sábado, 18 de mayo de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE







ADIÓS, BEBO



“Yo soy un hombre democrático totalmente. Mientras que tú no infrinjas la ley, haz lo que te dé la gana y lo que tú quieras. Ahora, no me obligues a mí a hacer lo que tú haces. Eso es todo.
Empezaron insinuando que trabajaba para los… (gángsteres), y en todos los casinos los había, pero si no te metías con ellos o les quitabas la chica no pasaba nada; luego que si tocaba piezas americanas, ¿y cómo no las iba a tocar si la mayor parte del público de Tropicana procedía de Estados Unidos o Canadá? Y, finalmente me hicieron la vida imposible.”

“Mandaron a Luis Yáñez, un comunista bravo que estaba a cargo del personal. Era compositor. (Yáñez había sido miembro del movimiento de feeling en los años cuarenta.) Es un hombre que era amigo mío, pero la represión tumba a los hombres y los hace chivatos y los hace mierdas. Era un protegido mío. Yo le hice muchos arreglos. Pero vino la revolución y las cosas cambiaron. A ése, que tan cercano era, lo pusieron de espía. Vivía hasta en el mismo lugar donde yo vivía. A ése mandaron a proponerme esto.”

“Yo no soy político, pero ese sistema… no me va. Como no quise integrarme, me botaron de todas partes. Entraron (a dirigir los centros donde se producía música) individuos que de música no sabían nada, y me tumbaban cada vez que ellos me decían:”Compañero, que hay que hacer esto así”, y yo decía que no. Pasé al Havana Hilton, y me tumbaron; al Habana Riviera, y me tumbaron; era director (musical) de El show de las 7 de Radio Progreso, y me tumbaron… Al gobierno le molestó que yo, siendo de Cuba, fuera un compositor que no pertenecía a una sociedad cubana, sino americana. Les dije: “Cuestión de negocios; yo soy músico, no político”. Pero nada. No aceptas lo que ellos te dicen y no te (admiten). Te quedas fuera y ya.”

“Cuando me fui, ya me habían amenazado con veinte años de cárcel, como hicieron con muchos amigos. Mira, aquí, damos paredón a cualquiera, eso era lo que te decían los que iban vestidos de paisano, que tenían mucho que ver. Un día fui a una transmisión a la radio, y al entrar me ponen la metralleta y me dicen: “Tú no puedes entrar”. Y digo: “Pero, mi orquesta toca a las siete…”. Y responden “Aquí la única persona que no está integrada eres tú”. Ésa era la palabra. Y tenías que ir (a donde) te mandara el miliciano, y hacer lo que te dijera. Yo estaba muy mal visto. Los mejores amigos, yo no los critico y los quiero, pero se quedaron. Así que paredón y veinte años de cárcel, y entonces llame a Reiter y lo preparé todo para irme. No se lo dije a nadie, ni a mi orquesta ni a mi hijo. No podía.”

“Un día vino a casa un capitán de la guardia revolucionaria. Quería que yo le acompañase a la plaza, donde Castro estaba dando un discurso. Le pregunté si habría música y me contestó que Castro era música. Me exigían que me afiliara al Partido. Mi libertad de movimiento se estaba disminuyendo.”

“Abandonar a tus hijos y abandonar tu casa con un contrato incierto y sabiendo que no podías volver más a tu tierra. Hice como Cortés en Veracruz (cuando) quemó las naves… Me dijeron bien: “O te vas o vas preso o te fusilamos. O estás con nosotros o no estás”. Yo tuve que escoger. Mi padre me dio un abrazo y me dijo que no le iba a ver más. No lo vi más. La última vez que habló conmigo, en 1977,  mi mamá dijo que aunque olvidara nunca olvidara lo que fue mi padre y lo que yo fui… Yo sabía que todo lo iba a perder (pero) si tuviera que (tomar) una decisión de nuevo (tomaría) la misma decisión y nada me remordería.”


Mats Lundahl. Bebo de Cuba. RBA Libros.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





LLUEVE   

  Y llueve.

Llueve un dolor
seco clavado de miradas.
Llueve entre los zarzales
nevados de mi amor enfermo.
Llueve sin esperanza ni cura.
Llueve sobre el desierto
helado que habitamos.

  Y llueve.

Llueve sobre cada
palabra que pisas,
piensas o pronuncias.
Sobre cada beso que os debo.
Incluso llueve cuando
afirmo entre dientes
que ya no, ya no llueve.

  Y llueve.

Llueve cuando miro
y cuando no te miro
porque veo pero no te veo.
Y llueve y llueve y llueve…
un dolor seco, sin remedio,
que huele a partida inmediata.
Sé que ya no dejará de llover.

