miércoles, 6 de noviembre de 2013

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






«La vita va avanti! La fita fa afanti»
gridavan di naso novanta elefanti
o meglio sessanta, di cui trenta affranti,
tra anziani ed infanti non erano venti
un sol pachiderma barriva tra i denti,
nessuno fiatava: da sempre era immerso
nel pieno silenzio l´immenso deserto.


                                  Toti Scialoja

domingo, 3 de noviembre de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





SATCHMO


“El estadio estaba fuera de la ciudad, lejos, pequeño, plano, con una capacidad para cinco mil personas a lo sumo. Y, sin embargo, sólo la mitad de los asientos estaba ocupada. En medio del césped había una tarima, bastante mal iluminada, pero como nos sentábamos cerca de ella, veíamos bien a Armstrong y su pequeña orquesta. Hacía una tarde bochornosa y asfixiante, y cuando Armstrong subió al estrado ya estaba empapado de sudor porque, además, llevaba puesta una americana y, en el cuello, una pajarita. Saludó a todos levantando un brazo en el que exhibía su dorada trompeta y dirigiéndose a un micrófono malejo y chasqueante, dijo que se alegraba de poder tocar en Jartum, que no sólo se alegraba sino que se sentía feliz, tras lo cual soltó una de sus carcajadas, sonora, desenfadada y contagiosa. Era una risa que invitaba a otras risas, pero el estadio guardaba un circunspecto silencio, no muy seguro de cómo debía comportarse. Sonaron la percusión y el contrabajo y Armstrong empezó por una canción muy adecuada al lugar y el momento: Sleepy Time Down South. En realidad resulta difícil decir cuándo oyó uno por primera la voz de Armstrong, pero hay en ella algo que hace pensar que se la conoce desde siempre, y cuando empieza a cantar todo el mundo dice, sinceramente convencido de su condición de experto: ¡Sí, señor, es él, Satchmo!
         Sí, señor, era él, Satchmo. Cantó Hello Dolly, This is Louis, cantó What a Wonderful World y Moon River, cantó I touch your lips and all at once the sparks go flying, those devil lips..., pero el público siguió guardando silencio, no hubo aplausos. ¿No habrían entendido las letras? ¿Demasiado erotismo expresado sin subterfugios para el gusto musulmán?
         Después de cada canción, e incluso durante la interpretación de las piezas, Armstrong se secaba la cara con un gran pañuelo blanco. Aquellos pañuelos se los pasaba un hombre que parecía viajar con él por África tan sólo con este propósito. Más tarde vi que tenía una bolsa llena de ellos, casi un centenar.
         Una vez acabado el concierto, la gente enseguida se dispersó, desapareciendo en la oscuridad de la noche. Yo estaba pasmado. Había oído que los conciertos de Armstrong causaban sensación, furor, éxtasis. Ninguno de esos arrebatos se produjo en el estadio de Jartum, a pesar de que Armstrong había interpretado muchas canciones de los esclavos africanos del sur estadounidense, de Alabama y Louisiana, de la que provenía él mismo. Sin embargo, aquella África americana del pasado y la africana del presente pertenecían ya a mundos diferentes que no tenían una lengua en común, que no podían comprenderse ni crear una comunidad emocional.
         Los sudaneses me llevaron al hotel. Nos sentamos en la terraza para tomar una limonada. Al cabo de un rato un coche trajo a Armstrong. Se sentó con visible alivio en una silla, en realidad se desplomó sobre ella. Era un hombre fornido, de hombros anchos, algo caídos. Un camarero le sirvió un zumo de naranja. Él se lo bebió de un trago, y después otro vaso y uno más. Sentado en silencio y con la cabeza agachada, se le veía cansado. Tenía por aquel entonces sesenta años y estaba enfermo –cosa que yo ignoraba—del corazón. El Armstrong del concierto y el de después eran dos hombres completamente diferentes: el primero alegre, animado, vital, tenía una voz poderosísima y sacaba de su trompeta una escala de sonidos increíble; el segundo, lento y torpe, agotado y sin fuerzas, exhibía un rostro apagado y surcado por profundas arrugas.”

