sábado, 16 de marzo de 2013
viernes, 15 de marzo de 2013
OBITER DICTUM
“Las
habladurías, que simulan comprenderlo todo, y la avidez de novedades , que todo
lo ve al parecer, dan al ser ahí una seudo-garantía de que vive con
autenticidad y seguridad la plenitud de las posibilidades de la vida, de que
vive una vida de verdadera vitalidad, con lo que todo tiene aspecto de
auténticamente comprendido, pero en el fondo no lo es, o no tiene aspecto de
tal, pero lo es en el fondo, y en definitiva no es posible decidir qué es lo
visto y comprendido auténticamente y lo que no.”
Martin
Heidegger
jueves, 14 de marzo de 2013
lunes, 11 de marzo de 2013
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
ESTOCOLMO
En el muelle, por la tarde, solía haber,
amarrados por la popa, treinta o cuarenta pailebotes, goletas, bergantines.
Estos barcos ofrecían una estampa magnifica y la arboladura, el cordaje, los
estayes, los mástiles y las velas y el pequeño instrumento izado en el punto mapas
alto del palo mayor para indicar la dirección del viento, los visillos blancos
de la cámara de popa, los barriles y las anclas, me trasportaban cien años
atrás, a la época en que los viajes y el mar aún eran un misterio. Estos barcos
solían batir bandera finlandesa o sueca y llegaban cargados de astillas de
abeto. Llegaban muy cargados, con una carga de cubierta imponente, el casco a
flor de agua y, una vez fondeados y lanzada la palanca, se formaba un pequeño
grupo alrededor del patrón, que bajaba a tierra. El capitán vendía la leña y
acto seguido empezaba la descarga, que se efectuaba en pequeñas grúas,
accionadas a mano, de un anacronismo delicioso. Estos trabajos antiguos, la
vivacidad del mercado, el magnífico olor a resina de los troncos de abeto –un
olor fresco, casi helado— hacía que los muelles de Strandvägen fuesen, a mis
gusto uno de los lugares más agradables de Estocolmo. Solía pasar por allí
entre dos luces –o sea a media tarde--, a la hora en que las transacciones eran
más animadas. Los imponentes marinos finlandeses, rubios, con sus ojos de
almendra, un puñal colgado en la cintura, eran una nota feroz y pintoresca. De
las pequeñas chimeneas de hojalata de las goletas salía un hilillo de humo que
me traía, a veces, nostalgias remotas de otras ollas de pescado, en aquel
momento inasequibles.
Josep Pla. Cartas de Lejos.
Ediciones Destino.
domingo, 10 de marzo de 2013
sábado, 9 de marzo de 2013
ALLÁ EN LAS INDIAS
LOS TOTONACAS
Después de bien considerada la partida
para Méjico, tomamos consejo sobre el camino que habíamos de llevar, y fue
acordado por los principales de Cempoal quel mejor y más conviniente camino era
por la provincia de Tascala, porque eran sus amigos, y mortales enemigos de
mejicanos. Y ya tenían aparejados cuarenta principales y todos hombres de
guerra, que fueron con nosotros y nos ayudaron mucho en aquella jornada, y más
nos dieron cocientes tamemes para llevar el artillería, que para nosotros, los
pobres soldados, no había menester ninguno, porque en aquel tiempo no teníamos
qué llevar, porque nuestras armas, ansí lanzas como escopetas y ballestas y
rodelas y todo otro género dellas, con ellas dormíamos e caminábamos y calzados
nuestros alpargatos, que era nuestro calzado, y, como he dicho, siempre muy
apercibidos para pelear. Y partimos de Cempoal de mediado el mes de agosto de
mill e quinientos y diez y nueve años, y siempre con muy buena orden, y los
corredores del campo y ciertos soldados muy sueltos delante. Y la primera
jornada fuemos a un pueblo que se dice Jalapa, y desde allí a Socochima, y
estaba bien fuerte y mala entrada, y en él había muchas parras de uva de la
tierra; y en estos pueblos se les dijo con doña Marina y Jerónimo de Aguilar,
nuestras lenguas, todas las cosas tocantes a nuestra santa fe, y cómo éramos
vasallos del emperador don Carlos, e que nos envió para quitar que no haya más
sacrificios de hombres, ni se robasen unos a otros, y se les declaró muchas
