lunes, 11 de marzo de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




ESTOCOLMO


En el muelle, por la tarde, solía haber, amarrados por la popa, treinta o cuarenta pailebotes, goletas, bergantines. Estos barcos ofrecían una estampa magnifica y la arboladura, el cordaje, los estayes, los mástiles y las velas y el pequeño instrumento izado en el punto mapas alto del palo mayor para indicar la dirección del viento, los visillos blancos de la cámara de popa, los barriles y las anclas, me trasportaban cien años atrás, a la época en que los viajes y el mar aún eran un misterio. Estos barcos solían batir bandera finlandesa o sueca y llegaban cargados de astillas de abeto. Llegaban muy cargados, con una carga de cubierta imponente, el casco a flor de agua y, una vez fondeados y lanzada la palanca, se formaba un pequeño grupo alrededor del patrón, que bajaba a tierra. El capitán vendía la leña y acto seguido empezaba la descarga, que se efectuaba en pequeñas grúas, accionadas a mano, de un anacronismo delicioso. Estos trabajos antiguos, la vivacidad del mercado, el magnífico olor a resina de los troncos de abeto –un olor fresco, casi helado— hacía que los muelles de Strandvägen fuesen, a mis gusto uno de los lugares más agradables de Estocolmo. Solía pasar por allí entre dos luces –o sea a media tarde--, a la hora en que las transacciones eran más animadas. Los imponentes marinos finlandeses, rubios, con sus ojos de almendra, un puñal colgado en la cintura, eran una nota feroz y pintoresca. De las pequeñas chimeneas de hojalata de las goletas salía un hilillo de humo que me traía, a veces, nostalgias remotas de otras ollas de pescado, en aquel momento inasequibles.


Josep Pla. Cartas de Lejos. Ediciones Destino.



sábado, 9 de marzo de 2013

ALLÁ EN LAS INDIAS





LOS TOTONACAS


Después de bien considerada la partida para Méjico, tomamos consejo sobre el camino que habíamos de llevar, y fue acordado por los principales de Cempoal quel mejor y más conviniente camino era por la provincia de Tascala, porque eran sus amigos, y mortales enemigos de mejicanos. Y ya tenían aparejados cuarenta principales y todos hombres de guerra, que fueron con nosotros y nos ayudaron mucho en aquella jornada, y más nos dieron cocientes tamemes para llevar el artillería, que para nosotros, los pobres soldados, no había menester ninguno, porque en aquel tiempo no teníamos qué llevar, porque nuestras armas, ansí lanzas como escopetas y ballestas y rodelas y todo otro género dellas, con ellas dormíamos e caminábamos y calzados nuestros alpargatos, que era nuestro calzado, y, como he dicho, siempre muy apercibidos para pelear. Y partimos de Cempoal de mediado el mes de agosto de mill e quinientos y diez y nueve años, y siempre con muy buena orden, y los corredores del campo y ciertos soldados muy sueltos delante. Y la primera jornada fuemos a un pueblo que se dice Jalapa, y desde allí a Socochima, y estaba bien fuerte y mala entrada, y en él había muchas parras de uva de la tierra; y en estos pueblos se les dijo con doña Marina y Jerónimo de Aguilar, nuestras lenguas, todas las cosas tocantes a nuestra santa fe, y cómo éramos vasallos del emperador don Carlos, e que nos envió para quitar que no haya más sacrificios de hombres, ni se robasen unos a otros, y se les declaró muchas cosas que se convenían decir. Y como eran amigos de los de Cempoal y no tributaban a Montezuma, hallábamos en ellos buena voluntad y nos daban de comer. Y se puso en cada pueblo una cruz, y se les declaró lo que significaba, e que la tuviesen en mucha reverencia. Y desde Socochima pasamos unas altas sierras y puerto y llegamos a otro pueblo que se dice Tejutla, e también hallamos en ellos buena voluntad, porque tampoco daban tributo a Méjico, como lo demás. Y desde aquel pueblo acabamos de subir todas las sierras y entramos en el despoblado, donde hacía muy gran frío, y granizo y llovió. Aquella noche tuvimos falta de comida y venía un viento de la sierra nevada, que estaba a un lado, que nos hacía temblar de frío y no teníamos con qué nos abrigar, sino con nuestras armas, sentíamos las heladas como éramos acostumbrados a diferente temple. Y desde allí pasamos a otro puerto, donde hallamos unas caserías y grandes adoratorios de ídolos, que ya he dicho que se dicen cues, y tenían grandes rimeros de leña para el servicio de los ídolos queseaban en aquellos adoratorios, y tampoco tuvimos qué comer, y hacía recio frío. Y desde allí entramos en tierra de un pueblo que se dice Cocotlán, enviamos dos indios de Cempoal a decille al cacique cómo íbamos; que tuviesen por bien nuestra llegada a sus casas. Y era sujeto de Méjico. Y siempre caminábamos muy apercibidos y con gran concierto porque víamos que ya era otra manera de tierra. Y desde que vimos blanquear azoteas y las casas del cacique y los cues y adoratorios, que eran muy altos y encalados, parescían muy bien como algunos pueblos de nuestra España. Y pusímosle nombre Castil Blanco, porque dijeron unos soldados portugueses que parescía la villa de Castel Blanco, de Portugal, y ansí se llama agora. Y como supieron en aquel pueblo por los mensajeros que enviamos cómo íbamos, salió el cacique a recibirnos con otros principales, junto a sus casas; el cual cacique se llamaba Olintecle, y nos llevaron a unos aposentos, y nos dieron de comer poca cosa e de mala voluntad.

