miércoles, 21 de noviembre de 2012
lunes, 19 de noviembre de 2012
OBITER DICTUM
“La alta política de los estados europeos es incomprensible para
las inteligencias vulgares. Un día cualquiera, cuando creemos que no hay
mayores motivos para una conflagración internacional que en la víspera de ese
día y que en todos los días del año, resulta que sin saber cómo ni cuándo, ni
porqué la situación es gravísima; que el conflicto de los Dardanelos se ha
complicado; que la supremacía sobre el mar Báltico ha de dirimirse; que
Alemania no ve con buenos ojos --los ojos del káiser-- el flirt de Inglaterra
con Rusia y con Francia; que Austria e Italia se despegan de la triple alianza;
que en vista de la pequeñez de los mares, hay nación que desea arrendar el
Mediterráneo o el Atlántico o el Pacífico, para uso particular de sus barcos,
como si se tratara del estanque del Retiro; problemas terribles todos ellos
que, no preocupando ni poco ni mucho a nadie en particular, en cuanto ciudadano
inglés, alemán, francés, etc., tienen la virtud de preocupar a Inglaterra,
Alemania, Francia, etc., en cuanto naciones y estados. Váyase por los muchos
problemas que preocupan cada día a los ciudadanos de esos estados, sin que el
Estado se preocupe de ellos para nada.
De un lado va la historia grande, la que se escribe a cañonazos. De
otro la historia chica, la que no se escribe nunca, pero vive siempre. El
divorcio entre una y otra es mayor cada día; de tal modo, que bien puede
arriesgarse la siguiente definición. ¿Qué se entiende por grandes cuestiones de
política internacional?
--Las que no le importan a nadie en el mundo.”
Jacinto Benavente.
viernes, 16 de noviembre de 2012
miércoles, 14 de noviembre de 2012
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
EN POMERANIA
“El estallido de la pasada Guerra Mundial, con el que la etapa
consciente de mi vida comenzó de golpe y porrazo, me pilló como a la mayoría de
europeos: en plenas vacaciones de verano. Lo diré de entrada: la frustración de
estas vacaciones fue la peor consecuencia que toda la guerra pudo tener en mi
persona.
¡Cuán benigno fue el estallido repentino de la guerra anterior en
comparación con el acercamiento lento y martirizador de la que se avecina!
Aquel primero de agosto de 1914 acabábamos de decidir no tomarnos en serio todo
aquello y quedarnos disfrutando del veraneo. Estábamos en una finca muy
recóndita, situada en Pomerania Ulterior, entre bosques que yo, un pequeño
escolar, conocía y amaba como ninguna otra cosa en el mundo. El regreso desde
aquellos bosques a la ciudad, todos los años a mediados de agosto, era para mí
el acontecimiento más triste e insoportable del año, sólo comparable al saqueo
y la quema del árbol de Navidad tras la fiesta de Año Nuevo. El primero de
agosto todavía faltaban dos semanas para la vuelta: toda una eternidad.
Claro que durante los días previos habían sucedido cosas
inquietantes. El periódico traía algo inexistente hasta entonces: titulares. Mi
padre lo leía durante más tiempo que de costumbre; al hacerlo, mostraba un
semblante preocupado e insultaba a los austríacos cuando terminaba de leer. En
una ocasión el titular decía: «¡Guerra!». Yo oía constantemente palabras nuevas
cuyo significado desconocía y pedía que me explicaran con un montón de rodeos:
«ultimátum», «movilización», «alianza», «entente». Un mayor que vivía en la
misma finca y con cuyas dos hijas yo estaba en pie de guerra recibió de pronto
un «mandato», otra de esas palabras nuevas, y partió aprisa y corriendo.
También uno de los hijos de nuestro hostelero fue llamado a filas. Todos
corrieron unos metros tras el carruaje de caza que le conducía a la estación y
gritaron: «¡Sé valiente!», «¡Cuídate!», «¡Vuelve pronto!». Uno exclamó:
«¡Machaca a los serbios!», ante lo cual yo, pensando en lo que mi padre solía
manifestar tras leer el periódico, grité: «¡Y a los austríacos!». Me quedé muy
sorprendido al ver que todos se echaron a reír.