cosas que se convenían decir. Y como eran amigos de los de Cempoal y no
tributaban a Montezuma, hallábamos en ellos buena voluntad y nos daban de
comer. Y se puso en cada pueblo una cruz, y se les declaró lo que significaba,
e que la tuviesen en mucha reverencia. Y desde Socochima pasamos unas altas
sierras y puerto y llegamos a otro pueblo que se dice Tejutla, e también
hallamos en ellos buena voluntad, porque tampoco daban tributo a Méjico, como
lo demás. Y desde aquel pueblo acabamos de subir todas las sierras y entramos
en el despoblado, donde hacía muy gran frío, y granizo y llovió. Aquella noche
tuvimos falta de comida y venía un viento de la sierra nevada, que estaba a un
lado, que nos hacía temblar de frío y no teníamos con qué nos abrigar, sino con
nuestras armas, sentíamos las heladas como éramos acostumbrados a diferente
temple. Y desde allí pasamos a otro puerto, donde hallamos unas caserías y
grandes adoratorios de ídolos, que ya he dicho que se dicen cues, y tenían
grandes rimeros de leña para el servicio de los ídolos queseaban en aquellos
adoratorios, y tampoco tuvimos qué comer, y hacía recio frío. Y desde allí
entramos en tierra de un pueblo que se dice Cocotlán, enviamos dos indios de
Cempoal a decille al cacique cómo íbamos; que tuviesen por bien nuestra llegada
a sus casas. Y era sujeto de Méjico. Y siempre caminábamos muy apercibidos y
con gran concierto porque víamos que ya era otra manera de tierra. Y desde que
vimos blanquear azoteas y las casas del cacique y los cues y adoratorios, que
eran muy altos y encalados, parescían muy bien como algunos pueblos de nuestra
España. Y pusímosle nombre Castil Blanco, porque dijeron unos soldados
portugueses que parescía la villa de Castel Blanco, de Portugal, y ansí se
llama agora. Y como supieron en aquel pueblo por los mensajeros que enviamos
cómo íbamos, salió el cacique a recibirnos con otros principales, junto a sus
casas; el cual cacique se llamaba Olintecle, y nos llevaron a unos aposentos, y
nos dieron de comer poca cosa e de mala voluntad.
Bernal Díaz del Castillo. Historia verdadera de la conquista de la Nueva España.
viernes, 8 de marzo de 2013
jueves, 7 de marzo de 2013
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
LENGUAS DE BRONCE
Enero 1°
de 1888.—A las primeras horas de la mañana nos pasó delante el vapor de
Cook, Prince Abbas; nuestra faluca, que fue a su costado, trajo al regresar
algunos cestos con provisiones de boca.
Hacia el mediodía nos hallábamos a la altura
de Negade, una de las más bellas comarcas de todo el valle del Nilo. Las altas
montañas calizas de color amarillo parecían formar el marco de un lago en cuyas
riberas alternaban lozanos y verdes cultivos con bosques de palmeras.
Mientras estábamos embebidos en la contemplación
de tan hermoso cuadro, llegaron a nuestros oídos los tañidos de una campana:
era el sacristán de la comunidad copta de Negade, que llamaba a los fieles a la
oración. Por primera vez volvíamos a oír una campana desde nuestra salida de El
Cairo, haciendo renacer en nuestras almas místicos recuerdos que llevaron
nuestro pensamiento, allende el mar, a nuestra querida patria.
Hacía un mes que navegábamos por el Nilo, y
hasta entonces no echamos de ver cuán silenciosos eran los lugares y aldeas que
habíamos visto, cuya vida sólo se manifestaba por sonidos naturales. El cantar
del que extraía el agua del río por medio del shaduf; el llamamiento del muecín; los mugidos del
ganado, el ladrido de los perros, eran los únicos sonidos que solían
interrumpir el silencio general. No se oye el martillo del herrero, porque no
se hierran caballos ni asnos; tampoco hace ruido el taller del carretero porque
no hay carros; el tonelero no golpea los aros, porque no hay toneles ni para el
vino ni para el aceite, y no se oye el sonsonete del molino, porque el grano es
molido por las mujeres en molinetes de mano. Sin carros, y con ganado sin
esquilas, regresa silencioso el fellah al anochecer a su aldea como el pájaro
al nido.
