miércoles, 4 de diciembre de 2013
martes, 3 de diciembre de 2013
OBITER DICTUM
«Pero París era una muy
vieja ciudad y nosotros éramos jóvenes, y allí nada era sencillo, ni siquiera
el ser pobre, ni el dinero ganado de pronto, ni la luz de la luna, ni el bien
ni el mal, ni la respiración de una persona tendida a mi lado bajo la luz de la
luna.»
Ernest Hemingway.
lunes, 2 de diciembre de 2013
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
ESCRITO EN LANDESBERG
“En el invierno de 1919 y más todavía en
la primavera y el verano de 1920, el joven partido nacionalsocialista se vio
obligado a definir su posición frente a un problema que, durante la guerra,
habría asumido extraordinaria importancia. En la breve descripción contenida en
la primera parte de este libro, acerca de los síntomas que pude constatar
personalmente sobre el desastre alemán que se avecina, hice referencia a la
índole especial de la propaganda ejercitada tanto por los franceses como por
parte de los ingleses, para fomentar la antigua querella entre el Norte y el
Sur de Alemania. En la primavera de 1915 aparecieron sistemáticamente en el
frente alemán los primeros volantes de agitación contra Prusia, señalándose a
este país como al único culpable de la guerra.
En 1916 alcanzó esta campaña un grado de
desarrollo consumado a la par hábil y villano. Pronto comenzó a dar sus frutos
aquella agitación hecha entre los alemanes del Sur contra los del Norte, y que
estaba calculada para estimular los más bajos instintos.
Es fuerza hacer a las autoridades responsables
de entonces, tanto en el gobierno como en el ejército -pero ante todo en el
comando bávaro- un reproche que no pueden eludir: y este es que, en criminal
olvido del cumplimiento de su deber, no obrasen con la entereza necesaria,
frente a semejante campaña. ¡Nada se hizo! Por el contrario, incluso parecía
que al algunos sectores no se veía con desagrado aquella campaña, pensándose
con evidente limitación mental, que, mediante aquella funesta influencia, no
sólo se oponía una barrera al desenvolvimiento de unidad alemana, sino que con
ello, se producía también, automáticamente, una intensificación de la tendencia
federalista. ¡Raramente ha de encontrarse en la Historia un caso de
deliberado descuido con efectos más graves! El debilitamiento que se creía
infligir a Prusia afectó a toda Alemania y su consecuencia fue precipitar el
desastre, que significó no sólo la ruina del conjunto nacional de Alemania,
sino asimismo la de cada uno de los Estados alemanes en particular.
Munich, la ciudad donde con más violencia
ardía el odio artificialmente concitado hacia Prusia, debió ser la primera en
lanzar el grito revolucionario contra su tradicional monarquía.
Pero sería un error atribuir
exclusivamente a la propaganda de guerra enemiga el origen de ese espíritu
hostil a Prusia. La forma increíblemente insensata en que estaba organizada
nuestra economía de guerra, que, con una centralización rayana en el absurdo,
mantenía bajo su tutela todo el territorio del Reich, y lo explotaba, fue una
de las causas principales que engendraron aquel sentimiento antiprusiano; pues,
para la concepción de la gente del pueblo, los comités de aprovisionamiento,
que tenían su central en Berlín, estaban identificados con la capital y, a su
vez, Berlín con Prusia.
Demasiado malicioso era el judío, para no
haberse dado cuenta, ya entonces, de que la infame campaña de explotación que
él mismo había organizado contra el pueblo alemán, bajo la capa de los comités,
de aprovisionamiento, provocaría y debía provocar resistencia. Mientras esa resistencia
no implicó para él un peligro, no tenía porqué temerla; pero a fin de prevenir
una explosión de las masas movidas por la desesperanza y la indignación,
descubrió que no podía haber receta mejor que la de desviar el furor popular en
otro sentido, como medio de neutralizarlo.
¡Luego vino la revolución!
