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miércoles, 4 de septiembre de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





FORASTEROS


“Me resulta difícil escribir sobre mi tierra natal, la California septentrional. Debería ser lo más fácil, porque conocía esa franja orientada hacia el Pacífico mejor que ningún otro lugar del mundo. Pero me parecía no una cosa sino muchas…, una impresa encima de la otra hasta que todo se emborrona. El recuerdo de lo que era y de lo que me pasó a mí allí lo deforma todo hasta que llega un momento en que es casi imposible la objetividad. Esta carretera de hormigón de cuatro carriles acuchillada por coches veloces la recuerdo como una pista de montaña tortuosa y estrecha por la que se desplazaban los carros cargados de madera, arrastrados por fuertes mulas. Indicaban su llegada con el dulce y agudo repiqueteo de las campanillas del collar. Esto era una población muy pequeña, un almacén general bajo un árbol y una fragua y un banco enfrente para sentarse y escuchar el estruendo del martillo y el yunque. Ahora se extienden durante kilómetro y medio en todas direcciones casitas, que son todas iguales, sobre todo porque intentan ser diferentes. Eso era una colina boscosa con el verde oscuro intenso de los robles contra la hierba agostada donde cantaban los coyotes las noches de luna. Han cortado la cima y arremete en ella contra el cielo una estación repetidora de televisión que proporciona una imagen nerviosa a miles de casitas amontonadas como afídidos junto a las carreteras.
         ¿Y no es ésta la queja típica? Nunca me he opuesto al cambio, ni siquiera cuando se le ha llamado progreso, y sin embargo sentía hostilidad hacia los desconocidos que inundaban lo que yo consideraba mi tierra con ruido y estruendo y los inevitables anillos de basura. Y por supuesto aquella gente nueva sentirá hostilidad hacia la gente más nueva aún. Me acuerdo que cuando era niño reaccionábamos con una hostilidad espontánea hacia el forastero. Nosotros que habíamos nacido allí, y nuestros padres también, teníamos un sentimiento extraño de superioridad respecto a los recién llegados, los bárbaros, los forastieri, y ellos, los forasteros, sentían hostilidad hacia nosotros y hasta nos hicieron un tosco poema:

                            En el cuarenta y nueve  vino el minero.
                            En el cincuenta y uno vinieron las putas.
                            Y cuando se juntaron.
                            Hicieron un nativo.

         Y nosotros éramos un ultraje para los hispano mejicanos y ellos a su vez para los indios. ¿Podría ser por eso por lo que las secoyas ponen nerviosa a la gente? Aquellos nativos eran árboles adultos cuando se produjo una ejecución política en el Gólgota. Habían avanzado mucho ya hacia la madurez cuando César destruyó la República romana pretendiendo salvarla. Para las secoyas todos son forasteros y bárbaros.
         A veces la visión del cambio queda deformada por un cambio que se ha producido en uno mismo. El espacio que parecía tan grande se ha encogido, la montaña se ha convertido en un cerro. Pero eso no es ninguna ilusión en este caso. Recuerdo Salinas, el pueblo en que nací, cuando proclamaba con orgullo una población de cuatro mil ciudadanos. Ahora tiene ochenta mil y sigue creciendo desordenadamente en una progresión matemática: cien mil en tres años y tal vez doscientos mil en diez, sin límite a la vista. Hasta aquellos que disfrutan con los números y a los que les impresiona lo grande están empezando a preocuparse, dándose cuenta poco a poco de que tiene que haber un punto de saturación y que el progreso puede ser una progresión hacia el estrangulamiento. Y no se ha encontrado ninguna solución. No puedes prohibir a la gente que nazca…, al menos aún no.


John Steinbeck. 
Viajes con Charley. 
Ediciones Península.