Bernal Díaz del Castillo. Historia verdadera de la conquista de la Nueva España.

jueves, 7 de marzo de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




LENGUAS DE BRONCE




Enero 1°  de 1888.—A las primeras horas de la mañana nos pasó delante el vapor de Cook, Prince Abbas; nuestra faluca, que fue a su costado, trajo al regresar algunos cestos con provisiones de boca.
Hacia el mediodía nos hallábamos a la altura de Negade, una de las más bellas comarcas de todo el valle del Nilo. Las altas montañas calizas de color amarillo parecían formar el marco de un lago en cuyas riberas alternaban lozanos y verdes cultivos con bosques de palmeras.
Mientras estábamos embebidos en la contemplación de tan hermoso cuadro, llegaron a nuestros oídos los tañidos de una campana: era el sacristán de la comunidad copta de Negade, que llamaba a los fieles a la oración. Por primera vez volvíamos a oír una campana desde nuestra salida de El Cairo, haciendo renacer en nuestras almas místicos recuerdos que llevaron nuestro pensamiento, allende el mar, a nuestra querida patria.
Hacía un mes que navegábamos por el Nilo, y hasta entonces no echamos de ver cuán silenciosos eran los lugares y aldeas que habíamos visto, cuya vida sólo se manifestaba por sonidos naturales. El cantar del que extraía el agua del río por medio del shaduf;  el llamamiento del muecín; los mugidos del ganado, el ladrido de los perros, eran los únicos sonidos que solían interrumpir el silencio general. No se oye el martillo del herrero, porque no se hierran caballos ni asnos; tampoco hace ruido el taller del carretero porque no hay carros; el tonelero no golpea los aros, porque no hay toneles ni para el vino ni para el aceite, y no se oye el sonsonete del molino, porque el grano es molido por las mujeres en molinetes de mano. Sin carros, y con ganado sin esquilas, regresa silencioso el fellah al anochecer a su aldea como el pájaro al nido.
Inconscientemente nos habíamos acostumbrado a tanto silencio y olvidado las lenguas de bronce con que habla el mundo del Occidente.
¡El esquilón de Negade tuvo aquel día más eco del que pudo sospechar el sacristán que lo tocaba!