                        Silvano Lago




domingo, 12 de mayo de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





ALGÚN BAR


“Yo he pasado en los bares horas deliciosas. El bar es para mí un lugar de meditación y recogimiento, sin el cual la vida es inconcebible. Costumbre antigua, robustecida con los años. Al igual que san Simeón el Estilista que, desde lo alto de su columna, hablaba con su Dios invisible, yo, en los bares, he pasado largos ratos de ensueño, hablando rara vez con el camarero y casi siempre conmigo mismo, invadido por cortejos de imágenes a cual más sorprendente. Ahora, con tantos años como el siglo, apenas salgo de casa. Pero, a la hora sagrada del aperitivo, a solas en el cuartito en el que guardo mis botellas, me gusta recordar los bares que amé.
Ante todo, debo puntualizar que para mí no es lo mismo el bar que el café. Por ejemplo, en París nunca pude encontrar un bar cómodo. Por el contrario, es una ciudad abundante en admirables cafés. Dondequiera que uno se encuentre, de Belleville a Auteuil, no debe temer que le falte una mesa a la que sentarse ni un camarero para tomar nota. ¿Se podría imaginar París sin sus cafés, sus maravillosas terrazas, o sin sus estancos? Sería como vivir en una ciudad devastada por una explosión atómica.
Una gran parte de la actividad surrealista se desarrolló en el café «Cyrano» de la place Blanche. A mí me gustaba también el «Sélect» de los Campos Elíseos y fui invitado a la inauguración de «La Coupole» de Montparnasse. Allí me citaron Man Ray y Aragon para preparar el estreno de Un chien andalou. No podría citarlos todos. Sólo quiero decir que el café es charla, ir y venir y el trato, bullicioso a veces, de las mujeres.
Por el contrario, el bar es un ejercicio de soledad.
Tiene que ser, ante todo, tranquilo, más bien oscuro y muy cómodo. Toda clase de música, incluso música lejana, debe estar absolutamente desterrada (al contrario de la infame costumbre que hoy se extiende por el mundo). Una docena de mesas a lo sumo, a ser posible, con clientes habituales y poco comunicativos.
Me gusta, por ejemplo, el bar del «Hotel Plaza», de Madrid. Está instalado en el sótano, lo cual es excelente, ya que hay que desconfiar de los paisajes. El maître me conoce bien y me lleva inmediatamente a mi mesa favorita, junto a la pared. La luz ambiente es discreta, pero las mesas están suficientemente iluminadas.
De Madrid me gustaba también mucho «Chicote», lleno de preciosos recuerdos. Pero es más para ir con los amigos que para meditar en solitario.En el «Hotel del Paular», al norte de Madrid, instalado en uno de los patios de un magnífico monasterio gótico, yo solía tomar el aperitivo por la noche en una sala muy larga con columnas de granito. Salvo los sábados y los domingos, siempre días nefastos en los que los turistas y los chiquillos ruidosos andaban por todas partes, yo estaba prácticamente solo, rodeado de reproducciones de cuadros de Zurbarán, uno de mis pintores favoritos. A lo lejos, de vez en cuando, pasaba la silenciosa sombra de un camarero, respetando mi recogimiento alcohólico.
Puedo decir que llegué a querer aquel lugar tanto como a un viejo amigo. Al fin de una jornada de paseo y de trabajo, Jean-Claude Carrière, que colaboraba en el guión, me dejaba solo durante tres cuartos de hora. Luego, puntualmente, sus pasos sonaban en el suelo de baldosas de piedra, se sentaba frente a mí y yo tenía la obligación —así lo habíamos acordado, pues estoy convencido de que la imaginación es una facultad de la mente que puede ejercitarse y desarrollarse al igual que la memoria—, decía que yo tenía la obligación de contarle una historia, corta o larga, que hubiera inventado durante mis cuarenta y cinco minutos de ensoñación, que podía o no tener relación con el guión en que estábamos trabajando y ser cómica o melodramática, sangrienta o seráfica. Lo importante era contar algo.
A solas con las reproducciones de Zurbarán y las columnas de granito, esa piedra admirable de Castilla y con mi bebida favorita (en seguida vuelvo sobre esto), me abstraía sin esfuerzo, abriéndome a las imágenes, que no tardaban en desfilar por la sala. A veces, mientras pensaba en asuntos familiares o en proyectos prosaicos, de repente ocurría algo extraño, se perfilaba una escena sorprendente, aparecían personajes que hablaban de sus problemas. Alguna vez, solo en mi rincón, me echaba a reír. Cuando me parecía que aquella inesperada situación podía ser útil para el guión, volvía atrás, procurando poner orden y encauzar mis errantes ideas.
Guardo excelente recuerdo del bar del «Hotel Plaza», de Nueva York, a pesar de que era un punto de reunión muy frecuentado (y vedado a las mujeres). Yo solía decir a mis amigos, algo que ellos han podido comprobar varias veces: «Si pasas por Nueva York y quieres saber si estoy allí, ve al bar del “Plaza” a las doce del día. Si estoy en Nueva York, allí me encontrarás.» Desgraciadamente, este bar magnífico, con vistas a Central Park, ha sido invadido por el restaurante. Del bar propiamente dicho no quedan más que dos mesas.
Por lo que respecta a los bares mexicanos que frecuento, me gusta mucho, en México capital, el de «El Parador», pero es para ir con amigos, como «Chicote». Durante mucho tiempo pasaba muy buenos ratos en el bar del hotel de «San José Purúa», en el Michoacán, adonde solía retirarme a escribir mis guiones durante más de treinta años.
El hotel está situado en el flanco de un gran cañón semitropical. Por tanto, las ventanas del bar se abrían a un paisaje espléndido, lo cual, en principio, es un inconveniente. Por suerte, delante de la ventana, tapando un poco el paisaje, crecía un zirando, árbol tropical de ramas ligeras, entrelazadas como una maraña de largas serpientes. Yo dejaba vagar la mirada por aquel inmenso amasijo de ramas, resiguiéndolas como si fueran los sinuosos hilos de múltiples historias y viendo posarse en ellas ora un búho, ora una mujer desnuda, etc.
Lamentablemente, y sin razón válida alguna, el bar se cerró. Aún nos veo a Silberman, a Jean-Claude y a mí, en 1980, vagando por el hotel como almas en pena, en busca de un lugar aceptable, Es un mal recuerdo, Nuestra época devastadora que todo lo destruye no respeta ni los bares.”


