domingo, 11 de agosto de 2013
sábado, 10 de agosto de 2013
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
ASQUEROSOS PIOJOS
Por aquel entonces todos teníamos piojos. Si bien seguía haciendo frío,
la temperatura ya permitía su aparición. Sobre asquerosos bichos corporales
tengo una amplia experiencia y puedo afirmar que, en cuanto a ensañamiento, el
piojo sobrepasa a todo lo conocido. Otros insectos, los mosquitos por ejemplo,
hacen sufrir más, pero, por lo menos, no son bichos residentes . El piojo a
veces se asemeja a un diminuto cangrejo, y vive preferentemente en los
pantalones. Aparte de quemar la ropa, no hay otra manera conocida de librarse
de él. En las costuras de los pantalones depositan sus brillantes huevos
blancos, como diminutos granos de arroz, que originan grandes familias a
extraordinaria velocidad. Creo que a los pacifistas les sería útil ilustrar sus
escritos con fotografías ampliadas de piojos. ¡Gloria de la guerra, sin duda!
En la guerra, todos los soldados tienen piojos, al menos cuando hace bastante
calor. Los hombres que lucharon en Verdún, Waterloo, Flandes, Senlac, Las
Termópilas, todos ellos tenían piojos arrastrándose por sus testículos.
Nosotros logramos mantenerlos a raya, hasta cierto punto, quemando los huevos y
bañándonos con tanta frecuencia como podíamos soportarlo. Nada, sino la
existencia de piojos, me hubiera arrastrado hasta ese río helado.
George Orwell.
Homenaje a Cataluña.
Editorial
Proyección.
jueves, 8 de agosto de 2013
martes, 6 de agosto de 2013
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
REINA DE NORUEGA
«El barrio chino eran
cuatro manzanas de músicas metálicas que hacían temblar la tierra, pero también
tenían recodos domésticos que pasaban muy cerca de la caridad. Había burdeles
familiares cuyos patrones, con esposas e hijos, atendían a sus clientes
veteranos de acuerdo con las normas de la moral cristiana y la urbanidad de don
Manuel Antonio Carreño. Algunos servían de fiadores para que las aprendizas se acostaran
a crédito con clientes conocidos. Martina Alvarado, la más antigua, tenía una puerta
furtiva y tarifas humanitarias para clérigos arrepentidos. No había consumo
trucado, ni cuentas alegres, ni sorpresas venéreas. Las últimas madrazas francesas
de la primera guerra mundial, malucas y tristes, se sentaban desde el atardecer
en la puerta de sus casas bajo el estigma de los focos rojos, esperando una
tercera generación que todavía creyera en sus condones afrodisíacos. Había
casas con salones refrigerados para conciliábulos de conspiradores y refugios
para alcaldes fugitivos de sus esposas.
El Gato Negro,
con un patio de baile bajo una pérgola de astromelias, fue el paraíso de la
marina mercante desde que lo compró una guajira oxigenada que cantaba en inglés
y vendía por debajo de la mesa pomadas alucinógenas para señoras y señores. Una
noche histórica en sus anales, Álvaro Cepeda y Quique Scopell no soportaron el
racismo de una docena de marinos noruegos que hacían cola frente al cuarto de
la única negra, mientas dieciséis blancas roncaban sentadas en el patio, y los
desafiaron a trompadas. Los dos contra doce a puñetazo limpio los pusieron en
fuga, con la ayuda de las blancas que despertaron felices y los remataron a
silletazos. Al final, en un desagravio disparatado, coronaron a la negra en
pelotas como reina de Noruega.”
Gabriel
Garcia Márquez. Vivir para contarla. Mondadori.
