domingo, 9 de junio de 2013
sábado, 8 de junio de 2013
jueves, 6 de junio de 2013
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
NADA HA QUEDADO
Todo alimentaba la amargura de mis sinsabores: Lucile era
desdichada; mi madre no me consolaba; mi padre me hacía probar las asperezas de
la vida. Su taciturnidad iba en aumento con los años; la vejez volvía más
rígidos tanto su alma como su cuerpo; me espiaba sin cesar para reprenderme.
Cuando yo volvía de mis correrías salvajes y lo veía sentado en la escalinata,
antes me hubiera dejado matar que entrar en el castillo. Lo cual no hacía, sin
embargo, sino diferir mi suplicio: obligado a aparecer a la hora de la cena, me
sentaba cohibido en una esquina de mi silla, con las mejillas húmedas aún de
lluvia, el cabello alborotado. Ante las miradas de mi padre, permanecía inmóvil
y el sudor cubría mi frente: el último destello de razón me abandonó. Heme aquí
llegado a un momento en que necesito algunas fuerzas para confesar mi flaqueza.
El hombre que atenta contra su vida muestra menos la fuerza de su alma que el
desfallecimiento de su naturaleza. Yo tenía una escopeta de caza cuyo gatillo
estaba tan gastado que a menudo se le escapaba el seguro. Cargué esta escopeta
con tres balas, y me dirigí a un lugar apartado del gran Mail. Monté la
escopeta, introduje el extremo del cañón en mi boca, golpeé la culata contra el
suelo; repetí varias veces el intento: el tiro no salió; la aparición de un
guarda hizo que suspendiera mi decisión. Fatalista sin quererlo ni saberlo,
supuse que mi hora no había llegado, así que dejé para otro día la ejecución de
mi plan. De haberme quitado la vida, todo cuanto he sido habría quedado
enterrado conmigo; nada se sabría de la historia que me habría llevado a mi
catástrofe; habría engrosado la multitud de infortunados anónimos; nadie me
habría seguido por las huellas de mis pesares, como un herido por el rastro de
su sangre. Quienes se hayan sentido turbados por lo que describo y tentados de
imitar estas locuras, quienes guarden memoria de mí por mis quimeras, no deben
olvidar que no oyen más que la voz de un muerto. Lector, a quien nunca
conoceré, nada ha quedado de ello: no queda de mí más que lo que soy en manos
del Dios vivo que me ha juzgado.
François-René
de Chateaubriand. Memorias de ultratumba. Acantilado
miércoles, 5 de junio de 2013
martes, 4 de junio de 2013
lunes, 3 de junio de 2013
ALLÁ EN LAS INDIAS
LOS INTESTINOS DE LOS
ISLEÑOS
«Cuando hubimos
corrido setenta leguas en esta dirección, hallándonos por el grado doce de latitud
septentrional y por el ciento cuarenta y seis de longitud, el seis de marzo, que
era miércoles, descubrimos hacia el noroeste una pequeña isla, y en seguida dos
más al sudoeste. La primera era más elevada y más grande que las dos últimas. Quiso
el comandante en jefe detenerse en la más grande para tomar refrescos y
provisiones; pero esto no nos fue posible porque los isleños venían a bordo y
se robaban ya una cosa ya otra, sin que nos fuese posible evitarlo. Pretendían
obligarnos a bajar las velas y a que nos fuésemos a tierra, habiendo tenido aun
la habilidad de llevarse el esquife que estaba amarrado a popa, por lo cual el capitán,
irritado, bajó a tierra con cuarenta hombres armados, quemó cuarenta o
cincuenta casas y muchas de sus embarcaciones y les mató siete hombres. De esta
manera recobró el esquife, pero no juzgó oportuno detenerse en esta isla
después de todos estos actos de hostilidad. Continuamos, pues, nuestra ruta en
la misma dirección. Al tiempo de bajar a tierra para castigar a los isleños,
nuestros enfermos nos pidieron que si alguno de los habitantes era muerto, les
llevásemos los intestinos, porque estaban persuadidos que comiéndoselos habían
de sanar en poco tiempo.
