sábado, 10 de marzo de 2012
viernes, 9 de marzo de 2012
miércoles, 7 de marzo de 2012
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
BADAJOZ EN PARÍS
“Jamás fue nombrada en Paris y en toda la Francia, ciudad alguna
del mundo, desde 1909 a 1914, hasta el día precisamente de la declaración de la
guerra, como lo fue la ciudad española de Badajoz, capital de la región
extremeña.
¡Badayoz!¡Badayoz! se oía en todas las bocas: imposible era dar un
paso por todo el territorio francés durante dicho tiempo sin escuchar Badayoz a
cada instante.
Y sin embargo, Badajoz no era célebre en el suelo francés por su
industria, su comercio, sus artes, ni por sus productos. Lo era por el nombre que dio a uno de sus caballos el
banquero español don Ivo Bosch , recientemente muerto en Barcelona, como daba
nombres de capitales de provincias españolas a todos los caballos de su cuadra
de carreras. Algunos salieron notables, pero ninguno como Badajoz; otros
medianos y otros malos. Por desgracia yo llegué a París cuando solo corrían
Córdoba, Huelva, León y algunos otros, todos de última clase, a los efectos de
que se trata, por lo que buen dinero me costó mi amor patrio jugando a caballos
con nombres españoles y montados por jockeys vistiendo los colores nacionales
españoles. Badajoz era un caballo endeblucho, de escasas siete cuartas, corto y
de mala estampa, que apenas dio muestras de lo que luego fue en sus primeras
carreras, por lo que su dueño, dudando de su valer, lo sacó a correr en un
premio a reclamer, que es una carrera de venta, en la que pueden ser reclamados
por cualquiera los caballos que en ella corran , pagando el precio que su dueño
le fija y el importe del premio, que economiza la Sociedad del hipódromo en que
se verifica la carrera, y fue reclamado, creyendo su dueño haber hecho un
magnífico negocio, habiendo ganado con Badajoz cinco o seis mil francos.
Apenas en poder de su nuevo dueño empezó Badajoz a ganar carrera
sobre carrera, gracias a la mejor preparación que se le diera, llenando de oro
las cajas de aquel. Pasó luego a las cuadras del rico americano Vanderbilt,
quien pagó por él una cantidad fabulosa, y de ella a las del barón Edmond de
Rothschild, quien pagó por Badajoz más de un millón de francos.
Corría en todos los hipódromos una, dos y tres veces por semana,
sin que jamás perdiera una sola carrera; puede calcularse que en los cuatro o
cinco años que duró su vida de carreras, ganaría en premios más de diez millones
de francos.
Se le jugaba en contra en la esperanza de que alguna vez perdiera
para obtener una gran ganancia, por lo cual los que jugaban a su favor nunca
dejaron de obtener utilidades de alguna consideración.
Llegó el día de la guerra; una de las primeras órdenes que se
dictaron fue la de la requisa general de caballos, pero con objeto de conservar
las razas, se hicieron algunas excepciones. Esfuerzos inauditos se hicieron, e influencias poderosas se interpusieron
para que Badajoz estuviese comprendido en una de las excepciones. Todo fue
inútil. Hasta se pretendió, por su nombre, pasarlo por español y como
perteneciente a la Embajada española. Nuestro embajador entonces, marqués de
Villaurrutia, no se prestó a esta superchería, y como Badajoz estaba comprendido en la ley general tuvo que
ir a la guerra; la única gracia que se le hizo, por su gran historia, fue
ponerlo en manos del famoso jockey Allec Carter, que también fue movilizado el
primer día de la guerra, y ambos cayeron gloriosamente muertos en el campo de
la gran batalla de la Marne el 4 de Septiembre de 1914.”
¡Pobre Badajoz!”
Genaro Cavestany. Memorias de un viejo. Imprenta Sempere.
martes, 6 de marzo de 2012
domingo, 4 de marzo de 2012
sábado, 3 de marzo de 2012
Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA
EN LA AURORA NEGRA
Se
aferran al desánimo imaginario o sediento que ocupa
el
atardecer de mi vida
para
devorar todo
lo
que no llegaré
a
poseer jamás.
Y
aunque
tampoco
lo soñé,
los
senderos cabalgados
durante
años, son el espejo
que
soporto y acepto
como
una enfermedad
inevitable
crecida en los uniformes que me arrastran.
