martes, 9 de septiembre de 2014

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





[LA QUIMERA DEL ORO]

toda carrera por el oro
tiene un héroe,
la disminución del Paraíso
produce un aumento compensatorio
en la antropofagia ritual,
la herida resulta
de un golpe de bastón bien dado por el héroe,
conduce de los adornos de plumas
a la posesión de la cachonda recepcionista,
la idea del oro divide el reino
(mares, tierras)
en las paredes del comedor,
la idea del oro
revela un grado de civilización,
el aurífice clama,
la idea del oro son hojas vellosas,
vísceras florecidas en la sumisión a la idea
de que cualquier deseo está contenido
sólo enteramente en su verificación,
nuestro redentor es de carácter volcánico,
la idea del oro se aplica al movimiento
de un cuerpo hacia arriba,
planta virgen y venenosa,
todas sus flores tienen
olor fuerte y nauseabundo,


José Carlos Becerra

domingo, 7 de septiembre de 2014

OBITER DICTUM






«En las mañanas de primavera, yo me ponía a trabajar temprano, mientras mi mujer dormía todavía. Las ventanas estaban abiertas de par en par, y el empedrado de la calle iba secándose tras la lluvia. El sol arrancaba la humedad a las fachadas de enfrente. Las tiendas estaban todavía encerradas en sus postigos. El cabrero subía por la calle al son de su flauta, y la mujer que vivía en el piso encima del nuestro bajaba a la calle con un gran jarro. El cabrero escogía una de sus cabras negras, de ubres pesadas, y la ordeñaba en el jarro, mientras el perro arrimaba las demás cabras a la acera. Las cabras miraban a su alrededor, torciendo el cuello como turistas en un panorama nuevo. El cabrero cobraba y daba las gracias a la mujer, y subía calle arriba tocando la flauta, y el perro guiaba a las cabras que meneaban los cuernos a cabezadas.»

Ernest Hemingway.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA



SCRITTO FORSE SU UNA TOMBA


Qui lontani da tutti, il sole batte
su i tuoi capelli e vi riaccende il miele,
e a noi vivi ricorda dal suo arbusto
già l’ultima cicala dell’estate,
e la sirena che ulula profonda
l’allarme sulla pianura lombarda.
O voci arse dall’aria, che volete?
Ancora sale la noia de la terra.


                          Salvarote Quasimodo

lunes, 1 de septiembre de 2014

ALLÁ EN LAS INDIAS






ÇAGOATEPAN


        “Aquel pueblo de Çagoatepan hallamos quemado hasta las mezquitas y casas de sus ídolos, y no hallamos en él gente ninguna ni nueva de las canoas que habían venido el río arriba. Hallose en él mucho maíz, mucho más granado que lo de atrás, y yuca y agies y buenos pastos para los caballos; porque en la ribera del río, que es muy hermosa, había muy buena yerba, y con este refrigerio se olvidó algo del trabajo pasado, aunque yo tuve siempre mucha pena por no saber de las canoas que había enviado el rio arriba; y andando mirando el pueblo, haIlé yo una saeta hincada en el suelo, donde conosci que las canoas habían llegado allí, porque todos los que venían en ellas eran ballesteros, y diome más pena creyendo que allí habían peleado con ellos, y habían muerto, pues no parecían; y en unas canoas pequeñas que por allí se hallaron, hice pasar de la otra parte del río, donde hallaron mucha copia de gente y labranzas, y andando por ellas, fueron a dar a una gran laguna, donde hallaron toda la gente del pueblo en canoas y en isletas; y en viendo a los cristianos, se vinieron a ellos muy seguros, y sin entender lo que decían me trujeron hasta treinta o cuarenta dellos; los cuales, después de haberles hablado, me dijeron que ellos habían quemado su pueblo por inducimiento de aquel señor de Çagoatepan, y se habían ido de él a aquellas lagunas por el terror que él les puso, y que después habían venido por allí ciertos cristianos de los de mi compañía en unas canoas, y con ellos algunos de los naturales de Iztapan; de los cuales habían sabido el buen tratamiento que yo a todos hacía, y que por eso se habían asegurado, y que los cristianos habían estado allí dos días esperándome, y como no venía, se habían ido el río arriba a otro pueblo que se llama Petenecte, y que con ellos se había ido un hermano del señor de aquel pueblo, con cuatro canoas cargadas de gente, para si en el otro pueblo Ies quisiesen hacer algún daño, ayudarlos, y que les habían dado mucho bastimento y todo lo que hubieron menester.


Hernán Cortés.
Cartas de relación.

