sábado, 25 de noviembre de 2017

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




EL TROTAMUNDOS


        “Por la noche una compañía de músicos locales interpreta un programa de bailes y canciones bajo el emparrado del patio de nuestra casa de huéspedes. Formamos un cuadrado bajo la parra: el público en tres lados, la orquesta en el cuarto, los bailarines ocupan el centro. El espectáculo es estupendo, y la música es hermosa, semejante en espíritu a la de Oriente Medio. Muchas canciones están basadas en un diálogo entre amantes; por lo general, un hombre rechoncho con un afilado bigote y una mujer de ojos brillantes. Ésta adopta una actitud que oscila entre el afecto y el desprecio. La orquesta toca con todas sus fuerzas el estribillo, reprende a una parte y alienta a la otra, comenta la escena; o al menos, es lo que deduzco de sus expresiones, puesto que no entiendo las canciones iugures. Los lugareños, que componen la mayor parte del público, estallan en carcajadas en los versos más atrevidos.
        Tras la actuación de la compañía, los músicos y el resto del público nos obligan a los estudiantes extranjeros a representar algo. Un estudiante japonés toca la flauta, los italianos cantan canciones revolucionarias y feministas con su estridente aplomo habitual. John Moffett, un inglés enjuto y excéntrico que habla como un decadente aristócrata inglés, interrumpe su gracioso comentario sobre el evento para cantar Ye Banks and Braes of Bonny Doon con una agradable y sonora voz de tenor.
        Me toca cantar a mí. En realidad, no hay elección. Tendrá que ser el tema de la película Awara (El trotamundos), una película romántica india de la década de 1950 que es sorprendentemente popular en China. La verdad es que causa un verdadero sobresalto oír tararearla por las calles de Nankín, ser transportado sin previo aviso alguno hasta la India y la infancia. Nada más empezar me encuentro con que los músicos tocan el acompañamiento a mi espalda: conocen la canción mejor que yo. El hombre rechoncho de bigotes retorcidos canta conmigo, en hindi. Me siento extasiado y, llevado por la intensidad de su sentimiento, entono con abandono la letra.”


Vikram Seth. 
Desde el lago del cielo. 
Ediciones B.

martes, 21 de noviembre de 2017

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






RIMA LXXIII


Cerraron sus ojos
que aún tenía abiertos,
taparon su cara
con un blanco lienzo,
y unos sollozando,
otros en silencio,
de la triste alcoba
todos se salieron.

La luz que en un vaso
ardía en el suelo,
al muro arrojaba
la sombra del lecho;
y entre aquella sombra
veíase a intervalos
dibujarse rígida
la forma del cuerpo.

Despertaba el día,
y, a su albor primero,
con sus mil ruidos
despertaba el pueblo.
Ante aquel contraste
de vida y misterio,
de luz y tinieblas,
yo pensé un momento:
¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!


De la casa, en hombros,
lleváronla al templo
y en una capilla
dejaron el féretro.
Allí rodearon
sus pálidos restos
de amarillas velas
y de paños negros.

Al dar de las Ánimas
el toque postrero,
acabó una vieja
sus últimos rezos,
cruzó la ancha nave,
las puertas gimieron,
y el santo recinto
quedóse desierto.

De un reloj se oía
compasado el péndulo,
y de algunos cirios
el chisporroteo.
Tan medroso y triste,
tan oscuro y yerto
todo se encontraba
que pensé un momento:

¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!


De la alta campana
la lengua de hierro
le dio volteando
su adiós lastimero.
El luto en las ropas,
amigos y deudos
cruzaron en fila
formando el cortejo.

Del último asilo,
oscuro y estrecho,
abrió la piqueta
el nicho a un extremo.
Allí la acostaron,
tapiáronle luego,
y con un saludo
despidióse el duelo.

La piqueta al hombro
el sepulturero,
cantando entre dientes,
se perdió a lo lejos.
La noche se entraba,
el sol se había puesto:
perdido en las sombras
yo pensé un momento:

¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!

En las largas noches
del helado invierno,
cuando las maderas
crujir hace el viento
y azota los vidrios
el fuerte aguacero,
de la pobre niña
a veces me acuerdo.

Allí cae la lluvia
con un son eterno;
allí la combate
el soplo del cierzo.
Del húmedo muro
tendida en el hueco,
¡acaso de frío
se hielan sus huesos...!

¿Vuelve el polvo al polvo?
¿Vuela el alma al cielo?
¿Todo es sin espíritu,
podredumbre y cieno?
No sé; pero hay algo
que explicar no puedo,
algo que repugna
aunque es fuerza hacerlo,
el dejar tan tristes,
tan solos los muertos.


                          GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER

domingo, 19 de noviembre de 2017

OBITER DICTUM





            “Rimbaud lo presintió: sí, un día el sol se tragará el mar, todos los mares. Los astrofísicos son unánimes en decirlo. La materia en fusión, próxima a extinguirse, y los mares desecados serán una sola cosa. Materia recobrada, pero aniquilada. Quizás entonces veremos morir a las partículas. Quizás entonces, a falta de universo, el tiempo se abolirá el mismo. Y nosotros --¡ah, qué fuerza tiene nuestra imaginación!—estaremos por fin en la nada, nos habremos reunido con el ser verdadero, liberados de los tiempos y del Tiempo mismo.”


