domingo, 9 de octubre de 2011

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





UN TEATRO EN SHANGHAI


“Mientras me abría camino entre la muchedumbre, en China, llegué a lo que fue una llanura fangosa en la desembocadura del Whangpoo. Traficantes de opio y de té habían construido una pequeña ciudad y ese asentamiento, conocido como Shanghai, había ido creciendo. En realidad, era China, pero una China en la que se veían pancartas que anunciaban: «Prohibida la entrada a los perros y a los chinos». Aparentemente, la ciudad era la imagen del orden: dividida en sectores, en cada uno de ellos los súbditos tenían sus propios tribunales y, hasta 1923, sus estafetas de Correos, donde las cartas llevaban sellos emitidos en Estados Unidos, Hong Kong, Francia, Japón, Rusia, Alemania e incluso India.
Sin embargo, bajo esa apariencia, las cosas eran muy distintas y eso era lo que me interesaba. Ahora mi guía –un funcionario consular—tenía todas las condiciones de su puesto. Era una verdadera autoridad en lo que tenía que ver con la ciudad. Se enteraba de todo lo que pasaba en Shanghai y enseguida me di cuenta de sus vastos conocimientos de los bajos fondos.
Fuera de esta excursión, pase malos momentos en un teatro muy agitado que estaba en la intersección de la carretera del Tíbet y de la avenida de Eduardo II, llamado «El gran mundo». Ese mundo tan extenso no era para los «diablos extranjeros», sino para los chinos. Merece ser descrito porque cuando los japoneses invadieron Shanghai, fue destruido por (curiosamente) bombas lanzadas desde aviones chinos y en un momento en que estaba lleno de gente, lo que provocó más de mil muertos y heridos.
El recinto tenía seis pisos que se llenaban de vida y de bullicio; de todas las diversiones que se puedan imaginar, inventadas por el pueblo chino. Al entrar en ese tumulto, no había posibilidad de retroceder, aunque se quisiera. En la primera planta, había mesas de juego, chicas que cantaban, magos, carteristas, tragaperras, fuegos de artificio, jaulas con pájaros, abanicos de todo tipo, palos con incienso y jengibre. Más arriba, restaurantes, una docena de troupes de actores, insectos en jaulas, celestinas, matronas, peluqueros y curanderos especialistas en sacar tapones de cera. En la tercera planta, prestidigitadores, puestos de plantas medicinales, heladerías, fotógrafos, grupos de muchachas con vestidos abiertos que dejaban al descubierto los muslos y, como último acontecimiento, varias filas de váteres (los funcionarios que se encargaban de aquellas instalaciones sanitarias aconsejaban a los clientes no agacharse y tomar una postura acorde con los aparatos de plomo importados). En la cuarta planta había salones de tiro al blanco y otros juegos, norias giratorias, tumbonas de masaje, gabinetes de acupuntura, distribuidores de toallas calientes, pescado mareado y pistas de baile atendidas por toda una tribu de productores de música, en competencia unos con otros para aclarar quién podría aturdir mejor a los demás con el ruido. En la quinta planta había ocasión de pretender a chicas para todos los gustos, con vestidos abiertos hasta las axilas. Pero también se podía contemplar una ballena llena de paja o escuchar a los narradores de hazañas pasadas. Había muchos globos, máscaras y espectáculos en miniatura que se podían observar con anteojos. Por último, llamaba la atención un laberinto lleno de espejos, estaños objetos de goma y un templo lleno de dioses feroces y palos aromáticos.
En la última planta de esta casa de infinitos deleites, una amalgama de artistas caminaba de un sitio a otro sobre cuerdas tensadas. Había también columpios, juegos de ajedrez, de mahjong, tracas, lotería y agencias matrimoniales. Cuando me abría paso para bajar, me enseñaron un espacio vacío donde decían que cientos de chinos habían acelerado su bajada tirándose a la calle desde el tejado, tras dejar en el juego sus últimas monedas. Ingenuamente pregunté la razón por la que no había una barandilla en ese lugar para evitar consecuencias tan trágicas, me respondieron con otra pregunta: ¿Cómo puede usted evitar que un hombre se mate?». Pues sí: «¿Cómo se puede evitar que los hombres se maten y maten a los demás?”