Más impresionado que entonces estuve al oír que también los
caballos más hermosos de la finca, Hanns y Wachtel, debían marcharse, pues
pertenecían a la «reserva de Caballería» (¡qué cantidad de explicaciones
necesitadas a su vez de explicación!). Yo amaba a cada uno de los caballos y el
hecho de que los dos más hermosos tuvieran que desaparecer de pronto fue como
si me clavaran un puñal en el corazón.
Sin embargo, lo peor de todo era que, en mitad de las
conversaciones, la palabra «regreso» surgía una y otra vez. «Tal vez debamos
regresar ya mañana.» Para mí esto sonaba igual que si hubieran dicho: «Tal vez
debamos morir ya mañana». ¡Mañana en vez de la eternidad de dos semanas!
Es sabido que por aquel entonces no existía la radio aún y el
periódico llegaba a nuestros bosques con veinticuatro horas de retraso. Además
traía mucha menos información de la que suele venir hoy en los diarios. Los
diplomáticos de entonces eran mucho más discretos que los de ahora… Y así fue
posible que justo el primero de agosto de 1914 decidiéramos que la guerra no
iba a tener lugar y que nos quedaríamos allí donde estábamos.
Jamás olvidaré aquel primero de agosto de 1914, y el recuerdo de ese
día siempre me provocará una profunda sensación de tranquilidad, de tensión
aliviada, de «todo irá bien». Así de extraña puede resultar la «experiencia de
la historia».
Fue un sábado, con toda la maravillosa placidez propia de un sábado
en el campo. La jornada de trabajo había concluido, en el aire sonaba el
repiqueteo de los rebaños que regresaban a casa, el orden y el silencio se
extendían por toda la finca, los mozos y las criadas se aseaban en sus cuartos
para ir a divertirse a algún baile vespertino. Pero abajo, en la sala de las
cornamentas de ciervos que colgaban de las paredes y los utensilios de estaño y
platos de loza pulida colocados sobre los estantes, encontré a mi padre y al
dueño de la finca, nuestro hostelero, que, sentados en butacas bajas, mantenían
una conversación juiciosa en la que valoraban con mesura la situación. Es
evidente que no comprendí mucho de lo que dijeron y además lo he olvidado por
completo. Lo que no he olvidado es lo tranquilas y reconfortantes que sonaban
sus voces: la de mi padre, más aguda, y el bajo grave del dueño; la confianza
que inspiraba el humo oloroso de los puros que fumaban con lentitud y que
ascendía en el aire formando pequeñas columnas delante de ellos y cómo, cuanto
más hablaban, más claro, mejor y más calmado se volvía todo. Sí, finalmente, la
conclusión de que no podíamos estar en guerra resultó casi irrebatible y, por
tanto, no nos dejaríamos intimidar, sino que permaneceríamos allí hasta que
terminaran las vacaciones, como siempre.
Cuando hube escuchado esto salí con el corazón henchido de alivio,
alegría y gratitud y, casi con devoción, contemplé la puesta de sol sobre los
bosques, que entonces volvieron a pertenecerme. El día había estado nublado,
pero cerca del atardecer había ido clareando cada vez más y entonces el sol,
dorado y rojizo, surcaba el azul más puro, anunciando la llegada de un nuevo
día despejado.
¡Estaba seguro de que igual de claros serían los eternos catorce
días de vacaciones que volvía a tener por delante!
