domingo, 5 de octubre de 2014

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






         


NAPOLEON

Má dýmka gambier mĕ strašnĕ baví
má z hlavy císaře legrační hlavičku

Dobrý den slavný císaři!

Už se ti vykouřilo z hlavy
být pánem svĕta?

Jaroslav Seifert.

viernes, 3 de octubre de 2014

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






EL FRANCONIA EN HAWAI


Según nos aproximamos, las montañas, que tenían de lejos un color gris de lava, se van haciendo verdes. El Mauna Kea queda a un lado con su brumoso sudario, y vemos al fin la verdadera fisonomía de la isla.
Las vertientes son antiguas cascadas de lava petrificada, pero en las arrugas tortuosas de sus barrancos crece una compacta arboleda. Entre estos cordones de verde oscuro se extienden grandes declives de verde esmeralda: las plantaciones de caña de azúcar. Algunas de ellas, por estar la caña en flor, aparecen moteadas de un blanco sonrosado.
Navega el Franconia cerca de la costa, todo lo que es prudente en un archipiélago volcánico donde surgen de pronto arrecifes y pequeños islotes y vuelven a desaparecer poco después, sin dar tiempo a que los marquen en las cartas de navegar. Unas veces la costa es vertical hasta una altura de centenares de metros; otras avanza en pequeños cabos de lomo redondo o agudo. Las nieves de las montañas del interior descienden hasta la costa al liquidarse, y caen en el océano como cables blancos y espumosos de incesante volteo. Vistos de cerca, estos torrentes deben ser de una energía enorme, que se pierde sin provecho para nadie. Es tan escasa la gente en las islas, que a pesar de que pertenecen ahora a los Estados Unidos -primera potencia industrial del mundo-, nadie piensa en aprovechar tales fuerzas.
Al pie del acantilado, muchos peñascos están perforados por las olas, en forma de cuevas o de pórticos. Apenas puede verse el color negruzco de la piedra, lo mismo orillas del mar que en las cumbres. El trópico cubre la áspera lava con una vegetación eternamente primaveral. De lejos parece sutil pelusa verde, levísimo musgo, y sólo cuando vemos moverse en estas praderas insectos diminutos que son vehículos o caballos, nos damos cuenta de las proporciones del falso césped.
Se abre a ras del mar la barrera montañosa en valles triangulares. Se ven en ellos casas de madera entre grupos de palmeras; pero los edificios, cuando no los miramos con anteojos, parecen guijarros, y los árboles simples matas. Un ferrocarril sigue la costa, salvando las cortaduras de valles y desaguaderos sobre largos viaductos, unos sólidos, otros colgantes. En las playas ruedan incesantemente dos líneas de olas gigantescas. Hay ante ellas unas estacadas de pilotes de piedra; pero no son obra del hombre, sino fragmentos verticales de murallas de coral rotas por el tenaz ariete de las aguas. La doble hilera de rompientes se hincha, avanza, transparentando la luz como un muro de esmeralda, y se desploma entre los retorcimientos de su cabellera de espumas.
Sigue avanzando el Franconia con dirección al invisible puerto de Hilo, capital de la isla. Un gran remolcador ha venido a su encuentro, y le precede después para señalar el rumbo seguro en este mar abundante en peligros y emboscadas, menos frecuentado que el de Honolulu.
Empezamos a ver pueblos en la costa. Son en realidad bosques por las gallardas arboledas que se alzan entre los edificios. Estas casas, vistas de lejos, ofrecen un aspecto japonés, a causa de la forma de sus techos.
La isla expele humo por todas partes. Arriba, los conos de sus volcanes están envueltos en una nube siempre renovada. Al nivel del mar, los acantilados lanzan una respiración blanca. Todos los ángulos entrantes, roídos por las olas, tienen una grieta volcánica de continua exhalación. Es un humo tenue, casi transparente, que parece embellecer el paisaje con un adorno inesperado. Pero esta corona de chorros de humo que se prolonga en torno de la isla entera resulta inquietante y amenazadora. Contrasta con el esplendoroso terciopelo verde, moteado de oro, que invade sus tierras en declive y sólo deja de cubrir las alturas de los cráteres, donde la lava permanece desnuda.
Al atardecer doblamos un cabo y se abre ante nosotros una bahía en cuyo fondo hay poblaciones diseminadas, grupos de techos sombreados por cocoteros y palmeras.
Un vaporcito viene hacia nosotros tripulado por hombres vestidos de blanco. Esta embarcación deja detrás de ella una melodía de voces o instrumentos. Atenuada por las inmensidades del océano y del cielo, tiene la fragilidad sonora, cristalina o inocente de las viejas cajas de música. Es Hawai, el antiguo Hawai de los collares de flores, de los cantos de amor, de las danzas voluptuosas y las poesías improvisadas, que sale a nuestro encuentro.
Echan una escala desde el buque y trepan por ella, ágiles pero con voluntaria lentitud, los músicos de pantalón blanco y collar en el pecho. Tienen la mesurada gravedad de los que van a cumplir una función patriótica. Tras de ellos suben varios periodistas del país, que desean verme.
Forma grupo la orquesta en una de las cubiertas. Se compone de violines, de guitarras, que tocan los hawaianos acostándolas en una rodilla para pellizcarlas a estilo de salterio, y de un guitarrito que puede guardarse en un bolsillo y es el verdadero instrumento nacional. Algunos pasajeros, conocedores del archipiélago por anteriores viajes, esperan con avidez esta música.
Van a tocar el Aloha (pronunciar Aloja), título que quiere decir indistintamente «adiós» y «bienvenido». Los conferencistas del Franconia nos han explicado en noches anteriores que el idioma de Hawai sólo consta de treinta y dos palabras, y una misma palabra significa cosas diversas, según su colocación en la frase. Las letras las pronuncian todas, y esta pronunciación, según los citados conferencistas, se parece a la española más que a ninguna otra lengua. Tal pobreza aparente de palabras no ha impedido a los hawaianos ser poetas en los momentos importantes de su vida. Ahora Aloha significa «bienvenido».
Empieza la música y empieza igualmente el encanto adormecedor, suave, «poético» -no puede emplearse otra palabra más exacta-, que vos va a acompañar todo el tiempo que permaneceremos en el archipiélago, siguiéndonos de una isla a otra.
En este momento, mientras escribo las presentes líneas, siento la influencia, la obsesión de la música hawaiana que empieza a sonar en mi memoria. El que ha oído el Aloha y otra romanza titulada El collar de las islas, las canturrea siempre en los momentos que ensueña despierto, y se considera infeliz cuando no puede recordarlas.
No es música enérgica y violenta, como la de muchos pueblos primitivos; tampoco es el lamento temblón y monótono de las razas orientales. Tiene un sentimentalismo delicado, que pudiéramos llamar literario; es la romanza lánguida y añorante de una gente de musicalidad superior. No entran en ella muchas notas, y sin embargo se repite sin fatiga, deseando llegar a su final por el placer de cantarla de nuevo.
De todos los músicos del mundo civilizado, el único que viene a la memoria al escuchar estos Lieder amorosos del antiguo Hawai es Schubert.”