Jean-Claude Carrière.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




A VENTICINCO PASOS


        “Se concertó el lance para las primeras horas de la mañana. Aquella noche dormí con tan profundo sueño, que a mi hermano Gonzalo le costó gran trabajo despertarme. Las condiciones del desafío no eran para producir gran insomnio: un disparo a veinticinco pasos a la voz de «fuego». El mayor peligro no estaba en ser herido por las balas de mi adversario; de tener la desgracia de herirle, seguramente la turba de empleados del Ayuntamiento, principalmente del resguardo de Consumos, que nos seguían, me hubieran hecho pasar un mal rato. Se había convenido verificar el duelo en una quinta de Carabanchel propiedad de la ex emperatriz Eugenia; mas ésta había dado orden — nuestros padrinos lo ignoraban— de cerrar las puertas de la finca, pues se hallaba harta de que sirviera de terreno para ventilar las cuestiones de honor, entonces muy frecuentes; al saberlo, quedaron perplejos sin saber adonde llevarnos; y al fin decidieron que se ventilase nuestro honor en
Leganés... en una casa del duque de Tamames.
        Dijo un periódico, y con razón, al relatar los incidentes del lance, que en éste sólo había habido una víctima; esta víctima era mi hermano Gonzalo, quien, por no alejarse de mí un momento, pasó un rato angustioso cuando, no pudiendo entrar en el sitio donde íbamos a cruzar los disparos, esperó, tras de la tapia, a conocer el resultado de ellos.
        Este desafío fue el suceso del día. Algunos periódicos dieron cuenta de él en extraordinarios, que arrebataron las gentes en la calle.
        Me sentía un héroe al ver cómo aumentaba mi popularidad, esa popularidad perseguidora de mi vida y origen de más molestias que provecho.
        Mi camino parecía trazado por la fatalidad; sólo había en él lugar para la lucha, para dar y recibir golpes...
        Esto del sino o del destino no es para tomarlo a broma, y es muy difícil, si no imposible; vencerlo; el árabe cree ciegamente en su metkub; yo, no tanto...
        He mantenido en política muy enconadas luchas; sin embargo, puedo afirmar, después del largo camino recorrido, que no he sentido por nadie odio, y he perdonado siempre, quizá con demasiada facilidad, las ofensas recibidas. Aprendí esto, como otras muchas cosas, de Sagasta, el cual ni odiaba, ni maldecía, ni murmuraba de ninguno; y le fue muy bien; era de la escuela de Disraeli; éste, cuando recibía una ofensa, por toda venganza escribía en un papel el nombre del ofensor, lo guardaba y lo leía después de transcurrido un año... ¿Y entonces?...”


Álvaro de Figueroa
Notas de una vida
M. Aguilar editor.

sábado, 11 de noviembre de 2017

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






NO VOLVERÉ A SER JOVEN


Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
—como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
—envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra


Jaime Gil de Biedma

martes, 7 de noviembre de 2017

OBITER DICTUM






      “Aunque es difícil medir la difusión de las ideas darwinianas y nietzscheanas, debe haber sido considerable. Las intenciones que había detrás de esas ideas tenían menos importancia que las necesidades de quienes las aceptaban y las utilizaban para expresar sus sentimientos y justificar sus actos. En consecuencia, la difusión del pensamiento darwiniano y nietzscheano fue más bien un efecto que una causa del cambio histórico. Aunque para la mayoría de la población siguieron siendo algo remoto, se convirtieron en algo inmensamente significativo y útil para las élites ocupadas en reafirmar su dominación.”


Arno J. Mayer

lunes, 6 de noviembre de 2017

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






REVOLUCIÓN


Había viajado a España con el proyecto de escribir artículos periodísticos, pero ingresé en la milicia casi de inmediato, porque en esa época y en esa atmósfera parecía ser la única actitud concebible. Los anarquistas seguían manteniendo el control virtual de Cataluña, y la revolución estaba aún en pleno apogeo. A quien se encontrara allí desde el comienzo probablemente le parecería, incluso en diciembre o en enero, que el período revolucionario estaba tocando a su fin; pero viniendo directamente de Inglaterra, el aspecto de Barcelona resultaba sorprendente e irresistible. Por primera vez en mi vida, me encontraba en una ciudad donde la clase trabajadora llevaba las riendas. Casi todos los edificios, cualquiera que fuera su tamaño, estaban en manos de los trabajadores y cubiertos con banderas rojas o con la bandera roja y negra de los anarquistas; las paredes ostentaban la hoz y el martillo y las iniciales de los partidos revolucionarios; casi todos los templos habían sido destruidos y sus imágenes, quemadas. Por todas partes, cuadrillas de obreros se dedicaban sistemáticamente a demoler iglesias. En toda tienda y en todo café se veían letreros que proclamaban su nueva condición de servicios socializados; hasta los limpiabotas habían sido colectivizados y sus cajas estaban pintadas de rojo y negro.

