sábado, 10 de agosto de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





ASQUEROSOS PIOJOS


Por aquel entonces todos teníamos piojos. Si bien seguía haciendo frío, la temperatura ya permitía su aparición. Sobre asquerosos bichos corporales tengo una amplia experiencia y puedo afirmar que, en cuanto a ensañamiento, el piojo sobrepasa a todo lo conocido. Otros insectos, los mosquitos por ejemplo, hacen sufrir más, pero, por lo menos, no son bichos residentes . El piojo a veces se asemeja a un diminuto cangrejo, y vive preferentemente en los pantalones. Aparte de quemar la ropa, no hay otra manera conocida de librarse de él. En las costuras de los pantalones depositan sus brillantes huevos blancos, como diminutos granos de arroz, que originan grandes familias a extraordinaria velocidad. Creo que a los pacifistas les sería útil ilustrar sus escritos con fotografías ampliadas de piojos. ¡Gloria de la guerra, sin duda! En la guerra, todos los soldados tienen piojos, al menos cuando hace bastante calor. Los hombres que lucharon en Verdún, Waterloo, Flandes, Senlac, Las Termópilas, todos ellos tenían piojos arrastrándose por sus testículos. Nosotros logramos mantenerlos a raya, hasta cierto punto, quemando los huevos y bañándonos con tanta frecuencia como podíamos soportarlo. Nada, sino la existencia de piojos, me hubiera arrastrado hasta ese río helado.

George Orwell.
Homenaje a Cataluña.
Editorial Proyección.

martes, 6 de agosto de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE



REINA DE NORUEGA


       «El barrio chino eran cuatro manzanas de músicas metálicas que hacían temblar la tierra, pero también tenían recodos domésticos que pasaban muy cerca de la caridad. Había burdeles familiares cuyos patrones, con esposas e hijos, atendían a sus clientes veteranos de acuerdo con las normas de la moral cristiana y la urbanidad de don Manuel Antonio Carreño. Algunos servían de fiadores para que las aprendizas se acostaran a crédito con clientes conocidos. Martina Alvarado, la más antigua, tenía una puerta furtiva y tarifas humanitarias para clérigos arrepentidos. No había consumo trucado, ni cuentas alegres, ni sorpresas venéreas. Las últimas madrazas francesas de la primera guerra mundial, malucas y tristes, se sentaban desde el atardecer en la puerta de sus casas bajo el estigma de los focos rojos, esperando una tercera generación que todavía creyera en sus condones afrodisíacos. Había casas con salones refrigerados para conciliábulos de conspiradores y refugios para alcaldes fugitivos de sus esposas.
       El Gato Negro, con un patio de baile bajo una pérgola de astromelias, fue el paraíso de la marina mercante desde que lo compró una guajira oxigenada que cantaba en inglés y vendía por debajo de la mesa pomadas alucinógenas para señoras y señores. Una noche histórica en sus anales, Álvaro Cepeda y Quique Scopell no soportaron el racismo de una docena de marinos noruegos que hacían cola frente al cuarto de la única negra, mientas dieciséis blancas roncaban sentadas en el patio, y los desafiaron a trompadas. Los dos contra doce a puñetazo limpio los pusieron en fuga, con la ayuda de las blancas que despertaron felices y los remataron a silletazos. Al final, en un desagravio disparatado, coronaron a la negra en pelotas como reina de Noruega.”


Gabriel Garcia Márquez. Vivir para contarla. Mondadori.

viernes, 2 de agosto de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





SEGUNDA PARTE
CAPÍTULO LXVIII


“Era la noche algo escura, puesto que la luna estaba en el cielo, pero no en parte que pudiese ser vista: que tal vez la señora Diana se va a pasear a los antípodas, y deja los montes negros y los valles escuros. Cumplió don Quijote con la naturaleza durmiendo el primer sueño, sin dar lugar al segundo; bien al revés de Sancho, que nunca tuvo segundo, porque le duraba el sueño desde la noche hasta la mañana, en que se mostraba su buena complexión y pocos cuidados. Los de don Quijote le desvelaron de manera que despertó a Sancho y le dijo:

