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miércoles, 2 de julio de 2014

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






EL SUEÑO DE ULJETU


            “Fue imposible dormir durante el viaje nocturno. El autobús avanzaba dando sacudidas por carreteras secundarias y paraba cada media hora en un chai-khana. Por el altavoz se oía el parloteo incesante de un sermón. Llegamos a Zanjan pasada la medianoche, absolutamente agotados. En dos hoteles se negaron a aceptarnos, y en el tercero el dueño nos hizo pasar a un cuchitril sin ventanas y con las paredes llenas de inscripciones. Nos contó que diez años atrás había estado en Aberdeen, y la verdad es que olía como si no se hubiese lavado desde entonces. En su defensa hay que decir que en su hotel tampoco se veía ninguna instalación para hacerlo.
         A la mañana siguiente nos levantamos temprano y cogimos un microbús lleno de viejas coléricas. Nos dirigíamos a Sultaniya, ahora una extensión de ruinas a punto de desmoronarse, pero que en una época había sido la capital de la Persia mongol, desde donde se gobernaba un imperio que se extendía desde el Oxus hasta el Éufrates.
         Cuando Polo pasó por Persia en su viaje de ida, la ciudad aún no estaba construida y sus tierras todavía estaban ocupadas por los trigales Qongqur-Oleng, las praderas doradas. Pero en 1324, cuando Polo murió, la ciudad superaba el millón de habitantes. Sultaniya se construyó por encargo del kan Il Uljetu, el hijo del tataranieto de Gengis Kan, un personaje al estilo de Claudio a quien su familia llamaba “El Mulatero” y que los libros de historia mencionan por su amplio y diversificado interés en la religión. Nacido cristiano nestoriano, fue bautizado con el nombre de Nicolás y sucesivamente se hizo chamanita, budista, musulmán chiíta, para abrazar finalmente la fe sunnita. Después de profesar todas las religiones accesibles, murió de un trastorno digestivo en 1316.
         Sultaniya era su gran pasión. Había pasado buena parte de su infancia cazando en los ricos pastos que había allí y en 1305 empezó la obra de lo que él quería que fuese la ciudad más grande y magnífica del mundo. Se levantaron las murallas, que medían treinta mil pasos de circunferencia, y en su interior apareció como por ensalmo toda una red de calles. Se alentó a nobles y oficiales a que construyeran palacios para ellos y casas para los campesinos. El visir e historiador Rachid ed-Din hizo edificar todo un barrio al que modestamente dio el nombre de Rachiddya en honor de su persona. En él podían encontrarse veinticuatro caravasares, una magnífica mezquita, dos alminares, una escuela, un hospital, mil quinientas tiendas, más de “treinta mil casas fascinantes, baños salubres, agradables jardines, fábricas de papel y de tejidos, una fábrica de tintes y una ceca”. Los artesanos y mercaderes fueron trasladados a la fuerza a la ciudad, y a cada oficio se le asignó su propia calle. Se propuso que Sultaniya se convirtiera en un centro de peregrinación, para lo cual Uljetu empezó a construir un enorme mausoleo en el centro de la ciudad destinado a albergar los cuerpos de los dos santos más importantes del mundo chiíta, Hussein y Alí, pero su conversión al islamismo sunnita truncó el proyecto de convertir Sultaniya en la meca chiíta. El mausoleo se convirtió en su propia tumba.
         Muy pronto el lugar empezó a prospera. El historiador Mustawfi afirmó que en ningún lugar del mundo se encontraban edificios tan hermosos y que los bazares no tenían parangón en todo el imperio mongol.

Allí podía encontrase todo lo inimaginable. Piedras preciosas y costosas especias de la India; turquesas de Khurasan y Fergana; lapislázuli y rubíes de Badakhshan; perlas del golfo pérsico; sedas de Gilan y Mazandaran; añil de Kirman, los magníficos tejidos de Yazd; las telas de Lombardía y Flandes, seda en rama, brocados, lacas, almizcle, ruibarbo chino, perros de caza árabes, halcones turcos, sementales de Hijaz…

Incluso había un arzobispo católico.
         Sin embargo la prosperidad fue ilusoria. Con toda su magnificencia, Sultaniya era la obra de un hombre, y murió con él. El día en que Uljetu fue enterrado, catorce mil familias abandonaron la ciudad. Les habían obligado a vivir allí por capricho de un gobernante extranjero, y aprovecharon la primera oportunidad que se les presentó para marcharse. En verano era fresco y agradable, pero durante el resto del año hacía un frío insoportable. El suministro de agua era inadecuado. Quedaba apartada de la ruta principal de la seda y los mercaderes empezaron a pasar de largo tan pronto como dejaron de obligarles a que se desviasen. Su esplendor se desvaneció con rapidez. Los sucesores de Uljetu trasladaron la capital a Tabriz. La población de Sultaniya inició el éxodo; las casas de adobe fueron arrastradas por la corriente. No quedó ni siquiera el espectro de la ciudad: simplemente desapareció. Lo único que se conservó fue el enorme mausoleo de Uljetu.
         Lo primero que vimos fue la enorme cúpula turquesa que resplandecía bajo los primeros rayos de sol de la mañana. Se erguía en medio de la extensión plana de una dehesa, solitaria como una montaña artificial de lacrillos y azulejos. El microbús no tenía ninguna para allí y nos dejo en la carretera principal, a tres kilómetros, que tuvimos que recorre andando.
         La tumba podría ser considerada en sí misma como una extraordinaria construcción de cualquier época, pero considerando que es el primer monumento de importancia que emerge de las cenizas de las invasiones mongoles, merece ocupar un puesto de honor entre las obras realizadas por el hombre medieval. El mausoleo fue construido sólo cincuenta años más tarde que la medersa de Sivas, pero ambas edificaciones están separadas por un gran golfo. En 1320, todas las ideas del Taj ya estaban expresadas aquí, en las llanuras al este de Tabriz. El Taj no es más que el refinamiento de Sultaniya, ya que en lo esencial es una repetición de una idea trescientos años más antigua. Robert Byron escribió que la audaz imaginación de Uljetu le recordaba a la de Brunelleschi, pero en realidad no existe una osadía comparable en toda la arquitectura europea. Como si San Pedro se hubiera construido cincuenta años después que Chartres.”


William Dalrymple. Tras los pasos de Marco Polo. Edhasa.