Adelina Aller
viernes, 2 de marzo de 2012
jueves, 1 de marzo de 2012
ALLÁ EN LAS INDIAS
POR CAMINO
EMBARRADO
Ansí como salimos de Cholula con gran concierto,
como lo teníamos de costumbre, los corredores de campo a caballo descubriendo
la tierra, e peones muy sueltos juntamente con ellos para si algún mal paso o
embarazo hobiese ayudasen los unos a los otros, e nuestros tiros muy a punto, e
escopeteros e ballesteros e los de a caballo de tres en tres, para que se
ayudasen, y todos los más soldados en gran concierto. No sé yo para qué lo
traigo a la memoria, sino que en las cosas de la guerra por fuerza hemos de
hacer relación dello, para que se vea cuál andábamos, la barba siempre sobre el
hombro, e ansí caminando llegamos aquel día a unos ranchos questán en una como
serrezuela, ques poblazón de Guaxocingo, que me parece que se dicen los ranchos
de Iscalpán, cuatro leguas de Cholula. E allí vinieron luego los caciques y
papas de los pueblos de Guaxocingo, questaba cerca, e eran amigos e
confederados de los tascaltecas, y también vinieron otros poblezuelos questán poblados
a las haldas del volcán que confinan con ellos, e trujeron bastimento y un
presente de joyas de oro de poca valía, y dijeron a Cortés que rescibiese
aquello y no mirase a lo poco que era, sino la voluntad con que se lo daban, y
le aconsejaron que no fuese a Méjico, que era una ciudad muy fuerte y de muchos
guerreros, y que correríamos mucho peligro, e que mirase que, ya que íbamos,
que subido aquel puerto, que había dos caminos muy anchos, y aquel uno iba a un
pueblo que se dice Chalco, y el otro a Tamanalco, que era otro pueblo, y
entramos subjetos a Méjico; quel un camino estaba muy barrido e limpio para que
vamos por él, e que el otro camino le tenían ciego e cortados muchos árboles
muy gruesos y grandes pinos por que no puedan ir caballos ni pudiésemos pasar
adelante, e que abajado un poco de la sierra, por el camino que tenían limpio,
creyendo que había de ir por él, tenían cortados un pedazo de la sierra, e
había allí mamparos e albarradas, e que han estado en el paso ciertos
escuadrones de mejicanos para nos matar, e que nos aconsejaban que no fuésemos
por el que estaba limpio, sino por donde estaban los árboles atravesados, e que
ellos nos darán mucha gente que lo desembaracen, e pues que iban con nosotros
los tascaltecas, que todos nos quitarían los árboles, e que aquel camino salía
Tamanalco. E Cortés les rescibió el presente con mucho amor, y les dijo que les
agradescía el aviso que le daban, e con el ayuda de Dios que no dejará de
seguir su camino, e que irá por donde le aconsejaban. E luego otro día bien de
mañana comenzamos a caminar, e ya hallamos los caminos ni más ni menos que los
de Guaxocingo dijeron, e allí reparamos un poco y aun nos dio qué pensar en lo
de los escuadrones mejicanos y en la sierra cortada donde estaban las
albarradas de que nos avisaron. E Cortés mandó llamar a los embajadores del
gran Montezuma que iban en nuestra compañía y le preguntó que cómo estaban
aquellos dos caminos de aquella manera: el uno muy limpio e barrido, y el otro
lleno de árboles cortados nuevamente. Y respondieron que porque vamos por el
limpio, que sale a una ciudad que se dice Chalco, donde nos harán buen
rescibimiento, ques de su señor Montezuma, y quel otro camino, que le pusieron
aquellos árboles y lo cegaron por que no fuésemos por él, que hay malos pasos e
se rodea algo para ir a Méjico, que sale a otro pueblo que no es tan grande
como Chalco. Entonces dijo Cortes que quería ir por el que estaba embarrado.
Bernal Díaz del Castillo.
Historia verdadera de la conquista...