Inconscientemente nos habíamos acostumbrado a
tanto silencio y olvidado las lenguas de bronce con que habla el mundo del
Occidente.
¡El esquilón de Negade tuvo aquel día más eco
del que pudo sospechar el sacristán que lo tocaba!
C. von Gonzenbach. Viaje
por el Nilo. Ediciones Abraxas. 1997.
Ilustraciones: Rafaello Mainella
miércoles, 6 de marzo de 2013
Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA
SIEMPRE
No eres tu.
Siempre yo.
Casa, árbol, dolor,
ventana, pan, baile, temor.
Siempre yo.
Siempre saliéndome al paso.
martes, 5 de marzo de 2013
lunes, 4 de marzo de 2013
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
PRIMERA
PARTE
CAPÍTULO
XXXVIII
“Prosiguiendo don Quijote, dijo:
--Pues comenzamos en el estudiante por la pobreza y sus partes,
veamos si es más rico el soldado. Y veremos que no hay ninguno más pobre en la
misma pobreza, porque está atenido a la miseria de su paga, que viene o tarde o
nunca, o a lo que garbeare por sus manos, con notable peligro de su vida y de
su conciencia. Y a veces suele ser su desnudez tanta, que un coleto acuchillado
le sirve de gala y de camisa, y en la mitad del invierno se suele reparar de
las inclemencias del cielo, estando en la campaña rasa, con sólo el aliento de
su boca, que, como sale de lugar vacío, tengo por averiguado que debe de salir
frío, contra toda naturaleza. Pues esperad que espere que llegue la noche, para
restaurarse de todas estas incomodidades, en la cama que le aguarda, la cual,
si no es por su culpa, jamás pecará de estrecha; que bien puede medir en la
tierra los pies que quisiere, y revolverse en ella a su sabor, sin temor que se
le encojan las sábanas.
Lléguese, pues, a todo esto, el día y la hora de recebir el grado
de su ejercicio; lléguese un día de batalla, que allí le pondrán la borla en la
cabeza, hecha de hilas, para curarle algún balazo, que quizá le habrá pasado
las sienes, o le dejará estropeado de brazo o pierna. Y, cuando esto no suceda,
sino que el cielo piadoso le guarde y conserve sano y vivo, podrá ser que se
quede en la mesma pobreza que antes estaba, y que sea menester que suceda uno y
otro rencuentro, una y otra batalla, y que de todas salga vencedor, para medrar
en algo; pero estos milagros vense raras veces. Pero, decidme, señores, si
habéis mirado en ello: ¿cuán menos son los premiados por la guerra que los que
han perecido en ella? Sin duda, habéis de responder que no tienen comparación,
ni se pueden reducir a cuenta los muertos, y que se podrán contar los premiados
vivos con tres letras de guarismo. Todo esto es al revés en los letrados;
porque, de faldas, que no quiero decir de mangas, todos tienen en qué
entretenerse.
Así que, aunque es mayor el trabajo del soldado, es mucho menor el
premio. Pero a esto se puede responder que es más fácil premiar a dos mil
letrados que a treinta mil soldados, porque a aquéllos se premian con darles oficios,
que por fuerza se han de dar a los de su profesión, y a éstos no se pueden
premiar sino con la mesma hacienda del señor a quien sirven; y esta
imposibilidad fortifica más la razón que tengo. Pero dejemos esto aparte, que
es laberinto de muy dificultosa salida, sino volvamos a la preeminencia de las
armas contra las letras, materia que hasta ahora está por averiguar, según son
las razones que cada una de su parte alega. Y, entre las que he dicho, dicen
las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra
también tiene sus leyes y está sujeta a ellas, y que las leyes caen debajo de
lo que son letras y letrados. A esto responden las armas que las leyes no se
podrán sustentar sin ellas, porque con las armas se defienden las repúblicas,
se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se
despejan los mares de cosarios; y, finalmente, si por ellas no fuese, las
repúblicas, los reinos, las monarquías, las ciudades, los caminos de mar y
tierra estarían sujetos al rigor y a la confusión que trae consigo la guerra el
tiempo que dura y tiene licencia de usar de sus previlegios y de sus fuerzas. Y
es razón averiguada que aquello que más cuesta se estima y debe de estimar en
más.
