y había trabajado con todos ellos. En aquella época, Charlie no parecía más divertido que Will Rogers, Willie Collier, Bert Williams, Frank Tinner o algunos otros.
         Más tarde me asombró que la gente hablara de las similitudes entre los personajes que Charlie y yo interpretábamos en las películas. Para mí hubo una diferencia básica desde el principio: el vagabundo de Charlie era un holgazán con una filosofía de holgazán. Por adorable que fuese, robaría si tenía ocasión. Mi personajillo era un trabajador, y honrado.
         Por ejemplo, digamos que los dos quisieran un traje que hubiesen visto en un escaparate. El vagabundo de Charlie lo admiraría, buscaría en sus bolsillos, sacaría una moneda de 10 centavos, se encogería de hombros y seguiría andando, esperando tener suerte al día siguiente y conseguir el dinero para comprarlo. Si no podía conseguir el dinero de otro modo, lo robaría. De lo contrario, se olvidaría por completo de traje.
         Aunque mi hombrecillo también se detendría, admiraría el traje y no tendría dinero para comprarlo, nunca robaría para conseguirlo. En lugar de eso, empezaría a pensar en cómo ganar dinero extra para comprarlo.
         El personaje de Lloyd era bastante diferente al de Chaplin y el mío. Él interpretaba a un niño de mamá, que sorprendía continuamente a todos, incluyéndome a mí, triunfando sobre una situación imposible y demostrando con puños y respingos el coraje de un león. A menudo, Lloyd parecía más un acróbata que un cómico. Pero fuera lo que fuese en la pantalla, siempre lo hacía mucho mejor que bien.
         Durante los años en que a nosotros tres nos iba bien, no tuvimos fracaso. Eso es cierto. Ninguno de nosotros conoció el fracaso durante los dorados años veinte. Sólo exitazos mundiales. Los largometrajes de Chaplin ingresaban una media de 3.000.000 de dólares cada uno en contratos de alquiler a cines. Los de Lloyd, 2.000.000 de dólares; los míos, entre 1.500.000 y 2.000 dólares. Eso ocurría en una época en la que los cines sólo cobraban una pequeña parte de lo que ahora cobran por sus atracciones. Como ya he dicho, a menudo nuestras comedias mudas recaudaban más que los largometrajes realizados por los intérpretes románticos más populares de Hollywood.
         Cuando hacíamos cortos, los propietarios de los cines los programaban delante de los largometrajes que proyectaban.
         Esa es una de las razones por las que yo estaban tan ansioso por hacer largometrajes como los que Roscoe Arbuckle estaba realizando con éxito en la Paramount. Parecía evidente que los contratos de largometrajes continuarían aumentando. Pero también creía que Joe Schenck, siendo un hábil hombre de negocios, debía saber de qué estaba hablando.
         Charlie Chaplin y Harold Lloyd fueron desde el principio negociantes más espabilados que yo. Se hicieron millonarios al principio de la partida, produciendo sus propias películas y conservando el control sobre su matearla filmado. Aún son dueños del material. Esto significa que están en condiciones de ganar frescas fortunas en cuanto les apetezca, alquilando o vendiendo los derechos de antena de sus viejas películas mudas. (De hecho, mientras escribía esto estaban reponiendo con éxito las viejas películas de Chaplin.)”



Buster Keaton. 
Slapstick. Memorias… 
Plot Ediciones.

sábado, 22 de marzo de 2014

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





NADA SERÁN MIS PALABRAS...


Nada serán mis palabras
si no encuentran otra boca
que las cante y las olvide
y las devuelva a la sombra.

Allí quizás amanezcan,
vagas ciudades ruinosas,
y a otros solos lleve el aire
la nostalgia de su aroma.

Nada será lo que soy
si en los otros no se apoya:
mi presencia en otro hombro,
mi esperanza en su congoja.

¡No me dejes amarrado,
demente, al ánima sola!
¡Mira que voy a mi infierno
si no hay pecho que me acoja!

El que pasa me sostenga,
la voz pueril sea mi roca,
en ellos soy, y con ellos
pediré misericordia.


                 Cintio Vitier