lunes, 9 de febrero de 2015

OBITER DICTUM






Algunos tienen una cara tan gorda, que pueden darse el lujo de reír bajo su grasa, sin que el más avezado fisonomista sea capaz de percibirlo. No como nosotros, miserables criaturas descarnadas cuya alma está inmediatamente debajo de la epidermis, y que nos expresamos siempre en un idioma en el que es imposible mentir.”


Georg C. Lichtenberg

miércoles, 4 de febrero de 2015

Y EL ÓBOLO BAJO LENGUA






     YO FUI...

Yo fui.

Columna ardiente, luna de primavera.
Mar dorado, ojos grandes.

Busqué lo que pensaba;
pensé, como al amanecer en sueño lánguido,
lo que pinta el deseo en días adolescentes.
Canté, subí,
fui luz un día
arrastrado en la llama.

Como un golpe de viento
que deshace la sombra,
caí en lo negro,
en el mundo insaciable.

He sido.


                              Luis Cernuda

lunes, 2 de febrero de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




EN EL REINO DE NADEZHDA


“Nevaba fuerte la tarde en que fui a ver a Nadezhda Mandelstam. La nieve de mi abrigo se fundía y dejaba un reguero de agua sobre el suelo de su cocina. La cocina olía a queroseno y a pan rancio. Sobre la mesa había unos aros pegajosos de color púrpura, un jarrón lleno de begonias y unos vasos secos dejados allí desde la levedad de un verano ruso.
         Un tipo gordo con gafas salió del dormitorio. Se me quedó mirando mientra se anudaba una bufanda en torno a sus mofletes, y se fue.
         Ella me hizo entrar. Estaba tumbada sobre el lado izquierdo, encima de la cama, en medio de las sábanas arrugadas, apoyando la cabeza sobre el puño cerrado. Me saludó sin moverse,
         --¿Qué le parece mi médico? –se burló ella--. Estoy enferma.
         El médico, supongo, era el hombre del KGB que tenía asignado.
         La habitación atufaba de calor y estaba toda regada de libros y ropa. Su pelo de mala calidad parecía liquen, y la luz lateral de la lámpara lo traspasaba. Refuerzos de metal blanco brillaban entre los oscuros espetones de sus dientes. Un cigarrillo colgaba de su labio inferior. Su nariz era un arma. Uno se daba cuenta de inmediato de que era una de las mujeres más poderosas del mundo, y ella lo sabía.
         Un amigo de Inglaterra me había aconsejado que le llevara tres cosas: champán, novelas policíacas baratas y mermelada. Ella se quedó mirando al champán, y dijo: «¡Bollinger!», sin demasiado entusiasmo. Se puso a mirar las novelas y dijo:
         --Romans policiers! ¡La próxima vez que venga a Rusia tráigame verdadera BASURA!
         Pero cuando saqué los tres frascos de mermelada de naranjas sevillanas hechos por mi madre, se quitó el cigarrillo de la boca y sonrió.
         --Gracias, querido. La mermelada es mi infancia. Y dime, querido… --me indicó por señas que cogiera una silla, y en aquel momento una de las tetas se le salió del camisón--. Dime… --volvió a meterse el pecho dentro--, ¿hay algún gran poeta en tu país? Quiero decir verdaderamente grande… De la estatura de Joyce o de Eliot…
         Auden seguía vivo en Oxford. Así que, débilmente, sugerí que Auden.
         --¡Auden no es lo que yo llamaría un gran poeta!
         --Sí –dije--. La mayor parte de las voces están calladas.
         --¿Y en prosa?
         --No mucho.
         --¿Y en América? ¿Hay poetas?
         --Algunos.
         --Dime, ¿fue Hemingway un gran novelista?
         --No siempre –dije--. No ya al final. Aunque hoy goza de poca estima. Sus primeros cuentos son maravillosos.
         --El novelista americano maravilloso es Faulkner. Estoy ayudando a un joven amigo a traducir a Faulkner al ruso. Y tengo que decirle que estamos encontrando dificultades. En Rusia –gruñó—ya no quedan grandes escritores. También aquí las voces se han callado. Tenemos a Solyenitsin. Cuando cree que está diciéndote la verdad, cuenta las falsedades más terribles. Pero cuando piensa que está escribiendo una historia sacada de su imaginación, entonces, a veces, logra la verdad.
         --¿Qué piensa usted de ese relato…? –balbucí--. He olvidado su nombre. Ése donde la anciana es arrollada por un tren.
         --¿Quiere decir usted La casa de Matriona?
         --Sí, ése –dije--. ¿Cree usted que logra la verdad?
         --¡Eso nunca podría haber ocurrido en Rusia!
         Sobre la pared encima de la cama, había un lienzo blanco, colgado en oblicuo. La pintura era blanca, blanco sobre blanco, unas pocas botellas blancas sobre un fondo blanco puro. Conocía al autor de la obra: un judío ucraniano, como ella.
         --Veo que tiene usted un cuadro de Weissberg –dije.
         --Sí. Y me pregunto si querría usted ponérmelo derecho. Tire un libro y le di al cuadro por error. ¡Un libro desagradable de una escritora australiana!
         Le enderecé el cuadro.
         --Weissberg –dijo—es nuestro mejor pintor. Tal vez sea eso todo lo que puede hacerse hoy en Rusia: ¡pintar en blanco!”