Ryszard Kapuscinski. Viajes con Herodoto. Editorial Anagrama.

viernes, 1 de noviembre de 2013

ALLÁ EN LAS INDIAS







ALIADOS EN EL ASALTO


        “Los españoles y sus amigos cegaban de día las acequias para pasar a donde estaban los enemigos, y todo lo que cegaban de día, los enemigos mexicanos lo tornaban de noche a abrir: en esto entendieron algunos días, y por esto se dilató la victoria mucho. Los españoles y los tlaxcaltecas combatían por tierra, unos por la parte que se dice Lacalco, y otros por la parte que se dice Atezcapan: y de la parte del agua peleaban los de Xuchimilco y todos los chinampanecas, y los tlatilulcanos del barrio de Atliceuhian: y los del barrio de Ayácac resistían por el agua, y no descansaban en la pelea: eran tan espesas las saetas y los dardos que todo el aire parecía amarillo, y los capitanes de los mexicanos que eran del barrio de Yacacolco todos defendían las entradas porque no entrasen donde estaba recogida la gente, mujeres y niños, y peleando con gran perseverancia hicieron retraer a los dichos capitanes de la parte de la otra acequia que se llama Amáxac. Otra vez acometieron los españoles, y llegaron a un lugar que se llamaba Ayácac donde estaba una casa grande que se llamaba Telpuchcalli, pusieron fuego a la casa, y un bergantín de los españoles iba por el barrio que se llama Atliceuhian, con muchas canoas que les siguieron de los amigos, y un capitán que se llamaba Coiovevetzin, mexicano que traía las armas vestidas, la mitad de ellas era una águila y la otra mitad de un tigre, vino en una canoa de hacia la parte que se llama Tolmayecan, y seguíanle muchas canoas con gente armada. Luego comenzó a dar voces a los suyos, que comenzasen a pelear, y luego comenzaron la pelea, y los españoles se retrujeron, y este capitán con los suyos los seguían, y retrujéronse hacia un lugar que se llama Atliceuya; también los bergantines se retrujeron hacia la laguna. De este alcance murieron muchos xochimilcanos. Otra vez tornaron los españoles a encerrarse en un cu que se llama Mumuztli, y otra vez volvieron tras ellos hasta donde estaba el telpuchcalli que llaman Atliceuhian: volvieron otra vez los españoles tras los indios con Coiovevetzin en la acequia; revolvió un capitán mexicano que se llamaba Itzpapalotzin, otomí, y hizo retraer a los españoles a los bergantines: entonces cesó la batalla y los del pueblo de Cuitláoac pensando que su señor que se llamaba Maieoaztzin quedaba muerto con los demás enojáronse mucho con los mexicanos...


Bernardino de Sahagún. El México antiguo.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA


 



ANDRÉ BRETÓN EN TRANCE



un chorro de vitriolo entre los ojos

y a esta hora

uno de abril quizás siete de octubre

dadas las coordenadas geográficas

andré bretón arrodillado o en cuclillas

o más bien sentado como moro

oirá que dan los cuartos

y las medias

y las horas culata-de-faisán

en su oscuro recinto de parís

un chorro de vitriolo entre los ojos

y el maestro vería

tal pájaro adivino dormido en la ventana

las mejillas hundidas de gurdjieff

el teatro vacío donde seguramente dan fausto o berenice

y la loca alegría del grisú

como un murciélago por los altos plafones

entre los senos bien cumplidos de las matronas griegas y romanas

los sombreros de copa

y toda la adorable antigüedad


Antonio Martínez Sarrión.