C. von Gonzenbach. Viaje por el Nilo. Ediciones Abraxas. 1997.

Ilustraciones:  Rafaello Mainella

miércoles, 6 de marzo de 2013

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






     SIEMPRE


No eres tu.
Siempre yo.
Casa, árbol, dolor,
ventana, pan, baile, temor.
Siempre yo.
Siempre saliéndome al paso.

               Blanca Varela

lunes, 4 de marzo de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





PRIMERA PARTE
CAPÍTULO XXXVIII

“Prosiguiendo don Quijote, dijo:

--Pues comenzamos en el estudiante por la pobreza y sus partes, veamos si es más rico el soldado. Y veremos que no hay ninguno más pobre en la misma pobreza, porque está atenido a la miseria de su paga, que viene o tarde o nunca, o a lo que garbeare por sus manos, con notable peligro de su vida y de su conciencia. Y a veces suele ser su desnudez tanta, que un coleto acuchillado le sirve de gala y de camisa, y en la mitad del invierno se suele reparar de las inclemencias del cielo, estando en la campaña rasa, con sólo el aliento de su boca, que, como sale de lugar vacío, tengo por averiguado que debe de salir frío, contra toda naturaleza. Pues esperad que espere que llegue la noche, para restaurarse de todas estas incomodidades, en la cama que le aguarda, la cual, si no es por su culpa, jamás pecará de estrecha; que bien puede medir en la tierra los pies que quisiere, y revolverse en ella a su sabor, sin temor que se le encojan las sábanas.
Lléguese, pues, a todo esto, el día y la hora de recebir el grado de su ejercicio; lléguese un día de batalla, que allí le pondrán la borla en la cabeza, hecha de hilas, para curarle algún balazo, que quizá le habrá pasado las sienes, o le dejará estropeado de brazo o pierna. Y, cuando esto no suceda, sino que el cielo piadoso le guarde y conserve sano y vivo, podrá ser que se quede en la mesma pobreza que antes estaba, y que sea menester que suceda uno y otro rencuentro, una y otra batalla, y que de todas salga vencedor, para medrar en algo; pero estos milagros vense raras veces. Pero, decidme, señores, si habéis mirado en ello: ¿cuán menos son los premiados por la guerra que los que han perecido en ella? Sin duda, habéis de responder que no tienen comparación, ni se pueden reducir a cuenta los muertos, y que se podrán contar los premiados vivos con tres letras de guarismo. Todo esto es al revés en los letrados; porque, de faldas, que no quiero decir de mangas, todos tienen en qué entretenerse.
Así que, aunque es mayor el trabajo del soldado, es mucho menor el premio. Pero a esto se puede responder que es más fácil premiar a dos mil letrados que a treinta mil soldados, porque a aquéllos se premian con darles oficios, que por fuerza se han de dar a los de su profesión, y a éstos no se pueden premiar sino con la mesma hacienda del señor a quien sirven; y esta imposibilidad fortifica más la razón que tengo. Pero dejemos esto aparte, que es laberinto de muy dificultosa salida, sino volvamos a la preeminencia de las armas contra las letras, materia que hasta ahora está por averiguar, según son las razones que cada una de su parte alega. Y, entre las que he dicho, dicen las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta a ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son letras y letrados. A esto responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas, porque con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se despejan los mares de cosarios; y, finalmente, si por ellas no fuese, las repúblicas, los reinos, las monarquías, las ciudades, los caminos de mar y tierra estarían sujetos al rigor y a la confusión que trae consigo la guerra el tiempo que dura y tiene licencia de usar de sus previlegios y de sus fuerzas. Y es razón averiguada que aquello que más cuesta se estima y debe de estimar en más.