Alcanzar alguno a ser eminente en letras le cuesta tiempo,
vigilias, hambre, desnudez, váguidos de cabeza, indigestiones de estómago, y
otras cosas a éstas adherentes, que, en parte, ya las tengo referidas; mas
llegar uno por sus términos a ser buen soldado le cuesta todo lo que a el estudiante,
en tanto mayor grado que no tiene comparación, porque a cada paso está a pique
de perder la vida. Y ¿qué temor de necesidad y pobreza puede llegar ni fatigar
al estudiante, que llegue al que tiene un soldado, que, hallándose cercado en
alguna fuerza, y estando de posta, o guarda, en algún revellín o caballero,
siente que los enemigos están minando hacia la parte donde él está, y no puede
apartarse de allí por ningún caso, ni huir el peligro que de tan cerca le
amenaza? Sólo lo que puede hacer es dar noticia a su capitán de lo que pasa,
para que lo remedie con alguna contramina, y él estarse quedo, temiendo y
esperando cuándo improvisamente ha de subir a las nubes sin alas y bajar al
profundo sin su voluntad. Y si éste parece pequeño peligro, veamos si le iguala
o hace ventajas el de embestirse dos galeras por las proas en mitad del mar
espacioso, las cuales enclavijadas y trabadas, no le queda al soldado más
espacio del que concede dos pies de tabla del espolón; y, con todo esto, viendo
que tiene delante de sí tantos ministros de la muerte que le amenazan cuantos
cañones de artillería se asestan de la parte contraria, que no distan de su
cuerpo una lanza, y viendo que al primer descuido de los pies iría a visitar
los profundos senos de Neptuno; y, con todo esto, con intrépido corazón,
llevado de la honra que le incita, se pone a ser blanco de tanta arcabucería, y
procura pasar por tan estrecho paso al bajel contrario. Y lo que más es de
admirar: que apenas uno ha caído donde no se podrá levantar hasta la fin del
mundo, cuando otro ocupa su mesmo lugar; y si éste también cae en el mar, que
como a enemigo le aguarda, otro y otro le sucede, sin dar tiempo al tiempo de
sus muertes: valentía y atrevimiento el mayor que se puede hallar en todos los
trances de la guerra. Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la
espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo
inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su
diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite
la vida a un valeroso caballero, y que, sin saber cómo o por dónde, en la mitad
del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una
desmandada bala, disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor que
hizo el fuego al disparar de la maldita máquina, y corta y acaba en un instante
los pensamientos y vida de quien la merecía gozar luengos siglos. Y así,
considerando esto, estoy por decir que en el alma me pesa de haber tomado este
ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es esta en que ahora
vivimos; porque, aunque a mí ningún peligro me pone miedo, todavía me pone
recelo pensar si la pólvora y el estaño me han de quitar la ocasión de hacerme
famoso y conocido por el valor de mi brazo y filos de mi espada, por todo lo
descubierto de la tierra. Pero haga el cielo lo que fuere servido, que tanto
seré más estimado, si salgo con lo que pretendo, cuanto a mayores peligros me
he puesto que se pusieron los caballeros andantes de los pasados siglos.”
Pierre Menard. Don Quijote.