lunes, 5 de agosto de 2013
viernes, 2 de agosto de 2013
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
SEGUNDA PARTE
CAPÍTULO LXVIII
“Era la noche algo escura, puesto que la luna estaba en el cielo,
pero no en parte que pudiese ser vista: que tal vez la señora Diana se va a
pasear a los antípodas, y deja los montes negros y los valles escuros. Cumplió
don Quijote con la naturaleza durmiendo el primer sueño, sin dar lugar al
segundo; bien al revés de Sancho, que nunca tuvo segundo, porque le duraba el
sueño desde la noche hasta la mañana, en que se mostraba su buena complexión y
pocos cuidados. Los de don Quijote le desvelaron de manera que despertó a
Sancho y le dijo:
-Maravillado estoy, Sancho, de la libertad de tu condición: yo
imagino que eres hecho de mármol, o de duro bronce, en quien no cabe movimiento
ni sentimiento alguno. Yo velo cuando tú duermes, yo lloro cuando cantas, yo me
desmayo de ayuno cuanto tú estás perezoso y desalentado de puro harto. De
buenos criados es conllevar las penas de sus señores y sentir sus sentimientos,
por el bien parecer siquiera. Mira la serenidad desta noche, la soledad en que
estamos, que nos convida a entremeter alguna vigilia entre nuestro sueño.
Levántate, por tu vida, y desvíate algún trecho de aquí, y con buen ánimo y
denuedo agradecido date trecientos o cuatrocientos azotes a buena cuenta de los
del desencanto de Dulcinea; y esto rogando te lo suplico, que no quiero venir
contigo a los brazos, como la otra vez, porque sé que los tienes pesados.
Después que te hayas dado, pasaremos lo que resta de la noche cantando, yo mi
ausencia y tú tu firmeza, dando desde agora principio al ejercicio pastoral que
hemos de tener en nuestra aldea.
-Señor -respondió Sancho-, no soy yo religioso para que desde la
mitad de mi sueño me levante y me dicipline, ni menos me parece que del extremo
del dolor de los azotes se pueda pasar al de la música. Vuesa merced me deje
dormir y no me apriete en lo del azotarme; que me hará hacer juramento de no
tocarme jamás al pelo del sayo, no que al de mis carnes.
-¡Oh alma endurecida! ¡Oh escudero sin piedad! ¡Oh pan mal empleado
y mercedes mal consideradas las que te he hecho y pienso de hacerte! Por mí te
has visto gobernador, y por mí te vees con esperanzas propincuas de ser conde,
o tener otro título equivalente, y no tardará el cumplimiento de ellas más de
cuanto tarde en pasar este año; que yo post tenebras spero lucem.
-No entiendo eso -replico Sancho-; sólo entiendo que, en tanto que
duermo, ni tengo temor, ni esperanza, ni trabajo ni gloria; y bien haya el que
inventó el sueño, capa que cubre todos los humanos pensamientos, manjar que
quita la hambre, agua que ahuyenta la sed, fuego que calienta el frío, frío que
templa el ardor, y, finalmente, moneda general con que todas las cosas se
compran, balanza y peso que iguala al pastor con el rey y al simple con el
discreto. Sola una cosa tiene mala el sueño, según he oído decir, y es que se
parece a la muerte, pues de un dormido a un muerto hay muy poca diferencia.
-Nunca te he oído hablar, Sancho -dijo don Quijote-, tan
elegantemente como ahora, por donde vengo a conocer ser verdad el refrán que tú
algunas veces sueles decir: "No con quien naces, sino con quien
paces".
-¡Ah, pesia tal -replicó Sancho-, señor nuestro amo! No soy yo
ahora el que ensarta refranes, que también a vuestra merced se le caen de la
boca de dos en dos mejor que a mí, sino que debe de haber entre los míos y los
suyos esta diferencia: que los de vuestra merced vendrán a tiempo y los míos a
deshora; pero, en efecto, todos son refranes.”
Miguel de
Cervantes Saavedra. El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha.