-Maravillado estoy, Sancho, de la libertad de tu condición: yo imagino que eres hecho de mármol, o de duro bronce, en quien no cabe movimiento ni sentimiento alguno. Yo velo cuando tú duermes, yo lloro cuando cantas, yo me desmayo de ayuno cuanto tú estás perezoso y desalentado de puro harto. De buenos criados es conllevar las penas de sus señores y sentir sus sentimientos, por el bien parecer siquiera. Mira la serenidad desta noche, la soledad en que estamos, que nos convida a entremeter alguna vigilia entre nuestro sueño. Levántate, por tu vida, y desvíate algún trecho de aquí, y con buen ánimo y denuedo agradecido date trecientos o cuatrocientos azotes a buena cuenta de los del desencanto de Dulcinea; y esto rogando te lo suplico, que no quiero venir contigo a los brazos, como la otra vez, porque sé que los tienes pesados. Después que te hayas dado, pasaremos lo que resta de la noche cantando, yo mi ausencia y tú tu firmeza, dando desde agora principio al ejercicio pastoral que hemos de tener en nuestra aldea.

-Señor -respondió Sancho-, no soy yo religioso para que desde la mitad de mi sueño me levante y me dicipline, ni menos me parece que del extremo del dolor de los azotes se pueda pasar al de la música. Vuesa merced me deje dormir y no me apriete en lo del azotarme; que me hará hacer juramento de no tocarme jamás al pelo del sayo, no que al de mis carnes.

-¡Oh alma endurecida! ¡Oh escudero sin piedad! ¡Oh pan mal empleado y mercedes mal consideradas las que te he hecho y pienso de hacerte! Por mí te has visto gobernador, y por mí te vees con esperanzas propincuas de ser conde, o tener otro título equivalente, y no tardará el cumplimiento de ellas más de cuanto tarde en pasar este año; que yo post tenebras spero lucem.

-No entiendo eso -replico Sancho-; sólo entiendo que, en tanto que duermo, ni tengo temor, ni esperanza, ni trabajo ni gloria; y bien haya el que inventó el sueño, capa que cubre todos los humanos pensamientos, manjar que quita la hambre, agua que ahuyenta la sed, fuego que calienta el frío, frío que templa el ardor, y, finalmente, moneda general con que todas las cosas se compran, balanza y peso que iguala al pastor con el rey y al simple con el discreto. Sola una cosa tiene mala el sueño, según he oído decir, y es que se parece a la muerte, pues de un dormido a un muerto hay muy poca diferencia.

-Nunca te he oído hablar, Sancho -dijo don Quijote-, tan elegantemente como ahora, por donde vengo a conocer ser verdad el refrán que tú algunas veces sueles decir: "No con quien naces, sino con quien paces".

-¡Ah, pesia tal -replicó Sancho-, señor nuestro amo! No soy yo ahora el que ensarta refranes, que también a vuestra merced se le caen de la boca de dos en dos mejor que a mí, sino que debe de haber entre los míos y los suyos esta diferencia: que los de vuestra merced vendrán a tiempo y los míos a deshora; pero, en efecto, todos son refranes.”


Miguel de Cervantes Saavedra. El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha.