PRIMERA
PARTE
CAPÍTULO
XXXVIII
“Prosiguiendo don Quijote, dijo:
--Pues comenzamos en el estudiante por la pobreza y sus partes,
veamos si es más rico el soldado. Y veremos que no hay ninguno más pobre en la
misma pobreza, porque está atenido a la miseria de su paga, que viene o tarde o
nunca, o a lo que garbeare por sus manos, con notable peligro de su vida y de
su conciencia. Y a veces suele ser su desnudez tanta, que un coleto acuchillado
le sirve de gala y de camisa, y en la mitad del invierno se suele reparar de
las inclemencias del cielo, estando en la campaña rasa, con sólo el aliento de
su boca, que, como sale de lugar vacío, tengo por averiguado que debe de salir
frío, contra toda naturaleza. Pues esperad que espere que llegue la noche, para
restaurarse de todas estas incomodidades, en la cama que le aguarda, la cual,
si no es por su culpa, jamás pecará de estrecha; que bien puede medir en la
tierra los pies que quisiere, y revolverse en ella a su sabor, sin temor que se
le encojan las sábanas.
Lléguese, pues, a todo esto, el día y la hora de recebir el grado
de su ejercicio; lléguese un día de batalla, que allí le pondrán la borla en la
cabeza, hecha de hilas, para curarle algún balazo, que quizá le habrá pasado
las sienes, o le dejará estropeado de brazo o pierna. Y, cuando esto no suceda,
sino que el cielo piadoso le guarde y conserve sano y vivo, podrá ser que se
quede en la mesma pobreza que antes estaba, y que sea menester que suceda uno y
otro rencuentro, una y otra batalla, y que de todas salga vencedor, para medrar
en algo; pero estos milagros vense raras veces. Pero, decidme, señores, si
habéis mirado en ello: ¿cuán menos son los premiados por la guerra que los que
han perecido en ella? Sin duda, habéis de responder que no tienen comparación,
ni se pueden reducir a cuenta los muertos, y que se podrán contar los premiados
vivos con tres letras de guarismo. Todo esto es al revés en los letrados;
porque, de faldas, que no quiero decir de mangas, todos tienen en qué
entretenerse.
Así que, aunque es mayor el trabajo del soldado, es mucho menor el
premio. Pero a esto se puede responder que es más fácil premiar a dos mil
letrados que a treinta mil soldados, porque a aquéllos se premian con darles oficios,
que por fuerza se han de dar a los de su profesión, y a éstos no se pueden
premiar sino con la mesma hacienda del señor a quien sirven; y esta
imposibilidad fortifica más la razón que tengo. Pero dejemos esto aparte, que
es laberinto de muy dificultosa salida, sino volvamos a la preeminencia de las
armas contra las letras, materia que hasta ahora está por averiguar, según son
las razones que cada una de su parte alega. Y, entre las que he dicho, dicen
las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra
también tiene sus leyes y está sujeta a ellas, y que las leyes caen debajo de
lo que son letras y letrados. A esto responden las armas que las leyes no se
podrán sustentar sin ellas, porque con las armas se defienden las repúblicas,
se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se
despejan los mares de cosarios; y, finalmente, si por ellas no fuese, las
repúblicas, los reinos, las monarquías, las ciudades, los caminos de mar y
tierra estarían sujetos al rigor y a la confusión que trae consigo la guerra el
tiempo que dura y tiene licencia de usar de sus previlegios y de sus fuerzas. Y
es razón averiguada que aquello que más cuesta se estima y debe de estimar en
más.
