viernes, 17 de enero de 2014
jueves, 16 de enero de 2014
Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA
SI DICES UNA PALABRA MÁS...
Si dices una palabra
más,
me moriré de tu voz,
que ya me está hincando
el pecho,
que puede traspasarme
el pecho
como una aguda, larga,
exquisita espada.
Si dices una palabra
más
con esa voz tuya, de
acero, de filo y de muerte;
con esa voz que es como
una cosa tangible
que yo podría
acariciar, estrujar, morder;
si dices una palabra
más
con esa voz que me
pones de punta en el pecho,
yo caería atravesada,
muerta
por una espada
invisible,
dueña del camino más recto
a mi corazón.
Dulce María Loynaz
miércoles, 15 de enero de 2014
lunes, 13 de enero de 2014
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
DI KATAKOMBE EN BERLÍN
“No obstante, aquel día nuestra indolencia fue recompensada con
creces, pues el azar nos condujo precisamente a la Catacumba, y ése fue el
segundo acontecimiento destacable de la noche. Llegamos al único lugar público
de Alemania en el que se oponía una especie de resistencia, una resistencia
valiente, ingeniosa y elegante. Por la mañana había presenciado cómo la
institución del tribunal cameral prusiano, con muchos siglos de tradición a sus
espaldas, sucumbía sin gloria ante los nazis. Por la noche fui testigo de cómo
un puñado de humildes cabareteros berlineses sin la más mínima tradición
salvaban su honor con gracia y gloria. El tribunal cameral había caído. La Catacumba seguía en pie.
El hombre que condujo a su pequeña tropa de artistas a la victoria
—pues la más mínima muestra de firmeza y coherencia ante la amenaza asesina de
un poder superior es una especie de victoria— fue Werner Finck, de modo que
este humilde cabaretero y maestro de ceremonias merece sin lugar a dudas ocupar
un sitio en la historia del Tercer Reich (uno de los pocos puestos de honor que
pueden concederse). Finck no tenía aspecto de héroe y si al final estuvo a
punto de convertirse en uno, fue a su pesar. No fue un actor revolucionario, ni
un burlón mordaz, ni un David con honda. En lo más profundo de su ser había
inocencia y afecto. Su ingenio era benévolo, grácil y flotante; sus recursos principales,
el doble sentido y el juego de palabras, con el que poco a poco alcanzó la
categoría de virtuoso. Había inventado una cosa denominada «la gracia oculta»,
que lógicamente hacía tanto mejor cuanto que más ocultas permanecieran sus
gracias. Sin embargo, no escondía sus convicciones. Él continuó dando refugio a
la inocencia y al afecto en un país donde precisamente esas cualidades estaban
en peligro de extinción. En ellas residía «la gracia oculta» como forma de
valentía inquebrantable y verdadera. Finck osaba hablar de la realidad nazi en
plena Alemania. En sus actuaciones mencionaba los campos de concentración, los
registros domiciliarios, la mentira y el miedo generalizados; el tono de su
burla era indeciblemente callado, melancólico, afligido al tiempo que ofrecía
un consuelo extraordinario.
Aquel 31 de marzo de 1933 bien pudo ser su gran noche. La sala
estaba llena de gente con la mirada clavada en el día siguiente, como si se
encontrasen ante un profundo abismo. Finck los hizo reír como jamás he oído
reír a un público. Era una risa apasionada, una risa que renacía contumaz,
dejando tras de sí un estado de aturdimiento y desesperación y que aumentaba a
consecuencia del peligro: ¿no era casi milagroso que las SA no se hubiesen
presentado aún para detener a todos los asistentes? De haber sido así, lo más
probable es que aquella noche hubiésemos seguido riéndonos en el coche
patrulla. Nos sentíamos por encima del miedo y del peligro de una forma
inverosímil. Aquella mañana, en el tribunal cameral, me había notado débil y
confuso en el momento del examen. Allí me sentía fuerte, valiente e inspirado.
Si viniesen por aquí, serían ellos y no nosotros quienes harían el ridículo. La
lengua estaría de sobra afilada.
Cuando salimos en libertad del local, cerca de la medianoche,
estábamos sumidos en un curioso estado de excitación enfermiza. Íbamos dando
enormes tumbos y nos besábamos en plena calle. Nos embriagaba una droga más
fuerte que el alcohol: el valor. Sentíamos un extraño aplomo, éramos
invulnerables. Ya había despuntado el 1 de abril.”