Historia verdadera de la conquista...
miércoles, 29 de febrero de 2012
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
ROSAS Y VINO PARA UN POETA
“Flores anónimas y arrancadas, flores mojadas en vino, lapiceros de
colores. Los nietos enredando entre sus pies, José Hierro se ponía a pintar en
mitad de una comida, después de una cena, en un viaje. Él, tan locuaz, se
quedaba hermético, no participaba en la conspiración general y pintaba rápido,
nervioso, inspirado, porque también los aficionados tienen inspiración. A mí me
hizo la portada de mi primer libro, Tamouré, pegando papeles de colores, rectángulos
de luz.
Desde los primeros momentos se veía que ponía más inspiración en la
pintura que en el dibujo. De todo hacía un color. Dijo Eugenio d'Ors que el
dibujo es la honradez de la pintura. Pepe, Pepe Hierro vivía la honradez de
ambas cosas, pero se emocionaba más, le temblaban más las manos inventando
colores, creando colores inéditos con unas migas de pan, con una lágrima de vino,
con todo aquello que él convertía en impresionismo abstracto o figurativo,
manchando mucho la mesa donde trabajaba. Cada vez era más dado a aislarse en su
pintura, que le permitía desbocar una pasión secreta y, de paso, distanciarse
correctamente de la conversación general, cargada de tópicos, de pedantería y de
versos. A sus pies, la bombona del oxígeno que de pronto se colgaba al hombro,
como un ala de salud, para marcharse.
José Hierro fue crítico de arte. Más de una vez recorrí con él las
galerías de Madrid, al caer la tarde. Tomaba unas notas en un cuaderno para
luego, en casa, escribir la crónica de cada exposición. Hierro era un crítico
claro, riguroso, rápido, honrado, con ideas muy concretas sobre la pintura.
Pero más que por sus críticas veía yo por sus creaciones la tendencia a crear una
vaguedad de caras sonrosadas, de cabellos con perfume de vino, de
improvisaciones que eran hallazgos. Nunca me atreví a pedirle nada. La
plástica, sin duda, era su segunda vocación. Quizá dedicó más versos a la
música o hizo siempre versos musicales que resonaban en su pecho, pero la
pintura era el sello ingenuo que nos dejaba una personalidad tan complicada
como la de Hierro.
Cuando conocí a Lines comprendí aquel amor: aquella cabeza era lo que
él hubiera querido pintar, una luz rubia que venía del hermoso pelo y una
sonrisa pálida siempre y para todos.
Pasaba el
tiempo, le hicieron académico, todos los días le daban algún premio, tenía la prisa
de vivir y de fumar, iba con su ala de oxígeno volando España y posándose en
las más altas almenas de la lírica. Una conferencia suya era una conversación, un
relato, una representación, una sorpresa. Algunas tardes vino a buscarme a casa
para irnos en un coche a Segovia, a Ávila, a Cuenca, para dar nuestras
conferencias. Pepe hablaba de todo y yo hablaba de él. Nada más entrar en mi huerto
se ponía a dar botes con una pelota o una fruta. Cuando trabajó en la radio, lo
primero que hacía, al llegar por la mañana, era quitarse la chaqueta y hacer el
pino durante un rato. Nunca supe qué es lo que escribía en la radio. Lo del pino
tenía bastante desconcertados a los otros redactores.
Partíamos en el coche hacia la provincia inmediata. Había un
chofer, estaba Lines, estaba Pepe, dormido y delirante, y estaba yo. Conocía los
hoteles, conocía las posadas, entraba y pedía vino, se ponía y se quitaba la bombona
de oxígeno, un día le llamaron por teléfono al coche para decir que le habían
dado el Premio Miguel Hernández de poesía. Dio las gracias, colgó y seguimos
hablando de otra cosa. Conocía los ambientes, los campos, conocía España, después
de los primeros vinos se ponía a dibujar en un rincón, hasta la hora de la
cena.
En mitad de una conferencia donde yo estaba leyendo algo sobre él, me
quitó el libro de las manos, lo cerró y lo guardó. No soportaba que se hablase
tanto de José Hierro. Pero era igual, porque yo seguí hablando de él, ya sin
libro, y tuvo que aguantarse. Cenaba bien, pero exquisito, sabio, selectivo,
alternando los manjares rurales con los lujosos pescados de gran hotel y los vinos,
el vino blanco, el vino tinto, el chinchón del pueblo, le gustaba comer pero
estaba delgado, cuando salíamos del hotel, ya la pequeña ciudad cerrada y
dormida, preguntaba a gritos por la casa de prostitución, sólo para alborotar.
