viernes, 17 de marzo de 2017

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






       FAME

This is Fame: Sundays,
an emptiness
as in Balthus,
cobbled alleys,
sunlit, aureate,
a wall, a brown tower
at the end of a street,
a blue without bells,
like a dead canvas
set in its white
frame, and flowers:
gladioli, lame
gladioli, stone petals
in a vase. The choir's
sky-high praise
turned off. A book
of prints that turns
by itself. The ticktock
of high heels on a sidewalk.
A crawling clock.
A craving for work.


                                         Derek Walcott

miércoles, 15 de marzo de 2017

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




DAISY


        “Los ex combatientes llegaban constantemente a la puerta a vender cordones de zapatos y pedir ropa usada. Siempre les dábamos una taza de té y algo de dinero. Islip era un alto coveniente entre los asilos de Chipping Norton y Oxford. En una ocasión, un ex combatiente sin empleo (maquinista de profesión), se presentó con sus tres hijos, incluyendo un bebé. La madre había muerto recientemente de parto. Aquella situación nos produjo gran compasión, y Nancy se ofreció a adoptar a la hija mayor, Daisy, que iba a cumplir trece años y era la que preocupaba más a su padre. Nancy se comprometió a enseñarle a la niña los quehaceres domésticos, de manera que pudiera después encontrar un empleo en alguna casa. El ferroviario derramó lágrimas de gratitud, y Daisy, una muchachita grande, fea, fuerte como un caballo y endurecida por los tres años de vagabundeo por los caminos, pareció alegrarse de ser un miembro de la familia. Nancy le hizo nueva ropa, la lavamos, le compramos zapatos, y le dimos una habitación. El ferroviario quería que Daisy continuara sus estudios interrumpidos por el nomadismo de su vida. Pero la profesora puso a Daisy con los niños más pequeños, y las muchachas mayores no hacían más que burlarse de ella. Para desquitarse, ella les tiraba del pelo o las empujaba, y muy pronto detestó la escuela. Después de cierto tiempo comenzó a sentir nostalgia de su vida andariega.
        --Eso sí que era vida –solía decir--. Papa y yo y mi hermano y el bebé. El bebé resultó ser una bendición. Cuando llamaba a las puertas traseras con él siempre conseguía algo. Por supuesto yo era lista, y si trataban de cerrarme la puerta en la cara metía el pie y decía: «éste es mi hermanito huérfano»; entonces miraba qué había en la habitación y pedía algo de lo que había visto. Si veía un carrito de niños viejo lo pedía. Por supuesto que nosotros teníamos uno mejor, pero entonces revendíamos el que me acababan de dar en el pueblo siguiente. Los buenos mendigos siempre piden una cosa precisa, algo que ven que está a mano. No es bueno pedir comida o dinero. Yo lograba muchas cosas para mi papá. Según él yo era mucho mejor mendiga. Marchábamos cantando En el camino y hacia ninguna parte. Y siempre podíamos ir a los asilos cuando el tiempo era malo. El asilo de Chippy Norton era nuestro hogar durante el invierno. Allí veíamos películas una vez por semana. Recorrimos todo el país: Gales, Devonshire, llegábamos hasta Escocia, pero siempre volvíamos a Chippy.
        Nancy y yo nos quedamos aterrorizados un día que un vagabundo se acercó a la puerta y Daisy le cerró la puerta en la cara, gritándole:
        --¡Largo de aquí, inmediatamente, Narizotas, y que no se te vuelva a ocurrir asomar el hocico en casa de gente respetable! Te conozco muy bien, Narizotas Williams –continuó--, tú y tus documentos de ex combatiente que le robaste a un fulano en Salisbury, sé también que en Plymouth te espera cierta acusación por bigamia. Largo de aquí, inmediatamente, si no quieres que llame a la policía.
        Daisy nos contó las verdaderas historias de muchos de los mendigos a quienes habíamos protegido.
        --Ni una sola de estas porquerías es un hombre decente –dijo--; el único es mi padre. La razón por la que la mayoría anden de vagabundos es que la policía tiene algo contra ellos, por eso deben ir de un lado para otro. Por supuesto que a mi papá le desagrada esta vida; comenzó demasiado tarde. Mi mamá era muy respetable. Con ella siempre estuvimos limpios. La mayoría de los vagabundos tiene piojos, y enfermedades horribles; se mantienen alejados del hospicio todo lo que pueden, porque no toleran los baños con desinfectante.
        Daisy vivió con nosotros todo el invierno. Cuando llegó la primavera y los caminos se secaron, su padre la volvió a llamar. Sin ella no podía atender a los más pequeños. No la volvimos a ver, aunque en una ocasión nos escribió desde Chipping Norton pidiéndonos dinero.