Alcanzar alguno a ser eminente en letras le cuesta tiempo, vigilias, hambre, desnudez, váguidos de cabeza, indigestiones de estómago, y otras cosas a éstas adherentes, que, en parte, ya las tengo referidas; mas llegar uno por sus términos a ser buen soldado le cuesta todo lo que a el estudiante, en tanto mayor grado que no tiene comparación, porque a cada paso está a pique de perder la vida. Y ¿qué temor de necesidad y pobreza puede llegar ni fatigar al estudiante, que llegue al que tiene un soldado, que, hallándose cercado en alguna fuerza, y estando de posta, o guarda, en algún revellín o caballero, siente que los enemigos están minando hacia la parte donde él está, y no puede apartarse de allí por ningún caso, ni huir el peligro que de tan cerca le amenaza? Sólo lo que puede hacer es dar noticia a su capitán de lo que pasa, para que lo remedie con alguna contramina, y él estarse quedo, temiendo y esperando cuándo improvisamente ha de subir a las nubes sin alas y bajar al profundo sin su voluntad. Y si éste parece pequeño peligro, veamos si le iguala o hace ventajas el de embestirse dos galeras por las proas en mitad del mar espacioso, las cuales enclavijadas y trabadas, no le queda al soldado más espacio del que concede dos pies de tabla del espolón; y, con todo esto, viendo que tiene delante de sí tantos ministros de la muerte que le amenazan cuantos cañones de artillería se asestan de la parte contraria, que no distan de su cuerpo una lanza, y viendo que al primer descuido de los pies iría a visitar los profundos senos de Neptuno; y, con todo esto, con intrépido corazón, llevado de la honra que le incita, se pone a ser blanco de tanta arcabucería, y procura pasar por tan estrecho paso al bajel contrario. Y lo que más es de admirar: que apenas uno ha caído donde no se podrá levantar hasta la fin del mundo, cuando otro ocupa su mesmo lugar; y si éste también cae en el mar, que como a enemigo le aguarda, otro y otro le sucede, sin dar tiempo al tiempo de sus muertes: valentía y atrevimiento el mayor que se puede hallar en todos los trances de la guerra. Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero, y que, sin saber cómo o por dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala, disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor que hizo el fuego al disparar de la maldita máquina, y corta y acaba en un instante los pensamientos y vida de quien la merecía gozar luengos siglos. Y así, considerando esto, estoy por decir que en el alma me pesa de haber tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es esta en que ahora vivimos; porque, aunque a mí ningún peligro me pone miedo, todavía me pone recelo pensar si la pólvora y el estaño me han de quitar la ocasión de hacerme famoso y conocido por el valor de mi brazo y filos de mi espada, por todo lo descubierto de la tierra. Pero haga el cielo lo que fuere servido, que tanto seré más estimado, si salgo con lo que pretendo, cuanto a mayores peligros me he puesto que se pusieron los caballeros andantes de los pasados siglos.”