Luis Buñuel. Mi último suspiro. Random House Mondadori.

viernes, 10 de mayo de 2013

ALLÁ EN LAS INDIAS






PERLAS


        “Pues que se han dicho de algunas cosas que no son de tanta estimación o prescio como las perlas, justo me parece que diga la manera de cómo se pescan, y es así: en la costa del norte, en Cubagua y Cumaná, que es donde aquesto más se ejercita, según plenariamente yo fui informado de indios y cristianos, dicen que salen de aquella isla de Cubagua muchos indios, que allí están en cuadrillas de señores particulares, vecinos de Santo Domingo y Sant Juan, y en una canoa o barca vanse por la mañana cuatro o cinco o seis o más, y donde les parece o saben ya que es la cantidad de las perlas, allí se paran en el agua, y échanse para abajo a nado los dichos indios, hasta que llegan al suelo y queda en la barca uno, la cual tiene queda todo lo que él puede, atendiendo que salgan los que han entrado debajo del agua, y después de gran espacio ha estado así debajo, sale fuera encima del agua y nadando se recoge a su barca, y presenta y pone en ella las ostias que saca, porque en ostias se hallan las dichas perlas, y descansa un poco, y come algún bocado, y después torna a entrar en el agua y está allí lo que puede, y torna a salir con las ostias que ha tornado a hallar, y hace lo que primero, y de esta manera todos los demás que son nadadores para este ejercicio, hacen lo mismo; y cuando viene la noche, y les paresce tiempo de descansar, vanse a la isla a su casa, y entregan las dichas ostias al mayordomo de su señor, que de los dichos indios tiene cargo; y aquel háceles dar de cenar, y pone en cobro las dichas ostias; y cuando tiene copia, hace que las abran, y en cada una hallan las perlas o aljófar, dos, y tres y cuatro, y cinco, y seis, muchos más granos según natura allí los puso, y guárdanse las perlas y aljófar que en las dichas ostias se hallan, y cómense las hostias si quieren, o échanlas al mar, porque hay tantas, que aborrecen, y todo lo que sobra de semejantes pescados enoja, cuanto más que ellas son muy duras y no tan buenas para comer como las de España.”