El judío internacional, Kurt Eisner,
comenzó a intrigar en Baviera contra Prusia. Dando al movimiento revolucionario
bávaro un cariz deliberadamente hostil contra el resto de Alemania, no obraba
ni en lo más mínimo animado del propósito de servir intereses de Baviera, sino,
llanamente, como un ejecutor del judaísmo. Explotó los instintos y antipatías
del pueblo bávaro para poder, por ese medio, desmoronar más fácilmente a
Alemania. Pero pronto el Reich en ruina habría caído en manos del bolchevismo.
Óptimos frutos produjo el arte con que
los agitadores bolcheviques supieron presentar la eliminación de la república
del Consejo de Soldados como una victoria del "militarismo prusiano"
sobre el pueblo bávaro "antimilitarista y antiprusiano". Cuando en
Munich se realizaron las elecciones para la dieta constituyente de Baviera,
Kurt Eisner contaba en su favor escasamente con diez mil adeptos y el partido
comunista apenas si llegaba a tres mil, en tanto que al producirse el fracaso
de la república comunista, el número de ambos grupos había alcanzado ya un
total aproximado de cien mil.
Desde aquella época, me empeñé
personalmente en la lucha contra la descabellada agitación de los Estados
alemanes entre sí. En toda mi vida no creo haber emprendido jamás obra más
popular que aquella campaña mía de resistencia contra la animadversión
existente contra Prusia. Durante el gobierno del consejo de soldados tuvieron
lugar en Munich los primeros mítines donde se excitaba el odio contra el resto
de Alemania, en especial contra Prusia, en una forma tal, que no sólo entrañaba
peligro de vida para el alemán del Norte que se arriesgase a concurrir a un
mitin de aquellos, sino que aquellas demostraciones concluían casi siempre con
la estúpida vocinglería de "¡Abajo Prusia!", "¡Separémonos de
Prusia!", ¡"Guerra a Prusia"!, etc., estado de ánimo que hallaba
su expresión cabal en el grito de guerra de un "insuperable"
representante de los altos intereses de Baviera en el Reichstag, que decía :
Preferimos morir como bávaros antes que perecer como prusianos.”
Adolf Hitler. Mi lucha.
domingo, 1 de diciembre de 2013
viernes, 29 de noviembre de 2013
Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA
LA CALLE
Es una calle larga y silenciosa.
Ando en tinieblas y tropiezo y caigo
y me levanto y piso con pies ciegos
las piedras mudas y las hojas secas
y alguien detrás de mí también la pisa:
si me detengo, se detiene;
si corro, corre. Vuelvo el rostro: nadie.
Todo está obscuro y sin salida,
y doy vueltas y vueltas en esquinas
que dan siempre a la calle
donde nadie me espera ni me sigue,
donde yo sigo a un hombre que tropieza
y se levanta y dice al verme: nadie.
Octavio Paz.
martes, 26 de noviembre de 2013
lunes, 25 de noviembre de 2013
Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA
LAURETTA
Ya cesaron las lluvias.
Ya perdieron su flor los jacarandáes.
Pronto me iré de aquí.
No hice muchos amigos.
No bajé a los infiernos como Lowry,
y nada me importabas
cuando te conocí.
Ojalá no te hubiera conocido,
boca de ajonjolí.
Ojalá no te hubiera querido
así.
Sólo espero que nunca la tristeza
te trate como a mí.
Jon Juaristi
domingo, 24 de noviembre de 2013
jueves, 21 de noviembre de 2013
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
EN LA DERROTA
El ensueño de Soto terminó en la estancia
La Anita,
establecimiento que era el orgullo de la familia Menéndez. Encerró a sus
rehenes en la casa verde y blanca, donde, desde el jardín de invierno estilo
art nouveau, se ve cómo el glaciar Perito Moreno se desliza entre bosques
negros hacia el lago gris. Sus hombres estaban en el cobertizo de la esquila,
pero empezaron a irse en grupos cuando se enteraron de que una columna avanzaba
por el valle.