jueves, 1 de agosto de 2013
ALLÁ EN LAS INDIAS
ENTRE
CIÉNAGAS
“Como los que iban delante con las guías
abriendo el camino me enviaron a decir que andaban desatinados, que no sabían dónde
estaban, hice parar la gente, y pasé yo a pie adelante, hasta llegar a ellos; y
como vi el desatino que tenían, hice volver la gente atrás a una cienaguilla
que habíamos pasado, adonde por causa del agua había alguna poca de yerba que
comiesen los caballos, que había dos días que no la comían ni otra cosa, y allí
estuvimos aquella noche con harto trabajo de hambre, y poníanoslo mayor la poca
esperanza que teníamos de acertar a poblado: tanto, que la gente estaba casi
fuera de toda esperanza, y más muertos que vivos. Hice sacar una aguja de
marear que traía conmigo, por donde muchas veces me guiaba, aunque nunca nos habíamos
visto en tan extrema necesidad como esta; y por ella, acordándome del paraje en
que habían señalado los indios que estaba el pueblo ,hallé por cuenta que
corriendo al nordeste desde allí donde estábamos salíamos a dar al pueblo y muy
cerca de él, y mandé a los que iban delante abriendo el camino que Ilevasen
aquel aguja consigo y siguiesen aquel rumbo, sin se apartar de él, y así lo
hicieron; y quiso Nuestro Señor que salieron tan ciertos, que a hora de vísperas
fueron a dar medio a medio de unas casas de sus ídolos, que estaban en medio
del pueblo, de que toda la gente hubo tanta alegría, que casi desatinados
corrieron todos al pueblo, y no mirando una gran ciénaga que estaba antes que
en él entrasen, se sumieron en ella muchos caballos, que algunos dellos no salieron
hasta otro día, aunque quiso Dios que ninguno peligró; y los que veníamos atrás
desecamos la ciénaga por otra parte, aunque no se pasó sin harto trabajo.
Hernán
Cortés.
Cartas de relación.
Cartas de relación.
miércoles, 31 de julio de 2013
lunes, 29 de julio de 2013
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
LA MISERIA EN LONDRES
“El extranjero que recorre las grandes calles de
Londres y no acierta a llegar precisamente a los verdaderos barrios populares,
ve muy poco o nada de la mucha miseria que existe en esta ciudad. Sólo acá o
acullá, a la entrada de algún obscuro callejón, ve inmóvil y silenciosa alguna
desarrapada mujer que, con un niño aplicado al exhausto seno, pide limosna con
los ojos. Acaso cuando estos ojos son todavía hermosos, se les mira más
atentamente y se asusta uno del mundo de dolores que en ellos ha entrevisto.
Los mendigos ordinarios son ancianos, en su mayor
parte negros, que están parados en las esquinas de las calles, y, lo que es muy
útil, dado el lodo de Londres, barren un paso para los que caminan a pie y
piden por su trabajo una moneda de cobre. La pobreza, asociada al vicio y al
crimen, se desliza, allá hacia la noche, de sus cubiles. Evita la luz del día
tanto más tímidamente cuanto que contrasta entonces su miseria más
horriblemente con la arrogancia y la riqueza que se ostenta por todas partes;
sólo el hambre la arroja en medio del día fuera de sus obscuros callejones, y
entonces se detiene muda, con los ojos elocuentes, y extiende una mano suplicante
hacia el rico mercader que cruza apresurado, haciendo resonar el dinero de sus
negocios, o hacia el ocioso lord que, como un dios satisfecho, cabalga sobre su
alzado corcel, y lanza por encima de esta muchedumbre que ve a sus pies, de
cuando en cuando, una altiva o indiferente mirada, como si se tratase de
diminutas hormigas o sólo de un montón de criaturas inferiores, cuyo dolor o
cuya alegría nada tuvieran de común con él; pues la nobleza inglesa, como si
fuera de otra naturaleza superior, se cierne por encima de esta canalla que
está como aferrada al suelo, y considera la pequeña Inglaterra tan sólo como su
apeadero; Italia como su jardín de verano; París como su salón de sociedad, y
todo el mundo, en fin, como propiedad suya. Sin cuidados y sin temores vuela de
aquí para allí, y su oro es un talismán que realiza sus más insensatos deseos.”
Heinrich Heine. Cuadros de viaje III.
Ediciones El Aleph.
domingo, 28 de julio de 2013
sábado, 27 de julio de 2013
Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA
EXAMINATION AT THE WOMB-DOOR
Who owns these scrawny little feet? Death.
Who owns this bristly scorched-looking face? Death.
Who owns these still-working lungs? Death.
Who owns this utility coat of muscles? Death.
Who owns owns these unspeakable guts? Death.
Who owns these questionable brains? Death.
All this messy blood? Death.
These minimum-efficiency eyes? Death.
This wicked little tongue? Death.
This occasional wakefulness? Death.
Given,
stolen, oh held pending trial? Held.
Who
owns the whole rainy, stony earth? Death.
Who owns all of space? Death.
Who is
stronger than hope? Death.
Who is stronger than the will? Death.
Stronger than love? Death.
Stronger than life? Death.
But
who is stronger than death?
Me, evidently.