Cuando los nuestros
herían a los isleños con flechas de modo que los pasaban de parte a parte,
estos desgraciados trataban de sacárselas del cuerpo, ya por un extremo ya por
el otro; las miraban en seguida con sorpresa, muriendo a menudo de la herida:
lo que no dejaba de darnos lástima. Sin embargo, cuando nos vieron partir, nos siguieron
con más de cien canoas, y nos mostraban pescado, como si quisieran vendérnoslo;
mas, cuando se hallaban cerca de nosotros, nos lanzaban piedras y en seguida
huían. Pasamos por medio de ellos a velas desplegadas, aunque supieron evitar
con habilidad el choque de las naves. Vimos también en sus canoas mujeres que lloraban
y se arrancaban los cabellos, probablemente porque habíamos muerto a sus maridos.»
Antonio Pigafetta.
Primer viaje alrededor del globo. Fundación Civiliter.
domingo, 2 de junio de 2013
sábado, 1 de junio de 2013
viernes, 31 de mayo de 2013
Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA
No es el muerto quien
provoca el estupor
es la sorpresa de ver
cómo olvidamos
su propia muerte,
nuestro gran dolor.
Queda el muerto,
nosotros nos marchamos.
No es el muerto, no,
quien se retira.
Somos nosotros que
vamos discutiendo,
sobre el cadáver que
mudo nos mira,
la posibilidad de
seguir sobreviviendo.
Cuando en la memoria
al muerto divisamos
(juegos del tiempo,
macabro escandiador)
no es pues al muerto
a quien estamos viendo:
Somos nosotros que
tétricos quedamos
al ver cómo miramos
sin horror
al que en el gran
horror se va pudriendo.
Reinaldo Arenas
jueves, 30 de mayo de 2013
OBITER DICTUM
«Muchas veces me he preguntado por qué me incliné al comunismo. En primer lugar me atrajo su fórmula simplista para resolver el problema social. Al desaparecer los capitalistas y la propiedad privada sobre los medios de producción, las clases sociales perderían su razón de ser y la sociedad entraría en una etapa ininterrumpida de progreso moral y material. Un Estado basado en estos principios, tenía necesariamente que gobernar en beneficio de todo el pueblo. Lo que toda esta utopía resultaba en realidad, lo supe mucho más tarde.»
Manuel Tagüeña.
martes, 28 de mayo de 2013
lunes, 27 de mayo de 2013
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
AUSCHWITZ
“A medida que iba
amaneciendo se hacían visibles los perfiles de un inmenso campo: la larga
extensión de la cerca de varias hileras de alambrada espinosa; las torres de
observación; los focos y las interminables columnas de harapientas figuras
humanas, pardas a la luz grisácea del amanecer, arrastrándose por los desolados
campos hacia un destino desconocido. Se oían voces aisladas y silbatos de
mando, pero no sabíamos lo que querían decir. Mi imaginación me llevaba a ver
horcas con gente colgando de ellas. Me estremecí de horror, pero no andaba muy
desencaminado, ya que paso a paso nos fuimos acostumbrando a un horror inmenso
y terrible. A su debido tiempo entramos en la estación. El silencio inicial fue
interrumpido por voces de mando: a partir de entonces íbamos a escuchar
aquellas voces ásperas y chillonas una y otra vez, en todos los campos. Sonaban
igual que el último grito de una víctima, y sin embargo había cierta
diferencia: eran roncas, cortantes, como si vinieran de la garganta de un
hombre que tuviera que estar gritando así sin parar, un hombre al que
asesinaran una y otra vez…”
Viktor
Frankl
domingo, 26 de mayo de 2013
jueves, 23 de mayo de 2013
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
EN EL BALLENERO
“Había una cosa curiosa en la tripulación del Esperanza.
El hombre que firmaba como primer oficial era un hombrecillo enclenque y
desmejorado, a todas luces incapaz de cumplir sus funciones. Por su parte, el
pinche era un gigantón barbitaheño, de piel ronceada, miembros enormes y voz
estentórea. Pero, en el momento mismo de zarpar, el oficial decrépito
desapareció en la cocina para hacer de pinche durante la travesía, mientras el
fornido pinche se dirigía a la popa para ejercer las funciones de oficial jefe.