lunes, 28 de octubre de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE



EL ARRESTO


            “Probablemente mi arresto fue del tipo más suave que imaginarse pueda. No me arrancaron de los brazos de los familiares, ni de nuestra vida doméstica, tan entrañable para nosotros. Un lánguido día de febrero europeo me arrancaron de un estrecho cabo que se adentra en el mar Báltico, donde habíamos rodeado a los alemanes o los alemanes a nosotros –no lo sé bien--, lo cual me privó del familiar grupo de artillería y del espectáculo de los últimos tres meses de la guerra.
         El jefe de la brigada me llamó al Puesto de Mando, y, sin saber para qué, me pidió mi pistola; se la entregué, sin sospechar nada malo, y, de pronto, del grupo de oficiales que en una tensa inmovilidad, se hallaban en un rincón, se adelantaron dos oficiales del contraespionaje, en pocos saltos cruzaron la habitación, me arrancaron la estrella de la gorra, los galones, la correa, la bolsa de campaña… y gritaron con dramática voz:
         --¡¡Queda usted detenido!!
         Abrasado y traspasado de los pies a la cabeza, no se me ocurrió frase más genial que:
         --¿Y?¡¿Por qué…?¡
         Es una pregunta sin respuesta, pero yo, asombrosamente la recibí. Debo mencionarlo, pues supuso algo extraño en nuestras costumbres. Cuando los del SMERSH (1) acabaron de cachearme, junto con la bolsa, me quitaron mis reflexiones políticas escritas. Atormentados por el temblor que en los cristales producían las explosiones alemanas, apresuradamente me empujaron hacia la salida. De pronto sonó una voz firme que se dirigía a mí ¡sí! A través de aquel tajo sordo que me separaba de los que quedaban, el tajo que produjo, al caer pesadamente, la palabra “arrestado”, sobre este límite pestífero, que ya no rebasaría ni el sonido, pasaron las palabras inconcebibles, mágicas del jefe de la Brigada.
         --Soljenitsin, vuélvase.
         Con un movimiento brusco me deshice de los del SMERSH y di un paso atrás, hacia el jefe de la Brigada. Yo apenas lo conocía. Él jamás había condescendido a hablar conmigo. Para mí, la expresión de su cara siempre era una orden, una disposición, un reproche. Pero ahora en su rostro brillaba la reflexión, no sé si era la vergüenza por su forzada participación en un asunto sucio, o el afán de sacudirse la deplorable subordinación de toda su vida. Hacía diez días, en una bolsa, había caído uno de sus grupos de Artillería: doce piezas pesadas; logre rescatar mi batería de exploración casi completa. Ahora, ¡tenía que renunciar aquel hombre a mí por un trozo de papel sellado?
         --¿Usted… --preguntó con firmeza—tiene un amigo en el Primer Frente Ucraniano?
         --Eso no está permitido… ¡No tiene derecho! –gritaron al coronel el capitán y el comandante del contraespionaje.
         En la esquina se acurrucó asustado el cortejo de oficiales de la jefatura, como si temieran hacerse cómplices del inusitado desvarío del jefe de la Brigada (los de la Sección política ya se preparaban para proporcionar material contra él). A mí me bastaba: en seguida comprendí que había sido arrestado por cartearme con un amigo de la escuela y comprendí de qué lado debía esperar el peligro.
         Zajar Georgievich Travkin podía no decir más. ¡Pero no! Siguió dignificándose e irguiéndose ante sí mismo, se levantó de la mesa (antes jamás se había levantado para acudir a mi encuentro) y a través del límite pestífero me tendió la mano (cuando yo era libre nunca me la había pedido) y al estrechármela en medio del mudo horror del séquito, con un poco de calor en su cara siempre severa, dijo sin miedo y con claridad:
         --¡Que tenga suerte, capitán!
         Yo no sólo había dejado de ser capitán, sino que ya había pasado a ser enemigo desenmascarado del pueblo (porque aquí todo el que es detenido queda desenmascarado totalmente desde el momento del arresto). ¿Deseaba suerte a un enemigo…?
         Temblaban los cristales. Las explosiones alemanas azotaban la tierra a unos doscientos metros de allí, recordando que eso no había podido ocurrir dentro de nuestro territorio, bajo la campana de una existencia establecida, sino aquí, sitiendo el hálito de la muerte próxima que es con todos igual.”

1. Abreviatura de SMERt’ SHpiónam: Muerte a los espías.


Alesandr Soljenitsin. Archipiélago Gulag. Plaza & Janés.

sábado, 26 de octubre de 2013

OBITER DICTUM





         Me paseaba por los bazares árabes, soñando —casi siempre con comida— en medio del tumulto alegre, colorido y, sin embargo, tranquilo de los camellos cargados de harina de mijo, de los burros paticortos, montados por ancianos bíblicos de largas piernas, y de los harapientos niños árabes, con una vestimenta que parecían camisones hechos trizas. Pasaba ociosamente junto a los puestos al aire libre con sus olores llamativos: las cien especias de los vendedores de especias, el olor fresco a cuero de los talabarteros y zapateros, el olor a carne quemada y carbón de los puestos de kebab, el olor de miel y grasa de oveja de las pastelerías; todo esto, suspendido en el aroma general del polvo y el sol, de la orina de los camellos y de los granos de café tostado. Esta sinfonía de olores hacía que uno sintiera menos hambre, siempre que no se acercara demasiado a los puestos de kebab.


Arthur Koestler.

martes, 22 de octubre de 2013

OBITER DICTUM







“No existe una persona con quien yo pueda mantener relaciones, no tengo siguiera un perro a quien tutear. Por suerte, aun así, mi conciencia está tranquila. De lo contrario, ya habría ido a buscar el descanso que Hamlet temía a causa de los sueños que en él adivinaba. En lo que a mí concierne, no son los sueños los que me retienen, a pesar de la opinión de Hamlet, y considero que es un consuelo, con respecto a la angustiante condición humana, que una medida de pólvora cueste sólo unos centavos. Es espantoso vivir cuando no se quiere vivir, pero mucho más terrible sería ser inmortal cuando se quiere morir. De modo que toda esta agobiante carga está colgada de mí con un hilo que podría cortar con un cortaplumas de un centavo.”