Pass, Crow.
Ted Hughes.
jueves, 25 de julio de 2013
martes, 23 de julio de 2013
Y EL OBOLO BAJO LA LENGUA
SWEETIE,WHY DO SNAILS COME CREEPING OUT?
Siempre llegamos pronto, o tarde, o nunca
a trenes que han salido o que no existen,
los cogemos en marcha
hacia cualquier lugar sin estación ni nombre.
Dónde estaría yo, Caperucita,
cuando lanzabas torre abajo
la escalera de amor de tus dos trenzas.
Te desnudo, y el tiempo luminoso
que te envuelve se agolpa y cae en mí
con ácido rumor de aristas negras
al llegarte a quitar los calcetines
pequeños, de ir a clase de gimnasia,
de salir de excursión con un vestido blanco;
me duele la sorpresa
si aprendo en tus lecciones algún brillante truco,
un magistral alarde de gramática parda.
Cuatro cosas aún puedo descubrirte,
y dejarte grabados en la piel
esos dulces recuerdos que una mujer no olvida:
qué es el sabor a roble y el posgusto,
qué lleva la langosta Thermidor,
por qué nos arrastramos al acabar la lluvia,
para tomar el sol, los caracoles.
Guillermo
Carnero
lunes, 22 de julio de 2013
domingo, 21 de julio de 2013
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
DALANTABAD
“Hacia el atardecer pasamos cerca de un espectro de
ciudad, la antiguamente célebre Dalantabad, en la que murió expatriado, hace
trescientos años, el último de los sultanes de Golconda y que, desde lejos,
recuerda a la torre de Babel, según la representan las viejas estampas. Una
ciudad-montaña, un templo-fortaleza, un roquedo que los hombres de antaño
habían recortado, amurallado, casi regularizado, desde el vértice hasta la
base, y que asombra más aún que las pirámides de Egipto en medio de sus arenas.
Centenares de tumbas desmoronadas en sus cercanías; no se sabe cuántas murallas
almenadas, erizadas de puntas, rodeándose las unas a las otras, en torno al
peñón gigantesco. Hemos entrado franqueando dobles puertas formidables,
provistas, como las de Golconda, de puntas de hierro. Pero, dentro, nadie;
silencio, ruinas, árboles secos, esqueletos de bananos con sus haces de raíces
pendientes de los alto de las ramas, como largas cabelleras. Y hemos salido por
otras puertas dobles, tan inútiles como las primeras, y de aspecto no menos
feroz.
Por el Este, se extienden hasta el horizonte llanuras
rocosas, y es preciso subir hasta ellas por vericuetos, echando pie a tierra,
caminado tras la carretera perezosa. Era la hora del crepúsculo vespertino; la
hora del inalterable esplendor rojo en este país que va a morir falto de nubes.
Dalantabad, la feroz ciudad-montaña, con sus torres, con su montón de murallas
y de templos, parecía ascender al mismo tiempo que nosotros, perfilándose en pleno
cielo, en un deslumbramiento de apoteosis, en tanto que se extendía siempre más
la muda inmensidad de las llanuras, rojizas, como incendiadas, en las que nada
indicaba ya la vida.
Otro grupo de ruinas nos esperaba aún sobre la
meseta, Rozas, ciudad muy musulmana ciudad de mezquitas abandonadas, de
esbeltos alminares fusiformes. Multitud de cúpulas funerarias llenan las
proximidades de sus grandes fortificaciones, que aparecen ante nosotros en el
crepúsculo. A lo largo de sus muertas calles, en las que era ya casi de noche,
algunos personajes con turbantes yacían sentados sobre las piedras: últimos
habitantes obstinados, ancianos retenidos entre sus muros por la santidad de
las mezquitas.
Después, durante cerca de una hora, nada más que la
monotonía de las rocas y la obscura extensión en el gran silencio de la tarde….
Y, de pronto, una cosa, tan sorprendente y tan
imposible que llega casi a infundir pavor en el primer momento, antes de
haberlo comprendido. ¡El mar!... ¡El mar, ante nosotros, sabiendo como sabemos
que estamos en Nizam, en la parte central de la India ! Una cortadura, a pico,
en el suelo de las mesetas, y el inquieto infinito aparece, extendido por todas
partes. Lo dominamos desde lo alto de una inmensa escarpadura, al borde de la
cual pasa nuestro camino: y, al mismo tiempo, nos llega desde abajo una fuerte
brisa, una brisa menos cálida, como una brisa del mar…
Pero todo ello no eran más que llanuras, llanuras
abrasadas, pulverizadas, sobre las cuales paseaba el viento ondas de polvo y de
arena, formando como olas y brumas.”