Josef von Sternberg. Memorias. Ediciones JC CLEMENTINE.

sábado, 8 de octubre de 2011

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






CANCIÓN PARA FRANQUEAR LA SOMBRA

Un día nos veremos
al otro lado de la sombra del sueño.
Vendrán a ti mis ojos y mis manos
y estarás y estaremos
como si siempre hubiéramos estado
al otro lado de la sombra del sueño.


José Angel Valente.

jueves, 6 de octubre de 2011

OBITER DICTUM




“Únicamente un hombre que trabaja como Trotsky, que se cuida tan poco como Trotsky, que puede hablar a los soldados como Trotsky puede hacerlo, sólo un hombre así, podía ser el abanderado del pueblo trabajador en armas. Ha sido todo esto en una sola persona. Ha reflexionado sobre los consejos estratégicos dados por los expertos militares y los ha combinado con una evaluación correcta de la relación entre las fuerzas sociales; ha sabido unir en un movimiento único los avances de catorce frentes, de diez mil comunistas que informaban al cuartel general sobre lo que era en realidad el ejército y sobre la forma en que uno podía aprovecharse de él; comprendía cómo había que combinar todo esto en un único plan estratégico y un plan de organización única. Y, en el curso de este espectacular trabajo, comprendía mejor que nadie como tenía que aplicar su conocimiento de la significación del factor moral en la guerra.”


Karl Radek

martes, 4 de octubre de 2011

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





PARA EL FIN DEL TIEMPO


Que ya es tarde. Y más bien estamos muertos.
¿Qué haces, entonces, dime, y a qué vienes?

(Ya habrás mordido el día, como el perro
muerde a oscuras el nombre de los meses.)

No vengas más. No necesito a nadie
que pisotee mi sombra y tenga al llanto
de pie en mi puerta, oyéndome la sangre.

¡Qué no bebí! Amor y muerte a tragos.

Tú lo sabes. Soy un ayer de astillas
clavado en este humo que levanta
mi raza de fantasmas y cenizas.

No preguntes por mí. Cercena para
siempre tu corazón y el mío. Déjalos
como el día y la noche del olvido.