Bruce Chatwin. ¿Qué hago yo aquí? Muchnik Editores.

viernes, 30 de enero de 2015

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






EL VIAJE DEFINITIVO


… Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
cantando;
y se quedara mi huerto, con su verde árbol,
y con su pozo blanco.

Todas las tardes, el cielo será azul y plácido;
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu errará nostáljico…

Y yo me iré, y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido…
Y se quedarán los pájaros cantando.


      Juan Ramón Jiménez.

miércoles, 28 de enero de 2015

OBITER DICTUM




“Quisiera decir unas palabras sobre los últimos momentos de Stevenson. Como ya sabéis, no soy de los que andan buscando material de interés humano al hablar de libros. El interés humano no es mi especialidad, como solía decir Vronski. Pero los libros tienen su destino, según la cita latina, y a veces el destino de los autores sigue al de sus libros. Ahí tenemos el del viejo Tolstoi, que abandona en 1910 a su familia para vagar y morir en la habitación de un jefe de estación en medio del estrépito de los trenes que mataron a Ana Karenina. Y hay algo en la muerte de Stevenson en Samoa (1894) que imita de manera singular el tema del vino y el tema de la transformación, tan atractivos para su fantasía. Bajó a la bodega a subir una botella de su borgoña favorito, la descorchó en la cocina, y de repente llamó a gritos a su mujer: ¿Qué me pasa, qué es esto tan extraño, me ha cambiado la cara?, y cayó al suelo. Se le había reventado un vaso sanguíneo en el cerebro, y falleció un par de horas después.”


Vladimir Nabokov.

lunes, 26 de enero de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE



EN ALEJANDRÍA


“Decidimos ir a ver con nuestros propios ojos lo que ocurría. De nuevo en la carretera, nos vimos, como antes, ante una interminable cadena de vehículos que se dirigían al Este; al atardecer había empezado a soplar una tormenta de arena, para ponerlo todo peor. En la encrucijada, donde una carretera penetra en el desierto y la otra va a Alejandría, la situación se puso imposible. Los pantanos salinos se extienden aquí a ambos lados de la carretera y ahora los vehículos estaban tan apretujados que iban de dos y hasta de tres en fondo. Era imposible pasar, imposible adentrarse por los pantanos donde los vehículos se hundirían sin remedio. Estaba ya oscureciendo, de modo que decidimos renunciar a tratar de llegar a El Alamein e ir en su lugar a Alejandría.
        Paso a paso, casi como tortugas, fuimos carretera adelante. A veces teníamos que parar completamente. Luego, gradualmente, el tráfico fue haciéndose menos denso y acabó cesando por completo. Yo nunca había visto la carretera de Alejandría tan sombría y solitaria: aquellos parapetos, aquellas llanuras salinas, antes tan llenas de soldados, parecían ahora desiertas. Hasta los beduinos parecían haber desaparecido. De vez en cuando un camión militar o un coche lleno de soldados pasaba a toda velocidad, daba la vuelta a la esquina y desaparecía en dirección a El Cairo, pero el viejo campamento donde los polacos se habían fogueado, que solía estar lleno de vehículos y material recién llegado, estaba ahora extrañamente vacío. Vi una compañía de soldados indios que estaba formándose para escuchar a un oficial, parecían una patrulla de demolición o de vigilancia de retaguardia. Un poco más allá, vi otra compañía india que iba hacia una hilera de camiones, cada indio con su petate al hombro.
        Así las cosas, llegamos por fin a Alejandría. Allí, de la noche a la mañana, todo parecía haber perdido vida. Los globos de cortina contra los aviones flotaban aún sobre la ciudad, pero casi todos los barcos se habían ido, muchas tiendas estaban cerradas, y las calles, que solían hervir de gente a esta hora del atardecer, estaban ahora medio desiertas.
        Nos paramos ante el «Cecil Hotel», junto al muelle. Siempre había sido nuestro cuartel general alejandrino y era un edificio alegre, lleno de oficiales de la flota y de mujeres. Ahora, todo esto había cambiado. Nos fue fácil encontrar habitación. El bar estaba medio vacío, y la poca gente que vimos en él estaba sentada en grupitos, comentando las noticias o la falta de noticias. Dos policías militares se nos acercaron y nos ordenaron que nos incorporásemos inmediatamente a nuestras unidades; les dijimos que no sabíamos a dónde teníamos que ir a presentarnos, como no fuese al Cuartel General, y que nos era imposible volver allí a causa del embotellamiento del tráfico. Por fin, convinimos en que, como los demás oficiales que estaban en el hotel, no saldríamos de él hasta la mañana siguiente.”