Robert Graves. Adiós a todo eso. Muchnik Editores.

lunes, 13 de marzo de 2017

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





       TARDE MADRILEÑA


La calle de Alcalá. Sol. Primavera.
Las tres. Queda en la paz dominical
de la riente bulla mañanera,
el eco de unos trajes de percal.

Endomingado pasa algún hortera
en busca de su idilio semanal.
Un frescor sobre el fuego de la acera
sale de un ancho y húmedo portal.

Bullicio en los cafés. Fuera, se siente
el sopor de la siesta en el ambiente.
Llena de luz albea la Cibeles...

Comienzan a pasar coches sonoros;
y dejan un cantar de cascabeles
los primeros que van hacia los toros.


                                              Fernando Fortún

miércoles, 8 de marzo de 2017

ALLÁ EN LAS INDIAS




EN MACHIPARO


       “Complidos doce días de Mayo llegamos a las provincias de Machiparo, que es muy gran señor y de mucha gente y confina con otro señor tan grande, llamado Omaga, y son amigos que se juntan para dar guerra a otros señores que están la tierra dentro, que les vienen cada día a echar de sus casas. Este Machiparo está asentado sobre el mismo río en una loma, y tiene muchas y muy grandes poblaciones que juntan de pelea a cincuenta mil hombres de edad de treinta años hasta setenta, porque los mozos no salen a la guerra ni en cuantas batallas nosotros con ellos tuvimos no les vimos, sino fueron viejos, y éstos muy dispuestos, y tienen bozos y no barbas.
       Antes que llegásemos a este pueblo con dos leguas vimos estar blanqueando los pueblos, y no habíamos andado mucho cuando vimos venir por el río arriba muy gran cantidad de canoas, todas puestas a punto de guerra, lucidas, y con sus paveses, que son de conchas de lagartos y de cueros de manatís y de dantas, tan altos como un hombre, porque todos los cubren. Traían muy gran grita, tocando muchos atambores y trompetas de palo, amenazándonos que nos habían de comer. Luego el Capitán mandó que los dos bergantines se juntasen porque el uno al otro se favoreciese, y que todos tomasen sus armas y mirasen lo que tenían delante y viesen la necesidad que tenían de defender sus personas y pelear por salir a buen puerto, y que todos se encomendasen a Dios, que Él nos ayudaría en aquella necesidad grande en que estábamos; y en este medio tiempo los indios se venían acercando, hechos sus escuadrones, para nos tomar en medio, y así venían tan ordenadamente y con tanta soberbia que parecía que ya nos tenían en las manos. Nuestros compañeros estaban todos con tanto ánimo que les parecía que no bastaba para cada un cuatro indios, y así llegaron los indios hasta que nos comenzaron a ofender. Luego el Capitán mandó que aparejasen los arcabuces y ballestas. Aquí nos aconteció un desmán no pequeño para el tiempo en que estábamos, que fue que los arcabuceros hallaron húmeda la pólvora, a cabsa de los cual no aprovecharon nada, y fue necesario que la falta de los arcabuces supliesen las ballestas; y así comenzaron nuestros ballesteros a hacer algún daño en los enemigos, porque estaban cerca y nosotros temerosos; y visto los indios que tanto daño se les hacía, comenzaron a detenerse, no mostrando punto de cobardía, antes parecía que les crecía el ánimo, y siempre les venía mucha gente de socorro, y todas las veces que les venía nos comenzaban a acometer tan osadamente que parecía que querían tomar a manos los bergantines. Desta manera fuimos peleando fasta llegar al pueblo, donde había muy gran cantidad de gente puesta sobre las barRancas en defensa de sus casas. Aquí tuvimos una batalla peligrosa, porque como había muchos indios por el agua y por la tierra y de todas partes nos daban cruda guerra; y así fue necesario, aunque con riesgo al parecer de todas nuestras personas, acometimos y tomamos el primer puesto a donde los indios no dejaban de saltar a tierra a nuestros compañeros, porque la defendían muy animosamente; y si no fueran por las ballestas que aquí hicieron señalados tiros, por donde pareció ser bien la providencia divina lo de la nuez de la ballesta, no se ganara el puerto; y así, con esta ayuda ya dicha çabordaron los bergantines en tierra y saltaron al agua la mitad de nuestros compañeros y dieron en los indios de tal manera que los hicieron huir…


Gaspar del Carvajal. 
Relación del nuevo descubrimiento del Rio Grande por el capitán Francisco de Orellana.

martes, 7 de marzo de 2017

OBITER DICTUM






«El paseo nos había puesto hambrientos, y para nosotros comer en un sitio caro como Michaud era una aventura llena de alegría. Allí estaba Joyce cenando con su familia. Él y su esposa se sentaban de espaldas a la pared, y Joyce examinaba la carta a través de sus gruesos lentes, acercándosela a la cara; a su lado se sentaba Nora, que comía con apetito, pero sólo platos finos; Giorgio era delgado, cuidaba mucho su aspecto, y su nuca se veía muy bien peinada; Lucía tenía una gran belleza rizada, y era una muchacha no del todo desarrollada todavía. Hablaban en italiano.»

