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sábado, 23 de julio de 2016

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




EN PAZ DESCANSE


         “A los grandes del momento los fui conociendo en los cafés de Madrid. Antonio Buero Vallejo llegaba todas las tardes a las cuatro en punto a tomar su café y fumar su pipa. El poeta maldito del café le saludaba escondiendo la cabeza: «Aquí llega don Antonio Buero Vallejo que en paz descanse.» Buero era un hombre alto, delgado y triste, con estructura de presidiario, que es lo que había sido, y cara amarilla de condenado a muerte. Yo conversé bastante con él hasta que dejamos de hablarnos porque no le gustaban las críticas teatrales que yo publicaba sobre sus estrenos. Más que un dialogante, Buero era un monologante que se enrollaba interminablemente con los temas de su gusto, generalmente la Guerra Civil, el teatro de Ibsen y cosas así. Durante su estancia en la cárcel su compañero de celda le envidiaba la pipa y el tabaco de pipa, con su olor confortable. Buero le prometió que si le llamaban a él primero le dejaba en herencia la pipa y la bolsita de tabaco. Un día vinieron a llevarse a Buero y el compañero de celda se apropió gozoso de los enseres de fumar. Cuando estaba disfrutando su primera pipa, Buero volvió sonriente:
         —No eran más que unas preguntas de trámite. Lo de la muerte parece que va para largo, de modo que devuélveme el tabaco y la pipa.
        
         Y el otro tuvo que sacrificarse. Esta anécdota pudiera servir como símbolo del destino de Buero Vallejo, que se pasó la vida asustándonos con sus condenas y censuras, pero siempre volvía a reaparecer en el escenario con su nuevo estreno. Era un poco resentido y con razón.”


Francisco Umbral. 
Días felices en Argüelles. 
Editorial Planeta.