viernes, 9 de noviembre de 2012

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




 

EN EL PALACIO DEL ZAR


“A la mañana siguiente, el domingo 11 de noviembre (29 de octubre), con las campanas de todas las iglesias al vuelo, los cosacos entraron en Tsárskoe Seló. Kerenski en persona montaba caballo blanco. Desde la cumbre de un pequeño altozano podían ver las agujas doradas y cúpulas de colores, la enorme masa gris de la capital, que se extendía por la monótona planicie y tras ella las aguas aceradas del Golfo de Finlandia.
No hubo combate. Pero Kerenski cometió un error fatal. A las siete de la mañana envió al Segundo Regimiento de Tiradores de Tsárskoe Seló la orden de deponer las armas. Los soldados respondieron que permanecerían neutrales, pero no querían desarmarse. Kerenski les dio diez minutos para reflexionar. Esto enfureció a los soldados; llevaban ya ocho meses gobernándose ellos mismos con sus comités al frente y ahora olía a viejo régimen… A los pocos minutos la artillería cosaca abrió fuego sobre los cuarteles y mató a ocho hombres. Desde este momento en Tsárskoe no quedó ni un soldado “neutral”…
Petrogrado se despertó del estruendo de la fusilería y el ruido de pasos de hombres en marcha. Bajo el cielo gris soplaba un viento frío, presagiando nieve. Al amanecer, fuertes destacamentos de junkers ocuparon el Hotel Militar y la Central de Telégrafos, pero, tras un sangriento combate, fueron desalojados. La Central Telefónica fue asediada por los marinos, que se guarecían en las barricadas de toneles, cajones y planchas de lata en medio de la Morskaya o en la esquina de la Gorójovaya y la Plaza de San Isaac, disparando a todos los que cruzaban a pie o en vehículo. De vez en cuando pasaba un automóvil con la bandera de la Cruz Roja. Los marinos no lo tocaban…
Albert Rhys Williams estuvo en la Central Telefónica. Fue allí en un automóvil de la Cruz Roja, supuestamente lleno de heridos. Después de circular por toda la ciudad, el automóvil llegó por callejas laterales a la Escuela de Oficiales Mijaíl, cuartel general de la contrarrevolución. En el patio de la escuela había un oficial francés, que parecía mandar en todo… Por este medio llevaban municiones y víveres a la Central Telefónica. Decenas de supuestas ambulancias servían a los junkers para la comunicación y el avituallamiento…
Tenían en sus manos cinco o seis blindados de la disuelta División de Autos Blindados Ingleses. Cuando Luis Bryant iba por la Plaza de San Isaac se cruzó con un de ellos, que se dirigía del Almirantazgo a la Central Telefónica. En la esquina de la Calle de Gógol el auto se detuvo, justamente enfrente de ella. Varios marinos, parapetados tras pilas de leña, abrieron fuego. La ametralladora de la torreta del blindado giro a todos lados, disparando a mansalva contra las pilas de leña y la gente. Bajo el arco donde se encontraba miss Bryant resultaron siete muertos, entre ellos dos niños. De pronto los marinos saltaron gritando de la barricada y se arrojaron impetuosamente, rodearon la enorme máquina y empezaron a hundirle las bayonetas por todas las rendijas sin hacer caso de los tiros… El chófer del blindado simuló estar herido, los marinos lo dejaron en paz y él corrió a la Duma, a completar los relatos de las atrocidades bolcheviques… Entre los muertos había un oficial inglés…
Más tarde los periódicos comunicaron que en el blindado de los junkers había sido capturado un oficial francés, que fue conducido a la fortaleza de Pedro y Pablo. La Embajada Francesa desmintió inmediatamente la noticia, pero uno de los concejales de la Duma me dijo que él mismo había gestionado la libertad de este oficial… Sea como fuese la actitud oficial de las embajadas aliadas, algunos oficiales ingleses y franceses se condujeron en estos días muy activamente, llegando incluso a participar como expertos en las reuniones del Comité de Salvación…
Todo el día en distintas partes de la ciudad se libraron escaramuzas entre junkers y guardias rojos y batallas de autos blindados. Lejos y cerca se oían descargas, tiros sueltos, tableteo de ametralladoras. Los cierres metálicos de las tiendas estaban echados, pero la venta continuaba. Incluso los cinematógrafos, con las luces exteriores apagadas, funcionaban y estaban llenos de espectadores. Los tranvías circulaban como siempre. Funcionaba el teléfono. Llamando a la Central se podía oír claramente el tiroteo. Los aparatos del Smolny habían sido desconectados, pero la Duma y el Comité de Salvación mantenían comunicación telefónica constante con todas las escuelas de junkers y también con Kerenski en Tsárskoe Seló.”