Juan Bañuelos

domingo, 2 de octubre de 2011

ALLÁ EN LAS INDIAS




EL ÚLTIMO SEÑOR


         “El noveno rey de México fue Moteccuzoma, segundo de este nombre, y reinó diecinueve años y en su tiempo hubo grande hambre; por espacio de tres años no llovió, por lo cual los de México se derramaron a otras tierras; y en su tiempo también aconteció una maravilla en México, en una casa grande donde se juntaban a cantar y a bailar, porque una viga muy grande que estaba atravesada encima de las paredes cantó como una persona este cantar: Ueya noqueztepule uel tomitotía, atlan tiuétztoz, que quiere decir: ¡guay de ti, mi anca, baila bien que estarás echada en el agua! Lo cual aconteció cuando la fama de los españoles ya sonaba en esta tierra de México. En su tiempo del mismo Moteccuzoma, el diablo que se nombraba Cihuacóatl de noche andaba llorando por las calles de México, y lo oían todos diciendo: “¡Oh hijos míos, guay de mí, que ya os dejo a vosotros!...”. Acaeció otra señal en este tiempo de Moteccuzoma: que una mujer vecina de Tenochtitlan murió de una enfermedad y fue enterrada en el patio, y encima de su sepultura pusieron unas piedras, la cual resucitó después de cuatro días de su muerte, de noche, con grande miedo y espanto de los que se hallaron allí, porque se abrió la sepultura y las piedras derramáronse lejos; y la dicha mujer que resucitó fue a casa de Moteccuzoma, y le contó todo lo que había visto, y le dijo: “La causa porque he resucitado es para decirte que en tu tiempo se acabará el señorío de México, y tú eres el último señor, porque vienen otras gentes y ellas tomarán el señorío de la tierra y poblarán en México”. Y la dicha mujer que resucitó después vivió otros veintiún años y parió otro hijo. El dicho Moteccuzoma conquistó estas provincias: Icpatépec, Cuezcoma, Ixtlahuacan, Coznllan, Tecomaixtlahuacan, Zacatépec, Tlachquiauhco, Yolloxonecuilan, Atépec, Mictlan, Tlaoapan, Nopallan, Iztaclalocan, Cuextlan, Quetzaltépec, Chichiualtatacalan. En su tiempo también, ocho años antes de la venida de los españoles, veíase, y espantábanse las gentes, porque de noche se levantaba un gran resplandor como una llama de fuego, y duraba toda la noche, y nacía de la parte de oriente y desaparecía cuando ya quería salir el sel; y esto se vio cuatro años arreo, siempre de noche, y desapareció después de cuatro años antes de la venida de los españoles. Y en tiempo de este señor vinieron a estas tierras los españoles que conquistaron a la ciudad de México, donde ellos están al presente, y a toda la Nueva España, la cual conquista fue en el año de 1519."


Bernardino de Sahagún. El México antiguo.

viernes, 30 de septiembre de 2011

OBITER DICTUM





No, yace silenciosa bajo tierra, encerrada en la terrosa prisión con prohibición de salir, prisionera en la soledad de tierra, con tierra silenciosa y sofocante y tan pesada encima de ella inexorablemente, a su derecha ferozmente, a su izquierda estúpidamente, e infinitamente debajo de ella, abandonada por la que nadie, ni siquiera su oscura y espesa tierra, se interesa, mientras los vivos caminan sobre ella. Es, bajo tierra, una inacción, una languidez una postración. Dios, qué absurdo es todo esto.”


Albert Cohen.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

OBITER DICTUM



 

«Hay, también, otro nombre que debo olvidar. Se 

llamaba Sajer y creo haberselo perdonado».


Guy Mouminoux.

Guy Sajer.

martes, 27 de septiembre de 2011

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






CENIZA AZUL

Del amor
sólo queda
               un poco
de ceniza azul.

Volverías a
               sentarte
junto al fuego
apagado
ahora que lo
                 sabes?

Mario Rivero.

lunes, 26 de septiembre de 2011

OBITER DICTUM





Que Tuczek se avenga a hacerle a usted unos zapatos es considerado, dentro del ritual inglés, una distinción tan singular como que le reciban a uno en el palacio de Buckingham, o lord Londonderry le invite a una de sus famosas recepciones en Londonderry House, meca de la sociedad británica. Yo conozco un opulento banquero bilbaíno que, habiendo oído hablar de los zapatos de Tuczek, se presentó en el taller.
—¿En qué puedo servirle?
—Querría que me hiciera usted tres o cuatro pares de zapatos.
—¿De parte de quién viene, señor?
—De parte de nadie. Pero le pago a usted ahora mismo —respondió el banquero, creyendo que el industrial pudiera desconfiar del pago.
—No, por Dios, no es eso —interrumpió enseguida el zapatero, añadiendo en tono de excusa—: es que, ¿sabe usted?, lo siento mucho, pero solo hacemos zapatos para los amigos.