¿Explicación? Pues que uno tenía certificado, pero ya no estaba para muchas
aventuras, mientras que el otro no sabía ni leer ni escribir, pero era un
marinero excelente. Así, mediante un pacto, del que era cómplice toda la
tripulación, intercambiaban los papeles cuando el barco se daba a la mar.
Colin McLean, uno ochenta y cinco de estatura, tieso
y robusto, barba de fuego que desbordaba por las tiras de la gorra, era oficial
por selección natural, título superior a cualquier certificado expedido por el
Ministerio de Comercio. Su único fallo era su carácter demasiado arrebatado:
bastaba muy poco para que se lo llevaran los demonios. Recuerdo que pasé una
noche tratando de separarlo del camarero, el cual había cometido la temeridad
de criticar su manera de perseguir en cierta ocasión a una ballena, que se le
había escapado. Los dos marineros habían bebido bastante ron, lo que había
vuelto a uno discutidor y al otro violento,
heme aquí sentado con ellos en un espacio de aproximadamente siete pies
por cuatro, haciendo lo humano y lo divino para que la disputa no degenerara en
homicidio. De vez en cuando, justo cuando y9o creía que ha había pasado el
peligro, el camarero volvía con la cantinela: “No te ofendas, Colin, lo único
que digo es que, si hubiera sido un poco más rápido con el pez…” No recuerdo
cuántas veces empezó esta frase; pero ni una sola vez la terminó, pues a la
palabra “pez” Colin siempre lo agarraba del cuello, y, a mi vez, yo agarraba a
éste por la cintura, y los tres nos agarrábamos hasta el agotamiento de las
fuerzas y del resuello. Luego, cuando el camarero había recobrado un poco el
aliento, volvía otra vez con la maldita frase, y la palabra “pez” era la señal
para el inicio de otra agarrada. Creo sinceramente que, si yo no hubiera terciado,
el oficial de cubierta lo habría malherido, pues era el hombre más iracundo que
he visto en mi vida.
En total, había a bordo cincuenta hombres, la mitad
escoceses y la otra mitad de las Shetland, a los que recogimos en Lerwick.
Estos últimos eran más ecuánimes, tratables, tranquilos, honrados y mejor
hablados; mientras que los marineros escoceses eran más conflictivos, pero
también más viriles y de carácter más fuerte. Los oficiales y arponeros eran
todos escoceses, pero, como marineros ordinarios, y especialmente como
barqueros, los de Shetland eran ideales.”
Arthur Conan Doyle. Memorias y aventuras. Valdemar.
miércoles, 22 de mayo de 2013
martes, 21 de mayo de 2013
Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA
Y SIN EMBARGO SÉ QUE SON
TINIEBLAS...
Y sin embargo sé que son tinieblas
las luces del hogar a que me aferro,
me agarro a una mampara, a un hondo hierro
y sin embargo sé que son tinieblas.
Porque he visto una playa que no olvido,
la mano de mi madre, el interior de un coche,
comprendo los sentidos de la noche,
porque he visto una playa que no olvido.
Cuando de pronto el mundo da ese acento
distinto, cobra una intimidad exterior que sorprendo,
se oculta sin callar, sin hablar se revela,
comprendo que es el corazón extinto
de esos días manchados de temblor venidero
la razón de mi paso por la tierra.
Fina
García Marruz
lunes, 20 de mayo de 2013
sábado, 18 de mayo de 2013
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
ADIÓS, BEBO
“Yo soy un hombre democrático totalmente. Mientras
que tú no infrinjas la ley, haz lo que te dé la gana y lo que tú quieras. Ahora,
no me obligues a mí a hacer lo que tú haces. Eso es todo.
Empezaron insinuando que trabajaba para los…
(gángsteres), y en todos los casinos los había, pero si no te metías con ellos
o les quitabas la chica no pasaba nada; luego que si tocaba piezas americanas,
¿y cómo no las iba a tocar si la mayor parte del público de Tropicana procedía
de Estados Unidos o Canadá? Y, finalmente me hicieron la vida imposible.”
