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miércoles, 14 de mayo de 2014

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





SOULAS EN LINDOS


            “Ártemis surge con frecuencia, en la actualidad, en el folclore del campesinado, y mientras escribo recuerdo que no lejos de aquí, más allá de las grises pendientes pétreas de Profeta, en el camino que ondula hacia arriba a través de la clemente tierra boscosa alfombrada de cisto blanco y rojo, de anémonas y de grandes peonías, está todavía el emplazamiento de un pequeño monasterio llamado Artamiti, en donde, a juzgar por una inscripción hallada en los alrededores, se levantó otrora un antiguo templo. Ella, como Atenea, era hija de Zeus, y el puritanismo sin amor de la una concuerda a la perfección con las cualidades de su hermanastra, la dadora del fructífero olivo.
         Pero si Rodas perdió a su Señora de Fileremo, ganó en cambio a otro santo local cuya fama crece día tras día y que está en camino de reemplazarla en la veneración general. Todavía no ha surgido una literatura en torno a esta nueva figura, ni un aparato crítico; la propia iglesia ortodoxa parece un tanto intrigada en cuanto al lugar que le corresponde; por lo menos, hagiógrafo alguno ha presentado una explicación de la forma en que Saúl, un fatigado apóstol Pablo, logró conquistar un altar en las bajas colinas que rodean Soroni.
         San Soulas (como se llama en demótico fue, se cree, un miembro del grupo que, encabezado por Pablo, naufragó en las costas de Rodas, durante el viaje a Palestina. En Lindos todavía se señala una pequeña caverna como el lugar en que el grupo pisó tierra. Durante su breve estancia en Rodas, Pablo caminaba kilómetros enteros todos los días, explicando las Escrituras a quien quisiera escucharlo. Sus discípulos seguían su ejemplo, y entre ellos Saúl, quien debió de ser un buen caminador para llegar a Soroni, que en modo alguno se encuentra cerca de Lindos. Sea como fuere, allí encontró un antiguo altar con un manantial de agua caliente… aunque por desgracia la leyenda no ha conservado el nombre del dios tutelar primitivo. Los aldeanos de las vecindades le parecieron necesitados de testimonios, ya que todos ellos eran paganos de la peor ralea; intentó la abjuración, la exhortación y la peroración, sin éxito alguno. Los aldeanos se aferraban a su locura. Habló hasta enronquecer, pero ellos lo observaban con el impasible escepticismo que todos experimentaríamos si un hombrecito velludo, extranjero, barbudo, mal vestido, de pies polvorientos y divertida pronunciación tratase de deshacer en una sola tarde lo que había llevado siglos de piadosos hechizos crear, un complejo de creencias consoladoras, tan caseras como una pulgarada de sal. Saúl no supo qué hacer para enfrentarse a aquellos campesinos obstinados y semianalfabetos. Muy en contra de su voluntad, se vio obligado a recurrir a un milagro. Había por allí mucha gente con llagas. Curó a uno en el acto sumergiéndolo en la fuente.
         --¿Puede vuestro dios hacer esto? –preguntó.
         Los aldeanos entendieron el razonamiento y se pasaron en masa a la verdadera fe.
         Esta historia no me agrada; en primer lugar me parece que las creencias campesinas han tornado confuso el cuadro. Me parece que el propio san Pablo tiene que ser el protagonista de esta creencia ampliamente difundida, porque se llamaba Saúl, o en su forma griega antigua, Saulo. Hay muy pocas dudas de que la fuente de agua caliente ya era famosa por sus curaciones. Además, el tipo más común de llaga en el Egeo parece ser causado por una sustancia parásita contenida en la bolsita que hay en la raíz de las esponjas; es un tipo bastante corriente de dolencia entre los pescadores de esponjas y sólo puede curarse lavando las llagas con algún astringente suave. La fuente pudo haber sido famosa por esas curaciones mucho antes de que san Pablo apareciese en escena. En este contexto debemos recordar quizá que Heracles era el patrono común de las fuentes termales y que su nombre está vinculado al de Lindos desde la más remota antigüedad; según la leyenda antigua, él, como Pablo, llegó a Lindos un día, hambriento después de un largo viaje. Lo acompañaba su hijo Hilo. Pidió comida para éste a un agricultor que pasaba, pero sólo recibió maldiciones. Por lo tanto se apoderó de uno de los bueyes con que el hombre araba y lo devoró con Hilo, mientras el enfurecido dueño del animal los miraba desde lejos y los maldecía. Se dice que éste es el origen de la extraña forma del culto a Heracles que en alguna época se practicó en Lindos. Mientras se ofrecían los sacrificios, el sacerdote oficiante lanzaba juramentos y obscenidades contra el nombre del héroe, no al azar, sino de acuerdo con un orden ritual prefijado. En apariencia no existía nada similar en toda Grecia, y el dicho “como los de Lindos durante sus sacrificios” se hizo proverbial para designar a todos los que usaban lenguaje profano en los lugares sagrados.”



Lawrence Durrel. Reflexiones sobre una Venus Marina. Ediciones Peninsula.