jueves, 1 de agosto de 2013

ALLÁ EN LAS INDIAS






ENTRE CIÉNAGAS


        “Como los que iban delante con las guías abriendo el camino me enviaron a decir que andaban desatinados, que no sabían dónde estaban, hice parar la gente, y pasé yo a pie adelante, hasta llegar a ellos; y como vi el desatino que tenían, hice volver la gente atrás a una cienaguilla que habíamos pasado, adonde por causa del agua había alguna poca de yerba que comiesen los caballos, que había dos días que no la comían ni otra cosa, y allí estuvimos aquella noche con harto trabajo de hambre, y poníanoslo mayor la poca esperanza que teníamos de acertar a poblado: tanto, que la gente estaba casi fuera de toda esperanza, y más muertos que vivos. Hice sacar una aguja de marear que traía conmigo, por donde muchas veces me guiaba, aunque nunca nos habíamos visto en tan extrema necesidad como esta; y por ella, acordándome del paraje en que habían señalado los indios que estaba el pueblo ,hallé por cuenta que corriendo al nordeste desde allí donde estábamos salíamos a dar al pueblo y muy cerca de él, y mandé a los que iban delante abriendo el camino que Ilevasen aquel aguja consigo y siguiesen aquel rumbo, sin se apartar de él, y así lo hicieron; y quiso Nuestro Señor que salieron tan ciertos, que a hora de vísperas fueron a dar medio a medio de unas casas de sus ídolos, que estaban en medio del pueblo, de que toda la gente hubo tanta alegría, que casi desatinados corrieron todos al pueblo, y no mirando una gran ciénaga que estaba antes que en él entrasen, se sumieron en ella muchos caballos, que algunos dellos no salieron hasta otro día, aunque quiso Dios que ninguno peligró; y los que veníamos atrás desecamos la ciénaga por otra parte, aunque no se pasó sin harto trabajo.


Hernán Cortés. 
Cartas de relación.

lunes, 29 de julio de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






LA MISERIA EN LONDRES


“El extranjero que recorre las grandes calles de Londres y no acierta a llegar precisamente a los verdaderos barrios populares, ve muy poco o nada de la mucha miseria que existe en esta ciudad. Sólo acá o acullá, a la entrada de algún obscuro callejón, ve inmóvil y silenciosa alguna desarrapada mujer que, con un niño aplicado al exhausto seno, pide limosna con los ojos. Acaso cuando estos ojos son todavía hermosos, se les mira más atentamente y se asusta uno del mundo de dolores que en ellos ha entrevisto.
Los mendigos ordinarios son ancianos, en su mayor parte negros, que están parados en las esquinas de las calles, y, lo que es muy útil, dado el lodo de Londres, barren un paso para los que caminan a pie y piden por su trabajo una moneda de cobre. La pobreza, asociada al vicio y al crimen, se desliza, allá hacia la noche, de sus cubiles. Evita la luz del día tanto más tímidamente cuanto que contrasta entonces su miseria más horriblemente con la arrogancia y la riqueza que se ostenta por todas partes; sólo el hambre la arroja en medio del día fuera de sus obscuros callejones, y entonces se detiene muda, con los ojos elocuentes, y extiende una mano suplicante hacia el rico mercader que cruza apresurado, haciendo resonar el dinero de sus negocios, o hacia el ocioso lord que, como un dios satisfecho, cabalga sobre su alzado corcel, y lanza por encima de esta muchedumbre que ve a sus pies, de cuando en cuando, una altiva o indiferente mirada, como si se tratase de diminutas hormigas o sólo de un montón de criaturas inferiores, cuyo dolor o cuya alegría nada tuvieran de común con él; pues la nobleza inglesa, como si fuera de otra naturaleza superior, se cierne por encima de esta canalla que está como aferrada al suelo, y considera la pequeña Inglaterra tan sólo como su apeadero; Italia como su jardín de verano; París como su salón de sociedad, y todo el mundo, en fin, como propiedad suya. Sin cuidados y sin temores vuela de aquí para allí, y su oro es un talismán que realiza sus más insensatos deseos.”

Heinrich Heine. Cuadros de viaje III. Ediciones El Aleph.

sábado, 27 de julio de 2013

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA









EXAMINATION AT THE WOMB-DOOR


Who owns these scrawny little feet? Death.
Who owns this bristly scorched-looking face? Death.
Who owns these still-working lungs? Death.
Who owns this utility coat of muscles? Death.
Who owns owns these unspeakable guts? Death.
Who owns these questionable brains? Death.
All this messy blood? Death.
These minimum-efficiency eyes? Death.
This wicked little tongue? Death.
This occasional wakefulness? Death.


         Given, stolen, oh held pending trial? Held.

         Who owns the whole rainy, stony earth? Death.
Who owns all of space? Death.

         Who is stronger than hope? Death.
Who is stronger than the will? Death.
Stronger than love? Death.
Stronger than life? Death.

         But who is stronger than death?
                                                             Me, evidently.