Sebastian
Haffner. Historia de un alemán. Ediciones
Destino.
sábado, 11 de enero de 2014
viernes, 10 de enero de 2014
Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA
OTRO MAYO
cuando pasabas con tu otoño a cuestas
mayo por mi ventana
y hacías señales con la luz
de las hojas finales
¿qué me querías decir mayo?
¿porqué eras triste o dulce en tu tristeza?
nunca lo supe pero siempre
había un hombre solo entre los oros de la calle
pero yo era ese niño
detrás de la ventana
cuando pasabas mayo
como abrigándome los ojos
y el hombre sería yo
ahora que recuerdo
Juan Gelman
miércoles, 8 de enero de 2014
martes, 7 de enero de 2014
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
CERDOS
“Roy Rappaport, profesor de la Universidad de
Michigan, ha realizado un estudio detallado de la relación entre los cerdos y
los maring, un remoto grupo tribal, amante de los cerdos, que habita en la Cordillera Bismarck
de Nueva Guinea. Rappaport describe en su libro «Pigs for the ancestor: Ritual
in the Ecology or a New Guinea People», cómo el amor a los cerdos contribuye a
la solución de problemas humanos básico. Dadas las circunstancias de la vida de
los maring, hay escasas alternativas viables.
Cada subgrupo o clan local de los maring celebra un festival de
cerdos por término medio aproximadamente una vez cada doce años. El festival
entero, que incluye diversos preparativos, sacrificios en pequeña escala y el
sacrificio masivo final dura alrededor de un año y se conoce en el lenguaje de
los maring como un kaiko. En los primeros dos o tres meses que siguen
inmediatamente a la terminación del kaiko, el clan entabla un combate armado
con los clanes enemigos, lo que produce muchas bajas y la pérdida o la
conquista eventuales de territorio.
El resto de los cerdos se sacrifica durante el combate; vencedores
y vencidos pronto se encuentran totalmente privados de cerdos adultos con los
que ganarse el favor de sus respectivos antepasados. El combate cesa
bruscamente, y los beligerantes acuden a los lugares sagrados para plantar
árboles pequeños llamados rumbim. Cada varón adulto del clan participa en este
ritual poniendo las manos sobre el árbol joven rumbim cuando se planta en el
suelo.
El mago de la guerra se dirige a los antepasados, explicando que se
han quedado sin cerdos y que les agradecen estar vivos. Asegura a los
antepasados que el combate ya ha finalizado y que no se reanudarán las
hostilidades mientras el rumbim permanezca plantado. De ahora en adelante, los
pensamientos y esfuerzos de los vivos se orientarán a la cría de cerdos; sólo
cuando se ha formado una nueva piara de cerdos lo suficientemente grande para
celebrar un gran kaiko y dar así las debidas gracias a los antepasados, los
guerreros pensarán en arrancar el rumbim y retornar al campo de batalla.
Rappaport ha podido mostrar en su estudio detallado de un clan
llamado los tsembaga que el ciclo entero -que consiste en el kaiko seguido de
guerra, plantación del rumbim, tregua, cría de una nueva piara de cerdos
arrancamiento del rumbim y nuevo kaiko- no es un simple psicodrama de los
criadores de cerdos que se han vuelto locos. Cada parte de este ciclo se
integra en un ecosistema complejo autorregulado, que ajusta con eficacia el
tamaño y distribución de la población animal y humana de los tsembaga según los
recursos disponibles y las oportunidades de producción.
La cuestión central para poder comprender el amor a los cerdos
entre los maring es la siguiente: ¿Cómo decide la gente el momento en que hay
cerdos suficientes para dar gracias a los antepasados como es debido? Los
mismos maring no supieron enunciar cuántos años deben transcurrir o cuántos
cerdos se necesitan para celebrar un kaiko adecuado. Descartamos prácticamente
la posibilidad de acuerdo sobre la base de un número fijo de animales o años,
ya que los maring carecen de calendario y su lenguaje no dispone de palabras
para números superiores a tres.
El kaiko de 1963 que observó Rappaport se inició cuando había 169
cerdos y unos 200 miembros en el clan de los tsembaga. El significado de estas
cifras en términos de las rutinas cotidianas de trabajo y pautas de
asentamiento proporciona la clave para la duración del ciclo.