Augusto Assía.

sábado, 24 de septiembre de 2011

OBITER DICTUM





“Esta especie de ballet mental coreografiado por Gutenberg por medio del sentido de la vista aislado, es casi tan filosófico como el postulado de Kant, de un espacio euclídeo a priori. Y es que el alfabeto y otros inventos de la misma naturaleza ha servido al hombre desde hace tiempo como fuente subconsciente de supuestos filosóficos y religiosos. Ciertamente, Martin Heidegger se halla, al parecer, sobre terreno más sólido al usar la totalidad del lenguaje mismo como dato filosófico. Porque en él se da, al menos en los períodos no alfabéticos, la proporción entre todos los sentidos. Esto no es recomendar el analfabetismo, del mismo modo que el empleo que se ha hecho de la imprenta no supone un juicio contra el alfabetismo. En realidad, Heidegger parece desconocer completamente el papel de la tecnología electrónica en la promoción de su propia tendencia no alfabética en el lenguaje y en la filosofía.”


Marshall Mcluhan.

jueves, 22 de septiembre de 2011

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE







EN EL PAÍS DE LAS MOMIAS


“Pues bien: a la revolución de Octubre hay que juzgarla a una distancia histórica aún mayor. Sólo gentes necias o de mala fe pueden acusarla de que en doce años no haya traído la paz y el bienestar para todos. Contemplada con el criterio de la Reforma o de la Revolución francesa, que representan, en una distancia de unos tres siglos, dos etapas en el camino de la sociedad burguesa, no puede uno por menos de admirarse que en un pueblo tan atrasado y solitario como Rusia se haya podido asegurar a la masa del pueblo, doce años después de la sacudida, un promedio de vida que, por lo menos, no es inferior al que se les brindaba en vísperas de la guerra. Ya esto, por sí solo, es un milagro. Pero, claro está que el sentido y la razón de ser de la revolución rusa no es ahí donde hay que buscarlos. Estamos ante el intento de un nuevo orden social. Es posible que este intento cambie y se transforme, fundamentalmente tal vez. Es seguro que habrá de adoptar un carácter totalmente distinto sobre la base de la nueva técnica. Pero, pasarán unas cuantas docenas de años, pasarán unos cuantos siglos, y el orden social que rija remontará la mirada a la revolución de Octubre como el régimen burgués de hoy hace con la Revolución francesa y la Reforma. Y ésto es tan claro, tan evidente, tan indiscutible, que hasta los profesores de Historia lo comprenderán; claro está que pasados unos cuantos años...Bien, ¿y de la suerte que en todo esto ha corrido su persona, qué me dice usted? Ya me parece estar oyendo esta pregunta, en la que la ironía se mezcla con la curiosidad. A ella, no puedo contestar con mucho más de lo que ya dejo dicho en las páginas del presente libro. Yo no sé que es eso de medir un proceso histórico con el rasero de las vicisitudes individuales de una persona. Mi sistema es el contrario: no sólo valoro objetivamente el destino personal que me ha cabido en suerte, sino que, aun subjetivamente, no acierto a vivirlo si no es unido de un modo inseparable a los derroteros que sigue la evolución social.
¡Cuántas veces, desde mi expulsión, he tenido que oír a los periódicos hablar y discurrir acerca de mi "tragedia" personal! Aquí no hay tragedia personal de ninguna especie. Hay, sencillamente, un cambio de etapas en la revolución. Un periódico norteamericano publicó un artículo mío, acompañándolo de la ingeniosa observación de que el autor, a pesar de todos los reveses sufridos, no había perdido, como el artículo demostraba, el equilibrio de la razón. No puede uno por menos de reírse ante esa pobre gente para quien, por lo visto, la claridad de juicio guarda relación con un cargo en el Gobierno y el equilibrio de la razón depende de los vaivenes del día. Yo no he conocido jamás, ni conozco, semejante relación de causalidad. En las cárceles, con un libro delante o una pluma en la mano, he vivido horas de gozo tan radiante como las que pude disfrutar en aquellos mítines grandiosos