George Orwell.
Homenaje a Cataluña.

Editorial Proyección.

viernes, 3 de noviembre de 2017

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






Hablo contigo,
te hablo de una casa que he visto por la calle,
descascarillada bajo la lluvia,
o de cómo a veces
me quedo sentada mirando sin ver
o de qué extraños los pájaros.
Te hablo, anciana, o hablo para mí,
imagino tu cuerpo
que se va aquietando poco a poco
mientras coloco en una jarra
unas ramas de almendro;
las cogí hace tres años, pero no se han podrido
ni han caído las flores.
No significa nada,
tampoco la casa bajo la lluvia
significa nada, ni el lento
deterioro, pero todo es extraño
como pájaros.
Recuerdo personajes
de Ozu: el padre, la madre,
son ancianos también, es su vacío
antes de morir;
mi vacío es este tiempo que se extiende
reflejada en los otros,
su envejecer, su fealdad es la mía.
Te hablo,
pero sólo puedo hablarme,
he sentido por ti el rencor que sentimos
hacia los que hemos amado;
ahora estoy tranquila,
miro al vacío,
te oigo dentro de mí.
O de pronto paseo
cerca de un puente, es finales
de octubre, siento
una alegría difícil de explicar.
La alegría es misteriosa,
externa como un chaparrón,
la tristeza, en cambio, forma parte del ser,
casi constante, solapada en todo caso,
razonable siempre.


Olvido García Valdés

miércoles, 1 de noviembre de 2017

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE



MARLENE


         “Allí vi por primera vez a Fraülein Dietrich, si se la puede llamar así, pues vestía como si quisiera esconder su cuerpo. Lo que ella tenía que hacer no era fácil de mostrar. No recuerdo cómo era el diálogo; sólo que por fin tenía delante de mí el rostro que buscaba y un cuerpo que se correspondía con él. Había otra cosa que yo no había previsto, algo que me decía que mi búsqueda había finalizado. Se recostaba en el umbral de una puerta para observar la bufonada con aire distante, frente al bullicio del resto de actores, a quienes se había aconsejado que me hiciesen notar la relevancia de la escena alemana. Ella también sabía que me encontraba en la sala, pero mi presencia no la afectó, no le importaba y, por tanto, no trató de disimular su indiferencia.
         Manifestaba una gran serenidad (aunque resultó no ser natural, pues si no se la contenía, era incontrolable) que me aseguraba haber encontrado la andadura clásica en la tormenta que la actriz de mi película tendría que crear. Tenía delante algo más que un modelo trazado por Rops. Creo que si la hubiera visto Touluse-Lautrec, la habría aplaudido. Su aspecto era genial, lo que hiciera con él era otra cosa; pero ya me encargaría de eso.
         No es comparable con ninguna otra tarea creadora la de realizar un película. En ella actúan demasiados componentes que, si no se colocan adecuadamente, pueden llevar al fracaso el proyecto. Mi intuición, no siempre alerta, me había permitido aguantar hasta encontrar el elemento más importante de mi película, cuyo rodaje estaba a punto de empezar. La película había sido poco más que un ensayo que reflejaba el totalitarismo ejercido por un maestro de escuela, de no haber contado con la fuerza de una figura femenina fresca y estimulante. Al día siguiente, pregunté a mis socios las razones por las que no habían propuesto a Marlene para el papel. La respuesta fue un rumor de voces que me informaban de que esa actriz no era actriz. No iba a entrar a rebatir las ilegítimas definiciones que dieron de la actuación y sólo les dije que para ser actriz había que debutar alguna vez. Me contestaron en coro que, en este caso, había debutado más de una vez. Jannings me propuso emplear el tiempo que perdería en analizar el problema en acompañarle a desayunar por segunda vez, pues el hecho de preocuparnos por otros actores de una película, de la que era protagonista, le producía apetito siempre. Eran las nueve y cuarto de la mañana cuando le permití salir a la calle a comer todas las salchichas que encontrar en Berlín, cargando todo a mi cuenta. Se marchó de buen humor y pude permanecer en mi despacho, dando instrucciones para que me trajesen lo antes posible a la actriz.
         La señorita Dietrich vino a mi despacho esa misma tarde y no hizo el menor intento para despertar mi interés. Se sentó en el borde de un sofá, frente a mi mesa, con la mirada baja: la indiferencia hecha mujer. Iba vestida con un traje sastre de invierno de color verde oscuro y complementada con un sombrero, guantes y varias pieles. Parecía haber venido a visitarme para tomarse un merecido descanso. Ante mí tenía un estupendo modelo de feminidad, esencial para mi película, pero ella intentaba pasar inadvertida. Para despertarla de su letargo, le pregunté por qué resultaba dudosa su reputación como actriz. Miro un instante sus manos, enfundadas en los guantes, y las escondió con rapidez tras su espalda como si las hubiera enseñado demasiado. No resultaría fácil transformar en tigresa a aquella mujer envuelta en pieles.”


Josef von Sternberg. Memorias. Ediciones JC CLEMENTINE.