La tarea de criar cerdos así como la de cultivar ñame, taro y
batatas depende principalmente del trabajo de las mujeres maring. Estas
transportan las crías de los cerdos junto con las criaturas humanas a los
huertos. Después del destete, sus dueñas les adiestran a correr detrás de ellas
como perros. A la edad de cuatro o cinco meses, los cerdos vagan sueltos por el bosque hasta que sus dueñas
los conducen al anochecer para proporcionarles una ración diaria de batatas y
ñames sobrantes o de calidad inferior. A medida que crecen los cerdos y aumenta
su número, la mujer debe trabajar mucho más para proporcionarles su cena.
Mientras el rumbim permanecía plantado Rappaport descubrió que las
mujeres tsembaga estaban sometidas a una presión considerable para aumentar la
dimensión de sus huertos, plantar más batatas y ñames, y criar más cerdos con
tanta rapidez como fuera posible para tener "suficientes" cerdos y
poder celebrar el siguiente kaiko antes que el enemigo. El peso de los cerdos
adultos, que oscila alrededor de las 135 libras, sobrepasa el de la media de los
maring adultos, y a pesar de hozar durante el día a cada mujer le cuesta tanto
esfuerzo alimentarles como un hombre adulto. Cuando se arrancó el rumbim en
1963, las mujeres tsembaga más ambiciosas atendían el equivalente de 6 cerdos
de 135 libras
cada uno, además de trabajar en el huerto para ellas y sus familias, cocinar,
amamantar, transportar las criaturas de un lado para otro y manufacturar
artículos domésticos como bolsas de red, delantales de cuerda y taparrabos.
Rappaport calcula que sólo el cuidado de los 6 cerdos consumía más del 50 por
100 del total de energía diaria gastada por una mujer maring sana y bien
alimentada.”
Marvin Harris. Vacas, cerdos, guerras y brujas. Alianza Editorial.
lunes, 6 de enero de 2014
domingo, 5 de enero de 2014
Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA
Ya lo ves, de aquella brasa
cuyo ardor te calcinó,
saciado, sólo quedó
dispersa ceniza escasa.
Muda inconstancia que abraza
el aparente sentido
del cuerpo obscuro y prohibido
-o del tuyo en el espejo
de la otra piel-. No me quejo
de arder. Ni de haber ardido.
Severo Sarduy.
viernes, 3 de enero de 2014
OBITER DICTUM
LIII
“La exposición de París de 1900 estaba para abrirse. Recibí orden
de la La Nación
de trasladarme en seguida a la capital francesa. Partí. En París me esperaba
Gómez Carrillo y me fui a vivir con él, al número 29 de la calle Faubourg
Montmartre. Carrillo era ya gran conocedor de la vida parisiense. Aunque era menor
que yo, le pedí consejos.
--¿Con cuánto cuenta usted mensualmente? --me preguntó.
--Con esto --le contesté, poniendo en la mesa un puñado de oros de
mi remesa de La
Nación. Carrillo contó y dividió aquella riqueza en dos partes;
una pequeña y una grande.
--Esta --me dijo, apartando la pequeña-- es para vivir, guárdela. Y
esta otra, es para que la gaste toda.
Y yo seguí con placer aquellas agradables indicaciones, y esa misma
noche estaba en Montmartre, en una Boite llamada Cyrano, con joviales colegas y
trasnochadores estetas, danzarinas, o simples peripatéticas.
Poco después, Carrillo tuvo que dejar su casa y yo me quedé con
ella; y como Carrillo me llevó a mí, yo me llevé al poeta mexicano Amado Nervo,
en la actualidad cumplido diplomático en España y que ha escrito lindos
recuerdos sobre nuestros días parisienses, en artículos sueltos y en su
precioso libro El éxodo y las flores del camino. A Nervo y a mí nos pasaron
cosas inauditas, sobre todo cuando llegó a hacernos compañía un pintor de
excepción, famoso por sus excentricidades y por su desorbitado talento: he
señalado al belga Henri de Grunx. Algún día he de detallar tamaños sucedidos,
pero no puedo menos que acordarme en este relato, de los sustos que me diera el
fantástico artista de larga cabellera y de ojos de tocado, afeitado rostro y
aire lleno de inquietudes, cuando en noches en que yo sufría tormentosas
nerviosidades o invencibles insomnios, se me aparecía de pronto, aliado de mi cama,
envuelto en un rojo ropón, con capuchón y todo, que había dejado olvidado en el
cuarto, no sé cuál de las amigas de Gómez Carrillo... Creo que la llamada Sonia.”