Pierre Menard. Don Quijote.

viernes, 1 de marzo de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






KAIETEUR


“En la cima de Kaieteur había una posada que se conservaba en buen estado. Había sido erigida, igual que la que se encontraba en Amatuk, cuando una compañía de Georgetown proyectó un servicio regular de turistas que ya no se llevaba a cabo. (Una mujer llamada McTurk había puesto todo su empeño dando facilidades a aquellos que quisieran subir, pero a estas alturas las cataratas no disponían de ningún responsable ni de instalaciones). Había varios nombres e iniciales grabados en la pared. Sobers dijo que traía buena suerte dejar alguna huella de la presencia allí. Gerry se mostró escéptico ante sus palabras.
--Muchos ya estar muertos –puntualizó.
La inscripción más reciente databa de enero de ese mismo año y decía: “Alfredo Sacramento, escritor y trotamundos murió aquí de hambre”.
Winter me había contado la historia de este hombre. Portugués, apareció en Georgetown en Navidad sin aspiraciones artísticas pero con ganas de ser un trotamundos. Vivía de vender postales firmadas con su autorretrato. No es la primera persona que conozco que se gana la vida de esta manera. En una ocasión conocí en Venecia a un danés barbudo que hacía lo mismo. De vez en cuando sale también alguna entrevista en los periódicos ingleses sobre alguien que ha circunnavegado la tierra con éxito de esta forma. La mayoría de estos viajeros llevan consigo una carta de recomendación, verdadera o falsa, escrita por algún catedrático, que, traducida a seis idiomas, pone de manifiesto ser una promesa literaria. Provistos de esta carta y de una maleta cargada de fotografías de sí mismos vestidos en traje de explorador, emprenden su viaje alrededor del mundo. No estoy seguro de si alguno de ellos escribe un libro al regresar a casa, pues la experiencia de estos viajeros se reduce mayoritariamente a una monótona ronda de visitas a los cafés a la caza de clientes, encarcelaciones y deportaciones, y colas en los consulados y en las oficinas de inmigración. (Le dimos una lista al danés barbudo de todas las direcciones y números a los que debía llamar cuando viniese a Inglaterra, pero a día de hoy todavía no he tenido noticias suyas).
Sacramento pronto agotó su paciencia y la curiosidad que sentía por Georgetown y charlando con unos negros en una licorería, estos le contaron las leyendas doradas acerca de la hospitalidad de los indios y de los rancheros. Quiso saber cómo llegar a aquellos lugares y los negros le explicaron que existía una carretera sin grandes dificultades y directa que llegaba hasta Brasil; en cada apeadero podría encontrar un poblado indio donde era poco probable que le compraran sus retratos pero en cambio se encargarían de darle de comer o de echarle una mano en lo que necesitase. El pobre hombre se creyó toda la historia y comenzó a informarse de cómo llegar hasta Kaieteur. Daba la casualidad de que se hospedaba por aquel entonces en Georgetown un doctor canadiense, que impulsado por las maravillas que había leído acerca de Kaieteur en una revista de divulgación, había decidido emprender viaje hasta la Guayana. Al llegar a la estación, el doctor pidió un billete hasta las cataratas. Defraudado pero decidido al descubrir que la expedición iba a ser mucho más compleja de lo que había imaginado, consiguió un barco que le llevara hasta allí. Los patrones de barco siempre agradecen que les echen una mano para subir el río de manera que Sacramento pudo obtener un pasaje gratis a cambio de remar y ayudarles con la carga. Realizó el viaje en compañía del doctor, que cuando hubo visitado las cataratas y sacado un carrete entero de fotos, bajó (rompiéndose accidentalmente una costilla por el camino) dejándole solo arriba del todo. Sacramento buscó la carretera prometida que debía recorrer los poblados indios pero pronto descubrió que en realidad no existía; el altiplano iba a parar a la impenetrable densidad del bosque; el único barco que había en el embarcadero era el de Winter, demasiado pesado para ser puesto a flote y menos aún para ser impulsado corriente arriba por una sola persona. Sacramento de pronto se encontró sin provisiones y sin posibilidad de salir de aquel lugar hasta que llegase el próximo turista, quizás dentro de seis meses.
Afortunadamente, Winter estaba de camino de vuelta a las excavaciones de diamantes y diez días más tarde se encontró al pobre Sacramento a punto de morir de inanición y envenenado al haber ingerido raíces y frutas del bosque. Winter se ocupó de alimentarle cada día aumentado progresivamente la dosis de comida hasta hacerle recuperar la salud, y entonces lo envió de vuelta a Amatuk en su barco, pero Sacramento no demostró excesiva gratitud por todo ello. Al recuperar las fuerzas recuperó también sus ansias de conocer mundo y no había manera de convencerle de que de ninguna forma podría alcanzar Brasil sin la ayuda de un guía y desprovisto de reservas como pensaba viajar, de que los indios vivían en asentamientos desperdigados y de que eran en realidad gente huraña, que no estaba dispuesta a dar comida a los extranjeros desconocidos incluso cuando podían permitírselo. Sacramento regresó convencido, vivo, pero lleno de resentimiento.”



