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domingo, 17 de diciembre de 2017

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE







UN JUDÍO EN PARÍS


De pronto ocurrió un lance que pudo costarme muy caro. Delante de nosotros, a bastante distancia, un numerosísimo grupo antidreyfusista, se apiñaba profiriendo en gritos iracundos contra Zola y los judíos. Repentinamente, como por ensalmo, los gritos cesaron para comenzar en seguida. Todos voceaban:
       —¡Un judío... un judío!... ¡A ese, que es judío!...
Advertimos en la muchedumbre un movimiento extraño, e inmediatamente Luisa y yo, presintiendo un grave peligro quisimos apartarnos de allí, huyendo del centro del paseo hacia la acera más próxima. Luisa corría delante de mí, repitiendo:
       —Ven, ven...
Pero ya no pudimos, porque a los dos la emoción de lo trágico acababa de encadenarnos al suelo. Del fondo negro formado por los gabanes y obscuros trajes de los manifestantes, surgía el rostro lívido, espantosamente lívido, de un hombre que huía; y tras aquel semblante descompuesto por el terror, otros semblantes, pálidos ó rojos, descompuestos por la ira.
       —¡A ese, a ese, que es judío! ¡Matadle ahí!— rugían quinientas gargantas.
La emoción me había quitado todo movimiento y mis ojos se dilataban abarcando el horror de la innoble escena; Luisa me llamaba inútilmente desde lejos. El pobre judío perseguido corría hacia mí derechamente; había perdido el sombrero y sobre su frente cubierta de sangre los cabellos se erizaban; tenía los labios exangües; en sus ojos, de par en par abiertos por el miedo, creí leer una súplica dirigida a mí; la súplica de no lastimarle, de no atajarle en su huida... Era un hombre de treinta y cinco a cuarenta años, alto y vigoroso; los que le acosaban de más cerca, eran quince a veinte estudiantes, jovenzuelos barbilampiños en su mayoría, que se disputaban el placer innoble de golpear a mansalva sobre la pobre víctima: uno le daba un puntapié en los riñones; aquél, queriendo acogotarle, le desgarraba el cuello; otro, de un bastonazo en la cabeza, le derribó. Entonces todos le rodearon: algunos, por el impulso adquirido en la carrera, no pudieron detenerse y pasaron sobre el infeliz caído; pero muy luego volvieron sobre sus pasos y todos fueron a pisotearle, a insultarle, a escupirle... Aun pudo la víctima levantarse y continuó caminando, siempre hacia mí; ya no corría, el terror, sin duda,' paralizaba sus piernas y limitábase a andar, alelado, humillando la cabeza y el busto bajo los golpes.
       —¡Es un perro judío! —gritaban todos— ¡acabemos con él!...


Eduardo Zamacois. 
De mi vida. 
Editorial Sopena.