Rubén Darío.
jueves, 2 de enero de 2014
ALLÁ EN LAS INDIAS
VACAS EN TIERRA-FIRME
«Muchos de los que han andado en la Tierra-Firme, á la parte del Norte é
mares más puestas al Septentrión, han visto muchas vacas é toros, los quales en
sí son comunmente mayores reses que nuestras vacas de España. Tienen los
pescueços muy llenos de lana, é la cabeca traen algo más baxa que las vacas de
España: é dende las corvas á medias piernas abaxo hasta las uñas están
assimesmo con mucha lana, é lo demás de su cuerpo es raso é las colas largas,
de la manera que acá las tienen las vacas, é los cuernos puntiagudos y el uno
contra el otro, como se verá en la figura pressente. Los machos tienen una
corcoba alta sobre los hombros, é las hembras no la tienen, é la lana de lo
restante del cuerpo es como merina,espessa; é no anda ni se mueve portante ni
de andadura ó passeando, sino á par, como acá haría un caballo maniatado; pero
son sueltos é muy salvages é innumerables. La carne dellos es buena y el cuero
muy recio, é todos ellos son de color leonado escuro. Estos animales hay en
mucha parte de la Tierra-Firme al Septentrión.
Gonzalo Fernández de
Oviedo.
Historia general y natural de las Indias.
Historia general y natural de las Indias.
miércoles, 1 de enero de 2014
martes, 31 de diciembre de 2013
lunes, 30 de diciembre de 2013
ALLÁ EN LAS INDIAS
De los trabajos que pasó don Diego de Almagro y su gente en el
descubrimiento de Chili
Grandes trabajos pasó don Diego de Almagro y
su gente la jornada de Chili, así de hambre y sed, como de reencuentros que
tuvieron con los indios de muy crescidos cuerpos, que en algunas partes había
muy grandes flecheros y que andaban vestidos con cueros de lobos marinos; y
sobre todo, les hizo gran daño el demasiado frío que pasaron en el camino, así
del aire tan helado como después al pasar de unas sierras nevadas, donde
acaesció a un capitán que iba tras don Diego de Almagro, llamado Ruy Díaz,
quedársele muchas personas y caballos helados, sin que bastasen ningunos
vestidos y armas a resistir la demasiada frialdad del aire, que los penetraba y
helaba. Y era grande la frialdad de la tierra, que cuando dende a cinco meses
don Diego volvió al Cuzco halló en muchas partes algunos de los que murieron a
la ida en pié arrimados a algunas peñas, helados, con los caballos de rienda
también helados, y tan frescos y sin corrupción como si entonces acabaran de
morir; y así, fue gran parte de la sustentación de la gente que venía los
caballos que topaban helados en el camino y los comían. Y en todos estos
despoblados donde no había nieve, era grande la falta de agua, la cual
suplieron con llevar cueros de ovejas llenos de agua; de tal manera, que cada
oveja viva llevaba a cuestas el cuero de otra muerta, con agua; porque, entre
otras propiedades que tienen estas ovejas del Perú, es una de llevar dos y tres
arrobas de carga, como camellos, con quien tienen mucha semejanza en el talle,
si no les faltase la jiba de los camellos; y también las han impuesto los
españoles en que lleven una persona cabalgando cuatro o cinco leguas en un día
y cuando se sienten cansadas y se echan en el suelo ningún medio basta para
levantarlas, aunque las hieran y ayuden, sino es quitándoles la carga; y cuando
llevan alguno cabalgando, si se cansan y las apremian a andar, vuelven la
cabeza al que va encima y le rucian con una cosa de muy mal olor, que paresce
ser de lo que traen en el buche. Es animal de gran fruto y provecho porque
tiene finísima lana, especialmente las que llaman pacos, que tienen las vedijas
largas; son de poco mantenimiento, especialmente las que trabajan, y comen
maíz, que se pasan cuatro y cinco días sin beber. La carne dellas es tan
sabrosa y sana como los carneros muy gordos de Castilla. Y destas hay ya por
toda la tierra carnicerías públicas, porque a los principios no eran menester,
sino que, como cada español tenía ganado propio, en matando una oveja enviaban
los vecinos por lo que habían menester a su casa, y así se proveían a veces. En
cierta parte de Chili, en unos campos rasos, hay avestruces que para las matar
se ponían los de caballo en postas, corriendo tras ellas los unos hasta donde
estaban los otros, porque de otra manera no las podía alcanzar un caballo,
según vuelan a pié, saltando a trancos, casi sin levantar del suelo. También
hay por aquella costa muchos ríos que corren de día, y de noche no traen gota
de agua; lo cual causa gran admiración a los que no entienden que aquello
procede de que se derrite de día la nieve de las sierras con el calor del sol,
y entonces corre el agua, lo cual de noche, con la frialdad, se reprime y no
corre.