         Pass, Crow.




         Ted Hughes.

martes, 23 de julio de 2013

Y EL OBOLO BAJO LA LENGUA




SWEETIE,WHY DO SNAILS COME CREEPING OUT?


Siempre llegamos pronto, o tarde, o nunca
a trenes que han salido o que no existen,
los cogemos en marcha
hacia cualquier lugar sin estación ni nombre.
Dónde estaría yo, Caperucita,
cuando lanzabas torre abajo
la escalera de amor de tus dos trenzas.
Te desnudo, y el tiempo luminoso
que te envuelve se agolpa y cae en mí
con ácido rumor de aristas negras
al llegarte a quitar los calcetines
pequeños, de ir a clase de gimnasia,
de salir de excursión con un vestido blanco;
me duele la sorpresa
si aprendo en tus lecciones algún brillante truco,
un magistral alarde de gramática parda.
Cuatro cosas aún puedo descubrirte,
y dejarte grabados en la piel
esos dulces recuerdos que una mujer no olvida:
qué es el sabor a roble y el posgusto,
qué lleva la langosta Thermidor,
por qué nos arrastramos al acabar la lluvia,
para tomar el sol, los caracoles.


                                                  Guillermo Carnero

domingo, 21 de julio de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE


















DALANTABAD


“Hacia el atardecer pasamos cerca de un espectro de ciudad, la antiguamente célebre Dalantabad, en la que murió expatriado, hace trescientos años, el último de los sultanes de Golconda y que, desde lejos, recuerda a la torre de Babel, según la representan las viejas estampas. Una ciudad-montaña, un templo-fortaleza, un roquedo que los hombres de antaño habían recortado, amurallado, casi regularizado, desde el vértice hasta la base, y que asombra más aún que las pirámides de Egipto en medio de sus arenas. Centenares de tumbas desmoronadas en sus cercanías; no se sabe cuántas murallas almenadas, erizadas de puntas, rodeándose las unas a las otras, en torno al peñón gigantesco. Hemos entrado franqueando dobles puertas formidables, provistas, como las de Golconda, de puntas de hierro. Pero, dentro, nadie; silencio, ruinas, árboles secos, esqueletos de bananos con sus haces de raíces pendientes de los alto de las ramas, como largas cabelleras. Y hemos salido por otras puertas dobles, tan inútiles como las primeras, y de aspecto no menos feroz.
Por el Este, se extienden hasta el horizonte llanuras rocosas, y es preciso subir hasta ellas por vericuetos, echando pie a tierra, caminado tras la carretera perezosa. Era la hora del crepúsculo vespertino; la hora del inalterable esplendor rojo en este país que va a morir falto de nubes. Dalantabad, la feroz ciudad-montaña, con sus torres, con su montón de murallas y de templos, parecía ascender al mismo tiempo que nosotros, perfilándose en pleno cielo, en un deslumbramiento de apoteosis, en tanto que se extendía siempre más la muda inmensidad de las llanuras, rojizas, como incendiadas, en las que nada indicaba ya la vida.
Otro grupo de ruinas nos esperaba aún sobre la meseta, Rozas, ciudad muy musulmana ciudad de mezquitas abandonadas, de esbeltos alminares fusiformes. Multitud de cúpulas funerarias llenan las proximidades de sus grandes fortificaciones, que aparecen ante nosotros en el crepúsculo. A lo largo de sus muertas calles, en las que era ya casi de noche, algunos personajes con turbantes yacían sentados sobre las piedras: últimos habitantes obstinados, ancianos retenidos entre sus muros por la santidad de las mezquitas.
Después, durante cerca de una hora, nada más que la monotonía de las rocas y la obscura extensión en el gran silencio de la tarde….
Y, de pronto, una cosa, tan sorprendente y tan imposible que llega casi a infundir pavor en el primer momento, antes de haberlo comprendido. ¡El mar!... ¡El mar, ante nosotros, sabiendo como sabemos que estamos en Nizam, en la parte central de la India! Una cortadura, a pico, en el suelo de las mesetas, y el inquieto infinito aparece, extendido por todas partes. Lo dominamos desde lo alto de una inmensa escarpadura, al borde de la cual pasa nuestro camino: y, al mismo tiempo, nos llega desde abajo una fuerte brisa, una brisa menos cálida, como una brisa del mar…
Pero todo ello no eran más que llanuras, llanuras abrasadas, pulverizadas, sobre las cuales paseaba el viento ondas de polvo y de arena, formando como olas y brumas.”