Los intransigentes, encabezados por dos
alemanes, quisieron apilar fardos de lana, convertir el cobertizo en una
fortaleza y combatir hasta el último hombre. Pero Soto dijo que él escurriría
el bulto, que no estaba hecho para que lo arrojaran a los perros, y que
continuaría la lucha en las montañas o en el extranjero. Y los chilotes no
querían pelear. Preferían confiar en la palabra de un oficial argentino antes
que en promesas huecas.
Soto envió dos hombres a parlamentar con
el capitán Viñas Ibarra.
–¿Parlamentar? –aulló–. ¿Parlamentar para
qué? –Y los mandó a parlamentar con Jesucristo. Sin embargo, tampoco quería
exponer a sus hombres al fuego, y le encomendó a un oficial subalterno la
misión de negociar. El 7 de diciembre los rebeldes lo vieron avanzar
cautelosamente hacia ellos: un caballo zaino, un hombre vestido con uniforme
caqui, una bandera blanca y las gafas protectoras amarillas reflejando el sol.
Su propuesta: rendición incondicional y se respetarían las vidas. Los hombres
deberían alinearse a la mañana siguiente en el patio.
La decisión de los chilotes libró de
responsabilidad a Soto. Aquella noche, él y algunos de los cabecillas cogieron
sus mejores armas y caballos y partieron. Escalaron la montaña, pasaron al otro
lado y bajaron en Puerto Natales. Los carabineros chilenos, que habían
prometido bloquear la frontera, no hicieron nada para detenerlos.
Los chilotes esperaron a los soldados
formando tres filas, con ropas de confección casera que olían a oveja, a
caballo y a orina rancia, con los sombreros de fieltro encasquetados hasta las
orejas, y con los fusiles y las municiones apiladas tres pasos mas adelante,
junto con las sillas de montar, los lazos y los cuchillos.
Creían que volverían a sus casas, que los
expulsarían y los mandarían a Chile. Pero los soldados los condujeron de nuevo
al cobertizo de la esquila y, al enterarse de que habían fusilado a los dos
alemanes, supieron qué era lo que les aguardaba. Unos trescientos hombres en
los corrales de las ovejas y la luz titilante de las velas se reflejó sobre las
vigas del techo. Algunos jugaban a las cartas. No había nada para comer.
La puerta se abrió a las siete. Un
sargento distribuyó ostentosamente picos entre una cuadrilla de trabajo. Los
hombres del cobertizo los oyeron alejarse con paso acompasado y, a
continuación, el chasquido del acero contra la roca.
–Están cavando tumbas –comentaron.
La puerta volvió a abrirse a las once.
Las tropas circundaban el patio con los fusiles preparados. Los ex rehenes
contemplaban la escena. Un tal Harry Bond dijo que quería un cadáver por cada
uno de los treinta y siete caballos que le habían robado. Los soldados sacaron
a los hombres en grupos, para hacer justicia. Esta dependía de que un criador
quisiera recuperar o no a uno de sus hombres. Procedían como si estuvieran
seleccionando ovejas.
Los chilotes estaban blancos como el
papel, con las mandíbulas desencajadas y los ojos dilatados. A los indeseados
los hacían desfilar junto al baño de las ovejas y contornear una colina baja.
Los congregados en el patio oían el restallido de los disparos y veían cómo los
gallinazos se precitaban sobre la hondonada, batiendo con sus plumas el viento
matinal.
Aproximadamente ciento veinte hombres
murieron en La Anita. Uno
de los verdugos manifestó: «Fueron al encuentro de la muerte con una pasividad
auténticamente asombrosa».
El resultado regocijó a la comunidad
inglesa, con algunas excepciones. El coronel, sobre el que habían recaído
sospechas de cobardía, se había redimido con creces. El Magellan Times alabó su
«espléndido coraje, en virtud del cual había circulado por la línea de fuego
como quien participa en una parada militar... Los habitantes de la Patagonia deberían
sacarse el sombrero ante el 10 de Caballería, ante esos valerosos caballeros».