Cuando me despertaron al día siguiente, el equipaje se iba haciendo
a marchas forzadas. Al principio no entendí absolutamente nada de lo ocurrido;
la palabra «movilización» no me decía nada, a pesar de que habían intentado
explicármela unos días antes. Pero había poco tiempo para cualquier
explicación, pues ya a mediodía debíamos liar los bártulos; no era seguro que
hubiese algún tren disponible más tarde. «Hoy va todo al cero coma cinco», dijo
nuestra eficiente criada; un dicho cuyo auténtico significado sigo sin tener
claro, pero en todo caso aludía a que todo estaba patas arriba y cada cual
tendría que arreglárselas solo. Así, fue posible que me escapara sin que se
dieran cuenta y corriera hacia los bosques, donde me encontraron cuando casi
era demasiado tarde para partir, sentado sobre un tocón, con la cabeza entre
las manos, llorando desconsolado y sin la menor muestra de comprensión ante el
argumento consolador de que estábamos en guerra y de que todos teníamos que
hacer un sacrificio. Me metieron en el coche como pudieron y, tirados por dos
caballos castaños al trote --que no eran Hanns ni Wachtel, pues ya se habían
ido--, nos pusimos en marcha dejando atrás unas nubes de polvo que lo cubrían
todo. Nunca he vuelto a ver los bosques de mi infancia.”
Sebastian Haffner. Historia de un alemán. Ediciones Destino.
martes, 13 de noviembre de 2012
lunes, 12 de noviembre de 2012
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
EL SINDICALISTA Y EL CORONEL
“Inició una nueva vida. Cuando hablaba a
los chilotes, su voz abría las compuertas a los resentimientos de siglos. En su
juventud o en su inocencia mesiánica había algo que los inducía a realizar
actos de abnegación primero, y de violencia después. Quizá lo confundían con el
salvador blanco que les prometían las leyendas folclóricas.
Los exhortaba a abandonar el trabajo y le
obedecían; incluso se sumaron a la marcha que convocó para conmemorar el
undécimo aniversario del fusilamiento de Francisco Ferrer en Montjuic,
Barcelona. (Soto les dijo a los chilotes que rendían homenaje al educador
catalán tal como los católicos se lo rendían a la Doncella de Orleáns o los
musulmanes a Mahoma.) Puesto que concebía toda la vida como una sórdida lucha
económica, no hacía concesiones a las clases pudientes. Extorsionaba a los
hoteleros, a los comerciantes y a los criadores de ovinos. El precio que les
cobraba para levantar el boicot consistía en obligarlos a humillarse, y cuando
ellos aceptaban sus condiciones, Soto se limitaba a aumentar la presión y
multiplicar las injurias.
Los esfuerzos encaminados a silenciarlo
fracasaron y la cárcel tampoco podía retenerlo, porque su facción era demasiado
fuerte. Una noche un cuchillo brilló en una calle desierta, pero la hoja chocó
con el reloj que llevaba en el bolsillo de chaleco, y el asesino mercenario
huyó. El fracaso del atentado no hizo más que confirmar su sentimiento de que
estaba llamado a cumplir una misión. Convocó a una huelga general para derrocar
los poderes que gobernaban Santa Cruz, sin darse cuenta de que su base de
sustentación se había reducido. Los sindicalistas locales se reconciliaron con
los patrones y se burlaron de su delirante falta de espíritu práctico. Soto los
acusó a su vez de ser rufianes al servicio del burdel La Chocolatería.
Aislado del ala moderada, Soto inició la
revolución por su cuenta. Sus aliados fueron agitadores que difundían sus ideas
mediante la acción y no mediante las palabras. Se autodenominaban el Consejo
Rojo y sus líderes eran italianos: un desertor toscano y un piamontés que había
fabricado pastorcillas en una manufactura de porcelana de Dresde. El Consejo
Rojo atacó las estancias con un contingente de quinientos jinetes belicosos:
saqueaban armas, víveres, caballos y bebida; liberaban a los chilotes de sus
inhibiciones; dejaban atrás pilas de chatarra retorcida por el fuego; y volvían
a dispersarse en la estepa.
Ritchie envió una patrulla para que
investigara lo que ocurría, pero sus miembros cayeron en una emboscada. Los
rebeldes mataron a dos policías y un chófer. Un subalterno llamado Jorge Pérez
Millán Temperley, que en realidad era un joven aristócrata con debilidad por
los uniformes, recibió un balazo en los genitales. Los bandidos lo obligaron a
cabalgar con ellos, y el dolor lo desquició definitivamente.