Vicente Blasco Ibáñez. La vuelta al mundo de un novelista. Editorial Prometeo.

jueves, 2 de octubre de 2014

OBITER DICTUM





Yo soy de los más exentos de esta pasión y no siento hacia ella ninguna inclinación ni amor, aunque la sociedad haya convenido como justa remuneración honrarla con su favor especial; en el mundo se disfrazan con ella la sabiduría, la virtud, la conciencia; feo y estúpido ornamento. Los italianos, más cuerdos, la han llamado malignidad, porque es una cualidad siempre perjudicial, siempre loca y como tal siempre cobarde y baja: los estoicos prohibían la tristeza a sus discípulos.


Michel de Montaigne

miércoles, 1 de octubre de 2014

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






PEDESTRE


         En el fondo de la calle, un edificio público aspira el mal olor de la ciudad.

         Las sombras se quiebran el espinazo en los umbrales, se acuestan para fornicar en la vereda.

         Con un brazo prendido a la pared, un farol apagado tiene la visión convexa de la gente que pasa en automóvil.

         Las miradas de los transeúntes ensucian las cosas que se exhiben en los escaparates, adelgazan las piernas que cuelgan bajo las capotas de las victorias.

         Junto al cordón de la vereda un kiosco acaba de tragarse una mujer.

         Pasa: una inglesa idéntica a un farol. Un tranvía que es un colegio sobre ruedas. Un perro fracasado, con ojos de prostituta que nos da vergüenza mirarlo y dejarlo pasar. (1)

De repente: el vigilante de la esquina detiene de un golpe de batuta todos los estremecimientos de la ciudad, para que se oiga en un solo susurro, el susurro de todos los senos al rozarse.

BUENOS AIRES, AGOSTO 1920.





(1) Los perros fracasados han perdido a su dueño por levantar la pata como una mandolina, el pellejo les ha quedado demasiado grande, tienen una voz afónica de alcoholista y son capaces de estirarse en un umbral, para que los barran junto con la basura.



            OLIVERIO GIRONDO

martes, 30 de septiembre de 2014

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA




                 JORNADA


Aurora.
Lámpara, enredada
en un camino de horizontes.
Despues, al mediodía,
en el aljibe se suicida el sol.
La tarde hecha jirones
mendiga estrellas.
Las lejanías reciben al sol
sobre sus brazos incendiados.
La noche se persigna ante un poniente.
Amanece la angustia de una espera
y aún no es la hora.