jueves, 28 de agosto de 2014

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




VALLE DEL SÁBATO


“Las ruinas que había ido a examinar, toscos muros de cemento y escombros que rodeaban unos cuantos acres de cimas boscosas, no eran la cuna de la antigua raza sabina, sino que databan de época cristiana y parecían parte de un refugio utilizado por los lugareños para abrigarse con su ganado tal vez en los calamitosos tiempos en que Alarico ocupó el Sur después del saqueo de Roma y en que la interminable guerra entre los godos y los latinos desató la anarquía en las recónditas montañas. Desde el punto de vista del arqueólogo, aquellas tardías y anónimas ruinas tenían poco interés, pero no se podía pedir un lugar de trabajo mejor. El redondeado altozano que coronaba las murallas se elevaba desde el lecho del río y se unía a las estribaciones del valle a través de un estrecho collado que conducía al único acceso al circuito de murallas. La pendiente estaba cubierta de grandes hayas, las hayas y los castaños se entremezclaban en la cima, y al mirar al norte hacia el rectilíneo valle, se veía el río, poco caudaloso en aquellos días veraniegos, entre las riberas quebradas junto a las que había angostas franjas de tierras de cultivo o pastos y algunos cerezos medio sofocados por la gruesa maleza castaña que vestía las laderas inferiores. Un poco más arriba, los castaños dejaban paso a los robles y estos a los pinos más oscuros, y asomándose sobre las copas de los pinos sobresalía el precipicio que cerraba el valle como una pared de mármol y lo ocultaba todo, a excepción de las cumbres más altas cubiertas de nieve. Y en medio de aquello, en las extensiones sin árboles, no se veía ni una casa. El único signo de vida humana eran las finas columnas de humo que se alzaban en los bosquecillos de castaños en los que trabajaban los carboneros. Los desiertos de Nubia no resultaban más remotos que aquel valle del Sábato superior, pero en lugar de tierra agostada y rocas quemadas por el sol, había agua corriente, hierba, árboles y montañas, una población escasa pero agradable, y huellas de Pan y de los duendes del bosque en los laberínticos canales y los sombreados pastos.
A las ocho de la mañana mis trabajadores paraban para desayunar mientras yo, en vez de comer, daba un paseo o fumaba un cigarrillo contemplando la vista del valle. Pero un día a esa hora vi a un miembro que no se había presentado antes corriendo por la ladera en dirección a la entrada y balanceándose por el peso de una piel de cabra medio llena: era leche fresca de la montaña que había batido toscamente y, al llegar a donde yo estaba, abrió la piel y me mostró el blanco y cremoso queso ya separado del suero. Luego lo estrujó entre hojas de helecho para endurecerlo y, mientras otros se acercaban con cerezas, vino tinto y pan, talló una cuchara para comer el queso fresco en una rama de haya y dispuso unas hojas de acedera a modo de plato. Comí mi desayuno en la cuesta sobre el río. Los hombres, un poco alejados, se reían y cantaban fragmentos de canciones, y oculto en el bosque, un joven cabrero tocaba con su flauta de junco una tonada más antigua que Roma, más antigua que los pueblos montañosos de los sabinos, la tonada que el viento canta a las rocas y a los arbustos de los pastos de las tierras altas.”


Leonard Woolley. Ciudades muertas y…  Ediciones del Viento.




miércoles, 27 de agosto de 2014

OBITER DICTUM





“Mi vida por entonces no podía ser más placentera y menos heroica. Por las mañanas salía en piragua en la mar de Riazor, una piragua canadiense de lona y con la proa y la popa reviradas, salía todos los días o casi todos los días pero casi nunca pasaba de las peñas de enfrente porque hubiera sido peligroso, si hacía frío me ponía un jersey de marinero de manga larga, tenía dos muy bonitos, uno azul y el otro a franjas horizontales blancas y azules, y si llovía iba de boina o con un gorro de punto blanco y con un pompón rojo; en las mareas vivas la mar se enseñaba bastante dura y la gente iba a verme pelear con las olas, ahora aquello me parece una insensatez pero entonces, no; sabiendo tomarle el pulso a las olas y aprovechando la novena, que es la grande, la cosa no era demasiado difícil, esta novena ola me ponía encima del malecón, en la vía del tranvía. La piragua me la guardaba Pachancho en su cueva, hacia el campo de futbol, el viejo Riazor, donde vivía con su mujer y sus siete hijos pequeños, todos niños; Pachancho y los suyos eran tan pobres que no comían más que centollas y pulpos, que era lo que les quedaba más a mano.”



Camilo José Cela.

lunes, 25 de agosto de 2014

OBITER DICTUM






“Recojo mis documentos y redacto el informe del día en la oficina, comprobando con tristeza los muchos proyectos iniciados que nunca se completaran. Un movimiento en la ventana de enfrente me distrae y al azar la vista veo aparecer un momento entre las persianas a una mujer llamada Giullietta, desnuda de cintura para arriba con la pretensión de lavarse: una vista familiar que hemos llegado a aceptar como pequeña ofrenda al dios de la fertilidad. Pasa por la calle un vendedor de escobas gritando como el almuédano que llama a los fieles a la oración. Ya están preparando las cenas y el prodigioso olor a comida agradable elimina un momento el de los sumideros. Miro por última vez los ojos de las enormes y enigmáticas estatuas femeninas que flanquean la entrada del palacio Calabritto y luego al patio, donde un niño pequeño orina en la boca de un león de piedra.”



Norman Lewis.

sábado, 23 de agosto de 2014

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE



LO INEVITABLE


«El estado de tranquilidad en que me encontraba se derrumbó cuando hallé sobre mi mesa dos cartas en las que se me comunicaba que mi padre estaba gravemente enfermo. Me ocultaron que el correo que las trajo era también portador de la noticia de su muerte. Partí, pues, con alguna esperanza, y la conservé a pesar de todas las circunstancias que deberían habérmela quitado. Cuando en Weimar descubrí la verdad, un sentimiento de terror indescriptible se sumó a mi desesperación. Me vi sin apoyo alguno en la tierra y forzada a sostener mi alma yo sola. Aún me quedaban en el mundo muchas cosas de gran valor, pero la tierna admiración que sentía por mi padre ejercía sobre mí una influencia sin igual. El dolor, el más grande de los profetas, me anunció que a partir de entonces mi corazón ya no sería feliz como lo había sido mientras aquel hombre de inconmensurable sensibilidad velaba por mi destino.»


Madame de Staël.

Diez años de destierro.

Penguin Clásicos.