Gonzalo Fernández de Oviedo. 
Historia general y natural de las Indias.

miércoles, 8 de mayo de 2013

OBITER DICTUM




                                              “Consistía en escribir a los autores más en boga: Anatole France, Mirbeau,  Hervieu, Lavedan,  Marcel  Prévost,  Sardou, Donnay,  Huysmans... —todos vivían en mi orilla—-, pidiéndoles, en nombre de cualquiera de los semanarios ilustrados donde yo colaboraba, «el honor de una entrevista». Este favor lo obtenía siempre —los artistas extranjeros no desaprovechan ningún elogio, y hacen bien—; la entrevista se celebraba, y el tres cher maitre, informado de que yo preparaba un estudio completo de su obra, me daba una carta en la que pedía para mí a su editor todos sus libros. En estas pequeñas zancadillas no había traición ni fraude: yo, con la mejor buena fe, escribía mi entrevista con «el gran hombre», leía sus libros y después, poco a poco, los llevaba a casa del «bouquiniste». Generalmente, me pagaban los volúmenes a un franco o a un franco veinticinco; pero como la producción de cualquiera de aquellos autores ilustres era considerable —siempre de veinte tomos en adelante—, y las subsistencias infinitamente más baratas que lo son ahora, sucedía que con «un Paul Bourget» y «un Alfred Capus», por ejemplo, resolvía mi vida de una semana.”

Eduardo Zamacois.

viernes, 3 de mayo de 2013

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





              LES CHERCHEUSES DE POUX


Quand le front de l'enfant, plein de rouges tourmentes,
Implore l'essaim blanc des rêves indistincts,
Il vient près de son lit deux grandes soeurs charmantes
Avec de frêles doigts aux ongles argentins.

Elles assoient l'enfant auprès d'une croisée
Grande ouverte où l'air bleu baigne un fouillis de fleurs,
Et dans ses lourds cheveux où tombe la rosée
Promènent leurs doigts fins, terribles et charmeurs.

Il écoute chanter leurs haleines craintives
Qui fleurent de longs miels végétaux et rosés
Et qu'interrompt parfois un sifflement, salives
Reprises sur la lèvre ou désirs de baisers.

Il entend leurs cils noirs battant sous les silences
Parfumés ; et leurs doigts électriques et doux
Font crépiter parmi ses grises indolences
Sous leurs ongles royaux la mort des petits poux.

Voilà que monte en lui le vin de la Paresse,
Soupirs d'harmonica qui pourrait délirer ;
L'enfant se sent, selon la lenteur des caresses,
Sourdre et mourir sans cesse un désir de pleurer.



                                                                     
Arthur Rimbaud.

lunes, 29 de abril de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




LOS MARES DEL SUR





“Hacía cerca de diez años que mi salud declinaba cada día más, y poco tiempo antes de emprender mi viaje creí haber llegado al último acto de mi vida y no tener que esperar más que a la enfermera y el empresario de pompas fúnebres. Me aconsejaron que probara los mares del Sur, y no me desagradó la idea de atravesar como un fantasma, y llevado como un fardo, parajes que me habían atraído cuando era joven y gozaba de salud. Fleté, pues, la goleta del doctor Merrit, que se llamaba Casco, de setenta y cuatro toneladas, zarpé de San Francisco a fines de junio de 1888, visité las islas del este y a principios del año siguiente me encontraba en Honolulu. Una vez allí, desanimado para reanudar mi vida de reclusión en mi habitación de enfermo, decidí proseguir mi periplo en una goleta mercante, la Equator, de algo más de setenta toneladas, pasé cuatro meses entre los atolones (islas bajas de coral) de las Gilbert y alcancé Samoa a finales del año 1889. Mientras tanto, la costumbre y el agradecimiento habían empezado a atarme a aquellas islas; había recobrado las fuerzas perdidas; tenía amigos, había descubierto intereses nuevos; el tiempo, durante mis viajes, había transcurrido como en los cuentos de hadas; por consiguiente, decidí quedarme allí. Preparé estas páginas en el mar, durante un tercer crucero, que hice en el vapor mercante Janet Nicoll. Si he de vivir aún días suficientes, espero pasarlos allí donde, más que en otras partes, la vida transcurrió con placidez y el ser humano tuvo interés para mí. Ya las hachas de mis criados negros talan los árboles para crear los cimientos de mi futura residencia, y es preciso que aprenda a dirigirme a mis lectores desde los mares más lejanos…
Que de este modo haya trastocado la afirmación del héroe de Lord Tennyson resulta menos extraordinario de lo que pueda parecer en principio. Pocos son los hombres que abandonan las islas después de haberlas conocido; dejan que su pelo se vuelva cano allí donde se establecieron; la sombra de las palmeras y los vientos alisios los airean hasta el día de su muerte, mientras quizás acarician hasta el fin el sueño de visitar su país natal, proyecto raramente realizado, menos raramente apreciado y aún más raramente renovado. Ning{un lugar del mundo ejerce una atracción tan poderosa sobre quien lo visita; mi tarea consistirá en comunicar a quienes gustan de viajar sin moverse de su hogar la seducción de aquellos parajes y describir la vida, en tierra y mar, de centenares de millares de seres, algunos de ellos de nuestra sangre y que hablan nuestra lengua, todos contemporáneos nuestros y, sin embargo, tan alejados de nosotros por sus pensamientos y costumbres domo Rob Roy o Barbarroja, los apóstoles o los césares.”