“Mandaron a Luis Yáñez, un comunista bravo que
estaba a cargo del personal. Era compositor. (Yáñez había sido miembro del movimiento
de feeling en los años cuarenta.) Es un hombre que era amigo mío, pero la
represión tumba a los hombres y los hace chivatos y los hace mierdas. Era un
protegido mío. Yo le hice muchos arreglos. Pero vino la revolución y las cosas
cambiaron. A ése, que tan cercano era, lo pusieron de espía. Vivía hasta en el
mismo lugar donde yo vivía. A ése mandaron a proponerme esto.”
“Yo no soy político, pero ese sistema… no me va.
Como no quise integrarme, me botaron de todas partes. Entraron (a dirigir los
centros donde se producía música) individuos que de música no sabían nada, y me
tumbaban cada vez que ellos me decían:”Compañero, que hay que hacer esto así”,
y yo decía que no. Pasé al Havana Hilton, y me tumbaron; al Habana Riviera, y
me tumbaron; era director (musical) de El show de las 7 de Radio Progreso, y me
tumbaron… Al gobierno le molestó que yo, siendo de Cuba, fuera un compositor
que no pertenecía a una sociedad cubana, sino americana. Les dije: “Cuestión de
negocios; yo soy músico, no político”. Pero nada. No aceptas lo que ellos te
dicen y no te (admiten). Te quedas fuera y ya.”
“Cuando me fui, ya me habían amenazado con veinte
años de cárcel, como hicieron con muchos amigos. Mira, aquí, damos paredón a
cualquiera, eso era lo que te decían los que iban vestidos de paisano, que
tenían mucho que ver. Un día fui a una transmisión a la radio, y al entrar me
ponen la metralleta y me dicen: “Tú no puedes entrar”. Y digo: “Pero, mi
orquesta toca a las siete…”. Y responden “Aquí la única persona que no está
integrada eres tú”. Ésa era la palabra. Y tenías que ir (a donde) te mandara el
miliciano, y hacer lo que te dijera. Yo estaba muy mal visto. Los mejores
amigos, yo no los critico y los quiero, pero se quedaron. Así que paredón y
veinte años de cárcel, y entonces llame a Reiter y lo preparé todo para irme.
No se lo dije a nadie, ni a mi orquesta ni a mi hijo. No podía.”
“Un día vino a casa un capitán de la guardia
revolucionaria. Quería que yo le acompañase a la plaza, donde Castro estaba
dando un discurso. Le pregunté si habría música y me contestó que Castro era
música. Me exigían que me afiliara al Partido. Mi libertad de movimiento se
estaba disminuyendo.”
“Abandonar a tus hijos y abandonar tu casa con un
contrato incierto y sabiendo que no podías volver más a tu tierra. Hice como
Cortés en Veracruz (cuando) quemó las naves… Me dijeron bien: “O te vas o vas
preso o te fusilamos. O estás con nosotros o no estás”. Yo tuve que escoger. Mi
padre me dio un abrazo y me dijo que no le iba a ver más. No lo vi más. La
última vez que habló conmigo, en 1977, mi
mamá dijo que aunque olvidara nunca olvidara lo que fue mi padre y lo que yo
fui… Yo sabía que todo lo iba a perder (pero) si tuviera que (tomar) una decisión
de nuevo (tomaría) la misma decisión y nada me remordería.”
Mats Lundahl. Bebo de Cuba. RBA Libros.
jueves, 16 de mayo de 2013
miércoles, 15 de mayo de 2013
Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA
Y llueve.
Llueve un dolor
seco clavado de miradas.
Llueve entre los
zarzales
nevados de mi amor
enfermo.
Llueve sin esperanza ni
cura.
Llueve sobre el desierto
helado que habitamos.
Y llueve.
Llueve sobre cada
palabra que pisas,
piensas o pronuncias.
Sobre
cada beso que os debo.
Incluso llueve cuando
afirmo entre dientes
que ya no, ya no llueve.
Y llueve.
Llueve cuando miro
y cuando no te miro
porque veo pero no te
veo.
Y llueve y llueve y
llueve…
un dolor seco, sin
remedio,
que huele a partida
inmediata.
Sé que ya no dejará de
llover.
Silvano Lago
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