Durante un banquete que se celebró en Río Gallegos, el presidente local de la Liga Patriótica
Argentina se refirió a «la dulce emoción de aquellos momentos» y al júbilo que
había sentido cuando lo libraron de semejante plaga. Varela respondió que había
cumplido con su deber de soldado, y los veinte británicos presentes, que no
eran muy versados en la lengua castellana, rompieron a cantar: For he’s a jolly
good fellow...
Los soldados, que gozaban de licencia de
San Julián, acudieron al burdel La
Catalana, pero las mujeres, todas mayores de treinta años,
chillaron «¡Asesinos! ¡Cerdos! ¡No nos acostamos con asesinos!», de modo que
las llevaron a la cárcel por insultar a uniformados y, en su persona, a la
bandera de la nación. Entre ellas había una tal Maud Foster, «súbdita inglesa,
de buena familia, con diez años de residencia en el país». Requiescat!
A su regreso, Varela no se encontró con
la acogida reservada a los héroes sino con leyendas que rezaban: muera el
caníbal del sur. El congreso estaba conmocionado, no porque a la gente le
importaran mucho Soto y sus chilenos, sino porque Varela había hecho como la
identidad de quien le había dado las órdenes. Acusaron a Yrigoyen, y éste,
turbado, designó a Varela director de una escuela de caballería, con la
esperanza de que se calmaran los ánimos.
El 27 de enero de 1923, Kurt Wilkens, un
anarquista tolstoiano de Schleswig-Holstein, mató a tiros al coronel Varela en
la intersección de las calles FitzRoy y Santa Fe, en Buenos Aires. Un mes más
tarde, el 26 de febrero, Wilkens también fue muerto a tiros en la Cárcel de Encausados por su
guardián, Jorge Pérez Millán Temperley (aunque nadie supo cómo llegó allí). Y
el lunes 9 de febrero de 1925, Temperley fue asesinado por un enano yugoslavo,
llamado Lukič, en un hospicio para locos peligrosos de Buenos Aires.
El hombre que entregó el revólver a Lukič
era un caso interesante: Boris Vladimirovič, un ruso de alcurnia, biólogo y
artista, que había vivido en Suiza y había conocido –o así decía – a Lenin. La
revolución rusa de 1905 lo empujó a beber. Tuvo un ataque cardíaco y viajó a
Argentina para emprender una nueva vida. Volvió a caer en la de antes cuando
atracó una oficina de cambios con el fin de conseguir fondos para la propaganda
anarquista. En el asalto hubo un muerto, y Vladimirovič se hizo acreedor a
veinticinco años en Ushuaia, la prisión del fin del mundo. Allí entonaba las
canciones de la madre patria, y en aras de la tranquilidad el gobernador lo
hizo trasladar a la capital.
El domingo 18 de febrero, dos amigos
rusos le entregaron el revólver dentro de una cesta con fruta. Fue difícil
probar su culpabilidad. No se celebró ningún juicio, pero Boris Vladimirovič
desapareció para siempre en la
Casa de los Muertos.
Borrero murió de tuberculosis en Santiago
del Estero, en 1930, después de un tiroteo con un periodista en el cual
falleció uno de sus hijos.
Antonio Soto murió de trombosis cerebral
el 11 de mayo de 1963. Desde la revolución había vivido en Chile, trabajando
como minero, camionero, operador de una sala de cine, peón de campo y propietario
de un restaurante.
Bruce Chatwin. En la Patogonia. Muchnik Editores.
martes, 19 de noviembre de 2013
lunes, 18 de noviembre de 2013
Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA
EDAD DE ORO
Un dia u otro
todos seremos felices.
Yo estaré libre
de mi sombra y mi nombre.
El que tuvo temor
escuchará junto a los suyos
los pasos de su madre,
el rostro de la amada será
siempre joven
al reflejo de la luz antigua en
la ventana,
y el padre hallará en la despensa
la linterna
para buscar en el patio
la navaja extraviada.