Alcanzar alguno a ser eminente en letras le cuesta tiempo,
vigilias, hambre, desnudez, váguidos de cabeza, indigestiones de estómago, y
otras cosas a éstas adherentes, que, en parte, ya las tengo referidas; mas
llegar uno por sus términos a ser buen soldado le cuesta todo lo que a el estudiante,
en tanto mayor grado que no tiene comparación, porque a cada paso está a pique
de perder la vida. Y ¿qué temor de necesidad y pobreza puede llegar ni fatigar
al estudiante, que llegue al que tiene un soldado, que, hallándose cercado en
alguna fuerza, y estando de posta, o guarda, en algún revellín o caballero,
siente que los enemigos están minando hacia la parte donde él está, y no puede
apartarse de allí por ningún caso, ni huir el peligro que de tan cerca le
amenaza? Sólo lo que puede hacer es dar noticia a su capitán de lo que pasa,
para que lo remedie con alguna contramina, y él estarse quedo, temiendo y
esperando cuándo improvisamente ha de subir a las nubes sin alas y bajar al
profundo sin su voluntad. Y si éste parece pequeño peligro, veamos si le iguala
o hace ventajas el de embestirse dos galeras por las proas en mitad del mar
espacioso, las cuales enclavijadas y trabadas, no le queda al soldado más
espacio del que concede dos pies de tabla del espolón; y, con todo esto, viendo
que tiene delante de sí tantos ministros de la muerte que le amenazan cuantos
cañones de artillería se asestan de la parte contraria, que no distan de su
cuerpo una lanza, y viendo que al primer descuido de los pies iría a visitar
los profundos senos de Neptuno; y, con todo esto, con intrépido corazón,
llevado de la honra que le incita, se pone a ser blanco de tanta arcabucería, y
procura pasar por tan estrecho paso al bajel contrario. Y lo que más es de
admirar: que apenas uno ha caído donde no se podrá levantar hasta la fin del
mundo, cuando otro ocupa su mesmo lugar; y si éste también cae en el mar, que
como a enemigo le aguarda, otro y otro le sucede, sin dar tiempo al tiempo de
sus muertes: valentía y atrevimiento el mayor que se puede hallar en todos los
trances de la guerra. Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la
espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo
inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su
diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite
la vida a un valeroso caballero, y que, sin saber cómo o por dónde, en la mitad
del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una
desmandada bala, disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor que
hizo el fuego al disparar de la maldita máquina, y corta y acaba en un instante
los pensamientos y vida de quien la merecía gozar luengos siglos. Y así,
considerando esto, estoy por decir que en el alma me pesa de haber tomado este
ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es esta en que ahora
vivimos; porque, aunque a mí ningún peligro me pone miedo, todavía me pone
recelo pensar si la pólvora y el estaño me han de quitar la ocasión de hacerme
famoso y conocido por el valor de mi brazo y filos de mi espada, por todo lo
descubierto de la tierra. Pero haga el cielo lo que fuere servido, que tanto
seré más estimado, si salgo con lo que pretendo, cuanto a mayores peligros me
he puesto que se pusieron los caballeros andantes de los pasados siglos.”
Pierre Menard. Don Quijote.
sábado, 2 de marzo de 2013
viernes, 1 de marzo de 2013
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
KAIETEUR
“En la
cima de Kaieteur había una posada que se conservaba en buen estado. Había sido
erigida, igual que la que se encontraba en Amatuk, cuando una compañía de
Georgetown proyectó un servicio regular de turistas que ya no se llevaba a
cabo. (Una mujer llamada McTurk había puesto todo su empeño dando facilidades a
aquellos que quisieran subir, pero a estas alturas las cataratas no disponían
de ningún responsable ni de instalaciones). Había varios nombres e iniciales
grabados en la pared. Sobers dijo que traía buena suerte dejar alguna huella de
la presencia allí. Gerry se mostró escéptico ante sus palabras.
--Muchos
ya estar muertos –puntualizó.
La
inscripción más reciente databa de enero de ese mismo año y decía: “Alfredo
Sacramento, escritor y trotamundos murió aquí de hambre”.
Winter me
había contado la historia de este hombre. Portugués, apareció en Georgetown en
Navidad sin aspiraciones artísticas pero con ganas de ser un trotamundos. Vivía
de vender postales firmadas con su autorretrato. No es la primera persona que
conozco que se gana la vida de esta manera. En una ocasión conocí en Venecia a
un danés barbudo que hacía lo mismo. De vez en cuando sale también alguna
entrevista en los periódicos ingleses sobre alguien que ha circunnavegado la tierra
con éxito de esta forma. La mayoría de estos viajeros llevan consigo una carta
de recomendación, verdadera o falsa, escrita por algún catedrático, que, traducida
a seis idiomas, pone de manifiesto ser una promesa literaria. Provistos de esta
carta y de una maleta cargada de fotografías de sí mismos vestidos en traje de
explorador, emprenden su viaje alrededor del mundo. No estoy seguro de si
alguno de ellos escribe un libro al regresar a casa, pues la experiencia de
estos viajeros se reduce mayoritariamente a una monótona ronda de visitas a los
cafés a la caza de clientes, encarcelaciones y deportaciones, y colas en los
consulados y en las oficinas de inmigración. (Le dimos una lista al danés
barbudo de todas las direcciones y números a los que debía llamar cuando
viniese a Inglaterra, pero a día de hoy todavía no he tenido noticias suyas).