El 28 de enero de 1921, el Regimiento de
Caballería del Ejército Argentino zarpó de Buenos Aires con la orden, dada por
el presidente Yrigoyen, de pacificar la provincia. El oficial que mandaba la
tropa era el teniente coronel Héctor Benigno Varela, un militar menudo de
ilimitado patriotismo, estudioso de la disciplina prusiana, que quería que sus
hombres se portaran como tales. Al principio, Varela contrarió a los
terratenientes extranjeros, porque su programa de pacificación consistía en
indultar a todos los huelguistas que entregaran las armas. Pero cuando Soto
salió de su escondite y proclamó la victoria total sobre la propiedad privada,
el ejército y el Estado, el coronel intuyó que había hecho un papel ridículo y
sentenció:
–Si esto empieza de nuevo, volveré y los
fusilaré a todos.
Los pesimistas acertaron. Durante aquel
invierno, los huelguistas se movilizaron a lo largo de toda la costa,
saquearon, incendiaron, formaron piquetes e impidieron que los funcionaros se
embarcaran. Y cuando llegó la primavera, Soto planeaba su segunda campaña con
tres nuevos lugartenientes (el Consejo Rojo había caído en una emboscada):
Albino Argüelles, un funcionario socialista; Ramón Outerelo, un bakuninista y
ex camarero; y un gaucho al que, por las dimensiones de su cuchillo, llamaban
Facón Grande. Soto seguía creyendo que el gobierno era neutral y ordenó a cada
lugarteniente que ocupara un sector del territorio, que realizase incursiones y
que tomara rehenes. Soñaba, en secreto, con una revolución que se irradiaría
desde la Patagonia
y abarcaría el país. No era muy listo. Tenía un carácter frío y austero. Por la
noche se iba a dormir solo. Los chilotes necesitaban un líder que compartiese
cada parcela de sus vidas y empezaron a desconfiar de él.
Esta vez el doctor Borrero brilló por su
ausencia. Tenía amoríos con la hija de un estanciero y aprovechó la caída del
precio de la tierra para comprar su propio campo. Entonces se descubrió que,
durante todo el tiempo, había estado a sueldo de La Anónima, la compañía de
los Braun y los Menéndez. Los anarquistas notaron su deserción y escarnecieron
a los «degenerados que alguna vez fueron socialistas, bebiendo en los bares a
expensas de los trabajadores, y que hoy, como auténticos Tartufos, claman por
el exterminio de sus antiguos camaradas».
El presidente Yrigoyen convocó a Varela
por segunda vez y lo autorizó a utilizar «medidas extremas» para doblegar a los
huelguistas. El coronel desembarcó en Punta Loyola el 11 de noviembre de 1921 y
empezó a requisar caballos. Interpretó sus instrucciones como un permiso tácito
para desencadenar un baño de sangre, pero como el Congreso había abolido la
pena de muerte, él y sus oficiales debieron exagerar el potencial de los
chilotes, describiéndolos como «fuerzas militares, perfectamente armadas y
mejor provistas aún de municiones, enemigas del país donde viven». Arguyeron
que Chile había instigado la huelga, y cuando capturaron a un anarquista ruso
con una libreta llena de caracteres cirílicos, la interpretaron como la prueba
de que ésa era la mano roja de Moscú.
Los huelguistas se dispersaron sin
combatir. No estaban bien pertrechados y ni siquiera sabían usar las armas que
tenían. El ejército difundió comunicados sobre enfrentamientos armados y
arsenales capturados. Pero el Magellan Times publicó por única vez una
información veraz: «Varias bandas de rebeldes se han rendido, al descubrir que
la suya era una causa perdida, y los malos elementos que se contaban entre sus
miembros han sido fusilados».
En cinco oportunidades distintas los
soldados consiguieron que los huelguistas capitularan, tras prometerles que les
respetarían la vida. En las cinco, los fusilamientos comenzaron después.
Ejecutaron a Outerelo y Argüelles. Varela mató a Facón Grande en la estación
Jaramillo, dos días después de que lo hubieran dado por muerto en combate.
Fusilaban a centenares de hombres que caían en las tumbas que ellos mismos
habían cavado, o los acribillaban y apilaban los cadáveres sobre hogueras del
arbusto llamado «mata negra», de modo que el olor de la carne quemada y la
resina de madera se esparcía por las pampas.”