Evelyn Waugh. 
Noventa y dos días. 
Ediciones del Viento.

jueves, 28 de febrero de 2013

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





             INVIERNO


Fino cielo de telaraña,
ceniza de perla.
Un gallo canta:
llama sobre la nieve.
Las murallas duermen,
redondas y blancas.
Roto ya el resorte del pueblo,
las voces caen
en almohadas de nardos.
Horas sin hierro.
Reloj de harina;
nieve.
Saldrá la luna,
como un gajo de melón,
fría y dulce.


                                    LUIS PIMENTEL

martes, 26 de febrero de 2013

OBITER DICTUM






“Cyril Tourneur nació de la unión de un dios desconocido con una prostituta. La prueba de su origen divino se encuentra en el ateísmo heroico bajo el cual sucumbió. Su madre le transmitió el instinto de la rebeldía y de la lujuria, el miedo a la muerte, el estremecimiento de la voluptuosidad y el odio a los reyes; de su padre heredó el amor por coronarse, el orgullo de reinar y la alegría de crear. Ambos le dieron su afición a la noche, a la luz roja y la sangre. Se ignora la fecha de nacimiento, pero apareció en una negra jornada de un año pestilencial.”


Marcel Schwob

domingo, 24 de febrero de 2013

Y EL OBOLO BAJO LA LENGUA






DE MISTERIO

¿Quién soy?
  Este intervalo de misterio
entre la rosa ardiente que corto para ti
y la rosa sombría que mi mano te tiende.


Miguel D´Ors

viernes, 22 de febrero de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




EL AFGANO



“--Ni siquiera sabe usted mi nombre –dijo mi Lirio--. Más vale que se lo aprenda por si luego preguntan. Además sentarme aquí fuera y con un jeque desconocido va a terminar con la reputación que me quede. No es que me importe mucho. Las reputaciones son como la flor de la vida. ¡tan frágiles que no merece la pena conservarlas!
Yo seguía sin saber qué hacer; la chica se acercó a mí de forma que pude ver el surco entre sus pechos. Aparté la mirada, pues iba a volverme loco. La sangre silbaba en mis oídos y ante mí había una niebla roja que hasta el momento sólo había aparecido cuando hundía mi cuchillo en la garganta de un enemigo.
         --Soy Nella Carson .--la oí decir--. Tengo veintitrés años, estoy sana de mente y cuerpo y… soy viuda.
Se inclinó hacia delante de forma que no podía verle la cara.
         --Mataron a Jim en Salónica, hace quince meses. Las cosas ocurren así, ¿sabe? Durante un tiempo pensé que era el fin del mundo, pero ahora, bueno, me he hecho más sabia. Maldito mundo, ¿verdad?
En ese momento ansiaba consolarla. Las lágrimas rodaban por sus mejillas y yo, que conocía los secretos del rifle y el cuchillo, me sentía impotente. Sin embargo, al final me volví hacia ella y, como si fuera un milagro, la encontré entre mis brazos. Apenas hacía media hora que la conocía. Ayer no la había visto jamás, pero en ese momento su fragancia me producía un nudo en la garganta.
         --Dime –susurré--. ¿no puedo consolarte?
Entonces encontré sus labios, pétalos de la pasión más pura, que se unieron a los míos y me llevaron al paraíso. Loado sea Alá, porque las mujeres son mujeres, ya sea en Kirmanshah o en Hampstead. Se recostó entre mis brazos con sus esbeltos miembros junto a los míos y podía sentir el latido de su corazón mientras me inclinaba a besar la perfumada blancura de su hombro. No sé cuanto tiempo permanecimos en ese jardín de huríes. Debió de ser bastante pues, cuando regresamos, muchos de los hombres “valiosos” se habían marchado, llevándose sus mujeres. Mi Lirio encontró a la anfitriona prácticamente sola en la sala de baile, y ésta le sonrió dulcemente.
         --¡Vaya conquista! –le oí decir--. Deberías ser un poquito más discreta, Nella querida. ¡Nunca se sabe lo que van a hacer estos extranjeros!
Habría matado a esa mujer si no hubiera recibido una dulce mirada de unos ojos azules que retorció mi corazón igual que el cocinero retuerce el pescuezo de una gallina.
         --¿Me acompañas a casa?—dijo mi Lirio, cuando estuvimos de nuevo bajo las estrellas.
Una calle se extendía vacía ante nosotros. Había pocas luces, pero de repente un taxi se detuvo junto a nosotros. De modo que fuimos a su casa juntos. No sé qué hora era, pues el tiempo nada tiene que ver con la pasión.”

