sábado, 14 de marzo de 2020

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





PATIO DE LA ACEQUIA


Vi tu rostro en las aguas,
vi en las aguas tu cuerpo
y en cada flor te vi.

Eras. No eras. Canta
el color tu silencio,
la fuente tu perfil.

La inquieta acequia traza
un mocárabe inverso
de estrellas en redil

que una rosa derrama,
que apresa un pensamiento,
que concreta un jazmín.

Quise mirar tu cara,
ver tus labios de besos:
quise beber de ti.

Surtidores y palmas
acunaban mi sueño
sin fin, sin fin, sin fin.


Antonio Carvajal.

martes, 10 de marzo de 2020

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





UN HUEVO EN VEZ DE DOS

Los alemanes hicieron uso copioso de toda la gama de sus proyectiles. Ya a las nueve de la noche los incendios empalidecían la luz de la luna sobre el centro de Londres. A las diez algunos incendios estaban dominados, pero otros levantaban sus llamas hasta las nubes. Aún esta tarde los bomberos seguían trabajando en una de las calles más elegantes de Londres, donde un almacén de ropas hechas y una iglesia no son sino cenizas. El humo, el fragor, los aterradores ecos de la noche estaban todavía suspendidos sobre Londres, cuando en pleno día y a la hora en que los obreros y empleados se dirigen al trabajo, cuatro aviones lograron penetrar hasta el centro de la ciudad, repitiéndose la sinfonía de las bombas y las ametralladoras. Las señales que tras sí ha dejado la tormenta en mi hotel, el tercero al que me he mudado desde que regresé de Irlanda, son la falta de agua esta mañana. Estoy escribiendo la presente información con casco y las cortinas cerradas, porque dos bombas de reloj se han aposentado en los alrededores y pueden estallar de un momento a otro. Los trenes de los suburbios han llegado casi todos con retraso. Sin embargo, la película del tráfico continúa corriendo por Londres y ni siquiera durante las horas en que el ataque era más intenso ayer noche se paralizó totalmente. Los periódicos me esperaban a la puerta esta mañana como siempre y mis zapatos habían sido como siempre lustrados. El desayuno en el hotel sigue siendo el ordinario desayuno inglés, con un huevo en vez de dos.

Augusto Assía.
Cuando yunque, yunque.

Editorial Mercedes.

viernes, 6 de marzo de 2020

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






        MATRIX AND DREAM


Inaudible things, chipped
nightly away:
breath, underground
through winter: well-words
down the quarried light
of lullaby rill
and chasm.

You pass.
Between fear and memory,
the agate
of your footfall turns
crimson
in the dust of childhood.

Thirst: and coma: and leaf—
from the gaps
of the no longer known: the unsigned message,
buried in my body.

The white linen
hanging on the line. The wormwood
crushed
in the field.

The smell of mint
from the ruin.


Paul Auster

martes, 3 de marzo de 2020

OBITER DICTUM






A veces me pongo a pensar que tanto mi padre como la vieja calle de Charleston no sólo han desaparecido físicamente, sino que han desaparecido en sentido absoluto, excepto por un puñado de fotografías y registros oficiales y estos breves recuerdos. El barrio de viejos árboles y destartaladas casas victorianas ha sido arrasado y sustituido por bloques de viviendas de hormigón ceniciento. Cuando muramos yo y otros pocos miembros de la familia que aún quedan, el recuerdo de mi padre y de nuestra familia se extinguirá como si jamás hubieran existido.


Edward O. Wilson

viernes, 28 de febrero de 2020

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





           SENSACIÓN DEL INVIERNO EN LA TIERRA

Al sol le duelen los huesos (el infeliz está resfriado con espanto); a intervalos lleva el pañuelo a las narices, estornuda, y se abre a ras de lo infinito el fabuloso capullo del trueno, los charcos piojentos se entretienen copiando la figura del enfermo más enfermo, y su mirada gris enfría el horizonte.


Los pájaros caen muertos en la jaulas, el azul dinamismo infantil, la alegría del niño, vegetal e inminente, simplísima, juega con sus cadáveres al fútbol, y las secas, lúgubres viejas lamentables deshilan sueños de quince abriles.