Ernest Hemingway.

viernes, 3 de marzo de 2017

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





EL AROMA DEL VINO VIEJO


       “Navegaba por el Mediterráneo nuevamente en dirección a Eritrea después de un periodo de permiso en Italia, cuando a la altura de Candia un marconigrama desde Egipto me rogó que interrumpiese mi viaje, que desembarcase en Port Saíd y me dirigiese a Alejandría.
       Fue así como en una de estas jornadas otoñales que sólo se tienen entre el Nilo, Suez y Port Saíd, cuando el cielo, la tierra y el mar componen una armonía de tan lograda belleza que llega a ser molesta, como una luz demasiado cegadora, un ceremonioso señor perfectamente esférico, al que parecía que habían sacado brillo con aceito de coco, se me acercó a los pies de un escalón y me dirigió, casi rodando, por interminables corredores de color escarlata, a lo largo de pasillos estucados de blanco hasta una sala abierta que daba al mar; un mar tan azul y tan silencioso que parecía imposible que a dos kilómetros de distancia, frenado por los diques, llevase espuma verdosa y bituminosa en el puerto, entre chirridos de grúas, ululatos de sirenas, jadeos de locomotoras y zumbido de motores.
       El señor ceremonioso hablaba un correcto francés levantino, pero la señora que me esperaba en el salón abierto al mar se expresaba en un inglés que tenía la cadencia de Oxford.
       Había ya coincidido con esta mujer en otros países y en circunstancias completamente distintas. Ahora se había enterado de que tenía que atravesar el Canal para volver a Eritrea y había querido verme.
       Me encuentro con una mujer que ha pasado de los cuarenta hace bastante, a la cual el tiempo ha dado el aroma del vino viejo, la pátina que los siglos extienden sobre los mármoles preciosos. Al verla no se piensa en lo bella que tuvo que ser de joven, más bien parece que su perfección ha alcanzado un carácter definitivo. Alta, delgada, esbelta no esconde los frecuentes cabellos blancos en la masa leonada de su cabellera, no corrige con maquillaje las señales del tiempo, que no envejecen el rostro, sino que le confieren la nobleza de un esmalte.”


Alberto Denti de Pirajno. Medicina para serpientes. Ediciones del Viento.

jueves, 2 de marzo de 2017

OBITER DICTUM






«Volvimos a nuestra habitación verde con su demente mural, y nos dimos cuenta de que estábamos deprimidos. No nos podíamos imaginar exactamente por qué, y entonces caímos en la cuenta: hay muy poca risa en las calles, y raramente alguien sonríe. La gente camina, o más bien se va escabullendo, con la cabeza gacha, y no sonríen. Quizá es que trabajan demasiado, que tienen que viajar demasiado lejos para llegar al trabajo que hacen. Parece haber una gran seriedad en las calles, y quizá esto siempre era así, no lo sabemos. »

John Steinbeck.

lunes, 27 de febrero de 2017

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






           LETRA DE TANGO


La lluvia hace crecer la ciudad
como una gran rosa oxidada.
La ciudad es más grande y desierta
después que junto a las empalizadas del Barrio Estación
los padres huyen con sus hijos vestidos de marineros.
Globos sin dueños van por los tejados
y las costureras dejan de pedalear en sus máquinas.
Junto al canal que mueve sus sucias escamas
corto una brizna para un caballo escuálido
que la olfatea y después la rechaza.
Camino con el cuello del abrigo alzado
esperando ver aparecer luces de algún perdido bar
mientras huellas de amores que nunca tuve
aparecen en mi corazón
como en la ciudad los rieles de los tranvías
que dejaron hace tanto tiempo de pasar.


Jorge Terllier

miércoles, 22 de febrero de 2017

OBITER DICTUM






“Si es fácil atravesar la India rápidamente, de un extremo a otro, solo y sin temor mientras se está en las provincias inglesas, y siguiendo las grandes vías militares, ofrece mucha dificultad viajar lentamente cuando se pasa por poblaciones que, sin ser francamente hostiles, miran siempre al extranjero con desconfianza.”


Louis Rousselet.

domingo, 19 de febrero de 2017

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






      PECUS

Vespertiliones.
ISAÏE.
Je suis l'Aristée
Des chauves-souris,
Abeille attristée
Aux miels fins et gris,
Aux miels gris de perle
Que, de ses pâleurs,
La lune déferle
Dans les froides fleurs
Dont toi seul adores,
Essaim fabuleux,
Le suc d'inodores
Hortensias bleus.


Robert de Montesquieu-Fézensac