Pierre Loti. La India. Editorial Cervantes.




sábado, 20 de julio de 2013

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






SERENATA


Árbol de sol colgando en la noche,
tu pelo caía,
escala de oro
por la ventana abierta.

La luna helaba, fría,
con su gumía
el cielo plafonado.

Nieve azul en la estrella
mayor, ojo de oro
sobre el negro absoluto.

La escala caía
de la ventana honda.

Decoración de noche,
de campanario y de estrellas.

Y la canción decía:
Sobre tus ojos se ha caído mi alma;
en el fondo, en el fondo
la veo, guija perdida en la laguna.

¿Qué vas a hacer de mí, que vivo loco,
vacío de mí mismo?

Bosque de oro
que cuelgas en la noche,
luna aturdida en árboles de otoño,
mía sin serlo, sol de la noche.

Mi alma se cayó
en el fondo sombrío
de tus ojos de espejo.

Déjame que suba,
déjame que suba
por la rampa de oro
de tu pelo.

En el jardín, la risa de una estrella.


                                                      Rogelio Buendía.

martes, 16 de julio de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





PAROLE, PAROLE, PAROLE…



«Si uno asiste a una reunión del Secretariado y da una opinión contraria a la de Dimitri o Manuilski, le escuchan… Pero al final se aprueba sin discusión la posición de aquéllos y no la de uno. No hay votación, solamente un resumen de Dimitrov o Manuilski en el que lo dicho por ellos toma carácter de ley. Si hay que nombrar una comisión para cualquier cosa, primero proponen Dimitrov o Manuilski; después puede proponer uno, pero siempre se aprueba lo que ellos propusieron. Si hay elecciones en la organización del partido o del sindicato, uno puede proponer a quien quiera, pero previamente le han entregado una lista de los que se pueden proponer. Si uno discrepa y la discrepancia no es de fondo, no le hacen caso; si la discrepancia es grave, pretenden «convencerle»; si uno insiste, le indican que sufre una desviación de éste u otro tipo, y si después de esto no rectifica, rápidamente viene la sanción. Uno puede escribir lo que quiera para la radio o revistas soviéticas, pero después pasa por numerosos controles, que quitan o ponen a su capricho, sin consultar al autor. Uno puede estar contra la Línea política que se sigue, pero siempre que esta oposición sea un riguroso secreto. »

Enrique Castro Delgado.
Mi fé se perdió en Moscú.
Editorial Caralt.

domingo, 14 de julio de 2013

OBITER DICTUM






12 de noviembre de 1912.
79° 50’ de latitud sur.


         Esta cruz y este túmulo se levantan sobre los cadáveres del capitán de navío Scott, comandante de la Orden Real de Victoria; el doctor Wilson, licenciado en medicina y filosofía y letras por la Universidad de Cambridge, y el teniente H. R. Bowers, de la Real Infantería de Marina de la India. Se trata de un modesto monumento para conmemorar su valeroso intento de alcanzar el polo, lo que lograron el 17 de enero de 1912 después de que llegara la expedición noruega. Un tiempo inclemente y la falta de combustible fueron la causa de sus muertes.
         Este monumento perpetúa también la memoria de sus dos valerosos compañeros: el capitán L.E.G. Oates, de los Dragones de Inniskilling, a quien le sobrevino la muerte cuando echó a andar en medio de una ventisca para salvar a sus compañeros, a unas 18 millas al sur de donde se encontraban, y el marinero Edgar Evans, quien murió al pie del glaciar Beardmore.
         Lo que el Señor nos da, el Señor nos lo quita. Bendito sea el Señor.


Expedición de socorro.


Apsley Cherry-Garrard