Bruce Chatwin. En la Patogonia. Muchnik Editores.
domingo, 11 de noviembre de 2012
OBITER DICTUM
“La
importancia de este socialismo y comunismo crítico utópico, está en razón
inversa al desarrollo histórico de la sociedad. Al tiempo que la lucha de
clases se define y acentúa, va perdiendo importancia práctica y sentido
teórico, esa fantástica posición de superioridad respecto a ella, esa fe
fantasiosa en su supresión. Por eso, aunque algunos de los autores de estos
sistemas socialistas, fueran en muchos aspectos verdaderos revolucionarios, sus
discípulos forman hoy día sectas indiscutiblemente reaccionarias, que tremolan
y mantienen impertérritas las viejas ideas de sus maestros, frente a los nuevos
derroteros históricos del proletariado. Son pues consecuentes siguiendo las
doctrinas de sus maestros, pues pugnan por mitigar la lucha de clases y por
conciliar lo que es irreconciliable. Siguen soñando con la realización
experimental de sus utopías sociales como la fundación de falansterios, con la
colonización interior, con la creación de una pequeña Icaria, edición en
miniatura de una nueva Jerusalén. Para levantar todos estos castillos en el
aire, no tienen más remedio que apelar a la filantrópica generosidad de los
corazones y los bolsillos burgueses. Poco a poco van cayendo a la categoría de
los socialistas reaccionarios o conservadores, de los cuales sólo se distinguen
por su sistemática pedantería y por una fanática fe supersticiosa en los
efectos milagrosos de su ciencia social.”
Karl
Marx
sábado, 10 de noviembre de 2012
viernes, 9 de noviembre de 2012
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
EN EL PALACIO DEL ZAR
“A la mañana siguiente, el domingo 11 de
noviembre (29 de octubre), con las campanas de todas las iglesias al vuelo, los
cosacos entraron en Tsárskoe Seló. Kerenski en persona montaba caballo blanco.
Desde la cumbre de un pequeño altozano podían ver las agujas doradas y cúpulas
de colores, la enorme masa gris de la capital, que se extendía por la monótona
planicie y tras ella las aguas aceradas del Golfo de Finlandia.
No hubo combate. Pero Kerenski cometió un
error fatal. A las siete de la mañana envió al Segundo Regimiento de Tiradores
de Tsárskoe Seló la orden de deponer las armas. Los soldados respondieron que
permanecerían neutrales, pero no querían desarmarse. Kerenski les dio diez
minutos para reflexionar. Esto enfureció a los soldados; llevaban ya ocho meses
gobernándose ellos mismos con sus comités al frente y ahora olía a viejo
régimen… A los pocos minutos la artillería cosaca abrió fuego sobre los
cuarteles y mató a ocho hombres. Desde este momento en Tsárskoe no quedó ni un
soldado “neutral”…
Petrogrado se despertó del estruendo de
la fusilería y el ruido de pasos de hombres en marcha. Bajo el cielo gris
soplaba un viento frío, presagiando nieve. Al amanecer, fuertes destacamentos
de junkers ocuparon el Hotel Militar y la Central de Telégrafos, pero, tras un sangriento
combate, fueron desalojados. La Central
Telefónica fue asediada por los marinos, que se guarecían en
las barricadas de toneles, cajones y planchas de lata en medio de la Morskaya o en la esquina
de la Gorójovaya
y la Plaza de
San Isaac, disparando a todos los que cruzaban a pie o en vehículo. De vez en
cuando pasaba un automóvil con la bandera de la
Cruz Roja. Los marinos no lo tocaban…
Albert Rhys Williams estuvo en la Central Telefónica.
Fue allí en un automóvil de la Cruz Roja ,
supuestamente lleno de heridos. Después de circular por toda la ciudad, el
automóvil llegó por callejas laterales a la Escuela de Oficiales Mijaíl, cuartel general de
la contrarrevolución. En el patio de la escuela había un oficial francés, que
parecía mandar en todo… Por este medio llevaban municiones y víveres a la Central Telefónica.