Luego volvíamos en el coche a Madrid:
—Me verás bebido, pero nunca borracho.
Cuando le hospitalizaron definitivamente yo iba a verle algunas tardes.
Compartía la habitación con un señor del Seguro. A lo mejor él también
era del Seguro. Dibujaba sentado en la cama, cumplía encargos que le habían
hecho como pintor, sacaba de debajo de la almohada un artículo mío, recortado del
periódico, que le había gustado.
—Qué bueno es esto, por qué no escribes versos, cabrón. Eres un poeta
exquisito pero te gusta ir de hombre terrible.
Esto me lo
dijo muchas veces, pero yo nunca quise decirle que escribía prosa porque la
prosa se cobra y el verso no. Incluso él tenía que ayudarse de la prosa. Había un
cielo muy alto, un clima muy claro, pero yo veía que eran las últimas tardes
del amigo, del poeta. Le dejaba unas flores para que pintase y me iba. Se venía
conmigo, en pijama y descalzo, hasta el ascensor. Recuerdo la última tarde, que
fue como otras, pero yo salí del hospital con la pesadumbre de la muerte
invadiendo un sol excesivo. Luego, en el tanatorio, tuve la cabeza frágil de
Lines en mi pecho.”
Francisco Umbral. Días felices en Argüelles. Editorial Planeta.
martes, 28 de febrero de 2012
OBITER DICTUM
La vida en Rio Janeiro, más cara que en ninguna capital de
Europa, es muy poco agradable. El espíritu de sociabilidad, lejos de irse
desarrollando, no parece sino que se recoge: faltan las reuniones, los bailes,
los clubs, las recepciones, todos los medios, en fin, que se conocen en Europa
para verse, conocerse, hablar, discutir.
Gorgonio
Petano
domingo, 26 de febrero de 2012
sábado, 25 de febrero de 2012
Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA
THE FEARFUL
This man makes a pseudonym
And crawls behind it like a worm.
This woman on the telephone
Says she is a man, not a woman.
The mask increases, eats the worm,
Stripes for mouth and eyes and nose,
The voice of the woman hollows—
More and more like a dead one,
Worms in the glottal stops.
She hates
The thought of a baby—
Stealer of cells, stealer of beauty—
She would rather be dead than fat,
Dead and perfect, like Nefertit,
Hearing the fierce mask magnify
The silver limbo of each eye
Where the child can never swim,
Where there is only him and him.
Sylvia
Plath.
viernes, 24 de febrero de 2012
miércoles, 22 de febrero de 2012
martes, 21 de febrero de 2012
OBITER DICTUM
“Para el lector nato la lectura es como una segunda vida, una
existencia paralela que corre al lado de la cotidiana sólo en apariencia más
real que aquella. Tiene todos los accidentes y características que señalan
nuestro paso por la tierra: nacimiento, primeras sorpresas, entusiasmos que en
el momento nos parecen perdurables, amores a primera vista, rechazos
injustificados, decepciones, amargas enseñanzas, mundos enteros que se abren al
apetito de nuestros sueños, amistades difíciles y antipatías incomprensibles,
maduras revisiones, reencuentros decepcionantes, rectificaciones
aleccionadoras, amistades para toda la vida, arduos intentos de establecer una
relación y que terminan en tristes distanciamientos: dos o tres títulos al pie
de nuestro lecho de agonía, últimas palabras que nos llegan al oído dichas por
alguien que, en ese instante, nos revela quizás un secreto celosamente
guardado. Así vive el lector su relación con los libros, así la disfruta y así
la padece hora tras hora, día tras día, año tras año. Si las cosas no suceden
de esta manera, sencillamente es que estamos ante una falsa vocación, ante un
fariseo de los muchos que en este terreno existen o, simplemente, ante alguien
que buscó otros caminos de conocimiento, otras secretas rutas para alimentar
sus sueños, otra manera de encontrar las respuestas, efímeras o intermitentes
como vanos espejismos ya destinadas a calmar la sed que no se sacia.”