Pablo de Rokha.

miércoles, 26 de febrero de 2020

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





EL MAESTRO DE MÚSICA


Una de mis cruces en el pueblo eran las visitas del marido de la maestra, que en otros tiempos había sido maestro de música. Era un hombre de edad, con espesos bigotes grises y unos ojos redondos e inexpresivos jaspeados de blanco, que había nacido en el norte de España. Sentía profundamente la fatalidad de verse exiliado en una aldea bárbara, donde no había ni un café ni un paseo , y apenas se jugaba a las cartas. Para suplir estos esparcimientos me hacía interminables visitas en la presunción de que, como inglés, yo debía también sufrir por ello. Era una de esas personas —de ellas hay muchas en España— que creen que cuantas más veces se diga una cosa más cierta es, y, por eso, siempre que me visitaba su conversación era la misma. Tan pronto como agotábamos el tema de los dolores de cabeza de su mujer y su propio lumbago, comenzaba el tema tópico de las diferencias entre Inglaterra y Andalucía.
—¿Ustedes, en Inglaterra, no gozan mucho del sol?
—No, don Eduardo; muy poco.
—¿Siempre está lloviendo?
—Sí, casi siempre.
—¿Y hay niebla?
—Sí, hay niebla.
—Sin embargo, ¿pueden ustedes cultivar naranjas?
—No, hace demasiado frío para eso. Nuestras frutas son sólo las manzanas y las ciruelas.
—Y, naturalmente, aceitunas.
—Desafortunadamente, no. Las aceitunas necesitan sol.
—Eso sí que es raro. Siempre había oído decir que, gracias a las corrientes cálidas del golfo de México, eran ustedes capaces de cultivar plantas de climas meridionales.
—Ni una.
—Pero seguramente tendrán higueras.
—Sí, en algunos sitios; pero por lo general su fruto no madura.
—¡Ah!, de manera que higueras. Ya me imaginaba…, ¿y también tienen ustedes almendros?
—No, en absoluto.

Gerald Brenan.

Al Sur de Granada.
Tusquets  Editores.

sábado, 22 de febrero de 2020

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





Solo, para soportar el peso de mis palabras:

Las que no se dicen y coagulan un trozo de alma.

Convertido en mi propio presidio, tiendo ante mí el callejón pampeano de mis anhelos, para caminar inconsolablemente, lastimando mis dolores.

No quiero guías que confundan mi rumbo.

No quiero amigos sobre quienes pesar egoístamente.

Sé, que solo las llegadas, que son cansancio, pueden fructificar en partidas, que son victoria.

Ceder y poseer están dormidos en lo más solitario de mi intimidad.

Sé, que únicamente, cuando el silencio ha cerrado todas las puertas que la inquietud le inflige como espuelas, puedo encontrar; en mi alma, la acequia cantora de mi fuerza.


                                            Ricardo Güiraldes.

martes, 18 de febrero de 2020

ALLA EN LAS INDIAS





DESGRACIA Y FORTUNA


Navegando una carabela por nuestro mar Océano tuvo tan forzoso viento de levante y tan continuo, que fue a parar en tierra no sabida ni puesta en el mapa o carta de marear. Volvió de allá en muchos más días que fue; y cuando acá llegó no traía más que al piloto y a otros tres o cuatro marineros, que, como venían enfermos de hambre y de trabajo, se murieron dentro de poco tiempo en el puerto. He aquí cómo se descubrieron las Indias por desdicha de quien primero las vio, pues acabó la vida sin gozar de ellas y sin dejar, a lo menos sin haber memoria de cómo se llamaba, ni de dónde era, ni qué año las halló. Bien que no fue culpa suya, sino malicia de otros o envidia de la que llaman fortuna. Y no me maravillo de las historias antiguas que cuenten hechos grandísimos por chicos o oscuros principios, pues no sabemos quién de poco acá halló las Indias, que tan señalada y nueva cosa es. Quedáranos siquiera el nombre de aquel piloto, pues todo con la muerte fenece. Unos hacen andaluz a este piloto, que trataba en Canaria y en la Madera cuando le aconteció aquella larga y mortal navegación; otros vizcaíno, que contrataba en Inglaterra y Francia; y otros portugués, que iba o venía de la Mina o India, lo cual cuadra mucho con el nombre que tomaron y tienen aquellas nuevas tierras. También hay quien diga que aportó la carabela a Portugal, y quien diga que a la Madera o a otra de las islas de los Azores; empero ninguno afirma nada. Solamente concuerdan todos en que falleció aquel piloto en casa de Cristóbal Colón, en cuyo poder quedaron las escrituras de la carabela y la relación de todo aquel largo viaje, con la marca y altura de las tierras nuevamente vistas y halladas.

Francisco López de Gomara.

Historia de la conquista de México.