Decenas de supuestas ambulancias servían a los junkers para la comunicación y
el avituallamiento…
Tenían en sus manos cinco o seis
blindados de la disuelta División de Autos Blindados Ingleses. Cuando Luis
Bryant iba por la Plaza
de San Isaac se cruzó con un de ellos, que se dirigía del Almirantazgo a la Central Telefónica.
En la esquina de la Calle
de Gógol el auto se detuvo, justamente enfrente de ella. Varios marinos,
parapetados tras pilas de leña, abrieron fuego. La ametralladora de la torreta
del blindado giro a todos lados, disparando a mansalva contra las pilas de leña
y la gente. Bajo el arco donde se encontraba miss Bryant resultaron siete
muertos, entre ellos dos niños. De pronto los marinos saltaron gritando de la
barricada y se arrojaron impetuosamente, rodearon la enorme máquina y empezaron
a hundirle las bayonetas por todas las rendijas sin hacer caso de los tiros… El
chófer del blindado simuló estar herido, los marinos lo dejaron en paz y él
corrió a la Duma ,
a completar los relatos de las atrocidades bolcheviques… Entre los muertos
había un oficial inglés…
Más tarde los periódicos comunicaron que
en el blindado de los junkers había sido capturado un oficial francés, que fue
conducido a la fortaleza de Pedro y Pablo. La Embajada Francesa
desmintió inmediatamente la noticia, pero uno de los concejales de la Duma me dijo que él mismo
había gestionado la libertad de este oficial… Sea como fuese la actitud oficial
de las embajadas aliadas, algunos oficiales ingleses y franceses se condujeron
en estos días muy activamente, llegando incluso a participar como expertos en
las reuniones del Comité de Salvación…
Todo el día en distintas partes de la
ciudad se libraron escaramuzas entre junkers y guardias rojos y batallas de
autos blindados. Lejos y cerca se oían descargas, tiros sueltos, tableteo de
ametralladoras. Los cierres metálicos de las tiendas estaban echados, pero la
venta continuaba. Incluso los cinematógrafos, con las luces exteriores
apagadas, funcionaban y estaban llenos de espectadores. Los tranvías circulaban
como siempre. Funcionaba el teléfono. Llamando a la Central se podía oír
claramente el tiroteo. Los aparatos del Smolny habían sido desconectados, pero la Duma y el Comité de Salvación
mantenían comunicación telefónica constante con todas las escuelas de junkers y
también con Kerenski en Tsárskoe Seló.”
jueves, 8 de noviembre de 2012
miércoles, 7 de noviembre de 2012
ALLÁ EN LAS INDIAS
ZULA Y CILAPULAPU
“Cuando alguno de nosotros bajaba a tierra, ya fuese de
día o de noche, encontraba siempre indígenas que lo invitaban a comer y a
beber. Comen sus guisados a medio cocer, en extremo salados, lo que les incita
a beber mucho, y en efecto beben muy a menudo, sorbiendo por medio de tubos de
caña el vino contenido en los vasos. Gastan ordinariamente en comer cinco o
seis horas.
En esta isla hay varias aldeas, cada una
de las cuales tiene algunos personajes respetables que hacen de jefes. He aquí
los nombres de las aldeas y de sus respectivos jefes: Cingapola; sus jefes son Cilaton,
Ciguibucan, Cimaninga, Cimaticat, Cicanbul; Mandani, que tiene por jefe a
Ponvaan; Lalan, cuyo jefe es Seten; Lalutan, que tiene por jefe a Japau;
Lubucin, cuyo jefe es Cilumai. Todas estas aldeas estaban bajo nuestra
obediencia y nos
pagaban una especie
de tributo.
Cerca de la isla de Zubu hay otra
llamada Matan, que posee un puerto del mismo nombre, donde anclaban nuestras
naves. La principal aldea de esta isla se llama también Matan, cuyos jefes eran
Zula y Cilapulapu. En esta isla era donde estaba situada la aldea de Bulaya,
que quemamos.