John Reed. Diez días que estremecieron el mundo. Akal Editor.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

ALLÁ EN LAS INDIAS







ZULA Y CILAPULAPU


        “Cuando alguno de nosotros bajaba a tierra, ya fuese de día o de noche, encontraba siempre indígenas que lo invitaban a comer y a beber. Comen sus guisados a medio cocer, en extremo salados, lo que les incita a beber mucho, y en efecto beben muy a menudo, sorbiendo por medio de tubos de caña el vino contenido en los vasos. Gastan ordinariamente en comer cinco o seis horas.
        En esta isla hay varias aldeas, cada una de las cuales tiene algunos personajes respetables que hacen de jefes. He aquí los nombres de las aldeas y de sus respectivos jefes: Cingapola; sus jefes son Cilaton, Ciguibucan, Cimaninga, Cimaticat, Cicanbul; Mandani, que tiene por jefe a Ponvaan; Lalan, cuyo jefe es Seten; Lalutan, que tiene por jefe a Japau; Lubucin, cuyo jefe es Cilumai. Todas estas aldeas estaban bajo nuestra obediencia y nos
pagaban una especie de tributo.
        Cerca de la isla de Zubu hay otra llamada Matan, que posee un puerto del mismo nombre, donde anclaban nuestras naves. La principal aldea de esta isla se llama también Matan, cuyos jefes eran Zula y Cilapulapu. En esta isla era donde estaba situada la aldea de Bulaya, que quemamos.
        Viernes veintiseis de abril, Zula, uno de los jefes de la isla de Matan, remitió al comandante, con uno de sus hijos, dos cabras, con encargo de decirle que si no le enviaba todo lo que le había prometido, no era culpa suya sino del otro jefe llamado Cilapulapu, que no quería reconocer la autoridad del rey de España; pero que si a la noche siguiente quería despachar en su auxilio una chalupa con hombres armados, se comprometía a batir y subyugar enteramente a su rival.
        Con este mensaje, el comandante se resolvió a ir allí en persona con tres chalupas, y aunque le rogamos que no fuese, nos respondió que, como buen pastor, no debía abandonar su rebaño.
        Partimos a media noche, provistos de coraza y de casco, en número de sesenta, el rey cristiano, el príncipe su yerno y varios jefes de Zubu, con cierto número de hombres armados que nos siguieron en veinte o treinta balangayes: y habiendo llegado a Matan tres horas antes de que aclarase, el comandante resolvió no atacar, sino que envió a tierra al moro para que dijese a Cilapulapu y a los suyos que si querían reconocer la soberanía del rey de España, obedecer al rey cristiano de Zubu, y pagar el tributo que acababa de pedírseles, serían considerados como amigos, y que en caso contrario, conocerían la fuerza de nuestras lanzas. Los isleños no se amedrentaron con nuestras amenazas, respondiendo que tenían también lanzas, aunque sólo de cañas puntiagudas y estacas endurecidas al fuego. Pidieron sólo que no se les atacase durante la noche porque con los refuerzos que esperaban se habían de hallar en mayor número: lo que decían maliciosamente para animarnos a que los atacásemos inmediatamente, con la esperanza de que caeríamos en los fosos que habían excavado entre la orilla del mar y sus casas.”


Antonio Pigafetta. Primer viaje alrededor del globo. Fundación Civiliter.

miércoles, 31 de octubre de 2012

ALLÁ EN LAS INDIAS






TANTOS RIESGOS


         “En la parte de América que son las Indias de Castilla he pisado todos sus reinos y provincias: Cartagena, Santamaría, Veragua, Nicaragua, Santafé, nuevo reino de Granada, Antioquía, Popayán, reino de Quito, y en las provincias de los Quijos cogí otra gran copia de fruto de los idólatras de guerra, donde por la inmensidad de los excesivos trabajos me fue necesario cargar hasta en los hombres, poniendo la vida a tantos riesgos, y gastar tanta cantidad de hacienda, donde poblé doce pueblos de aucaes, baptizándolos y enseñándolos. Anduve todo el Pirú, hasta Potosí, Charcas, Cuzco, Lima y otras provincias; toda la Nueva España, hasta Acapulco, Brasil, Río de la Plata, Tucumán, Paraguay, con algunos puertos del estrecho de Magallanes, por donde quise entrar y no pude, y tanta infinidad de islas. Y la quinta parte del mundo, que es la Magalánica o tierra incógnita, toqué por la parte de hacia el mar del Norte, cerca del estrecho de Magallanes, en dos puertos.”