Sacramento
pronto agotó su paciencia y la curiosidad que sentía por Georgetown y charlando
con unos negros en una licorería, estos le contaron las leyendas doradas acerca
de la hospitalidad de los indios y de los rancheros. Quiso saber cómo llegar a
aquellos lugares y los negros le explicaron que existía una carretera sin
grandes dificultades y directa que llegaba hasta Brasil; en cada apeadero podría
encontrar un poblado indio donde era poco probable que le compraran sus
retratos pero en cambio se encargarían de darle de comer o de echarle una mano
en lo que necesitase. El pobre hombre se creyó toda la historia y comenzó a
informarse de cómo llegar hasta Kaieteur. Daba la casualidad de que se
hospedaba por aquel entonces en Georgetown un doctor canadiense, que impulsado
por las maravillas que había leído acerca de Kaieteur en una revista de divulgación,
había decidido emprender viaje hasta la Guayana.
Al llegar a la estación, el doctor pidió un billete hasta las
cataratas. Defraudado pero decidido al descubrir que la expedición iba a ser
mucho más compleja de lo que había imaginado, consiguió un barco que le llevara
hasta allí. Los patrones de barco siempre agradecen que les echen una mano para
subir el río de manera que Sacramento pudo obtener un pasaje gratis a cambio de
remar y ayudarles con la carga. Realizó el viaje en compañía del doctor, que
cuando hubo visitado las cataratas y sacado un carrete entero de fotos, bajó
(rompiéndose accidentalmente una costilla por el camino) dejándole solo arriba
del todo. Sacramento buscó la carretera prometida que debía recorrer los
poblados indios pero pronto descubrió que en realidad no existía; el altiplano
iba a parar a la impenetrable densidad del bosque; el único barco que había en
el embarcadero era el de Winter, demasiado pesado para ser puesto a flote y
menos aún para ser impulsado corriente arriba por una sola persona. Sacramento
de pronto se encontró sin provisiones y sin posibilidad de salir de aquel lugar
hasta que llegase el próximo turista, quizás dentro de seis meses.
Afortunadamente,
Winter estaba de camino de vuelta a las excavaciones de diamantes y diez días
más tarde se encontró al pobre Sacramento a punto de morir de inanición y
envenenado al haber ingerido raíces y frutas del bosque. Winter se ocupó de
alimentarle cada día aumentado progresivamente la dosis de comida hasta hacerle
recuperar la salud, y entonces lo envió de vuelta a Amatuk en su barco, pero
Sacramento no demostró excesiva gratitud por todo ello. Al recuperar las
fuerzas recuperó también sus ansias de conocer mundo y no había manera de
convencerle de que de ninguna forma podría alcanzar Brasil sin la ayuda de un
guía y desprovisto de reservas como pensaba viajar, de que los indios vivían en
asentamientos desperdigados y de que eran en realidad gente huraña, que no
estaba dispuesta a dar comida a los extranjeros desconocidos incluso cuando podían
permitírselo. Sacramento regresó convencido, vivo, pero lleno de resentimiento.”
Evelyn Waugh.
Noventa y dos días.
Ediciones del Viento.
jueves, 28 de febrero de 2013
Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA
INVIERNO
Fino cielo de telaraña,
ceniza de perla.
Un gallo canta:
llama sobre la nieve.
Las murallas duermen,
redondas y blancas.
Roto ya el resorte del pueblo,
las voces caen
en almohadas de nardos.
Horas sin hierro.
Reloj de harina;
nieve.
Saldrá la luna,
como un gajo de melón,
fría y dulce.