Robert L. Stevenson. En los mares del sur. Ediciones B.

domingo, 28 de abril de 2013

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






    POEM


Every morning I forget how it is.
I watch the smoke mount
In great strides above the city.
I belong to no one.

Then, I remember my shoes,
How I have to put them on,
How bending over to tie them up
I will look into the earth.


                              Charles Simic

martes, 23 de abril de 2013

ALLÁ EN LAS INDIAS






AL PRINCIPIO FUE CUZCO


        “De este género, por la valentía y saber de algunos excelentes hombres, resultó el otro gobierno más poderoso y próvido de reino y monarquía, que hallamos en Méjico y en el Perú, porque los Ingas sujetaron toda aquella tierra, y pusieron sus leyes y gobiernos. El tiempo que se halla por sus memorias haber gobernado, no llega a cuatrocientos años, y pasa de trescientos; aunque su señorío por gran tiempo no se extendió más de cinco o seis leguas al derredor del Cuzco.
        Su principio y origen fue el valle del Cuzco, y poco a poco fueron conquistando la tierra que llamamos Perú, pasado Quito hasta el río de Pasto hacia el norte y llegaron a chile hacia el sur, que serán cuasi mil leguas en largo; por lo ancho hasta la mar del sur al poniente, hasta los grandes campos de la otra parte de la cordillera de los Andes, donde se hoy en día, y se nombra el Pucará del Inga, que es una fuerza que edificó para defensa hacia el oriente. No pasaron de allí los Ingas por la inmensidad de las aguas, de pantanos, y lagunas y ríos que de allí corren: lo ancho de su reino no llegará a cien leguas.
        Hicieron estos Ingas ventaja a todas las otras naciones de la América en policía y gobierno, y mucho más en armas y valentía, aunque los Cañaris, que fueron sus mortales enemigos, y favorecieron a los españoles, jamás quisieron conocerles ventaja; y hoy en día, moviéndose esta plática, si les soplan un poco, se matarán millares sobre quién es más valiente, como ha acaecido en el Cuzco.”


José de Acosta. Historia natural y moral de las Indias.

lunes, 22 de abril de 2013

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





            DESPUÉS


Me moriré en La Unión junto a las minas,
con un rumor de mar a mi costado,
el cante de mi tierra como rezo,
y el trovo de un amigo por corona.
Tengo miedo que me cubra la tierra.
Pero el amor callado de mi ensueño,
desgarrará la oscuridad silente
alcanzando la luz inconsumible.
Mi mesa con su enredo de cuartillas.
Cartas que no alcanzaron su respuesta.
Un libro abierto, un retrato escondido.
Envuelta en soledad de soledades,
sin que nadie la recoja y la viva,
la emoción de mis versos al olvido.


María Cegarra

domingo, 21 de abril de 2013

OBITER DICTUM













«Algunas noches, cuando el calor arreciaba y no había serenata, así que las cornetas del cuartel vecino tocaban la retreta, sacábamos al patio los catres de lona. Encima una sábana y otra más para envolvernos, sobre la bata, y a estarse en cama contemplando las estrellas antes de dormir. De todos los goces del verano fronterizo ninguno es más profundo. El clima caliente y seco invita a pernoctar bajo la bóveda celeste. En aquella topografía de llanuras devastadas, el cielo es más ancho que en otros sitios de la Tierra, y las constelaciones refulgen dentro de una inmensidad engalanada de bólidos.»

José Vasconcelos.

viernes, 19 de abril de 2013

OBITER DICTUM

 “I won the Nobel Prize for literature. What was your crime?”

“En Moscú los escritores viven siempre en ebullición, en continua discusión. Me enteré allí, mucho antes de que lo descubrieran los escandalizantes occidentales, de que Pasternak era el primer poeta soviético, junto con Maiakovski. Maiakovski fue el poeta público, con voz de trueno y catadura de bronce, corazón magnánimo que trastornó el lenguaje y se encaró con los más difíciles problemas de la poesía política. Pasternak fue un gran poeta crepuscular, de la intimidad metafísica, y políticamente un honesto reaccionario que en la transformación de su patria no vio más lejos que un sacristán luminoso. De todas maneras, los poemas de Pasternak me fueron muchas veces recitados de memoria por los más severos críticos de su estatismo político.”

                                                                 Pablo Neruda