Viernes veintiseis de abril, Zula, uno
de los jefes de la isla de Matan, remitió al comandante, con uno de sus hijos,
dos cabras, con encargo de decirle que si no le enviaba todo lo que le había
prometido, no era culpa suya sino del otro jefe llamado Cilapulapu, que no
quería reconocer la autoridad del rey de España; pero que si a la noche
siguiente quería despachar en su auxilio una chalupa con hombres armados, se
comprometía a batir y subyugar enteramente a su rival.
Con este mensaje, el comandante se resolvió
a ir allí en persona con tres chalupas, y aunque le rogamos que no fuese, nos
respondió que, como buen pastor, no debía abandonar su rebaño.
Partimos a media noche, provistos de coraza
y de casco, en número de sesenta, el rey cristiano, el príncipe su yerno y
varios jefes de Zubu, con cierto número de hombres armados que nos siguieron en
veinte o treinta balangayes: y habiendo llegado a Matan tres horas antes de que
aclarase, el comandante resolvió no atacar, sino que envió a tierra al moro
para que dijese a Cilapulapu y a los suyos que si querían reconocer la soberanía
del rey de España, obedecer al rey cristiano de Zubu, y pagar el tributo que
acababa de pedírseles, serían considerados como amigos, y que en caso
contrario, conocerían la fuerza de nuestras lanzas. Los isleños no se
amedrentaron con nuestras amenazas, respondiendo que tenían también lanzas,
aunque sólo de cañas puntiagudas y estacas endurecidas al fuego. Pidieron sólo
que no se les atacase durante la noche porque con los refuerzos que esperaban se
habían de hallar en mayor número: lo que decían maliciosamente para
animarnos a que los atacásemos inmediatamente, con la esperanza de que
caeríamos en los fosos que habían excavado entre la orilla del mar y sus casas.”
Antonio Pigafetta. Primer viaje
alrededor del globo. Fundación Civiliter.
sábado, 3 de noviembre de 2012
jueves, 1 de noviembre de 2012
miércoles, 31 de octubre de 2012
ALLÁ EN LAS INDIAS
TANTOS RIESGOS
“En la parte de América que son las Indias de Castilla he
pisado todos sus reinos y provincias: Cartagena, Santamaría, Veragua,
Nicaragua, Santafé, nuevo reino de Granada, Antioquía, Popayán, reino de Quito,
y en las provincias de los Quijos cogí otra gran copia de fruto de los
idólatras de guerra, donde por la inmensidad de los excesivos trabajos me fue
necesario cargar hasta en los hombres, poniendo la vida a tantos riesgos, y
gastar tanta cantidad de hacienda, donde poblé doce pueblos de aucaes,
baptizándolos y enseñándolos. Anduve todo el Pirú, hasta Potosí, Charcas, Cuzco,
Lima y otras provincias; toda la Nueva España, hasta Acapulco, Brasil, Río de
la Plata, Tucumán, Paraguay, con algunos puertos del estrecho de Magallanes,
por donde quise entrar y no pude, y tanta infinidad de islas. Y la quinta parte
del mundo, que es la Magalánica o tierra incógnita, toqué por la parte de hacia
el mar del Norte, cerca del estrecho de Magallanes, en dos puertos.”
Pedro Ordóñez de
Ceballos.
Viaje del Mundo.
Viaje del Mundo.
domingo, 28 de octubre de 2012
OBITER DICTUM
“Pues el falo es un
significante, un significante cuya función, en la economía intrasubjetiva del
análisis, levanta tal vez el velo de la que tenía en los misterios. Pues es el
significante destinado a designar en su conjunto los efectos del significado,
en cuanto el significante los condiciona por su presencia de significante.”
Jacques
Lacan
sábado, 27 de octubre de 2012
viernes, 26 de octubre de 2012
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
STALKY EN CHINA
“En agosto de 1900
mi esposa había soportado tres temporadas de calor
tórrido en Peshawar, Delhi y Jhansi y se había mudado de casa cinco veces,
había sufrido fiebre tifoidea y contribuido con su primer artículo al
importante periódico The Jhansi Herald.
Tras empezar con tal mal pie en la India , a esas alturas debería odiarla; pero no
hay quien entienda a las mujeres, y la vida de calor y polvo, de incomodidades
y agitaciones, la llenó de amor al país. Fue mala suerte, porque el destino nos
deparaba una sexta mudanza, en esa ocasión fuera de la India.
