Mi lista de blogs

lunes, 13 de enero de 2014

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE










DI KATAKOMBE EN BERLÍN


“No obstante, aquel día nuestra indolencia fue recompensada con creces, pues el azar nos condujo precisamente a la Catacumba, y ése fue el segundo acontecimiento destacable de la noche. Llegamos al único lugar público de Alemania en el que se oponía una especie de resistencia, una resistencia valiente, ingeniosa y elegante. Por la mañana había presenciado cómo la institución del tribunal cameral prusiano, con muchos siglos de tradición a sus espaldas, sucumbía sin gloria ante los nazis. Por la noche fui testigo de cómo un puñado de humildes cabareteros berlineses sin la más mínima tradición salvaban su honor con gracia y gloria. El tribunal cameral había caído. La Catacumba seguía en pie.
El hombre que condujo a su pequeña tropa de artistas a la victoria —pues la más mínima muestra de firmeza y coherencia ante la amenaza asesina de un poder superior es una especie de victoria— fue Werner Finck, de modo que este humilde cabaretero y maestro de ceremonias merece sin lugar a dudas ocupar un sitio en la historia del Tercer Reich (uno de los pocos puestos de honor que pueden concederse). Finck no tenía aspecto de héroe y si al final estuvo a punto de convertirse en uno, fue a su pesar. No fue un actor revolucionario, ni un burlón mordaz, ni un David con honda. En lo más profundo de su ser había inocencia y afecto. Su ingenio era benévolo, grácil y flotante; sus recursos principales, el doble sentido y el juego de palabras, con el que poco a poco alcanzó la categoría de virtuoso. Había inventado una cosa denominada «la gracia oculta», que lógicamente hacía tanto mejor cuanto que más ocultas permanecieran sus gracias. Sin embargo, no escondía sus convicciones. Él continuó dando refugio a la inocencia y al afecto en un país donde precisamente esas cualidades estaban en peligro de extinción. En ellas residía «la gracia oculta» como forma de valentía inquebrantable y verdadera. Finck osaba hablar de la realidad nazi en plena Alemania. En sus actuaciones mencionaba los campos de concentración, los registros domiciliarios, la mentira y el miedo generalizados; el tono de su burla era indeciblemente callado, melancólico, afligido al tiempo que ofrecía un consuelo extraordinario.
Aquel 31 de marzo de 1933 bien pudo ser su gran noche. La sala estaba llena de gente con la mirada clavada en el día siguiente, como si se encontrasen ante un profundo abismo. Finck los hizo reír como jamás he oído reír a un público. Era una risa apasionada, una risa que renacía contumaz, dejando tras de sí un estado de aturdimiento y desesperación y que aumentaba a consecuencia del peligro: ¿no era casi milagroso que las SA no se hubiesen presentado aún para detener a todos los asistentes? De haber sido así, lo más probable es que aquella noche hubiésemos seguido riéndonos en el coche patrulla. Nos sentíamos por encima del miedo y del peligro de una forma inverosímil. Aquella mañana, en el tribunal cameral, me había notado débil y confuso en el momento del examen. Allí me sentía fuerte, valiente e inspirado. Si viniesen por aquí, serían ellos y no nosotros quienes harían el ridículo. La lengua estaría de sobra afilada.
Cuando salimos en libertad del local, cerca de la medianoche, estábamos sumidos en un curioso estado de excitación enfermiza. Íbamos dando enormes tumbos y nos besábamos en plena calle. Nos embriagaba una droga más fuerte que el alcohol: el valor. Sentíamos un extraño aplomo, éramos invulnerables. Ya había despuntado el 1 de abril.”

Sebastian Haffner. Historia de un alemán. Ediciones Destino.