Pierre Loti. La India.
Editorial Cervantes.
sábado, 20 de julio de 2013
Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA
SERENATA
Árbol de sol colgando en la noche,
tu pelo caía,
escala de oro
por la ventana abierta.
La luna helaba, fría,
con su gumía
el cielo plafonado.
Nieve azul en la estrella
mayor, ojo de oro
sobre el negro absoluto.
La escala caía
de la ventana honda.
Decoración de noche,
de campanario y de estrellas.
Y la canción decía:
Sobre tus ojos se ha caído mi alma;
en el fondo, en el fondo
la veo, guija perdida en la laguna.
¿Qué vas a hacer de mí, que vivo loco,
vacío de mí mismo?
Bosque de oro
que cuelgas en la noche,
luna aturdida en árboles de otoño,
mía sin serlo, sol de la noche.
Mi alma se cayó
en el fondo sombrío
de tus ojos de espejo.
Déjame que suba,
déjame que suba
por la rampa de oro
de tu pelo.
En el jardín, la risa de una estrella.
Rogelio Buendía.
jueves, 18 de julio de 2013
martes, 16 de julio de 2013
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
PAROLE, PAROLE, PAROLE…
«Si uno asiste a una reunión del Secretariado y da una opinión
contraria a la de Dimitri o Manuilski, le escuchan… Pero al final se aprueba
sin discusión la posición de aquéllos y no la de uno. No hay votación,
solamente un resumen de Dimitrov o Manuilski en el que lo dicho por ellos toma
carácter de ley. Si hay que nombrar una comisión para cualquier cosa, primero
proponen Dimitrov o Manuilski; después puede proponer uno, pero siempre se
aprueba lo que ellos propusieron. Si hay elecciones en la organización del
partido o del sindicato, uno puede proponer a quien quiera, pero previamente le
han entregado una lista de los que se pueden proponer. Si uno discrepa y la
discrepancia no es de fondo, no le hacen caso; si la discrepancia es grave,
pretenden «convencerle»; si uno insiste, le indican que sufre una desviación de
éste u otro tipo, y si después de esto no rectifica, rápidamente viene la
sanción. Uno puede escribir lo que quiera para la radio o revistas soviéticas,
pero después pasa por numerosos controles, que quitan o ponen a su capricho,
sin consultar al autor. Uno puede estar contra la Línea política que se sigue,
pero siempre que esta oposición sea un riguroso secreto. »
Enrique
Castro Delgado.
Mi
fé se perdió en Moscú.
Editorial
Caralt.
domingo, 14 de julio de 2013
OBITER DICTUM
12 de
noviembre de 1912.
79° 50’ de latitud sur.
Esta cruz y este túmulo se levantan
sobre los cadáveres del capitán de navío Scott, comandante de la
Orden Real de Victoria; el doctor Wilson,
licenciado en medicina y filosofía y letras por la Universidad de
Cambridge, y el teniente H. R. Bowers, de la Real Infantería de Marina de la
India. Se trata de un modesto monumento
para conmemorar su valeroso intento de alcanzar el polo, lo que lograron el 17
de enero de 1912 después de que llegara la expedición noruega. Un tiempo
inclemente y la falta de combustible fueron la causa de sus muertes.
Este monumento perpetúa también la
memoria de sus dos valerosos compañeros: el capitán L.E.G. Oates, de los
Dragones de Inniskilling, a quien le sobrevino la muerte cuando echó a andar en
medio de una ventisca para salvar a sus compañeros, a unas 18 millas al sur de donde
se encontraban, y el marinero Edgar Evans, quien murió al pie del glaciar
Beardmore.
Lo que el Señor nos da, el Señor nos lo
quita. Bendito sea el Señor.
Expedición de socorro.
Apsley Cherry-Garrard
sábado, 13 de julio de 2013
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)


