A principios de mes mi regimiento fue enviado a China para
participar en la expedición contra los bóxers. Mi esposa viajó a Inglaterra,
mientras yo me incorporé al regimiento en un barco que esperaba en Calcuta.
Tuvimos una travesía malísima y nos sorprendió un tifón cerca de
Hong-Kong, horrible para todos, especialmente para los soldados, muy pocos de
los cuales habían visto el mar antes.
Desembarcamos en Weihaiwei, donde estuvimos una semana. Todo nos
pareció bastante tranquilo, aunque nos ordenaron realizar marchas por el campo
para impresionar a los nativos.
Lo primero que observamos fue que estábamos en una tierra de
cerdos. Nunca vi tantos cerdos en mi vida, ni antes ni después.
En la India
apenas veíamos cerdos, excepto jabalíes, si bien de vez en cuando degustábamos
jamón en el comedor de oficiales, importado de Inglaterra.
En los países mahometanos hay que tener mucho cuidado con los
cerdos, porque los seguidores del Profeta no sólo consideran impuro el cerdo, sino
que el mero hecho de verlo o de pensar en él les afecta. ¡Qué raros somos los
humanos! Recuerdo una ocasión en un atestado vagón de segunda; un hermano
oficial intento evitar que entrase un caballero mahometano enseñándole un
cerdito de plata que colgaba de la cadena de su reloj. Y lo consiguió.
¡Y cómo sufrían nuestros pobres mahometanos en China! El país
estaba lleno de cerdos. Sus gruñidos se oían en los patios de todas las casas,
trotaban por los caminos, los chinos llevaban lechones vivos o muertos en
cestos, y no les importaba lo más mínimo que sus animales tropezasen con los
transeúntes.
En nuestra primera marcha la compañía de cabeza se situó de repente
en el lado izquierdo de la carretera sin órdenes previas para evitar a dos de
esos monstruos que trotaba pacíficamente por el lado derecho. Pero al retirarse
estuvieron a punto de chocar con un chino que llevaba medio cerdo a cuestas. Se
desplazaron entonces al medio de la carretera, donde se encontraron con un
sonriente chino que portaba cuatro lechones en cestas colgadas de un yugo.
La fuerte impresión produjo una reacción natural, y en muy poco
tiempo los hombres dejaron de preocuparse por los cerdos y empezaron a verlos
como unos animales más. También nuestros hindúes, educados en el sistema de
castas, sufrieron al verse en un país de trescientos cincuenta millones de
habitantes donde no había ninguna casta.
Uno de los principales inconvenientes de las castas se relaciona
con la comida. En la India
hay miles de castas distintas, y ninguna puede comer alimentos de otra casta o
que hayan sido tocados por otra casta.
Cuando nos dispusimos a comer en mitad de la primera marcha, un
sonriente chino se agachó a nuestro lado y aceptó muy contento los huesos de
pollo que tirábamos después de roerlos a conciencia. En aquel país de gente
espabiladísima no se desperdiciaba nada.
Un oficial indio me dijo indignado: «No me extraña que aquí no haya
cuervos ni buitres. Los chinos no les dejan nada que comer».”
Lionel C.
Dunsterville. Las aventuras de Stalky. Ediciones del Viento.
jueves, 25 de octubre de 2012
martes, 23 de octubre de 2012
lunes, 22 de octubre de 2012
OBITER DICTUM
“La diferencia entre la vanidad y el
orgullo está en que el orgullo es un convencimiento absoluto de nuestra
superioridad en todas las cosas. Por el contrario, la vanidad es el deseo de
despertar en los demás esa persuasión, con una secreta esperanza de dejarse a
la larga convencer a sí mismo. El orgullo tiene, pues, origen en un
convencimiento interior y directo que se tiene de su propia valía. Por el
contrario la vanidad busca apoyo en la opinión ajena para llegar a la propia
estimación. La vanidad hace parlanchín; el orgullo hace silencioso.”
Arthur Schopenhauer
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