Georg C. Lichtenberg.

sábado, 19 de octubre de 2013

ALLÁ EN LAS INDIAS





LA DESTRUCCIÓN DE LOS TUKUCHÉES


       102. Al apuntar en el horizonte el día 11 Ah (18 de mayo de 1494) irrumpieron los tukuchées desde el otro lado de la ciudad. Al instante se oyó el sonido de las flautas y el toque de los tambores del rey Cay Hunahpú, quien estaba revestido de sus armas de guerra, cubierto de plumas resplandecientes y guirnaldas tornasoladas, con coronas de metal y pedrería. Cuando irrumpieron desde el otro lado del río infundieron terror. No era posible contar a los tukuchées; no eran ocho mil, no eran dieciséis mil.
       Luego comenzó el ataque a la ciudad en el extremo del puente, lugar que había escogido Chucuybatzín para la guerra y para llevar a los tukuchées a la revuelta. Cuatro mujeres se habían armado de cotas de algodón y de arcos, disfrazándose para la guerra como cuatro jóvenes guerreros. Las flechas lanzadas por estas combatientes penetraron en la estera de Chucuybatzín. Fue espantosa la gran revolución que hicieron los Señores antiguamente.
       Después de la lucha llevaron a enseñar los cuerpos de las mujeres al cuartel de los zotziles y los xahiles, de donde procedían. De ahí salió una división que apareció en el camino real junto al foso profundo, y ella sola dispersó a los guerreros de Tibaqoy y Raxacán a lo largo del camino. Sólo dos (hombres) cayeron cuando los pusieron en fuga. Y el que había ido al otro lado de la ciudad a lanzar la revolución y la matanza y había sido hecho pedazos era el Ahpop Achí Zinahitoh, Señor de Xechipekén.
        103. En seguida hicieron pedazos a los tukuchées. Pronto fueron derrotados; ya no peleaban y se echaron a huir. Los soldados fueron aniquilados, y dieron muerte a las mujeres y a los niños. Murió el rey Cay Hunahpú, murieron los jefes Tzirín Iyú y Toxqom Noh y todos los padres e hijos de los Señores. Los de Tibaqoy y de Raxacán se fueron en seguida al Quiché; otra parte se fue al territorio zutujil, se confundieron entre sus vasallos y se dispersaron.
       Así fue antiguamente la destrucción de los tukuchées ¡oh hijos míos! La llevaron a cabo nuestros abuelos Oxlahuh Tzíi y Cablahuh Tihax. El día 11 Ah fue la dispersión de los tukuchées.


Francisco Hernández Arana Xajilá. Memorial de Tecpán Atitlán.

miércoles, 16 de octubre de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




BLASCO, VALLE Y RUANO


Cuando la muerte de Blasco Ibáñez tuve una pequeña historia violenta con don Ramón. Había recogido yo unas opiniones para el Heraldo, y la de Valle-Inclán, muy lacónico, fue algo así como que Blasco Ibáñez era un burro. Sacaron defensores de Blasco a relucir unas dedicatorias autógrafas de Valle al novelista valenciano llamándole maestro y no sé cuántas cosas, y entonces Valle-Inclán dijo tan tranquilo que él no había escrito aquello. La casualidad me tentó para hacerle una espectacular trastada. Tenía yo, compradas en una librería de viejo, las Sonatas dedicadas al conde de San Jorge por la misma época que las dedicatorias a Blasco. Escribí un artículo que mandé a Pueblo, de Valencia, acompañando las dedicatorias al conde de San Jorge. Se solicitó una prueba pericial que cotejara ambas dedicatorias; fue ésta, naturalmente, afirmativa de que tanto unas como otras eran auténticas de Valle-Inclán, y se armó el gran lío, un lío en el que me vi metido sin ninguna simpatía por Blasco y mucha hacia don Ramón, pero jugando la carta a la que empecé a jugar. La campaña contra Valle-Inclán arreció. Los libreros de Valencia devolvían todos los títulos de Valle-Inclán y como era yo quien públicamente había promovido todo aquello, no me atreví a volver a la tertulia de Valle. Pero una noche, con la calle de Alcalá casi vacía, coincidimos los dos para entrar en la Granja del Henar. Le saludé cediéndole el paso. Él me contestó ceremonioso invitándome a que entrase yo antes. Volví a insistir y entonces me dijo don Ramón:

 —Ande, angelito… Pase usted primero, no me vaya a sacudir encima un leñazo…

César González-Ruano.
Mi medio siglo se confiesa a medias.
Editorial Noguer.

lunes, 14 de octubre de 2013

OBITER DICTUM







“Desde la mañana, por los pasillos se habla mucho del gran discurso de oposición que, al parecer, ha preparado para hoy Largo Caballero. Pero al iniciarse la sesión se pone en claro que Caballero hoy no va a hacer uso de la palabra. Tiene otras preocupaciones. Hoy debía reunirse el Comité Nacional de la Unión General de Trabajadores. Los miembros del comité pensaban condenar la actuación de Caballero —que ha carcomido la organización— y destituirle del puesto de secretario general. Al terco y enfurecido viejo no se le ha ocurrido nada mejor que encerrarse en el local del secretariado y no dejar entrar a nadie. El Comité Nacional se ha reunido en otro lugar y al atardecer ha destituido a Largo Caballero del puesto de secretario general.”


Mijail Koltsov

domingo, 13 de octubre de 2013

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





             RIMA VI

Como la brisa que la sangre orea
sobre el oscuro campo de batalla,
cargada de perfumes y armonías
en el silencio de la noche vaga,

Símbolo del dolor y la ternura,
del bardo inglés en el horrible drama,
la dulce Ofelia, la razón perdida,
cogiendo flores y cantando pasa.


                           GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER

viernes, 11 de octubre de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE







MADRID


“Y me persuadí de esta verdad: que se puede estar diez años, treinta, cuarenta, en una ciudad extranjera; pero si no se hace un esfuerzo desde el principio, si no se estudia de continuo durante largo tiempo, si no se está siempre, como decía Giusti, con tanto ojo abierto, o se hablará siempre mal. Conocí en Madrid italianos viejos que estaban en España desde su mocedad, y que hablaban el español como perros. Ya de por sí no es una lengua fácil, ni aun para nosotros los italianos: o por mejor decir, ofrece la dificultad de las lenguas fáciles; que no es lícito hablarlas pobremente, puesto que no es indispensable hablarlas para hacerse entender. El italiano que quiera hablar español en una conversación de gente escogida, donde todos le entenderían si hablase francés, debe justificar su atrevimiento manejando la lengua con soltura y con donaire. Precisamente porque la española es mucho más afín a la nuestra que la francesa, es demasiado más difícil hablar presto, y por decirlo así de oído, sin incurrir en despropósitos. Se cae en el italiano sin advertirlo; se altera la sintaxis a cada instante; se tiene siempre en el oído y en los labios el idioma nativo, que nos embaraza, nos confunde, nos hace traición. Ni es menos dura que la francesa la pronunciación española: la jota árabe, fácil de pronunciar cuando va sola es dificilísima cuando caen dos en una palabra o varias en una proposición; el sonido de la zeta, que se pronuncia como pronuncian los tartajosos la ese, no se adquiere sino después de largo y paciente ejercicio; porque es tal, que al principio se hace desagradabilísimo, y muchos, aún sabiendo, no quieren dejarlo oír. Pero si hay una ciudad en Europa donde se pueda aprender bien la lengua del país, esta ciudad es Madrid; y lo mismo pudiera decirse de Toledo, Valladolid y Burgos. El pueblo habla como los literatos escriben; las diferencias de pronunciación entre la gente culta y la plebe de los arrabales son ligerísimas. Y aun aparte de aquellas cuatro ciudades, la lengua española es sin comparación más hablada, más común, y por lo mismo más determinada, y por consecuencia más eficaz en los periódicos, en el teatro y en la literatura popular que la lengua italiana. Hay en España dialecto valenciano, catalán, gallego, murciano, y la antiquísima lengua de las provincias Vascongadas; pero se habla español en las dos Castillas, en Aragón, Extremadura y Andalucía: esto es, en cinco grandes provincias. El equívoco que gusta en Zaragoza gusta también en Sevilla; la frase villanesca que da golpe en la platea de un teatro de Salamanca, obtiene el mismo efecto en un teatro de Granada. Dicen que la lengua española de nuestros días no es ya la de Cervantes, Quevedo y Lope de Vega; que el idioma francés la ha bastardeado; que Carlos V, si resucitase no diría que es la lengua propia para entenderse con Dios; que Sancho Panza, en fin, no sería ni comprendido ni gustado. Por poco que haya uno metido las narices en los tugurios y teatruchos de los barrios bajos, se acomoda de mal grado a esta sentencia.”

Edmundo de Amicis. España. Librería de Vicente López