LUIS PIMENTEL
miércoles, 27 de febrero de 2013
martes, 26 de febrero de 2013
OBITER DICTUM
“Cyril Tourneur nació de la unión de un dios desconocido con una
prostituta. La prueba de su origen divino se encuentra en el ateísmo heroico
bajo el cual sucumbió. Su madre le transmitió el instinto de la rebeldía y de
la lujuria, el miedo a la muerte, el estremecimiento de la voluptuosidad y el
odio a los reyes; de su padre heredó el amor por coronarse, el orgullo de
reinar y la alegría de crear. Ambos le dieron su afición a la noche, a la luz
roja y la sangre. Se ignora la fecha de nacimiento, pero apareció en una negra
jornada de un año pestilencial.”
Marcel Schwob
lunes, 25 de febrero de 2013
domingo, 24 de febrero de 2013
Y EL OBOLO BAJO LA LENGUA
DE MISTERIO
¿Quién
soy?
— Este intervalo
de misterio
entre
la rosa ardiente que corto para ti
y
la rosa sombría que mi mano te tiende.
Miguel D´Ors
sábado, 23 de febrero de 2013
viernes, 22 de febrero de 2013
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
EL AFGANO
“--Ni siquiera sabe usted mi nombre –dijo mi
Lirio--. Más vale que se lo aprenda por si luego preguntan. Además sentarme aquí
fuera y con un jeque desconocido va a terminar con la reputación que me quede.
No es que me importe mucho. Las reputaciones son como la flor de la vida. ¡tan
frágiles que no merece la pena conservarlas!
Yo seguía sin saber qué hacer; la chica se
acercó a mí de forma que pude ver el surco entre sus pechos. Aparté la mirada,
pues iba a volverme loco. La sangre silbaba en mis oídos y ante mí había una
niebla roja que hasta el momento sólo había aparecido cuando hundía mi cuchillo
en la garganta de un enemigo.
--Soy
Nella Carson .--la oí decir--. Tengo veintitrés años, estoy sana de mente y
cuerpo y… soy viuda.
Se inclinó hacia delante de forma que no podía
verle la cara.
--Mataron
a Jim en Salónica, hace quince meses. Las cosas ocurren así, ¿sabe? Durante un
tiempo pensé que era el fin del mundo, pero ahora, bueno, me he hecho más
sabia. Maldito mundo, ¿verdad?
En ese momento ansiaba consolarla. Las
lágrimas rodaban por sus mejillas y yo, que conocía los secretos del rifle y el
cuchillo, me sentía impotente. Sin embargo, al final me volví hacia ella y,
como si fuera un milagro, la encontré entre mis brazos. Apenas hacía media hora
que la conocía. Ayer no la había visto jamás, pero en ese momento su fragancia
me producía un nudo en la garganta.
--Dime
–susurré--. ¿no puedo consolarte?
Entonces encontré sus labios, pétalos de la
pasión más pura, que se unieron a los míos y me llevaron al paraíso. Loado sea
Alá, porque las mujeres son mujeres, ya sea en Kirmanshah o en Hampstead. Se
recostó entre mis brazos con sus esbeltos miembros junto a los míos y podía
sentir el latido de su corazón mientras me inclinaba a besar la perfumada
blancura de su hombro. No sé cuanto tiempo permanecimos en ese jardín de huríes.
Debió de ser bastante pues, cuando regresamos, muchos de los hombres “valiosos”
se habían marchado, llevándose sus mujeres. Mi Lirio encontró a la anfitriona
prácticamente sola en la sala de baile, y ésta le sonrió dulcemente.
--¡Vaya
conquista! –le oí decir--. Deberías ser un poquito más discreta, Nella querida.
¡Nunca se sabe lo que van a hacer estos extranjeros!
Habría matado a esa mujer si no hubiera
recibido una dulce mirada de unos ojos azules que retorció mi corazón igual que
el cocinero retuerce el pescuezo de una gallina.
--¿Me
acompañas a casa?—dijo mi Lirio, cuando estuvimos de nuevo bajo las estrellas.
Una calle se extendía vacía ante nosotros.
Había pocas luces, pero de repente un taxi se detuvo junto a nosotros. De modo
que fuimos a su casa juntos. No sé qué hora era, pues el tiempo nada tiene que
ver con la pasión.”
Sirdar Ikbal Ali Shah. Solo
en las noches de Arabia. Editorial Sufi. 1994.
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