Sirdar Ikbal Ali Shah. Solo en las noches de Arabia. Editorial Sufi. 1994.

domingo, 17 de febrero de 2013

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






CANCIÓN 4

Cuando termine la muerte,
si dicen a levantarse,
a mí que no me despierten.

Que por mucho que lo piense,
yo no sé lo que me espera
cuando termine la muerte.

No se incorpore la sangre
ni se mueva la ceniza
si dicen a levantarse.

Que yo me conformo siempre,
y una vez acostumbrado
a mí que no me despierten.


Manuel Alcántara

sábado, 16 de febrero de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE







OTRA CABEZA TATUADA



Mientras nuestros briosos caballos mantenían un trote regular sobre la polvorienta estepa, oí que mi Musfafá contaba a Tasim y Mr. Silverstein una de las leyendas orientales de su inagotable repertorio. Me interesó el relato porque una historia muy parecida se halla en la mitología griega. Dice así: Existió una vez un poderoso califa en Bagdad que tenía por nombre el de Khalil Raghman ¡que Alá lo bendiga! Mientras residía en Damasco, Alí tuvo conocimiento de las malas y vergonzosas acciones que estaban cometiendo los favoritos del sultán en esa ciudad. Como era mudo porque le habían cortado la lengua cuando se hallaba empleado en el harem de sus señor, Alí se hizo afeitar la cabeza. Pidió a un notario público que escribiese con tinta indeleble sobre su cráneo brillante la verdadera historia de tales crímenes. Luego se aplicó un poderoso específico para hacer crecer su cabello, y partió con una espesa melena que cubría su mensaje. Cuando regresó a Bagdad al cabo de un viaje lleno de contratiempos, se hizo rapar de nuevo la cabeza, e hincándose ante sus señor, curvó su cuello como para permitirle que leyese el mensaje que escrito estaba sobre su cráneo. El califa quedó tan agradado del precioso mensaje, que inmediatamente hizo que le cortaran la cabeza a Alí, la que guardó para futura referencia.
Al escuchar esta historia de Alí contada por Mustafá, decidí no afeitarme la cabeza para llevar al sultán mi mensaje con la relación de los delitos que algunos de sus subalternos estaban cometiendo en Armenia. Estaba seguro de que después de leerlo el soberano, posiblemente ordenaría que me decapitasen como Alí y guardaran mi cabeza para futuras consultas. Desde aquel momento decidí cerrar mi boca como una ostra en todas las cuestiones relativas a las matanzas de Armenia, hasta que pudiese escribir sobre ellas algún día, desde un lugar donde estuviese a salvo.
Me daba la impresión de que Mustafá había contado de propósito aquella historia. Esos orientales son prudentes. En mi fuero interno le estaba agradecido porque me salvó la vida después, probablemente en más de una ocasión… En el cercano oriente las paredes tienen oídos, pero las bocas llevan candados.

Rafael de Nogales Méndez. Memorias. Biblioteca Ayacucho.