Pedro Ordóñez de Ceballos. 
Viaje del Mundo.

domingo, 28 de octubre de 2012

OBITER DICTUM






“Pues el falo es un significante, un significante cuya función, en la economía intrasubjetiva del análisis, levanta tal vez el velo de la que tenía en los misterios. Pues es el significante destinado a designar en su conjunto los efectos del significado, en cuanto el significante los condiciona por su presencia de significante.”


Jacques Lacan

viernes, 26 de octubre de 2012

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





STALKY EN CHINA


“En agosto de 1900 mi esposa había soportado tres temporadas de calor tórrido en Peshawar, Delhi y Jhansi y se había mudado de casa cinco veces, había sufrido fiebre tifoidea y contribuido con su primer artículo al importante periódico The Jhansi Herald.
Tras empezar con tal mal pie en la India, a esas alturas debería odiarla; pero no hay quien entienda a las mujeres, y la vida de calor y polvo, de incomodidades y agitaciones, la llenó de amor al país. Fue mala suerte, porque el destino nos deparaba una sexta mudanza, en esa ocasión fuera de la India.
A principios de mes mi regimiento fue enviado a China para participar en la expedición contra los bóxers. Mi esposa viajó a Inglaterra, mientras yo me incorporé al regimiento en un barco que esperaba en Calcuta.
Tuvimos una travesía malísima y nos sorprendió un tifón cerca de Hong-Kong, horrible para todos, especialmente para los soldados, muy pocos de los cuales habían visto el mar antes.
Desembarcamos en Weihaiwei, donde estuvimos una semana. Todo nos pareció bastante tranquilo, aunque nos ordenaron realizar marchas por el campo para impresionar a los nativos.
Lo primero que observamos fue que estábamos en una tierra de cerdos. Nunca vi tantos cerdos en mi vida, ni antes ni después.
En la India apenas veíamos cerdos, excepto jabalíes, si bien de vez en cuando degustábamos jamón en el comedor de oficiales, importado de Inglaterra.
En los países mahometanos hay que tener mucho cuidado con los cerdos, porque los seguidores del Profeta no sólo consideran impuro el cerdo, sino que el mero hecho de verlo o de pensar en él les afecta. ¡Qué raros somos los humanos! Recuerdo una ocasión en un atestado vagón de segunda; un hermano oficial intento evitar que entrase un caballero mahometano enseñándole un cerdito de plata que colgaba de la cadena de su reloj. Y lo consiguió.
¡Y cómo sufrían nuestros pobres mahometanos en China! El país estaba lleno de cerdos. Sus gruñidos se oían en los patios de todas las casas, trotaban por los caminos, los chinos llevaban lechones vivos o muertos en cestos, y no les importaba lo más mínimo que sus animales tropezasen con los transeúntes.
En nuestra primera marcha la compañía de cabeza se situó de repente en el lado izquierdo de la carretera sin órdenes previas para evitar a dos de esos monstruos que trotaba pacíficamente por el lado derecho. Pero al retirarse estuvieron a punto de chocar con un chino que llevaba medio cerdo a cuestas. Se desplazaron entonces al medio de la carretera, donde se encontraron con un sonriente chino que portaba cuatro lechones en cestas colgadas de un yugo.
La fuerte impresión produjo una reacción natural, y en muy poco tiempo los hombres dejaron de preocuparse por los cerdos y empezaron a verlos como unos animales más. También nuestros hindúes, educados en el sistema de castas, sufrieron al verse en un país de trescientos cincuenta millones de habitantes donde no había ninguna casta.
Uno de los principales inconvenientes de las castas se relaciona con la comida. En la India hay miles de castas distintas, y ninguna puede comer alimentos de otra casta o que hayan sido tocados por otra casta.
Cuando nos dispusimos a comer en mitad de la primera marcha, un sonriente chino se agachó a nuestro lado y aceptó muy contento los huesos de pollo que tirábamos después de roerlos a conciencia. En aquel país de gente espabiladísima no se desperdiciaba nada.
Un oficial indio me dijo indignado: «No me extraña que aquí no haya cuervos ni buitres. Los chinos no les dejan nada que comer».”



Lionel C. Dunsterville. Las aventuras de Stalky. Ediciones del Viento.

lunes, 22 de octubre de 2012

OBITER DICTUM







“La diferencia entre la vanidad y el orgullo está en que el orgullo es un convencimiento absoluto de nuestra superioridad en todas las cosas. Por el contrario, la vanidad es el deseo de despertar en los demás esa persuasión, con una secreta esperanza de dejarse a la larga convencer a sí mismo. El orgullo tiene, pues, origen en un convencimiento interior y directo que se tiene de su propia valía. Por el contrario la vanidad busca apoyo en la opinión ajena para llegar a la propia estimación. La vanidad hace parlanchín; el orgullo hace silencioso.”