de la revolución. Y en cuanto a la mecánica del Poder, me pareció siempre que tenía más de carga inevitable que de satisfacción espiritual. Pero, mejor será que acerca de esto oigamos palabras muy discretas, dichas ya por otros: El día 26 de enero de 1917, Rosa Luxemburgo escribía a una amiga, desde la cárcel: "Eso de entregarse, por entero, a las miserias de cada día que pasa, es cosa para mí inconcebible e intolerable. Fíjate, por ejemplo, con qué fría serenidad se remonta un Goethe por encima de las cosas. Y sin embargo, no creas que no hubo de pasar por amargas experiencias: piensa tan sólo en la gran Revolución francesa, que, vista de cerca, seguramente tendría todo el aspecto de una mascarada sangrienta y perfectamente estéril, y en la cadena ininterrumpida de guerras que van desde 1793 a 1815... Yo no te pido que hagas poesías como Goethe, pero su modo de abrazar la vida --aquel universalismo de intereses, aquella armonía interior-- está al alcance de cualquiera, aunque sólo sea en cuanto aspiración. Y si me dices, acaso, que Goethe podía hacerlo porque no era un luchador político, te replicaré que precisamente un luchador es quien más tiene que esforzarse en mirar las cosas desde arriba, si no quiere dar de bruces a cada paso contra todas las pequeñeces y miserias... siempre y cuando, naturalmente, que se trate de un luchador de verdad..." ¡Magníficas palabras! Las leí por vez primera no hace muchos días y ellas me han hecho cobrar nuevo afecto y devoción por la figura de Rosa Luxemburgo.
En cuanto a doctrinas, carácter e ideología, no hay en Proudhon, esa especie de Robinsón Crusoe del socialismo, nada que me simpatice. Pero Proudhon era, por naturaleza, un luchador; era, intelectualmente, generoso; sentía un gran desdén hacia la opinión pública oficial y en él ardía esa llama inextinguible del afán acuciante y universal de saber. Esto le permitía estar por encima de los vaivenes de la vida personal y por encima de la realidad circundante.
El día 26 de abril de 1852, Proudhon escribía a un amigo desde la prisión: "El movimiento, indudablemente, no es normal ni sigue una línea recta; pero la tendencia se mantiene constante. Todo lo que los Gobiernos hagan, primero unos y luego otros, en provecho de la revolución, es cosa que ya no se puede desarraigar; en cambio, lo que contra ella se intenta, se evapora como una nube. Yo disfruto de este espectáculo, cada uno de cuyos cuadros sé interpretar; asisto a esta evolución de la vida en el universo como si desde lo alto descendiese sobre mí su explicación; lo que a otros destruye, a mí me exalta, me enardece y me conforta; ¿cómo, pues, puede usted pretender que me lamente de mi suerte, que me queje de los hombres y los maldiga? ¿La suerte? Me río de ella. Y en cuanto a los hombres, son demasiado necios y están demasiado envilecidos, para que yo pueda reprocharles nada."
Pese al regusto de patetismo eclesiástico que hay en ellas, también éstas son palabras muy bien dichas, y yo las suscribo.”


León Trotsky.
Mi vida.
Marxists Internet Archive.

lunes, 19 de septiembre de 2011

OBITER DICTUM





“El premio por transmitir el mayor significado con la menor verbosidad debe concederse seguramente a sir Charles Napier, quien conquistó la provincia india de Sind y anunció su triunfo, mediante un telegrama a sus superiores de Londres con el mínimo pero completamente adecuado «Peccavi». Este relato, a su propia manera telegráfica, cuenta volúmenes acerca del orden social y de la educación de la Gran Bretaña imperial. En una época en la que todos los gentleman estudiaba latín y en que difícilmente podían ascender en el servicio del gobierno sin el respaldo de los viejos amigos de extracción similar en escuelas públicas apropiadas, Napier nunca dudó que sus superiores recordarían la primera persona del pretérito perfecto del verbo peccare, y que traducirían adecuadamente su mensaje y su retruécano: He pecado¹.”

¹ En inglés: peccavi o he pecado es I have sinned, que suena como I have Sind, tengo Sind.


Stephen Jay Gould.