Álvaro Mutis
domingo, 19 de febrero de 2012
sábado, 18 de febrero de 2012
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
MEREDITH
“El primer requisito es ser inteligible. El segundo,
ser interesante. El tercero, conocer la técnica del oficio. Meredith cumplía el
tercer requisito, pero no los dos primeros. De ahí que, a pesar de las páginas
excelentes de Richard Feverel, nunca pueda igualar a un Dickens o un Thackeray,
que reunían los tres. No tenía la menor idea de cómo caían sus palabras en una
mente menos complicada. Recuerdo que, en presencia de Barrie, Quiller-Couch y
yo leyó un poema titulado Al trabajador inglés, que publicó la Westminster Gazette.
No sé qué opinarían del poema los trabajadores ingleses, pero puedo asegurar
que nosotros tres nos vimos bastante apurados para comprender el sentido del
texto.
Yo
había escrito algunos artículos sobre su obra, uno de los cultos de mi
juventud, y él me invitó a ir verlo a su villa de Box Hill. Fue la primera de
varias visitas que le hice. Como en la prensa se había hablado mucho sobre su
salud, me sorprendí bastante cuando, al abrir la puerta del jardín, vi a un
caballero menudo pero robusto ataviado con un traje gris y corbata roja salir
de la casa y avanzar por el camino canturreando. Supongo que rondaría los
setenta por aquella época, pero parecía mucho más joven con su bello rostro de
artista. Tras saludarme, señaló una colina bastante empinada detrás de la casa
y dijo:
--Vengo
de hacer una excursión hasta lo alto.
Miré
la pendiente y dije:
--Debe
de estar usted en muy buena forma.
Él
pareció enfadado, y replicó:
--Eso
sería un buen cumplido para un octogenario.
Algo
picado por su susceptibilidad, contesté:
--Creía
que iba a entrevistarme con un enfermo.
Parecía
que la entrevista se iba a terminar en la misma puerta, pero pronto se suavizó
y nos hicimos buenos amigos.
En su
juventud había sido un gran entendido en vinos, y aún sabía de sobra lo quera
una buena añada; pero, por desgracia, su enfermedad nerviosa le imponía una
abstinencia completa. Cuando llegó la hora del almuerzo, me preguntó con aire
muy serio si tenía fuerzas para beberme yo solo una botella de borgoña. Le
contesté que no veía ninguna dificultad insuperable. Trajeron una botella de
vino añejo, de la que fui dando buena cuenta mientras Meredith se interesaba
amigablemente en su consumición.
--Ocurre—me
dijo—que me encanta el vino, y tengo una bodeguita que cuido con el mayor
cariño del mundo; por eso, cuando un invitado bebe un vaso y desperdicia el resto
de la botella, se me cae el alma a los pies. Me he alegrado mucho de que haya
disfrutado de ésta.
Por
supuesto, le aseguré que yo me alegraba más que él.
Su
conversación era extraordinariamente viva y apasionada. Alguien la podría haber
acusado de artificial, y a él de hacer un poco de teatro; pero no, lo que decía
era fascinante y sumamente entretenido. Oyéndole hablar de los mariscales de
Napoleón, se habría dicho que los había conocido personalmente: imitó de tal
manera el furor de Murat ordenando una carga au bout que creí que la habitación
iba a venirse abajo. De vez en cuando salía con alguna frase “a lo Meredith”,
que sonaba cómica cuando se aplicaba a asuntos domésticos. Así, cuando la
gelatina se bamboleó al ponerla la criada sobre la mesa, dijo:
--Mary,
la gelatina es más traicionera que el caballo de Troya.
Se rió
cuando le conté cómo mi criado, contratado como camarero para una cena
especial, le había dicho a la gelatina:”Quieta ahí” en una circunstancia
parecida.”
Arthur Conan Doyle.
Memorias y aventuras. Valdemar.
jueves, 16 de febrero de 2012
miércoles, 15 de febrero de 2012
Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA
NATURALEZA EXTÁTICA
A Juan Gris
Un segmento de luna
sobre la bandeja
El corazón de la granada
es un abanico del iris
La guitarra la pipa y el
periódico
disecados como loros
Papalpando entre el mosaico
el vidrio canta sus reflejos
A través de la ventana bastidor del sol
el viento afina sus cordajes
Desconsolada una guitarra
con las clavijas sueltas
enmaraña su testa
Guillermo
de Torre.
lunes, 13 de febrero de 2012
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