Arthur Schopenhauer

sábado, 20 de octubre de 2012

viernes, 19 de octubre de 2012

OBITER DICTUM





Casi todos mis artículos provocan alguna indignación. Pero no la que yo espero, sino otra absolutamente imprevisible. Esto termina por alterar demasiado los nervios. En España existe una porción de personas a las que no conozco, en las que nunca he pensado, en cuyas vidas jamás creo poder cruzarme. Pues bien, de repente, hoy una, otra mañana, se sienten galvanizadas, impelidas por una fuerza superior que provoco, yo no sé cómo, y me escriben cartas comentando artículos que no son míos o afirmaciones que nunca formulé. Estas cartas me aburren, porque todas son iguales. Se reducen a algunos insultos de la mayor vulgaridad y a hacer conjeturas acerca de la cantidad de billetes que me pagan en ABC por cada crónica. Es extraordinaria la unanimidad con que esa diseminada muchedumbre cree que cada noche el propio Juan Ignacio Luca de Tena me llama a su despacho y, jugando al desgaire con un billete de cinco duros, me dice:
–Bueno, Wenceslao, ¿quiere usted decir hoy tal o cual cosa?
–¡No! –rujo, echando chispas por los ojos.
–Sea usted amable –insiste el director, sustituyendo el billete de 25 por otro de 50.
–Jamás –bramo.
       –Medítelo usted, amigo mío –aconseja, mostrando otro papelito de 20 duros.
–Pero mire usted que…
–¿Por qué no se convence? (Dos billetes más).
Hasta que llega a un punto en que me precipito sobre los vales con alegres gritos de “¡Tiene usted más razón que un santo!”, y corro a pergeñar la crónica.


Wenceslao Fernández Flórez.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





EN EL SILENCIO DE LA BIBLIOTECA


Bajo el sol de la tarde de verano,
ciega el albor de estas casonas viejas,
mientras que en sus estancias silenciosas
la penumbra nos baña y nos consuela.
Y, como un moscardón, zumba el silencio;
un pregón que se arrastra, es una queja...
Duerme un profundo sueño la ciudad
en estas lentas horas de la siesta.

Y yo, sin dormir, sueño
en la paz que hay aquí, en la Biblioteca   
municipal, donde se oyen las plumas
correr sobre el papel, cansadas, lentas...
Algún adolescente,
acodado sobre una antigua mesa,
lee los Episodios Nacionales,
o novelas de Verne, o de Pereda.
Y hay unos hombres calvos consultando
el Diccionario de jurisprudencia.

De los libros vetustos hay un vago
perfume a cosas muertas;  
en los viejos estantes empolvados
parece que bostezan
de tedio y de cansancio, ellos que dicen
las añoradas vidas de otras épocas,
como abuelos que cuentan su pasado
y que hoy contemplan esta vida quieta...

Y delante de mí, abierto un tomo,
que no sé de qué trata, lo contemplan
mis ojos que soñando ven ahora
al abuelo de nívea guedeja;
y escucho el desgranar de sus palabras
con un sonoro ritmo de leyenda...

Y la paz es profunda;
no llegan los rumores desde fuera.
Los empolvados libros
quedamente bostezan...
Y delante de mí, abierto un tomo,
que sin verlo mis ojos lo contemplan.

Fernando Fortún.


                                             

sábado, 13 de octubre de 2012

OBITER DICTUM





“Há muito tempo que não escrevo. Têm passado meses sem que viva, e vou durando, entre o escritório e a fisiologia, numa estagnaçao íntima de pensar e de sentir. Isto, infelizmente, não repousa: no apodrecimento há fermentação.

Há muito tempo que não só não escrevo, mas nem sequer existo. Creio que mal sonho. As ruas são ruas para min. Faço o trabalho do escritório com consciência só para ele, mas não direi bem sem me distrair: por tras estou, em vez de meditando, dormindo, porém estou sempre outro por trás do trabalho.

Há muito tempo que não existo. Estou sossegadísimo. Ninguém me distingue de quem sou. Senti-me agora respirar como se houvesse praticado uma cousa nova, ou atrasada. Começo a ter consciência. Talvez amanhã desperte para mim mesmo, e reate o curso da minha existência própria. Não sei se, com isso, serei mais feliz ou menos. Não sei nada. Ergo a cabeça | de passeante | e vejo que, sobre a encosta do Castelo, o poente oposto arde em dezenas de janelas, num revérbero alto de fogo frio. À roda desses olhos de chama dura toda a encosta é suave dofim do día. Posso ao menos sentir-me triste, e ter a consciência de que com esta minha tristeza se cruzou agora -- visto com ouvido -- o som súbito do eléctrico que passa, a voz casual dos conversadores jovens, o sussurro esquecido da cidade viva.

Há muito tempo que não sou eu.”


Fernando Pessoa