Agustín de Zárate.
Historia del descubrimiento y conquista del Perú.
Historia del descubrimiento y conquista del Perú.
sábado, 28 de diciembre de 2013
viernes, 27 de diciembre de 2013
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
EL VESUBIO QUE NOS MIRA
Libro VI, 16
“Me pides que te describa la muerte de mi tío para poder dejar a la
posteridad un relato más verídico de la misma. Te doy las gracias, pues me doy
cuenta de que su muerte alcanzará, si es celebrada por ti, una gloria inmortal.
Aunque haya perecido en una catástrofe, al mismo tiempo que pueblos y ciudades,
como si fuese a vivir siempre gracias a un suceso tan memorable, aunque él
mismo haya dejado numerosas obras literarias dignas de ser recordadas, sin
embargo, la inmortalidad que merecen tus escritos contribuirá en gran medida a
perpetuar su memoria. En verdad que considero afortunados a los hombres a los
que los dioses han concedido o bien realizar hazañas que merezcan ser escritas,
o bien escribir obras que merecen ser leídas, y muy afortunados a los que les
conceden ambas cosas. Entre estos últimos se encontrará mi tío gracias a sus
libros y también a los tuyos. Por todo esto, no solo acepto con agrado la tarea
que me encomiendas, sino que incluso la reclamo.
Se encontraba en Miseno al mando de la flota. El 24 de agosto, como a la séptima hora, mi madre le hace notar que ha aparecido en el cielo una nube extraña por su aspecto y tamaño. Él había tomado su acostumbrado baño de sol, había tomado luego un baño de agua fría, había comido algo tumbado y en aquellos momentos estaba estudiando; pide el calzado, sube a un lugar desde el que podía contemplarse mejor aquel prodigio. La nube surgía sin que los que miraban desde lejos no pudieran averiguar con seguridad de qué monte (luego se supo que había sido el Vesubio), mostrando un aspecto y una forma que recordaba más a un pino que a ningún otro árbol. Pues tras alzarse a gran altura como si fuese el tronco de un árbol largísimo, se abría como en ramas; yo imagino que esto era porque había sido lanzada hacia arriba por la primera erupción; luego, cuando la fuerza de esta había decaído, debilitada o incluso vencida por su propio peso se disipaba a lo ancho, a veces de un color blanco, otras sucio y manchado a causa de la tierra o cenizas que transportaba. A mi tío, como hombre sabio que era, le pareció que se trataba de un fenómeno importante y que merecía ser contemplado desde más cerca. Ordena que se le prepare un navío veloz, y me ofrece la oportunidad de ir con él, si yo lo deseaba; le respondí que prefería continuar estudiando, y precisamente él me había dado algún material para que yo lo escribiese. Cuando salía de su casa, recibe un mensaje de Rectina, esposa de Tascio, aterrorizada por el peligro que la amenazaba (pues su villa estaba al pie de la montaña y no tenía ninguna escapatoria, excepto por mar); le rogaba que le salvase de esa situación tan desesperada. Él cambió de planes y lo que había iniciado con el ánimo de un estudioso lo terminó con el de un héroe. Manda sacar las cuadrirremes, él mismo sube a bordo con la intención de auxiliar no solo a Rectina sino a otros muchos (pues los encantos de la costa atraían a un gran número de visitantes). Se dirige rápidamente al lugar del que todos los demás huyen despavoridos, mantiene el rumbo en línea recta, el timón directo hacia el peligro, hasta tal punto libre de temor que dictaba o él mismo anotaba todos los cambios, todas las formas de aquel desastre, tal como las había captado con los ojos. Ya las cenizas caían sobre los navíos, más compactas y ardientes, a medida que se acercaban; incluso ya caían piedra pómez y rocas ennegrecidas, quemadas y rotas por el fuego; ya un bajo fondo se había formado repentinamente y los desprendimientos de los montes dificultaban grandemente el acceso a la playa. Mi tío dudó algún tiempo si sería conveniente regresar; luego al piloto, que le aconsejaba que así lo hiciese, le dijo: “
Entretanto, mi madre y yo en Miseno; pero esto no tiene importancia para la historia, y tú solo quieres tener noticias sobre la muerte de mi tío. No me voy, pues, a extender más. Tan solo añadiré que yo te he expuesto con detalle todos los acontecimientos de los que o bien fui testigo o bien tuve noticias inmediatamente después de que ocurriesen, cuando se recuerdan más fielmente. Tú seleccionarás lo más importante, pues una cosa es escribir una carta y otra un relato histórico; una cosa escribir a un amigo y otra escribir para todos. Adiós.”