Alan Moorehead. Trilogía africana. Inédita Editores.

domingo, 25 de enero de 2015

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





CREÍ PASAR MI TIEMPO...


Creí pasar mi tiempo
amando
y siendo amada
comienzo a darme cuenta
que lo pasé despedazando
mientras era a mi vez
des
   pe
     da
       za
         da.


Claribel Alegría.

jueves, 22 de enero de 2015

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






BROOMS


1

Only brooms
Know the devil
Still exists,

That the snow grows whiter
After a crow has flown over it,
That a dark dusty corner
Is the place of dreamers and children,

That a broom is also a tree
In the orchard of the poor,
That a hanging roach there
Is a mute dove.


Charles Simic

lunes, 19 de enero de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




LAS HUELLAS DE CARQUEMIS


“Pero resulta difícil expresar con palabras el espíritu del lugar, de las ruinas que quedan en aquella tierra inmensa, azotada por el viento y carente de vegetación. En el Kalaat, donde las columnas romanas cubiertas de líquenes descansan sobre la hierba, bajamos por la pendiente de tierra hasta los niveles inferiores del terreno hitita y nos encontramos en un mundo extraño en el que puede suceder cualquier cosa. A la derecha fluye el Éufrates, cuyas aguas marrones brincan y se arremolinan, formando una pronunciada curva. El montículo de la acrópolis, calcinado y lleno de zanjas, se alza sobre el río; hacia el interior, la aplastante línea de las murallas impide ver más allá y da la sensación de que se trata de una ciudad vallada. Nos encontramos sobre el deteriorado pavimento o en el patio adoquinado cuyas piedras pulidas no han conocido la huella de un pie humano desde que Carquemis se derrumbó entre el humo y el tumulto hace dos mil quinientos años, y a nuestro alrededor hay largas hileras de figuras esculpidas, dioses, animales, hombres que luchan e inscripciones en honor de reyes olvidados; estatuas de antiguas divinidades; amplias escaleras y puertas, en cuyos umbrales se ven aún las cenizas; basas de columnas con fustes de cedro y capiteles de bronce con dibujos labrados de redes y granadas… Y las anémonas escarlatas que crecen entre las piedras, los lagartos que toman el sol sobre los muros del palacio o el templo, y el viento primaveral que cubre de polvo las ruinas de la ciudad imperial. Carquemis debió de ser magnífica cuando sus esculturas lucían alegres colores, cuando el sol brillaba sobre los muros esmaltados y los apagados ladrillos estaban recubiertos con paneles de cedro y placas de bronce, cuando los caballos empenachados tiraban de los carros por sus calles; y los grandes señores, con amplios trajes bordados y cinturones negros y dorados, entraban y salían por las puertas esculpidas de los palacios. Pero incluso ahora, cuando el lugar está abandonado y arrasado, en la melancolía de sus ruinas se encuentra un encanto sutil que compensa la gloria de sus mejores tiempos. Reina la nostalgia, como en todas las ruinas. Pero antes de la hora de comer desaparece, cuando los hombres descansan en la gran escalera, se apelotonan a la sombra de la Muralla Procesional o, cuando un par de trovadores errantes llegan hasta allí y, al sonido de la penetrante flauta y el tambor medio centenar de hombres se reúnen en el patio del palacio; entonces se olvida la tristeza de las cosas perdidas. Esos vagabundos con sus atuendos chillones, como flores en un jardín de piedra, esos despreocupados bailarines de tez oscura, no podrían encontrar un escenario mejor que las piedras caídas, los peldaños que ascienden como un decorado teatral para su representación al aire libre, y la fila de carros esculpidos que realzan la vitalidad humana con su edad intemporal.”


Leonard Woolley. Ciudades muertas y…  Ediciones del Viento.

miércoles, 14 de enero de 2015

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA




AND DEATH SHALL HAVE NO DOMINION


And death shall have no dominion.
Dead men naked they shall be one
With the man in the wind and the west moon;
When their bones are picked clean and the clean bones gone,
They shall have stars at elbow and foot;
Though they go mad they shall be sane,
Though they sink through the sea they shall rise again;
Though lovers be lost love shall not;
Ant death shall have no dominion.

And death shall have no dominion.
Under the windings of the sea
They lying long shall not die windily;
Twisting on racks when sinews give way,
Strapped to a wheel, yet they shall not break;
Faith in their hands shall snap in two,
And the unicorn evils run them through;
Split all ends up they shan’t crack;
And death shall have no dominion.

And death shall have no dominion.
No more may gulls cry at their ears
Or waves break loud on the seashores,
Where blew a flower may a flower no more
Lift its head to the blows of the rain;
Though they be mad and dead as nails,
Heads of the characters hammer through daisies;
Break in the sun till the sun breaks down,
And death shall have no dominion.

Dylan Thomas.