Norah Lange

jueves, 25 de septiembre de 2014

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






EN EL LODAZAL

«La ciudad es, para quien la conoce y conoce a sus habitantes, un cementerio en la superficie hermoso, pero bajo esa superficie en realidad horrible, de fantasías y deseos. Para el que aprende o estudia, e intenta encontrar su orden y su derecho en esa ciudad, que sólo es famosa en todas partes por su belleza y su construcción, y que en la época de los llamados Festivales es además famosa todos los años por el, así llamado, Gran Arte, esa ciudad no es pronto más que un museo de la muerte, frío y expuesto a todas las enfermedades y vilezas, en el que crecen todos los obstáculos imaginables e inimaginables que desintegran y hieren en lo despiadadamente más profundo, sus energías y dotes y disposiciones intelectuales, y pronto la ciudad no es ya para él una hermosa naturaleza y una arquitectura ejemplar sino nada más que una impenetrable maleza humana, hecha de abyección y vileza y, cuando camina por sus calles, no camina ya rodeado de música sino que se siente nada más que repelido por el lodazal moral de sus habitantes.»

Thomas Bernhard.
El origen.
Editorial Anagrama.

jueves, 18 de septiembre de 2014

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




EN LAS ENCANTADAS RIBERAS


“En el estado de Wisconsin, en las encantadas riberas del lago Michigan, el espíritu de las gentes tiene ese ímpetu de apostolado que ponen las razas protestantes en todas sus empresas y que se parece tanto al fanatismo.
Entusiasmados con el señuelo de una raza perfecta, los wisconsineses decidieron, por medio de sabias leyes, poner todo género de trabas a los matrimonios que no reunieran las condiciones más apetecibles de belleza, salud e inteligencia.
«Dentro de veinte años --se dijeron—tendremos la mejor raza del mundo. De toda la redondez del planeta vendrán a ver a nuestras mujeres, Venus de Milo, en lo físico; 'en la discreción', Lucrecias; en el saber, sor Juanas; y a nuestros hombres: Alcibíades en la hermosura, Hércules en la fuerza y Newtons en la sabiduría».
¿Y sabéis lo que ha sucedido? Pues ha sucedido que, por una parte, con las taxativas y dificultades, los matrimonios disminuyen de un modo alarmante (y claro, la población también), y por otra, que los famosos frutos eugenésicos, los hijos habidos en las perfectas condiciones requeridas, por padres «estatuarios» de nariz griega y músculos de acero, salud perfecta y costumbres puras, han resultado inválidos, defectuosos... o idiotas.
Recuerda uno, ante lo imprevisto de tales resultados, la frase de Víctor Hugo: «L'homme seme les causes et Dieu fait  múrir les effets!».
Los feos, los pobres feos, incasables gracias a la eugenesia, han emigrado de Wisconsin... y no será difícil que en otra parte procreen una raza inteligente y bella.
Y es que en la «receta» hombre hay muchos ingredientes ignorados que la eugenesia no puede tener en cuenta, y que no son solamente belleza, fuerza, salud..., trinidad deseable, pero que, sin otros componentes misteriosos, no produce más que imbéciles, habiéndose producido sin ella, en cambio, algunos de los tipos supremos que son honra de la especie.”


Amado Nervo.Crónica. Biblioteca Ayacucho.

martes, 9 de septiembre de 2014

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





[LA QUIMERA DEL ORO]

toda carrera por el oro
tiene un héroe,
la disminución del Paraíso
produce un aumento compensatorio
en la antropofagia ritual,
la herida resulta
de un golpe de bastón bien dado por el héroe,
conduce de los adornos de plumas
a la posesión de la cachonda recepcionista,
la idea del oro divide el reino
(mares, tierras)
en las paredes del comedor,
la idea del oro
revela un grado de civilización,
el aurífice clama,
la idea del oro son hojas vellosas,
vísceras florecidas en la sumisión a la idea
de que cualquier deseo está contenido
sólo enteramente en su verificación,
nuestro redentor es de carácter volcánico,
la idea del oro se aplica al movimiento
de un cuerpo hacia arriba,
planta virgen y venenosa,
todas sus flores tienen
olor fuerte y nauseabundo,


José Carlos Becerra

domingo, 7 de septiembre de 2014

OBITER DICTUM






«En las mañanas de primavera, yo me ponía a trabajar temprano, mientras mi mujer dormía todavía. Las ventanas estaban abiertas de par en par, y el empedrado de la calle iba secándose tras la lluvia. El sol arrancaba la humedad a las fachadas de enfrente. Las tiendas estaban todavía encerradas en sus postigos. El cabrero subía por la calle al son de su flauta, y la mujer que vivía en el piso encima del nuestro bajaba a la calle con un gran jarro. El cabrero escogía una de sus cabras negras, de ubres pesadas, y la ordeñaba en el jarro, mientras el perro arrimaba las demás cabras a la acera. Las cabras miraban a su alrededor, torciendo el cuello como turistas en un panorama nuevo. El cabrero cobraba y daba las gracias a la mujer, y subía calle arriba tocando la flauta, y el perro guiaba a las cabras que meneaban los cuernos a cabezadas.»

Ernest Hemingway.