No sabremos
si la caja de música
suena durante horas o un minuto;
tú hallarás –sin sorpresa–
el atlas sobre el cual soñaste
con extraños países,
tendrás en tus manos
un pez venido del río de tu
pueblo,
y Ella alzará sus párpados
y será de nuevo pura y grave
como las piedras lavadas por la
lluvia.
Todos nos reuniremos
bajo la solemne y aburrida mirada
de personas que nunca han
existido,
y nos saludaremos sonriendo
apenas
pues todavía creeremos estar
vivos.
Jorge Terllier
domingo, 17 de noviembre de 2013
jueves, 14 de noviembre de 2013
OBITER DICTUM
William Faulkner
estuvo en su juventud en Nueva Orleans, puerto fluvial y marítimo del Mississippi
situado directamente al sur de Oxford. Ahí conoció a uno de los maestros
literarios de esos años, Sherwood Anderson. Sherwood Anderson escribía toda la
mañana y se dedicaba en las tardes a recorrer la región y a beber whisky de maíz,
bourbon, en compañía del joven Faulkner. Una tarde Faulkner se atrevió a
decirle que había escrito una novela y amenazó con leérsela. Respuesta
inmediata de Sherwood Anderson: “Me comprometo a recomendar tu novela a mis
editores, pero con una sola condición”. “¿Cuál?” pregunto Faulkner, inquieto.
“No tener que leerla nunca en mi vida”, dijo Anderson.
Jorge Edwards
miércoles, 13 de noviembre de 2013
martes, 12 de noviembre de 2013
OBITER DICTUM
«Se
suprime por la violencia, que no se detiene hasta la ejecución, toda
crítica de la política del Partido Comunista, toda discusión a sus
métodos, toda crítica a sus disposiciones. La política comunista
es soberana; no se sabe lo que piensa, lo que quiere o lo que anhela
el pueblo; sólo se sabe lo que anhelan, quieren o piensan los
bolcheviques. El pueblo es como una esfinge amordazada y sumisa, a la
que se azota.»
Angel
Pestaña.
lunes, 11 de noviembre de 2013
Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA
YA SIN MEMORIA NUESTRA
En general pusimos
excesivo cuidado, no
tanto en el hacer,
que es toda la razón del
arte,
como en hacer visible
allí lo nuestro.
Para aquellas palabras
buscamos argumento
que nos significase un
poco ante los otros.
Sólo más tarde
descubrimos,
cuando una costra tenue
comenzó a recubrir
la tierna adolescencia
prolongada,
otro oficio más cierto.
Del mismo amor era
posible
hacer simples objetos,
más reales que nuestro
propio amor.
Objetos para dar y para
olvidar,
para perder y recobrar,
para desnacer,
para vivir,
para estar.
Y en la fidelidad de la
materia, usado,
prohijado, devuelto,
ya sin memoria nuestra,
nuestro ser.
José Ángel Valente
sábado, 9 de noviembre de 2013
viernes, 8 de noviembre de 2013
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
EN CAMORRA
“Reuní
a mis coroneles, les mostré las órdenes recibidas, examinamos la situación y
les pedí parecer. Todos expresaron su contrariedad y unánimemente convinieron
en no cumplimentar las órdenes del general Palacios.
Transcurrió
la noche, tranquila para mis tropas, pero no para mí; dudaba en tomar una
decisión, porque la junta de coroneles solo tenía para mí carácter informativo
o de asesoramiento; jamás pasó por mi mente la idea de descargar o diluir en
mis subordinados la responsabilidad del mando, que por entero debía asumir yo
como jefe.