Plinio el Joven.
Cartas.
Editorial Gredos.
miércoles, 25 de diciembre de 2013
lunes, 23 de diciembre de 2013
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
POR MANCHURIA
“En Moukden, en Manchuria, bajo la soberanía japonesa, tuve la
ocasión de contemplar otro mundo. Mis compañeros periodistas, que conocía desde
hacía una hora, sabían que a trescientos kilómetros había una troupe de primer
orden, pero yo les dije que quería ver un espectáculo de último orden. Un viejo
carricoche con sombrilla, guiado por una jaca mongólica, nos llevó a un barrio
de la ciudad dedicado a la prostitución y casi enterrado por las lluvias
torrenciales que caían desde la noche anterior. Este barrio inundado estaba
dividido en distintas partes: la coreana, la rusa y la japonesa, a pesar de que
la ascendencia de estas caras sólo quedaba revelada por el tono de sus
peticiones. Esa noche no tenían clientes y se ofrecían a un precio reducido,
que iba de los veinte sen a los tres yuans, según un baremo que nadie supo
explicarme. Llegamos a la entrada de una avenida estrecha en la que la jaca se
negó a entrar por el ruido de las claquetas de madera, que nos indicaba que
estábamos cerca de teatro.
Entramos en la sala
en medio del alboroto, producido por unos músicos vestidos de negro, y tuvimos
que refugiarnos de unos platos humeantes que volaban hacia los espectadores,
llenos de sudor, que se podían permitir ese lujo. Intenté encontrar un sitio
donde no me alcanzara ningún plato caliente, pero me equivoqué al coger un
asiento cerca del escenario. Los niños, que se agitaban por el teatro como
hormigas, se acostumbraron a subirse en mis rodillas para trepar hasta el
escenario, sin preocuparse de los actores. En virtud de su privilegio
tradicional, los cómicos nos daban la espalda para tomar un té que les servía
un ayudante con camisa negra y cogulla, lo que quería decir que era invisible.
Estos paréntesis se daban en medio de una frase que, por lo que pude darme
cuenta, debía ser importante. Tras probar su pócima, se colocaban las barbas y
pelucas para continuar el diálogo con voz de eunucos. Entonces reparé en que la
mayoría del público eran soldados con bayoneta calada, que se ponían de espalda
al escenario y que no estaban allí para ver el espectáculo. Las horas pasaban
sin que nada cambiara. Los platos seguían su recorrido, los chiquillos se
arrastraban y trepaban, los soldados vigilaban algo que no se sabía, los
actores probaban su té, el público rezumaba y los músicos rompían el aire. La
noche era calurosa e incomprensible.
Los orientales
persiguen la imperturbabilidad; los actores preparan los rostros para transformarlos
en máscaras sin vida, y su esfuerzo consiste en alcanzar la inmovilidad más
perfecta. Me levanté, al fin, para irme y me miraron hasta los soldados, pero
aproveché la ocasión cuando todos se volvieron para salir a buscar a mis
compañeros, que ya hacía rato que habían salido.”
Josef von
Sternberg. Memorias. Ediciones JC
CLEMENTINE.
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