Al
amanecer, subí a la torre de la iglesia y con el anteojo pude divisar al
enemigo que reanudaba su interrumpida marcha a Bañeras. Aquel espectáculo fue
para mí la viva evocación de la famosa expedición de Gómez en la primera Guerra
carlista. Recordando las funestas consecuencias que tuvo para la causa liberal
y temiendo que se repitieran, me planteé el ineludible deber de impedirlo a
toda costa. Para ello era imprescindible demorar la marcha a Játiva, entrar
probablemente en la provincia de Alicante –de cuyos límites tan próximos
estábamos—y empeñar combate contra fuerzas muy superiores en número, lo que
implicaba el riesgo de una derrota. Proceder, como dicen nuestras ordenanzas,
siguiendo los dictados del “propio espíritu y honor”, me ponía en el trance de
desobedecer las órdenes. Mi vacilación debía ser brevísima, los minutos eran
preciosos. Bajé de la torre y ordené a mi cornetín que tocara generala y
redoblado: la suerte estaba echada.
Apresuradamente
salí al frente de las fuerzas, dejando en Bocairente el batallón de Cuenca y la
impedimenta, con la orden de incorporarse una vez cargados los bagajes. Tanto
los jefes como yo, salimos a pie para evitar la espera que supondría ensillar
nuestros caballos. Como el camino describía una curva, cortamos directamente
campo a través para caer sobre el flanco enemigo. Mi línea estaba formada del
siguiente modo: Albuera en la derecha, Soria con la artillería en el centro, y
en la izquierda, tres compañías de Aragón y dos de voluntarios. Constituían la
reserva cinco compañías de Aragón y el escuadrón de Villaviciosa.
Al
percatarse Santés de mi intento, estableció su defensa en las alturas de
Camorra. Iniciado el combate, fui progresando con la derecha avanzada,
desalojando al enemigo de sus posiciones, hasta que, inquieto Santés y
prevalido de su superioridad numérica, contraatacó con cuatro batallones,
cargando impetuosamente sobre Albuera que le obligó a retroceder, dispersando
parte de sus fuerzas. Desbordado el centro en la lucha cuerpo a cuerpo,
consiguieron los carlistas arrebatarme las piezas de artillería. Inmovilizada
nuestra izquierda, que harto hacía con sostenerse ante la enorme presión del
enemigo, creyó éste poder darnos el golpe de gracia cargando sobre nosotros con
su caballería; pero según supe después, demoraron esta intervención porque
había sido muerto el coronel carlista del regimiento del Cid. Este hecho me
proporcionó el tiempo necesario para que el escuadrón de Villaviciosa
coadyuvara al ataque de frente –que ejecuté con mis reservas--, combinado con
otro de flanco que realizó Cuenca, oportunamente llegado al lugar de la acción.
Nuestra
victoria fue completa. Recuperamos las piezas sin más pérdidas que la de un
escobillón y perseguimos al enemigo. El botín que abandonaron los carlistas en
el campo esta integrado por más de doscientas armas, prisioneros, banderines y
material sanitario. Dejaron también 149 muertos y más de 200 heridos, que
recogimos. A nosotros nos costó la jornada 30 muertos y 132 heridos.
Debo
confesar que, en el momento más crítico de aquella acción, pensé quitarme la
vida. Fueron tantas y tan encontradas las emociones que embargaron mi espíritu
en aquel día, que cuando a las cuatro de la tarde pude desayunar con un poco de
pan y chorizo, no lograba deglutirlo. Aquella noche, dormí en Bocairente más
tranquilo y satisfecho que la noche anterior, y a la mañana siguiente, en
cumplimiento de la última orden recibida, partimos en dirección a Játiva.”
Valeriano Weyler. Memorias
de un general. Ediciones Destino.
jueves, 7 de noviembre de 2013
miércoles, 6 de noviembre de 2013
Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA
«La vita va avanti! La fita fa
afanti»
gridavan di naso novanta elefanti
o meglio sessanta, di cui trenta
affranti,
tra anziani
ed infanti non erano venti
un sol
pachiderma barriva tra i denti,
nessuno
fiatava: da sempre era immerso
nel pieno silenzio l´immenso
deserto.
Toti
Scialoja
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